ASUNTOS MAMARIOS

SED DE LECHE MATERNA

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-miércoles 2 noviembre-

Blas se acaba de enterar de que va a tener un hermanito. No sabe muy bien cómo reaccionar. Su madre se lo ha contado, sonriente, mientras su padre, muy moderno él, le filmaba con su móvil para inmortalizar el momento. El protagonista de ese clip no podría tener una actuación más neutral. Su reacción es tan gris como el sofá sobre el que está sentado.

 

CLARA:     ¿Es que no te alegras?

BLAS:       Supongo.

CAMILO:  Pero di algo más. Es uno de los momentos más importantes de tu vida.

BLAS:       ¿Cómo se llamará?

CLARA:     Todavía no lo sabemos. Ni siquiera conocemos el sexo del bebé.

BLAS:       !Epi! Si es niño quiero que se llame Epi… por favoO0Oor.

 

-jueves 12 enero-

Santi es un liante de cuidado. Siempre intenta tomarle el pelo a sus amigos y Blas no va a ser una excepción. Mientras se columpian, empieza a hincharle la cabeza sin piedad:

 

SANTI:  Ya verás. Te lo digo. En cuanto nazca, nada volverá a ser igual.

BLAS:    ¿Por qué dices eso?

SANTI:  Ya no vas a importar para nada. Todo será: el bebé esto, el bebé lo otro…

BLAS:    Qué va. Eso no va a pasar en mi casa.

SANTI:  Yo también lo pensaba, hasta que nació mi hermana. Desde entonces…

BLAS:    No me digas que no te cuidan. Te cuidan. Yo no he visto que no te cuiden.

SANTI:  Me dan menos comida, me compran menos cosas, ya no me preguntan…

BLAS:    A mí mi madre me quiere mucho; me adora. Eso no va a pasar conmigo.

SANTI:  Incluso por navidad: Papá Noel te trae menos regalos. Hay que repartir.

BLAS:    ¿Qué tiene que ver él con todo esto?

SANTI:  Hay un tope de regalos para cada casa.

BLAS:    No me creo nada. Además… … tu familia no es la mía.

SANTI:  Todas las familias son iguales.

BLAS:    A ti no te quieren porque eres tonto. Déjame en paz.

 

Blas se propulsa fuera del columpio, y camina deprisa para dar más relieve a su enfado. No se sentiría tan mal si no pensara que Santi lleva un poco de razón en su discurso.

“Desde que mamá ha empezado

a tener barriga la noto rara.

¿Puede que de verdad no me pregunte tantas cosas?”

 

-miércoles 14 junio-

Hoy es el cumpleaños de Camilo. Le han organizado un pequeño encuentro en la sala de descanso de su oficina tras finiquitar la jornada laboral. Hay pastas, bebidas y algunas guirnaldas. No obstante, tanto las distintas charlas como los obsequios no se centran en él, sino que apuntan al inminente nacimiento de Lucas; el segundo vástago de aquel vendedor de papel.

Se trata de un hombre sin demasiado carisma. Tranquilo, cordial, culto… Su empleo no es nada del otro mundo, pero se siente afortunado. No en vano, tiene a la mujer más guapa de Fuerte Castillo, una casa bonita, un hijo muy cuco… Nada mal para un tipo de escaso atractivo y corta estatura.

A Camilo se le ha caído el pelo prematuramente. Su calvicie le hace verse más viejo de lo que realmente es, y, cumplidos los treintaiocho, aparenta tener casi cincuenta. Parece que los cabellos que no tiene en la cabeza se reparten por el resto de su cuerpo, pues, de cuello para abajo, su piel se asemeja más a la de un animal que a la de un humano.

No es deportista y goza de cierto sobrepeso. Tampoco es muy resuelto en la cama pues suele padecer de largos periodos de disfunción eréctil. Por suerte, su amada esposa no es superficial, y lo valora por su afable personalidad, su sentido del humor, su lealtad, su cultura, sus dotes de buen padre, su humildad, su pasado en común…

Clara sale de cuentas hoy mismo, y su marido empieza mañana un corto permiso de paternidad, aunque, si Lucas sale tan llorón como Blas, prometen ser unos días difíciles.

 

-martes 19 septiembre-

Desde que Lucas llegó al mundo, Clara y Camilo han intentado hacer partícipe a su otro hijo de la nueva coyuntura familiar para que no se sienta desplazado ni celoso. Era un buen plan, pero su primogénito no parece responder como es debido.

Han pasado más de tres meses desde el feliz advenimiento, y Blas sigue triste y enfurruñado cada vez que el bebé le quita protagonismo. Siente que las carantoñas que mamá le dedica, ahora, son fingidas; que solo lo hace para nivelar la balanza.

 

BLAS:     Yo también quiero.

CLARA:  Tú eres mayor para esto.

BLAS:     ¿Tienes dos no? Son muy grandes para él.

CLARA:  No están llenas de leche… ¿A caso no las tenía grandes antes?

BLAS:     Ahora más… ¿Antes no tenían leche?

CLARA:  No. Solo hay leche cuando nace el bebé, o incluso antes.

 

Clara rebosa serenidad mientras amamanta a Lucas sentada en una de las sillas acolchadas del comedor. Blas, muy cerca, mueve sus cortas piernas con cierto nerviosismo, zarandeando unas bambas rotas que no alcanzan a tocar el suelo. Lleva pantalones cortos. Su rodilla derecha está marcada aún por su última imprudencia. Una costra le está ayudando a cicatrizar.

 

BLAS:     ¿Me darás a mí también? Porfa-porfa-porfa-porfa-porfa…

CLARA:  Te he dicho que eres demasiado mayor. Ya te di cuando eras pequeño.

 

Blas sigue suplicando. Clara le observa negando con la cabeza, pero una serie de pensamientos empiezan a quitarle contundencia a su respuesta:

“La verdad es que tengo los pechos que me estallan.

Puede que fuese la manera de que

Blas no se sintiera tan celoso.

¿Tan raro sería?”

Clara está muy dolida por la manera en que su hijo mayor está llevando todo aquel asunto. Le quiere mucho y necesita convencerle de ello. Negarle sus tetas no parece la mejor manera de hacerle entender que el bebé no tiene privilegios frente a él.

 

-Mamá…-   dice Blas esperando aún una reconsideración.

-¿Solo por una vez?-   suspirando frente a tanta pesadumbre.

 

Ha pronunciado esa pregunta, en forma de respuesta, antes de haber tomado una decisión al respecto, pero, viendo la alegría que ilumina la cara de su hijo, no se plantea ya contradecirse.

 

CLARA:  Nono. Espérate que acabe con él.

BLAS:     Pero es que ya lleva mucho rato.

CLARA:  Hasta que termine. Además, a ti no voy a cogerte en brazos.

BLAS:     Ah… … En el sofá… … Vale.

 

Blas vuelve a sentarse, controlando de su ansiedad, mientras a Clara le invaden las dudas. Intenta calibrar la situación, de nuevo, de un modo más objetivo; sin ojos de madre.

 

-Voy a llevar a Lucas a la cuna-   anuncia al tiempo que se levanta cuidadosamente.

-Vale, mamá-   responde él con rápida pronuncia.

 

Clara, haciendo uso de todo su cariño, acomoda al pequeño en su camita. La siesta del bebé parece inminente.

“!Pero qué ricura!

¿Cómo he parido una cosa tan bonita?”

Lucas era feo cuando nació, pero pronto se convirtió en un bollito apetecible que suscita los instintos caníbales de su madre.

Nada más regresar al comedor, Clara encuentra a su hijo aguardando pacientemente. Nunca lo había visto esperando algo con tanta compostura, pues siempre que quiere una cosa anda de aquí para allá, mimetizando su impaciencia.

 

CLARA:  ¿Estás seguro, Blas? No tienes porqué hacer esto. Eres muy mayor.

BLAS:     Me has dicho antes que sí. Ahora no puedes decir que no.

CLARA:  Cuando crezcas… … tendrás que aprender lo equivocada que es esa frase.

BLAS:     Vale. Ya lo aprenderé. Pero aún no.

 

Clara se desabrocha el último botón de su camisa blanca. Hace rato que no lleva sujetador, desde que se ha propuesto amamantar al bebé. Se siente algo extraña aproximándose a Blas en esas condiciones; sobre todo a raíz de las hambrientas miradas que le profesa su hijo. Va descalza y ni siquiera lleva pantalones. Todavía es verano y la última ola de calor agoniza con sus últimos coletazos, por lo que no hay necesidad de vestirse demasiado para andar por casa.

 

-Las tienes muy grandes, mamá-   sin apartar la mirada de su escote entreabierto.

-Eso no es ninguna novedad, cariño-   mientras se sienta lentamente en el sofá.

 

Blas se decide a terminar de abrir esa cortina textil que tan cruelmente intenta esconder los pezones de su madre. Ella sigue autoconvenciéndose de que lo que ocurre no es un disparate.

“Es un crío. Solo quiere salirse con la suya.

En seguida le dará asco y querrá parar”

 

-Coge ese cojín, así lo haremos mejor-   dice ella mientras se lo señala.

-¿El rojo?-   se apresura para alcanzarlo.

-Sí. Ese-

 

Clara se ha sentado en el lado derecho del sofá. Está intentando encontrar la postura adecuada. Tras probar diferentes variantes, termina por sentarse sobre su pie diestro y apoyarse en el posabrazos. Inmediatamente, recibe aquel cojín cuadrado de manos de su hijo, cual regalo del día de la madre.

 

CLARA:  Vamos. Ven aquí. Túmbate con la cabeza en el… … así.

 

Sin mediar palabra, Blas obedece y no tarda en amorrarse impetuosamente a una de las tetas de Clara; la contraria que estaba sorbiendo su hermanito. Ha perdido el instinto neonato que antaño le dictó cómo chupar un pezón para obtener la leche, y ahora usa su lengua de una manera obscena.

 

-Pero ¿qué haces, Blas?-   le pregunta incómoda.

-No sé. No sale-   algo avergonzado.

-Tienes que chupar como… … como si fuera un biberón-

 

Clara le está sujetando la cabeza con la mano derecha y con la otra le acaricia tiernamente el pelo. Blas usa sus labios para hacer ventosa y así poder conseguir el fruto materno que tanto ansía.

Su madre empieza a sentir como fluye la leche. Algo ruborizada, intenta mirar a otro lado para enajenarse, pero no puede desatender esa extraña sensación que emana de su glándula mamaria. Dicho ordeñado bocal parece demasiado duradero a la vez que demasiado breve. El niño no termina de saciar su sed por más que chupa.

Azotada por una culpabilidad de difusos matices, Clara termina por sacarle el pecho de la boca a su hijo y se levanta con premura. Sacudido por esos movimientos tan urgentes, Blas verbaliza sus inquietudes:

 

-¿Qué pasa, mamá? ¿Es que te he hecho daño o algo?-   pregunta confuso.

-O algo-   contesta ella sin siquiera poder mirarle a la cara.

-¿O algo? ¿Qué es ese algo?-   insiste él con una sonrisa desconcertada.

-Ya te he dado lo que querías. Ahora olvídate, ¿de acuerdo?-

-Vale, vale, vale… … … ¿No me preguntas cómo sabe?-   pregunta alegremente.

-Ya sé cómo sabe. Es algo más dulce-   dice mientras termina de abrocharse la camisa.

 

****

 

Pasada le media noche, Clara y Camilo reposan en la cama de matrimonio a oscuras y en silencio. Es un barrio peatonal, muy tranquilo y apartado del tráfico mundano del centro de la ciudad. Lucas, en la cuna, duerme plácidamente cerca de ellos.

 

CAMILO:  El verano que viene nos ponemos aire acondicionado.

CLARA:     Si tienes calor no te tapes con la sábana.

CAMILO:  Es que el ventilador me hace cosquillas en las piernas.

CLARA:     ¿Y por qué a mí no me las hace?

CAMILO:  Pues porque tú no tienes pelos. Los pelos al moverse  son los que…

CLARA:     Podrías depilarte.

CAMILO:  Eso… eso mermaría mi masculinidad.

CLARA:     Pero ¿qué tonterías son esas?

CAMILO:  No tengo edad para ir depilándome. Si fuera un cachas aun luciría, pero así.

CLARA:     Tú y tu masculinidad… Hablando de eso: ¿a qué edad crees que aparece?

CAMILO:  ¿Que aparece el qué? ¿La masculinidad?

CLARA:     Sí. A ver. Ya sé que no es una cosa de un día para otro, pero…

CAMILO:  ¿Por qué piensas en eso, ahora? ¿Por Blas? ¿Qué te ha dicho?

CLARA:     Nada, nada. Pero no sé. ¿Tú a qué edad empezaste a… … tocarte?

CAMILO:  Desde muy pequeño, pero la primera corrida no es hasta los doce o trece.

CLARA:     Anda, borrico. No me refiero a eso; sino a la primera vez que miraste a una mujer con deseo… … o curiosidad.

CAMILO:  A ver… … mi madre me contó que una vez, cuando tenía cuatro, le dije: “No sé qué me pasa cuando veo este anuncio que se me pone la picha dura”

CLARA:     Noo. Imposible. No me lo creo.

CAMILO:  Te lo juro. No me acuerdo, pero mi hermano Tomás también estaba.

CLARA:     Con cuatro… … !Por Dios!

 

Clara tiene ganas de contarle a su marido lo que le ha pasado antes con Blas. No tenía la sensación de haber hecho nada malo, pero cuanto más vueltas le da, más cree haberse equivocado.

“Solo quería que dejara de sentirse arrinconado y celoso.

Tampoco hace tantos años que le daba el pecho a él”

 

CLARA:     Estaba mirando antes por internet y no sé por dónde me he metido y…

CAMILO:  Uiuiuiui. Cuidado con eso. La red está llena de pirados.

CLARA:     Hablaban de amamantar, del destete, consecuencias psicológicas y tal.

CAMILO:  No hagas caso. Los psicólogos se llenan la boca de conclusiones, pero…

CLARA:     ¿Qué? Ellos lo sabrán mejor que tú o que yo.

CAMILO:  ¿Y por qué cada uno dice una cosa diferente? Cada niño es distinto.

CLARA:     Salía una que le daba el pecho a su hijo; tenía dos años menos que Blas.

CAMILO:  ¿En seriooh? Vaya loca. Eso es enfermizo. Tendrían que quitarle la custodia.

CLARA:     Pero ¿por qué? No es nada sexual. Es algo… … no sé.

CAMILO:  ¿Tú has escuchado lo que te he dicho antes? ¿Lo del anuncio?

CLARA:     No te pongas de ejemplo; tú eres un perturbado. Cuatro años… por favor…

CAMILO:  Era un anuncio de desodorante; de una tía corriendo por la playa en topless.

CLARA:     ¿Y qué?

CAMILO:  !Tetas! Es lo primero que llama la atención de los críos… … sexualmente.

CLARA:     ¿Me vas a decir que Blas piensa en tetas? ¿Que se le pone dura?

CAMILO:  Tiene mis genes. No lo olvides.

CLARA:     Qué va. En realidad, es del butanero.

CAMILO:  ¿A qué te doy?

CLARA:    Anda. Cállate y duérmete que mañana madrugas.

CAMILO:  Qué tonta eres.

 

-miércoles 20 septiembre-

Después de atender a sus otros quehaceres cotidianos, Clara está regando las plantas del jardín:

“¿He regado estas plantas dos veces?

¿En qué estoy pensando?”

Está pensando en la conversación de ayer con su marido. En lo sucia que la hizo sentir a propósito de lo que había hecho con Blas. Se sorprende al apreciar otra ladera emocional de aquel turbio asunto: una sensación morbosa y estimulante que se regodea bajo ese manto de vergüenza. Contrariada, zarandea la cabeza e intenta expulsar de ella tan bochornosas inquietudes.

Se había propuesto hablar con el niño antes de que se fuera al cole, pero, con las prisas del madrugón, no ha logrado encontrar una pequeña pausa que le permitiera tocar un tema tan delicado. Blas no termina de acostumbrarse al cambio de horario que rige su vida desde que ha empezado el curso.

“Esperemos que no lo cuente.

Podría malinterpretarse fuera de contexto.

Un pequeño fallo de juicio

podría derivar en un escándalo”

Una vez dentro, vuelve con Lucas y le observa tiernamente.

“Este bebé no dará tanta guerra como Blas”

Los primeros meses del mayor fueron un infierno de llantos e insomnio perpetuos. Camilo y ella se habían concienciado del calvario que podía esperarles con la llegada de su nuevo vástago, pero parece que los peores pronósticos no van a cumplirse.

 

****

 

Blas está sentado en una silla de la cocina. Come pan con Nocilla mientras mira Bola de Dragón en la tele. Clara está terminando de limpiar la encimera. Le mira de reojo para comprobar la naturalidad con la que actúa su hijo.

“Qué tonta soy. Si no pasa nada.

Vamos a zanjar el asunto”

 

-Blas, ¿te acuerdas de eso de ayer?-   sin dejar de hacer cosas.

Síií-   dice mientras da luz a una alegría sonriente.

-¿Se lo has contado a alguien?-   intentando no resultar amenazante.

-Nooh. Claro que no. Es secreto-   termina susurrando.

 

Esa respuesta tan tranquilizadora nutre de inquietud a Clara:

 “¿Por qué Blas asume este secretismo?

¿Hasta un niño sabe que eso estuvo mal?

¿Realmente tuvo connotaciones sexuales para él?”

 

CLARA:  Aha. Pues… … no se lo digas a nadie, ¿vale? Ni siquiera a papá.

BLAS:     NoooOh. A papá menos que nadie.

 

“!Hostia! ¿Es que vivo en un mundo distinto?”

La cara de estupefacción de Clara no tiene precio. Su mirada perdida es ignorada por su hijo, quien sigue masticando y viendo cómo Son Goku salva a la humanidad por enésima vez.

 

****

 

En la consulta del doctor Prepucio no hay lugar para las preguntas sin respuesta. Ya acompañó a Clara y a Camilo cuando nació Blas, y ahora las cosas no van a ser distintas:

 

PELAI:      ¿Con quién está ahora?

CLARA:     Con Marisa. Ya vuelve a ejercer de niñera.

PELAI:      Ah, sí. Me acuerdo de ella. Qué bien poder contar con alguien así.

CAMILO:  Sí. Siempre nos está salvando la vida.

PELAI:      Bien. ¿De qué se trata?

CLARA:     Mi marido sufre de impotencia.

CAMILO:  !Clara! No… a ver. Solo es un episodio. También me paso cuando llegó Blas.

CLARA:     No durante tantos meses, cariño.

CAMILO:  Tres meeeseees.

CLARA:     Casi cuatro.

PELAI:      No os peleéis. Tener un bebé conlleva muchos cambios. No es fácil.

CLARA:     Blas fue más complicado. Era el primero y daba mucha guerra, y aun así…

PELAI:      No me parece algo alarmante. Lo mejor es no hacer una montaña.

CAMILO:  Es lo que le digo. Dejemos pasar unos días sin darle importancia. Ya pasará.

CLARA:     El problema es que a mí me pasa lo contrario. De un tiempo para acá…

CAMILO:  Cariño. Pelai no necesita saber lo cachonda que estás.

PELAI:      A no ser que se trate de una enfermedad. Si es una ninfomanía aguda…

CAMILO:  !Tío!

PELAI:      Perdón, perdón. Solo era un chascarrillo. No pretendía ser poco profesional. Si todo lo demás va bien, vamos a dejar reposar este asunto de la impotencia. La llegada de un nuevo miembro a la familia tiene muchas implicaciones y afecta de manera distinta a cada persona. Cuando ya os hayáis acostumbrado veremos. En la próxima consulta lo hablamos. Hasta entonces: Camilo, no te fustigues.

 

-jueves 21 septiembre-

“!Cómo apestas, Lucas! !En serio!

Puede que ese bebé sea tan hermoso

porque expulsa toda su fealdad por el culo.

En esos pañales hay más gramos de mugre

que comida ha ingerido el pequeño.

Eso va contra toda lógica”

Tras los polvos de talco, termina la tarea más engorrosa que conlleva esa etapa de la maternidad, al menos de momento. Clara lleva a Lucas a la cuna de un modo muy amoroso, con besitos, balanceos y una cancioncita improvisada de lo más cuca.

Son casi las dos y todavía no ha empezado a hacer la comida. Hoy hará algo fácil y rápido para que Camilo no proteste. Ese hombre siempre llega hambriento a de la oficina.

Blas está en el jardín de Tonet, jugando a futbol. Desde la ventana de la cocina, su madre consigue verlo fugazmente gracias a los inquietos correteos juguetones del niño.

Clara buscó intimidad, ayer, para amamantar a Lucas, y hoy tiene pensado hacer lo mismo. No quiere despertarle renovadas inquietudes a Blas, aunque lo que más le asusta es otra cosa. No desea abrir esa puerta, ni por asomo. Prefiere no tocarse si así consigue mantener a raya ciertos pensamientos, por muy cachonda que esté.

 

-Hola, cariño. Ya estoy en casa-   saluda Camilo con un tono animado.

-No digas eso, hombre. En serio. Ya te lo dije-   protesta agobiada.

-No seas tan protestona-   responde dándole una palmadita en el culo.

-Me haces sentir como una ama de casa de los años cincuenta-

 

Clara es muy feminista, pero su indomable instinto maternal ha torcido su trayectoria profesional, y la ha confinado en casa estos últimos años; desde el nacimiento de Blas. Ni siquiera sus férreas convicciones soportan su aplastante naturaleza familiar.

 

CAMILO:  ¿Dónde está Blas?

CLARA:     Está aquí al lado; jugando con Tonet. Pégale un grito.

CAMILO:  !BLAAAS!

CLARA:     Uix. Me vas a dejar sorda.

BLAS:       Ya vooooy.

 

Un plato de pasta con carne, cebolla y salsa de tomate con especies es una apuesta segura. A su hijo no le gustan los experimentos culinarios, siempre le pide lo más fácil. Camilo no es precisamente un sibarita. Valora más la abundancia que no el sabor. Ahora vuelve de visitar al bebé en la habitación.

 

CAMILO:  Está durmiendo otra vez… … … ¿Has escrito algo hoy?

CLARA:     Lo intento, pero no sé. No estoy muy inspirada.

CAMILO:  No te compliques. La literatura infantil no tiene que ser…

CLARA:     Tiene que tener magia, enseñar valores, ser educativa… No es tan fácil.

CAMILO:  Bueno. Tampoco tienes prisa, ¿no? Rebeca no te dio ningún plazo.

CLARA:     Ya, pero me gustaría presentar algo bueno.

CAMILO:  Si lo hiciste una vez, podrás volver a hacerlo.

CLARA:     Blas, lávate las manos, anda. A saber lo que has tocado.

BLAS:        !Joh! !Qué hambre! Ahora vengo.

 

A Clara le editaron un libro para niños, pero de eso ya hace algunos años. Trabajaba en una editorial, pero lo dejó; le absorbía demasiado tiempo. De todos modos, sigue manteniendo relación con la gente de ahí, y no descarta reincorporarse algún día.

 

-Espero que no le falte sal. No lo he probado. Estoy un poco distraída últimamente-

 

Blas, recién llegado del lavabo, moja el dedo en la salsa de su plato y se lo ofrece a su madre. Clara, sin pensárselo, lo chupa de un modo demasiado prolongado. Cuando por fin se aparta:

“¿Qué me ha pasado?

¿Por qué he usado así mi lengua?”

 

CAMILO:  ¿Qué pasa? ¿Es que está soso?

CLARA:     ¿Qué? Ah, nono. Está bien.

CAMILO:  Como te has quedado así… … tan reflexiva…

BLAS:       Estaba pensando en lo bueno que está mi dedo. ¿A que sí, mamá?

 

Una sonrisa traviesa ilustra esa broma infantil. Clara le rehúye y niega con la cabeza para sí misma, con la mirada perdida:

“¿En serio no se ha visto extraño

este lametazo desde fuera?”

 

CAMILO:  Mañana voy a llevar a Blas para que lo vea el doctor Prepucio.

CLARA:     ¿Y eso por qué?

CAMILO:  Le cuesta descapullar. Creo que tiene Fimosis.

 

-jueves 21 septiembre-

Camilo conduce de camino a casa. En el asiento trasero, muy amedrentado, Blas mira pensativo por la ventana, pero no presta atención al hermoso atardecer que se exhibe ante sus ojos claros. El diagnóstico del pediatra lo ha dejado patidifuso.

 

CAMILO:  No te preocupes, hijo. Es una cosa que le pasa a mucha gente.

BLAS:       Pero yo no quiero que me corten la picha.

CAMILO:  Es solo un trozo de piel. No seas nenaza. Si no quieres no lo haremos.

BLAS:       Pero el doctor Prepucio ha dicho que…

CAMILO:  Yo no lo he visto tan mal. ¿Sabes? a mí también me pasaba eso cuando era pequeño, y a mi hermano Tomás. A él le operaron. Yo encontré otro método. Verás: tienes que pelártela como un mandril. Así se irá dando de sí.

 

Blas mira a su padre algo extrañado. No termina de entender a qué se refiere. Una maniobra brusca sacude su cabeza y pone a prueba la firmeza de su cinturón de seguridad.

 

CAMILO:  !Hijo de puta!… … Pero ¿tú has visto lo que ha hecho ese subnormal?

BLAS:       … … … Está pidiendo perdón, ¿no?

CAMILO:  Si causa un accidente no servirá de nada que saque la mano por la ventana.

BLAS:       A lo mejor es médico y se para y nos cura.

CAMILO:  Vaya ocurrencias, Blas… … Escucha: tú descapulla un par de veces cada día, aunque duela, verás cómo al final no tendremos que… … cortarte la picha.

 

****

 

Después de dar por finiquitado su igualado partido de futbol, Blas, Santi, Abel y Tonet descansan en la plaza del Poblado de Fuerte Castillo. Es una urbanización bien estante y segura donde todo el mundo se conoce. El sol se está poniendo tras la montaña bicéfala que delimita el perímetro de la ciudad.

 

SANTI:   Aunque me atacarais los tres a la vez. Da igual.

BLAS:     No. Entre los tres podemos contigo.

SANTI:   Mira: a Tonet me lo fundo de un manotazo. No tiene dos hostias.

TONET:  Por eso soy más rápido. No me cogerías.

ABEL:     Pedo es que no se tdata de huid. Se tdata de pelead.

SANTI:   Tú eres gordo. Eres algo más fuerte, pero eres bajito y lento.

BLAS:     Yo tengo fuerza y soy delgado. Soy el guerrero definitivo.

SANTI:   El guerrero definitivo no tiene nada que hacer contra el guerrero TOTAL, aunque me ataque con la ayuda de sus esbirros.

 

Al tiempo que esa cuadrilla amistosa da palos de ciego a la hora de pronosticar el resultado de diferentes peleas hipotéticas, la hermana de Abel se acerca para llevárselo a casa. Saray es unos pocos años mayor que ellos, y luce una belleza inocente y virginal. El grandullón del grupo nunca queda indiferente cuándo la ve:

 

-Quién pillara a esa hermanita-   susurra mientras esa pareja fraterna se aleja.

-Pero ¿qué dices? ¿Para qué quieres tener cerca a una niña?-   dice Tonet asqueado.

-Ya lo sabrás cuando crezcas, pequeño-   vacila Santi condescendientemente.

-!Pero si solo eres un año mayor que yo!-   contesta cada vez más ofendido.

-Sí, pero soy un tío muy evolucionado. Estoy adelantado a mi tiempo-

 

A lo lejos, se escucha la voz de pito de la madre de Tonet:

 

-!To0niii! !A cenar!-   haciendo que los tres giren la cabeza hacia el oeste.

-¿Adelantado?-   continua Blas   -¿Por eso repetiste curso?-   con recochineo.

-!BoO0m!-   reacciona Tonet con una elocuente onomatopeya.

-!Los genios siempre somos unos incomprendidos! Anda tira pa tu casa “Toni”-

 

El pequeño le da un puñetazo en el brazo y sale corriendo para evitar represalias. Santi empieza la carrera, pero no le da continuidad. Ese tirillas ni siquiera le ha hecho cosquillas. Blas permanece sentado en el borde del pequeño muro que delimita el recinto de la plaza. Cuando terminan de reírse de su amigo, la conversación continua entre los únicos supervivientes de aquella hora tan tardía.

 

B:  ¿Te gusta Saray?

S:   Será una de las madres de mis numerosos hijos.

B:  ¿Es que vas a tener muchos hijos con muchas chicas?

S:   Tengo que repartir los genes de mi padre, y del padre de mi padre; es mi mandato.

B:  ¿Eso te lo ha dicho tu padre?

S:   Sí. Tengo veinte primos; si cada uno tenemos cinco hijos al final seremos muchos.

B:  Pues yo solo quiero a mi madre. Es el amor de mi vida.

S:   Eso lo dices porque eres pequeño. Todos los niños pequeños dicen eso.

B:  Saray nunca tendrá las tetas de mi madre. Está plana. ¿No la ves?

S:   Ya le crecerán. Siempre crecen. Claro que… lo de tu madre es algo… increíble.

B:  Además. Es muy guapa y me quiere mucho; incluso más que a mi padre.

 

Un silencio reflexivo hace acto de presencia por primera vez durante horas. Los ladridos de Herodes son el único sonido que escucha esa luna llena que ya da la bienvenida al otoño.

 

SANTI:  ¿Tú sabías que a Tonet le llaman Toni en su casa?

BLAS:    Sí. Lo escucho a menudo.

SANTI:  Como yo no vivo aquí…

BLAS:    Bueno… Con tu bici no tardas mucho en llegar ¿no?

SANTI:  No. Aunque me gustaría más mudarme… … con tu madre. ¿No me cambias?

BLAS:    No0. Antes te mato.

SANTI:  Joder. A mí la mía no me quiere tanto. Me querría más la tuya.

BLAS:    Y así serías vecino de Saray. Y podrías hacerle un hijo, o muchos.

SANTI:  O mejor: que tu madre se separe de tu padre. Yo seré tu nuevo papá. Así podré apretarle las tetorras cada noche.

BLAS:    !Nooo0h! !Las tetas de mi madre son solo míaaaas!

 

Un imperativo grito maternal les hiela la sangre a su espalda:

 

-!BLAS! !Entra  en casa  ahora mismo!-   chilla Clara indignada.

 

Santi corre hacia su bici como si le persiguiera el diablo, y arranca su marcha sin siquiera despedirse. Blas, muy avergonzado, no se atreve a mediar palabra frente al disgusto que lleva consigo su madre. La rodea a toda prisa, guardando una distancia prudencial que le mantenga a salvo de un más que probable guantazo, y se apresura a enfilar el camino de su casa.

 

-viernes 22 septiembre-

Hoy está siendo un día extraño e inquietante. Todo empezó durante la cena de ayer. Clara no le dio ninguna reprimenda a Blas en forma de gritos o castigo, y la censurable conversación con el bruto de Santi quedó impune, al menos aparentemente.

Desde entonces, esa mujer no le ha dado ni un beso a su hijo: ni el de buenas noches, ni el de buenos días, ni alguno de los que suelen caer de manera eventual; tampoco le ha dirigido la palabra más de lo necesario e incluso parece rehuirlo con la mirada. Lo que en un principio fue un alivio para el niño, a estas alturas ya se ha convertido en la más cruenta de las penitencias.

Después de merendar solo, en la cocina, Blas asume que tiene que disculparse. No puede soportar más esta frialdad:

“¿Es posible que de eso trate hacerse mayor?

que no te peguen, ni te griten ni te castiguen;

que te ignoren hasta que

te sientas tan mal que…”

 

-Hola, mamá-   saluda haciendo acto de presencia en la habitación de Lucas.

-Hola-   responde ella mientras no deja de atender a su ordenador portátil.

-Quiero pedirte perdón por eso que dije… … que dijimos ayer-   dice avergonzado.

-… Está claro que las cosas han cambiado. Tú no eres como eras-   aún sin mirarle.

-No he cambiado. Sigo siendo el mismo-   replica contrariado.

-No es culpa tuya-   clavándole sus ojos repentinamente   -Te has hecho mayor-

 

Esas palabras serían todo un elogio si no se pronunciaran en aquella tesitura. Blas está algo desconcertado. No entiende nada.

 

CLARA:  Ya no me cuentas tus cosas íntimas.

BLAS:     Sí. Sí que te lo cuento todo.

CLARA:  ¿Lo de tu pichulina? ¿Por qué se lo dijiste a papá y a mí no?

BLAS:     Es que… me da vergüenza… es mi… picha.

CLARA:  Con papá no te da vergüenza. Es porque ya no me ves como a una madre.

BLAS:     !Claro que sí! Eres mi mamá. ¿Cómo quieres que te vea?

CLARA:  Ahora ya me ves como a una mujer. Esto está quedando muy claro.

BLAS:     No. No. Tú siempre serás mi mami.

CLARA:  Pronto te dará vergüenza que te de besos en público, que te lleve a…

BLAS:     Nooo. Eso nunca.

CLARA:  Dejarás de contarme tus cosas y te taparás para que no te vea desnudo.

 

Blas queda mudo. Ese argumento es algo más difícil de rebatir.

 

CLARA:  Ayer lo estuve pensando. ¿Cuánto tiempo hace que no te veo la pilila?

BLAS:     ¿Es que quieres que te la enseñe? ¿Te la enseño?

CLARA:  ¿Ves cómo suena eso, ahora? ¿No te das cuenta de que suena fatal?

BLAS:     No… … no sé… … es qué… …no sé qué quieres que diga.

CLARA:  Papá puede tomar parte, o el doctor, pero cuando se trata de una mujer…

BLAS:     No… Eso no es… Eso no…

CLARA:  ¿Por qué dijiste esas cosas ayer? ¿Por qué se lo dijiste a ese niño?

BLAS:     No le dije nada. No le conté lo del martes. Solo… estábamos de broma.

CLARA:  ¿Y qué es lo que pasó el martes?

 

He aquí la cuestión. Blas no sabe responder a esa pregunta.

 

-sábado 23 septiembre-

El sol se ha asomado radiante por el mar de Fuerte Castillo.

Camilo ha salido a correr motivado por la falsa creencia de que,  a partir de hoy, lo hará muy a menudo.

Clara está prestando todo tipo de cuidados al bebé.

Blas todavía se está desperezando. Ha pasado mala noche. Su disculpa de ayer fue abortada por los lapidarios argumentos de su madre, quien parecía estar escribiendo un punto y aparte en esa relación maternofilial.

El niño no quiere renunciar a su rol de hijo pequeño; no quiere asumir un papel más serio y frio. Con su escaso raciocinio, es capaz de dilucidar que quizás haya sido él, con su negativa actitud tras la llegada del bebé, el que haya acelerado un proceso tan indeseable.

Ayer, durante la cena, el desafecto de Clara fue más sutil, pero cabe pensar que lo único que pretendia es que Camilo no le preguntara acerca de su actitud. Luego, Blas se pegó un buen baño durante el cual hizo sus peculiares ejercicios fálicos por segundo día consecutivo. Le dolió un poco, pero lo consiguió.

Luego se fue a dormir sin su anhelado beso materno de buenas noches. Dicha carencia afectiva nutrió de zozobra sus sueños y su insomnio a la par.

Ahora que ya está completamente despierto, sus defensas anímicas ya vuelven a ondear en lo más alto; pero eso solo logra mantenerle a flote sin liberarle de su desazón.

Superando ciertas barreras forjadas con inseguridades y miedos, Blas se adentra en la habitación de su hermanito.

 

CLARA:  Hola, Blas. Por fin te has levantado. ¿Todavía duermes sin camiseta?

BLAS:     Sí, hace calor, aún… … ¿Qué haces, mamá?

CLARA:  Trato de escribir mi historia los ratos que Lucas duerme.

BLAS:     Echarás de menos esta habitación cuando él niño crezca.

CLARA:  Cuando pintaba necesitaba más espacio, pero para escribir…

BLAS:     ¿De qué va el cuento?

CLARA:  De un niño que se hace mayor.

BLAS:     Anda… … ¿Y él también tiene fimiosiitis?

CLARA:  Se llama fimosis, y no. Él no es tú.

BLAS:     Qué pena. Me gustaría serlo. Así sabría qué piensas en mí mientras escribes.

 

Esa frase rompe el temple de Clara humedeciendo sus ojos. Lleva días gestionando mal sus emociones; intentando encajar piezas que no encajan en un puzle que le permita ilustrar la persona que quiere ser; la que pensaba que era.

 

BLAS:     ¿Qué te pasa, mamá? No llores.

CLARA:  Perdóname Blas. No es culpa tuya. He sido mala contigo, sobretodo ayer.

BLAS:     No… … Es que yo… … En realidad… … no…

CLARA:  … … ¿Tú sabes que es la depresión postparto?

BLAS:     Algo me dijo papá.

CLARA:  No quiero ni pensar lo que te contaría ese simplón. Mira: después de tener un bebé, las mujeres perdemos muchas hormonas de golpe y nos desequilibramos emocionalmente. Eso quiere decir que, durante un tiempo, nos sentimos muy diferente. Es más fácil enfadarnos, nos ponemos tristes sin motivo, andamos más cansadas. No puedo tomar pastillas porque estoy amamantando a Lucas, pero necesito que sepas que si me he portado mal contigo no es porque no te quiera. Olvídate de lo que te dije ayer.

 

-Entonces… ¿todavía soy tu hijo?-   pregunta contagiado por la emoción de su madre.

-¿Claro que sí, tonto?-   mientras le abraza llorando   -¿Cómo me preguntas eso?-

-Es que ayer dijiste que ahora eras una muj…-   viéndose interrumpido.

-Ayer dije que también me mirabas como a una mujer, no que dejara de ser tu madre-

 

La luz en los ojos húmedos de Blas alumbra aquel tierno momento familiar. El niño se ha sacado un peso de encima; un yugo que soportaba desde el jueves por la noche.

Clara también se ha reconciliado un poco con ella misma, pero su sólida argumentación solo justifica una parte de lo que tanto se esfuerza en ocultar: ese armario de los horrores, dentro de su mente, donde no quiere entrar.

Tras poner fin a un duradero abrazo materno, Blas se aparta un poco, se seca las lágrimas y se desprende de la única prenda que le viste: un desgastado pantalón de pijama veraniego.

 

-Voy a enseñarte una cosa, mamá-   sin ningún pudor.

-¿Qué… ¿Qué haces ahora?-   responde desconcertada.

-Mira lo que puedo hacer-

 

Lleno de coraje, el niño se muerde el labio y descapulla con éxito. Ese pene infantil se ve muy extraño a los ojos de su madre. Clara llevaba años sin verlo ni por accidente. Sigue siendo la pilila de un crío, pero su tamaño ya difiere mucho respecto al recuerdo que conservaba de ella. La piel del prepucio se ve tensa, tal y como si pretendiera estrangular al capullo, pero aquella reyerta fálica es solo una tirantez fraterna, pues nadie saldrá herido.

 

-¿Te duele?-   pregunta frunciendo un poco el ceño.

-No tanto como cuando me lo hizo el doctor Prepucio-   dice restableciendo su piel.

 

Clara se ríe. Sabe que su hijo no conoce el significado del apellido de su médico, y eso aún le da más sorna al asunto. Por si fuera poco, su nombre de pila no ayuda: Pelai Prepucio.

 

BLAS:     No te rías, mamá. No te rías de mi picha.

CLARA:  No me río de eso, cariño. Es que me he acordado de una cosa.

BLAS:     No es verdad… A veces la tengo más grande, ¿vale?

CLARA:  Ya lo sé. De verdad te lo digo.

BLAS:     Solo tengo que tocármela un poco y verás.

 

El cautivador y sombrío aliento del morbo incestuoso vuelve a soplar peinando, sutilmente, el pelo de esa mujer. Clara inspira profundamente mientras contempla cómo su hijo, presa de una incontestable inocencia, se estira y se mangonea el miembro para dotarlo de más dignidad. No tarda en conseguirlo.

 

CLARA:  ¿Solo te crece cuando te la tocas? ¿O te crece alguna vez solo?

BLAS:     Emmmm…

 

Esa pregunta ha sonado de un modo demasiado sugerente. El tímido silencio del niño dice más que sus palabras. y Clara no necesita insistir en el interrogante. A medida que ese apéndice abandona su pequeñez, va adquiriendo verticalidad hasta que:

 

CLARA:  ¿A que no descapullas ahora?

BLAS:     Es que está muy gruesa así.

CLARA:  Ven. Anda. No seas cobarde.

 

En el preciso momento en que su madre toca ese pene erecto, una urgente confusión se apodera de Blas. Ni siquiera la ingenuidad del niño puede permanecer impasible frente a una situación tan bochornosa.

Con cuidado, Clara empieza a estirar su piel:

 

BLAS:     Cuidado, mamah. Me duele.

CLARA:  Aguanta un poco, cariño. Ya verás cómo puedes.

BLAS:     No lo seéh… … Aaah… … ¿Y si se rompe?

CLARA:  No se va a romper, amor. Confía en mí.

BLAS:     Aug… … Aaaah… … ahaa…

CLARA:  !Mira! ya está.

 

Contradiciendo la lentitud y el cuidado con el que ha liberado a ese glande, una rápida maniobra le basta para sacarle la soga del cuello y volver a ponerle la capucha a la pilila de su hijo.

Desde lo más profundo de la conciencia de Clara, algunos gritos desesperados intentan llamar su atención, pero un ensordecedor ruido obsceno los acalla y alimenta la iniciativa de sus manos.

 

-¿Lo ves? Lo hemos conseguido. Deja que vuelva a hacértelo-   con ojos de poseída.

No mamaah. Porfavor nooh-

 

Blas se aparta, dolorido. Esta vez sus lágrimas no son tan balsámicas ni su expresión tan diáfana. Clara choca violentamente contra la realidad al contemplar cómo su hijo, desnudo y asustado, huye de ella.

 

-Perdóname, amor mío. Lo siento, de verdad. No quería hacerte daño-

 

Blas se agacha, avergonzado, para dar alcance a su pijama y volver a cubrir sus mancilladas partes. Clara se ha recogido, súbitamente, en un gesto nutrido de espanto.

 

BLAS:     No pasa nada, mamá. Solo querías… … ayudarme, ¿no?

CLARA:  Claro, pichurrín. Es que… … me he puesto muy contenta al ver que volvías a confiar en mí, y me he emocionado demasiado. Perdóname cariño.

BLAS:     Ya pasó. Ahora ya está. Y, en realidad, seguro que me ha ido bien.

 

El tono de Blas vuelve a ser conciliador, para gran alivio de su madre, pero, observando al nene mientras este abandona la habitación, no puede evitar sentir cómo la culpa le agarra de los pelos y la zarandea violentamente.

“!¿Qué me pasa?! !Acabo de pelarle el polla a mi hijo!”

Unos pensamientos, algo más compasivos, acuden a su rescate e intentan contextualizar esa sentencia tan tajante, pero nada puede negar ya la perversión que se ha apoderado de ella en los últimos días. Su corazón late con fuerza para bombear ansiedad por sus arterias. Ni siquiera se acuerda de que Lucas duerme apaciblemente a pocos centímetros de ella.

 

-domingo 24 septiembre-

CAMILO:  !Waaah! No me puedo levantar. Tengo agujetas.

CLARA:     Venga, hombre. No me seas… Si no corriste ni veinte minutos.

CAMILO:  No. En serio te lo digo.

CLARA:     Es la excusa que necesitabas para pasarte el día sin hacer nada. Me gustaría verte cargar con estos dos melones a ti. No pararías de quejarte de la espalda.

 

Clara lleva rato levantada y sin parar de hacer cosas: que si la colada, que si la comida, que si los pañales, que si el correo electrónico, que si la limpieza, que si unas llamadas que tenía pendientes…

 

BLAS:       Me voy a jugar a casa de Tonet.

CLARA:     A las dos ven a comer, ¿me oyes? !A las doO0s!

CAMILO:  !Gánale a todo, hijo! Tienes que dejar el nombre de los Lázaro bien alto.

CLARA:     … Ya no te escucha.

 

Mientras Camilo no deja de gandulear, su mujer aprovecha para amamantar de nuevo a Lucas en la habitación de al lado. Suspira mirando por la ventana. Hace un día espléndido, el barrio es precioso, y su familia envidiable. Su vida se parece a la que había soñado de pequeña; solo que en su fantasía tenía un niño y una niña. Eso es lo que deseó nada más quedarse en cinta, pero, ahora mismo, no cambiaría ni un ápice de su bebé.

 

****

 

“Houston, tenemos un problema”

La película de después de cenar pintaba bien, pero está resultando lenta y un tanto aburrida. En el espacio todo se mueva más lentamente, y de manera más silenciosa. Blas esperaba que irrumpieran en escena un buen puñado de alienígenas con malas pulgas, pero, a estas alturas, parece que eso no va a suceder. Se trata de una historia de superación de unos pocos astronautas supervivientes de un accidente que se limitan a seguir con vida mientras intentan regresar a la tierra.

En el sofá lateral, a Camilo se le están cerrando los ojos. Su postura horizontal no es la más indicada para mantenerse despierto, y tampoco es que tenga interés en la cinta. Al otro lado, Lucas emite algún que otro balbuceo al tiempo que se entretiene con las ovejitas que cuelgan sobre su cuna. Clara tiene una posición reposada, un tanto formal, mientras, a su izquierda, Blas está algo más inquieto ocupando la otra plaza de ese cómodo sofá gris.

 

CLARA:  Estate quieto, Blas. ¿No has tenido suficiente movimiento hoy?

BLAS:     Es que… pensaba que vendrían aliens; y no.

CLARA:  ¿Este es un motivo para que no dejes de moverte? ¿Es que no estás cómodo? Mira tu padre. Ese sí que no podría estar más acomodado.

BLAS:     A ver si ahora se pondrá a roncar. Eso daría más miedo que los extraterrestres.

 

Blas se propone dejar de importunar a su madre y toma una postura parecida a la de Camilo. Su corta estatura le permite rentabilizar su asiento y apenas tiene que invadir el espacio de Clara para que esos muslos maternos le hagan de almohada.

 

CLARA:  Hueles muy bien, Blas. ¿Te has lavado el pelo con el champú nuevo?

BLAS:     Sí, me gusta. Creo que hace más espuma que el otro.

 

Clara acaricia el pelo de su hijo tiernamente, causándole un efecto muy relajante. Su otra mano reposa en el pecho desnudo de Blas, quien juguetea con sus dedos. Después de bañarse, el niño se ha quedado solo con su indumentaria nocturna: esos pantaloncillos de Batman que tanto le gustan.

Su madre tampoco va muy tapada. Lleva unos pantalones muy cortos de tela fina y una camiseta vieja y desgastada que ya solo usa para dormir. Su color blanco y su poco grosor le otorgan una sutil transparencia que no ha pasado inadvertida a los ojos de Blas, sobre todo por la humedad que rodea esos pezones.

 

BLAS:     ¿No llevas… … sujetador?

CLARA:  Es que antes estaba amamantando a Lucas y… La verdad es que me duelen.

BLAS:     ¿Te duelen los pechos?

CLARA:  Sí. Un poco. A ratos más. Los noto como si tuvieran que explotarme.

BLAS:     A lo mejor es que los tienes demasiado llenos de leche.

CLARA:  No. Es algo normal. Cuando te tuvimos a ti también me pasaba.

 

A Clara le incomoda un poco hablar de sus tetas con Blas. No por el contenido de la charla en sí, sino por todo lo que evoca: el controvertido amamantamiento del martes, las tensiones del jueves, la tortuosa reconciliación de ayer y todo lo que conllevó… Son temas que no quiere volver a tocar nunca y cualquier conversación que se acerque la pone en alerta.

Un giro argumental deja moñeco a McGregor, el capitán. Eso sí que no se lo esperaba nadie. La muerte del protagonista siempre es un golpe de efecto para sorprender al espectador.

“!Un momento! ¿Qué está pasando ahí abajo?”

La parte inferior de la camiseta de Clara se ha ido estirando, discretamente, hasta llamar su atención. Una serie de emociones sorpresivas y razonamientos urgentes empiezan a remar en direcciones opuestas. El resultado es que su pensamiento rota sobre sí mismo, como una barca desgobernada. Tiene muy claro que debería rechazar la tendenciosa intrusión de su hijo, pero no lo hace. Actúa como si nada: con los ojos mirando fijamente la pantalla sin ver lo que en ella ocurre.

Blas, ajeno a la dramática muerte del capitán McGregor, ha ido asomándose, lentamente, por debajo del ropaje de su madre con la ilusa creencia de que su discreción depende solo de su lentitud. Boquiabierto, observa esas turbadoras redondeces desde una perspectiva totalmente nueva; aquellas grandes tetas que han conseguido obsesionarle a lo largo de toda la semana.

Clara mira cómo su marido duerme a un par de metros. Le basta con bajar un poco los ojos para advertir la inquietud fálica de su pequeño. El peligro que entraña esa escena alimenta, todavía más, el morbo que se está apoderando de ella.

“Pero ¿qué me pasa?

¿Por qué estoy tan cachonda?”

Unas inesperadas explosiones televisivas provocan que Clara se apresure a bajar el volumen con el mando. Nada más levantar el dedo del botón, el artilugio consigue escabullirse de la mano que lo sostenía para caer al suelo. La mujer se inclina para recogerlo sin contemplar las consecuencias de su gesto.

Blas no se ha enterado de la explosión, ni del percance de Clara, ni tampoco se acuerda de que su padre duerme ahí mismo. Solo ve cómo las tetas de su madre se le acercan rápidamente. El contacto consecuente no goza de ninguna sutileza y las partes más blandas de esa tetuda se estampan, por fin, en su cara.

Cuando recupera su posición original, Clara se da cuenta de que su hijo sigue amorrado a sus pechos, oculto bajo la deformada tela de esa prenda vieja de andar por casa. Los lengüetazos libertinos de Blas están mojando uno de sus pezones, ya de por sí poco estancos.

El confuso instinto maternal de esa mujer se enturbia con prohibitivos matices lujuriosos. En lugar de agarrar el pelo del niño para despegarlo de ella, no tiene mejor idea que estirar su brazo para alcanzar el cojín y así poder acomodarlo todavía más.

Clara, en un gesto muy decidido, se sube la camiseta para vislumbrar lo que se está cociendo por ahí abajo. Sus pálidas tetorras, repletas de leche, ya hace rato que gotean. Blas se decide a poner punto y final a ese derroche y empieza a mamar, impunemente, con gran entusiasmo.

Sofocada, su madre vuelve a mirar cómo duerme el cabeza de familia, muy cerca de ellos. Seguidamente, le echa un vistazo al pequeño Lucas, quien les observa con atención desde la comodidad de su cuna. Algo atormentada, termina focalizando sus ojos en la battienda de campaña que dibujan esos heroicos pantalones cortos de pijama.

Su mano izquierda hace oídos sordos a lo que le dicta la consciencia, y se infiltra, impulsivamente, en la batcueva, hallando al pequeño Batman en ella, duro como nunca.

Blas siente como la mano de su madre se apodera de su picha. La manosea, la aprieta y la zarandea de mala manera, descolocándole por completo en su ya desubicado papel filial. Conecta su mirada con la de ella sin dejar de chuparle la teta con muchas ganas.

 

-¿Cómo… ¿Cómo está… … la piel de tu… … de tu pichulina?-

 

Con el pelo tapando parte de su cara, y notablemente alterada, ha dicho lo primero que se le ha ocurrido a la hora de intentar justificar su tacto genital. Blas no se digna a contestar. Se limita a usar las manos para afrontar la difícil tarea de abarcar los mayúsculos pechos de su madre.

A estas alturas, ya tiene el rostro bastante mojado. Se dispersa, por unos momentos, besuqueando el resto de esas voluptuosas glándulas mamarias, pero no tarda en volver a sorber con fuerza aquel gran pezón rugoso que con tanta leche le está premiando.

Clara está que arde. No recuerda la última vez que estuvo tan cachonda. Ni siquiera necesita de la ayuda de sus dedos para trepar por la empinada cuesta que la encamina hacia su particular catarsis emocional. Le basta sentir como fluye su leche hacia la boca de Blas, la avidez con la que su hijo le aprieta las tetas, la dureza de aquel pene infantil, la pequeñez de esos huevos inmaduros que ahora está agarrando con fuerza…

Los leves ronquidos que emite su marido desde su fragil somnolencia; la inocente mirada babosa de Lucas, al otro lado del sofá; la solemne escena con la que está terminando la película: en un cementerio, ya en el planeta tierra…

Clara está tan mojada que la humedad de sus pantalones empieza a filtrarse y mancha el sofá que les aloja.

Fruto de uno de los enérgicos apretones digitales de su hijo,  un chorro de leche de su otra teta, la de Lucas, sale disparado salpicando, violentamente, el torso del niño. Ese presurizado vertido incontenible ha parecido más propio de la ubre de una vaca lechera que no del pecho de una recatada madre de familia.

Ya al límite de su cordura, Clara estruja demasiado los cataplines de su hijo arrancándole un infantil quejido de dolor. Ya sin la más mínima supervisión a su marido, nota cómo su pensamiento se funde de gusto a marchas forzadas.

Finalmente, estalla sin poder reprimir del todo sus gemidos.  Su voz rota y frágil define, mejor que cualquier palabra, lo que está sintiendo en estos precisos momentos. Unas primeras lágrimas se derraman por sus mejillas al tiempo que ese clamoroso orgasmo la somete con unas convulsiones incontrolables que el pequeño no logra interpretar.

 

Per… perdona, Blas… Tengo que  ir a… al lavabo-   aún sin poder levantarse.

-¿Qué te pasa, mamá?-   aún con la cara completamente mojada de babas y leche.

Nada, nada… cosas… … cosas  de mujeres-   llorando a cántaros.

 

El niño observa como Clara se levanta y rodea la cuna de Lucas, con prisa, para abandonar el salón. No entiende el sentido de sus lágrimas, no conoce el origen de la húmeda mancha del sofá, no sabe porque su madre se ha retorcido mientras gemía, no alcanza a comprender porque a él le gusta tanto comerle las tetas, ni porqué ella le ha tocado la picha de ese modo…

“Puede que ahora, cuando vuelva,

 me explique todo esto”

Se da la vuelta terminando de esparcirse la leche de su pecho.

Camilo está cambiando de postura, pero no acaba de regresar del mundo de los sueños.

Por su lado, a Lucas ya se le están cerrando los ojos.

Las letras de crédito de la película llegan a su fin, y empiezan a aparecer frívolos anuncios sin interés alguno.

“¿Puede ser que mamá no regrese?”

Blas no se equivoca.

 

LUTO

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-miércoles 8 noviembre-

El azul del cielo está tan ausente como la alegría de Clara en este lluvioso día de noviembre. Sus ojos llorosos miran a través del cristal mojado sin ver más allá de esas gotas aleatorias y de sus respectivos trazos. La humedad le llega a los huesos como si el edificio principal del tanatorio no le estuviera dando cobijo.

Al final del pasillo, aparece Rebeca; su mejor amiga. Con la mano en el pecho y cara de pena, se acerca mediante rápidos pasos espoleados por una preocupación urgente.

 

-Clara… … uff. Qué tragedia. ¿Cómo lo llevas?-   pregunta mientras le toca el brazo.

-No lo sé, aún. Ha sido tan repentino-   consigue pronunciar antes de romper a llorar.

-¿Y Blas? ¿Está contigo?-   buscando con la mirada al rededor.

-Anda por aquí, pero… creo que prefiere estar solo-   responde con la voz temblorosa.

-Ningún chico de su edad debería de pasar por algo así-

 

-jueves 9 noviembre-

Lucas todavía está en casa de Marisa, la vecina. Con tan solo cinco añitos, no está preparado para tomar parte en el velatorio ni en el entierro de su padre. Aún no conoce la triste noticia y puede que no llegue a conocerla durante un tiempo.

Por su parte, Blas está experimentando una extraña apatía frente a dicha desgracia. Es cierto que, desde hace meses, su pubertad lo ha convertido en alguien con gran intolerancia a lo paternal, pero cuesta creer que, en el fondo, el amor por su progenitor no perdurara bajo esa fachada de rebeldía juvenil.

Las cosas entre Clara y Camilo tampoco habían sido fáciles, estos últimos años, pero una fatalidad de tales dimensiones pone en relieve la poca magnitud de las vicisitudes que, en algunas ocasiones, habían tensionado su matrimonio.

No está claro si fue culpa del otro conductor o de él. De todos modos, lo único que importa, ahora mismo, es que Camilo ha dejado a su familia. Su vida tuvo un fatídico final dentro de ese Ford Típex aplastado del que tanto costó sacarle.

 

-No tienes porqué ir al cole mañana, Blas-   sugiere Clara mientras terminan la cena.

-No es cole, es insti, mamá. No me quites mérito-   levantándose de la mesa.

-Vamos, pequeño. No es meritorito. No hay nadie que no lo consiga-   condescendiente.

-Y no me llames pequeño. Ya no soy pequeño. Eso díselo a Lucas-   enfurruñándose.

-… … De acuerdo, cariño… … Escucha:… … ¿querrás asistir al entierro?-

-Creo que no. No le veo ningún sentido. Es como si todo el mundo se regodeara en las lágrimas de los demás y en las suyas propias alrededor de alguien que ya no… … que ya no es papá. ¿De qué sirve? Solo lo hacemos porque así está establecido-

 

Clara observa como su hijo se marcha hacia su cuarto aún con cierto enfado. Todavía sentada en su silla, juega con la cuchara y el postre. Apenas ha conseguido comer un poco después de casi dos días sin probar bocado. Hincha sus mofletes y mira el techo.

“Este golpe puede terminar de descarriar a Blas;

como si no fuera poco con sus malas notas, su agresividad en clase,

su desprecio y su disgusto por todo lo que le rodea”

Está claro que el chico atraviesa una edad difícil, pero su madre se plantea a menudo si los depravados actos que llevó a cabo con él, hace cinco años, le traumatizaron; si afectaron, de algún modo, el desarrollo de su carácter. Recogiendo la mesa no deja de pensar en ello y en otras cosas:

“¿Qué hubiera pasado si Camilo se hubiese despertado esa noche,

en el peor momento,

y hubiera visto como me corría mientras Blas

me comía las tetas y yo le apretaba los huevetes?”

Por más que lo ha intentado, durante todo este tiempo no ha conseguido comprender cómo pudo dejarse llevar de ese modo. El postparto ya iba de caída, y de ninguna manera podría atenuar su culpabilidad. En cualquier caso, desaparecer de la escena del crimen, sin darle ninguna explicación al pequeño, no fue la mejor manera de afrontar las consecuencias de aquella barbarie carnal.

“¿Cómo fui capaz perpetrar esa atrocidad incestuosa y luego

abandonar las interpretaciones de Blas a su suerte,

como si se tratara de un barco sin timón?”

Pasados unos días, quiso hablarlo con él, pero no consiguió abordar bien el tema. Pasados unos meses interpretó que era el niño quien no quería mencionar nunca más lo ocurrido. Pasados unos años, parece que ese suceso tan lejano carezca de sentido; como si no hubiera podido suceder algo así en realidad.

 

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