ASUNTOS MAMARIOS

SED DE LECHE MATERNA

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-miércoles 2 noviembre-

Blas se acaba de enterar de que va a tener un hermanito. No sabe muy bien cómo reaccionar. Su madre se lo ha contado, sonriente, mientras su padre,  muy moderno él, le filmaba con su móvil para inmortalizar el momento. El protagonista de ese clip no podría tener una actuación más neutral. Su reacción es tan gris como el sofá sobre el que está sentado.

 

CLARA:     ¿Es que no te alegras?

BLAS:       Supongo.

CAMILO:  Pero di algo más. Es uno de los momentos más importantes de tu vida.

BLAS:       ¿Cómo se llamará?

CLARA:     Todavía no lo sabemos. Ni siquiera conocemos el sexo del bebé.

BLAS:       !Epi! Si es niño quiero que se llame Epi… por favoOoOor.

 

-jueves 12 enero-

Santi es un liante de cuidado. Siempre intenta tomarle el pelo a sus amigos y Blas no va a ser una excepción. Mientras se columpian, empieza a hincharle la cabeza sin piedad:

 

SANTI:  Ya verás. Te lo digo. En cuanto nazca, nada volverá a ser igual.

BLAS:    ¿Por qué dices eso?

SANTI:  Ya no vas a importar para nada. Todo será: el bebé esto, el bebé lo otro…

BLAS:    Qué va. Eso no va a pasar en mi casa.

SANTI:  Yo también lo pensaba, hasta que nació mi hermana. Desde entonces…

BLAS:    No me digas que no te cuidan. Te cuidan. Yo no he visto que no te cuiden.

SANTI:  Me dan menos comida, me compran menos cosas, ya no me preguntan nada…

BLAS:    A mí mi madre me quiere mucho; me adora. Eso no va a pasar conmigo.

SANTI:  Incluso por navidad: Papa Noel te trae menos regalos. Hay que repartir.

BLAS:    ¿Qué tiene que ver él con todo esto?

SANTI:  Hay un tope de regalos para cada casa.

BLAS:    No me creo nada. Además… … tu familia no es la mía.

SANTI:  Todas las familias son iguales.

BLAS:    A ti no te quieren porque eres tonto. Déjame en paz.

 

Blas se propulsa fuera del columpio y empieza a caminar deprisa para dar más relieve a su enfado. No se sentiría tan mal si no pensara que Santi lleva un poco de razón en su discurso.

Desde que mamá ha empezado

a tener barriga la noto rara.

¿Puede que de verdad no me pregunte tantas cosas?”

 

-martes 19 septiembre-

Desde que Lucas llegó al mundo, Clara y Camilo han intentado hacer partícipe a su otro hijo de la nueva coyuntura familiar, para que no se sienta desplazado ni celoso. Era un buen plan, pero su primogénito no parece responder como es debido.

Han pasado más de tres meses desde el feliz advenimiento y Blas sigue triste y enfurruñado cada vez que el bebé le quita protagonismo. Siente que las carantoñas que mamá le dedica ahora son fingidas; que solo lo hace para nivelar la balanza.

 

BLAS:     Yo también quiero.

CLARA:  Tú eres mayor para esto.

BLAS:     ¿Tienes dos no? Son muy grandes para él.

CLARA:  No están llenas de leche… ¿A caso no las tenía grandes antes?

BLAS:     Ahora más… ¿Antes no tenían leche?

CLARA:  No. Solo hay leche cuando nace el bebé, o incluso antes.

 

Clara rebosa serenidad mientras amamanta a Lucas sentada en una de las sillas acolchadas del comedor. Blas, muy cerca, mueve sus cortas piernas con cierto nerviosismo, zarandeando unas bambas rotas que no alcanzan a tocar el suelo. Lleva pantalones cortos. Su rodilla derecha está marcada aún por su última imprudencia. Una costra le está ayudando a cicatrizar.

 

BLAS:     ¿Me darás a mí también? Porfa-porfa-porfa-porfa-porfa…

CLARA:  Te he dicho que eres demasiado mayor. Ya te di cuando eras pequeño.

 

Blas sigue suplicando. Clara le observa negando con la cabeza, pero una serie de pensamientos empiezan a quitarle contundencia a su respuesta:

La verdad es que tengo los pechos que me estallan.

Puede que fuese la manera de que

Blas no se sintiera tan celoso.

¿Tan raro sería?

Clara está muy dolida por la manera en que su hijo mayor está llevando todo ese asunto. Le quiere mucho y necesita convencerle de ello. Negarle sus tetas no parece la mejor manera de hacerle entender que el bebé no tiene privilegios frente a él.

 

-Mamá…-   dice Blas esperando aún una reconsideración.

-¿Solo por una vez?-   suspirando frente a tanta pesadumbre.

 

Ha pronunciado esa pregunta, en forma de respuesta, antes de haber tomado una decisión al respecto, pero, viendo la alegría que ilumina la cara de su hijo, no se plantea ya contradecirse.

 

CLARA:  Nono. Espérate que acabe con él.

BLAS:     Pero es que ya lleva mucho rato.

CLARA:  Hasta que termine. Además, a ti no voy a cogerte en brazos.

BLAS:     Ah. En el sofá. Vale.

 

Blas vuelve a sentarse, a pesar de su nerviosismo, mientras a Clara le invaden las dudas. Intenta calibrar de nuevo la situación de un modo más objetivo; sin ojos de madre.

 

-Voy a llevar a Lucas a la cuna-   anuncia al tiempo que se levanta cuidadosamente.

-Vale mamá-   responde con rápida pronuncia.

 

Clara, haciendo uso de todo su cariño, acomoda al pequeño en su camita. La siesta de Lucas parece inminente.

!Pero qué ricura!

¿Cómo he parido una cosa tan bonita?

Los bebés son feos cuando nacen, pero pronto se convierten en bollitos tan apetecibles que suscitan instintos caníbales.

Nada más regresar al comedor, Clara encuentra a su hijo aguardando pacientemente. Nunca lo había visto esperando algo con tanta compostura, pues siempre que quiere una cosa anda de aquí para allá, mimetizando su impaciencia.

 

CLARA:  ¿Estás seguro Blas? No tienes porqué hacer esto. Eres muy mayor.

BLAS:     Me has dicho antes que sí. Ahora no puedes decir que no.

CLARA:  Cuando crezcas… … tendrás que aprender lo equivocada que es esa frase.

BLAS:     Vale. Ya lo aprenderé. Pero aún no.

 

Clara se desabrocha el último botón de su camisa blanca. Hace rato que no lleva sujetador, desde que se ha propuesto amamantar al bebé. Se siente algo extraña aproximándose a Blas en esas condiciones; sobre todo a raíz de las hambrientas miradas que le profesa su hijo. Va descalza y ni siquiera lleva pantalones. Estamos a finales de verano y la última ola de calor agoniza con sus últimos coletazos. No hay necesidad de vestirse demasiado para andar por casa.

 

-Las tienes muy grandes mamá-   sin apartar la mirada de su escote entreabierto.

-Eso no es ninguna novedad cariño-   mientras se sienta lentamente en el sofá.

 

Blas se decide a terminar de abrir esa cortina textil que tan cruelmente intenta esconder los pezones de mamá. Ella sigue autoconvenciéndose de que lo que ocurre no es un disparate.

Es un crío. Solo quiere salirse con la suya.

En seguida le dará asco y querrá parar”

 

-Coge ese cojín, así lo haremos mejor-   dice ella mientras se lo señala.

-¿El rojo?-   se apresura para alcanzarlo.

-Sí. Ese-

 

Clara se ha sentado en el lado derecho del sofá. Está intentando encontrar la postura adecuada. Tras probar diferentes variantes, termina por sentarse sobre su pie diestro y apoyarse en el posabrazos. Inmediatamente, recibe ese cojín cuadrado de manos de su hijo, cual regalo del día de la madre.

 

CLARA:  Vamos. Ven aquí. Túmbate con la cabeza en el… … así.

 

Sin mediar palabra, Blas obedece y no tarda en amorrarse impetuosamente a una de las tetas de mamá; la contraria que estaba sorbiendo su hermanito. Ha perdido el instinto neonato que antaño le dictó como chupar un pezón para obtener leche materna. Ahora usa su lengua de una manera obscena.

 

-¿Pero qué haces Blas?-   le pregunta incómoda.

-No sé. No sale-   algo avergonzado.

-Tienes que chupar como… … como si fuera un biberón-

 

Clara le está sujetando la cabeza con la mano derecha y con la otra le acaricia tiernamente el pelo. Blas empieza a usar sus labios para hacer ventosa y así poder conseguir el fruto materno que tanto ansía. Su madre empieza a sentir como fluye la leche. Algo ruborizada, intenta mirar a otro lado para enajenarse, pero no puede desatender esa extraña sensación que emana de su glándula mamaria. Dicho ordeñado bocal parece demasiado duradero a la vez que demasiado breve. El niño no termina de saciar su sed por más que chupa.

Azotada por una culpabilidad de difusos matices, Clara termina por sacarle el pecho de la boca a su hijo e intenta levantarse lo más pronto posible. Algo sacudido por esos movimientos tan urgentes, Blas verbaliza sus inquietudes.

 

-¿Qué pasa mamá? ¿Es que te he hecho daño o algo?-   confuso.

-O algo-   contesta ella sin siquiera poder mirarle a la cara.

-¿O algo? ¿Qué es ese algo?-   con una sonrisa desconcertada.

-Ya te he dado lo que querías. Ahora olvídate, ¿de acuerdo?-

-Vale, vale, vale… … … ¿No me preguntas cómo sabe?-   dice alegremente.

-Ya sé cómo sabe. Es algo más dulce-   mientras termina de abrocharse la camisa.

 

****

 

Pasada le media noche, Clara y Camilo reposan en la cama de matrimonio, a oscuras y en silencio. Es un barrio peatonal, muy tranquilo y apartado del tráfico mundano del centro de la ciudad. Lucas, en la cuna, duerme plácidamente cerca de ellos.

 

CAMILO:  El verano que viene nos ponemos aire acondicionado.

CLARA:     Si tienes calor no te tapes con la sábana.

CAMILO:  Es que el ventilador me hace cosquillas en las piernas.

CLARA:     ¿Y por qué a mí no me las hace?

CAMILO:  Pues porque tú no tienes pelos. Los pelos al moverse con el aire son los que…

CLARA:     Podrías depilarte.

CAMILO:  Eso… eso mermaría mi masculinidad.

CLARA:     Pero ¿qué tonterías son esas?

CAMILO:  No tengo edad para ir depilándome. Si fuera un cachas aun luciría, pero así.

CLARA:     Tú y tu masculinidad… … Hablando de eso: ¿a qué edad crees que aparece?

CAMILO:  ¿Que aparece el qué? ¿La masculinidad?

CLARA:     Sí. A ver. Ya sé que no es una cosa de un día para otro, pero…

CAMILO:  ¿Por qué piensas en eso ahora? ¿Por Blas? ¿Qué te ha dicho?

CLARA:     Nada, nada. Pero no sé. ¿Tú a qué edad empezaste a… … tocarte?

CAMILO:  Desde muy pequeño, pero la primera corrida no es hasta los doce o trece.

CLARA:     Anda borrico. No me refiero a eso; sino a la primera vez que miraste a una mujer con deseo… … o curiosidad.

CAMILO:  A ver… … mi madre me contó que una vez, cuando tenía cuatro, le dije: “No sé qué me pasa cuando veo este anuncio que se me pone la picha dura”

CLARA:     Noo. Imposible. No me lo creo.

CAMILO:  Te lo juro. No me acuerdo, pero mi hermano Tomás también estaba.

CLARA:     Con cuatro… … !Por Dios!

 

Clara tiene ganas de contarle a su marido lo que le ha pasado antes con Blas. No tenía la sensación de haber hecho nada malo, pero cuanto más vueltas le da, más cree haberse equivocado.

Solo quería que dejara de sentirse arrinconado y celoso.

Tampoco hace tantos años que le daba el pecho a él”

 

CLARA:     Es que estaba mirando antes por internet y no sé por dónde me he metido y…

CAMILO:  Uiuiuiui. Cuidado con eso. La red está llena de pirados.

CLARA:     Hablaban de amamantar, del destete, consecuencias psicológicas y tal.

CAMILO:  No hagas caso. Los psicólogos se llenan la boca de conclusiones, pero…

CLARA:     ¿Qué? Ellos lo sabrán mejor que tú o que yo.

CAMILO:  ¿Y por qué cada uno dice una cosa diferente? Cada niño es distinto.

CLARA:     Salía una que le daba el pecho a su hijo y solo tenía dos años menos que Blas.

CAMILO:  ¿En seriooh? Vaya loca. Eso es enfermizo. Tendrían que quitarle la custodia.

CLARA:     ¿Pero por qué? No es nada sexual. Es algo… … no sé.

CAMILO:  ¿Pero tú has escuchado lo que te he dicho antes? ¿Lo del anuncio?

CLARA:     No te pongas de ejemplo que tú eres un perturbado. Cuatro años… por favor…

CAMILO:  Era un anuncio de desodorante. Salía una tía corriendo por la playa en topless.

CLARA:     ¿Y qué?

CAMILO:  Tetas. Es lo primero que llama la atención de los críos… … sexualmente.

CLARA:     ¿Me vas a decir tú que Blas piensa en tetas a su edad? ¿Que se le pone dura?

CAMILO:  Tiene mis genes. No lo olvides.

CLARA:     Qué va. En realidad, es del butanero.

CAMILO:  ¿A qué te doy?

CLARA:    Anda. Cállate y duérmete que mañana madrugas.

CAMILO:  Qué tonta eres.

 

-miércoles 20 septiembre-

Después de atender a sus otros quehaceres cotidianos, Clara está regando las plantas del jardín:

Espera… ¿He regado estas plantas dos veces?

¿En qué estoy pensando?

Está pensando en la conversación de ayer con su marido. En lo sucia que la hizo sentir a propósito de lo que había hecho con Blas. Se sorprende al apreciar otra ladera emocional de ese turbio asunto: una sensación morbosa y estimulante que se regodea bajo ese manto de vergüenza. Contrariada, zarandea la cabeza e intenta expulsar de ella esas bochornosas inquietudes.

Se había propuesto hablar con el niño antes de que se fuera al cole, pero, con las prisas del madrugón, no ha logrado encontrar una pequeña pausa que le permitiera afrontar un tema tan delicado. Blas no termina de acostumbrarse al cambio de horario que rige su vida desde que ha empezado el curso.

Esperemos que no se lo cuente a nadie.

Estas cosas pueden malinterpretarse fuera de contexto.

Un pequeño fallo de juicio podría derivar en un escándalo”

Una vez dentro, vuelve con Lucas y le observa tiernamente.

Este bebé no dará tanta guerra como Blas

Sus primeros meses fueron un infierno de llantos e insomnio perpetuos. Camilo y ella se habían concienciado del calvario que podía esperarles con la llegada de su nuevo vástago, pero parece que los peores pronósticos no van a cumplirse. Ese angelito es un dormilón fácil de complacer.

 

****

 

Blas está sentado en una silla de la cocina. Come pan con Nocilla mientras mira Bola de Dragón en la tele. Clara está terminando de limpiar la cocina. Le mira de reojo para comprobar la naturalidad con la que actúa su hijo.

Qué tonta soy. Si no pasa nada.

Vamos a zanjar el asunto”

 

-Blas, ¿te acuerdas de eso de ayer?-   sin dejar de hacer cosas.

-Síií-   dice mientras da luz a la alegría que le inunda con una sonrisa.

-¿Se lo has contado a alguien?-   intentando no resultar amenazante.

-Nooh. Claro que no. Es secreto-   termina susurrando.

 

Esa respuesta tan tranquilizadora nutre de inquietud a Clara:

 “¿Por qué Blas ha asumido que tiene mantener el secreto?

¿Hasta un niño pequeño sabe que eso estuvo mal?

¿Realmente tuvo connotaciones sexuales para él?

 

CLARA:  Vale. Pues… … no se lo digas a nadie ¿vale? Ni siquiera a papá.

BLAS:     NoooOh. A papá menos que nadie.

 

!Hostia! ¿Es que estoy viviendo en un mundo distinto?

La cara de estupefacción de Clara no tiene precio. Su mirada perdida es ignorada por su hijo, quien sigue masticando y viendo como Son Goku salva a la humanidad por enésima vez.

 

****

 

En la consulta del doctor Prepucio no hay lugar para las preguntas sin respuesta. Ya les acompañó cuando nació Blas y ahora, con la llegada de Lucas, las cosas no van a ser distintas:

 

PELAI:      ¿Con quién está ahora?

CLARA:     Con Marisa. Ya vuelve a ejercer de niñera.

PELAI:      Ah, sí. Me acuerdo de ella. Qué bien poder contar con alguien así.

CAMILO:  Sí. Siempre nos está salvando la vida.

PELAI:      Bien. ¿De qué se trata?

CLARA:     Mi marido sufre de impotencia.

CAMILO:  !Clara! No… a ver. Solo es un episodio. También me paso cuando llegó Blas.

CLARA:     No durante tantos meses cariño.

CAMILO:  Tres meeeseees.

CLARA:     Casi cuatro.

PELAI:      A ver: no nos peleemos. Tener un bebé conlleva muchos cambios. No es fácil.

CLARA:     Blas fue más complicado. Era el primero y daba mucha guerra, y aun así…

PELAI:      No me parece algo alarmante. Lo mejor es no hacer una montaña.

CAMILO:  Es lo que le digo. Dejemos pasar unos días sin darle importancia. Ya pasará.

CLARA:     El problema es que a mí me pasa todo lo contrario. De un tiempo para acá…

CAMILO:  Cariño. Pelai no necesita saber lo cachonda que estás.

PELAI:      A no ser que se trate de una enfermedad. Si es una ninfomanía aguda…

CAMILO:  !Tío!

PELAI:      Perdón, perdón. Solo era un chascarrillo. No pretendía ser poco profesional… Si todo lo demás va bien, vamos a dejar reposar este asunto de la impotencia. La llegada de un nuevo miembro a la familia tiene muchas implicaciones y afecta de manera distinta a cada persona. Cuando ya os halláis acostumbrado veremos. En la próxima consulta lo hablamos. Hasta entonces Camilo, procura no fustigarte.

 

-jueves 21 septiembre-

!Cómo apestas Lucas!

!En serio!

!Pero ¿qué mierdas…?!

Puede que ese bebé sea tan hermoso porque expulsa toda su fealdad por el culo. En esos pañales hay más gramos de mugre que comida ha ingerido el pequeño. Eso va contra toda lógica.

Tras los polvos de talco, termina la tarea más engorrosa que conlleva esa etapa de la maternidad, al menos de momento. Clara lleva a Lucas a la cuna de un modo muy amoroso, con besitos, balanceos y una cancioncita improvisada de lo más cuca.

Son casi las dos y todavía no ha empezado a hacer la comida. Hoy hará algo fácil y rápido para que Camilo no proteste. Ese hombre siempre llega hambriento a de la oficina. Blas está en el jardín de Tonet, jugando a futbol. Desde la ventana de la cocina, su madre consigue verlo fugazmente gracias a los inquietos correteos juguetones del niño.

Clara buscó intimidad ayer para amamantar a Lucas y hoy tiene pensado hacer lo mismo. No quiere despertarle renovadas inquietudes a Blas, aunque lo que más le asusta es otra cosa. No desea abrir esa puerta, ni por asomo. Prefiere no tocarse si así consigue mantener a raya ciertos pensamientos, por muy caliente que esté.

 

-Hola cariño. Ya estoy en casa-   con un tono animado.

-No digas eso Camilo. En serio. Ya te lo dije-   protesta agobiada.

-No seas tan protestona-   dándole una palmadita en el culo.

-Me haces sentir como una ama de casa de los años cincuenta-

 

Clara es muy feminista, pero su indomable instinto maternal ha torcido su trayectoria profesional y la ha confinado en casa estos últimos años; desde el nacimiento de Blas. Ni siquiera sus férreas convicciones soportan su aplastante naturaleza familiar.

 

CAMILO:  ¿Dónde está Blas?

CLARA:     Está aquí al lado jugando con Tonet. Pégale un grito.

CAMILO:  !!BLAAAAAAASS!!

CLARA:     Uix. Me vas a dejar sorda.

BLAS:       Ya vooooy

 

Un plato de pasta con carne, cebolla y salsa de tomate con especies es una apuesta segura. A su hijo no le gustan los experimentos culinarios, siempre le pide lo más fácil. Camilo no es precisamente un sibarita. Valora más la abundancia que no el sabor. Ahora vuelve de visitar al bebé en la habitación.

 

CAMILO:  Está durmiendo otra vez… … … ¿Has escrito algo hoy?

CLARA:     Lo intento, pero no sé. No estoy muy inspirada.

CAMILO:  No te compliques. La literatura infantil no tiene que ser…

CLARA:     Tiene que tener magia, enseñar valores, ser educativa… No es tan fácil.

CAMILO:  Bueno. Tampoco tienes prisa ¿no? Rebeca no te dio ningún plazo.

CLARA:     Ya. Pero me gustaría presentar algo bueno.

CAMILO:  Si lo hiciste una vez, podrás volver a hacerlo.

CLARA:     Blas. Lávate las manos anda. A saber lo que has tocado.

BLAS:        !Joh! !Qué hambre! Ahora vengo.

 

A Clara le editaron un libro para niños, pero de eso ya hace algunos años. Trabajaba en una editorial, pero le absorbía demasiado tiempo. De todos modos, sigue manteniendo relación con la gente de ahí y no descarta reincorporarse algún día.

 

-Espero que no le falte sal. No lo he probado. Estoy un poco distraída últimamente-

 

Blas, recién llegado del lavabo, moja el dedo en la salsa de su plato y se lo ofrece a mamá. Clara, sin pensárselo, lo chupa de un modo demasiado prolongado. Finalmente, se aparta consternada.

¿Qué me ha pasado?

Era Blas quien tenía que sacarme el dedo de la boca ¿no?

¿Por qué he usado así mi lengua?

 

CAMILO:  ¿Qué pasa? ¿Es que está soso?

CLARA:     ¿Qué? Ah, nono. Está bien.

CAMILO:  Como te has quedado así… … tan reflexiva.

BAS:         Estaba pensando en lo bueno que está mi dedo. ¿A que sí mamá?

 

Una sonrisa traviesa ilustra esa broma infantil. Clara le rehúye y niega con la cabeza para sí misma, con la mirada perdida:

¿En serio no se ha visto extraño este lametazo desde fuera?

 

CAMILO:  Mañana voy a llevar a Blas para que lo vea el doctor Prepucio.

CLARA:     ¿Y eso por qué?

CAMILO:  Le cuesta descapullar. Creo que tiene Fimosis.

 

-jueves 21 septiembre-

    Camilo conduce de camino a casa. En el asiento trasero, muy amedrentado, Blas mira pensativo por la ventana, pero no presta atención al hermoso atardecer que se exhibe ante sus ojos claros. El diagnóstico del pediatra lo ha dejado patidifuso.

 

CAMILO:  No te preocupes hijo. Es una cosa que le pasa a mucha gente.

BLAS:       Pero yo no quiero que me corten la picha.

CAMILO:  Es solo un trozo de piel. No seas nenaza. Además, si no quieres no lo haremos.

BLAS:       Pero el doctor Prepucio ha dicho que…

CAMILO:  Yo no lo he visto tan mal. ¿Sabes? a mí también me pasaba eso cuando era pequeño, y a mi hermano Tomás. A él le operaron. Yo encontré otro método. Verás: tienes que pelártela como un mandril. Así se irá dando de sí.

 

Blas mira a su padre algo extrañado. No termina de entender a qué se refiere. Una maniobra brusca sacude su cabeza y pone a prueba la firmeza de su cinturón de seguridad.

 

CAMILO:  !Hijo de puta!… … ¿Pero tú has visto lo que ha hecho ese subnormal?

BLAS:       … … … Está pidiendo perdón ¿no?

CAMILO:  Si provoca un accidente no servirá de nada que saque la mano por la ventana.

BLAS:       A lo mejor es médico y se para y nos cura.

CAMILO:  Vaya ocurrencias, Blas… … Escucha: tú descapulla un par de veces cada día, aunque duela, verás cómo al final no tendremos que… … cortarte la picha.

 

****

 

Después de dar por finiquitado su igualado partido de futbol, Blas, Santi, Abel y Tonet descansan en la plaza del “Poblado” de Fuerte Castillo. Es una urbanización bien estante y segura donde todo el mundo se conoce. El sol se está poniendo tras la montaña bicéfala que delimita el perímetro de la ciudad.

 

SANTI:   Aunque me atacarais los tres a la vez. Da igual.

BLAS:     No. Entre los tres podemos contigo.

SANTI:   Mira: a Tonet me lo fundo de un manotazo. No tiene dos hostias.

TONET:  Por eso soy más rápido. No me cogerías.

ABEL:     Pedo es que no se tdata de huid. Se tdata de pelead.

SANTI:   Tú eres gordo. Eres algo más fuerte, pero eres bajito y lento.

BLAS:     Yo tengo fuerza y soy delgado. Soy el guerrero definitivo.

SANTI:   El guerrero definitivo no tiene nada que hacer contra el guerrero TOTAL, aunque me ataque con la ayuda de sus esbirros.

 

Mientras esa cuadrilla amistosa da palos de ciego a la hora de pronosticar el resultado de diferentes peleas hipotéticas, la hermana de Abel se acerca para llevárselo a casa. Saray es unos pocos años mayor que ellos y luce una belleza inocente y virginal. El grandullón del grupo nunca queda indiferente cuándo la ve:

 

-Quién pillara a esa hermanita-   susurra mientras esa pareja fraterna se aleja.

-Pero ¿qué dices? ¿Para qué quieres tener cerca a una niña?-   dice Tonet asqueado.

-Ya lo sabrás cuando crezcas, pequeño-   vacila Santi condescendientemente.

-!Pero si solo eres un año mayor que yo!-   cada vez más ofendido.

-Sí, pero soy un tío muy evolucionado. Estoy adelantado a mi tiempo-

 

A lo lejos, se escucha la voz de pito de la madre de Tonet:

 

-!!Toooniiii!! !A cenar!-   haciendo que los tres giren la cabeza hacia el oeste.

-¿Adelantado?-   continua Blas   -¿Por eso repetiste curso?-   con recochineo.

-!!BoOom!!-   reacciona Tonet con una elocuente onomatopeya.

-!Los genios siempre somos unos incomprendidos! Anda tira pa tu casa “Toni”.

 

El pequeño le da un puñetazo en el brazo y sale corriendo para evitar represalias. Santi empieza la carrera, pero no le da continuidad. Ni le ha hecho daño ni tiene intención de darle lo que se merece a ese tirillas. Blas permanece sentado en el borde del pequeño muro que delimita el recinto de la plaza. Cuando terminan de reírse de su amigo, la conversación continua entre los únicos supervivientes de esa hora tan tardía.

 

B:  ¿Te gusta Saray?

S:   Será una de las madres de mis numerosos hijos.

B:  ¿Es que vas a tener muchos hijos con muchas chicas?

S:   Tengo que repartir los genes de mi padre, y del padre de mi padre, es mi mandato.

B:  ¿Eso te lo ha dicho tu padre?

S:   Sí. Tengo veinte primos; si cada uno tenemos cinco hijos al final seremos… muchos.

B:  Pues yo solo quiero a mi madre. Es el amor de mi vida.

S:   Eso lo dices porque eres pequeño. Todos los niños pequeños dicen eso hasta que…

B:  Saray nunca tendrá las tetas de mi madre. Está plana. ¿No la ves?

S:   Ya le crecerán. Siempre crecen. Claro que… … lo de tu madre es algo… … increíble.

B:  Además. Es muy guapa y me quiere mucho; incluso más que a mi padre.

 

Un silencio reflexivo hace acto de presencia por primera vez durante horas. Los ladridos de Herodes son el único sonido que escucha esa luna llena que ya da la bienvenida al otoño.

 

SANTI:  ¿Tú sabías que a Tonet le llaman Toni en su casa?

BLAS:    Sí. Lo escucho a menudo.

SANTI:  Como yo no vivo aquí…

BLAS:    Bueno… Con tu bici no tardas mucho en llegar ¿no?

SANTI:  No. Aunque me gustaría más mudarme… … con tu madre. ¿No me cambias?

BLAS:    Noo. Antes te mato.

SANTI:  Joder. A mí la mía no me quiere tanto. Me querría más la tuya.

BLAS:    Y así serías vecino de Saray. Y podrías hacerle un hijo, o muchos.

SANTI:  O mejor: que tu madre se separe de tu padre. Yo seré tu nuevo papá. Así podré apretarle las tetorras cada noche.

BLAS:    !Nooooh! !Las tetas de mi madre son solo míaaaaas!

 

Un imperativo grito maternal les hiela la sangre a su espalda:

 

-!!BLAS!! !Entra en casa ahora mismo!-   chilla Clara indignada.

 

Santi corre hacia su bici como si le persiguiera el diablo y arranca su marcha sin siquiera despedirse. Blas, muy avergonzado, no se atreve a mediar palabra frente al disgusto que lleva consigo su madre. La rodea a toda prisa, guardando una distancia prudencial que le mantenga a salvo de un futurible guantazo, y se apresura a enfilar el camino de su casa.

 

-viernes 22 septiembre-

Hoy está siendo un día extraño e inquietante. Todo empezó durante la cena de ayer. Clara no le dio ninguna reprimenda a Blas, en forma de gritos o castigo, y la censurable conversación con el bruto de Santi quedó impune, al menos aparentemente. Desde entonces, esa mujer no le ha dado ni un beso a su hijo: ni el de buenas noches, ni el de buenos días, ni alguno de los que suelen caer de manera eventual; tampoco le ha dirigido la palabra más de lo necesario e incluso parece rehuirlo con la mirada. Lo que en un principio fue un alivio para el niño, a estas alturas ya se ha convertido en la más cruenta de las penitencias.

Después de merendar solo, en la cocina, Blas asume que tiene que disculparse. No puede soportar más esta frialdad:

¿Es posible que de eso trate hacerse mayor?

que no te peguen, ni te griten ni te castiguen;

que te ignoren hasta que

te sientas tan mal que…

 

-Hola mamá-   haciendo acto de presencia en la habitación de Lucas.

-Hola-   escuetamente, mientras no deja de atender a su ordenador portátil.

-Quiero pedirte perdón por eso que dije… … que dijimos ayer-   avergonzado.

-… … … Está claro que las cosas han cambiado. Tú no eres como eras-   aún sin mirarle.

-No he cambiado. Sigo siendo el mismo-   replica contrariado.

-No es culpa tuya-   clavándole sus ojos repentinamente   -Te has hecho mayor-

 

Esas palabras serían todo un elogio si no se pronunciaran en esta tesitura. Blas está algo desconcertado. No entiende nada.

 

CLARA:  Ya no me cuentas tus cosas íntimas.

BLAS:     Sí. Sí que te lo cuento todo.

CLARA:  ¿Lo de tu pichulina? ¿Por qué se lo dijiste a papá y a mí no?

BLAS:     Es que… me da vergüenza… es mi… picha.

CLARA:  Con papá no te da vergüenza. Eso es porque ya no me ves como a una madre.

BLAS:     !Claro que sí! Eres mi mamá. ¿Cómo quieres que te vea?

CLARA:  Ahora ya me ves como a una mujer. Eso está quedando muy claro últimamente.

BLAS:     No. No. Tú siempre serás mi mami.

CLARA:  Pronto te dará vergüenza que te de besos en público, que te lleve a los sitios…

BLAS:     Nooo. Eso nunca.

CLARA:  Pronto dejarás de contarme tus cosas y te taparás para que no te vea desnudo.

 

Blas queda mudo. Ese argumento es algo más difícil de rebatir.

 

CLARA:  Ayer lo estuve pensando. ¿Cuánto tiempo hace que no te veo la pilila?

BLAS:     ¿Es que quieres que te la enseñe? ¿Te la enseño?

CLARA:  ¿Lo ves? ¿Ves cómo suena eso ahora? ¿No te das cuenta de que suena fatal?

BLAS:     No… … no sé… … es qué… …no sé qué quieres que diga.

CLARA:  Papá puede tomar parte, o el doctor, pero cuando se trata de una mujer…

BLAS:     No… Eso no es… Eso no…

CLARA:  ¿Por qué dijiste esas cosas ayer? ¿Por qué se lo dijiste a ese niño?

BLAS:     No, no le dije nada. No le conté lo del martes. Solo… solo estábamos de broma.

CLARA:  ¿Y qué es lo que pasó el martes?

 

He aquí la cuestión. Blas no sabe responder a esa pregunta.

 

-sábado 23 septiembre-

El sol se ha asomado radiante por el mar de Fuerte Castillo. Camilo, en uno de sus arrebatos puntuales, ha salido a correr motivado por la falsa creencia de que, a partir de hoy, lo hará muy a menudo. Clara está prestando todo tipo de cuidados al bebé. Blas todavía se está desperezando. Ha pasado mala noche.

Su pretendida disculpa de ayer fue abortada por los lapidarios argumentos de su madre, quien quiso poner un punto y aparte en esa relación maternofilial. Blas no quiere renunciar a su cálido rol de hijo pequeño; no quiere asumir un papel más serio y frio. Con su escaso raciocinio, es capaz de dilucidar que quizás haya sido él quien, con su negativa actitud tras la llegada del bebé, haya acelerado un proceso tan indeseable.

Ayer, durante la cena, el desafecto de Clara fue más sutil, pero cabe pensar que lo único que pretendiera es que Camilo no le preguntara acerca de su actitud. Luego, Blas se pegó un buen baño durante el cual hizo sus peculiares ejercicios fálicos por segundo día consecutivo. Le dolió un poco, pero lo consiguió.

Papá tenía razón. Con un poco de

práctica no hará falta cortar nada

Pensaba el niño al irse a dormir sin su anhelado beso materno de buenas noches. Dicha carencia afectiva nutrió de zozobra sus sueños y su insomnio a la par.

Ahora que ya está completamente despierto, sus defensas anímicas ya vuelven a ondear en lo más alto; pero eso solo logra mantenerle a flote, sin liberarle de su desazón.

Superando ciertas barreras forjadas con inseguridades y miedos, Blas se adentra en la habitación de su hermanito.

 

CLARA:  Hola, Blas. Por fin te has levantado.

BLAS:     ¿Qué haces, mamá?

CLARA:  Trato de escribir mi historia los ratos que Lucas duerme.

BLAS:     Echarás de menos esta habitación cuando él niño crezca.

CLARA:  Cuando pintaba necesitaba más espacio, pero para escribir…

BLAS:     ¿De qué va el cuento?

CLARA:  De un niño que se hace mayor.

BLAS:     Anda… … ¿Y él también tiene fimiosiitis?

CLARA:  Se llama fimosis, y no. Él no es tú.

BLAS:     Qué pena. Me gustaría serlo. Así sabría que piensas en mí mientras escribes.

 

Ese comentario rompe el temple de Clara humedeciendo sus ojos. Lleva días gestionando mal sus emociones; intentando encajar piezas que no encajan en un puzle que le permita ilustrar la persona que quiere ser; la que pensaba que era.

 

BLAS:     ¿Qué te pasa mamá? No llores.

CLARA:  Perdóname Blas. No es culpa tuya. He sido mala contigo, sobretodo ayer.

BLAS:     No… … Es que yo… … En realidad… … no…

CLARA:  … … ¿Tú sabes que es la depresión postparto?

BLAS:     Algo me dijo papá.

CLARA:  No quiero ni pensar lo que te contaría ese simplón. Mira: después de tener un bebé, las mujeres perdemos muchas hormonas de golpe y nos desequilibramos emocionalmente. Eso quiere decir que, durante un tiempo, nos sentimos muy diferente. Es más fácil enfadarnos, nos ponemos tristes sin motivo, andamos más cansadas. No puedo tomar pastillas porque estoy amamantando a Lucas, pero necesito que sepas que si me he portado mal contigo no es porque no te quiera. Olvídate de lo que te dije ayer.

 

-¿Entonces… todavía soy tu hijo?-   contagiado por la emoción de su madre.

-¿Claro que sí, tonto?-   mientras le abraza llorando   -¿Cómo me preguntas eso?-

-Es que ayer dijiste que ahora eras una muj…-   interrumpido

-Ayer dije que también me mirabas como a una mujer, no que dejara de ser tu madre-

 

La luz en los ojos húmedos de Blas alumbra ese tierno momento familiar. El niño se ha sacado un peso de encima; un yugo que soportaba desde el jueves por la noche.

Clara también se ha reconciliado un poco con ella misma, pero su sólida argumentación solo justifica una parte de lo que tanto se esfuerza en ocultar: ese armario de los horrores, dentro de su mente, donde no quiere entrar.

Tras poner fin a un duradero abrazo maternal, Blas se aparta un poco, se seca las lágrimas y se desprende de la única prenda que le viste: un desgastado pantalón de pijama veraniego.

 

-Voy a enseñarte una cosa, mamá-   sin ningún pudor.

-¿Qué… ¿Qué haces ahora?-   desconcertada.

-Mira lo que puedo hacer-

 

Lleno de coraje, el niño se muerde el labio y descapulla con éxito. Ese pene infantil se ve muy extraño a los ojos de su madre, quien llevaba años sin verlo ni por accidente. Sigue siendo la pilila de un niño, pero su tamaño ya difiere mucho respecto al recuerdo que conservaba. La piel del prepucio se ve tensa, tal y como si pretendiera estrangular al capullo, pero esa reyerta fálica es solo una tirantez fraternal. Nadie saldrá herido.

 

-¿Te duele?-   frunciendo un poco el ceño.

-No tanto como cuando me lo hizo el doctor Prepucio-   restableciendo su piel.

 

Clara se ríe. Sabe que su hijo no conoce el significado del apellido de su médico y eso aún le da más sorna al asunto. Por si fuera poco, su nombre de pila no ayuda: Pelai Prepucio.

 

BLAS:     No te rías mamá. No te rías de mi picha.

CLARA:  No me río de eso cariño. Es que me he acordado de una cosa.

BLAS:     No es verdad… A veces la tengo más grande ¿vale?

CLARA:  Ya lo sé. De verdad te lo digo.

BLAS:     Solo tengo que tocármela un poco y verás.

 

El cautivador y sombrío aliento del morbo incestuoso vuelve a soplar peinando sutilmente el pelo de esa mujer. Clara inspira profundamente mientras contempla como su hijo, presa de una incontestable inocencia, se estira y se mangonea el miembro para dotarlo de más dignidad. No tarda en conseguirlo.

 

CLARA:  ¿Solo te crece cuando te la tocas? ¿O te crece alguna vez solo?

BLAS:     Emmmm… … …

 

Esa pregunta ha sonado de un modo demasiado sugerente. El tímido silencio del niño dice más que sus palabras y Clara no necesita insistir en el interrogante. A medida que ese apéndice abandona su pequeñez, va adquiriendo verticalidad hasta que:

 

CLARA:  ¿A que no descapullas ahora?

BLAS:     Es que está muy gruesa así.

CLARA:  Ven. Anda. No seas cobarde.

 

En el preciso momento en que su madre empieza a tocar ese pene erecto, una urgente confusión se apodera de Blas. Ni siquiera la ingenuidad del niño puede permanecer impasible frente a una situación tan bochornosa.

Con cuidado, Clara empieza a estirar su piel:

 

BLAS:     Cuidado, mamah. Me duele.

CLARA:  Aguanta un poco, cariño. Ya verás cómo puedes.

BLAS:     No lo seéh… … Aaah… … ¿Y si se rompe?

CLARA:  No se va a romper, amor. Confía en mí.

BLAS:     Aug… … Aaaah… … ahaa…

CLARA:  !Mira! ya está.

 

Contradiciendo la lentitud y el cuidado con el que ha liberado a ese glande, una rápida maniobra le basta para sacarle la soga del cuello y volver a ponerle la capucha a la pilila de su hijo.

Desde lo más profundo de la conciencia de Clara, algunos gritos desesperados intentan llamar su atención, pero un ensordecedor ruido obsceno los acalla y alimenta la iniciativa de sus manos.

 

-¿Lo ves? Lo hemos conseguido. Deja que vuelva a hacértelo-   con ojos de poseída.

-No mamaah. Porfavor nooh-

 

Blas se aparta, dolorido. Esta vez sus lágrimas no son tan balsámicas ni su expresión tan diáfana. Clara choca violentamente contra la realidad al contemplar como su hijo, desnudo y asustado, huye de ella.

 

-Perdóname, amor mío. Lo siento de verdad. No quería hacerte daño-

 

Blas se agacha, avergonzado, para dar alcance a su pijama y volver a cubrir sus mancilladas partes. Clara se ha recogido, súbitamente, en un gesto nutrido de espanto.

 

BLAS:     No pasa nada, mamá. Solo querías… ayudarme ¿no?

CLARA:  Claro, pichurrín. Es que… … me he puesto muy contenta al ver que volvías a confiar en mí y me he emocionado demasiado. Perdóname cariño.

BLAS:     Ya pasó. Ahora ya está. Y, en realidad, seguro que me ha ido bien.

 

El tono de Blas vuelve a ser conciliador, para gran alivio de su madre, pero, mientras observa como el nene abandona la habitación, no puede evitar sentir como la culpa le agarra de los pelos y la zarandea violentamente.

!¿Qué me pasa?! !Acabo de pelarle el polla a mi hijo!”

Unos pensamientos, algo más compasivos, acuden a su rescate e intentan contextualizar esa sentencia tan tajante, pero nada puede negar ya la perversión que se ha apoderado de ella en los últimos días. Su corazón, falto de oxígeno, late con fuerza para bombear ansiedad por sus arterias. Ni siquiera se acuerda de que Lucas duerme apaciblemente a pocos centímetros de ella.

 

-domingo 24 septiembre-

CAMILO:  !Waaah! No me puedo levantar. Tengo agujetas.

CLARA:     Venga, hombre. No me seas… Si no corriste ni veinte minutos.

CAMILO:  No. En serio te lo digo.

CLARA:     Es la excusa que necesitabas para pasarte el día sin hacer nada. Me gustaría verte cargar con estos dos melones a ti. No pararías de quejarte de la espalda.

 

Ya hace rato que Clara se ha levantado y no para de hacer cosas. Que si la colada, que si la comida, que si los pañales, que si el correo electrónico, que si la limpieza, que si unas llamadas que tenía pendientes…

 

BLAS:       Me voy a jugar a casa de Tonet.

CLARA:     A las dos ven a casa comer ¿me oyes? !A las doOos!

CAMILO:  !Gánale a todo hijo! Tienes que dejar el nombre de los Lázaro bien alto.

CLARA:     … Ya no te escucha.

 

Mientras su marido no deja de gandulear, ella aprovecha para amamantar de nuevo a Lucas en la habitación de al lado. Suspira mientras mira por la ventana. Hace un día espléndido, el barrio es precioso y su familia envidiable. Su vida se parece a la que había soñado de pequeña; solo que en su fantasía tenía un niño y una niña. Eso es lo que deseó nada más quedarse en cinta, pero, ahora mismo, no cambiaría ni un ápice de su bebé.

 

****

 

“Houston, tenemos un problema…”

La peli de después de cenar pintaba bien, pero está resultando lenta y un tanto aburrida. Parece que en el espacio todo se mueva más despacio y de manera más silenciosa. Blas esperaba que irrumpieran en escena un buen puñado de alienígenas con malas pulgas, pero, a estas alturas de la película, parece que eso no va a suceder. Se trata de una historia de superación de unos pocos astronautas supervivientes a un accidente que se limitan a seguir con vida mientras intentan regresar a la tierra.

En el sofá lateral, a Camilo se le están cerrando los ojos. Su postura horizontal no parece la más indicada para mantenerse despierto y tampoco es que tenga mucha determinación para dicho cometido. Al otro lado del sofá principal, Lucas emite algún que otro balbuceo mientras se entretiene con las ovejitas que cuelgan sobre su cuna. Clara tiene una posición reposada, un tanto formal, mientras, a su izquierda, Blas está algo más inquieto ocupando la otra plaza de ese cómodo sofá gris.

 

CLARA:  Estate quieto, Blas. ¿No has tenido suficiente movimiento hoy?

BLAS:     Es que… pensaba que vendrían aliens; y no.

CLARA:  ¿Este es un motivo para que no dejes de moverte? ¿Es que no estás cómodo? Mira tu padre. Ese sí que no podría estar más acomodado.

BLAS:     A ver si ahora se pondrá a roncar. Eso daría más miedo que los extraterrestres.

 

Blas se propone dejar de importunar a su madre y toma una postura parecida a la de Camilo. Su corta estatura le permite rentabilizar su asiento y apenas tiene que invadir el espacio de Clara para que esos muslos maternos le hagan de almohada.

 

CLARA:  Hueles muy bien Blas. ¿Te has lavado el pelo con el champú nuevo?

BLAS:     Sí, me gusta. Creo que hace más espuma que el otro.

 

Clara acaricia los rizos de su hijo tiernamente, causándole un efecto muy relajante. Su otra mano reposa en el pecho desnudo de Blas, quien juguetea con sus dedos. Después de bañarse, el niño se ha quedado solo con su indumentaria nocturna: esos pantaloncillos de Batman que tanto le gustan.

Su madre tampoco va muy tapada. Lleva unos pantalones muy cortos de tela fina y una camiseta vieja y desgastada que ya solo usa para dormir. Su color blanco y su poco grosor le otorgan cierta transparencia que no ha pasado desapercibida a los ojos de Blas, sobre todo por la humedad que rodea esos pezones.

 

BLAS:     ¿No llevas… … sujetador?

CLARA:  Es que antes estaba amamantando a Lucas y… La verdad es que… … me duelen.

BLAS:     ¿Te duelen los pechos?

CLARA:  Sí. Un poco. A ratos más. Los noto como si tuvieran que explotarme.

BLAS:     A lo mejor es que los tienes demasiado llenos de leche.

CLARA:  No. Es algo normal. Cuando te tuvimos a ti también me pasaba.

 

A Clara le incomoda un poco hablar de sus tetas con Blas. No por el contenido de la conversación en sí, sino por todo lo que evoca: el controvertido amamantamiento del martes, las tensiones del jueves, la tortuosa reconciliación de ayer y todo lo que conllevó… Son temas que no quiere volver a tocar nunca y cualquier charla que se acerque la pone en alerta.

Un giro argumental deja moñeco a McGregor, el capitán. Eso sí que no se lo esperaba nadie. La muerte del protagonista siempre es un buen golpe de efecto para sorprender al espectador, pero…

!Un momento! ¿Qué está pasando ahí abajo?

La parte inferior de la camiseta de Clara se ha ido estirando, discretamente, hasta llamar su atención. Una serie de emociones sorpresivas y razonamientos urgentes empiezan a remar en direcciones opuestas. El resultado: su pensamiento rota sobre sí mismo, como una barca desgobernada. Tiene muy claro que debería rechazar la tendenciosa intrusión de su hijo, pero no lo hace. Actúa como si nada: con los ojos mirando fijamente la pantalla, sin ver lo que ocurre en ella.

Blas, ajeno a la dramática muerte del capitán McGregor, ha ido asomándose, lentamente, por debajo del ropaje de su madre con la ilusa creencia de que su discreción depende solo de su lentitud. Boquiabierto, observa esas turbadoras redondeces desde una perspectiva totalmente nueva; esas enormes tetas que han conseguido obsesionarle a lo largo de toda la semana.

Clara mira como su marido duerme a un par de metros. Le basta con bajar un poco los ojos para percatarse de la inquietud fálica de su pequeño. El peligro que entraña esa escena alimenta, todavía más, el morbo que se está apoderando de ella.

Pero ¿qué me pasa?

¿Por qué me pongo tan cachonda por esto?

Unas inesperadas explosiones televisivas provocan que Clara se apresure a bajar el volumen con el mando. Nada más levantar el dedo del botón, el artilugio consigue escabullirse de la mano que lo sostenía para caer al suelo. La mujer se inclina para recogerlo sin contemplar las consecuencias de su gesto.

Blas no se ha enterado de la explosión, ni del percance de Clara, ni tampoco se acuerda de que su padre duerme ahí mismo. Solo ve como las tetas de su madre se le acercan rápidamente. El contacto consecuente no goza de ninguna sutileza y las partes más blandas de esa tetuda mujer se estampan por fin en su cara.

Cuando recupera su posición original, Clara se da cuenta de que su hijo sigue amorrado a sus pechos, oculto bajo la deformada tela de esa prenda vieja de andar por casa. Los lengüetazos libertinos de Blas están mojando uno de sus pezones, ya de por sí poco estancos.

El confuso instinto maternal de esa mujer se enturbia con prohibitivos matices lujuriosos. En lugar de agarrar el pelo del niño para despegarlo de ella, no tiene mejor idea que estirar su brazo para alcanzar el cojín y así poder acomodarlo todavía más.

Clara, en un gesto muy decidido, se sube la camiseta para vislumbrar lo que se está cociendo por ahí abajo. Sus pálidas tetorras, repletas de leche, ya hace rato que gotean. Blas se decide a poner punto y final a ese derroche y empieza a mamar, impunemente, con gran entusiasmo.

Sofocada, su madre vuelve a mirar como duerme el cabeza de familia, muy cerca de ellos. Seguidamente, le echa un vistazo al pequeño Lucas, quien les observa con atención desde la comodidad de su cuna. Algo atormentada, termina focalizando sus ojos en la battienda de campaña que dibujan esos heroicos pantalones cortos de pijama. Su mano izquierda hace oídos sordos a lo que le dicta la consciencia y se infiltra, impulsivamente, en la batcueva, hallando al pequeño Batman en ella, duro como nunca.

Blas siente como la mano de su madre se apodera de sus partes nobles. Las manosea, las aprieta y las zarandea de mala manera, descolocándole, por completo, en su ya desubicado papel filial. Conecta su mirada con la de ella sin dejar de chuparle la teta con muchas ganas.

 

-¿Cómo… ¿Cómo está… … la piel de tu… … de tu pichulina?-

 

Con el pelo tapando parte de su rostro y notablemente alterada, ha dicho lo primero que se le ha ocurrido a la hora de intentar justificar su tacto genital. Blas no se digna a contestar. Se limita a usar las manos para afrontar la difícil tarea de abarcar los mayúsculos pechos de su madre.

A estas alturas, ya tiene la cara bastante mojada. Se dispersa por unos momentos besuqueando el resto de esas voluptuosas glándulas mamarias, pero no tarda en volver a sorber con fuerza ese gran pezón rugoso que con tanta leche le está premiando.

Clara está que arde. No recuerda la última vez que estuvo tan cachonda. Ni siquiera necesita de la ayuda de sus dedos para trepar por la empinada cuesta que la encamina hacia su particular catarsis emocional. Le basta sentir como fluye su leche hacia la boca de Blas, la avidez con la que su hijo le aprieta las tetas, la dureza de ese pene infantil, la pequeñez de esos huevos inmaduros que ahora está agarrando con fuerza…

Los leves ronquidos que emite su marido desde su fragil somnolencia; la inocente mirada babosa de Lucas, al otro lado del sofá; la solemne escena con la que está terminando la película: en un cementerio, ya en el planeta tierra…

Clara está tan mojada que la humedad de sus pantalones empieza a filtrarse y mancha el sofá que les aloja.

Fruto de uno de los enérgicos apretones digitales de su hijo, un chorro de leche de su otra teta, la de Lucas, sale disparado salpicando, violentamente, el torso del niño. Ese chorro incontenible ha parecido más propio de la ubre de una vaca lechera que no del pecho de una recatada madre de familia.

Ya al límite de su cordura, Clara estruja demasiado los cataplines de su hijo arrancándole un infantil quejido de dolor. Ya sin la más mínima supervisión a su marido, nota como su pensamiento se funde de gusto a marchas forzadas.

Finalmente, estalla sin poder reprimir del todo sus gemidos.  Su voz, rota y frágil, define, mejor que cualquier palabra, lo que está sintiendo en estos precisos momentos. Unas primeras lágrimas se derraman por sus mejillas al tiempo que ese clamoroso orgasmo la somete con unas convulsiones incontrolables que el pequeño no logra interpretar.

 

-Per… perdona Blas… Tengo… Tengo que ir a… al lavabo-   aún sin poder levantarse.

-¿Qué te pasa mamá?-   aún con la cara completamente mojada de babas y leche.

-Nada, nada… cosas… … cosas de mujeres-   llorando a cántaros.

 

El niño observa como Clara se levanta y rodea la cuna de Lucas, con prisa, para abandonar el salón. No entiende el sentido de sus lágrimas, no conoce el origen de la húmeda mancha del sofá, no sabe porque su madre se ha retorcido mientras gemía, no alcanza a comprender porque a él le gusta tanto comerle las tetas, ni porqué ella le ha tocado la picha de ese modo…

Puede que ahora, cuando vuelva,

 me explique todo esto”

Se da la vuelta mientras termina de esparcirse la leche de su pecho. Camilo está cambiando de postura, pero no acaba de regresar del mundo de los sueños. Por su lado, a Lucas ya se le están cerrando los ojos.

Las letras de crédito de la película llegan a su fin y empiezan a aparecer frívolos anuncios sin interés alguno.

¿Puede ser que mamá no regrese?

Blas no se equivoca.

 

LUTO

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-miércoles 8 noviembre-

El azul del cielo está tan ausente como la alegría de Clara en este lluvioso día de noviembre. Sus ojos llorosos miran a través del cristal mojado sin ver más allá de esas gotas aleatorias y de sus respectivos trazos. La humedad le llega a los huesos como si el edificio principal del tanatorio no le estuviera dando cobijo.

Al final del pasillo, aparece Rebeca; su mejor amiga. Con la mano en el pecho y cara de pena, se acerca mediante rápidos pasos espoleados por una preocupación urgente.

 

-Clara… … uff. Qué tragedia. ¿Cómo lo llevas?-   mientras le toca el brazo.

-No lo sé aún. Ha sido tan repentino-   consigue pronunciar antes de romper a llorar.

-¿Y Blas? ¿Está contigo?-   buscando con la mirada al rededor.

-Anda por aquí, pero… creo que prefiere estar solo-   con la voz temblorosa.

-Ningún chico de su edad debería de pasar por algo así-

 

-jueves 9 noviembre-

Lucas todavía está en casa de Marisa, la vecina. Con tan solo cinco añitos, no está preparado para tomar parte en el velatorio ni en el entierro de su padre. Aún no conoce la triste noticia y puede que no llegue a conocerla durante un tiempo.

Por su parte, Blas está experimentando una extraña apatía frente a dicha desgracia. Es cierto que, desde hace meses, su pubertad lo ha convertido en alguien con gran intolerancia a lo paternal, pero cuesta creer que, en el fondo, el amor por su progenitor no perdurara bajo esa fachada de rebeldía juvenil.

Las cosas entre Clara y Camilo tampoco habían sido fáciles, estos últimos años, pero una fatalidad de tales dimensiones pone en relieve la poca magnitud de las vicisitudes que, en algunas ocasiones, habían tensionado su matrimonio.

No está claro si fue culpa del otro conductor o de él. De todos modos, lo único que importa, ahora mismo, es que Camilo ya no está entre nosotros. Su vida tuvo un fatídico final dentro de ese Ford Típex aplastado del que tanto costó sacarle.

 

-No tienes porqué ir al cole mañana Blas-   sugiere Clara mientras terminan la cena.

-No es cole, es insti, mamá. No me quites mérito-   levantándose de la mesa.

-Vamos, pequeño. No es meritorito. No hay nadie que no lo consiga-   condescendiente.

-Y no me llames pequeño. Ya no soy pequeño. Eso díselo a Lucas-   enfurruñándose.

-… … De acuerdo, cariño… … Escucha:… … ¿querrás asistir al entierro?-

-Creo que no. No le veo ningún sentido. Es como si todo el mundo se regodeara en las lágrimas de los demás y en las suyas propias alrededor de alguien que ya no… … que ya no es papá. ¿De qué sirve? Solo lo hacemos porque así está establecido-

 

Clara observa como su hijo se marcha hacia su cuarto aún con cierto enfado. Todavía sentada en su silla juega con la cuchara y el postre. Apenas ha conseguido comer un poco después de casi dos días sin probar bocado. Hincha sus mofletes y mira el techo.

Este golpe puede terminar de descarriar a Blas;

como si no fueran suficientes sus malas notas, su agresividad en clase,

su desprecio y su disgusto por todo lo que le rodea”

Está claro que el chico atraviesa una edad difícil, pero su madre se plantea a menudo si los depravados actos que llevó a cabo con él, hace cinco años, le traumatizaron; o si habrán afectado, de algún modo, el desarrollo de su carácter. Mientras recoge la mesa no deja de pensar en ello y en otras cosas:

¿Qué hubiera pasado si Camilo se hubiese despertado esa noche,

en el peor momento, y hubiera visto como me corría mientras Blas me

comía las tetas y yo le apretaba los huevetes?

Por más que lo ha intentado, durante todo este tiempo no ha conseguido comprender como pudo dejarse llevar de ese modo. El postparto ya iba de caída y de ninguna manera podría atenuar su culpabilidad. En cualquier caso, desaparecer de la escena del crimen, sin darle ninguna explicación al pequeño, no fue la mejor manera de afrontar las consecuencias de tal barbarie carnal.

¿Cómo fui capaz perpetrar esa atrocidad incestuosa y luego

abandonar las interpretaciones de Blas a su suerte,

como si se tratara de un barco sin timón?

Pasados unos días, quiso hablarlo con él, pero no consiguió abordar bien el tema. Pasados unos meses interpretó que era el niño quien no quería mencionar nunca más lo ocurrido. Pasados unos años, parece que ese suceso tan lejano carezca de sentido; Como si no hubiera podido suceder algo así en realidad.

 

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