BAJAS RAZONES

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BOLOS Y BOLAS

(1)

Nada más entrar en la bolera he notado un grato alivio térmico. Ni siquiera es verano todavía, pero el calor que azota las calles de Fuerte Castillo es ya inaudito. En el interior de estas instalaciones lúdicas, en cambio, la temperatura es realmente placentera y el molesto sofoco callejero se ha quedado en la puerta.

Te voy a contar algo sobre mí: me llamo Mateo Feroz y acabo de cumplir los treinta y seis; aunque no los aparento.

Soy alto y fuerte; no especialmente delgado, pero mis músculos definen más mi fisionomía que mi relativa grasa corporal. No en vano, y escudándome en las razones que me da tan caluroso día, hoy me he vestido con una camiseta negra sin mangas que saca a relucir mis poderosos brazos, pantalones pirata grises y bambas oscuras. Llevo mi pelo rubio muy corto, soy bastante pálido, ojos azules… no sé. Se podría decir que mi apariencia es nórdica.

Me dedico a la música y trabajo desde casa: un piso pequeño, casi a primera línea de mar, que heredé de mi madre. No tengo hermanos y ni siquiera conocí a mi padre.

A pesar de mi dilatada trayectoria vital, he tenido pocos encuentros sexuales y eso me coloca en una tesitura de eterna deuda con mi miembro viril. Por si fuera poco, tengo una extrema devoción por las adolescentes que no alcanzan ni la mitad de mi edad y eso no me facilita las cosas, precisamente.

Cuando mi amiga Betty me ha llamado, después de comer, para invitarme a una partida de bolos, una parte de mi raciocinio se ha mostrado algo perezoso, pero, finalmente, ha sido mi faceta más energética la que ha tomado la palabra para pronunciarse afirmativamente. Tengo que confesarte que la gente que se ha apuntado para participar del juego no son sangre de mi devoción, pero suelo tolerarlos bastante bien.

 

-No sé dónde se habrá metido Carlo-   dice Betty mientras mira el móvil.

-Estará aparcando-   contesta su novio mientras voltea la cabeza y pega un vistazo.

 

En estos momentos, mientras sorteamos las máquinas recreativas por la zona central de esta enorme sala repleta de luces coloridas y de todo tipo de sonidos, mi pervertido radar óptico ya ha empezado a escanear mi entorno con cierto disimulo, pues soy consciente de que estos lugares son ideales para vislumbrar a nenas juguetonas.

No es que pretenda entrarle a ninguna, pues soy demasiado decente y sufro una aguda fobia al rechazo; aun así, suelo babear escondido tras una máscara de discreto saber estar.

!Mira! Ahí hay un objetivo: se trata de una chica de hermosa figura, con una actitud expectante, que está frente a una de esas vitrinas llenas de artículos susceptibles de ser pescados con un gancho mecánico. Sus pantalones son cortos pero razonables.

Tengo una filia muy pronunciada con los shorts tan cortos que se llevan desde hace algunos veranos. Yo siempre me había considerado más de tetas, pero… Me traen loco las jovencitas que van enseñando parte de sus nalgas al caminar.

Al principio me parecía inconcebible que las niñas se pasearan de ese modo a tan corta edad, con el consentimiento paternal, colegial, social… Hasta el punto que llegué a pensar que era solo cosa mía; que mi lujuria se desbordaba únicamente por mi perversión desmedida; que era un enfermo mental…

Ahora mismo, la teoría que más me ayuda a conciliar esta turbadora realidad es la de que se junta el hambre con las ganas de comer. Es cierto que mis sofocos son mayormente por mi calenturienta peculiaridad, pero tampoco es normal lo que ocurre cada verano, ¿no crees?

 

BETTY:      Por fin te saco de casa, ¿he, Mat?

YO:            Ya sabes que soy alérgico al sol.

BETTY:      No será para tanto. Con lo que me gusta a mí ir a la playa…

IGNACIO:  Cariño, acuérdate que tenemos que pasar por el cajero antes de ir a cenar.

BETTY:      Que sí, pesaaao. ¿Cuántas veces más vas a volver a decírmelo?

 

La asistencia es bastante nimia. Puede que sea porque aún es pronto o porque solo estamos a jueves, todavía.

Estoy guardando mi posición para no perder de vista a esa chica con la esperanza de que se dé la vuelta y pueda comprobar si su rostro está en consonancia con su hermosa figura.

Un arrollador advenimiento ningunea mi intriga, pues la llegada de su amiga, con una indumentaria mucho más atrevida, me destartala el temple por completo. La muchacha, de largo pelo negro y liso, trae consigo las monedas necesarias para articular el gancho e intentar alcanzar, así, el premio deseado.

Esta nena no se anda con rodeos. No te hablo solo de la brevedad de sus minishorts; se trata, sobre todo, de razones fisiológicas; y es que hay anatomías femeninas que parecen hechas con la más perversa de las maldades.

La recién llegada tiene un culo y unos muslos impropios de una muchacha de tan tierna edad. No serían tan dramáticos si no fuera por el fino tipín que da continuidad a su silueta; y yo no estaría al borde de un ataque de corazón si esta desvergonzada tuviera la decencia de vestirse de un modo más sensato.

 

-Hola, Mateo ¿Cómo andas?-   me pregunta Carlo nada más llegar.

-Aquí. Esperándoos-   le contesto disimulando mis vergonzosas inquietudes.

-!Hola, Mathew!-   proclama Cristina, mucho más chistosa.

-¿De verdad Cris?-   le contesto   -¿De verdad tendrás aplomo para jugar? ¿Otra vez?

-He mejorado, ¿vale? Al menos eso espero-   mientras suelta una sonrisa de esperanza.

 

Carlo es vecino de Betty e Ignacio. Una de esas personas que nunca hubieran tenido la más mínima incidencia en mi vida si no fuera porque vienen de paquete con el resto.

 

-¿Qué número tenéis de pie?-   pregunta Betty, decidida como siempre.

 

Una vez informada, se apresura a pedir los zapatos. Ha venido con muchas ganas de tumbar bolos; aunque todos sabemos que no opta a la victoria. Se trata de una vieja amiga mía, bajita y con grave sobrepeso, pero con un carácter que le permite afrontar cualquier adversidad que se le presente en la vida.

Ignacio, por el contrario, es alto y delgado. Son como el “punto” y la “i”. Se está ocupando de los asuntos financieros con el encargado de la recepción. No lo veo muy a menudo; aunque también es cierto que yo no movería ni un dedo para coincidir con él si pudiera disociarlo de mi amiga.

A Carlo y a Cristina los presenté yo, hace unos años. No son la pareja ideal, pero todavía permanecen juntos, después de todo. Él es un poco soso y siempre es ella la que tiene que espolearlo para que se separe de las distintas pantallas a las que es adicto.

Estoy rezando para que nos toque una pista cercana a la ubicación de ese par de nenas tan golosas. Ahora mismo están jugando a los videojuegos. Se mueven exaltadamente y no dejan de picarse la una a la otra y de lanzarse reproches ofendidos.

 

BETTY:  !!Pista número seeeeeis!! !Aya vamoos!

 

¿Seis? ¿Seis? Ahí. Joh. Me va a doler cada paso que de para alejarme de las niñas de camino a la ubicación que nos ha tocado.

 

BETTY:       Vamos, vamos, vamoooos…

IGNACIO:   ¿Tanta prisa tienes para perder, cariño?

BETTY:       ¿Tengo que recordarte cómo fue la última vez?

CARLO:      Haya paz, pareja.

CRISTINA:  Déjalos. Yo quiero ver cómo llega la sangre al río.

 

****

 

He preferido no aburrirte con la transmisión, a tiempo real, de tan apasionante partida. Prefiero hacerte un resumen detallado: Tras el comienzo del juego, han empezado a desvelarse las características de cada jugador: la torpeza de Cristina, las cómicas enrabietadas de Betty, la peculiar forma de lanzar de Ignacio, el efectivo estilo de Carlo y, por supuesto, la arrolladora energía de mis tiros.

Solo necesitas saber que, tras un inicio no demasiado lucido por mi parte, he conseguido remontar en las últimas tiradas y he encadenado tres strikes que me han dado la victoria. Le he dado un buen baño de humildad a esa gente.

Ahora me encuentro solo, sentado frente a una de las mesitas que proliferan al pie de cada una de las pistas. Mis derrotados contrincantes se han ido a cenar, pero yo no puedo marcharme de aquí. Ahora no.

Ha ocurrido algo mientras se sucedían los turnos, rodaban las bolas y caían los bolos. No me preguntes cómo, pero, a pesar de mi precavido disimulo, esas dos niñas se han dado cuenta de que las miraba con demasiada insistencia. Ni siquiera mis amigos se han percatado de mis lascivos vistazos semipedófilos, pero, de algún modo, ellas sí.

Creo que ha sido cuando se han acercado para jugar al billar. Nos separaban pocos metros y no he podido evitar poner en riesgo mi discreción en vista de tan excepcional espectáculo. Ha sido la mona de cara; ella se ha chivado a su amiga nalgona y ahí ha empezado este juego de miradas imprudentes. Temía haberlas incomodado, pero, por el contrario, se ha establecido una furtiva complicidad que me retiene sentado en esta mesa; saboreando este frío refresco de limón.

No sé si te ha ocurrido alguna vez: ves la cara de una chica que no te parece muy guapa, pero, en cuanto te percatas de que tiene unas tetas enormes, aprecias mucho más su belleza facial. Creo que es algo parecido a lo que me pasa con esta culona.

¿Qué estoy haciendo? Solo conseguiré ponerme más malito. !Espera!… … Se están acercando. Vienen. !Están aquí!

Simulo normalidad sin esquivar las pocas miradas que me dedican mientras se postulan en la última máquina de juegos que les queda por probar. Se trata de una de esas mesas repletas de agujeritos diminutos que sueltan aire para suspender un pequeño disco flotantes a modo de puck de hockey. Me imagino que sabes a lo que me refiero. Cada una de las chicas se sitúa en un extremo de la cancha y tiene que defender su portería en forma de ranura horizontal, y marcar gol en la de su adversaria.

Mientras uso una colorida pajita para sorber el contenido cítrico de mi vaso, me siento afortunado, pues es la niña de vestimenta más desinhibida es la que, más cerca de mí, me está dando la espalda frente a este lúdico armatoste. Solo el hecho de agacharse para introducir la moneda y recoger los discos ya supone un notable gravamen en lo referente a la insolencia de sus redondeces anales. Estoy empezando a ponerme palote.

Lo que está sucediendo ahora mismo es de difícil relato. Yo conocía la versión de un solo disco simultáneo, pero, bien sea por una máquina disfuncional o por una nueva versión de este recreo, son varios los discos que permanecen sobre la mesa. Esto intensifica, sensiblemente, el trajín que se traen entre manos tan entregadas jugadoras. Un entusiasmado frenesí nutre sus movimientos entre gritos y risas. Estos estiramientos, este reclinarse sobre la mesa, estas bruscas flexiones…

Es una turbulenta coreografía que parece especialmente diseñada para estimular mis más bajos instintos. Los míos, en especial; y es que cada uno de sus ingredientes toca una de las teclas de mi particular y vicioso piano depravado: microshorts descarados, adolescentes juguetonas, lugares públicos, voyerismo, erotismo prohibido e intergeneracional…

Las nalgas de la chica se asoman, impunemente, sometidas a tan bruscos movimientos. La consistencia de estas carnes no para de expresarse, fruto de tanta cinética, bajo la luz natural que aún la ilumina a través del gran ventanal que tengo a mi espalda.

No deja de girarse para comprobar si la estoy mirando. Apenas tiene ocasiones para intentar restablecer la decencia de su indumentaria mientras me brinda sonrisas pícaras.

!Dios mío! Esto ya está rozando la barbarie. Lo que ha empezado como un dudoso guiño sorpresivo se está convirtiendo en una perniciosa exhibición que empieza a nublarme el pensamiento. Hasta hace un momento, las miradas enigmáticas de las niñas solo basaban su morbo en su reiteración, pero la simpatía que derrocha esta nena cuando me mira empieza a tomar la forma de una invitación formal.

Tan aturdido estoy que percibo sobredimensionada la música dance que inunda la sala. Miro a mi alrededor. No puedo creer que nadie se haya percatado de lo que me está ocurriendo. ¿Es que no soy de este mundo? ¿Es que este tremendo espectáculo no ha llamado la atención de nadie más?

 

-Jooh. Esta era la última, Raquel. ¿No tienes más monedas?-   con cierta esperanza.

-Qué va. Estoy arruinada petarda. Nos lo hemos pulido todo-   poniendo cara de pena.

 

A pesar de mi timidez, la deriva de la situación tiene tanta inercia que ni siquiera me cuesta pronunciarme al respecto, sin siquiera levantarme de mi plaza de espectador:

 

-Puedo invitaros a lo que queráis… … si os apetece-

 

Pronuncio con un tono sobradamente audible, para no correr el riesgo a ser ignorado, y uso una lenta vocalización que imposibilita cualquier tartamudeo que pueda traicionar la seguridad que transmito. Raquel se da la vuelta por enésima vez, aunque ahora su seriedad alimenta mis dudas. Se aparta el pelo de la cara y dice:

 

-No lo sé. Es que…-   indecisa mientras mira a su amiga.

 

Ahora lo veo claro. Solo jugaban conmigo creyéndose protegidas por una invisible e infranqueable barrera de cristal que separa a los desconocidos. Puede que estén demasiado acostumbradas a la distancia que otorgan las pantallas de sus móviles de última generación. Cuando ya empiezo a sentir el bochorno de aquel que ha meado fuera de tiesto, percibo los sutiles gestos de aprobación de este juvenil dúo tan femenino. Raquel vuelve a dirigirse a mi tras consensuar su respuesta:

 

-Vale-   pronuncia tímidamente mientras usa sus índices para restablecer sus shorts.

-Podemos jugar a los bolos si queréis o, no sé… algo que podamos jugar los tres-

 

Un inquietante silencio ejerce el máximo contraste con la jovial fiesta desenfrenada que, hace tan solo un momento, celebraban estas dos nenas ahora tan cortadas. No dejan de mirarse entre ellas en busca de sendas aprobaciones. Empiezo a considerar la posibilidad de ponerme en pie, pero antes quiero asegurarme que mi menguante erección me lo permite.

 

-Me llamo Mateo-   esperando una respuesta demasiado tardía.

-Yo soy Raquel y ella se llama Ingrid-  con un tono aún muy bajo.

-Elegid vosotras-   mientras me levanto al fin   -Os invito a lo que queráis-

 

No soy especialmente solvente, pero estoy tan motivado que ni me planteo mesurar mi gasto. La indecisión de este par de mozas me legitima para tomar la iniciativa, pues no estoy dispuesto a que la situación siga estancada.

 

-¿Bolos?-   mientras abro explícitamente los brazos.

-Sí,sí,sí-   contesta Raquel apresuradamente, consciente de lo sosas que se han vuelto.

-¿De acuerdo Ingrid?-   mientras tuerzo la cabeza para esquivar a su amiga.

 

Ni siquiera pronuncia su respuesta, solo asiente con la cabeza.

 

-Voy a pedir los zapatos. ¿Qué número tenéis?-   las señalo.

-Yo no quiero ponerme esos zapatos-   contesta Raquel declarándose en rebeldía.

-Yo tampoco-   se suma Ingrid.

-Bueno. Aunque no os las pongáis tengo que pedirlos-   mientras me froto las manos.

 

No me juzgues. ¿Me estás juzgando? Solo he invitado a un par de chicas a pasar un buen rato entre bolas y bolos; sin maldad. Ya sé que son demasiado jóvenes, pero…

Ya al tanto de sus tallas y de las bebidas que quieren me dirijo a la recepción. Mientras ando, noto sus miradas a mi espalda y hasta siento que se me olvida cómo caminar con normalidad. Una vez en el mostrador, a la espera de recibir atención, me doy la vuelta. Las chicas estaban hablando entre ellas mientras me miraban, pero se han apresurado a cambiar su gesto con rapidez.

Me imagino lo que dicen: “Vámonos tía, antes de que vuelva” o “¿Qué estamos haciendo?” o “Este tío va muy salido; me da miedo“… La mujer que me atiende me mira mal. No me extrañaría que hubiera seguido toda la trama. Me vienen algunos pensamientos: sé que los padres de estas niñas se llevarían las manos a la cabeza si presenciaran esta secuencia; que incluso los amigos de su clase las tacharían de guarras, puede; o a mí de acosador… Cuando regreso a su lado, ya con loa zapatos, les indico:

 

-He pedido la última pista para que no puedan vigilar si nos los ponemos o no-

-Ah. Qué bueno-   Raquel; con la primera sonrisa desde que hemos empezado a hablar.

-Voy a buscar las bebidas para que no se acerquen por aquí-

-Es que total: si lleváramos tacones… pero solo son bambas. No estropearemos nada-

 

Ingrid me ha sorprendido con el primer comentario no forzado desde que hemos entablado conversación. Parece que el hielo se está rompiendo por fin. Empiezo a sentirme cómodo con esta situación. Ya puedo encerrar, bajo llave, la voz de mi conciencia que tanto se estaba esforzando para ridiculizar mis impulsos.

Acabo de acercarme a la barra y, de un modo un tanto acrobático, he conseguido cargar con todos los refrescos. Me encamino a nuestra zona y, viendo a mis dos musas, me noto temerario y decidido a echar el resto. Ya no siento el vértigo de la timidez gracias a la cancha que me están dando las chicas.

Puede que creas que magnifico la escena, pero, para alguien tan tímido como yo, que nunca le entra a las chicas, que suele sufrir la tortura de sentirse atraído por niñas demasiado jóvenes… Ahora mismo no puedo evitas sentirme pletórico.

En cuanto las bolas han empezado a rodar, me he dado cuenta de que esta partida no será tan reñida como la anterior. A Raquel le entra la risa y la flojea con cada tiro, y su amiga no tiene fuerza.

Ingrid se muestra muy relajada e incluso se permite sinuosas miradas hacia mí, aunque la conversación no vaya conmigo. Si no fuera por la arrebatadora presencia Raquel, no me faltarían motivos para enamorarme de ella. Es pequeñita y tiene una voz muy infantil. Su rostro angelical está encumbrado por una lisa melena negra que cae a su espalda. Su estilosa forma de vestir potencia la hermosura de un cuerpo delgado y muy bien proporcionado. Puede que ganara a su amiga en un concurso de belleza si los argumentos del jurado fueran puramente estéticos.

Pero es que Raquel… Ufff.

Esta chica me trae loco. Despierta la bestia que hay en mí. Es mala y no tiene el más mínimo cuidado para mantener sus soberbias nalgas bien enfundadas en tan cortísimos pantalones de textura tejana. En cada tirada, su decoro resulta mal herido, y cuando por fin parece que repasa, con sus dedos, los márgenes de esta pasmosa prenda, es solo para dejarla como está en una clara declaración de intenciones.

Mis bóxers no son la prenda más indicada para contener tan tremendas erecciones, por lo que no es muy buena idea que siga repasándole el cuerpo con mis miradas libidinosas, pero es que no lo puedo evitar. Su culo es como un imán para mis ojos.

La tengo tan tiesa que, en cuanto me levante, no podré dar ni un paso sin que estas nenas, atentas a mis movimientos, estallen en una carcajada por culpa de mi vigorosa tienda de campaña.

Solo se me ocurre una solución: iré al lavabo y me pajearé. Solo así podré moderar mis bochornosas inquietudes fálicas. Es el único modo de salir airoso de este entuerto.

 

YO:          Ahora vengo. Voy un momento aquí al lado; al lavabo.

INGRID:   Vale. Que sepas que haremos trampas, ¿eh?

YO:          No serás capaz.

 

La chica me guiña un ojo sin abandonar su luminosa sonrisa. En cuanto Raquel hace uso de su turno, y bajo el amparo del fugaz olvido del que soy sujeto, me pongo me encamino hacia el lateral de la sala en busca de la ubicación de los servicios.

Tras llegar al wáter mi rabo ya ha empezado a menguar. Aprovecho para echar un meo. Mi capullo está algo húmedo. Aunque soy muy pulcro, llevo demasiado tiempo alternando erecciones y se ha vertido alguna gotita de optimista avanzada. Como estoy solo, me acerco al grifo y me lavo bien el miembro. Me veo en el espejo y entablo una conversación conmigo mismo:

¿Entonces qué hago? ¿Me la pelo o no me la pelo? ¿Por qué me estoy limpiando si tengo que hacerme una gayola ahora?

Desmintiendo mi pretendida soledad, suena la sisterna de una de las letrinas que hay detrás de mí. Me enfundo el miembro y espero a ver quién sale, pero la puerta permanece cerrada. Una tos viejuna y muy desagradable suena seguida de una profunda respiración. No entiendo que está pasando ahí dentro, pero no me voy a pajear con esta misteriosa compañía a solo un par de metros de mí. Ya estoy más sereno. Creo que puedo salir ahí fuera y controlar mi falo…  ¿Tú qué crees? ¿Puedo conseguirlo?

Una terrible ansiedad se apoderado de mi nada más salir. ¿Dónde están? ¿A dónde han ido?… !Noooooh! !Por Dios! Me siento en mi taburete, derrotado, con la mirada perdida. Qué fallo tan grande ha sido dejarlas solas. Suspiro una y otra vez e intento relativizar la situación con pensamientos conciliadores. ¿Qué esperaba? ¿De verdad pretendía follarme a Raquel? Se han divertido como han querido y cuando se han cansado de mi me han tirado a la cuneta sin siquiera tener que despedirse.

Mientras me toco la barbilla, repaso las conversaciones que hemos tenido por si he dicho algo indebido. Antes no he querido cansarte con el detalle de unas charlas un tanto insubstanciales: que si soy músico, que si vivo en la ciudad, que si todavía cursan la E.S.O., que si sacan buenas notas… que si no les da vergüenza estar tan buenas… Bueno ahí sí que me he pasado un poco, pero lo he preguntado con un buen tono y se lo han tomado bien.

!Diablos! !Qué desazón tan grande! !No! Espera. El bolsito blanco de Ingrid sigue en el sillón. A lo lejos escucho sus voces divertidas traspasando el umbral de la puerta del lavabo. Solo han seguido mis pasos. La sugerente mirada de Raquel, a su regreso, es un bálsamo absoluto para mis tormentos.

 

-Te hemos copiado-   dice Ingrid a su espalda.

-Pues a ver si sois capaces también de copiar mis jugadas-   las reto con tono fanfarrón.

-A ver si eres capaz tú de hacer esto-

 

Ingrid apoya sus manos en el suelo y, tras hacer el pino, termina su acrobática voltereta. Me ha dejado pasmado.

 

-¿Tú también puedes hacer eso Raquel?-   aun boquiabierto.

-Yo puedo hacer cosas mejores-   me contesta aventajada y con sinuosa picardía.

-¿Cómo cuáles?-   pregunto con un interés creciente.

-Puede que algún día te las cuente, pero hoy no-   haciéndose la interesante.

 

Niego con la cabeza, disgustado, mientras me preparo para realizar otro de mis lanzamientos. La bola recorre la pista con gran premura y, después de curvar una discreta parábola ajena a mis intenciones, impacta con fuerza en el centro de la formación y derriba todos los bolos. A modo de celebración, escenifico un micro baile espontaneo y con cierta gracia.

Le toca a Ingrid. Me siento para esperar mi turno. Volteo la cabeza para comprobar que solo hay una familia en la pista número dos. La pareja que había en la cuatro acaba de irse.

Raquel y su amiga vuelven a encarnar sus lascivos papeles. Estas niñas no dejan de pavonearse descaradamente ante mí. Me miran para recordarme mi destacado papel en esta obra. Yo sigo sin dar crédito a lo que me está pasando. Están tan, tan buenas. Mi polla no es ajena a esta realidad y vuelve a cobrar protagonismo, enriqueciéndose con mi sangre a cada latido.

Con la excusa de que está sonando su canción favorita, Raquel se ha puesto a bailar. Sus contoneos me están matando. No consigo despegar mis ojos de ella. Esto es lo que me faltaba. No puedo más. Con lo que me ponen a mí estos bailecitos.

Ingrid se divierte observando mi crítico estado al borde del colapso. Antes de que me desmaye, me llama la atención:

 

INGRID:    Te toca, Mateo.

YO:           No puedo. Ingrid. No puedo levantarme. Tira tú por mí.

RAQUEL:  ¿Cómo va a tirar ella por ti? Si vas muy bien. Te hundirá la marca.

INGRID:    Pero ¿por qué no te puedes levantar? ¿Te encuentras mal? ¿Estás malito?-

 

Ingrid ha formulado esta tripleta interrogante con plena consciencia de los motivos que me retienen en mi asiento.

Dudo por unos momentos, pero, finalmente, me alumbra un momento de lucidez: ¿de verdad estoy dispuesto a conformarme con una sugestiva partida antes de despedirme de ellas? No, ¿no? Ha llegado la hora de darle un buen golpe de efecto a la situación, ¿no crees? De poner las cartas sobre la mesa, de dejar de ser tan comedido y formal. ¿Qué es lo que estamos haciendo aquí sino? Me levanto con decisión, obteniendo la máxima vertical, para que mi espeluznante protuberancia fálica alcance su mayor notoriedad. Incluso me pongo de lado para que dicho bulto sea más visible al tiempo que deforma el perfil de mis pantalones.

Ingrid tapona una exclamativa inhalación con sus dos manos mientras Raquel queda paralizada y boquiabierta. Por fin ha detenido sus provocativos movimientos ondulados.

Parecen realmente impresionadas y es que mi destacable polla no es algo que pueda pasar desapercibido fácilmente.

 

-¿Qué esperabas, Raquel?-   mientras abro los brazos y niego con la cabeza.

-!Pero ¿qué tienes ahí?!-   pregunta Ingrid sin dar crédito.

-¿Tú qué crees?-   le contesto con desinhibido orgullo.

-Esto no puede ser de verdad-   mientras su índice hace gestos de negación.

-¿Qué pasa? ¿Tengo que sacármela?-

 

Mi enfoque ocular hace zoom para cerciorarme de que los padres de la familia que juega en la segunda pista me están mirando con un alto grado de desaprobación. Rápidamente, tomo asiento de nuevo y no tardo en divisar la llegada de un grupo de chicos chistosos que se apropian de cuarta pista. Esto pondrá tierra de por medio a tan bochornosa censura.

 

-Te has puesto algo ahí; seguro-   insiste Ingrid.

-¿De verdad?-   sorprendido   -Puede que sea un bolo-   le digo en tono de burla.

-El móvil o algo-   intenta adivinar Raquel.

 

Creo que mi polla se ha cansado de bascular entre tamaños, o puede que tenga orejas y sepa que estamos hablando de ella; sea como sea, se muestra decidida a permanecer bien dura.

 

-Sácatela-   susurra Ingrid   -Sino no me lo creo-   ya con un tono normalizado.

-Sí. Anda… … No se la va a sacar-   continua Raquel a modo de desafío.

 

Miro a mi alrededor. Creo que esos críos han echado algún que otro vistazo a mis preciadas concubinas, pero ahora parecen distraídos con el inicio de su propia partida. La familia del fondo está recogiendo sus bártulos para irse. El resto de la sala no está demasiado concurrida y nuestra ubicación está suficientemente arrinconada para conservar cierta intimidad. Después de realizar unos gestos de indecisión y de sospesar los pros y los contras, me decido:

 

-Ponte aquí, Raquel. No, un poco más… aha-   mientras la sitúo estrategicamente.

-¿En serio?-   dice ella emocionada con los ojos muy abiertos.

 

Me desabrocho el botón, me bajo la cremallera y desplazo la goma de mis calzones para que mi entrometida verga se revele como la verdadera protagonista del momento. Dotada de vida propia, ha aprovechado la liberación de tan opresivas vestimentas para asomarse, con afán, al foro público.

Las dos niñas han enmudecido, por unos instantes, focalizando sus espeluznadas miradas. Ingrid termina por pronunciarse:

 

-Vaya pedazo de… la hostia-   con urgentes susurros.

-¿Cómo? ¿Pero qué?-   pregunta Raquel asombrada   -¿Tanto te pongo? te ponemos?-

-No lo sabes tú bien, pequeña. Me traes muuuh loco-

 

Ingrid se siente, todavía presa de su propio estupor, mientras Raquel se voltea para mirar a su alrededor: Nadie parece haber vislumbrado tan vergonzosa exhibición.

 

-¿Y ahora qué?-   susurra Raquel con intriga.

-Está muy claro lo que quiero. Mi trabuco ha hablado por mí. Solo necesito saber qué es lo que queréis vosotras-   fingiendo seriedad todavía con mi miembro expuesto.

 

Un silencio nutrido de estupefacción paraliza a las chicas hasta que suena el teléfono de Raquel. Ella tarda un poco en romper su quietud, pero acaba contestando:

 

+ Hola, mamá.

+ Sí. No tardaremos mucho ya. Nos quedan pocas monedas.

+ Solo un poco más.

+ Vale. Emmm… … En diez minutos estamos abajo.

+ Besitooooh

 

Mientras la chica hablaba con su madre, he tomado asiento al lado de Ingrid para atenuar la visibilidad de mi notable erección. Aun así, mis pantalones siguen a media asta.

 

-Tenemos que irnos-   con una expresión suspendida.

-Has dicho diez minutos-   le reprocho.

-Eso, Rachel. Tenemos diez minutos-   me apoya en voz baja.

 

Una sorpresiva sensación me sobresalta. No te lo imaginas: Ingrid se ha apoderado de mis huevos y los aprieta firmemente. Sentada a mi lado, se relame los labios, libidinosamente, justo antes de empieza a hablar de nuevo:

 

-No podemos dejarle así ¿no?-   con perniciosa musicalidad   -Eso sería muy cruel-

-¿Y qué quieres hacer?-   pregunta Raquel con cierto desespero.

 

!No me lo creo! Ingrid se acaba de meter mi polla en la boca. !Oooh! !Dios! Me ha parecido que vivía a cámara lenta cuando esta niña tan mona se ha inclinado sobre mí. Mi primer impulso ha sido el de agarrarle la cabeza, pero he rectificado para dejarla a su antojo. Noto su cálido y húmedo aliento en mi nabo mojado. La muchacha no escatima en babas para realizar tan impulsiva tarea. Se la mente tan adentro como puede con sumo esfuerzo.

Me siento malvado al mancillar una boquita tan angelical con mi lujuriosa polla venosa, tan roja como la piel de un demonio. No doy crédito. Precisamente ella que parecía más recatada. A propósito de esto: no puedo irme de aquí sin meterle mano a…

 

-Ven aquí, Raquel. Acércate. Vamos-   le digo con urgencia.

-¿Qué? ¿Por qué? ¿En serio?-   descolocada, mientras mira a nuestro alrededor.

 

Finalmente, cede y camina hasta mi lado. No tardo en acceder a ella. Le acaricio los muslos con la firme intención de subir hacia sus preciadas redondeces posteriores. Con bruscos movimientos ascendentes que la incomodan sensiblemente, termino de liberar sus tremendas nalgas. Raquel se da la vuelta para ocultar su glorioso trasero al resto de la sala y darme pleno acceso a mí. !Pero qué culo tan sublime! Ella ya es una chica de piel pálida, pero tan albinas cachas delatan su nula exposición solar. Su tersa piel adolescente define la perfección de unas esferas carnales tan precoces como gloriosas.

Mientras tanto, Ingrid no cesa en su empeño y sigue moviendo su cabeza para engullir toda mi virilidad. Su garganta empieza a emitir sonidos algo toscos mientras se ve profanada por el procaz ímpetu de mi glande colapsado. A medida que procede, un libertino torrente salival ha ido derramándose hasta mis bolas peludas, mojándolas por completo.

Raquel pone el culo en pompa y, reclinándose sobre la mesita de los refrescos, me hace notar su indecente cooperación. Su postura proclama, todavía con más ímpetu, la divinidad de unas generosas nalgas de infarto impropias de una niña tan joven. Lo único que le da un poco de humanidad a esta virginal diosa sobrenatural son un par de pequeñas pecas que rompen la pulcritud de tan blanca piel.

No puedo contradecir mis instintos más primarios y, sin siquiera plantearme lo que estoy haciendo, meto mis intrépidos dedos por debajo de los ya muy residuales límites de esta elástica prenda tejana. Quiero violar este ojete tan codiciado. Raquel me sujeta la muñeca para impedir tan reprobable gesto, pero yo ya no atiendo a razones y hago uso de mi ventajosa postura y de mi fuerza para introducirle mi pulgar, firmemente y hasta el fondo. La chica emite un gemido contenido que apenas logro escuchar.

El colchón musical nos arropa, pero !Ojo! Los niños de la cuarta pista se han dado cuenta de lo que ocurre y se avisan los unos a los otros. Raquel también se ha percatado de dicha indiscreción, pero no se decide a poner fin a esta desvergüenza.

Intento ver más allá. Mi obnubilado juicio se juta con la paranoia para hacerme creer que todos y cada uno de los habitantes de la bolera están al tanto de lo que ocurre, pero es tarde ya para intentar remediar este desmadre tan licencioso.

Ingrid, ajena al mundo que la rodea, sigue chupándome la polla con toda su avidez. Apenas usa sus manos. De haberlo hecho creo que ya me habría corrido. Su dulce e inocente lengua está perdiendo toda su pureza con cada uno de estos lametazos bochornosos. No. No voy a durar mucho más. Lo noto.

Tengo que aprovechar hasta el último instante para gozar del culo de Raquel. La chica, pese al rechazo inicial, está flexionando sus piernas, consiguiendo así que sus nalgas basculen, adelante y atrás, para dar continuidad a mis lúbricos movimientos digitales. Habiendo sorteado su tanga blanco, la penetro tanto como puedo y la hago gemir de un modo algo más desinhibido.

A unos metros, la partida de esos imberbes muchachos permanece detenida; sumida en un morboso tiempo muerto con tintes de voyeurismo. No osan acercarse, pero su calenturienta curiosidad los mantiene en vilo; cautivados por la secuencia.

¿Se está tocando? Sí, sí. Se ha desabrochado los shorts y se está tocando por delante. Su gozo descontrolado le quita el control a su motricidad y termina derramando una de las bebidas de cola que aún permanecían sobre la mesita.

¿Quién me hubiera dicho, hace poco más de una hora, que sería bendecido con esta suerte infinita? Ya llega. No puedo más. !Ooh! Mi cuello mimetiza mis contracciones fálicas haciendo que mi cabeza se tambalee. Le he agarrado la cabeza a Ingrid, con la mano izquierda, para que no tenga la tentación de eludir su viscoso cometido oral. La niña traga con todo sin rechistar.

Aún sin sacar el dedo del culo de Raquel y, todavía viendo mil estrellitas en mi campo visual, me percato de que ella ha silenciado sus gemidos. Juta las piernas y expresa su propio orgasmo con unos temblores incontrolables y muy reveladores.

Mis últimos centilitros de esperma terminan de completar la albina ingesta de Ingrid mientras mi miembro empieza a perder su vigor todavía dentro de esta boquita infantil. Puede que sea el momento de soltarle la cabeza, ¿no crees?

Se retira al tiempo que dibuja una expresión de ofensa en su ruborizado rostro enfadado. Acto seguido, usa el reverso de la muñeca para secarse sus morros empapados.

Raquel da un paso al frente y se desvincula de mi tacto rectal. Totalmente sonrojada, se apresura a recolocarse los pantalones. Se sube la cremallera y se abrocha sin siquiera mirarme. Se la ve completamente avergonzada, y ni siquiera alza la vista para comprobar quienes son los que han presenciado su ignominioso comportamiento.

 

-Tenemos que irnos, Ingrid-   susurra todavía con la mirada perdida.

-¿No me vas a dar tu número?-   mientras me la guardo y me abrocho el pantalón.

-No-   contesta ella, mirando ahora al suelo y sin dar más explicaciones.

-¿Estás enfadada?-   le pregunto buscando sus ojos.

-Yo soy quien tiene motivos para enfadarse-   protesta Íngrid un tanto asqueada   -Me has hecho tragar toda tu leche-

-Perdóname, Ingrid. Era para no mancharte esta ropa tan chula que llevas-

 

Intento justificarme, pero no puedo evitar esgrimir una sutil sonrisa que delata mi mofa. Ella no está realmente disgustada, solo quiere un poco de atención.

A pocos metros, esos nenes siguen boquiabiertos, traumatizados por tan sórdida función.

 

RAQUEL:  Será mejor que te laves las manos. Ni se te ocurra tocarme, ahora.

YO:           Ahora mismo voy al lavabo, no te preocupes por esto.

RAQUEL:  No voy a seguir hablando contigo mientras sigas apestando a mi culo.

 

Aún sin considerarme digno de su mirada, y con las manos muy abiertas, hace el gesto de apartar mil cosas imaginarias que le estorban ante sí y me señala el baño de un modo imperativo.

La verdad es que yo tampoco me siento muy cómodo con esta humedad lubrificada en mi mano, así que me apresuro a remediar esta circunstancia tan cochina sin más demora.

Mientras me enjabono las manos exhaustivamente en el lavabo, el Mateo del espejo me mira y me habla: “¿Qué haces, tonto? ¿Acaso te crees que estarán ahí fuera esperándote?

Nooooh… … Por más que me apresuro a salir, ellas ya no están. Mis prisas se esfuman y mis lentos pasos disgustados me encaminan hasta mi mesa, alentados solo por mi resignación.

 

-Se acaban de marchar corriendo-   me dice el más mequetrefe de los mozalbetes.

-No me digas-   le contesto con ironía.

 

A lo lejos, veo unos empleados que me señalan. Uno de ellos llama por teléfono. Será mejor que salga cagando leches antes de que me atrapen las consecuencias de mi depravada conducta.

!Maldita sea! ¿De verdad? ¿Por qué se han ido? Te lo estoy preguntando a ti. Ya sé que solo conoces mi versión de la historia, pero ¿acaso te ha parecido que lo pasaban mal? Yo creo que no. Puede que haya abusado un poco, pero…

Te hablo desde las escaleras mecánicas. Ya llego a la calle.

!Buah! Olvidaba el calor que hace fuera. !Qué bochorno!

Ahora estoy andando por la calle. No podía quedarme allá. Espero que este asunto no me salpique con consecuencias penales. A saber cuántos años tenían esas nenas cachondas. Seguro que alguna cámara nos ha captado, pero, aun así… No he dado mi nombre completo. He pagado en efectivo. No tengo antecedentes o sea que no creo que me encuentren. A no ser que me relacionen con mis amigos, pero… No, no creo. Ignacio también ha pagado en efectivo.

!Por Dios! pero que calor hace aquí a fuera. Y eso que el sol ya ha bajado bastante. Todavía me quedan algunos kilómetros para llegar a casa. Igual cojo el bus.

Me pregunto si alguna vez volveré a ver a Raquel y a Irene. Es un poco difícil, pero… El mundo es un pañuelo, así que… ¿Tú que crees?

 

11

 

MEDIANOCHE VECINAL

3

Ernesto siempre me ha parecido un buen tipo. Un vecino ideal: solitario, silencioso, cívico… Nunca se queja de nada y nunca da motivos de queja. Se divorció hará ahora unos… … ¿cuatro? ¿cinco años? Algo así. A menudo lo veo encorbatado, con su paso tranquilo, cogiendo el ascensor para bajar al parking.

En las reuniones de vecinos se hace patente una curiosa complicidad entre nosotros; y tú me te preguntarás: ¿por qué?  Sí, él es mayor y elegante, un respetable miembro de la sociedad, y yo soy un músico que trabaja en negro y que se mantiene al margen del consumismo. ¿Entonces? Puede que sea porque aquí todos son familias y nosotros somos los únicos solterones.

Sorteo a los demás asistentes y, sin siquiera mediar palabra, me siento al lado de mi vecino con una mirada de complicidad. Estamos en una amplia sala, en los bajos del edificio. Mientras esperamos a la señora Josefina, antes de iniciar la reunión comunitaria, Ernesto y yo comentamos asuntos triviales:

 

-Primer día de verano, ¿eh?-   digo para decir algo.

-Se va a llenar esto de turistas. Tan bien que estábamos-   contesta resignado.

 

Fuerte Castillo es una ciudad costera que goza de cierta reputación turística. Es un gran valor que procura ingresos notables a sus numerosos comercios y servicios de temporada. La reunión a la que estamos asistiendo versa, en gran medida, sobre el uso de la piscina comunitaria. Su puesta a punto se ha demorado y hay que costear su mantenimiento. No son muchos los vecinos que hacen uso de dichas instalaciones ya que estamos muy cerca de la playa; eso provoca algunas diferencias entre quienes no quieren tomar parte con sus contribuciones.

Alberto mira su reloj y se impacienta. Es el presidente de la comunidad y siempre aporta nerviosismo y enfados. No tiene talante de diplomático y suele agravar los conflictos, por pequeños que sean. Agarra su teléfono y llama a su mujer:

 

+ Cariño, ¿me haces el favor de avisar a la señora Josefina? Que venga a la reunión.

+ No lo sé. Igual se ha quedado dormida… Espera, espera. No hace falta. Ya está aquí.

 

Esta abuelita octogenaria avanza, con paso titubeante, hasta su asiento, en el lado opuesto de la sala. Algunos de los asistentes se miran entre sí haciendo gala del poco respeto que albergan hacia las personas mayores. En cambio, Ernesto se levanta, le sirve de apoyo y le aparta la silla para facilitar su acomodamiento.

 

****

 

Eludo el sol andando por el lado más sombrío de la calle. Tengo ganas de llegar a casa y empezar a gozar del aparato de aire acondicionado que me ha llegado a raíz de mi compra online. A ver si escojo horas menos sofocantes para ir al super; no hay ninguna necesidad de abrasarme de este modo.

Me siento agradecido por haber heredado esta propiedad de mi difunta madre, pero, a veces, cuando hago frente a los gastos comunitarios, me da la sensación de que pago más de lo que pagaría si fuera un simple arrendatario: que si una obra, que si los abetos, que si la piscina… reparaciones, limpieza, seguridad… Espero que mis clientes musicales me paguen como es debido y pueda hacer frente a tanto gasto, este mes.

Otro asunto más llamativo se sobreponte a mis tediosos pensamientos. Se trata de Iris, la hija del matrimonio fallido de Ernesto. Hasta hace un par de días, la tenía muy poco vista, puesto que yo me instalé en el edificio cuando mi vecino ya se había divorciado. Su ex-mujer vive muy lejos y la niña casi nunca se desplaza de regreso a la ciudad.

En agosto, Ernesto suele viajar para pasar unos días con ella, pero este año, hay planeado un viaje a la India que truncara esta rutina anual. Así que, una vez terminadas las clases, han acordado que Iris pasará unas semanas con su padre. Por fin podrá ver, de nuevo, a sus amigas de infancia que tanto la echan de menos.

Ya era muy mona de pequeña, pero ahora… ufff. El otro día, su padre me la presentó y yo no sabía qué cara poner. Sí, lo sé. Ya sé qué me dirás: “¿Por qué no te fijas en mujeres de tu edad?” Estoy enfermo, ya lo sabes. Me pueden las nenas muy jóvenes. Ernesto actuaba con naturalidad, pero entre ella y yo percibí una timidez cargada de significado. No creo que fuera solo cosa mía.

Desde entonces he pensado demasiado en ella. Tengo que confesarte que he intentado diseñar alguna argucia que me permita acercarme. Incluso estuve a punto de bajar a la piscina ayer, cuando la vi tomando el sol desde la ventana de mi lavabo. Pero no. Ella estaba con sus amigas y no quise crear una situación… … no sé. Tampoco sería tan extraño. Aunque es cierto que yo debería de perder algún kilo, comprarme un bañador que no me avergonzara y remediar mi extrema palidez. Tengo la playa aquí mismo. No tengo excusa.

Toco la tecla del ascensor. Sigo sin sacármela de la cabeza: su carita aniñada adornada por esta mecha rubia, su piel tan uniformemente bronceada, esta delgadez tan bien moldeada por soberbias curvas tendenciosas, esta estatura aún poco definitiva…

Como si mi poder mental pudiera deformar la realidad, al correrse la puerta metálica, aquí está ella, solo con su escueto bikini amarillo, sacándose un selfie en el espejo, con su móvil.

 

-Hola-   pronuncia sorprendida tras percatarse de mi presencia.

 

Acto seguido, sonríe tímidamente. Le contesto con una simétrica respuesta oral mientras entro en este recinto cubicular. Respeto demasiado su espacio vital, como si cualquier contacto accidental pudiera acabar con mi vida.

Para que entiendas esta situación, tengo que contarte que el jardín comunitario, donde se halla la piscina, está a un nivel inferior al rellano de la entrada que da a la calle, al otro lado del edificio. Iris viene del -1 y yo del 0, por eso me la he encontrado ya dentro del ascensor, de camino al 3B. Pulso el botón nº 2.

Ni toalla, ni sandalias, ni un simple pareo defiende una semidesnudez tan descontextualizada. Este bañador es demasiado breve; esto n… s. !Pero qué buena que está esta niña!

Estoy sufriendo un bloqueo por tan inesperada circunstancia. Ella disimula mirando la pantalla de su SmartPhone y posando de un modo natural pero muy estético. Sabe que la estoy mirando y apuesto a que intuye mi sofoco en este breve viaje compartido.

Sin siquiera planear ser gracioso, golpeo mi frente contra la pared metálica; lo hago comedidamente y con semblante atormentado. Tras la tercera repetición, Iris se da cuenta de lo que hago y se ríe dedicándome una divina mirada luminosa. Sabe perfectamente a que viene este gesto de desespero y, a pesar de cierto rubor cutáneo, para nada parece incomodada.

Una sutil campanita suena justo antes de que la puerta se abra de nuevo. Me cuesta un mundo abandonar la estancia, pero, finalmente, ella me empuja con un amable y vocalizado “Adiós”. La puerta se cierra tras de mí una vez que ya he salido.

Mientras introduzco la llave en mi cerradura sigo deslumbrado por esa radiante sonrisa que me ha hecho temblar las piernas. ¿Le caigo bien? ¿Le gusto? ¿Hay alguna expectativa a la vista? ¿Es posible que Iris le cuente a su padre el gesto tan elocuente que he tenido en el ascensor?…

Si Ernesto se percata de que alucino con su hijita seguro que me retira la palabra de por vida. Pero es que esto… esto no es normal. Estoy seguro de que esta niña no se pasearía así por el edificio si su padre no estuviera ausente, en la oficina.

 

****

 

Estoy terminando mi último encargo musical: un tema techno que me han encargado unos chicos de Augusta. Sé que, en cuanto empiecen a cantar encima, destrozarán la base, pero ese ya es su problema. Me ha pasado el tiempo volando. El cielo ya está oscuro. ¿Qué hora es? !Wah! Casi media noche. No sé si cocinar algo. No tengo mucha hambre.

¿Qué es lo último que te estaba contando antes? !Ah! Sí. Iris en el ascensor. Joh. Cómo me he puesto. Esa escena se ha convertido en un pensamiento recurrente durante toda la tarde. Flashes eróticos y fantasías al tiempo que trabajaba las pistas con el sintetizador. ¿Qué estará haciendo ahora ella? ¿Dormirá?  ¿Estará con su padre mirando la tele? Yo no podría tener nunca una hija así sin tener un serio conflicto moral. Suena mi móvil:

 

+ Hola, Ernesto. ¿Qué ocurre? ¿Va todo bien?

+ No. Todavía no duermo. Siempre trasnocho, sobre todo en verano; vida de artista.

+ Ahá… … sí… … ya… … vale… … entiendo.

+ ¿Que suba yo? ¿Pero es que tú tardarás mucho?

+ No, si no me importa. Lo que es una situación un poco… … rara ¿no?

+ Nonono, tranquilo. Ya lo hago. Por ti lo que sea tronco. Ya voy.

+ No. No me des las gracias. No es nada.

 

Qué cosas. Ernesto me ha pedido que suba a ver a su hija para comprobar que está en casa y que todo va bien. Se ve que no contesta al teléfono desde hace rato. Él está en una cena de empresa y parece que la cosa se va a alargar. No se fía. Iris tiene prohibido salir por la noche y exponerse al turismo de borrachera que empieza a florecer en la costa de Fuerte Castillo.

Estoy subiendo los escalones que separan la segunda planta de la tercera. Qué corte. Esto de vigilar que Iris se porte bien… ¿No era algo así lo que quería? ¿Un motivo para poder verla? ¿Una excusa para acercarme sin exponer mi depravación?

Mantengo el dedo en el botón, durante algunos segundos, antes de que la presión sea suficiente para desatar esta curiosa melodía de campanas. Unos largos segundos de quietud, mientras aún suena el eco de este sonido agudo, preceden los discretos pasos descalzos de la chica. Cuando percibo que me observa desde el otro lado, aparto la mirada de la mirilla y poso con cierta incomodidad. Con cautelosos movimientos, Iris articula la cerradura y abre la puerta. Una escasa obertura de un palmo me permite contemplar su carita extrañada.

 

YO:    Hola, Iris. ¿Estás bien?

IRIS:  Sí. ¿Por?

YO:    Me ha llamado tu padre. Dice que no le coges el teléfono.

IRIS:  !¿En serio?! Estoy flipando. Se cree que me he ido poráy.

YO:    Creo que… … no se fía mucho de ti, ¿no? Debes de ser una niña muy traviesa.

IRIS:  No lo sabes tú bien.

 

Iris me asesta un guiño sonriente que hace añicos la coraza de serenidad que intentaba abotonarme desde que he recibido la llamada de su padre. Viste una ancha camiseta gris y… puede que nada más; aunque es fácil suponer que lleve alguna prenda de ropa interior. Esta dulce mirada, con la cabeza inclinada a un lado, me desarma todavía más, pero… no puedo seguir callado:

 

YO:    Bueno… … entonces… … contesta a tu padre… … y si necesitas algo… … ya sabes.

IRIS:  ¿Algo como qué?

YO:    No sé, cualquier cosa.

IRIS:  ¿Cualquiera?

YO:    Emmm… … Claro que sí… … ¿Necesitas algo?

IRIS:  Necesito que te quedes conmigo un ratico.

YO:    … … ¿En serio?

IRIS:  No te emociones. Lo que ocurre es que acabo de mirar una peli de miedo y aquí, sola y lejos de mi zona de seguridad… Estoy cagada… Me he asustado cuando has tocado el timbre. Pensaba que me ocurriría lo de la peli.

YO:    ¿Qué ocurría en la peli?

 

Iris, sin verbalizar su oferta, me invita a entrar con elocuentes gestos mientras me cuenta el argumento de esta turbadora película. Yo la sigo, sin mucho convencimiento, y cierro la puerta tras de mí. Me habla con total naturalidad, como si fuéramos amigos desde hace años. Llegamos al comedor y se deja caer sobre un elegante sofá de piel marrón.

 

-Pues llaman al timbre y la chica, muy mona ella, mira por la mirilla y ve a su hermano. Esperaesperaespera, no te lo estoy contando bien. Resulta que ella está hablando con su hermano por el móvil, que está de camino para hacerle una visita; entonces suena el timbre y allá está él, al otro lado de la mirilla, pero cuando abre !pam! no hay nadie. Y de pronto, del auricular empieza a sonar un ruido superaterrador. Yaseyaseyase, parece que no sea nada, pero es que hacía rato que le pasaban cosas muy raras y estaba acojonada. Y la música y todo. Le persiguen los fantasmas y…-

 

Habla deprisa, sin pausa, empeñándose en que la comprenda, moviendo teatralmente sus brazos y haciendo muecas faciales.

 

IRIS:  No te rías. Si hubieras estado aquí durante la peli también estarías cagado.

YO:    No lo sé, Iris. Yo soy un tío muy duro.

IRIS:  !YA! Me dijo mi padre qué lloras como una nena cuando se te acerca una avispa.

YO:    No. Espera. Eso no tiene nada que ver. Es una fobia perfectamente respetable que no afecta a mi día a día. Y no lloro. Solo me aparto por precaución.

IRIS:  ¿Por eso te has puesto tan nervioso antes, en el ascensor? ¿Porque mi bikini era amarillo y negro como el color de las avispas?

YO:    … … … …  Sí… … Será por eso.

IRIS:  Pues tienes suerte de que no te enseñe las bragas. A lo mejor te da un yuyu y tengo que llamar a una ambulancia.

YO:    Creo que podría soportarlo… … … … No sé. Prueba.

IRIS:  ¿En serio? ¿Me estás pidiendo que te enseñe las bragas? Se lo diré a mi padre.

YO:    Nonono. !¿Qué dices?! Solo era una broma.

IRIS:  ¿Entonces? ¿No quieres vérmelas?

YO:    Iris… … … …  No me busques problemas con Ernesto. Tu padre es el único vecino con quien me llevo bien. Tenemos muy buen rollo.

IRIS:  Que dices tonto. No voy a traerte ningún problema si te portas bien. Hagamos una cosa: yo me voy subiendo la camiseta, poco a poco, y si te entra el pánico me tapo de seguida, antes de que rompas a llorar.

YO:    Pero ¿qué dices, niña?… … Anda, no juegues conmigo.

IRIS:  Parece que no eres tan duro, al fin y al cabo. Te has rajado en seguida.

YO:    No me he rajado… … … … Hazlo si quieres, pero no se lo digas a tu padre.

IRIS:  Te advierto que tienen rallas; negras y amarillas. ¿Estás seguro que podrás mirar?

 

Me visto la cara con una máscara de frialdad, pero estoy como un flan. Está muy claro de que va este juego y empiezo a contemplar posibles desenlaces, cada cual más sobrecogedor que el anterior. No creo que me vaya de vacío. Espero que no.

Iris se ha puesto de rodillas, sobre la butaca que acompaña al sofá donde me encuentro. Dándome la espalda, hace bascular los limites inferiores de su camiseta, en el sentido contrario al que mueve sus nalgas, para que dichas redondeces salgan a relucir un poquito más en cada oscilación textil. Voltea la cabeza para observar, con su rubio mechón profanando su angelical carita, cómo mi expresión se desencaja. Esta tela es muy fina y su culo respingón se expresa, con cada meneo, marcando su silueta.

Pronto empiezo a sospechar que lo que esconde esta chica, bajo tan holgada prenda, es un tanga atrincherado entre sus nutridas nalgas adolescentes. Recupero la motricidad de mi mandíbula desgobernada y trago saliva. !Pero que duro me estoy poniendo! Aunque si te digo la verdad, me inquieta más lo que está a punto de ocurrir que lo que está ocurriendo ahora mismo.

!Oh! !No! Esto sí que no me lo esperaba. Ni bragas, ni tanga, ni tongo… Esta cría me está vacilando.

 

-Ay, no-   dice tímidamente mientras se baja la camiseta de nuevo   -Qué vergüenza-

-¿Q.qué? ¿Quesqué?-   contesto sin conseguir formular una frase coherente.

-No me acordaba que no llevaba nada. Cuando he salido de la ducha antes…-   traviesa.

 

Fuaaaaaaaah. Puede que sea el mejor culo que he visto jamás. Tan redondo y tan uniformemente bronceado.

¿Te acuerdas de Raquel? ¿La chica de la bolera? Ella lo tenía un poco más grande y tan pálido… Me pareció sublime entonces; insuperable; pero Iris… Vaya par de soles tan luminosos. Me duele la polla. Tengo que levantarme y liberar a la bestia.

 

YO:    Te voy a…

IRIS:  Noooh. !¿Qué haces?! Ha sido una broma. Yo no quería…

YO:    Tengo que follarte, niña. En serio… … Ahora no me digas que no.

IRIS:  Pero ¿qué dices? Si aún soy virgen. ¿No ves que soy demasiado pequeña para ti?

YO:    ¿Estás de coña? ¿Cómo puedes decirme esto ahora?

IRIS:  Te lo digo de verdad. Además… … Mi padre estará al caer.

YO:    !Si me ha llamado hace nada!

IRIS:  Imagínate que te encuentra aquí, follándome. Irías a la cárcel.

YO:    Pero… … ¿cuántos años tienes?

IRIS:  Te digo yo que irías a la cárcel. Créeme.

 

Tengo el pantalón desabrochado, pero todavía estoy cubriendo la discreción de mi miembro erecto. Me he detenido a un escaso metro de mi presa e intento frenar mis arrolladores impulsos.

 

YO:    Entonces ¿qué? ¿Quieres que me vaya?

IRIS:  No. Todavía tengo miedo de estar sola.

YO:    En serio, niña… fffff… Si algún peligro te acecha, ahora mismo, ese soy yo.

IRIS:  No creo que seas tan peligroso. Dice mi padre que eres un pedazo de pan.

YO:    ¿No sabes que los psicópatas sanguinarios siempre parecen buenas personas? Cuando la verdad sale a la luz, todo el mundo dice: “pero si era tan amable, era tan buen vecino…”

IRIS:  Sí, eso. Tú termina de meterme el miedo en el cuerpo. Si te he pedido que te quedes es para protegerme de los muertos, no para hacerme temer a los vivos.

YO:    Valevale… … … … Dime una cosa: ¿por qué no contestabas a tu padre?

IRIS:  Tenía el móvil en silencio. Espera, aún lo tengo. !Fuaaah! Doce llamadas perdidas.

YO:    Pues corre. Llámale y dile que todo está bien. Eso tenía que haber sido lo primero.

 

Estoy cerrando los puños con fuerza. De pie, inmóvil, constato la obediencia de Iris. Esta cría debería saber que no tiene que jugar con fuego; que es peligroso provocar así a un desconocido; que cualquiera puede resultar ser un tío tan salido como yo. Afortunadamente, mi autocontrol infranqueable consigue salvaguardarme del oleaje de mis lujuriosos instintos carnales.

Iris, después acceder a la agenda de su móvil y seleccionar el número de su padre, escucha, pacientemente, los numerosos tonos que la mantienen a la espera, hasta que, finalmente:

 

+ Hola, papá.

+ Sí. Estoy bien. En casa.

+ Ahora acaba de venir.

+ Lo siento. Es que lo tenía en silencio y estaba viendo una peli.

+ De miedo.

+ Emmmm, no sé. La Maldición creo.

+ No es culpa mía. Si tuvieras teléfono fijo me hubiera enterado.

+ Papá, ¿estás borracho?

+ Tú no hablas así. Haz el favor de comportarte o no volverás a salir en todo el verano.

+ Claro. Sí, seguro.

+ Vale. Te lo paso.

 

Iris me pasa el móvil brindándome una chistosa mueca de complicidad. Casi se nos cae al suelo, lo que desata una serie de movimientos esperpénticos para evitar el impacto. Unas contenidas risotadas finiquitan este entuerto en cuando me apodero del aparato.

 

+ Hola, Ernesto.

+ No, que casi se nos cae el móvil.

+ Sí. Parece que se porta bien. Es una buena niña.

+ Sí. Ya veo. ¿Tú tardarás mucho? Es qué viendo la peli le ha entrado miedo.

+ No. Me quedo cinco minutos. A ver si se le pasa y se va a dormir ya.

+ Espero que no pretendas conducir en este estado, ¿eh?

+ Vaya ejemplo para tú hija. Luego querrás que se aleje del turismo de borrachera.

+ Vale. No, no hay de qué. Ya sabes que yo también te pido algún que otro favor.

+ Hasta mañana.

 

Cuelgo y, tras un instante reflexivo con la vista al teléfono, fijo mi mirada en Iris. Le devuelvo el dispositivo y le pregunto:

 

YO:    ¿Y ahora qué?

IRIS:  No me voy a dormir.

YO:    ¿Quieres ver otra peli que no sea de miedo?

IRIS:  No. Quiero ver una de miedo. Me encantan.

YO:    ¿Entonces qué? ¿La Maldición 2?

IRIS:  Sí. Me dan más miedo las asiáticas.

 

No suelo madrugar ni estoy demasiado cansado, aunque mi verdadera motivación calenturienta ningunearía cualquier obstáculo que pretendiera menguar mis expectativas.

 

****

 

Pues no me parece a mí que de tanto miedo. Llevamos unos cuarenta minutos de película y no me está emocionando demasiado. Además, las cintas orientales tienen un tono como descolorido y triste; como si sus técnicos de fotografía no supieran de iluminación. Los efectos no tienen mucho presupuesto y la dirección abusa demasiado de la oscuridad.    Eso sí, los instrumentos disonantes son estremecedores y los altavoces de Ernesto rentabilizan mucho los sobresaltos. El subwoofer le da fuerte. Sufriría por el vecino de abajo si no fuera porque soy yo.

Iris se acerca un poco más a mí a cada susto. Se aferra a mi grueso brazo y hasta llega a clavarme sus uñas en los momentos más críticos. En serio: ¿qué es lo que quiere esta niña? ¿Ponerme cachondo para luego dejarme con las ganas?

Solo presta atención cuando pasa algo inquietante. Cuando la trama es más liviana, con diálogos, se dedica a teclear conversaciones con sus amigas. Esto es algo que suele ponerme histérico: mirar una peli con alguien que hace más caso a la pantalla del móvil que a la pantalla del televisor. ¿A ti no te pasa?

Ahora, ahora Iris, fíjate que vuelve estar la chica sola en esta dichosa casa fantasmal. Efectivamente. No tarda en pegarse a mí de nuevo. Sí. Aquí va. Me estoy empalmando de nuevo. Parezco un globo: cada vez que me aprieta el brazo se me hincha la polla. Esta vez no voy a intentar disimular mi bulto. Voy a seguirle el juego. No. Espera. Está resultando demasiado evidente.

 

YO:    ¿Por qué te pegas tanto, niña? Me estás dando calor.

IRIS:  !Hay! Perdone míster caluroso. Ya me separo. Pero al próximo susto me pego otra vez. Quítate la camiseta si tanto calor tienes. A mí no me importa.

 

Tardo unos escasos cuatro segundos en obedecer su directriz. Mientras tiro la camiseta sobre la acolchada alfombra, vuelvo a dar relieve a mis perspectivas. No parece que se disguste por mi repentina maniobra nudista. Ni si quiera me está mirando.

No sé si la voy a desvirgar hoy, pero… Iris quiere algo. Aquí, pegándose a mí sin ropa interior; sugiriéndome que me saque la camisa. Si no sucede nada por no haber tomado la iniciativa, la culpa me atormentará durante todo el verano.

 

YO:    Pero ¿qué estás haciendo ahora?

IRIS:  Tranquilo. Solo es una foto de nada.

YO:    Pero no me saques fotos así, descamisado.

IRIS:  Solo quiero que te vea mi padre; que vea como te acomodas conmigo.

YO:    !Pero ¿tú estás loca?!

IRIS:  Que nooooo, tonto. Son para mi amiga Noelia. Para fardar de ligue.

YO:    ¿Estás fardando de ligue?

IRIS:   Sí. Es que mira que maromo se está ligando ella. Quiero darle envidia. Tú estás mucho más bueno. Estás cachas… … Para comerte entero.

 

!Vamos! Lo que me faltaba. Ahora la nena se pega a mí para enseñarme las fotos de su móvil. Quiere que vea al niñato ese que ha conocido su amiga. Está muy cerca, y huele tan bien… ¿Jabón perfumado? ¿Champú infantil? ¿Suavizante de flores? Ya estoy palote otra vez. Ahora sí que no voy a esconderme.

 

-Se llama Petter-   me susurra muy cerca de mi oído.

-Menudo tirillas-   le digo con un tono igual de bajo   -Es alto. Parece Petter la Anguila-

 

IRIS:  ¿Quién es ese?

YO:    Déjalo. Un tío muy alto y delgado… … Pero si es un crío.

IRIS:  Pues como Noelia.

YO:    ¿Y cómo tú?

IRIS:  ¿Te molesta eso?

YO:    No sé ni cuántos años tienes. Solo sé que la última vez que te vi eras una cría.

IRIS:  Pues será mejor que no eches cuentas.

YO:    Creo que debería irme. Tu padre no tardará en llegar y yo estoy malo por tu culpa.

IRIS:  ¿Lo dices por esto de aquí?

 

Iris señala la tienda de campaña que habita en mi bajo vientre. Ya me temía yo que esta niña se había percatado de tan bochornoso bulto. Sin apartar la mirada de ella, asiento con la cabeza con una lentitud dramática.

 

YO:    Estoy muy tenso, Iris. Estoy a punto de reventar.

IRIS:  Podrías irte al lavabo y hacerte una paja. Así te tranquilizarías.

YO:    Creo que mejor me bajo a mi piso y hago esto que dices. Me imaginaré que te violo salvajemente delante de tu padre.

 

Iris, escandalizada, estalla en una carcajada incontenible.

 

IRIS:  ¿En serio te pone eso?

YO:    ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué me has puesto a cien con el numerito de antes?

IRIS:  Vale. Te creo. Pero antes de irte quiero que me la enseñes.

YO:    … … … … Vale… Aquí la tienes.

 

Sin reparo alguno, me bajo el calzón. Mi polla, venosa y enrojecida, se propulsa hasta estamparse contra mi barriga, sonando a modo de palma suave. Iris expresa su fascinación con los ojos como platos y la boca muy abierta.

 

YO:    ¿Te gusta?

IRIS:  !Por Dios! !Mateo! ¿Cuánto mide esto? ¿Lo sabes?

YO:    No estoy en edad de medírmela. Hace veinte años que no lo hago, lo menos.

IRIS:  Aún me faltaba mucho para nacer la última vez que usaste una regla… ja, ja, jah.

YO:    Tócamela Iris… Vamos… Te mueres de ganas.

IRIS:  Emmmm… … Bueno… … Solo un poquito ¿eh?

YO:    Vamos, pequeña. Es toda tuya.

 

Con mucha timidez, la niña acerca su mano, cautelosamente. En el preciso momento en que establece contacto, se sorprende de las inconscientes contracciones que ejecuta mi falo, hambriento de atenciones femeninas.

 

-¿Esto es normal?-   pregunta Iris mientras me devuelve la mirada.

 

Asiento con la cabeza encontrando sus ojos castaños. En el momento en el que ella vuelve a centrarse solo en mi polla, me permito romper mi quietud y rodearla por la cintura para acentuar este pernicioso acercamiento. Ella no rechaza dicho gesto e incluso lo reafirma pasando su brazo por detrás de mi cuello, adquiriendo cierta altitud postural en el acercamiento. Esto ya no tiene freno ¿no? ¿Cómo lo ves? Todo va de bajada.

Oh, sí. Me está agarrando los huevos con fuerza. Debería de tener más cuid… ooouuxx… Qué daño. Tengo su carita muy cerca. Puedo incluso sentir su dulce aliento insinuándose.

Con mi mano libre me apodero de su rostro y me lo encaro para comerme su boca. Mientras le muerdo los labios y aprieto mi lengua contra la suya, percibo que sus curiosos movimientos manuales en mi miembro han tomado forma de paja; una gayola cada vez más rápida e intensa que me lleva al éxtasis.

Estoy tan cachondo que podría correrme en poco tiempo. Tengo que parar esto. Cuando por fin consigo separarla de mí, ella, sin aliento, me pregunta:

 

IRIS:  ¿Tienes condón?

YO:    ¿Qué?… … ¿Qué?… … Sí… … Abajo.

IRIS:  ¿Lo vas a buscar?

YO:    Emmm… … No hay tiempo, ¿no? ¿O sí?

 

Ya no sé ni lo que me digo. Me urge tanto follarla que se me pone muy costa arriba la idea de salir del salón. Pero es que, si la penetro ahora, igual exploto y me corro enseguida. Lo mejor es disiparme un poco mientras bajo a mi piso a buscar gomas. Imagínate que marrón si la dejara preñada. No quiero ni pensar en la reacción de su padre, en su misteriosa edad y mucho menos en las consecuencias legales de mis actos.

 

IRIS:  ¿Qué pasa? ¿En qué estás pensando?

 

Sin mediar palabra, recojo mi camiseta, me visto con premura y me apresuro a salir de aquí. Bajo los escalones de cinco en cinco, procurando no pensar en Iris. Intento enfriarme para durar más cuando la folle. A pesar de ello, mil estampas de lo que me puede aguardar tras la puerta de este piso me acechan, estimulando mi lívido inoportunamente.

Con temblores de impaciencia, intento introducir la llave en mi cerradura. Una vez dentro, y sin siquiera abrir la luz, llego al cajón de mi cómoda y, tras superar el pánico inicial de no encontrarlos, consigo dar con la caja aún precintada. Dejo tras de mí un sonoro portazo al tiempo que subo los escalones de cuatro en cuatro.

Una vez encarado el pasillo de la tercera planta, la campanilla del ascensor, tan sutil como imperativa, detiene mi paso en seco. Ernesto hace acto de presencia sin percatarse de mi asfixiada aparición desde el rellano de las escaleras. Afortunadamente, mi ubicación no me delata y un par de pasos atrás son lo único que necesito para permanecer en el anonimato mientras mi vecino consigue abrir la puerta con severas dificultades.

Estoy sufriendo por Iris. Ella me está esperando y ¿quién sabe en qué condiciones? Su piso está en silencio. Habrá apagado la tele. El sonido de la cerradura la habrá alertado, pues yo no tengo las llaves de su casa.

Cometiendo una estupidez desprovista de la más mínima prudencia, me acerco y pego mi oreja a la madera de la puerta. No escucho nada. O, espera. Sí. No entiendo bien las palabras, pero tienen un tono muy bajo. Suena a normalidad absoluta. Eso me tranquiliza hasta que unos rápidos pasitos descalzos, al otro lado, me alertan de nuevo. La puerta se abre repentinamente:

 

-Sssshhhh-   susurra Iris asustada nada más encontrarme aquí.

-Sssshhhh-   le respondo haciendo gestos de peligro parecidos a los suyos.

 

Me estoy apartando aún con el dedo en la boca para representar la señal de silencio. Iris había dado un par de pasos nerviosos en mi dirección, para empujarme de vuelta, pero no ha hecho falta que me toque. Se dispone a entrar en casa otra vez, pero un arrebato frena su trayectoria.

Tras echar un vistazo a su espalda, vuelve a acercarse a mí para estampar su boca en mis labios. Se trata de un beso fugaz pero intenso. Se apresura a volver y llega justo a tiempo, pues una corriente de aire ha estado a punto de propiciar un portazo injustificable. Me dedica un resoplo de alivio y, ya dentro del piso, se apresura a cerrar la puerta silenciosamente.

A toda prisa, articulo mis pasos más rápidos y silenciosos para abandonar mi peligrosa ubicación. Una vez arropado por la oscuridad de mi piso, me siento a salvo. Un cóctel de ideas y sensaciones zarandean mi mente entre la euforia, el miedo, el alivio, la culpa, el optimismo…

Le hubiera podido hacer de todo a esta nena si no hubiera perdido tres cuartos mirando esa fantasmal película asiática.

Nada está perdido todavía, Iris acaba de llegar y tardará en irse. Le gusto y quiere tema. Solo es cuestión de tiempo que consumemos nuestros deseos; al menos, eso espero.

Ha ido de tan poco… Si Ernesto llega cinco segundos más tarde me pilla golpeando impacientemente su puerta con una caja de condones en mi mano. Si hubiese tardado cinco minutos… ¿Quién sabe?

Los próximos días serán interesantes. Espero que Iris no se raje; que su reflexión en frío no le haga lamentar lo que su calentura tanto se ha empeñado en justificar. No. No lo creo. Me la voy a follar, donde sea y como sea. La tengo en el bote. Y sí. Te lo voy a contar. Si has llegado hasta aquí querrás saber lo que ocurre ¿no? Dímelo a mí. Estoy que trino.

 

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         LAS TRES CERDITAS

2

Voy a seguir andando con la vista al frente, sin volver a girarme; como si no fuera un depravado calenturiento. Compórtate, Mat. No puedes cambiar tu dirección para andar tras ellas. Solo un vil acosador haría tal cosa. Hay más gente por la calle y ya he dado mala impresión con mi baboso giro completo al cruzarme con esas niñas. No me faltaban motivos, pero, aun así…

Te voy a poner en situación: estaba paseando por el barrio viejo, a plena luz del día, cuando me he encontrado con tres chicas de toma pan y moja. Se trata de un trio de adolescentes con microshorts tejanos de esos que tanto me ponen. Me he permitido una buena repasada visual a sus espaldas, pero, muy a mi pesar, me he visto obligado a seguir mi camino.

Mi tormentoso pulso todavía no se ha recuperado de tan punzante impresión; siento que deforma mi caja torácica a cada contracción ventricular, bombeando ansiedad sanguínea hasta el último rincón de mi ser.

Espera. Ya son, ¿qué? ¿Cien metros? Suficiente, ¿no? Puedo volver y andar sobre mis pasos. Ahora no daré mal efecto, pues ninguno de los peatones que me rodean puede adivinar el motivo de mi regreso; sea como sea: nadie está pendiente de mí.

Mi paso es alegre, pero no demasiado urgente. No voy a correr detrás de nadie, solo quiero matar el gusanillo lujurioso que me corroe por dentro; comprobar si puedo reencontrarme con esa tripleta femenina tan desinhibida y jovial. Puede que se hayan detenido en algún sitio. A ver, a ver… … Acabo de llegar a una plaza… … No las localizo… … No sé hacia dónde habrán ido. Bueno, puede que sea mejor así.

!No! Ahí las tienes. Se han parado a comprar helados. ¿Qué hago? No voy a quedarme aquí parado; esperando de pie. Ya sé. Voy a sentarme en los escalones de la iglesia como aquel que no quiere la cosa. Puede que, tras salir de la heladería, pasen cerca de mí y pueda deleitar mis ojos de nuevo.

No creo que me reconozcan, pues no me han mirado en nuestro encuentro previo. Estaban demasiado entusiasmadas con su propia charla y no prestaban atención a los demás transeúntes. Ni siquiera cuando he dado una vuelta de 360º para mirar sus sugerentes andares han reparado en mi existencia.

Una de ellas sujeta un casco. Parece un dato irrelevante, pero, ¿a qué edad se puede tener carnet de moto? ¿Dieciséis, quince? No pueden ser mucho mayores, pero tampoco serán menores; por lo menos: no tanto como Iris, mi vecina. Lo que ocurrió ayer en su piso fue algo inaudito. Suerte que tuve que bajar a por un condón; de lo contrario, puede que su padre me hubiera pillado con las manos en la masa. Aunque mi mayor locura ocurrió la semana pasada, en la bolera. ¿Te acuerdas? !Qué disparate! Cada vez que lo pienso…

Aquí llegan. Yo como si nada. Siguen hablando de sus cosas, sin callarse ni un momento. !Ojo!, vienen directas hacia aquí. !Dios mío! !Pero que hermosuras! Uaaah. Disimula, disimulaah.

Han subido unos escalones, bastantes, para sentarse a unos cinco metros de mí. Daría el cante si me volteara, pero, por lo menos, puedo escuchar parte de sus frívolas conversaciones.

Podría hablar con ellas. ¿Tan grave sería? !Anda ya! No soy un don Juan, ni un Casanova. Nunca he tenido la más mínima labia con las chicas que me gustan. Además, soy muy mayor para ellas. Puede que tenga buena planta, y que no aparente mi edad, pero, aun así… La alternativa es irme a mi casa y pensar en lo que pudo haber sido. Sé que me cuestan un mundo estas cosas, pero, por lo menos, me quedaría tranquilo si tomase cartas en el asunto. ¿A quién pretendo engañar? Soy incapaz de… A no ser que…

 

IVÁN:      Hey, Mateo, ¿qué haces tú por aquí?

YO:          !Iván! Nada, solo daba un paseo.

IVÁN:      Escucha, todavía no te he dado las gracias por tus logros con nosotros.

YO:          Naah. Solo cumplía con mi trabajo. Para ello me contratasteis, ¿no?

IVÁN:      Pero no es normal, tío. Suena mejor que nuestras grabaciones de estudio. ¿Sabes el tiempo que dedicamos a perfeccionar la edición de esas canciones? Lo hicimos pista a pista; muchísimas horas; y tú, en menos de una tarde…

YO:          Le puse mucho cariño a la mezcla, cuando la trabajé en mi casa.

IVÁN:      Mira, aquí viene Lara.

LARA:      Eh, Mat. No veas. A todos les encanta el videoclip. Dicen que suena de lujo.

YO:          Lo hacéis muy bien. Solo supe captar la energía de la grabación en directo.

IVAN:      Puede que sea parte de la magia, pero, en serio: gran trabajo tronco.

LARA:      Tenemos que irnos, cariño, nos esperan

YO:          Bueno… Me alegro de haber superado las expectativas.

IVÁN:      Nos vamos, tío. Gracias por todo. Eres muy grande; de verdad.

 

Un mudo movimiento de cabeza me basta para despedirme mientras observo como Lara se lleva a rastras a su novio para reunirse con sus impacientes amigos.

Está claro que estuve inspirado en mi última grabación. Sin duda: me han subido el ego con tan gratos comentarios. Puede que este haya sido el empujoncito que necesitaba para armarme de valor; para levantarme y andar hacia esas nenas. ¿Nos habrán odio? No creo que se hayan callado para escuchar. Vamos, Mat; hazlo antes de que se te pase el efecto.

Sin concederle un solo segundo al miedo para que se rearme, me incorporo y empiezo a subir algunos escalones al tiempo que mi determinación se nutre de un plan de ataque. Tengo que parecer un caradura; como si hiciera estas cosas a diario; como si no me importaran las calabazas, los rechazos, las negativas… Hablaré lentamente, para no tropezarme ni tartamudear; adoptaré una postura algo pasota, pero sin pasarme; cuidaré la dirección de mi mirada…

A medida que me acerco, una tras otra, las chicas fijan su ojos en mí. Su conversación se interrumpe mediante unas agonizantes palabras casi inaudibles. De pronto, frente a ellas, siento un vértigo propio de aquel actor que se queda en blanco en medio de una representación, frente a un numeroso público.

 

-Hola-   pronuncio repartiendo mi mirada entre las tres.

-Hola-   responden casi al unísono.

-Una cosa… emmmh… … ¿A alguna de vosotras le gustaría conocerme?-

 

Un poco consternadas, se miran entre ellas.

 

-Sois muy guapas las tres-   me sincero sin eufemismos.

-Yo tengo novio-   dice la primera de las dos rubias.

 

Se establece un breve silencio expectante que parece eterno. La chica de pelo castaño se muerde el labio y desvía su mirada; mientras que la tercera, pese a seguir observándome, no se anima emitir respuesta alguna. Puede que su piedad abogue por no darme una negativa sonora, pero, a fin de cuentas, la ausencia de una afirmación es lo que está resolviendo mi interrogante. No es ninguna sorpresa. Desde el primer momento era consciente de la quimera que estaba afrontando. No voy a insistir. No quisiera ser molesto. Eso sería lo peor.

 

-Bueno, no pasa nada… … Tranqui…  Me voy…  Adiós-   intentando parecer digno.

-Adiós-

 

Esta vez, solo una de ellas me ha contestado, pero, si te digo la verdad, no tengo claro quien ha sido. Después de agacharme y recoger los pedazos de mi autoestima esparcidos por todos estos escalones de piedra gastada, emprendo mi marcha con lentos pasos y mente sosegada.

Todavía notando sus miradas a mi espalda, me siento aliviado por haber superado mi fobia al rechazo y por haber tenido el aplomo de llamar a esa prohibitiva puerta.

Cuando ya estoy pisando el suelo de la plaza, un redundante sonido percutido me llama la atención tras de mí. Es la voz del azar: un guionista caprichoso que, en ocasiones, tiene ocurrencias que nunca asaltarían a ninguna inventiva humana.

Me doy la vuelta y observo como el casco que llevaba una de las niñas está botando, escaleras abajo, con una trayectoria que parece no tener fin. Su accidentado recorrido se define mediante unos chistosos brincos verticales, que no avanza demasiado deprisa en su plano horizontal, prolongando así su descenso.

Tras un fugaz instante de pasmo, me decido a tomar la mano que me brinda el destino en forma de segunda oportunidad. Vislumbrando la sorpresa en el rostro de las muchachas, me apresuro a recuperar este rosado objeto semiesférico para regresarlo, caballerosamente, a manos de su dueña.

La chica de pelo castaño se ha dignado a levantarse y, tras otorgarle la custodia de su menguado helado de coco a su amiga, se acerca a mí para recuperar su accesorio.

En un gesto espontáneo que pretende bromear y quitarle hierro al asunto, hago el amago de llevármelo, pero, en vista de la credibilidad sorpresiva que ha suscitado mi acción en el rostro de esta joven motorista, decido no alargar la chanza.

 

-¿Cómo te llamas?-   le pregunto suavemente mientras se lo devuelvo.

-Emmm… … Noelia-   responde tímidamente.

-Noelia, no creas que suelo tirarles los tejos a desconocidas por la calle-

-No, ya-   sin síntomas de confiar en mi palabra.

-De verdad. Solo es que, cuando os he visto, me habéis quitado el aliento y casi me da un ataque al corazón. Sois muy crueles de pasearos así por el mundo-

-¿Tenemos que pedirte perdón?-   contesta un poco indignada.

-No, no, no. Pero, por lo menos, podrías apuntarte mi número; por si algún día…-

-¿Por si algún día qué?-   me interrumpe con un tono más imperativo que curioso.

-No, no, no. No me refiero a… Solo lo digo: por si te apetece charlar o dar una vuelta-

 

Noelia, sin dejar de mirarme con desconfianza, echa mano a uno de sus bolsillos traseros para hacerse con su móvil. No tarda en activarlo y acceder a la agenda.

 

-Dime, va-   con entonación condescendiente.

 

Al tiempo que recito, pausadamente, las cifras de mi número, tengo que esforzarme para no perder la cuenta. La cercana presencia de esa hermosa muchacha embriaga mis sentidos con una tramposa brujería adolescente que me hace presuponerle todas las virtudes habidas y por haber.

Pese a estar un par de escalones por encima de mí, apenas consigue igualar mi estatura. Nunca te lo he contado, pero me pirran especialmente las mozas bajitas de rasgos muy femeninos.

 

NOELIA:  ¿Y te llamas?

YO:         Mateo.

NOELIA:  M.a.t.e.o.S.a.l.i.d.o.

 

Mientras la chica verbaliza mi apodo, a medida que lo escribe en su agenda, inclino la cabeza con una mueca de sutil desaprobación. No llego a contradecirla, pues no le falta razón: solo hay un motivo por el cual me he decidido a hablar con ellas, y no tiene que ver con mi civismo, con mi búsqueda de un intelecto interesante o con mis ansias de hacer amigos.

 

YO:  Pásale el número a tus amigas rubias si no vas a llamarme.

 

Nada más terminar de pronunciar este epílogo, me doy cuenta de lo desafortunadas que han sido mis últimas palabras; la mirada decepcionada de mi interlocutora, mientras niega con la cabeza, no hace más que constatar mis nefastas impresiones.

Fruto de la anécdota del casco y de nuestra breve conversación bromista, se había establecido una mínima complicidad indispensable a la hora de sostener este efímero flirteo. Haber hecho alusión a las otras chicas, como alternativas igual de viables, desluce mi valerosa intervención y degrada notablemente mis posibilidades.

La niña se ha dignado a mostrarme la palma de su mano, a modo de despedida, antes de enfilar el ascendente camino de vuelta junto a sus atentas amigas. Sus infartantes nalgas se contonean a cada escalón, y se asoman, licenciosamente, más allá de los límites inferiores de unos shorts que deberían estar prohibidos. Mi atormentada entereza se tambalea bajo el yugo de una palpitante lujuria que vuelve a ofuscar mi mente. Te juro que me va a dar algo.

 

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EL LOBO FEROZ

3

No te lo vas a creer, pero ayer mismo, por la noche, mientras yo seguía maldiciéndome por mis pobres habilidades seductoras, Noelia me abrió por chat. Fue una grata sorpresa, puesto que, a pesar de que solo habían transcurrido unas pocas horas desde nuestro encuentro en las escaleras de la iglesia, yo ya había perdido toda esperanza de contacto. Dime pesimista; no sé.

Más de una hora estuvimos escribiéndonos mensajitos, pues, por lo visto, la juventud de hoy no quiere someterse al suplicio que representa una conversación oral; se ve que es mucho más divertido pulsar, incesantemente, una pantallita de frío cristal.

La charla empezó con una desconcertante hostilidad defensiva por parte de ella, pero no tardé en tejer una confianza cada vez más amable y cariñosa; hasta el punto que, finalmente, terminé quedando con ella al pie del viejo reloj centenario que marca la hora al lado opuesto de la plaza donde coincidimos ayer.

Son casi las doce del mediodía y adivina donde estoy  =  Exacto. Las agujas del reloj están a punto de señalar la hora indicada y Noelia todavía no ha llegado.

 

-Hola-   escucho tras de mí.

-Hola-   contesto mientras me volteo, extrañado   -Tú eres… … ¿Silvia?-

-Sí, sí. Te parecerá extraño lo que voy a contarte, pero es conmigo con quien quedaste-

-Ah… … aaaaah… … ¿Por eso no querías que te llamara y escuchara tu voz?-

-Exacto-   admite con cara de traviesa   -Veo que eres un chico listo. ¿Estás enfadado?-

 

Con los brazos extendidos, las manos abiertas y las cejas muy levantadas, niego con la cabeza con agradecida resignación.

 

YO:        Ya me parecía extraño que me preguntabas tanto por “tu amiga Silvia”.

SILVIA:  Era la mejor manera de conocer la verdad.

YO:        !Claro! Puedes estar segura de que lo que dije no lo dije para hacerte la pelota.

SILVIA:  Parecías muy afectado por el hecho de que tuviera novio.

YO:        Sí. Puede que eso sea una de las mayores tragedias de mi vida.

SILVIA:  ¿Todavía quieres pasar un rato conmigo? ¿Aunque no sea Noe?

YO:        Congenié contigo anoche. En realidad, no me siento tan engañado; no creas.

SILVIA:  No te sientes engañado porque estoy muy buena, si fuera gorda y fea…

YO:        Pero no lo eres. Estas tan rica que ni el más insensato de los varones sobre la faz de la tierra sería capaz de sentirse mínimamente ultrajado.

SILVIA:  Tienes suerte de haberme dedicado solo palabras bonitas cuando creías estar hablando con Noelia, sino, te hubiera enviado a la mierda.

YO:        Otra cosa no, pero soy un tipo muy sincero. No como tú.

SILVIA:  !Claro! Yo no soy un tipo, soy una señorita… … Voy al lavabo un momento. ¿Me esperas aquí?

 

Asiento con la cabeza y le hago una leve reverencia con el brazo extendido para abrirle el camino gentilmente.

En cuanto la pierdo de vista, mi móvil empieza a vibrar como si hubiera estado esperando su turno. Me apresuro a contestar:

 

YO:         ¿Hola? ¿Sí?

NOELIA:  Hola, ¿Mateo? Soy Noelia.

YO:         Ah… … Hola, que curioso que me llames ahora.

NOELIA:  ¿Por qué? Me diste tu número, ¿no? Me lo diste para que te llamara, ¿no?

YO:         No, ya, ya. Es que… … nada, nada.

NOELIA:  No. Nada no. Ahora me lo dices.

YO:         Estás muy mandona para ser la segunda vez que hablamos ¿no?

NOELIA:  ¿Mandona? No. Escucha. Tú sabes que Silvia tiene novio, ¿no?

YO:         Em… … Sí. Me lo dijo ayer, ¿no?

NOELIA:  ¿Estás con ella ahora?

YO:         ¿Por qué dices esto? En cualquier caso… … no tengo que darte explicaciones.

NOELIA:  Alex me ha contado que, ayer, Silvia me cogió el móvil y se copió tu número.

YO:         Ahá. Verás, yo no quiero meterme en vuestros asuntos, así que…

NOELIA:  Es conmigo con quien hablaste; fue a mí a quien le diste tu contacto.

YO:         Noelia… … ¿tú quieres salir conmigo?

NOELIA:  Es probable, pero solo si tomas partido a mi favor.

YO:         ¿Y qué significa esto? ¿Qué quieres que haga?

NOELIA:  Cuéntame la verdad: ¿está Silvia contigo?

YO:         … … … … Ha ido al lavabo. Pero dime: ¿cómo lo has sabido?

NOELIA:  Porque está fuera de línea, y créeme: Silvia siempre está en línea; menos cuando quiere desaparecer para dar rienda suelta a sus fechorías.

YO:         Entiendo; y ¿yo soy una de sus fechorías?

NOELIA:  Ahí le has dado. ¿Dónde estáis? ¿Dónde iréis? ¿te lo ha dicho?

 

Silvia sale del restaurante en estos precisos instantes. No quiero colgarle a Noelia, pero no tengo tiempo de despedirme de ella; tampoco quiero que mi cita matutina se distraiga con peliagudos conflictos amistosos, así que, en un gesto poco meditado, silencio mi móvil sin colgar la llamada.

 

YO:        ¿A dónde vamos?

SILVIA:  Vamos por el parque Lázaro, así disfrutamos del día.

YO:        Está bien. Es una buena idea. Siendo lunes, no habrá demasiada gente.

SILVIA:  Podríamos dar un paseo en la barca de remos, ¿no?

YO:        ¿Tú te crees? Llevo toda la vida aquí y nunca me he subido a una de esas.

SILVIA:  Las primeras veces siempre son especiales, y más con una chica como yo.

 

Mientras termina esta frase pretenciosa, me guiña un ojo al tiempo que sonríe, destartalando cualquier reserva que yo pudiera tener sobre ella. Puede que tenga novio, puede que le haya robado mi número a su amiga, puede que se haya borrado del mapa para desaparecer conmigo, pero, a fin de cuentas:  ¿qué problema hay con esto? ¿Acaso me preocupa que sea un poco puerca? Hay cerditas que son de lo más cucas, ¿no?

Me coge del brazo al tiempo que andamos por la orilla del río. A este paso tan lento, nos llevará más de diez minutos llegar a nuestro destino, pero no hay prisa; me siento cómodo y tranquilo.

El caso es que esta rubia juguetona está tan buena como Noelia y yo no soy quien para cortarle las alas, ¿no crees?

 

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