CÍRCULO VICIOSO

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MORATONES ÍNTIMOS

3

El barrio de La Floresta está situado al oeste del extrarradio de Fuerte Castillo. Se trata de una zona marginal y desfavorecida. En estos lares no hay presencia policial e impera la ley de la calle. La escolarización escasea y la economía sumergida lleva las riendas de la subsistencia local. Está lleno de gitanos e inmigrantes a quienes la mala fortuna les ha desterrado de sitios más acomodados. Hay bandas, tráfico de drogas, delincuencia…

No obstante, incluso aquí hay sitios más aventajados que otros. Delimitando la frontera interior de la capital, se encuentra un poblado constituido por unas quinientas viviendas de protección oficial. Dichos domicilios son el resultado de una medida política que, a modo de gueto, hace unos quince años intento concentrar a la población más conflictiva a las afueras de la ciudad.

En contra de lo que cabría esperar, la denominada como Gran Manzana se ha conservado en buenas condiciones y, a día de hoy, el clan de Los Pelochos sigue velando por el bienestar de sus lugareños. Rodeada por una docena de edificios, la zona peatonal del centro de esa isla de cemento permanece ajena a los crímenes y los delitos que proliferan a su alrededor.

Otto está curtido en peleas de toda clase. A pesar de no haber cumplido los quince años, su temperamento intransigente le ha llevado a visitar el hospital en numerosas ocasiones. Su vida ha llegado a correr peligro para desespero de su madre, quien no consigue llevarle por el buen camino por mucho que grite o por muy duros que sean los castigos que le impone. Un tapiz cutáneo de cicatrices da fe del poco instinto de conservación que atesora ese incauto experto en perder peleas.

Su padre está en paradero desconocido. Hace ya más de diez años que les abandonó desatendiendo las responsabilidades económicas que le ataban a su familia. Por suerte, Adriana es una mujer fuerte y ha conseguido sacar adelante a sus dos hijos mediante duros y mal remunerados trabajos de limpieza. Aun así, haciendo gala de su escasa gratitud, el hermano mayor de Otto no se habla con su madre; está perdido por los rincones más peligrosos del suburbio, haciendo quien sabe qué.

Lejos del asfalto y entre edificios simétricos de obra vista, la plaza central es el punto de reunión de los más jóvenes. A estas horas de la mañana deberían estar todos en el colegio, pero algunos de los más habituales campaneros de La Floresta suelen coincidir aquí sin necesidad de quedar vía móvil ni con ninguna cita previa.

Bajo la sombra del bloque más cercano, sentados en uno de los bancos de hierro colindantes a la pista de básquet, el Pelucas y Farruco tienen una acalorada charla deportiva. Pasan el rato bajo a un árbol las raíces del cual levantan algunas baldosas de la acera que cubre todo el suelo. Otto es el último en llegar. Todavía cojea un poco, pero ya está casi recuperado de su última reyerta con los mayores.

 

PELUCAS:    Pero si ya está aquí El Broncas. ¿Cómo lo llevas?

OTTO:         Bien, bien. Ya no me duele tanto la costilla.

FARRUCO:  ¿Cómo se te ocurre meterte con esa gente? ¿Es que quieres morir joven?

PELUCAS:    Déjalo. Defendería a la panadera aunque tuviera que pelearse con Godzila.

 

Ese gordo melenudo no se equivoca. Es bien sabido, entre sus más allegados amigos, que Otto tiene una extraña fijación con Valentina. No se trata de una chica despampanante, ni siquiera estaría entre las más guapas del barrio; pero sus generosas carnes, junto con un carácter alegre y desinhibido, traen de cabeza a ese mozalbete flacucho.

 

FARRUCO:  ¿Por qué no vas a comprarle nuestro desayuno?

OTTO:         No llevo nada suelto.

FARRUCO:  No seas tonto. Te doy un par de monedas y vas.

 

Otto inspira una buena bocanada de ansiedad. Todo el valor que le sobra para enfrentarse a verdaderos Goliats, le falta para tratar con las mujeres que le gustan. Resignándose frente a su destino, el chico mira a su canijo amigo vacilón y le dice:

 

OTTO:       Trae pa ca, piltrafilla.

PELUCAS:  UuUuUuh.

 

Farruco ha intentado privarle de sus monedas, pero un agresivo abordaje del Broncas termina pronto con la disputa.

La campanilla de la puerta de ese pequeño comercio panadero suena anunciando la llegada de un nuevo cliente. Otto se persona en el interior del establecimiento con un posado inseguro, pero pronto se percata de que la femenina fuente de sus temores no se halla tras el mostrador. En su lugar, doña Fernanda se muestra sorprendida por la clandestina presencia de ese joven novillero. Frunciendo el ceño, la vieja le pregunta:

 

FERNANDA:  !Oye! ¿Tú no deberías estar en clase?

OTTO:           No se lo diga a mi madre, Fernanda, se lo ruego.

FERNANDA:  A ver: ¿qué es lo que quieres?

OTTO:           ¿Me llega para tres cruasanes de los gordos con esto?

 

Fernanda es consciente de que faltan algunos céntimos, pero decide ser flexible y completa la transacción con cierto desdén. Antes de darle la bolsa, y con el dedo índice en alto, le dice:

 

FERNANDA:  Hazme el favor de no hacer sufrir tanto a tu madre.

 

Otto asiente y se dispone a salir del establecimiento. Cuando ya ha vuelto a abrir la puerta, se da la vuelta y pregunta:

 

-¿Es que tiene fiesta Valentina?-   con cierta decepción en su tono.

-Le he dado la mañana libre. Le debía horas de las pasadas ferias… … ¿Por qué?-

-… … Mi madre me ha dicho que le pregunte algo sobre… … sobre una parada del mercadillo… … sobre la parada de su hermana-   contesta sin mucha convicción.

 

Doña Fernanda voltea la cabeza para mostrarle su perfil más desconfiado. Todavía mirándole de reojo, la anciana desarruga su frente y dice:

 

FERNANDA:  Estará en su casa… … Escucha, niño: si tienes que hablar con ella ves a verla y de paso le llevas las llaves de la azotea. Se las dejó aquí ayer y las necesita para poder recoger la ropa que tiene tendida. Me ha llamado antes por teléfono. Dice que el hombre del tiempo dice que va a llover.

OTTO:           Pero si hace sol.

FERNANDA:  ¿A mí que me cuentas? Solo sé que está cuidando del bebé de su prima; no lo puede dejar solo y no quiere sacarlo ahora que por fin se ha dormido.

OTTO:           Vale, vale… … pero… … no sé qué piso es.

FERNANDA:  Bloque ocho, cuarto sexta.

 

La áspera pronuncia imperativa de esa mujer contrasta con la dubitativa actitud del chico, quien agarra el manojo de llaves con lentos movimientos vacilantes. Sin decir nada más, Otto asiente y se encamina hacia el exterior. Mientras vuelve a la plaza, eleva   la mirada y distingue algunas nubes, aún escasas, mancillando el impoluto azul celeste de este cálido lunes primaveral.

 

PELUCAS:    ¿Que nos traes?

OTTO:         Cruasanes, tres.

FARRUCO:  ¿Qué tal Val?

OTTO:         No estaba.

FARRUCO:  oOh. Te debes haber llevado una gran desilusión.

OTTO:         No te creas. Ahora me paso por su casa a verla.

PELUCAS:    Ni de coña.

 

Con gestos propios de un fanfarrón, El Broncas les tira esa bolsa, todavía caliente, y se despide sin mediar palabra. A su espalda, sus amigos se mofan con incrédulas exclamaciones peyorativas. Ajeno a dichas burlas, el chico se va alejando con menos entereza de la que quiere aparentar.

Solo cumplo órdenes. 

No es como si fuera a verla por iniciativa propia. 

Tengo una excusa. Nadie puede juzgar mis motivos

De camino al octavo bloque, escucha música flamenca originaria de algunas de las muchas ventanas abiertas de las viviendas que le rodean. Un gato negro se cruza por delante de él con premura felina. Los pájaros cantan y una leve brisa parece querer empujarlo en contra de su voluntad.

Está bien. Todo está bien. 

¿Por qué estoy tan preocupado? 

Le digo que vengo de parte de Fernanda, 

le doy las llaves y me voy

La cerradura del portal está rota, el interfono no funciona y el ascensor está estropeado. Cabría esperar que el mantenimiento fuera más minucioso sí se tratara de unas averías propias de la zona costera, pero, en La Floresta, estas cosas carecen de toda urgencia y la espera para las reparaciones suele ir para largo.

Tras subir cuatro pisos, Otto quisiera que hubiera otros cuatro más para poder posponer su temido encuentro con Valentina.

Si me muero de ganas de verla. 

¿Cómo puedo ser tan tonto? 

Tantas pajas que le he dedicado y ahora…

Con la yema de su índice ya sobre el timbre en cuestión, el chico se detiene en una pausa pensativa. El miedo le ha dado tiempo de pensar en una mejor opción:

Si el bebé está durmiendo, 

será mejor que no lo despierte

Da tres golpes muy suaves a la madera y, después de unos instantes de quietud, da otros tres un poco más contundentes. Cuando ya empieza a pensar que Valentina no se encuentra en casa, el crujido de la cerradura le asusta solo un instante antes de que se abra la puerta. Tras ella, aparece la inquilina del piso con un semblante extrañado y un tanto miedoso.

 

VALENTINA:  ¿Otto? ¿Qué haces tú aquí?

OTTO:           Emm… … Vengo a traerte las llaves. Doña Fernanda me ha dicho que…

 

La expresión de la joven cambia por completo al constatar el generoso motivo de tan inesperada visita. La escueta abertura que le ofrecía se abre de par en par y la elocuente gesticulación de esa amable anfitriona invita al niño a entrar.

Todavía sin haberle hecho entrega de las llaves a la chica, Otto se adentra, con pasos lentos, en ese blanco y luminoso apartamento. Valentina ya ha regresado al comedor y, sin reparo alguno, se ha sentado en el sofá, frente a la tele, para terminar de ver el episodio de la serie que estaba mirando.

 

OTTO:           Me ha dicho que estabas cuidando de un bebé y…

VALENTINA:  Shhht… … El churumbel está dormio, en el cuarto… … cállate, anda.

 

Pal plantado en medio del salón, el chaval se ha dado cuenta del interés que despierta, en su panadera preferida, el desenlace de la trama amorosa que estaba siguiendo antes de que él llegara. Otto se sofoca al percatarse del tremendo calibre del escote que lleva Valentina para andar por casa.

¿Eso es ropa interior? 

¿Es medio camisón, medio sostén? 

¿Son prendas distintas?

El niño está poco versado en lo que a atuendos femeninos se refiere; aun así, sus dudas no consiguen disipar el bochornoso incendio que le provoca la desinhibición doméstica de su vecina.  Valentina no suele lucir tan atrevida cuando anda por la calle, pero no es ningún secreto que el recato no es su mejor virtud.

Luces rojas y sirenas de alarma sobresaltan al chico en cuanto advierte el inesperado levantamiento de tan precoz trabuco bajo sus pantalones grises de chándal. Dicha indumentaria, junto a sus holgados calzones, no le ofrece demasiada cobertura discrecional, por lo que las medidas para romper esa perniciosa dinámica se tornan más urgentes a cada segundo que pasa.

Disimuladamente, deja las llaves encima de la mesilla y se dispone a irse. Le dolería más el ultraje de ese olvido si la urgencia por mantener el anonimato de su erección no lo apremiara tanto. Cuando ya está abandonando el salón, Valentina emite un chasquido para expresar su enojo.

 

VALENTINA:  ¿Dónde vas? Espérate un momento ¿quieres? Que ya termina.

OTTO:           Sí, yo solo…

VALENTINA:  Shhhht… …  cállate de una vez.

 

El Broncas, más dócil que nunca, opta por tomar asiento en la butaca que hay al lado del sofá. Esa maniobra improvisada le ayudará a encubrir su inoportuno empalme a corto plazo. Fija la vista en la pantalla para no agravar la situación. Tras un final dramático, la pantalla queda negra para mostrar, acto seguido, un largo listado de blancos títulos de crédito. Después de esgrimir un hondo suspiro, esa entregada espectadora se dirige a su visitante con impetuosa pronuncia.

 

VALENTINA:  A ver, killo:… … ¿por qué no estás en el cole?

OTTO:           Me han expulsado.

VALENTINA:  ¿Más peleas?

OTTO:           Algo parecido.

 

Valentina apaga la tele para silenciar el repentino sonido de los anuncios. Nada más tirar el mando al otro lado del sofá, mira a su invitado de un modo incisivo y empieza a usar un tono jocoso:

 

VALENTINA:  Un pajarillo me ha dixo que te pegaste por mí.

 

Esa afirmación pilla a Otto a contrapié, pues no tenía la menor idea de que su la chica conociera esa comprometedora realidad. Un poco estresado, se afana en quitarle hierro al asunto.

 

OTTO:           Soy un hombre decente y defiendo el honor de las mujeres, así que…

VALENTINA:  ¿Un hombre? ¿Tú? Ja, ja, jah…

 

La risa burlona de Valentina resulta incluso más hiriente de lo que ella misma pretende. Disgustado, el niño se levanta y se va.

 

VALENTINA:  Espera, espera, espera. No te vayas por favor. Lo sientoou.

 

Esas teatrales disculpas consiguen derretir el enfado del muchacho, quien, tras darse la vuelta, vuelve a mirar a la musa de sus fantasías eróticas a la vez que fuerza su poco convincente cara de póker. Afortunadamente, su ignominiosa tienda de campaña ha dejado de deformar el perfil de sus pantalones.

 

VALENTINA:  Ven aquí, gili. Explícame cómo fue la chicarela.

 

Con gestos de perdonavidas, Otto intenta domar sus propias miradas para no revelar sus intereses calenturientos. Usa un silencioso prólogo pensativo para hacerse el interesante a la vez que intenta construir su relato.

 

OTTO:           Verás: El Pimienta dijo que, ahora que El Pinche está en la trena, tú estás cachonda perdida, y que vas pidiendo a gritos que te den lo tuyo.

VALENTINA:  … … ¿Y por eso te pegaste?

OTTO:           No. Yo solo te defendí. Las hostias vinieron después.

VALENTINA:  ¿Y tú por qué tienes que meterte en estas broncas? Está claro de dónde viene tu apodo.

OTTO:           No estoy dispuesto a permitir que…

VALENTINA:  Es que no te toca a ti permitir o dejar de permitir na.

 

La cara del niño es todo un poema. No esperaba una reverencia ni una medalla, pero estaba convencido de que su heroica intervención bien merecía un poco de reconocimiento.

 

VALENTINA:  Si tanto quieres defender a las muhere, ¿por qué no te preocupas más de velar por tu madre? La tienes contenta.

OTTO:           Perdóname por querer defender tu honor. No volveré a…

VALENTINA:  Mi honor seguirá intacto digan lo que digan esos pirindeles.

 

El despreocupado razonamiento de la chica goza de una lógica aplastante, pero el enfado de Otto es como un nudo demasiado apretado, fruto de las tensiones de su propio orgullo varonil.

 

OTTO:  Supongo que tampoco necesitabas las llaves, como no me has dado las gracias…

 

Valentina inclina su cabeza condescendientemente. Le divierte la actitud del chico y, aunque no quiera hacer mención de ello, le halaga la temprana devoción que despierta en alguien que a duras penas cumple la mitad de su edad.

 

VALENTINA:  Gracias. Me has salvado la vida. ¿Cómo puedo agradecértelo?

OTTO:           Me vale con un poco de gratitud.

VALENTINA:  Pues ya la tienes. Ya puedes dejar de fingir que estás enfadao conmigo.

OTTO:           Yo no finjo nada, ¿vale?

VALENTINA:  Claro que finges. Finges como lo haces cada vez que vienes a comprarme el pan, o los cruasanes; cada vez que te sonrojas al hablarme e intentas parecer frío y distante.

 

El posado de Otto, de pie en medio del salón, se ve más desamparado a cada segundo que pasa; a cada palabra que sale de la boca de su relajada interlocutora.

Hasta el día de hoy, ni siquiera estaba seguro de que Valentina conociera su verdadero nombre más allá de su apodo; no tenía la menor idea de que esa moza tuviera la más mínima sospecha acerca del no tan secreto fervor que siente por ella y que tan mal oculta debajo de su ruborizado disimulo.

Valentina siente que ese silencio descolocado es un terreno fértil donde sembrar su traviesa y punzante oratoria. Mientras habla con su peculiar acento sureño, no deja de mover sus manos: gesticula, se aparta el pelo de la cara, se coloca bien su ajustada vestimenta, señala aquí y allá…

 

VALENTINA:  ¿Te hubieras picado tanto si se hubieran metido con doña Fernanda? ¿También hubieses acabao en el hospital por defender a mi hermana? ¿Habrías saltado igual de ser María la destinataria de esas groserías?

 

Como si de una muda estatua se tratara, Otto evita pronunciar respuesta alguna. Su severa rigidez certifica una triple negativa muy evidente y previsible para quien acaba de formular tan arbitrarios interrogantes.

 

-¿Todavía te duele?-   pregunta la chica esta vez con más ternura.

-Ando un poco cojo, tengo moratones y me fastidia una costilla-

-¿Dónde están tus moratones? ¿Me los enseñas?-

-No… … solo es que… … en realidad no… … bueno… … si quieres…-

 

La inseguridad del chaval es palpable, pero su negación inicial no ha tardado en desmontarse ante la incorporación de Valentina. Otto se esfuerza en no mirarla para permanecer inmune a su embrujo carnal. Quiere mantener su frágil discreción fálica a buen recaudo mientras se sube la camiseta para mostrar sus moradas medallas corporales.

Fascinada, la chica le acaricia las heridas levemente. El niño se aparta en un acto reflejo que no pasa desapercibido.

 

VALENTINA:  ¿Es que no te gusta que te toque?

OTTO:           No… … Sí… … Solo es que… … tienes las manos fías.

VALENTINA:  Tonto; si apenas te he rozao… … ¿También tienes en la espalda?

OTTO:           Sí… … Me dieron bastantes golpes, así que…

VALENTINA:  Quítate la camiseta, anda.

 

La voz de esa panadera curiosa se ha agudizado y se ha vuelto más tenue para pronunciar esa tímida petición. El chico, sin todavía atreverse a mirarla, siente como sus encorsetadas expectativas empiezan a ponerse patas arriba.

Val me está pidiendo que me desnude en su casa

La situación empieza a parecerle surrealista hasta el punto en que llega a dudar del realismo que la acompaña.

¿Volveré a despertarme con los pantalones empapados?

No sería la primera vez que Valentina causa estragos en sus sueños más húmedos, derramando sus flujos más íntimos.

Con condicionados movimientos doloridos, Otto consigue desvestir su torso sin apenas requerir la ayuda de la chica.

 

VALENTINA:  Estás muy flacucho, ¿eh, niño? Tendré que darte más cruasanes.

OTTO:           Me viene de familia.

 

Mientras el chaval se voltea, esa impresionada examinadora puede divisar multitud de cicatrices antiguas y cardenales más recientes. Le acaricia, con delicadeza, para constatar el particular relieve que configura el torso de tan conflictivo adolescente.

 

VALENTINA:  ¿Qué pasa?

OTTO:           Nada… … Es que me haces cosquillas.

VALENTINA:  Tus costillas parecen un teclao, niño.

OTTO:           Tengo una fisurada.

VALENTINA:  Voy a adivinar cuál es… … Tú no digas nada ¿eh? Sobretó.

 

Una a una, la joven va pulsando las costillas del muchacho con trayectoria descendente. Tras terminar con el lado derecho, empieza por el izquierdo. Otto se retuerce en el momento que Valentina le presiona a media altura.

 

VALENTINA:  !Bingo!

OTTO:           Ahí le has dao.

VALENTINA:  Eres tan… … tan opuesto a mi Pinche…

OTTO:           Aún me queda por crecer.

 

Aunque todavía está a medio estirón, el niño ya le saca casi un palmo a su vecina; no obstante, las cosas son muy distintas si hablamos de peso, pues las opulentas redondeces de Valentina hacen que, a su lado, Otto parezca un escuálido desnutrido. La larga melena negra de esa mujer es otro de los rasgos que más la diferencian de él, pues el pelo castaño del chaval tiene solo la talla suficiente como para poder lucir un corte despeinado.

 

OTTO:           ¿Me devuelves la camiseta?

VALENTINA:  No. Deja que te saque estas manchas de sangre.

OTTO:           No, en serio, no salen. Mi madre ya lo ha intentado.

VALENTINA:  Yo tengo un truco fetén, ya verás.

 

Sin dejar de examinar esa camiseta de grisáceo estampado urbano, la chica se ausenta del salón dejando solo a su invitado. Huérfano de tareas y compañía, Otto se dedica a observar las fotos que cuelgan de la pared. En ellas distingue a algunos familiares de Valentina, sus amigas, compañeras, El Pinche…

Sí que soy opuesto a esa mole. 

Me pregunto que me haría El Pinche si

entrara por la puerta y me encontrara aquí,

despechugado, a solas con su mujer

Se trata del tipo más duro y peligroso del barrio. No es la primera vez que visita la cárcel, pero esta vez parece que va para largo. Está acusado de varios asesinatos, agresiones, robos, tráfico, posesión, extorsión, intimidación, amenazas…

Otto se fija en una foto donde la feliz pareja posa junto a restos románicos, con el mar de fondo. Se acerca con interés.

 

-Aquí estábamos en Augusta-   susurra ella apareciendo sigilosamente desde atrás.

-oOh… … El tío es como Farruco, El Pelucas y yo jutos-

-Ciento setenta era su peso máximo, si no me equivoco-

 

La íntima proximidad de Valentina, mientras observan ese retrato, resulta muy sugestiva para el niño, quien no osa articular un solo parpadeo. Incluso su respiración parece estancada, hasta que, de improviso, se atreve con una atrevida observación:

 

OTTO:           Hueles muy bien, Val.

VALENTINA:  !Oyee!… … ¿Es que ahora te dedicas a olfatearme?

 

La chica toma distancia esgrimiendo una fingida ofensa que no logra engañar a nadie. No tarda en romper su mueca disgustada con una sonrisa de lo más encantadora. El niño se justifica.

 

OTTO:           Has sido tú quien se ha acercado. ¿Tengo que dejar de respirar?

VALENTINA:  Que noooh… … Es jabón de coco. Hace solo un rato que me he duchao.

OTTO:           ¿Dónde está mi camiseta?

VALENTINA:  Tardará un rato. ¿Quieres que te deje una de… … del Pinche?

OTTO:           ¿Te burlas de mí?

VALENTINA:  Espérate un rato, pues. Voy a ver si se quita y a secarla.

 

Otto observa cómo su anfitriona anda hacia la cocina de nuevo, con pasos descalzos. Su lasciva mirada desciende hasta los límites inferiores de ese corto camisón oscuro.

!Menudo culo tienes, Val! 

!Cómo me gustaría hacerlo mío! 

!Joder! Ya vuelvo a estar empalmado

Otto cierra los ojos y revive el recuerdo del pasado viernes, cuando El Pelucas vomitó encima de su perro. Esa evocación le ayuda a disipar su flamante erección. A lo lejos, escucha las preguntas chillonas de Valentina:

 

-¿Esta es la sangre de cuando te pegaron por defenderme?-

-Emm… … Sí. Así es-   contesta creyendo oportuna esa mentira.

-¿Y que más dijeron de mí?-   todavía de espaldas, en la cocina.

 

Nada más darse la vuelta, la chica advierte la presencia de su oyente tras de sí. Sonríe al asimilar lo innecesario de sus gritos.

 

VALENTINA:  La dejo un rato aquí, en el radiador. Se seca rápido.

OTTO:           ¿Ha salido?

VALENTINA:  No del todo, pero yo creo que un poco sí.

OTTO:           No me importa llevar un toque de color.

VALENTINA:  ¿Qué me dices? ¿Qué decían de mí?

OTTO:           Em… … cosas… … no sé.

VALENTINA:  Sí que sabes, niño. No tengas vergüenza.

OTTO:           ¿Podrías dejar de llamarme niño?

VALENTINA:  Vale, nene. Pero dímelo de una vez.

OTTO:           Ya te he dicho. Que… … como no está El Pinche… … necesitas un poco de… … atenciones. Que vas provocando… … enseñando cacho… … y que estás muy simpática con los hombres que te rodean y… … como estás cañón…

 

Cruzada de brazos, Valentina guarda silencio y espera a que el relato de ese apurado testigo termine de calarse.

 

VALENTINA:  ¿Y tú que piensas?

OTTO:           Yo no estoy en tu cabeza, así que…

VALENTINA:  Pero tienes ojos ¿no? ¿De verdad piensas que estoy cañón?

 

Otto asiente tímidamente, de un modo casi imperceptible. Valentina adopta un gesto desesperado a raíz de la enésima revelación de tan sorprendente realidad.

 

VALENTINA:  Pero si soy un tapón regordete. Hay verdaderos figurines rondando por el barrio, más guapas, más jóvenes y más presumias que yo.

OTTO:           Pues… … a mí… … a mí me gustas más tú.

 

La chica ladea la cabeza mientras le aguanta la mirada de un modo enigmático. No esperaba que ese mozalbete tuviera la osadía de soltarle tan irreflexiva confesión.

Empujado por las tendenciosas preguntas de Valentina, Otto siente cada vez más legitimado el destape de su indiscreta sinceridad. Apoyado en el marco de la puerta, se asusta cuando Valentina se le acerca con andares sinuosos.

La equívoca trayectoria de la joven la lleva a rozar el torso desnudo de ese visitante con su generoso y destapado busto, en su camino de regreso al salón. Un tenue susurro pretende disculparse ante tan liviano contacto.

 

-Ui-   dice juguetonamente mientras se distancia de él.

 

El precoz pene de Otto se debate entre su viril beligerancia y su acobardada flacidez. No en vano, el estado de ánimo del chico no deja de zarandearse entre el miedo y el deseo, entre la ambición y la resignación, entre el optimismo y el pesimismo.

¿Qué es lo que quiere de mí? 

¿Solo está jugando? 

¿Se divierte a mi costa? 

¿Se burla de mí? 

¿O es posible que…?

Sabiéndose observada, Valentina se asoma a la ventana para echarle un ojo a la plaza. A estas horas de la mañana no hay demasiado movimiento. En un momento dado, se voltea y, tras encontrarse con la embobada mirada de Otto, le asesta una comprometida pregunta:

 

VALENTINA:  ¿Eres virgen, Otto?

OTTO:           ¿Quéeéh? … … ¿A qué viene eso ahora?

VALENTINA:  Es una pregunta muy sencilla… … ¿Lo eres?

OTTO:           Noh.

VALENTINA:  Que mal mientes, nene.

OTTO:           No me llames nene, ¿quieres?

VALENTINA:  Cuando te conviertas en hombre dejaré de llamarte nene.

OTTO:           Te he dicho que no soy virgen.

VALENTINA:  ¿No? Qué pena. Siempre había tenio la fantasía de desvirgar a un crío.

 

Otto se ha quedado a cuadros. No logra comprender el propósito ni la veracidad de esa inesperada confesión. Antes de que pueda volver a encajar su rostro, Valentina se rompe en una carcajada. El niño protesta, ofendido:

 

OTTO:           !¿Se puede saber qué es lo que te pasa?!

VALENTINA:  Solo te tomo el pelo, killo. No te enfades.

OTTO:           Pues déjalo de una vez.

VALENTINA:  Hago lo que quiero. ¿Es que no lo entiendes? Ningún tío se atreve a darme coba. Tú eres el primer chavó que tiene el valor de decirme que le gusto, que estoy cañón, que huelo bien… Eres el único que se sonroha en cuanto me ve, que se esfuerza en no mirarme las tetas, que es capaz de recibir una paliza para intentar defender mi honor…

 

Sobrecogido, el chaval se permite mirar los ojos negros de la chica sin reparos. Es la primera vez que su vergonzosa condición no cuarta la duración de su mirada.

 

OTTO:           Yo creía que… … en fin… … pensé que triunfabas allá donde ibas.

VALENTINA:  Sí, claro. Si triunfar es que te miren, que hablen de ti, que te deseen…

OTTO:           Bueno… Eso no…

VALENTINA:  Nasti, niño. Aunque El Pinche esté enchironao, todavía hay muxo canguelo por las calles de La Floresta. Ya sabes cómo son los gitanos; y los Pelochos son lo peor cuando se trata de machismo y de celos.

OTTO:           Pero… … entonces…

VALENTINA:  Si alguien se entera de que llevas casi un cuarto de hora en mi casa, puede que pronto vuelvas a visitar el hospital. Pero tú… … tú no tienes miedo, ¿verdad? Siempre te lías a hostias, así que…

OTTO:           Bueno sí… … aunque me gustaría seguir viviendo, no te creas.

 

El chico da un paso atrás. Con el desconcierto pintando su rostro, revisa los rincones del salón buscando quien sabe qué.

 

OTTO:           Yo solo venía a traerte las llaves y…

VALENTINA:  Ahora ya es tarde para salir corriendo. Sí alguien me vigila ya sabe que has estado demasiado rato en casa del Pinche.

OTTO:           … … Vale, vale… … Ya sé… … Sigues acojonándome, ¿no?

 

Valentina le guiña el ojo, pícaramente, pero la víctima de sus bromas sigue sin llevarlas todas consigo. Otto se siente desnudo sin su camiseta, frente a esa moza burlona que deja caer sus párpados, que modula el tono de su voz, que juega con su pelo… Todo en ella y en su lenguaje corporal le resulta sugerente.

 

VALENTINA:  ¿Crees que te estoy acojonando? ¿Es que no sabes que El Pinche es el líder del clan? ¿No sabes que mató a un tío porque intentaba camelarme?

OTTO:           Eso solo… … eso es una leyenda urbana, un rumor.

VALENTINA:  Lo que tú digas, pero ya que te has arriesgao a venir, a entrar y a quedarte, al menos, que valga la pena ¿no?

 

Otto se queda sin palabras de nuevo. El desconcierto vuelve a apoderarse de sus efímeros pensamientos cambiantes.

 

VALENTINA:  El Pimienta miente más que habla, pero entre sus muchas mentiras suelta alguna verdad. No voy pidiendo a gritos que me den lo mío; pero si es verdad que El Pinche lleva tres meses en prisión y que… … que voy cachonda perdía. Son casi cien días ¿sabes?

OTTO:           Pero… … hay visitas, ¿no?

 

El relato de Valentina va cogiendo consistencia poco a poco. Más allá de las constantes tomaduras de pelo, esa chistosa panadera ha empezado a sembrar las dudas en el maleable raciocinio del niño.

 

VALENTINA:  En el primer vis a vis tuvo un gatillazo. Está muy rayao por los problemas que tiene en la cárcel, temas de abogaos, recursos… Luego está la guerra entre los clanes, la organización de los trapicheos, la fragilidad de su estatus de mandamás ahora que está en chirona… Necesita las visitas para tratar con los Pelochos, y eso me arrincona a mí. No soy una prioridad. Pero bueno… No es una novedad, ya no estábamos muy bien cuando estaba aquí. Muchas veces me he arrepentio de casarme con él. Me descuidaba mucho a mí, se descuidaba mucho él…

OTTO:           ¿Y no podrías… … separarte?

VALENTINA:  Entre gitanos es complicao, luego está la casa, los amigos, el trabaho… Hace tiempo que soy la muher del Pinche más que no Valentina.

 

La expresión de la mujer se ha vuelto triste a medida que se alargaba su narración. Su mirada cae al suelo mientras hace girar su anillo matrimonial. Otto, enternecido, intenta empatizar con ella, pero sus ojos descorteses no pueden dejar de mirar esas grandes tetas tan bien encorsetadas en esa prenda floral. Su pene insiste en censurar sus lascivas miradas, de nuevo, mediante su inoportuna dilatación. Valentina vuelve a mirarle:

 

VALENTINA:  Por eso, cuando mi prima me diho que estabas loquito por mí, me hizo tanta gracia. Para ti no soy solo la muher del Pinche, no soy solo la panadera e las mañanas.

OTTO:           ¿Y cómo lo supo ella?

VALENTINA:  María es una cotilla, ya lo sabes. Uy, voy a pegarle un ojo a Dylan.

 

El chico había olvidado por completo que hay un bebé durmiendo en la habitación de al lado. Mientras espera el regreso de su anfitriona, se acerca a la ventana para contemplar las vistas. Desde ese cuarto piso hay una buena panorámica.

Le hago mucha gracia. 

Está cachonda perdía. 

Estoy despechugado, en su casa, 

compartiendo intimidades…

Efectivamente, Otto es virgen todavía y, dadas sus limitaciones a la hora de tratar con mujeres, su corta edad no parecía ser el principal obstáculo para franquear esa cruda realidad.

Quien me iba a decir que la calderilla

de Farruco me llevaría hasta aquí

Una cálida brisa le acaricia el torso, en forma de cariñosa corriente de aire, culminándose en las manos de Valentina, las cuales, desde atrás, suben por su magullado pecho articulando un suave abrazo inesperado. Consternado, Otto escucha los susurros de la chica:

 

VALENTINA:  ¿Estás loco? ¿Es que quieres que te vea alguien?

OTTO:           … … Estamos… … Estamos muy alto. Nadie me ve.

VALENTINA:  ¿Estás buscando otra bronca para tu repertorio?

 

Dicho abrazo trasero se intensifica a medida que esa precavida vecina se afana a retirar a su invitado de posibles miradas indiscretas. Otto se deja llevar mientras siente la presión mamaria de Valentina contra su espalda.

 

-Oye, chaval… … ¿Qué haces?-   protesta ella sonriente.

 

Nada más darse la vuelta, Otto ha intentado besar los labios de Valentina, pero una fulgurante cobra ha puesto fin a dicha maniobra. El chico ha quedado patidifuso y desconsolado.

 

VALENTINA:  No te flipes… … No ves que todavía eres un niño.

OTTO:           Pero Val…

VALENTINA:  Soy demasiado muher para ti.

OTTO:           Te juro que no se lo diré a nadie.

VALENTINA:  No te creo. Te morirías si pasara algo y no pudieras contárselo a alguien.

OTTO:           No soy tan tonto. No quiero acabar bajo tierra.

 

Valentina no esperaba la visita de Otto, hoy; incluso después bromear y de divertirse a su costa, durante un buen rato, no contempla la posibilidad de darle lo que tanto desea. Pero lo cierto es que todo ese jugueteo morboso la ha calentado como si de una de sus barras de pan en el horno se tratara, y, en estos momentos, ya empieza a tener dudas acerca de la dirección que quiere darle a esa indecente deriva.

 

VALENTINA:  Aunque yo no fuera una muher casada; aunque tú no fueras un crío raquítico; aunque no estuviera cuidando del bebé; aunque estuviéramos en una cita…¿De verdad crees que me acostaría con alguien a los pocos minutos de conocerle?

OTTO:           !Pero si ya me conocías de antes!

VALENTINA:  ¿Por darte la vuelta del pan? ¿Por ser hijo de Carmela? ¿Por ser El Broncas?

 

El niño se da cuenta de que a esa gitana no le falta razón, pues todos los contras que ha enumerado son incontestables.

Pero, entonces:

¿a qué ha venido todo este cachondeo?

La mujer se sienta femeninamente en el sofá y vuelve a agarrar el mando de la tele. Como si ya hubiera pasado página, la enciende y se pone a zapear. Todavía de pie, Otto se debate entre el resentimiento y la comprensión, entre la frustración y el conformismo, entre la rendición y la esperanza.

 

OTTO:  Entonces… … ¿saldrías conmigo para conocerme?

 

Valentina se ríe descuidando por completo los sentimientos de ese desquiciado chaval. Otto resiste la humillación estoicamente, apretando los dientes, mientras la chica sigue negando con la cabeza. Todavía con su hiriente posado burlón, ella le dice:

 

VALENTINA:  No soy una de esas a quien le importa lo que digan los demás, pero ¿te imaginas? La muher del hefe del primer clan de La Floresta andando con un tirillas de catorce años.

OTTO:           Nononn… n.no… No tendría por qué saberlo nadie.

VALENTINA:  No, si al final resultará que El Broncas es un romántico.

OTTO:           Puede que sí lo sea. ¿Y qué?

VALENTINA:  ¿Te van los amores imposibles? ¿Quieres acabar como Romeo y Julieta?

OTTO:           Podríamos ser los Romeo y Julieta de La Floresta.

VALENTINA:  Sabes que terminan muertos ¿no?

OTTO:           No… … ¿Sí?

 

Ese muchacho no ha leído nunca un libro y es fácil augurar que jamás pisará un teatro. No es muy cinéfilo y ni siquiera tiene una tele que funcione en su casa.

Valentina ha derruido, sin piedad, cada uno de los supuestos que Otto intentaba construir, pero la crueldad de la panadera no es implacable y, enternecida por el posado derrotado de su joven visitante, piensa en darle un premio de consolación.

 

VALENTINA:  ¿Has besao a alguna chica?

 

Otto levanta la cabeza y coge aire, pero se detiene antes de asentir y pronunciar una respuesta afirmativa. Todavía tiene muy reciente el varapalo que se ha llevado con lo de su virginidad. Sin mediar palabra, niega con la cabeza de un modo sutil.

 

VALENTINA:  Menudo personahe. ¿Es que has follao sin haber dao un beso?

OTTO:           No, no he… … no he follado todavía.

VALENTINA:  Mehor. Es demasiao pronto para ti. No es bueno quemar etapas tan deprisa. Hoy no vas a follar tampoco, pero estoy pensando que… … nunca se olvida el primer beso. Si de verdad te gusto tanto, me complacería ser la protagonista de ese recuerdo. Convertirme en alguien especial para ti.

OTTO:           Ya eres especial para mí.

VALENTINA:  Soy especial ahora; por unas semanas, meses, años… Pero si te beso seré inolvidable, para ti, el resto de tu vida.

OTTO:           … … Me parece bien… … Es lo que quería antes… … solo un beso.

VALENTINA:  ¿En serio? Pensé que te habías tomado mis bromas al pie de la letra y…

OTTO:           No, no, no… … Ya sé que siempre bromeas.

VALENTINA:  Ven aquí, anda.

 

La chica le señala la plaza que hay a su lado, en el sofá. Otto inspira profundamente y toma asiento para ponerse a merced de su guasona vecina. Valentina se encarama encima de él, hincando una rodilla a cada lado de su presa.

 

-Este no va a ser un beso de poca monta-   le susurra ya con su rostro muy cerca.

 

El olfato del chaval vuelve a impregnarse de ese sutil aroma de coco mientras la rotunda proximidad de Valentina le hace imposible centrar su mirada en ella.

Tras acariciarle los labios con su índice, para abrirle un poco más la boca, la mujer empieza a besarle, suavemente, para gran deleite del receptor de dichas atenciones bocales. La humedad de esos besos, la calidez de su aliento, ese sonido besucón… El peso de esa mujer sobre sus piernas, el contacto de sus frías manos sobre su torso desnudo, las cosquillas de esa larga cabellera negra, el regreso de su enésima erección…Todos esos ingredientes parecen destinados a conformar el mejor momento de la corta vida de ese muchacho.

 

-¿Te gusta?-   susurra Valentina entre suspiros   -¿Te gusta lo que hago?-

-Me encanta-   contesta de un modo más terrenal   -Me encantas tú-

 

De pronto, la lengua empapada de esa moza entra en la secuencia intrusivamente. Otto la siente dentro de su boca y no tarda en contraatacar con la suya propia. Ese longevo morreo se torna más obsceno y baboso a cada segundo que pasa.

Los dedos del niño trepan por los suaves muslos de Valentina hasta profanar los límites inferiores de ese escueto camisón de andar por casa. Sus manos inquietas no tardan en abarcar las grandes nalgas de la chica bajo su generosa permisividad.

Lleva tanga. Val lleva tanga. 

Lo sabía, lo sabía

En los últimos meses, Otto ha dedicado muchos ratos a imaginar el tacto y la apariencia de ese suculento y redondo culo. No obstante, nunca sospecho que tan nutridas nalgas pudieran ofrecerle unos magreos tan sublimes.

 

OTTO:           Déjame ver tus tetas, Val… … hhh… … Déjamelas ver, te lo ruego.

VALENTINA:  No sé yo si eso… … hhh… … Creo que no es una buena idea.

OTTO:           No volveré a tener una ocasión como esta ¿no?… hhh… Piensa en las pajas que me haré pensando en este momento. No me quites esto, por favor.

VALENTINA:  Pero es que… ya estás demasiado cachondo y yo… yo no quiero que…

OTTO:           Te lo suplico… … hhh… … si no quieres follar… … vale… … pero…

 

Muy a pesar de la opinión que tiene de sí misma, Valentina empieza a dudar de la firmeza de sus valores, así como de la certeza de la última aseveración de ese nene enfervorizado. Cediendo el mando de su motricidad a sus instintos primarios, se baja los tirantes de su camisón para liberar sus soberbias tetas gitanas. Ante tan fascinante estampa, Otto termina por romper su consternación amorrándose a ellas con vehemencia.

 

VALENTINA:  Otto, noh… … ¿Pero qué haces?…  hhh… … Esto nooh… … para yah…

 

La gesticulación de esa mujer no acompaña su intransigencia verbal y su pernicioso balanceo no hace más que pervertir la escena con su licenciosa voluptuosidad. Quiere ponerle fin a ese inmoral despropósito, pero no encuentra el momento indicado.

Otto está aprovechando bien la indolencia de dicha censura para sorber los oscuros pezones de Valentina con entusiasmo. Finalmente, se decide a desatender esas nalgas que tan gustosamente estaba sobando para emplearse a fondo, manualmente, con tan enormes atributos mamarios.

Las tetas de la panadera son tal y como las había soñado, solo que no esperaba unos pezones tan relevantes. Esas rugosidades sobresalientes superan sus mejores expectativas y despiertan sus instintos más caníbales.

Jooh. Me duele la polla. 

Nunca la había tenido tan dura; Seguro

Valentina siente la boca y la lengua de Otto relamiendo y babeando sus grandes pechos empitonados sin la más mínima contención salival. Está muy cachonda. Hace rato que se ha percatado del notable bulto que tensa la tela del chándal del niño y, aunque tiene muy claro que no quiere dejar que ese enano la folle, es consciente de que su travesura hace rato que se ha salido de madre. Mientras termina de decidir cómo detener tan pernicioso porvenir pedófilo, se dedica a palpar el duro relieve fálico a través de la fina tela gris que lo encubre. De pronto advierte una actitud extraña en su invitado.

Otto ha dejado de saborear sus pezones y de manosearle las tetas para entrar en pánico. Siente como se quiebra su férrea virilidad en pro de una prematura y urgente explosión orgásmica.

 

OTTO:           ooOh… … mmh… … hhh…

VALENTINA:  Nene, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?

 

La mirada del chico se disloca y la tensión de su cuerpo se desintegra convirtiéndolo en una amorfa masa semiinconsciente. Tan tremendo y gozoso desahogo ha logrado postergar la humillación en la psique de ese niño embriagado.

Valentina no tarda en divisar la oscura humedad que mancha los pantalones de tan sobrepasado mozalbete. Se aparta de él, con premura, mientras reconstruye su desaliñada vestimenta.

 

VALENTINA:  !!VayaPorDios!!… … !¿Pero qué he hexo?!

 

Su verídica escandalización se acompaña con un toque de humor y con una obsequiosa confirmación del irresistible poder de sus exuberantes encantos. Consternada, Valentina cree haber encontrado la mejor salida para ese deshonroso entuerto carnal.

Mientras todavía colean los efectos de tan clamorosa corrida en la fracturada sensibilidad del chico, una terrible vergüenza se apodera de él, obligándole a excusarse:

 

OTTO:           Val… … hhh… … lo siento… … No sé… … no sé qué me ha pasado.

VALENTINA:  Te lo dije, peque, soy demasiado muher para ti.

OTTO:           No, no… … es que… … Bueno, sí.

 

!Qué situación tan embarazosa!…

… y con Val, nada menos

Como ofendido por ese bochornoso acto, Dylan ha empezado a llorar, desconsoladamente, desde la otra habitación. Valentina le mantiene la mirada a Otto, durante unos momentos, mientras niega, condescendientemente, con la cabeza. Acto seguido, va al encuentro del bebé para atender cuales sean sus necesidades. Ya en su cuarto se permite dar ciertas directrices a su destartalado visitante.

 

VALENTINA:  Límpiate ¿quieres?

 

Otto no contempla una salida digna para ese comprometido episodio. Piensa en escapar de ahí sin despedida alguna.

Seguiré viéndola casi a diario. 

No la podría evitar para siempre. 

Es mejor tomárselo a broma, como hace ella

Una vez en el lavabo, se quita la ropa y la moja en el grifo de la pica. Mientras intenta limpiar sus gayumbos y los pantalones de su chándal se mira en el espejo; se había olvidado por completo de los numerosos cardenales que manchan su torso.

Ni siquiera he notado el dolor de mi costilla

mientras me enrollaba con Val. 

Síií: me acabo de enrollar con Val

No sabe muy bien lo que está haciendo y no encuentra un modo verdaderamente efectivo de limpiarse ese caudaloso pringue lechoso que lleva encima. Pensativo, enfoca la mirada hacia la impoluta bañera de su vecina.

Valentina ha conseguido que el bebé vuelva a dormirse. Nada más dejarlo en la cuna de nuevo, escucha el sonido de la ducha. Extrañada, se dirige al baño. A través de esa cortina translúcida, puede ver la figura desnuda del niño debajo del chorro acuático.

 

VALENTINA:  ¿En serio te estás duchando?

OTTO:           Pues claro… … ¿Puedes ponerme la ropa en la estufa?

 

La chica localiza las prendas empapas del chaval en la pica del lavabo. Algo desconcertada, opta por obedecerle y llevarlas a la cocina, pues la estufa ya está caliente y la camiseta ya está seca.

Otto está aprovechando para enjuagarse todo el cuerpo. No puede dejar de pensar en lo que acaba de ocurrir en el salón. Más allá de su vergonzosa precocidad, se siente afortunado por todo lo acontecido. Mientras se enjabona los huevos, evoca tan memorables sensaciones con su rostro embobado. Pronto se ve sorprendido por una nueva e impetuosa erección.

Ya he vuelto. Este soy yo

A través de la cortina advierte la llegada de la mujer de la casa:

 

VALENTINA:  Tiene un morro que te lo pisa, ¿eh nene?

OTTO:           Perdona, Val, pero es que estaba muy pringado.

VALENTINA:  ¿Qué es eso de duxarse en casas ahenas sin permiso? ¿Y si viene alguien?

OTTO:           No tardo mucho, es que… … tengo algunos problemas.

VALENTINA:  ¿Qué te pasa ahora?

OTTO:            Por culpa de mi costilla, no puedo enjabonarme bien.

 

Nada más cerrarse el grifo, Valentina empieza a olerse la artimaña del chico, no obstante, se siente muy juguetona y decide seguir su chanza. Todavía viéndolo borroso, a través de esa tela de poliéster, se interesa por lo que pueda hacer por él.

 

VALENTINA:  ¿Es que necesitas mi ayuda?

OTTO:           Si eres tan amable…

 

La gitana corre la cortina mediante un gesto brusco que pilla desprevenido al niño, quien se apremia en adoptar un gesto favorecedor. Los ojos de Valentina peinan ese delgado cuerpo magullado, de arriba a abajo, para terminar percatándose del empalme que tan incisivamente la está señalando.

 

-¿Me enjabonas la espalda?-   pregunta el Otto mientras le da la esponja y se voltea.

 

No se lo explica, pero el porte enclenque de ese caballerete la estimula, perniciosamente, de un modo totalmente nuevo. Puede que ya estuviera harta de las lorzas de El Pinche, o que ansíe algo opuesto a lo que siempre ha tenido.

 

OTTO:  Así, así… … va bien.

 

A Valentina se le ha caído la esponja, pero eso no la frena a la hora de seguir con su cometido y usa sus manos para esparcir las burbujas jabonosas por el revés de ese torso huesudo.

 

OTTO:           !Ayayayay!

VALENTINA:  Ay, perdona, pixa, no me acordaba de tu costilla fisurá.

OTTO:           No pasa nada. A ti te dejo hacerme todo el daño que quieras.

VALENTINA:  Oooh… … que mono.

 

Todavía en el exterior de la bañera, la chica da por terminada su tarea y se seca las manos con su camisón. El niño no está en esa misma tesitura y, después de darse la vuelta, le encomienda un segundo encargo:

 

OTTO:           Ahora enjabóname las pelotas… … por favor, Val.

VALENTINA:  … … Es que… … ¿tampoco te llegas ahí?

OTTO:           Sí, pero, solo por una vez… … quiero que me lo hagas tú.

VALENTINA:  Si hago lo que me pides, ¿te irás sin pedirme na más?

OTTO:           Palabra.

 

Valentina se coloca el pelo mientras vuelve a observar esa vigorosa erección desafiante. Nunca pensó que un crío de tan corta edad pudiera tener un miembro tan viril y desarrollado.

Al tiempo que se une a Otto en ese higiénico emplazamiento acrílico, piensa en el encaje que puede tener una paja en un contexto tan incorrecto. A estas alturas ya ha dejado que el nene le coma las tetas y le manosee el culo, le ha comido la boca, se ha restregado con él hasta derramar su precoz esperma… Puede que nada de lo que haga, en adelante, pueda empeorar su ya mermada catadura moral.

 

OTTO:           ¿Es que no vas a quitarte el camisón?

VALENTINA:  ¿Para qué?

 

La chica ha vertido el jabón sobre la escasa pelambrera púbica de Otto y procede a masajearle el aparato con ambas manos.

 

OTTO:           Lo digo porque, en agradecimiento, podría enjabonarte las tetas.

VALENTINA:  Yo ya me he duchado antes, niño.

OTTO:           ¿Te parece que esta es la polla de un niño?

 

Puede que ese sea el mejor argumento que ha soltado ese chiquillo a la hora de defender su hombría, pues su trabuco no es una cosa menor. Ni siquiera Valentina es capaz de improvisar una respuesta ocurrente ante ese tendencioso interrogante.

 

OTTO:  Síií… … Qué bien… … Dime que te gusta, Val… … ¿Te gusta mi polla?

 

La mujer sigue con sus manualidades sin contestar la imperativa pregunta susurrada del chico. Ni tan siquiera se digna a devolverle la mirada. Solo atiende su atribución jabonosa ajena a los deseosos ojos de ese larguirucho empalmado.

A diferencia de lo que le ocurría antes, Otto siente que la firmeza de su nabo es ahora infranqueable. Siempre le cuesta mucho correrse, por segunda vez, cuando se hace dos pajas seguidas y eso le da toda la confianza que necesita para afrontar la secuencia que se avecina.

Mientras Valentina sigue jugando con sus huevos, el chico toma la iniciativa para bajarle los tirantes del camisón, a lo que ella reacciona contrariada:

 

VALENTINA:  !Oye! Que te he dixo que no; que estoy muy limpia.

OTTO:           Pero antes te he babeado bien. Te he dejado las tetas llenas de babas.

 

Valentina ha restituido su vestimenta, pero una parte de ella está deseando quitarse la ropa y dar rienda suelta a su adúltera lujuria pederasta. Por el contrario, la poca decencia que le queda clama por ponerle freno a esa disparatada situación.

 

VALENTINA:  Las babas no son… … no son sucias.

OTTO:           Las mías sí. Son tóxicas. Te cojerá una infección si no te lavo bien.

 

Más allá de la ilegalidad que está cometiendo, la chica teme el no poder mirarse al espejo si sigue avanzando en esa dirección. Le aterran las nefastas consecuencias que podrían tener sus actos si se conocieran fuera de los muros de esa vivienda de protección oficial.

Un chorro de agua cálida interrumpe esas arduas disyuntivas, repentinamente, dotando de transparencia a ese sugerente camisón monocromático. Ultrajada, la mujer se exclama:

 

VALENTINA:  !!Killooh!!… … !A que te pego un hostión!

OTTO:           Pégame… … pégame si es lo que quieres.

 

El sonido del bofetón consiguiente supera las expectativas resultantes de esa atrevida petición. Otto ha tenido que dar un paso atrás para no perder el equilibrio y, ahora, su dolorida mejilla le arde palpitantemente.

Frente a él, Valentina le observa desafiando el palmo de desnivel que condiciona su prisma. Su pelo mojado de amazona cubre parte de su rostro. Todavía mojándose bajo el chorro de su propia ducha, cuya regadera está fijada en lo alto de la pared, su eclipsada mirada indescifrable no permite augurar el porvenir de esa delicada coyuntura.

Perplejo, Otto mantiene la cara de susto mientras su potente erección empieza a perder el vigor. Inesperadamente, Valentina cae de rodillas y empieza a engullir su decaído miembro para poner fin a esa previsible flacidez.

El niño abre la boca, pero no le salen las palabras. Su máxima aspiración era que su amor platónico llegara a masturbarle, pero esa espontanea felación ya está rompiendo el techo de sus más optimistas perspectivas.

Valentina se emplea a fondo. Engulle ese miembro revitalizado, con entusiasmo, mientras, con la mano diestra, le masajea los cojones a Otto, quien, boquiabierto, articula sutiles empujes pélvicos para acompañar la vehemencia de esa gloriosa mamada.

!Dios! No sé si podré callarme esta movida. 

Será muy duro tener que guardar el secreto. 

!Pero que boca! !Qué arte tiene Val!

 

OTTO:           Síií… … Asíiíi… … Cómetela… … Cómetela entera.

VALENTINA:  Mghwñmgwhh… … nvmwnhoOh

 

Ya fuera de la trayectoria del torrente acuático que la mojaba, la chica desembucha para recuperar el aliento. Con los ojos llorosos, mira al chaval y le señala la superficie alicatada que hay entre la bañera y la pared. Sin necesidad que le dé más instrucciones, Otto toma asiento.

Síiíiíií. quítate eso.

Ya era hora. Por fin

Valentina se desprende de su camisón mojado con estilosos movimientos de lo más sugestivos. Tras apartarse su negra melena mojada, se acerca a su afortunado invitado y empieza a premiarle con la más extraordinaria de las cubanas imaginables. No en vano sus grandes tetas tienen el tamaño idóneo para tales menesteres, y su talento natural la convierte en una virtuosa en el campo de las frotaciones mamarias. Con apremiantes susurros le pregunta:

 

VALENTINA:  ¿Así? ¿Así te gusta? ¿Lo hago bien?

OTTO:           OoOh… … Val… … Eres… … Eres la mejoOr… … en serioOh.

VALENTINA:  Sí… … hhh… … Lo sé.

 

Esa gentil panadera empieza a hacer uso del jabón. Adopta dicha viscosidad en sus tremendos pechos para que la jubilosa polla del niño pueda transcurrir en ellos con más fluidez.

Otto no cabe en sí mismo. Nunca se había sentido tan contento y agradecido. Con la firme intención de no desaprovechar ni un ápice del gozo que Valentina le ofrece, intercede para apoderarse de sus tetas y pajearse él mismo con ellas, al tiempo que las amasa y las moldea a su antojo.

 

VALENTINA:  Asíií… … asíií… … follate mis tetas, pequeñoOh… …hhh… … fóllatelas.

 

Complacida, la mujer deja que ese eufórico mozalbete disfrute de su exuberante anatomía pechugona. Empieza conteniendo sus lamentos doloridos ante el ímpetu de tan apasionados magreos, pero llega un punto en que se ve obligada a quejarse:

 

VALENTINA:  oOh… Cuidadoh, pixah… … hhh… … que manehas material sensible.

 

Otto, arrepentido por su propia desconsideración, desiste de dichos tocamientos para perseguir un objetivo aún más elevado. Con trascendental mirada, lanza una imperativa petición:

 

OTTO:           Quítate el tanga, Val. Quiero metértela por el culo.

VALENTINA:  Ha hablao el romántico del Broncas.

OTTO:           Vamos, deja que te lo haga por detrás. Llevo años soñando con esto.

VALENTINA:  Pero si hace un par de años ni siquiera podías correrte.

OTTO:           No, pero ya se me ponía dura pensando en ti.

 

El dilema de la gitana empieza a decantarse hacia el lado más deshonesto de la balanza. Después de tan largo periodo de abstinencia sexual, su tremendo calentón ha adquirido un poder hercúleo frente a sus numerosos reparos éticos y prudenciales. Por si fuera poco, la fogosa actitud del niño no deja de espolearla.

 

OTTO:  Vamos, Val. Sé que lo deseas… … Lo estás deseando.

 

El chico no se equivoca, pues Valentina se muere por probar cosas nuevas con él.

El Pinche es muy conservador, en lo que a sexo se refiere, y nunca le ha apetecido catar el opulento trasero de su mujer. La enorme barriga del líder de los Pelochos descarta cualquier cubana y el tamaño relativo de su pene se ve rescindido por sus gruesas lorzas. Por si fuera poco, su perezosa frigidez pasiva ha llevado a su apasionada esposa al borde de la desesperación.

 

VALENTINA:  No te lo vas a creé, pero… … todavía soy virhen de culo.

OTTO:           N.no… … ¿En serio?

 

Mientras Valentina vuelve a incorporarse, el chaval toma consciencia de lo que está a punto de ocurrir. Nunca imaginó que podría desvirgar a su vecina a ningún nivel; en ningún sentido.

 

OTTO:           Vas a saber lo que es bueno. Te la voy a meter hasta el fondo.

VALENTINA:  Tendrás que ser cuidadoso, ¿vale? Piensa que es mi primera vez.

 

Cuando termina su última frase, el muchacho ya está de rodillas, bajándole el tanga, poco a poco, al tiempo que ella rota sobre sí misma para darle la espalda. Otra vez regada por el chorro de la ducha, Valentina levanta los brazos para domar su insumiso pelo salvaje. El brillo de su reluciente cuerpo mojado parece realzar esas voluptuosas redondeces de un modo casi místico. Deslumbrado por tan femeninas curvas, Otto no tarda en morderle las nalgas entre beso y beso.

 

-!Au! Ya sé que estoy mu buena, pero eso no quiere decir que puedas comerme-

-Eres tan… … tan apetitosa, Val… Me pasaría el día entero comiéndote el culo-

 

Una vez desterrada esa última prenda, Otto se sirve de sus ambiciosas manos para abarcar las mayúsculas y pálidas nalgas de Valentina, quien se somete gratamente a dichos toqueteos.

De pronto, la chica nota una penetrante intrusión digital en su sagrado ojete. Ese gesto la pilla desprevenida, pero en ningún momento se muestra disgustada; todo lo contrario, pues, apoyándose en el lateral de la pica, pone el culo en pompa para adoptar una postura todavía más irresistible.

Sin detener el tránsito de su pulgar, por el culo de Valentina, Otto se levanta para tomar posición de ataque. Se alarma al advertir un preocupante tono morado en su dolorido miembro colapsado. Hace rato que le duele, pero las atenciones de esa ardiente mujer han estado ninguneando su dolor hasta ahora.

Dejará de hacerme daño cuando no esté tan duro. 

La mejor manera de combatir mi erección es follarme a Val por el culo, 

hasta que me corra

Ahora es Otto quien recibe esa constante lluvia doméstica en la espalda. No le molesta, pero, aun así, regula la temperatura del agua para conseguir una necesaria refrigeración que le salvaguarde de una previsible combustión espontanea.

!Joooh! Estoy más caliente que nunca. 

No puedo creer lo que estoy haciendo

Finalmente, el niño mete su glande entre las nalgas de esa gitana cachonda y empieza a articular un firme empuje.

Valentina no tarda en notar como la dilatada longitud fálica del Broncas se adentra en ella, analmente, mediante una obscena trayectoria que parece no tener fin.

 

VALENTINA:  oooOOh… … Dios… … menuda polla tienes, nene… … OoOh.

OTTO:           Síiíií… … es toda… … hhh… … Es toda para ti.

 

Las embestidas del niño se aceleran un poco más con cada incursión. Cabría pensar que la aparente petrificación de su trabuco le restaría sensibilidad, pero lo cierto es que está gozando como un loco de la estrechez de Valentina; del calor de sus candentes entrañas; de la viscosidad de su lubricación…

 

VALENTINA:  Síiíií… … Aaah… Aaaahaah… Follame, OttOh… follame por el culoOh.

OTTO:           EsoOh… … hhh… … Eso hagoOh… … Val… … Tomah… Tomah-tomah.

 

Tan vicioso traqueteo se torna frenético, por momentos, y hace sonoros los choques cárnicos de ese par de cuerpos mojados. El trepidante balanceo de las tetas colganderas de esa agitada mujer pide a gritos un buen manoseo y Otto no resulta ajeno a dicha petición. Reclinándose sobre ella, se las atrapa, las sostiene y las aprieta contradiciendo el dictado de la gravedad.

Para compensar el inoportuno sosiego de su amante, Valentina empieza a moverse, sensualmente, para dar continuidad a esas repetitivas penetraciones anales. Su prolongado ascenso hacia la cúspide de su propio orgasmo está llegando a su fin y ya vislumbra su cercano apogeo.

Por su lado, Otto empieza a percibir la vulnerabilidad de su férreo empalme. Alentado por los sugerentes gemidos de Valentina, se reincorpora e intensifica sus embestidas hasta los mismos límites de su fibrado cuerpo adolescente.

 

VALENTINA:  Sí… … !Qué bien!… … !!Qué bien!!… hhh… !Me viene!…  !!Ya me viene!!

OTTO:           Hhh… … Vas a veEer, Val… … Te voy a llenar… Te voy a llenar el culo.

VALENTINA:  Síiíií… … !Vamos!… … Hazlo… … hhh… … Hazlo de una veEez.

 

La urgente petición de la chica no puede volverse en su contra dado que su culo ardiente ya ha empezado a premiarla con el mejor orgasmo de su vida. Sin apenas haberse tocado el chocho, Valentina se corre de un modo tan intenso que le hace temblar las piernas. Su voz se quiebra al esgrimir sus últimos sollozos:

 

VALENTINA:  Laaa virgeeeeen… … oOoOh… … hhh… … pero que gozá.

OTTO:           Mhmmh… … hhh… … mmmh… … hhh… … !oooaah!

 

Unos cálidos escalofríos derriten el sistema nervioso del niño al tiempo que su último empuje pélvico le ayuda a verter su eyaculación secundaria dentro del culo de Valentina. Instintivamente, mantiene la presión para asegurarse de no desperdiciar ni una gota. Está viendo mil estrellitas y se siente un poco mareado. Mientras intenta recuperar el aliento, desenfunda su tranca, triunfante pero ya mermada, y vuelve a sentarse en el borde de la bañera.

Valentina, exhausta, cierra el grifo y sale de la bañera:

 

-Menudo polvazo, nene… … Se me han dormio las piernas-   mientras coge una toalla.

-Eso… … hhh… … ¿Eso es bueno?-   replica sonriente y complacido.

-Bueno… Es más bien como un hormigueo-   ya con la prenda anudada a su alrededor.

 

La mujer se ausenta del lavabo sin despedirse.

Ya con la respiración un poco normalizada, el chico intenta sopesar la trascendencia de lo que acaba de ocurrir.

Sigo aquí. No he despertado. 

Será que no estoy soñando

No termina de creérselo, pero lo cierto es que, cuando tiene sueños húmedos, siempre despierta durante el orgasmo.

 

-Te traigo la ropa, killo-   dice Valentina mientras reaparece   -Te la deho aquí-

-Gracias, Val… … ¿Puedo usar esta toalla?-   con una repentina vergüenza nudista.

-Claro, pixa-   contesta guiñándole el ojo   -te deho solo para que te seques y te vistas-

 

Sin la ensordecedora lujuria que distorsionaba su contexto, Otto se siente desnudo y desubicado; aun así, no puede borrar la sonrisa sorprendida que pinta su jubilosa expresión.

 

****

 

EL CLIENTE SIEMPRE TIENE LA RAZÓN

DIANA

La zona costera del norte de Fuerte Castillo es la más pudiente de la ciudad. No obstante, en ella tienen cabida habitantes de todos los estratos sociales, pues la mayoría de sus barrios siempre han sido inclusivos, y la mente abierta de sus gentes permite la integración de todo buen ciudadano.

Tom llegó hace un par de años. Es ilustrador y trabaja desde su casa para clientes de todos los rincones del planeta. Gracias a su dominio de los idiomas, a la globalización de la economía y a las aplicaciones de internet, no tiene problemas a la hora de enviar y cobrar sus encargos mientras conserva su autonomía sin tener que rendir cuentas a jefe alguno.

No es un tipo muy sociable. A sus treinta años, nunca ha tenido una novia formal, y su escaso y tímido carisma no le augura cambios a corto plazo. A decir verdad, se trata de un artista muy solitario que apenas tiene un buen amigo verdadero.

Omar es su informático de confianza. Nada más instalarse, Tom le contrató para asegurarse un óptimo funcionamiento de sus herramientas de trabajo más tecnológicas. Desde entonces, suelen quedar un par de veces por semana para hacer deporte, ir a tomar algo, ver películas, jugar al Fifa…

Ahora mismo están sentados en un banco del Parque Lázaro. Observan a la gente que pasa y expresan opiniones poco fundamentadas basadas en suposiciones demasiado atrevidas.

 

OMAR:  Mira ese viejo enfurruñado, está disgustado por lo de las pensiones.

TOM:     Tiene cara de no haber sonreído en dos décadas.

 

En ese mismo momento, el anciano reconoce a alguien que anda cerca y su arrugado rostro articula una amable sonrisa. Tom y Omar se han quedado a cuadros por tan luminosa mueca.

 

TOM:     Da igual. En cuando llegue a casa se pondrá a llorar por lo de la pensión.

OMAR:  Sí. Es todo fachada. En el fondo está triste y enfadado.

 

Con pinta de cuatro ojos empollón, Omar parece exactamente lo que es: un informático friki aficionado a los juegos de rol y a la ficción japonesa. Goza de poca estatura y su porcentaje de grasa corporal es prácticamente nulo. Tiene una tóxica dependencia para con su madre, a pesar de que no se soportan mutuamente.

Por contra, Tom es medianamente alto y relativamente corpulento. Lleva su pelo rubio casi rapado, y sus rasgos, si bien no son para tirar cohetes, le otorgan cierta armonía facial.

 

TOM:     Mira ese. ¿Te lo puedes creer? Tendría que empezar haciendo natación.

OMAR:  Sí, tío. Se hará polvo las rodillas. No puedes correr cuando estás tan gordo.

TOM:     Además se abriga; con este calor; como si sudando te adelgazaras más.

 

En la mañana de este primaveral miércoles de mediados de mayo, la exuberancia del bucólico escenario intraurbano en el que se encuentran brilla con luz propia: las aguas cristalinas del lago, los grandes árboles de hoja caduca, la cuidada extensión de césped… El florecimiento vegetativo del principal pulmón de la ciudad es un espectáculo digno de admirar y de ser disfrutado.

 

TOM:     En Inglaterra siempre estaba nublado y la mitad de los días llovía.

OMAR:  ¿Por eso te viniste al Mediterráneo?

TOM:     En parte. Soy un tío demasiado depresivo para vivir bajo las nubes.

OMAR:  No te equivocas, tío. No hay nada que alegre más que unos buenos rayos de sol calentitos. Las chicas ya empiezan a vestir cortas, ¿te has quedao?

TOM:     No me hables de hembras. Estoy… Con la llegada del buen tiempo siempre me pongo más cachondo; y no solo porque las mozas vayan más ligeras.

OMAR:  Yo, en verano, hay días que salgo a pasear solo para ver culos.

TOM:     Ja, ja, jah. Me río, pero te comprendo… … Me pasó una cosa el lunes…

OMAR:  ¿Que? ¿Cuenta?

TOM:     En el primer cruce de mi calle, donde el paso de cebra: iba yo tan distraído y, de repente, pasa por mi lado una mujer… Eso era algo inaudito.

OMAR:  ¿Estaba buena?

TOM:     No. En el sentido más estricto de la palabra, no estaba muy buena. Podría decirse, incluso, que era aberrante, según como se mire.

OMAR:  ¿Aberrante? Yo me cruzo con mucha gente aberrante y no me altero.

TOM:     Eran sus proporciones. Tenía el culo muy grande y muy redondo, unos buenos muslacos, unas tetas prominentes… pero… … no estaba gorda.

OMAR:  Estaría operada. Vaya novedad. Hay mucha cirugía por las calles de la capital.

TOM:     No, no. Esas curvas no eran razonables, pero… No creas que no lo pensé.

OMAR:  Weeenoh… Que te pusiste palote ¿no?

 

Omar le hace un corte de mangas, con el puño cerrado, en un gesto que pretende emular una dura erección de más de treinta centímetros. Tom niega con la cabeza mientras sonríe.

 

TOM:     No, no. Pero me dio un sofoco que no veas. Me quedé consternado. Ya sabes que las tetas gordas y los culos grandes a mí… Bufff.

OMAR:  ¿Y no le dijiste nada?

TOM:     No. Me quedé parado, delante de ella. Ni siquiera sé si me vio. La tía llevaba gafas de sol y…

OMAR:  Menuda mierda de anécdota, tío.

TOM:     No. Es que no es todo. Me quedé mirándole el culo cuando pasó. Llevaba unos jeans ajustados y una camisa blanca, y sus andares… Mi instinto me mandaba tras ella, pero pensé: “Si ha visto como me flipaba cuando estaba a un metro escaso de ella, y luego se da cuenta de que la sigo…”

OMAR:  Eres lo peor, tron.

TOM:     El dilema lo tuve por la noche. Me costaba dormir y me vino a la cabeza. Se me puso muy dura, pero no quería pelármela pensando en ella.

OMAR:  ¿Y eso por qué?

TOM:     Por lo que has dicho antes. Pensé que un culo y unas tetas como esas tenían que ser fruto de la cirugía. Pero ninguna mujer cuerda se hincharía de ese modo en busca de un canon estético porque… … no lo es. No es estético.

OMAR:  Pero a ti te van las tías así.

TOM:     Porque soy un enfermo mental. Ya me conoces.

OMAR:  ¿Qué más da si es una loca a quien se le ha ido la mano con sus retoques? !Viva la silicona! !Vivan los cirujanos! Son los escultores del siglo veintiuno.

TOM:     Ya, pero ¿Y si no es una mujer?

OMAR:  ¿Pero qué dices? Se te va la olla.

TOM:     Nooh. Piénsalo: algunos travestis están tan traumatizados, por haberse visto encarcelados en un cuerpo masculino, que cuando se operan quieren llegar al otro extremo. He visto casos muy flagrantes; hombres de casi dos metros con tetas enormes y un cuerpo… No quiero correrme pensando en un hombre.

 

Omar reflexiona sobre esa disyuntiva, pero no termina de encontrarle la lógica.

 

OMAR:  A ver: si te toqueteas pensando en alguien estás fantaseando con que estás con ella; pues fantasea que es una chica y ya. Es como si yo no quisiera pensar en Jessica Rabbit porque es un dibujo animado. ¿Qué más da?

TOM:     Y si luego me entero que es un hombre. Me sentiría sucio.

OMAR:  ¿Te la pelaste?

TOM:     Sí.

OMAR:  ¿Te sentiste sucio?

TOM:     Tuve una sensación… Es más bien como una preocupación; como si esa corrida fuera a tener malas consecuencias; como si temiera haberla preñado.

OMAR:  En ese caso, te iría bien que fuera un hombre. Ja, ja, jah.

TOM:     No, no, no. Prefiero preñar a una mujer que practicar sexo con un travelo.

OMAR:  ¿En serio? !Piensa en las consecuencias!

 

Un nuevo silencio reflexivo planea sobre ese dilatado momento que ocupa el presente de ese par de amigos. Suelen afrontar esta clase de contrariedades por mera diversión.

A pesar de la incorrección de su retórica, Tom respeta, como el que más, cualquier identidad sexual de todo ser vivo; pero no puede evitar sentir cierta repulsa ante los transexuales, más aún cuando se plantea tener alguna clase de intimidad con ellos.

No es nada malo.

Tengo derecho a tener mis propias fobias.

No me gustan los payasos, ni los toreros, ni los trans…

 

****

 

Nadia suele hacer el mismo trayecto peatonal todos los días. Trabaja a unos diez minutos de su casa y su jornada laboral tiene una regularidad constante y previsible. Suele ir sola, pero hoy la acompaña su amigo Ricky; un hombre negro con mucha pluma.

En la esquina de la calle Serrano con Castilla, Tom espera pacientemente. No está escondido, pero su sombría ubicación es de lo más discreta. Es un tipo propenso a las obsesiones y su perniciosa consciencia no ha podido dejar pasar el trauma que le causó tan voluptuoso espécimen andante.

Puede que, si el lunes apareció

a las cuatro y veinte,

hoy también aparezca a la misma hora;

en el mismo sitio

Se entretiene mirando el móvil mientras espera esa incierta aparición. Cuando ya empieza a perder la esperanza, escucha una risa de indiscutible feminidad. Al voltear la cabeza, se percata de la presencia de su culona musa, quien camina sin dejar de conversar, animosamente, con su acompañante.

!Es una mujer, es una mujer!

Ningún hombre reiría así por

mucho que se operara.

Ya puedo pensar en ella sin

la mancha de la duda

Como si del más indetectable de los espías se tratara, empieza a caminar tras ellos a una distancia prudencial. Tenía ganas de volver a ver a ese pibón despampanante, pero también quiere averiguar algo más acerca de ella: a donde va, de donde viene, como suele vestir, quién es el tipo que la acompaña…

Ese tío es gay. Dudo que sea su pareja

Tom camina, como quien no quiere la cosa, alternando la luminosidad del sol con la sombra de los balcones. No cree que nadie repare en su presencia, pero, de todos modos, intenta dotar de naturalidad sus lascivas miradas, alternándolas con otras muchas direcciones oculares.

Menudo culazo. Esto no es normal.

Si fuera gorda… pero es que…

¿Será verdad que está operada?

Nadia viste de un modo muy razonable. Si bien es cierto que su ropa tejana le va muy apretada, cabría pensar que no le resulta fácil encontrar prendas de su talla, aunque estas gocen de cierta elasticidad. Su actitud tampoco parece la de alguien a quien le guste llamar la atención. No obstante, su acosador ya se ha percatado de que, cerca de ella, proliferan algunas miradas indiscretas; sorprendidas por tan suntuosas formas traseras. Puede que no sean mayoría, ni siquiera la mitad, pero, a su alrededor, tanto hombres como mujeres se fijan en ella e incluso comentan su generosidad carnal mediante prudentes susurros.

!Lo sabía! No son imaginaciones mías

A la llegada a un semáforo, Tom tiene la ocasión de acercarse a su inconsciente objetivo. Como hay más gente esperando para cruzar, en el límite de la acera, se puede permitir el lujo de quedarse atrás, conservando el anonimato de su vil persecución.

¿Qué es lo que estoy haciendo?

Cualquier ciudadano de bien me

reprobaría si conociera el sentido de mi ruta

Tras un profundo suspiro, se plantea la posibilidad de volver a casa, pero, entonces, el semáforo se pone en verde y el opulento contoneo de esas nutridas nalgas vuelve a cautivar su motricidad.

Al llegar al otro lado de la calle, Ricy se despide de Nadia, mediante dos besos laterales, y ambos toman direcciones opuestas. La mujer mira su reloj y, acto seguido, le da premura a su marcha. Tras ella, Tom iguala su ritmo sin muchos reparos.

Se están adentrando en el barrio viejo y las calles se tornan más estrechas. Al doblar una esquina, Tom pierde el rastro de su presa. Ultrajado por tan inesperada pérdida, reflexiona:

¿Dónde ha ido?

Si estaba muy cerca.

No puede haberse esfumado

Se encuentra al lado de un salón de masajes. Los prejuicios de ese hombre, para con una mujer de tan atípica apariencia, vuelven a plantearle dudas reprobables:

¿Se tratará de un prostíbulo encubierto?

¿Será ella una puta para

los viciosos como yo?

El escaparate de ese negocio no le permite vislumbrar a nadie más que a una recepcionista de rasgos orientales. Contrariado, decide regresar a su casa.

Nunca he ido de putas, pero…

Aunque solo se tratara de masajes,

pagaría para que me tocara esa culona tetuda

De repente, al otro lado de esa calle peatonal, la dependienta de una tienda llama su atención y sacude su calma.

“!Es ella! No es una masajista,

es una dependienta de… … ¿de zumos?

Está de cara al público.

Puedo entrar y hablar con ella.

Puedo ser un cliente más

A pesar de que su iniciativa es, en apariencia, la misma que puede tomar cualquier transeúnte a quien le apetezca un zumo natural, el corazón de Tom ha empezado a latir con gran contundencia, y la sangre que corre por sus venas parece ser jugo de ansiedad. Después de travesar el umbral de esa puerta abierta, se encuentra, por primera vez, con la mirada de Nadia:

 

TOM:     Hola… … Me apetece un zumo fresquito. ¿Estoy en el sitio correcto?

NADIA:  Estás en el mejor sitio posible. Bienvenido a Cosechas.

TOM:     Bien, bien… … ¿Qué me puedes ofrecer?

NADIA:  Dime qué es lo que te apetece.

 

Si te dijera qué es lo que me apetece puede

que estuviera incurriendo en un delito

Nadia le muestra todas las frutas y verduras que tiene bajo ese impoluto mostrador cristalino. Tom intenta discriminar la absurda indecisión que siempre le acompaña para no estancarse en una mera formalidad dialéctica. Le señala unos limones.

 

NADIA:  ¿Limones? ¿Quieres una limonada? ¿En serio?

 

Tom no contemplaba la posibilidad de poder errar con una elección que dependiera de sus gustos, pero las preguntas de esa dependienta han sembrado las dudas en el sí de su conciencia.

 

NADIA:  Te voy a hacer un zumo con limón, un toque de naranja, pepino, menta y un poco de jengibre, ¿te parece bien? … … Tú confía en mí.

 

Tom asiente con la seriedad propia de quien asume un gran riesgo. Está sorprendido por la amabilidad que le brinda esa mujer. Se muestra muy próxima y no deja de mirarle a los ojos.

Es parte de su trabajo.

Sería atenta conmigo aunque

yo fuera un capullo integral

Sabe que juega con ventaja, simplemente, por su rol de cliente. Eso le ha facilitado las cosas, de buen principio, pero ahora añade incerteza a la hora de intuir lo que piensa esa dependienta de él.

Si me hubiera dirigido a ella,

el lunes, en la esquina de mi calle,

seguro que me hubiera tomado por un acosador.

Si se hubiera percatado que la seguía,

hace diez minutos,

me hubiera tomado por un pervertido.

Pero ahora: ahora solo soy un respetable cliente

Ajena a las atentas miradas de las que es objeto, Nadia está mezclando la materia prima elegida en su avanzado exprimidor. Tom se ha fijado en el sugerente grosor de sus labios y vuelve a sucumbir al continuo interrogante que le suscita esa mujer:

¿Esa boca podría ser natural?

A lo mejor sufre alguna clase de tiroides que

afecta a su culo, a sus tetas, a sus labios…

Puede que sean rasgos étnicos

Una piel algo oscura termina de inclinarlo hacia la posibilidad de que Nadia sea originaria de un lejano y exótico continente. Eso explicaría muchas cosas. Sea como fuere, el único interrogante que ensuciaba su deseo ya está completamente descartado, pues Nadia no tiene nuez en el cuello y su gruesa voz no deja de ser de lo más femenina.

 

-¿Cómo te llamas?-   pregunta Tom, consciente que entra en terreno personal.

 

Nadia no contesta. Ha terminado de exprimir el zumo y se dispone a servírselo cuando, inesperadamente, le pregunta:

 

-¿Una paja?-   mientras levanta sus cejas perfiladas.

 

Tom, boquiabierto y con los ojos como platos, no puede lidiar con ese malinterpretado interrogante.

 

TOM:     ¿Q.qué?

NADIA:  ¿Que si quieres una pajita para beberte el zumo?

TOM:     !Ah!… … Sí… … no, no. No hace falta… … Bueno sí. Sí. Buena idea.

 

La dependienta, sorprendida, se lo ha quedado mirando con una expresión que mezcla estupor, con asco e incredulidad.

 

NADIA:  No sé cómo interpretar esto que acaba de ocurrir.

TOM:     No, no. No. Escucha: es que no suelo… … no suelo tomar zumos y… No es que realmente pensara que tú…

 

Ese hombre aturdido se conoce demasiado bien a sí mismo como para saber que si sigue hablando va a empeorar las cosas. Con imperativa prudencia, opta por sellar sus labios con fuerza. No tarda en percatarse de lo incómodo que puede ser su silencio.

 

TOM:     ¿No me vas a decir tu nombre?

NADIA:  Ahora menos que antes.

TOM:     Normalmente las dependientas lleváis una placa ¿no?

NADIA:  Es que yo no soy una dependienta normal.

TOM:     No, no… … Eso salta a la vista.

 

Nada más terminar la irreflexiva pronuncia de su observación, ese patoso cliente se da cuenta de que acaba de meter la pata por segunda vez y mira a su interlocutora con arrepentimiento. Con un nefasto disimulo, empieza a sorber su pajita como si nada.

 

-¿Qué has querido decir con eso?-   pregunta ella con un tono ofendido.

-N.no, no… No. Solo me refiero a que… … en realidad no… … es que…-

-¿Acaso tienes algo que decir sobre mi apariencia?-   con exigente curiosidad.

 

Esa crisis incendiaria parece tener mal arreglo. Sobrepasado por las circunstancias y víctima de un ataque de verborrea, Tom elige apelar a un concepto mucho más global para excusarse:

 

-Verás:… … … … Tengo problemas sociales muy severos. Soy un inepto, especialmente cuando hablo con mujeres… … con mujeres atractivas. Nunca he salido con una chica en serio; tengo un solo un amigo que todavía es más lamentable que yo y… … … … Lo último que quería era faltarte al respeto. Siento que mi mente perturbada haya confundido, por unas décimas de segundo, una pajita con un pajote y siento haber sugerido que… … que tu cuerpo… … que tu aspecto no era normal… … Y si te he preguntado por tu nombre solo era… … solo quería comprobar si era un nombre exótico porque me ha parecido que tus rasgos no eran propios de alguien con raíces… … con mis mismas raíces culturales… … y…

 

La entrada en escena de una nueva clienta interrumpe ese caótico relato. Se trata de alguien que alberga cierta confianza con Nadia; una mujer cercana a la tercera edad que tiene asuntos que tratar con ella ajenos a las frutas y a las verduras frescas que permanecen en esa pequeña nevera cristalina.

Tom pierde el hilo de dicha conversación, pues se encuentra sumergido en su propia perplejidad. No alcanza a comprender como puede ser tan torpe cada vez que habla con una chicas.

Solo tenía que entrar y tomarme

un zumo como una persona normal.

¿Tan difícil es?

Un nuevo sorbo de ese exquisito zumo consigue abstraerle, momentáneamente, de sus flagelos mentales.

!Pero qué bueno! Menudo zumo.

Es lo mejor que he probado en mi vida

Se siente tan incómodo que ha pensado en dejar un billete encima el mostrador y salir de allá para no volver jamás, pero la poca entereza que le queda le insta a intentar arreglar esa comprometida situación.

Doña Carmen se ausenta del local con ciertas prisas. Intentando recobrar la normalidad de la situación, Tom observa la salida de esa mujer y suelta otro de sus virtuosos comentarios:

 

-Está muy buena-   afirma con tono amable.

-¿Quién? ¿La señora Carmen?-   Nadia se exclama frunciendo el ceño.

-!Nonono!-   otra vez con cara de susto   -La bebida esta, el zumo, quiero decir-

-¿Sí?-   con cierta desconfianza.

 

Tom asiente mientras sigue sorbiendo su pajita.

A raíz de las nerviosas explicaciones de su cliente, justo antes de que entrara Carmen, a Nadia ha empezado a hacerle gracia la inocencia de la desastrosa oratoria de ese hombre tan aprensivo.

 

NADIA:  Así que eres un inepto social que nunca ha tenido novia.

TOM:     Más o menos… … No: Exactamente.

NADIA:  ¿Solo tienes un amigo y te cuesta mucho hablar con mujeres atractivas?

TOM:     Sí, sí. Ese ha sido el principal problema de mi vida: mi timidez.

NADIA:  Entonces, ¿tú dirías que yo soy una mujer atractiva?

TOM:     Muy, muy atractiva. Ya sé que no respondes a los cánones, pero…

NADIA:  ¿Te van las chicas voluptuosas?

 

En respuesta a ese desacomplejado interrogante, Tom asiente, consciente de que anda por terreno pantanoso.

 

TOM:  Te vi por mi calle, el pasado lunes, y me pareciste…

 

Nadia vuelve a arrugar su frente evidenciando su extrañez. Mientras, el lento raciocinio mermado de ese hombre le hace ver lo inoportuno de su última revelación.

 

NADIA:  !Espera! ¿Te gusté por la calle, me has estado siguiendo y por eso estás aquí?

 

La expresión de Tom ha quedado congelada por uno momento.

 

TOM:     Nononono, no. No. No os he seguido. Simplemente te he encontrado aquí.

NADIA:  ¿No nos has seguido? ¿A mí y a quién?

TOM:     A nadie. A ti sola.

NADIA:  Has dicho que “no nos has seguido”. ¿Cómo sabes que no he venido sola?

TOM:     No, no… … A ver: estaba por aquí y os he visto llegar, entonces…

NADIA:  Ricky y yo nos hemos separado antes de llegar al barrio viejo.

TOM:     Sí… … Sí, sí… … Pero yo estaba en ese semáforo y…

NADIA:  Estabas en ese semáforo porque me venías siguiendo desde tu calle.

TOM:     No, no… No. A ver. Esto… … puede resultar algo confuso, pero…

NADIA:  A mí me está pareciendo todo muy claro.

TOM:     En realidad esto no es… … no es lo que parece.

NADIA:  Tú mismo has dicho que no sueles tomar zumos; sin embargo, hoy estás aquí, tomándote uno junto a la culona a la que te has dedicado a seguir por la calle.

TOM:     No te seguía. So-solo ha coincidido que hemos tomado la misma dirección.

NADIA:  Menuda casualidad más casual ¿no?

TOM:     Sí. Sí… … Estas cosas pasan a veces. Eso no quiere decir que…

NADIA:  ¿Que seas un acosador pervertido?

TOM:     !Claro! Yo solo he entrado para tomar un zumo como cualquier cliente.

NADIA:  Aunque así fuera, que no lo es, desde que has entrado has empezado a comportarte como un auténtico demente.

TOM:     No, no. Esa palabra es muy fuerte. Puede que esté algo nervioso, pero…

NADIA:  Primero has interpretado que me ofrecía para masturbarte; luego me has hecho comentarios de lo más inapropiados sobre mi cuerpo; luego, mientras mirabas a doña Carmen, has dicho que estaba muy buena; luego has confesado que te atraigo mucho porque te gustan las mujeres voluptuosas; y, al final, va y me entero de que me has estado siguiendo por la calle en distintas ocasiones. Tengo motivos suficientes como para ponerte una denuncia por acosos sexual.

TOM:     … … … … … … … … ¿Me vas a llevar a juicio?

 

La enigmática expresión de la dependienta esconde una jocosa diversión despreocupada, pues su cliente no le parece un sujeto peligroso a quien haya que temer. No obstante, le divierte seguir poniéndole entre la espada y la pared.

 

NADIA:  Soy una mujer casada, ¿sabes?… … Lo tengo que consultar con mi marido.

TOM:     No, no será necesario. Si quieres ya me voy. No volveré a molestarte.

NADIA:  Sí. Será mejor que te vayas, pero antes págame el zumo.

TOM:     Sí, de acuerdo… emm … no tengo monedas. ¿Te puedo pagar con tarjeta?

NADIA:  Claro. Dame, que te la paso.

 

Con desdén, le cobra el zumo por medio de la electrónica.

Tom aprovecha para terminar de sorber el sublime néctar mixto que tan gloriosamente ha premiado sus papilas. Es poco probable que vuelva a pisar ese local, pero puede que encuentre otra alternativa para volver a disfrutar de ese licuado hallazgo.

 

NADIA:  Pronto tendrás noticias de mi abogado.

TOM:     No, no, no… … ¿Por qué?

NADIA:  Ya te he contado que se lo consultaría a mi marido; pero ya te digo ahora que tiene muy malas pulgas y que querrá denunciarte.

TOM:     Pero esto no… … ni si quiera… … yo solo… … no quería…

NADIA:  La cámara de seguridad tiene audio, ¿sabes?… … ¿Me dices tu nombre?

TOM:     … … … … Emmm… … No… … No podrás denunciarme sin mi nombre ¿no?

NADIA:  De acuerdo, Thomas Santos Brown.

TOM:     ¿Pero qué? … … ¿Cómo? … … ¿Eh?

 

Nadia le devuelve la tarjeta de crédito, acompañándose de una luminosa sonrisa picarona. Totalmente descolocado, Tom empieza a entender que solo se trata de una broma.

 

TOM:     Eres… … Eres una mujer muy cruel.

NADIA:  Por lo menos no voy siguiendo a los tíos gordos por la calle, ni finjo que me interesan sus artículos para terminar diciéndoles que me ponen cachonda.

TOM:     Pero tú no eres gorda. Tu cara, tus brazos, tu espalda, tu cintura, no lo son.

NADIA:  Entonces ¿No te ponen las gordas en general?

TOM:     ¿Vas a volver a usar lo que diga en mi contra?

 

Nadia niega con la cabeza sin dejar de sonreír. Sus dientes, de impecable blancura, se alinean perfectamente en pro de un encanto facial que no deja de seducir a Tom con cada mueca.

 

TOM:     No me gustan las gordas. Me gustas tú. Y me gustas más a cada momento.

NADIA:  Eeh. Alto, altooh. Ya te he dicho que estoy casada. Pon el freno ¿quieres?

TOM:     ¿Es que eso no era parte de tus bromas?

NADIA:  Claro que no. Y créeme si te digo que le voy a hablar de ti, cuando llegue a casa; pero se lo contaré tal y como es, no como podría parecer.

TOM:     Así que os vais a estar riendo de mí, cuando estéis en la cama.

NADIA:  Seguramente. Eres un tío bastante gracioso, ¿lo sabes?

TOM:     Gracioso sería si pretendiera hacerte reír, no si te ríes de mí.

NADIA:  No seas tan duro contigo mismo, anda.

 

****

 

PASAJEROS AL TREN

Pasajeros al tren

El sol todavía está bajo y sus inclinados rayos matutinos embellecen, poéticamente, el interior del convoy. El tramo ferroviario que separa la ciudad de Augusta de su vecina Fuerte Castillo subraya la línea costera en la mayor parte de su trayecto.

Bubba y sus amigos suelen viajar sin billete. Suben al último vagón e intentan esquivar al interventor como buenamente pueden. Aun así, su piel oscura y su alocada actitud adolescente no juegan a su favor a la hora de pasar desapercibidos.

La mayoría del personal que suele trabajar por la zona ya los tiene fichados y conocen su rutina. A pesar de ello, cómo se trata solo de un par de paradas, los chicos suelen salirse con la suya.

Hoy no será uno de esos días, pues Malena es un hueso duro de roer. Dicha empleada ya ha localizado a los integrantes de la pandilla cuando, en la parada de Villaloda, se han bajado del tren, a toda prisa, para subirse en el vagón contiguo, con la esperanza de eludir el control de tan eficiente uniformada.

Bubba ha sido más listo. Cuando se ha percatado de lo indiscreta que era la espantada de sus colegas, ha decidido permanecer en su asiento para huir de la polémica.

Ese chico es el más decente y educado del grupo. A menudo se siente incómodo ante la incívica conducta de sus amigos, pero su comunidad es bastante cerrada y no tiene mucho donde elegir.

No son mala gente, aunque, a veces…

Son como mi familia: un poco defectuosos,

pero, a fin de cuentas: son los míos

A diferencia de los demás, Bubba saca buenas notas y tiene la esperanza de conseguir una beca para ir a la universidad. Quiere labrarse un buen futuro libre de estigmas raciales y de esas herencias culturales tan arraigadas en su estirpe.

Es un muchacho alto y fuerte, pero su carácter es blando y eso le relega a los puestos más bajos en la jerarquía de esa cuadrilla. Su timidez suele jugarle malas pasadas, tanto a la hora de hacer nuevas amistades como cuando intenta ligar con alguna chica.

Aun así, su inherente optimismo le motiva para llevar siempre un preservativo en su cartera. Aún no ha superado el trauma que le causó la chica que le gustaba cuando, una noche, ella no quiso consumar su lujuria con él por falta de dichas precauciones. Al día siguiente, Kenia volvió con su novio y la oportunidad de desechar la indeseada virginidad del chico se esfumó cruelmente.

Los escasos pasajeros que todavía permanecen en la estancia escuchan, en silencio, los gritos provenientes del vagón contiguo. Nadie parece molesto por la estática condición de su medio de transporte ante el interés que suscita la bulliciosa discusión que mantiene la revisora con esos jóvenes polizontes.

Al otro lado de las puertas que dan lugar a la articulación del convoy, se están argumentando disparatados reproches de todo tipo, pues esa mujer no se amedranta frente a nada ni nadie.

 

-!No soy racista! No dejo viajar a nadie sin billete, sea negro o sea blanco-

-Sí que lo eres. Siempre haces lo mismo. En cuanto nos ves vienes a por nosotros-

-Porque siempre subís sin billete. Ya os conozco de otras veces y no voy a dejar que…-

-Te gusta humillarnos porque somos negros y pobres; y… … !solo por dos paradas!-

-Con mis compañeros hombres no os ponéis tan gallitos. ¿Tan machistas sois?-

-No tendríamos que ser machistas si tú te quedaras en tu sitio: En la cocinaah-

 

Bubba se estampa la palma de la mano contra su cara. No puede creer que sean sus amigos los que están protagonizando esa bochornosa y reprobable escena.

Lejos de incomodarse, el resto de pasajeros sonríen, ante esa esperpéntica bronca ajena. Se miran, unos a otros, y niegan con la cabeza condescendientemente.

Finalmente, Malena termina por echar a esos críos sin ayuda del personal de seguridad. El tren no tarda en emprender la marcha lentamente. Ya desde el andén, en cuanto se dan cuenta de que su amigo les observa, jocosamente, tras el cristal de su ventanilla, los chavales le dedican exaltadas muecas teatralizadas.

Ni siquiera me habían echado de menos.

¿Me tacharán de traidor o de listo?

¿Quién sabe?

A poco de llegar a la capital, hay una serie de túneles que sortean los acantilados de tan accidentada geografía litoral, dándole cierta épica a dicho itinerario.

Bubba viaja en uno de los últimos asientos del último vagón.

Si mi objetivo fuera llegar a Fuerte Castillo sin pagar,

como de costumbre, casi lo habría logrado.

Pero no, hoy me esperan en Pino Alto

En su búsqueda online, Bubba ha encontrado un bajo de segunda mano, pero el vendedor no quiere desplazarse y el envío resultaría muy costoso. Con unos recursos económicos tan limitados, el chico no quiere dejar pasar esta oportunidad.

El tren aminora la velocidad a medida que se acerca a su próximo destino. Ya en la estación, el vagón se vacía y Bubba se queda solo, fugazmente, antes de que suban un par de pasajeros con la intención de partir de Fuerte Castillo, en dirección al sur.

En cuanto el anuncio sonoro vuelve a avisar del cierre de las puertas, el muchacho se siente aliviado.

Ya está. Aunque me pillara ahora

lo único que haría es

obligarme a bajar en Pino Alto,

que es a donde voy

El tren vuelve a moverse y se acelera, paulatinamente, hasta alcanzar su máxima velocidad. Bubba está mirando, boquiabierto, ese paisaje marítimo que tanta paz le da mientras piensa en el futuro musical que le espera, junto a su amigo Keita y Los Bocasekas. No tienen muchos conocimientos de solfeo, pero si muchas ganas y mucha ilusión.

Una bocanada de ansiedad llena sus pulmones cuando, de improvisto, Malena hace acto de presencia en el último vagón. Esa mujer es de armas tomar y puede que arrastre el enfado que le han inoculado los impresentables de sus amigos.

Me va a cantar las cuarenta, seguro

Si tuviera la cara más dura, a Bubba no le afectaría nada de lo que la interventora pudiera decirle, pero la frágil timidez del muchacho le augura un agrio devenir en los próximos minutos.

 

MALENA:  A ver, tú… … No llevas billete, ¿no?

BUBBA:     Mmm… … no. ¿Cómo lo sabe?

MALENA:  Lo llevas escrito en la cara. Lo que no sé es por qué no estás con tus amigos.

BUBBA:     Mmm… … ¿Qué amigos?

MALENA:  ¿Me tomas por tonta?

BUBBA:     Que esos tíos sean negros no quiere decir que sean mis amigos.

MALENA:  Nunca se me olvida una cara, sea blanca o negra. ¿Me oyes? Te tengo visto.

BUBBA:     ¿Usted se acuerda de mí?

MALENA:  Claro. Me acuerdo de ti y me acuerdo de tus amigos.

BUBBA:     No llevo dinero.

MALENA:  Qué novedad.

BUBBA:     En serio. Sé que tendré que bajarme en la próxima parada.

MALENA:  Lo que tienes que hacer es pagarme el billete.

BUBBA:     No tengo dinero; se lo he dicho.

MALENA:  No me lo creo.

BUBBA:     Le digo que síií… … de verdad.

MALENA:  Si no mientes, no te importarás que le dé una ojeada a tu cartera, ¿no?

BUBBA:     Pues no. Puede mirar.

 

Ese chico cauteloso ha escondido su dinero en otro bolsillo.

 

-Aquí la tiene-   le dice mientras se la da.

-Tú no eres como tus amigos-   señala la revisora mientras suaviza su tono.

-No. No soy machista. Respeto a las mujeres y a los ciudadanos en general-

 

Malena mira a ese usuario con cierta desconfianza. Se trata de una mujer de poca estatura que ronda los treinta. Cuando no está enfadada, los rasgos de su rostro adquieren una notable armonía de ojos azules; pelo rubio, peinado clásico de media melena con flequillo, cejas naturales, largas pestañas, mofletes redondos, nariz discreta, boca pequeña… Su anatomía sería de lo más normal si no fuera por el gran culo que enfundan los pantalones de ese uniforme oscuro.

Extralimitándose en sus funciones, la interventora acaba de cerciorarse de que Bubba no lleva dinero en su cartera. A pesar de ello, su búsqueda no ha sido totalmente infructífera:

 

MALENA:  ¿Qué es esto?

BUBBA:     … … … …

MALENA:  Tengo que confiscarte este condón. Está caducado.

BUBBA:     … … ¿Qué? … … No, eso no… … ¿Sí?

MALENA:  Sí. Parece que mojas muy poco, ¿verdad, chaval?

BUBBA:     Emm… No creo que su trabajo implique mirar la fecha de caducidad de…

MALENA:  No. No es por mi trabajo. Es más bien una… una obligación ética, ¿sabes?

BUBBA:     ¿Ética? ¿Pero qué tiene que ver…?

MALENA:  Guardas esta goma para usarla con una chica ¿no? A ella no le dirás que está fuera de fecha y la expondrás a un embarazo no deseado, ¿cierto?

 

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