CAPRICHO DE NIÑERA

MIA 1

 

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-sábado 23 junio-

Carlo conduce su oscuro coche de gama alta junto a su mujer. Es media noche y amenaza tormenta; por de pronto, algunas gotas empiezan a estamparse en el parabrisas, mimetizando el rojo de los faros traseros de los coches que les preceden.

Han ido al teatro, pero ya están de regreso. Su casa está situada en el barrio residencial más suntuoso de Augusta; no en vano, los dos tienen profesiones altamente retribuidas.

Beatriz está metida en política y Carlo, a sus cincuenta y dos años, es un prestigioso escritor que ha vendido millones de libros en todo el mundo. Galardonado en los más importantes certámenes literarios, goza de fama internacional.

 

BEATRIZ:  No lo sé, Carlo. No me gusta esa niña.

CARLO:     Fuiste tú quien quiso contratarla.

BEATRIZ:  Me equivoqué. ¿Es que tú nunca te equivocas?

CARLO:     Ahora estaría feo decirle que no venga más y contratar a otra.

BEATRIZ:  Podemos contratar a una cuidadora profesional. Nos daría más garantías.

CARLO:     ¿Pero de qué hablas? Si Mía es un ángel y se lleva muy bien con las niñas.

 

Después de activar el intermitente, Carlo voltea ese volante forrado con piel negra, para encaminar el auto por su calle. Al fin han llegado a casa. Una cálida luz se asoma por algunas de las ventanas de tan lujosa vivienda, nutriéndola de vida.

 

BEATRIZ:  Tú espera aquí. Querrá que la lleves.

CARLO:     Pero si vive a solo unas manzanas.

BEATRIZ:  Pero ¿no ves que está a punto de estallar una tormenta? No seas así.

 

Un sonoro portazo pone fin a esa conversación mientras Carlo, retocando sus gafas, acierta a darle la razón a su mujer. Es verdad que las gotas de lluvia cada vez son más insistentes.

Creo que Beatriz está celosa. Ahora que es verano, Mía va más ligera de ropa y… resulta que no es tan pequeña como parece. Menudas tetas tiene la niña. ¿Quién lo iba a decir? Con esa escasa estatura y esa carita de muñeca

La canguro de los Velarde es la hija de un amigo, compañero de trabajo y vecino de Beatriz. Ella es muy joven pero también muy responsable y madura para su edad. Es estudiosa, reservada y tiene mucha paciencia con Astrid y con Kiara. Por si fuera poco, ha leído muchos de los libros de Carlo y tiene una inquietante, aunque recatada admiración por tan exitoso escritor.

Tan segura que es mi mujer para todo lo demás… Parece mentira

La esposa de Carlo es una mujer de armas tomar. Ya de pequeña zurraba a los niños de su clase y, ahora que es madre, educa a sus hijas con mano firme e implacable disciplina. Da mucha guerra en el seno de Populus: un partido político, de nueva cuña, que ya lleva unos años en auge y que empieza a interferir en los intereses de los poderes más tradicionales.

A pesar de haber superado la treintena, se trata de una mujer muy hermosa que se mantiene joven y en forma. Va al gimnasio y corre por las mañanas, a primera hora. No se maquilla en exceso, pero cuida su cutis con dispares cremas y tratamientos. Un flequillo intransigente, de pelo negro, dota su oscura mirada de cierta frialdad, pero en el fondo es una persona afectiva con una gran sensibilidad artística; no en vano, solía verter su talento creativo sobre lienzos, cuando no era una mujer tan ocupada.

No se puede decir que haga muy buena pareja con Carlo; al menos a primera vista. Si bien él es más alto que ella, las dos décadas que les separan llaman la atención de quien se percata de su matrimonio, pues él ya luce muchas canas y sus notables entradas capilares no le ayudan a aparentar menor edad.

Sentado en el asiento de su coche, Carlo solo oye a Mozart mientras observa como esa niñera adolescente se despide de Beatriz y se apresura a dirigirse hacia él, intentando sortear las gotas de una lluvia creciente. Finalmente, abre la puerta:

 

-Hola, señor Velarde-   dice con su aguda voz al tiempo que entra en el coche.

-Llámame Carlo, por favor; ya te lo dije-   encendiendo de nuevo el motor.

-Lo siento. Es que se me hace un poco raro-   con risa nerviosa, tras cerrar la puerta.

-Tienes que relajarte más conmigo, que no voy a morderte-

 

Mía le responde con una muda expresión llena de significado, humedeciéndose los labios con su jugosa lengua. Carlo le mantiene la mirada demasiado tiempo, consternado por esa belleza casi naif, bajo la condicionada luz que consigue proyectar la farola a través de una ventanilla cada vez más salpicada.

 

CARLO:   Bueno, en seguida llegamos a tu casa.

MÍA:       No. Voy a casa de mi padre. En el centro. Pensaba que lo sabía. Lo siento.

CARLO:   Ah. ¿Es que tus padres no viven juntos? Yo pensaba que…

MÍA:       No. Se divorciaron después de navidad. Se llevaban fatal.

CARLO:   Es muy raro que Beatriz no me lo contara. Es amiga de tu padre.

MÍA:       Bueno. La verdad es que mi padre también está peleado con ella.

CARLO:   ¿Con Beatriz? ¿Por qué? ¿Es que no me cuenta nada esta mujer?

MÍA:       Cosas de la política. Disciplina de partido, apoyos, jerarquías de opiniones…

CARLO:   Ahora lo entiendo todo.

MÍA:       ¿Qué es lo que entiende?

CARLO:   Nada… Bueno sí… Mi mujer quiere despedirte. Más vale que estés advertida.

MÍA:       Nuuuu. Pero si yo quiero mucho a sus hijas.

CARLO:   Ya lo sé. Y créeme, ellas te adoran, pero…

MÍA:       Yo no tengo la culpa.

 

La entonación de Mía parece llevarla al borde del llanto, pero es solo una pose. Suena música clásica, acorde con el elegante interior del auto. El bajo volumen de las cuerdas sucumbe al ruido de la lluvia que, ahora sí, golpea con más fuerza esos impecables cristales oscuros. Carlo, ya conduciendo, sonríe y niega con la cabeza en un gesto que no pasa desapercibido.

 

-¿Qué?-   pregunta Mía invadida por la curiosidad.

-Nada, nada. Déjalo-   más enigmático de lo que pretendía.

-Vamos. No me haga esto-   con tono infantil de súplica.

 

Carlo no quería desvelar su relato, pero, llegados a este punto, piensa  “¿Qué más da? Y se arranca con su inadecuada hipótesis:

 

CARLO:   Pensé que Beatriz estaba celosa y que por eso no te quería cerca de mí.

MÍA:       ¿Celosa? ¿De qué? No lo entiendo.

CARLO:   No lo sé. De que me sedujeras o de que yo me fijara en ti.

MÍA:       ¿Y no podría ser verdad?

CARLO:   A ver… Mía… eres una niña preciosa, pero…

MÍA:       Noooh. Digo que… … que ella estuviera celosa. Que Beatriz pensara que…

CARLO:   Ahora que me has contado lo del divorcio y lo del enfado con tu padre…

MÍA:       Pero eso no dice nada en mi contra. Ni me descalifica como niñera.

 

Carlo no responde a eso. Conduce por una vía que dibuja la costa de la ciudad. Sin dejar de atender a la carretera, pulsa una sola tecla en su manos libres:

 

-Dime-   se escucha, con femenina pronuncia telefónica.

-Cariño, estoy llevando a Mía a casa de su padre, en el centro-

-Sí. No me acordaba que me avisó ayer y le confirmé que la llevaríamos. Está bien-

-¿Cómo están las niñas?-

-Kiara ya duerme y Astrid se está lavando los dientes. Corto; conduce con cuidado-

 

Beatriz a colgado sin siquiera despedirse. Carlo esgrime un profundo suspiro mientras mira a su joven acompañante. Ella le observa con interés en el preciso momento que una eventual iluminación frontal hace brillar sus grandes ojos azules místicamente. Un lento parpadeo, de largas pestañas, abanica su curiosidad al tiempo que siguen pisando el asfalto mojado.

 

M:  Ella es Claudia. ¿No Mauricio?

C:    … … … No se te escapa una ¿eh Mía?

M:  Su mujer ha leído ese libro. Estoy segura.

C:    Sí. Aunque no creo que se viera reflejada en ese matrimonio sin pasión.

M:  Pero usted hablaba de su vida en ese libro, de ella… Usted es Mauricio.

C:    A ver. No saques conclusiones precipitadas. Todo escritor vierte un poco de su vida en cada una de sus novelas. Hay un poco de mí en Mauricio, un poco de Beatriz en Claudia, un poco de nuestro matrimonio en el suyo… Eso no significa que…

M:  Ustedes siempre discuten; muy educadamente, eso sí.

C:    Todos los matrimonios se pelean cuando llevan muchos años juntos.

M:  Pero muchas tienen un trasfondo apasionado. Una apuesta emocional. Discuten sobre la manera de demostrar su amor, el modo de implicarse en la relación. ¿A cuánto está la apuesta de su partida?

C:    Pero ¿tú te estás escuchando? ¿Qué niña de tu edad habla con esas palabras?

M:  Una que lee mucho.

C:    ¿Ese es el último libro que te has leído? ¿Me habías leído antes de conocerme?

M:  Sí y sí. Y… …tengo que decirle que le admiro mucho por su talento literario.

C:    Me halagas. Nunca pensé que mi prosa pudiera llegar a gente tan joven.

M:  Creo que, a través de su obra, le conozco muy íntimamente.

C:    Eso es un poco presuntuoso, Mía.

M:  ¿Por qué? Usted mismo ha dicho que hay un poco de su persona en cada libro.

 

Carlo siente una extraña sensación de desnudez cuando espera que el semáforo le alumbre con su preciada luz verde. Intuye que la niña ha leído muchos de sus libros en las últimas semanas y que, a cada línea, ha intentado establecer lazos entre la realidad y la ficción; entre el escritor y sus personajes; una relación mucho más cercana de lo que él mismo se ha atrevido nunca a revelar. Esa pausa muda tiene que acabar ya:

 

CARLO:   Por fin estamos llegando. ¿En qué calle vive Javier?

MÍA:       Jaime primero… treinta y seis… ¿Por fin? ¿Es que se le ha hecho largo el viaje?

CARLO:   No, no. Claro que no. Han sido… … nada. Cinco minutos.

MÍA:       Me ha parecido un instante. Quisiera que mi padre viviera mucho más lejos.

 

Carlo guarda silencio, mientras maniobra, para procesar esas últimas palabras. Es la primera vez que Mía verbaliza el deseo de pasar tiempo junto a él más allá del interés que le suscita su obra literaria; más allá de sinuosos gestos o interpretables insinuaciones; más allá de una admiración platónica que no osa desafiar tan infranqueable barrera generacional.

 

-Podemos… … podemos tardar un poco más en llegar-   inundado de dudas.

-¿Cómo sería posible eso?-   eludiendo deducciones obvias.

-Puedo dar un rodeo. Puedo acercarme al mar… … Conozco un mirador que…-

-¿No será un sitio para ligues?-   con cierta picardía.

-!Claro que no!-   protesta ofendido   -¿Crees que voy ligando a espaldas de Beatriz?-

-Entonces ¿le va a contar que me ha llevado a un mirador? para estar más conmigo?-

-No, déjalo-   algo molesto.

 

Carlo dota de brusquedad su conducción mientras recupera el rumbo, momentáneamente debilitado, de su ruta. Su mirada, fijada sobre el pavimento, se ha vuelto fría. Mía tarda unos instantes en suavizar esa situación con su angelical voz.

 

-Quiero ver esas vistas marítimas-   ajena al enfado contenido de su chofer.

-Será mejor que no… … .. No me gusta que jueguen conmigo-   dando voz a su orgullo.

-Perdóneme, Carlo. No quería ofenderle. Todavía soy una niña y las bromas son inherentes a mi carácter. No lo puedo evitar-   se excusa con una voz aún más aguda.

-Dime tú que niña usa palabras como “inherente”, “trasfondo”. Dime que niña usa metáforas como “apuesta emocional”…-

-La metáfora sería la… … “la partida” ¿no?-   le corrige   -¿A cuánto está la apuesta?-

-Se perfectamente de dónde has sacado este concepto-   negando con la cabeza.

-¿Se cree que le digo que leo sus libros sin leerlos realmente? ¿A caso piensa que me resbala su retórica? ¿Que no aprendo de ellos? Usted sí sabe motivarme para la literatura. Debería saber que es mucho mejor maestro que Encarna, mi señu; que su capacidad para empatizar con tan distintas personalidades me estimula de un modo mucho más íntimo del que puedo explicar. Y sí, ya sé que todo es ficción, pero estoy segura que detrás de tanta fantasía hay una buena dosis de realidad. Es este misterioso binomio lo que tanto me atrae de usted. El reto de conocerle a través de sus historias; sacar el entresijo a base de poner atención a los detalles más reincidentes. Estoy segura de que, si su mujer leyera con más atención su obra, vería destellos rojos y sirenas de alarma… … … … !Anda! !Qué chulada!-

 

Carlo gira la llave para apagar el motor, dotando de un súbito silencio a ese nuevo escenario. El coche permanece detenido en lo alto de la muralla románica, a cierta distancia del siguiente foco lumínico, en un rellano que escapa de esa anacrónica carretera que tan bien aprovecha la altura de dichas construcciones milenarias. Tal anacronismo podría equipararse al de un vocabulario que incluye: binomio, señu, retórica y chulada…

 

-¿Este es el sitio que me decía?-   con un interrogante lleno de entusiasmo.

-No. El mirador está a un par de kilómetros más al norte. Este sitio lo he encontrado de casualidad ahora, en cuanto he sentido la necesidad de detener nuestra marcha-

-¿Y por qué ha tenido que parar? ¿Es por todo lo que le estaba contando?-

 

Mía ha dejado de observar el exuberante océano que se exhibe, bajo la luz de la luna llena, para regresar su atención hacia su interlocutor. Carlo permanece en silencio. Solo unos cinco metros los separan de la carretera de la que provienen, pero un gran arbusto, que parece especialmente diseñado para la ocasión, les nutre de una cierta discreción frente a los faros que, siguen curioseando a su paso.

 

CARLO:   Nadie diría que estamos tan cerca del centro de la ciudad.

MÍA:       Caprichos de la naturaleza. Si no fuera por este enorme pedrusco esto estaría lleno de casas y edificios.

 

Augusta tiene una geografía curiosa en su perfil más costero. Un gran monte rocoso invade la urbe dándole forma de un comecocos ochentero que intenta darle un mordisco al mar. Un agradable silencio, que dista mucho de la incomodidad, les acompaña mientras observan tan bello paisaje nocturno. La lluvia ha ido menguando y cada una de las gotas que aún impactan sobre el cristal parece ser la última.

 

-Soy un hombre muy engreído, Mía. Puede que saber eso me quite un poco de arrogancia, como la consciencia de su propia locura rebaja la demencia de un loco; pero, aun así, nada me satisface más que la admiración de los demás: aplausos, premios, ventas, difusión, notoriedad… es una droga dura para mí-

 

Un lejano trueno pone punto y final a esta elocuente confesión alimentándola de dramatismo. Los atentos parpadeos de Mía no aspiran a pronunciar ninguna réplica.

 

CARLO:   ¿Es que no vas a decir nada?

MÍA:       Si digo lo que pienso me va a perder el poco respeto que me tiene.

CARLO:   ¿Pero qué dices? Te respeto, Mía. Cuanto más te conozco más te valoro.

MÍA:       ¿Valoraría igual a una loca? Porque estoy un poco loca… … aunque no mucho.

CARLO:   ¿No mucho? ¿Cómo es eso?

MÍA:       Si estuviera muy loca no sabría que estoy loca. Como usted decía antes.

CARLO:   ¿Pero por qué? No te entiendo.

MÍA:       Porque quiero hacer cosas malas… … ahora… … aquí… … con usted.

 

Carlo relaja su postura mientras divisa ese profundo horizonte oceánico. Respira hondo. Se siente como si fuera el protagonista de una de sus novelas que, finalmente, deja de ser definido solo por miles de palabras y se adentra en el mundo de lo real. Es un hombre íntegro, pero no es de piedra. Mía es una chispa de luz intensa que ningunea la pasión de un matrimonio apagado.

 

MÍA:       He visto cómo me mira, desde hace días.

CARLO:   Yo no pretendía…

MÍA:       Claro que no. Usted es un hombre educado, no como los niños de mi clase.

CARLO:   Podría ser tu padre, Mía. ¿Qué digo? … … incluso podría ser tu abuelo.

MÍA:       Sé que eso le gusta. No me diga que no. Le conozco mejor de lo que cree.

CARLO:   No sabes nada de mí.

 

Intenta mostrase molesto, pero las palabras de Mía son certeras a la hora de definir su tesitura. Su aplomo no aguantará demasiado en pie frente a tan perniciosas perspectivas carnales.

 

M:  Sé que su mujer era alumna suya y que lo que más le atrajo de ella era su juventud.

C:    Eso no tiene nada que ver.

M:  Claro que sí. Beatriz le admiraba cuando usted daba clases de ciencias políticas en la universidad. Ya entonces era un hombre muy respetado en la comunidad académica. Dejó a su primera mujer por una alumna mucho más joven. Pero los años han ido pasando y… Ella ya pasa de los treinta.

C:    Pero es que ella… … ya es mucho más joven que yo.

M:  Podría ser su padre… … y mi abuelo si apuramos un poco. Puede repetírselo una y otra vez, pero eso no hará más que avivar su deseo por mí.

C:    … … … … ufh… … ¿Qué es lo que quieres, niña?

M:  Quiero que recline su asiento… … … del todo.

C:    Pero ¿acaso sabes lo que… … lo que haces?

M:  No mucho, pero he soñado con esto, y sé que usted es demasiado decente para llevar la iniciativa con una niñita tan joven. Solo toque un botón y yo haré el resto.

 

Carlo busca entre las tenues lucecitas del salpicadero. Tras localizar su objetivo, aún vacila unos momentos; puede que para darle un poco de relieve a su moral vencida o, simplemente, para no parecer ansioso. Solo alcanza a señalarlo antes de que su avispada acompañante le tome la delantera y lo pulse con su puntiagudo dedito de uña pintada de rosa pálido.

El modo en que ese oscuro asiento de piel acuna al escritor, en tan uniforme declive eléctrico, llega a resultar cómico en un contexto tan atípico. Mía esboza una sonrisa al contemplar la inerte compostura de su víctima.

Las palabras parecen haber sido desterradas del elegante y oscuro interior de ese Audi, como si su lascivo secreto fuera más estanco bajo tal manto de silencio. La cabina es tan hermética que apenas se puede escuchar el canto de los grillos que, a escasos metros, son el único público para tan libertina función.

Con la mirada fijada en el techo y los dedos de ambas manos entrelazados sobre su barriga, Carlo espera, temeroso de Dios, los acontecimientos que están a punto de arrollarle. Nota un sutil balanceo de la suspensión que delata la movilidad de Mía, quien, por su cuenta, se está desnudando de un modo mucho más proactivo. Él ni siquiera se atreve a mirarla y cierra los ojos.

No tarda en sentir cómo el pequeño y ligero cuerpo de su niñera se encarama encima de él, con cautelosos movimientos, provocando una sublime cuadratura labial de lo más asimétrica.

El cincuentón escritor regresa, fugazmente, casi cuatro décadas atrás, cuando le dio su primer beso a una prima lejana; en su pueblo natal; en el verano del setenta y ocho. Mientras saborea los tiernos labios de la chica, intenta liberarse de sus complejos físicos, pues su soberbia intelectual nada tiene que ver con el orgullo que le suscita su propio cuerpo maduro.

Mía se encuentra en un plano muy distinto. Su atracción por ese hombre nunca podría emanar de unos abdominales marcados o unos bíceps poderosos. Ella es una chica mucho más cerebral. Le abruma el intelecto, la experiencia, el talento y el mundo que tiene su presa. Se siente intimidada y vulnerable por la seriedad de ese hombre tan distinto a los niños con los que le tocaría experimentar en circunstancias normales. Atrevida como nunca, está pisando terreno pantanoso, sometiendo la voluntad de ese dócil barón.

Esos respetuosos besos están perdiendo la inocencia a medida que ambas lenguas entran en tan mojada escena.

Las grandes manos de Carlo trepan por los muslos de la chica sin encontrar ninguna prenda de ropa interior. No tarda en comprobar que una ancha camiseta blanca es lo único que protege ahora la desnudez de su joven acompañante.

Finalmente, se decide a apoderarse de esas precoces tetas que tanto le habían llamado la atención días atrás. Son grandes y firmes; más duras que ningunas que haya tocado nunca. En un cuerpo tan pequeño, adquieren mayor protagonismo y nutren la silueta de la chica de una sexualidad anormalmente pronunciada a tan tierna edad. Los dedos de Carlo deambulan, con premura, por debajo de esa permisiva camiseta que suele tener un papel decorativo sobre otras prendas ahora en el exilio.

Turbado, no puede evitar apretar esos turgentes pechos adolescentes demasiado fuerte, arrancando el primer gemido dolorido de esa mosquita muerta que está pisoteando, vilmente, su honrosa rectitud.

Mía pone un poco de pausa a sus perniciosos entuertos vocales para desabrochar la camisa negra de tan entregado adúltero. Un pecho peludo y canoso hace acto de presencia sobre una barriga razonable e igualmente velluda. En el preciso momento en que nota cómo la chica le desabrocha los pantalones, Carlo toma consciencia, por primera vez, del certero desenlace que le espera a esa indecente situación.

El alzamiento de su erección ha sido tan lento que en ningún momento ha tenido relevancia, pero llegado el momento de dar la talla, ese pedazo de carne está a punto de caramelo. Su aparición es estelar y le arranca una sutil exclamación a Mía:

 

-!Oooh! Que pedazo de polla que tiene ahí. Se la tenía muy callada-   susurra.

-¿En serio vas a seguir tratándome de usted a estas alturas?-   desconcertado.

-Es que yo tengo un gran respeto para las personas mayores-   entre risas.

 

Mía se sube un poco la camiseta y acomoda su postura para poder empezar a restregar su virginal choco inundado a lo largo de ese miembro tan viril. Carlo acompaña esos movimientos pélvicos sujetando, fuertemente, tan redondas nalgas.

Cabría pensar que unos atributos tan recatadamente vestidos no serían dignos de ser laureados, pero lo cierto es que, tras haber disfrutado de unas tetas tan sublimes, Carlo no descarta que esas suaves redondeces anales sean el mejor relleno imaginable para sus golosas manos.

Una imperiosa impaciencia bilateral se apodera de la motricidad de ambos cuerpos. Ese libidinoso balanceo se ha ido intensificando a medida que la chica magreaba el nutrido torso de su amante, quien dobla sobradamente su peso; Carlo no es gordo, pero tiene cierto grosor y una altura considerable.

 

-No quiero tener un bebé tan pronto-   susurra con picardía.

-No te preocupes, Mía. Me hice la vasectomía después de Kiara-

 

Sin mediar más palabras, la chica se mete ese duro falo con cuidado. Se muerde el labio y emite ciertos gemidos que revelan su desfloración de un modo tácito. Haciendo uso de su valentía, no pone límites a la profundidad de esa gloriosa penetración.

 

MÍA:      OooOh… … sí… … folleme, señor Velarde… … hhh… … fólleme bien.

CARLO:  Hhh… … hhh… … ¿Cómo puedes?… … hhh… … no me llames… … hhh…

 

Contra toda lógica, y a pesar de su discreta oposición, al señor Velarde le calienta mucho que esa nena lo llame por su apellido.

Carlo se siente tan bien acogido que una cálida y embriagadora sensación nubla su mente. Hacía mucho tiempo que no entraba en una mujer, ni dentro ni fuera de su matrimonio. Su erotismo había quedado relegado a ficticias figuras literarias, pero ahora, esa niña ha puesto punto y final a la prematura jubilación de su fogosa virilidad. Una vez ahuyentadas todas sus contradicciones, una placentera sensación de gratitud inunda su corazón.

La cabalgada se va acelerando, salvajemente, flexionando los amortiguadores de ese ostentoso auto que, desde fuera, define un elocuente vaivén más propio de otros lares y de otros protagonistas que no de esa inédita pareja improvisada.

 

MÍA:      Que bieen… … que bieeen… … sí… … síií… … síiíií…

CARLO:  ¿Te gusta Mía?… … ¿te gusta?

MÍA:      Me encantaah… … es lo mejoOor…

CARLO:  Eres mía… …hhh… …hhh… … ahora eres mía.

MÍA:      Soy suya… … síiíiíií… … oOoOh…

 

La ajetreada intimidad que zarandea esa cabina empieza a verbalizarse con sonoros jadeos de muy distinto tono; y es que la aniñada voz de Mía dista mucho del profundo tono de su galán.

Carlo se siente afortunado por su aguante. Cuando era joven, en su plenitud sexual, no hubiera resistido tanto tiempo, pero parece que los años, en este caso, juegan a su favor. Sabe que esta puede ser la única vez que disfrute de su angelical niñera y no quiere desperdiciar tan valioso premio. Intenta tomar conciencia de cada gesto, de cada caricia, de cada gemido… No quiere que sus manos descuiden un solo rincón del cuerpo de la niña: ni una sola curva descuidada, ni un solo magreo olvidado.

La poca luz lunar de la que dispone le capacita para observar el enérgico traqueteo que dibuja el claro pelo de su pequeña pasajera. Ella no para de hacer rodar sus nalgas sobre su cintura mientras sus grandes tetas revolotean dentro de la camiseta.

 

MÍA:      Aaai… … aaahy… … hhh… … hhh… … oOh…

CARLO:  ¿Te duele? … … hhh… … ¿Te duele el grosor de mi polla?

MÍA:      Sí… … La tienes demasiado… hhh…  demasiado gorda… … nunca pensé que…

 

Una pertinente relajación da lugar, de nuevo, a unos besos babosos y ya muy desatados que fusionan ambos alientos extasiados de cansancio.

Mía no ha rebajado el ritmo porque sí, pues se está corriendo de un modo extraño que ni siquiera ella sabría explicar. Nunca antes le había sucedido algo así. No se trata de una sola explosión arrolladora. Son una multitud de orgasmos que se encadenan como si de las balas de una ametralladora de placer se tratara. Su gozo es inédito:

 

MÍA:  Siíiíiíií… … oOh… … que bieeeeeeen… … que bieeen…

 

A medida que consigue volver un poco en sí, Mía vuelve a envalentonarse e intensifica su trajín pélvico para poder así seguir persiguiendo la estela de sus placenteros estallidos.

La postura que han adoptado le otorga a ella el máximo protagonismo, pero su maduro cautivo no se conforma precisamente con una actitud pasiva. Carlo pone todo lo que puede de su parte para dar vigor a cada una de esas obscenas embestidas al tiempo que nota llegar su gran advenimiento.

Largos años habían dejado en el olvido esas maravillosas sensaciones que tanto sentido dan a la existencia de un hombre. Dicha demora hace aún más excepcional esta peculiar hazaña.

Un tono preestablecido de llamada empieza a sonar:

 

“Triiiiiiiiiiiith… … … Triiiiiiiiiiiith… … … Triiiiiiiiiiiith… … …”

 

+ Carlo ¿Estás ahí? ¿Hola? Pásate por el veinticuatro horas y compra un par de briks de leche que nos hemos quedado sin para desayunar mañana.

 

A penas pueden rebajar el ritmo mientras Beatriz se hace partícipe, sin ella saberlo, de ese bochornoso altercado extramatrimonial. Esa oportuna anécdota sonora termina de calentar a Mía, quien implosiona en un nuevo orgasmo, esta vez más oclusivo y definido, que le quiebra la voz al tiempo que derrama un par de lágrimas emocionadas.

 

MÍA:  !oOoOh!… … !!oOoOH!!… … !!!ooOh!!!… … !!síiíií!!… … !!!por DiooOs!!!

 

Para Carlo, la intrusión de su mujer ha tenido un efecto bien distinto. Una bocanada de pánico ha frenado su eyaculación y le permite aguantar todavía un poco más. Aun así, el explícito clímax de la pequeña niñera revierte la situación y termina por verter la caudalosa eyaculación del escritor dentro de la chica.

Extasiado, Carlo siente cómo su sistema nervioso se funde y se va derramando dentro de esa tierna chiquilla, quedando él desparramado como un simple residuo invertebrado.

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ESCONDITE

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-lunes 25 junio-

Felicia está de pie, en la cocina, leyendo las calificaciones escolares de su hija. Le sorprende su propia apatía frente a unos resultados tan excelentes, pero es que una está tan bien acostumbrada… Prácticamente, solo repara en el notable de educación física: su peor nota. Se dirige al comedor, donde Mía lee uno de los primeros libros de su autor favorito, acomodada en el sofá, con la tele apagada:

 

FELICIA:  Mi solete… Tus notas son las de siempre, pero es que no se pueden mejorar.

MÍA:       Bueno, mamá. Podría subir en gimnasia, pero es que no tengo mucha fuerza.

FELICIA:  No hagas caso. No puedes ser perfecta en todo. Tu fuerza está en tu interior.

MÍA:       Eso díselo a papá. Él quisiera que me apuntara al equipo de básquet.

FELICIA:  Pero ¿qué dice ese tonto? Si eres un tapón. No tiene idea de cuál es tu valía.

MÍA:       Vamos. No empieces a meterte con él. Ya lo tienes lejos. Es lo que querías.

FELICIA:  Es mejor así. Estamos mejor. Ahora ya puede irse con esa fulana del partido.

MÍA:       Eso son invenciones tuyas. Silvia solo es una amiga.

FELICIA:  Como si no conociera a tu padre. Tendría que ser como Carlo. Él sí que es un hombre respetable y comedido. El suyo es un matrimonio envidiable.

 

A Mía se le escapa la risa por debajo de la nariz mientras observa cómo su madre se encamina otra vez hacia la cocina.

Si tú supieras, mamá…

Ya no volverá a concentrarse en su lectura. La impaciencia le puede. Ya solo le quedan un par de horas antes de volver a ver al autor del libro que sostiene con sus manos; al autor de los mejores orgasmos de su corta vida; y es que la extinción de su virginidad lleva la firma de señor Carlo Velarte. El suyo es un amor platónico que ha dejado de ser tan platónico. Mía es una niñera que ha dejado de ser solo una niñera y Carlo es un vecino que ha dejado de ser solo un vecino.

Han pasado ya un par de días desde que fueron perpetrados esos vergonzosos altercados sexuales en el interior del coche de su tan maduro amante, frente al mar. La chica se humedece solo de recordarlo:

“Deberíamos darnos prisa… Antes de que tu mujer te eche de menos… Todavía tienes que ir a comprar leche al badulaque, ja, ja, jah”

Carlo estuvo muy callado el resto del viaje, como si por una vez hubiera olvidado su impecable dominio de las palabras. Incluso la despedida, aunque cordial, fue un tanto fría, pues unos momentos de indecisión terminaron por descartar un beso que hubiera tenido connotaciones demasiado inciertas: mejilla, boca, largo, corto, lengua… Dada la poca intimidad de la que gozaban, en plena calle, no hubiera sido muy adecuado; pero es que, después de todo lo que acababan de vivir… Es muy difícil sacar una conclusión, pero más difícil es resignarse a saber tan poco.

 

****

 

De pie, al lado de la fuente que hay en el amplio pasillo que conecta las distintas oficinas de la sede central de Populus, Unai y Blasco tienen una conversación informal antes de preparar la reunión que les espera esta tarde. El uno es el presidente del partido y el otro es el tesorero.

 

UNAI:      A cada nueva legislatura nos salpican asuntos más turbios.

BLASCO:  Es lo que tiene ganar tanto peso en el parlamento. Somos el foco, ahora.

UNAI:      Habrá que acostumbrarse a que nos echen mierda desde todos los frentes.

BLASCO:  Javi lo está haciendo bien en comunicaciones. Hubiera sido buen portavoz.

UNAI:      Menudo cabreo se traen con Bea por ese asunto.

BLASCO:  Ni que lo digas. No hay día que no se tiren los platos por la cabeza.

UNAI:      Sabes que la hija de Javi le hace de canguro a las hijas de Bea.

BLASCO:  No me digas. ¿En serio?

UNAI:      No me lo explico, pero oye: A esa niña hay que ficharla para la campaña.

BLASCO:  ¿A la hija de Javi?

UNAI:      Tú no has visto lo mona que es. Parece una muñequita de porcelana.

BLASCO:  ¿Quieres que sea nuestra imagen para las próximas elecciones? Pero ¿cuántos años tiene? Es menor ¿no?

UNAI:      Sí, bastante menor, pero oye: unas tetaaas..

 

El sexagenario presidente susurra esa última observación al tiempo que arruga su rostro y hace el gesto de sostenerse unos enormes pechos propios e imaginarios. Blasco, incómodo, le dedica una mueca de negación a modo de censura.

 

****

 

-Hola, señora Velarde-   Mía saluda alegre y amable, como siempre.

-Ya estás aquí. Justo a tiempo-   mientras termina de calzarse sus zapatos de tacón.

-Ya sabe que soy una chica muy puntual-   orgullosa de sí misma.

-Solo faltaría que, viviendo solo a dos manzanas, osaras llegar tarde-   con desprecio.

-No, claro que no. Tiene razón. No pretendía parecer…-   interrumpida.

-¿Es que no entiendes que para una mujer joven no hay peor insulto que la llamen de usted? Ya te lo advertí, Mía. Vuélveme a tratar de usted y estás despedida-

-… … … De acuerdo… … Beatriz-   inundada de estupor.

 

Sin siquiera despedirse, la señora de la casa pone punto y final a esa conversación con un portazo notable. Mía no da crédito. Últimamente había notado un enfriamiento de esa relación que antaño había sido muy cariñosa, pero esta hostilidad tan evidente supera, de largo, cualquier ofensa previa. Escucha, proveniente del salón, el sobreactuado doblaje de una película de animación. Nada más entrar en escena, la chica recibe un caluroso recibimiento de la mano de sus niñas preferidas:

 

KIARA:    Hola, Míaaah.

ASTRID:  Míaaaaaaaaaah. Qué bien que has llegado. !Hemos hecho galletas!

MÍA:       ¿En serio? ¿Qué bien? ¿Queda alguna para mí?

KIARA:    !Xiiiiiiiii!

 

Mía se acomoda en ese confortable sofá. Adora ese trabajo. La paga no es portentosa, pero las condiciones son inmejorables.

 

****

 

Carlo conduce de camino a casa. Hoy ha tenido una importante reunión con el representante de su principal editorial. Ha sido un evento muy placentero. Cuando un escritor es tan cotizado tiene la paella por el mango en cualquier negociación. Su nuevo libro llegará a ser el más rentable de toda su obra y no hay editor que se resista a tan abultada tirada.

Mientras aparca el coche frente a su casa, otra inquietud, algo más urgente, se apodera de su pensamiento:

Mía estará esperándome en casa. Será la primera vez que la vea desde lo del sábado. Muchas son las implicaciones de unos sucesos tan inapropiados. Por de pronto: he pensado demasiado en ella, he soñado con la perpetuación de mi adulterio e incluso me he realizado tocamientos impuros con ese solo pensamiento

 

-Hola, señor Velarde-   saluda Mía con Kiara encima de ella en cuanto Carlo aparece.

-!Hola, papá!-   pronuncian las niñas con una sincronización que parece ensayada.

-Hola, pequeñas-   jocosamente, recibiendo un entusiasmado abrazo por partida doble.

 

Mía no ha obtenido más respuesta, para su pomposa salutación, que una curiosa mueca, divertida a la vez que extrañada, por un trato tan poco pertinente.

 

MÍA:       Qué pronto ha llegado a casa. Apenas llevo dos horas aquí.

CARLO:   Es que mis editores no me discuten nada. Me quieren a cualquier precio.

MÍA:       ¿Cómo no?… … No son los únicos.

 

La picardía de la chica hace gala de una peligrosidad completamente estéril a los oídos de las niñas. Con sus respectivos tres y cinco años, Kiara y Astrid tienen una capacidad nula para captar indirectas e insinuaciones. No obstante, Carlo padece de cierto alarmismo y así lo expresa con otra expresión muda y teñida de urgencia.

 

MÍA:       Estamos viendo Frozen. Les encanta. La han visto treinta veces.

CARLO:   ¿En serio niñas? ¿No os cansáis?

ASTRID:  No, que va.

MÍA:       Yo las entiendo. Cuando una cosa me gusta, quisiera repetirla una y otra vez.

 

Carlo mantiene su cara de póker y ni siquiera mira a su niñera. Algunas de las dudas que arrastraba, durante las últimas horas, se han aclarado sin siquiera tener que pronunciarlas en voz alta.

Mía quiere más, pero yo no lo tengo nada claro. Soy un personaje público y un escándalo sexual de esta índole podría empañar mi honorable estatus social

Se da cuenta de que esa amenaza no amedrenta su deseo, sino que lo alimenta morbosamente. El peligro de lo prohibido: uno de los temas más recurrentes en sus novelas.

 

KRISTOFF:  Por favor… es un palacio fabricado con hielo. El hielo es mi vida.

OLAF:         Hasta luego, Kristoff.

ANNA:       Igual tú, Olaf… … solo dadnos un minuto.

 

****

 

Beatriz intenta aparentar tranquilidad sentada elegantemente, con las piernas cruzadas y la espalda muy erguida. Solo unos sutiles gestos permitirían, a un atento observador, percibir su tensión interna: su modo de maltratar el bolígrafo, los tics nerviosos de su mano izquierda, el tembleque de su rodilla… La discusión de los varones del partido parece no avanzar, en torno a esa mesa redonda de madera negra, y el obstinado silencio de la única mujer asistente no parece agilizar el proceso.

Una sola idea ha rondado por su cabeza durante todo el día: celos. Esta vez sí. Celos en mayúsculas. Carlo suele hablar en sueños y esta noche ha sido un buen ejemplo de ello. A veces menciona a personajes de sus libros, como si estuviera viviendo la trama que luego escribirá; pero esta noche su tono era muy distinto. Jadeos extasiantes, sollozos de placer y un solo nombre de protagonista: Mía.

Esa malnacida. Pero ¿cuántos años tendrá? !Si es una niña!

Quizás no le daría tanta importancia si no conociera tanto a su marido; si no supiera cómo le atraen las chicas jóvenes; si no hubiera sido ella, una vez, quien uso sus juveniles encantos para hacer añicos su anterior matrimonio. Carlo engañó a su exmujer durante meses mientras se acostaba con su alumna preferida. Son cosas que nunca se supieron y que en ningún caso aparecen ni aparecerán en biografías pasadas o futuras.

Enajenada de la conversación a la que asiste, mira su reloj por enésima vez. Son las siete pasadas.

Esos dos ya se habrán visto. Puede que ella esté aún en casa

 

****

 

En circunstancias normales, Mía se hubiera marchado en cuanto llegara el padre de las niñas, pero hoy es un día distinto. A nadie le ha extrañado que la chica se quedara a terminar la película. La pequeña Kiara está sentada en esa tupida alfombra blanca, a poca distancia de tan descomunal pantalla panorámica. Astrid sigue la trama acomodada en el sofá más corto, el cual termina de dibujar la forma de “L” frente a un televisor ecuánimemente inclinado. Mía y Carlo habitan el centro del sofá principal. Están demasiado cerca el uno del otro. De pronto, la vibración del ilustre escritor pide protagonismo:

chat 2

-Le he dicho a mi mujer que ya te has ido-   susurra Carlo.

-¿Es que no puede parar de decir mentiras?-   en tono de burla.

-Dice… … dice que aún tardará en volver-

-Entonces: ¿puedo quedarme un rato? ¿un ratito?-   a modo de súplica.

 

Él se niega a pronunciar una respuesta, pero su rostro le traiciona desatando una amplia sonrisa en su invitada. Mía se acomoda complacida como si se encontrara en su casa.

Lleva un vestido de color blanco con amplias rallas grises que pronuncian, aún más, sus acentuadas curvas. Es una prenda de una sola pieza que deja sus hombros descubiertos. Su destacable busto tiene suficiente relevancia como para mantener ese escote a la altura correcta, pues esa tela tan fina no tiene demasiada elasticidad. La longitud de su falda es razonable, pero, a raíz de su sugerente postura, los ojos de Carlo son obsequiados con unas espléndidas vistas. Sus sandalias minimalistas aguardan, discretamente, a un lado del sofá; y es que ese impoluto suelo de baldosas blancas pide a gritos ser pisado con pies descalzos.

A la película le quedará un cuarto de hora, aproximadamente. Ambos conocen su métrica después de haberla puesto tantas veces. A su término, lo más razonable sería que esa chica saliera escopeteada hacia su casa para no tentar a la suerte, pero, entretanto, Carlo y su traviesa niñera están jugando, cariñosamente, andando de puntillas por el filo de la discreción.

Mía rodea su cabeza, con el brazo derecho, mientras le come la oreja melosamente, al tiempo que las manos de su medrado vecino se aventuran por zonas que deberían de permanecer inaccesibles.

La atención de las pequeñas está cautivada por las últimas escenas de ese film infantil, y eso le da, a la furtiva pareja, cierto margen de maniobra. No obstante, es tal el atrevimiento de esa niña que llega a incomodar a su gozoso cautivo.

Pasadas las escenas más tensas, Astrid está cayendo ya presa de su propia somnolencia, pero, aun así, un repentino vistazo le permitiría vislumbrar ciertas actitudes de difícil explicación. Kiara les da la espalda y eso les da mayor tiempo de reacción.

Mía no espera a que las letras de crédito expulsen la atención de las nenas y decide actuar sobre ese edulcorado final resolutivo. Se encamina a la cocina y coge el mantel.

 

CARLO:  Mía. Sabes que me encanta tu compañía, pero no creo que debas estar aquí cuando regrese mi mujer; ya sabes. No deberías quedarte a cenar.

MÍA:      Lo sé. Solo quiero dejar la mesa preparada antes de irme. Quiero que se siente.

 

La mirada sinuosa que acompaña ese imperativo parece esconder un pecaminoso porvenir. Carlo sabe que debería de despachar, ya mismo, a esa chiquilla, pero:

Solo ha pasado un ratito desde que Bea me ha mandado el mensaje. Me ha dicho que cenemos si teníamos hambre, que seguramente se demoraría… Quiero saber que se trae entre manos esta nena

La calentura que ha engendrado por Mía, en el sofá, aún condiciona su sensatez; tal es así que se presta a darle unos minutos más de hospedaje y sigue su directriz: coge su Mac y, una vez que el mantel ya cubre la mesa, se acomoda en su silla.

Por trigésimo primera vez, en la casa de los Velarde, termina esa tan reiterada cinta infantil. Astrid se ha quedado frita, pero Kiara, aunque un poco cansada ya, todavía conserva parte de su vitalidad infantil:

 

KIARA:   ¿Jugamoz, Mía?

MÍA:      No, amor. Es tarde. ¿No has tenido suficiente ya?

CARLO:  ¿A qué jugáis cuando yo no estoy?

KIARA:   Al ezcondite, pedo ziempde gana ella.

MÍA:      Es que esta casa tiene muy buenos sitios para esconderse.

CARLO:  Podríais echar una partida para que yo lo vea.

KIARA:   Ziiiiiiii.

MÍA:      Vale, pero intenta no despertar a tu hermana ¿vale?

KIARA:   Ziiiiiiiiiiiii.

 

La pequeña susurra su última exclamación todavía con más entusiasmo que la primera. Corre hacia la chimenea y empieza a hacer como que cuenta. Mía golpea, con su índice, uno de sus hinchados mofletes mientras eleva la mirada hacia el techo. Está imaginando el mejor cobijo. Tras comprobar la inopia ocular de Kiara, y haciendo uso de todo su sigilo, se arrodilla y se abre paso, sorteando el declive del mantel, por debajo de la mesa.

Kiara, a sus tres años de edad, conoce muy pocos números, pero sus ansias de imitar a los mayores la empujan a fingir una caótica cuenta atrás para desempeñar su papel en el juego. Tras darse la vuelta parece sorprendida, como si esperara encontrar a su niñera al primer vistazo.

 

-¿Dónde está?-   pregunta Carlo fingiendo sorpresa.

-No lo zé-   contesta su pequeña con una divertida mueca de interrogación.

 

Kiara se apresura a abandonar el salón ante la atónita mirada de su padre.

 

-¿Dónde va?-   susurra Carlo extrañado.

-Toda la primera planta es terreno practicable-   contesta ella con un tono más bajo.

 

La chica ha gateado hasta tener acceso a los pantalones del único espectador de tan peculiar partida. Desabrocha esa abotonada bragueta y, bajo la sorpresa de Carlo, sortea sus holgados bóxers. Empieza a manipular ese grueso pedazo de carne y se apodera de sus peludos huevos con poca delicadeza.

Astrid sigue dormida a pocos metros, en el sofá, y Kiara no parece acertar con la búsqueda de su huidiza contrincante. Una sorpresiva humedad falicobucal sobrecoge a ese cabeza de familia, poniendo sus ojos como platos.

Mía nota cómo el flácido pene de su anfitrión va creciendo, con urgencia, dentro de su boca. Su lengua se siente ultrajada por esa agresiva invasión bocal y contraataca con entusiasmados lametazos ensalivados.

En un gesto poco romántico, Carlo echa un vistazo a su ostentoso reloj de oro. Su gozo tiene una parte de sufrimiento: las agujas del minutero se le clavan a cada segundo que pasa.

Kiara aparece en el comedor aún con toda su vitalidad.

 

-No la encuentdooooh-   con cierto desespero.

-NoOh… Mía se ha ido a casah. Como tardabas…-   mientras sujeta la mesa con fuerza.

-Mmn… ¿Se ha ido ya?-   reaparece Astrid soñolienta   -Joh. Me he quedado dormida-

-¿Pedo podqué? Zi no hemoz tedminado la padtida-   disgustada.

-Síií… oOh… Mañana madruga y aún… uuh. Aún tiene que cenar con…-   interrumpido.

-!Hola, mamá!-   exclama la más pequeña de repente.

-Hola, cariño-   responde Beatriz tras su sigilosa aparición.

 

El espanto se apodera, bruscamente, de tan torturado escritor, quien permanece completamente paralizado. Debajo de la mesa, esa niñera traviesa no cesa en su empeño e intenta engullir su nabo erecto cada vez más profundamente.

 

-Hoh. Hola, vida-   pronuncia sin despegar la vista de la pantalla de su ordenador.

-No veas. Me tienen harta los del partido. Al final me he ido antes de tiempo-

-Mía ze ha ido a caza-   irrumpe Kiara acentuando el peligro.

-Claro que se ha ido, pequeña. Hace rato. ¿Qué ha pasado con la reunión, Bea?-

 

Carlo intenta cambiar de tema rápidamente para que su hija pequeña no tenga la oportunidad de desvelar el tempo de los acontecimientos. Intenta mantener la calma, pero las sandalias olvidadas de Mía terminan de disparar su pánico.

 

B:  No me habléis más de esa cría. Su padre me tiene harta. Solo hace que llevarme la contraria. La ha tomado conmigo desde que veté su nombramiento para portavoz. Parece que nadie de la sede me tome en serio. Por ser mujer, por ser más joven, por tener ideas más honestas y progresistas. No tengo ningún apoyo y…

 

La atención de ese oyente asustado se disipa a raíz de tan intensas sensaciones. Su verga parece alimentarse del miedo. Rebosa vigor con cada uno de los latidos de tan acelerado corazón. El libidinoso riego sanguíneo que colapsa su miembro se ha olvidado de su cerebro y su mente se torna vaga y difusa, incapaz de darle un mínimo sentido a su expresión desencajada. Dicho pensamiento percibe el vértigo de la inminente extinción de su matrimonio, lametazo a lametazo.

Beatriz no deja de pronunciar su ofendido discurso articulando sus extremidades con vehemencia. En un momento dado se inclina para desprenderse de sus incómodos zapatos de tacón. Mira la mesa y cambia su frente de batalla.

 

BEATRIZ:  ¿Este mantel lo has puesto tú?

CARLO:     No. no, mh. Ha sido Mía.

BEATRIZ:  Esta niña no me hace caso nunca. Le dije que pusiera el otro. Este es demasiado grande para esta mesa. Estoy harrrta de que haga lo contrario de lo que le digo.

 

Carlo sufre un fuerte agarrón de huevos en forma de réplica muda a tan gratuitos reproches. Callando su lamento, el sometido escritor tiene que limitarse a tragar saliva mientras aprieta los dientes. Su mujer sigue divagando enfurruñada:

 

BEATRIZ:  Por si fuera poco ahora quiere meter a su amiguita en el comité… ¿Me estas escuchando?

CARLO:     Sí, sí. Claro que te escucho.

BEATRIZ:  Te noto raro… … Déjalo…  … ¿Cómo te ha ido a ti la reunión con el editor?

CARLO:     Bien. Roberto no… … emh. Dice que… … sí. La verdad es que… … noh. Mmh.

 

Beatriz observa a su marido sin entender el porqué de su poca elocuencia. Está muy lejos de sospechar que su joven niñera le está comiendo la polla mientras hablan, escondida debajo del cobijo de ese inadecuado mantel, al tiempo que sus hijitas inocentes miran la Patrulla Canina a escasos metros.

Carlo está a punto de correrse. Siente que tan lujurioso proceso está sucumbiendo al caótico coctel de emociones alarmantes que nutren su química cerebral.

Mía está muy cachonda. El peligro de esa arriesgada situación la pone a cien. Esta vez no se trata de la búsqueda primaria de su propio orgasmo. Un prisma mucho más femenino le permite disfrutar de un modo que ningún hombre llegaría a entender.

Por fin empieza a beber el lechoso jugo que emana de la polla que, durante largos minutos, ha estado engullendo. Esa caudalosa fuente de placer la premia con todo el flujo que merece su atrevida proeza.

Carlo intenta recuperar el sentido de su mirada, pues sus ojos se estaban poniendo en blanco por momentos. Se muerde la lengua y acalla tan descomunal estallido de placer, pero no puede evitar emitir un suspiro de desahogo:

 

CARLO:     ooOh… … mmmh.

BEATRIZ:  En serio. ¿Te encuentras bien? ¿Quieres que llame a un médico?

CARLO:     No, no, no. Est… oh. Estoy bien. Solo me he marehehado un poco.

BEATRIZ:  Esto no es normal, cariño. ¿Te ha pasado otras veces?

CARLO:     Hhh… … hhh… … mmmmh.

 

No pronuncia ninguna respuesta, pero niega con la cabeza con la mirada perdida. Sigue sintiendo cómo esa nena revoltosa succiona su pene ya en declive. Su tamaño ha menguado dentro de la boca de la chica, quien no ha derramado ni una sola gota de tan deshonrosa eyaculación.

 

BEATRIZ:  … … En fin. Si de verdad estás bien voy arriba a cambiarme.

 

Mientras su mujer sube por las escaleras, Carlo empieza a restablecer la normalidad de su pensamiento. Aún ve estrellitas por todas partes, pero lo que de verdad le tranquiliza esperanzadoramente, es esa luz al final del túnel.

Las niñas están viendo la Patrulla Canina y Beatriz ha salido de escena. Sigilosamente, enfunda su babeado y flácido miembro, se levanta y se encamina hacia la puerta principal de la casa.

Asomándose por la abertura del mantel y restregándose, aún, la muñeca por la boca, Mía ve cómo Carlo le hace silenciosas señas, de carácter urgente, señalando esas peligrosas sandalias y guiándola hacia la salida. Ágilmente, pero sin correr, la chica se hace con su calzado y se apresura a abandonar la estancia, sin dar ningún motivo a Kiara o a Astrid para despegar sus cautivados ojos de la pantalla.

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