FUERTE CASTILLO

PRÓLOGOº

ASUNTOS DE BOMBERO

8hldSFs

 

sábado 5 mayo

Marisa y Salva no están pasando por el mejor de los momentos. Hace mucho que se extinguió la magia de su amor, pero el declive de ese longevo matrimonio parece no llegar nunca a su fin.

Intentan mantener a su hijo a salvo de las malas vibraciones. Nunca se pelean delante de él, pues Eugeni está en una edad difícil y es muy susceptible de desestabilizarse emocionalmente.

 

 

SALVA:     Podrías ir tú sola; de todos modos, no me escucháis.

MARISA:  Claro que te escuchamos, lo que pasa es que tú no dices nada.

SALVA:     Me cansé de que cada vez que abría la boca me cortarais.

MARISA:  Naah. Lo que pasa es que a ti no te gusta que te corrijan.

SALVA:     Lo que tú digas. Lo he intentado, pero no voy a volver más. Te lo he dicho.

 

En un fútil intento de dar por terminada la presente discusión, ese importunado padre de familia sube el volumen del televisor e ignora a su mujer acomodándose en su habitual plaza del sofá.

A fuera, el sol rojizo de ese atardecer primaveral ya agoniza. No tardará en caer derrotado tras las inamovibles montañas que, a lo lejos, perfilan un horizonte cada vez más oscuro.

 

MARISA:  Sabes que siempre he tenido complejo de flacucha y de bajita.

SALVA:     No empieces con esto. Ara viene cuando sacas el tema de la vecina.

MARISA:  No tendríamos esta pelea si yo tuviera las tetas de Clara. !Seguro!

SALVA:     ¿Te das cuenta de cuanto te repites? Al final tendré que ir yo al psicólogo.

 

Esa pareja malhumorada lleva semanas acudiendo a una asesora matrimonial para combatir la insatisfacción que atormenta la llana existencia de Marisa, quien, de pie frente a su marido, no deja de acosarle con su enfurruñada mirada fija.

 

MARISA:  !Es lo que te digo! Maite es muy buena psicóloga.

SALVA:     Entonces… … espero que pueda ayudarte, porque estás muy mal.

 

Mientras pronuncia esta última frase, Salva se levanta y se dirige a la puerta principal de su casa. Tras coger las llaves, el móvil y la chaqueta, se aferra al pomo sin abandonar el hastío que deforma la expresión de su rostro.

 

-¿Dónde vas?-   le pregunta su mujer todavía más ofendida.

-A dar un paseo-   contesta él   -Necesito tomar el aire-

 

Marisa es consciente de que no puede oponerse a esa espantada, pues su menuda constitución nada podría hacer frente a la corpulencia de un bombero acostumbrado a rebasar obstáculos mucho mayores.

Tras el portazo de su marido, queda pal plantada en medio del pasillo, apretando puños y dientes en una gélida pose que denota un considerable repunte de su ya habitual frustración.

Al otro lado de esa gruesa puerta de madera, Salva inspira hondas bocanadas de alivio y de paz. Ya pisando el césped de su jardín, se alegra de haber cogido la cazadora, pues, a pesar de que el invierno ya queda lejos, un frío viento de poniente se empeña en hacer notar que todavía falta más de un mes para la llegada del verano.

No sé qué quiere esta mujer de mí.

Hay algunas cosas que no se pueden forzar.

Me tiene… … Me tiene…

Quiere a su esposa, pero no está dispuesto a fingir que aún la desea. No después de lo acontecido con Paula, el pasado verano. La extinción de su duradera fidelidad, con la novia de Eugeni, marcó un antes y un después en esa relación destemplada.

Si Marisa lo supiera…

Si supiera que me tiré a la novia de nuestro hijo…

Si supiera que la mayoría de las pocas veces que

 consumamos nuestro matrimonio

pienso en Paula nada más apagar la luz…

Si supiera que cuando no pienso en esa niña culona,

 me imagino que estoy con Clara…

La vecina de los Alfaro enviudó hace pocos años. A raíz de tan inesperada tragedia, Marisa se ofreció para cuidarle el niño siempre que lo necesitara. Lucas es un encanto y no da mucho trabajo, y a la esposa de Salvador ya le viene bien mantenerse ocupada hasta que pueda reincorporarse al mercado laboral.

No obstante, la aguda perspicacia de tan celosa mujer nunca ha pasado por alto la devoción mal disimulada que siente su marido por esa voluptuosa escritora de literatura infantil. Preciosos ojos verdes, larga melena negra, enormes tetas, cintura de avispa, buen culo… No son pocas las veces que Marisa se ha arrepentido de haberse acercado a Clara para socorrerla en sus momentos más difíciles.

 

domingo 6 mayo

Salva empieza hoy sus vacaciones. Tiene que aprovechar estas fechas antes de que dé comienzo la temporada de incendios.

Sigue retozando en su cama, sin culpabilidad alguna, cuando se acercan ya las diez de la mañana.

Se molesta al escuchar los graves sobredimensionados del trap que suena en la habitación de su hijo.

En cuanto cambia su postura, se percata de la tremenda erección que deforma sus holgados pantalones de pijama.

Debería aprovechar mis empalmes mañaneros

para satisfacer a mi mujer sin tener que

recurrir a pensamientos adúlteros

Esa chistosa ocurrencia parece menos disparatada a cada segundo que pasa, pero pronto son otras las ideas que ocupan su mente. Empiezan a abordarle las imágenes borrosas que teñían su letargo justo antes de que la música de Eugeni lo desvelara.

No. No se trata solo de un

empinamiento circunstancial.

Estaba soñando con… … con…”

Como si el universo quisiera refrescarle la memoria, la voz de Clara llega a sus oídos impregnada de una inherente amabilidad agradecida. A diferencia de Marisa, esa mujer nunca pierde la calma ni pronuncia una palabra más alta que otra.

 

CLARA:     Te lo agradezco. Me haces un favor enorme, Marisa.

MARISA:  Tranquila, ya sabes que puedes contar conmigo cuando se trata de Lucas.

 

¿Cómo lo hace?

¿Cómo puede ser tan maja con la envidiada

artífice de todos sus celos?

Pese a la desconfianza de su mujer, lo cierto es que Salva nunca ha incurrido en ninguna conducta impropia más allá de sus libertinos pensamientos, o de alguna que otra mirada indiscreta.  Ni siquiera recuerda haber soñado con su vecina hasta hoy.

 

LUCAS:     ¿Está Eugeni?

MARISA:  Sí, sí. Está en su habitación.

CLARA:     No le molestes, cariño. Estará con sus cosas de mayores.

MARISA:  Tranquila. A mi hijo le encanta Lucas. Se lo pasan muy bien juntos.

CLARA:     Ya me ha contado que se ponen a jugar al FIFA durante horas.

 

Eugeni es hijo único. Ese quinceañero con la cara llena de acné siempre ha sido muy tímido y antisocial. Sus únicos amigos son, precisamente, Lucas y su hermano mayor, Blas. Quedó muy tocado a razón de su fugaz romance con Paula, a principios del pasado verano. Justo ahora empieza a levantar cabeza. Afortunadamente, no conoce las razones que motivaron a esa chica despiadada para acercarse a él en un primer momento.

 

CLARA:     Te lo vengo a buscar hacia las doce, ¿te va bien?

MARISA:  Sí, sí. Está bien.

CLARA:     Gracias, Marisa. No sé lo que haría sin ti… … Adiós, cariño. Hasta luego.

LUCAS:     Adiós, mamá.

 

Al constatar la extinción de esa charla, Salva fuerza su postura para asomarse por la ventana, todavía sin levantarse de la cama. Entre ondeantes cortinas blancas, y sin ningún cristal de por medio, observa cómo su despampanante vecina se encamina hacia la calle con sus siempre femeninos y elegantes andares.

Un pingüino al lado de un cisne;

así se ve Marisa cuando Clara se le acerca

Le gustaría compartir esa ocurrente metáfora con alguien, pero es consciente de que su propia vida correría peligro si dicha comparación llegara a oídos de su mujer.

Los irritantes ritmos provenientes de la habitación de Eugeni han cesado gracias a la reciente llegada del pequeño Lucas. Pronto serán substituidos por una narración deportiva mucho más comedida y llevadera.

Finalmente, Salva consigue levantarse de la cama y dirigirse al lavabo. Su ya menguada erección le permitirá hacer sus necesidades matutinas sin dificultades añadidas.

Ya frente al espejo, reflexiona sobre la delicada situación de su matrimonio; sobre su negativa a seguir acudiendo a las sesiones de Maite; sobre el mal rollo que tuvo ayer con su mujer…

 

-Vaya-   le escupe Marisa en cuanto se lo encuentra en el pasillo   -Ya te has levantado-

-Sí, sí-   contesta Salva inmune a esa hostilidad.

-Podrías cortar el césped, hoy. Tenemos un jardín que da pena-   con desdén.

-Tenemos un jardín silvestre, amazónico, salvaje…-   afirma orgulloso.

-… …Hazme el favor, ¿vale?-   le ruega con desdén mientras le da la espalda.

 

En el exterior, hay nubes blancas en el cielo y una suave brisa combate el calor que pretende reinar en estos tranquilos lares repletos de casas unifamiliares. Si bien no se trata de una de las zonas más bien estantes de Fuerte Castillo, no hay duda de que ese barrio peatonal goza de un encanto de lo más acogedor.

 

****

 

Salva a esperado a que cayera el sol para afrontar la ardua tarea que le ha encargado su mujer. Está acostumbrado al duro entrenamiento del cuerpo de bomberos, pero, cuando no está de servicio, intenta procurarse una vida más cómoda.

Ha cortado el césped y ahora se dedica a podar los setos que delimitan su jardín. En cuanto afronta la hilera colindante a la propiedad de su vecina, se permite fisgonear discretamente y, tras afinar mucho su visión a través de la zona menos poblada de la maleza, consigue vislumbrar cierta claridad tras una de las ventanas de la casa de Clara. De repente:

 

-!Hola, Salva!-   grita un niño desde el otro lado; a un metro escaso.

-!Dios! Lucas-    víctima de un mayúsculo sobresalto   -¿De dónde sales tú?-

-Estaba jugando ahí; ahí mismo-   contesta efusivamente   -¿Qué haces?-

-Arreglo el jardín. Dice Marisa que está demasiado descuidado-

-¿Y el nuestro?-   pregunta tras voltearse y examinar el perímetro.

 

Apenas pueden verse, el uno al otro, a través de la espesura de esos tupidos setos, pero eso no representa ningún obstáculo para la fluidez de la charla que mantiene tan asimétrica pareja.

Tras una pausa reflexiva, la lascivia adúltera del bombero se disfraza de honorable caballerosidad para tomar la palabra:

 

SALVA:  Dile a tu mamá que tengo vacaciones y que podría ocuparme de su jardín.

LUCAS:  Se lo diré. Voy ahora mismo a decírselo. Quiero ver cómo trabajas.

 

Atento a la carrera del niño, Salva, un poco asustado, da por terminadas sus tareas, y se apresura a entrar en su casa para darse una buena ducha.

 

lunes 7 mayo

El sonido de la puerta principal desvela a Salva, quien bosteza a merced de un despertar mucho más tempranero que el de ayer.

Eugeni suele ir a pie hasta el instituto, pero hoy va un poco tarde y su madre lo llevará en coche.

Marisa tiene la agenda un poco apretada durante toda la mañana. Tiene que asistir a un par de entrevistas de trabajo y quiere hacer algún que otro recado, si le da tiempo.

Salva siempre hace estiramientos nada más levantarse. Es una de tantas rutinas que le permiten mantenerse en forma y gozar de una salud de hierro: comida sana, ejercicio, descanso… Hace años que dejó de fumar y ya no tiene ningún vicio.

Me siento bien, en paz, equilibrado…

Lo único que me perturba son mis broncas con Marisa.

Maite tuvo una buena idea cuando la instó a volver a trabajar.

Ahora solo falta que encuentre un buen trabajo;

una ocupación en la que se pueda sentir realizada

Tras atender a sus quehaceres biológicos y tomar un ligero desayuno, arregla el dormitorio al tiempo que intenta organizarse las cortas vacaciones que tiene por delante.

Antes de que pueda concretar ningún plan, un sonido un tanto alarmante llama su atención. Se trata de un petardeo que viene de fuera. Salva se asoma a la ventana para encontrarse con una damisela en apuros: Clara no ha logrado alcanzar su habitual plaza de parking y se ha quedado parada en medio de la calle.

Como alma que lleva el diablo, ese servicial vecino sale de su casa para ayudar a tan desamparada mujer. Cuando llega, ella está intentando mover el vehículo sin demasiado éxito.

La contrariada expresión de Clara se ilumina con una diáfana sonrisa en cuanto advierte la presencia de sus viriles refuerzos.

 

CLARA:  Socorro.

SALVA:  Súbete y pon el punto muerto, ¿vale?

CLARA:  Ya está en punto muerto. No soy tan tonta, hombre.

 

Salva levanta el pulgar mientras se apresura a acceder a la parte trasera del coche. Su esforzado empuje vence la estática inercia de ese monovolumen. Clara solo tiene que girar el volante, levemente, para corregir una corta trayectoria que termina alcanzando el emplazamiento adecuado.

 

-Gracias, Salva-   dice tras bajarse del coche   -Eres mi héroe-

-Solo cumplo con mi deber ciudadano-   cual Superman sacudiéndose la gratitud.

-¿Tú deber ciudadano también implica hacerme de jardinero?-

 

El tono de esa intimidante mujer se ha vuelto sinuoso, inesperadamente, al hacer alusión a esa pretérita oferta. Apoyado en el coche, Salva esgrime un par de gestos que denotan su súbita inseguridad ruborizada.

 

SALVA:  Te lo dijo Lucas, ¿eh? En realidad… … fue idea suya.

CLARA:  Ese niño puede llegar a ser muy persuasivo ¿no?

SALVA:  Sí. Me encontró podando los setos y…

CLARA:  No te preocupes, no te voy a pedir que trabajes para mí.

 

Clara ha recuperado su habla más natural en cuanto han empezado a hablar del pequeño de la casa. Tras cerrar la puerta del coche, retrocede, camino de su casa, sin dejar de observar a su salvador mediante una hipnótica mirada de agradecimiento que Salva, boquiabierto, no puede desatender.

 

SALVA:  No… … Sí… … A ver… … Que lo dije en serio.

CLARA:  Puedo contratar a un jardinero, Salva.

SALVA:  ¿A un jardinero? ¿Y el coche? ¿Quieres que le eche un vistazo?

CLARA:  No, tranquilo. Es de Renting. Ellos se ocupan. Pero gracias de todos modos.

 

La distancia que les separa ya es considerable y ambas voces tienen que hacer un pequeño esfuerzo para que no se rompa el hilo comunicativo. Clara sacude su mano, a modo de despedida, mientras usa su culo para empujar la puerta del jardín de su casa. Salva se limita a asentir con la cabeza, un poco avergonzado:

!Genial!

¿No podría parecer un poco más necesitado?

¿Por qué no me arrodillo y le suplico

un poco de su atención?

Derrotado y cabizbajo, encamina el regreso hacia su casa. Ya dentro del recinto de su jardín, no dejar de compadecerse. De pronto, la femenina voz de su vecina le rescata del pozo:

 

CLARA:  ¿Te apetece una limonada? Tengo antojo.

SALVA:  ¿Qué? ¿Una limonada?… … !Vale!… … Un momento.

 

No están en un barrio demasiado inseguro, pero se quedará más tranquilo si cierra la puerta con llave antes de ausentarse.

Con prisas injustificadas, se apresura a personarse en el porche de la casa contigua. Sus pensamientos alborotados no dejan de dar palos de ciego a la hora de calibrar las expectativas que debería tener frente a tan inesperada invitación, hasta que:

!Claro!

Se ha fijado en que no está el coche de Marisa.

De ahí su cambio de actitud

Aún sin encontrar a Clara, Salva halla una inerte puerta abierta que le invita a entrar. Tras cerrarla tras de sí, no tarda en oir unos sonidos en la cocina que actúan a modo de reclamo.

 

-Venía conduciendo con una sed…-   le explica mientras corta un par de limones.

-Yo pensaba que los antojos solo abordaban a las embarazadas-   un poco cortado.

-!No me asustes! No tenía pensado tener un tercer hijo-

 

Más que dejar a entrever una vida sexual activa, la broma sonriente de Clara pretende romper el hielo que el nerviosismo de Salvador lleva consigo. Tras encender su silencioso exprimidor eléctrico, ella continúa llevando la batuta de la conversación.

 

CLARA:  No está Marisa, ¿no? No he visto su coche.

SALVA:  No, no… … Tiene una mañana liada en el centro.

CLARA:  ¿Tardará en llegar? No quisiera que te encontrara aquí.

SALVA:  Sí, sí… … ¿Por qué? ¿Por qué no quieres que…?

CLARA:  Tu mujer se porta muy bien conmigo. No quiero enfadarla.

SALVA:  Ya, pero… … a ver…

CLARA:  Tengo el oído muy fino, Salva; y Marisa es muy chillona.

 

Clara ha enriquecido su última frase con una insinuante musicalidad que nutre sus palabras de un significado oculto pero muy explícito. Su invitado se pone todavía más nervioso.

 

SALVA:  ¿Quéh?… … ¿Marisah?

CLARA:  Tranquilo. Suelo causar este efecto en las mujeres. Por eso no tengo amigas.

SALVA:  ¿Non.no tienes amigas?

CLARA:  Solo Rebeca, de la editorial; y tu mujer. Son las únicas que me toleran; o casi.

 

Esa generosa anfitriona le ofrece un refrescante baso de limonada a su oyente mientras se amorra al suyo propio. Tras un par de sorbos, prosigue:

 

CLARA:  Becky está casada con un hombre mayor… … No se siente amenazada.

SALVA:  ¿Qué es exactamente lo que has escuchado? ¿Fue el sábado?

CLARA:  No solo el sábado. A menudo busco silencio absoluto para escribir.

SALVA:  Vaya. Qué vergüenza… Tienes que saber que Marisa está un poco loca y…

CLARA:  ¿Esas son formas de hablar de la mujer de tu vida?

SALVA:  No, en serio: dice muchas tonterías sin pensarlas, se inventa cosas…

CLARA:  Entonces… … ¿no es verdad que estás loco por mí?

 

Salvador queda mudo. No esperaba semejante verticalidad en la desacomplejada oratoria de su vecina.

Las largas pestañas de Clara abanican una mirada verdosa, de sugerente irreverencia, mientras ella da un par de nuevos sorbos cítricos, manteniéndose a la expectativa.

 

SALVA:  Eeh… … Bueno… … la verdad es que… … en realidad…

CLARA:  !Nooh! Esa no es la respuesta correcta, Salva.

SALVA:  ¿Noh?

CLARA:  Un buen marido tiene que consagrarse a su mujer, sin vacilaciones.

SALVA:  No… … Si ya.

CLARA:  Eso vale para los dos… … ¿Acaso te crees que le caías bien a Camilo?

SALVA:  … … ¿Camilo? ¿Es que me odiaba tu difunto marido?

CLARA:  Disimulaba, pero no podía ni verte.

 

Salva levanta la vista hacia el techo para hacer memoria.

 

CLARA:  Era un hombre celoso e inseguro. Odiaba a todo aquel que se me acercara; pero yo nunca le puse los cuernos. !Nunca! Es cuestión de respeto.

 

Tras tan lapidaria afirmación, Clara se acerca a la ventana para dirigir su mirada trascendental en dirección al horizonte. Dicha desconexión visual autoriza a su invitado para darle un buen repaso, pues el esmero de Salva en corresponder a esos atentos ojos claros le había privado de admirar la gloriosa fisonomía mamaria de su vecina; no en vano, la reveladora camiseta blanca de tirantes que tiene ante si no ha dejado de ofertarle unos pechos que parecen aún más enormes de perfil.

 

-Y no creas que me faltaron ocasiones-   mientras se aparta un mechón de la cara.

-… … Está claro que no-   contesta mientras intenta conservar su entereza.

-¿Por qué?-

 

Ese súbito interrogante ha sonado como si de un imperativo se tratara: tan brusco como la repentina mirada de su hacedora.

 

SALVA:  ¿P.Por qué?

CLARA:  ¿Por qué tienes tan claro que no me faltaron ocasiones?

SALVA:  Eres… … Eres una mujer de bandera, Clara.

CLARA:  ¿Podrías explicarme este término? No será una expresión machista ¿no?

SALVA:  ¿Machista? ¿Yo? !Qué va!

CLARA:  ¿Entonces?

SALVA:  Me refiero a que… Puede que seas la mujer más guapa que he conocido.

 

Un silencio ensordecedor se apodera de la escena tras esa contundente afirmación. Salva se siente desnudo de repente.

 

-Vaya: eso son palabras mayores-   afirma ella sofocando toda su hostilidad.

 

Los pequeños sorbos de Clara parecen querer prolongar su ingesta licuada de un modo opuesto al de Salvador, a quien le han bastado un par de tragos para vaciar su vaso de cristal.

 

CLARA:  Le debo mucho a tu mujer. Estuvo ahí en mis peores momentos.

SALVA:  Lo sé, lo sé. Marisa es una gran mujer… … aunque no sea una mujer grande.

 

La hermosa risa de Clara resulta balsámica para el nerviosismo tensionado de su visitante. Salva nunca ha sido muy chistoso y le alegra mucho haber resultado gracioso con esa afilada broma sobre el esmirriado tamaño de su esposa.

 

CLARA:  Se lo diré. Voy a decírselo la próxima vez que le lleve el niño.

SALVA:  Cuidado. Si se entera que hemos hablado igual acaba contigo.

CLARA:  No. No lo creo.

SALVA:  Tienes razón. A ti te tiene en gran estima. En todo caso sería yo el fiambre.

CLARA:  ¿En gran estima? ¿En serio?

SALVA:  Ayer lo pensé. Cuando viniste a traer a Lucas os escuché hablar y me di cuenta de la amabilidad que impregna su tono cuando habla contigo. Eso me dio que pensar, y luego llegué a la conclusión que su resentimiento solo me atañe a mí.

CLARA:  No es de extrañar. Yo nunca me he portado mal con ella.

SALVA:  Yo tampoco.

CLARA:  Eso no es eso lo que opina tu mujer cuando se enfada.

SALVA:  Marisa necesita focalizar su frustración en reproches concretos; está pasando por un mal momento y me ha escogido como cabeza de turco.

CLARA:  !Ja! ¿Cabeza de turco?… … ¿Sabes de donde viene esta expresión?

SALVA:  No. Tú seguro que sí. Como buena escritora, debes de ser muy culta, ¿no?

 

Clara se siente halagada y esgrime ciertos gestos altivos con toques humorísticos. Apoyando el culo y las dos manos sobre el mármol de la encimera, empieza su didáctica explicación:

 

-En los tiempos de las Cruzadas, los cristianos se enfrentaban con los turcos. Cuando un cristiano mataba a un turco, le cortaba la cabeza y la exhibía como trofeo. En esa época se culpaba de todos los males a los turcos, pues eran más odiados que los comunistas en Estados Unidos durante la guerra fría, los judíos en la Alemania nazi o los independentistas catalanes en la España actual. Por aquellos entonces, los cristianos colgaban la cabeza de su pobre víctima turca en un sitio visible y le echaban las culpas de todo; más allá de los males de la guerra: enfermedades, infortunios…-

 

Salva escucha la dulce voz de esa mujer tan cultivada y se deleita con cada una de sus palabras. Acostumbrado a la voz nasal de Marisa, a sus quejas, a sus exigentes directrices… Clara le parece un ángel etéreo, iluminado, místicamente, por una luz matutina que se cuela por la ventana de la cocina y que le otorga un divino resplandor a su gloriosa silueta curvilínea.

 

SALVA:  Deberías dar clases para niños.

CLARA:  Es lo que estudié, pero solo ejercí unos pocos años antes de tener a Blas.

SALVA:  Tienes una… … una calidez tan amable… Me gusta mucho escuchar tu voz.

CLARA:  Será lo primero que te viene a la mente cuando piensas en mí; mi voz.

SALVA:  … … Emmh… … ¿Qué?… … ¿Cuándo…?

CLARA:  Sí… … Dime:… … ¿piensas mucho en mí?

 

Las modosas palabras de Clara vuelven a zarandear el aplomo de su invitado, y lo abandonan a su suerte; sobre unas tierras pantanosas de verdades incómodas.

En la cuerda floja, Salva apela a su prudencia e intenta no dar ningún paso en falso ante a tan capciosa pregunta.

 

SALVA:  Bueno… … Mucho, poco… … Todo es relativo.

CLARA:  ¿Intentas darme esquinazo? ¿A mí?

SALVA:  No. A ver. ¿Qué quieres que te diga?

CLARA:  Mójate. Pensaba que los bomberos erais valientes.

 

Salva no sabe qué cara poner. Siempre fue un tipo muy paradito en todo lo referente al género opuesto, y no se le da nada bien aparentar normalidad cuando está nervioso.

 

SALVA:  Puede que… … Creo que soñé contigo el domingo por la mañana.

CLARA:  ¿Crees?

SLAVA:  No sé. Tengo el recuerdo muy difuso, pero…

CLARA:  Eres un mentiroso.

SALVA:  No. Te lo digo de verdad.

CLARA:  Siéntate. Vamos.

SALVA:  ¿Qué? ¿Por qué?

CLARA:  Calla y obedece.

 

Con una sonrisa perpleja pintada en su rostro, Salva termina por acatar esa orden y toma asiento en la silla más cercana; frente a la mesa impoluta que hay en el centro de la cocina. Tras desvincularse de un frío vaso cristalino con trazas de pulpa y azúcar, advierte la inquietante disposición que se procura su anfitriona, justo detrás de sí.

 

SALVA:  ¿A qué juegas?

CLARA:  No es ningún juego. ¿Tú te has visto? Pareces un nudo.

SALVA:  ¿Un nudo? ¿Yo?

 

Salva se pone todavía más tenso cuando siente los dedos de esa mujer sobre sus hombros. Consciente de ello, Clara se afana a regañarlo como si de uno de sus hijos se tratara.

 

CLARA:  ¿Lo ves? No dejas fluir la energía. Seguro que tienes los nadis bloqueados.

SALVA:  ¿Nadis?

CLARA:  Es por donde fluye la energía de los chakras.

 

Cuando su mujer hacía yoga y le hablaba de estas cosas, a Salva le parecían una sarta de sandeces; pero ahora que escucha las mismas referencias de la boca de Clara, intenta abrir su mente para dar cabida a tan esotéricos conceptos.

 

-Cierra los ojos. Relaja tu cuerpo y tu mente-   susurra mientras le masajea la espalda.

-… … ¿Qué es lo que quieres de mí?-   pregunta con tono adormecido tras obedecerla.

-Quiero averiguar los detalles de tu sueño-   contesta de un modo casi inaudible.

 

No son pocas las veces en las que Salva ha fantaseado con protagonizar escenas eróticas junto a su voluptuosa vecina; todas empezaban con situaciones cotidianas: esa vez que le arregló la lavadora; el día que la ayudó a descargar la compra; o como la semana pasada, cuando le devolvió al pequeño Lucas.

 

CLARA:  Mi marido tenía las manos más fuertes. Hacia buenos masajes.

 

Con sus ojos cerrados, y sometido a los puntiagudos dedos de su musa, Salva se siente extraño: como si verdaderamente se estuviera materializando un guion que parecía destinado a permanecer eternamente en el cajón de lo imaginario.

 

CLARA:  Dime: ¿dónde ocurría tu sueño?

SALVA:  Ya te he dicho que no me acuerdo de…

CLARA:  No me contestes hasta que no hayas intentado recordar. Quiero que vacíes tu mente del aquí y del ahora; que te alejes de todo el ruido que tapa tu memoria y tensa tus músculos y tu sistema nervioso. Olvídate de tus problemas mundanos. Sumérgete en la evocación de ese sueño que yo misma protagonicé en la mañana del domingo.

 

Slava se sorprende a raíz del trance que le está sobreviniendo. No se considera un tipo demasiado espiritual y es muy escéptico con respecto a la existencia de las energías sutiles y los chakras, por eso le cuesta tanto concebir esos cambios en su consciencia.

¿Serán sus habilidosas manos?

¿Su hipnótica voz de terciopelo?

¿Sus certeras palabras?…

!¿Puede que me haya puesto

algo en la limonada?!

 

CLARA:  ¿Estás ya en él?

SALVA:  … … Sí, eso creo.

CLARA:  Quiero que describas el sitio en el que te encuentras.

SALVA:  Es… … oscuro, colorido… … bullicioso.

CLARA:  ¿Es jaleo lo que escuchas? ¿Ruido? ¿Música?

SALVA:  … … Música: techno, máquina.

CLARA:  ¿Dónde estoy yo?

SALVA:  Estás con unos hombres… … cuatro o cinco. No dejan de cortejarte.

CLARA:  ¿Y qué haces tú?

SALVA:  … Estoy preocupado… Tengo miedo de que esos tipos te estén molestando.

CLARA:  ¿Vas a enfrentarte a ellos?

SALVA:  Me acerco, pero… … no pareces disgustada… … Estoy demasiado cerca.

CLARA:  ¿Demasiado?

SALVA:  Quiero retroceder, pero entonces… … entonces me ves. Te alegras de verme.

 

Pregunta tras pregunta, Clara destripa el velo de olvido que escondía esos vagos recuerdos; rescatándolos de la zona más recóndita de la mente de su vecino, quien no deja de sorprenderse, pues él mismo había sido incapaz de rememorar ese sueño en el día de ayer.

 

CLARA:  ¿Hablamos?

SALVA:  Me dices algo… … Mueves los labios, pero no te escucho.

CLARA:  ¿Por el ruido? ¿La música?

SALVA:  Sí… … Te alejas de los demás para acercarte a mí… … Me miran mal.

CLARA:  … … ¿Qué más?

SALVA:  Me hablas al oído. Escucho tu voz, pero no comprendo tus palabras.

CLARA:  ¿Nada?… … ¿Nada de nada?

SALVA:  Ato algunas sílabas y me parece entender algo, pero no le doy mucho crédito.

CLARA:  ¿Por qué no?

SALVA:  Son palabras muy impropias de ti; de cualquier mujer con cierto… … decoro.

 

Durante la locución de su relato, Salva siente el roce de los pechos de Clara en su cogote; aunque siguen siendo sus incisivos dedos los que le otorgan mayor deleite a medida que desenredan todos y cada uno de los estresantes nudos de su espalda.

¿Esto son sus tetas?

!Sí! ¿Qué sino?

No es posible que no se dé cuenta,

sin embargo, no toma distancia

 

CLARA:  ¿Y qué palabras son esas?

SALVA:  … … No consigo recordarlas… … No sé.

CLARA:  ¿Me dices la verdad? Puedes contarme lo que sea.

SALVA:  No, sí. Lo sé, pero… … no me acuerdo.

 

Ya libre del anhelo que le instaba a recuperar su vista, Salva va sintiéndose más cómodo y relajado en la penumbra de esa peculiar conversación narcótica. En cuanto su vecina le acaricia el cuello, él empieza a derretirse al tiempo que evoca sensaciones muy añejas y remotas.

 

-¿Qué está ocurriendo ahora?-   le susurra ella al oído.

-Me fijo en tu vestido. Es muy fino y ceñido; como una segunda piel-

-¿De qué color es?-   recobrando el sutil grueso de su voz.

-… … No lo sé. Toda tú cambias de color según la luz que te ilumine-

 

Ahora son las orejas de ese orador invertebrado las que focalizan tan generosas carantoñas.

 

SALVA:  Rojo, azul, verde… colores muy puros y básicos.

CLARA:  ¿Me sientan bien? ¿Estoy guapa?

SALVA:  Radiante. Pero hay algo que me perturba más que tu incontestable belleza.

CLARA:  ¿Sí? ¿De qué se trata?

SALVA:  Las luces cambiantes le dan el mismo color a tu piel que a tu vestido.

CLARA:  ¿Y eso es un problema?

SALVA:  No distingo los límites de la tela de esa prenda tan ajustada. Puedo vislumbrar el relieve de tus pezones y… empiezo a pensar que tienes las tetas al aire.

CLARA:  ¿Tan espesa es la oscuridad de ese sitio?

SALVA:  … … Quiero tocártelas.

 

Como alentados por la verbalización de tan libertino impulso,  los grandes pechos de esa curiosa entrevistadora acentúan unos eventuales roces mamarios, pretendidamente accidentales, que frotan el cogote de su invitado ahora con más vehemencia.

No puede tratarse de un accidente.

Clara sabe bien lo que hace.

Me la está poniendo bien dura, pero ¿por qué?

¿Querrá que me la folle? ¿Aquí mismo? ¿Ahora?”

 

CLARA:  ¿Me las tocas?

 

La pausa que ha precedido a esa pregunta en tiempo presente, junto con el patente contacto trasero que peina el pelo corto del hombre, aporta ciertos matices que difuminan la frontera entre un interrogante acerca de su pretérito sueño y una lasciva oferta que gozaría de plena vigencia.

Inmune a su propia vergüenza, Salva se deja llevar por la inercia de tan calenturienta situación y se lanza a la piscina:

 

-Si tú quieres…-   en un tono que no escapa de esa serena normalidad.

-!¿Pero qué dices?!-   exclama mientras se aparta de él repentinamente.

 

Con los ojos como platos, y tras levantar mucho las cejas, Salva pone sus labios en forma de “u”. Todavía con su anfitriona fuera de su ángulo visual, ha abandonado el trance para aterrizar bruscamente en esa terrenal cocina, con el pie izquierdo.

¿De verdad estaba tan equivocado?

Puede que me estuviera preguntando

por mi sueño, pero…

¿Tan inapropiada ha sido mi respuesta?

 

SALVA:  ¿Estás jugando conmigo?

CLARA:  Solo te estoy ayudando a recordar tu sueño. ¿Cómo te atreves?

SALVA:  ¿Solo? ¿Solo…?

 

Ultrajado por la criminalización de la que está siendo objeto, se atranca en su intento de dar continuidad a ese interrogativo reproche. Sin mediar palabra, se levanta y se encara con su vecina, dejando patente la notable diferencia entre sus estaturas.

Para su sorpresa, no encuentra la hostilidad esperada en el bello rostro de quien, hace solo unos pocos instantes, le estaba colmando de caricias. La indignación que se impregnaba en las palabras de Clara no se refleja en sus ojos, pues una intrigante luz traviesa es lo único que brilla en esos verdes cristalinos.

 

CLARA:  No soy una rompehogares, Salva.

SALVA:  ¿Rompehogares? Ese es un término del siglo pasado.

CLARA:  !Eh! Que soy más joven que tú.

 

Un hondo suspiro oxigena los pulmones del bombero, quien intenta recuperar la calma ante la incendiaria situación que se le presenta. Relaja su postura combativa y retoma la palabra. Opta por dar un rodeo argumental que le permita abordar esa discusión desde otro flanco.

 

SALVA:  Tú lo que quieres es que sea culpa mía, ¿verdad?

CLARA:  Estás muy equivocado.

 

La mirada huidiza de Clara, junto con su media sonrisa burlona, le restan cualquier credibilidad que pudiera tener. Tras negar con su cabeza inclinada, empieza un nuevo relato:

 

-Intento ser una buena persona, Salva. Tú no lo sabes, pero he hecho cosas terribles en mi vida e intento rehabilitarme para ser digna de mi amor propio; y del ajeno-

 

Salva frunce el ceño. Le sorprende esa íntima confesión, pero todavía está muy lejos de sospechar el protagonismo que tienen Blas y Lucas en los turbios asuntos que manchan la maternidad de esa viuda viciosa disfrazada de incorruptible escritora.

 

SALVA:  ¿De qué estás hablando? ¿Qué cosas son esas?

CLARA:  No voy a decírtelas, tonto. Ni a tú ni a nadie.

SALVA:  … … Entonces, dime: ¿cuándo perpetraste tu última… … fechoría?

CLARA:  … … Emmmm… … Estas navidades… … justo antes de fin de año.

SALVA:  !Hace muy poco! ¿No podrías empezar a rehabilitarte a partir de mañana?

 

Clara niega con la cabeza, condescendientemente, mientras dispersa la tensión postural de la escena recogiendo los vasos para dejarlos en el fregadero. Tras de sí, Salva se le acerca hirviendo de deseo. Está revisando su memoria más reciente para encontrar elementos que justifiquen su lujurioso abordaje:

“No está Marisa, ¿no?

¿Te apetece una limonada?

¿Piensas mucho en mí?

¿Me las tocas?”

Esa arbitraria selección de frases descontextualizadas se suma a la evocación de un sinfín de instantes fugaces y tendenciosos: el insinuante tondo juguetón de Clara, su sugerente y femenina gestualidad, su mirada traviesa… Ese masaje plagado de caricias equívocas, esos furtivos roces mamarios, ese continuo flirteo…

Nada más terminar de lavar el segundo de los vasos, Clara siente cómo las manos de su invitado la abrazan por la cintura desde atrás. Tan temeraria maniobra no encuentra oposición alguna, y no tarda en pervertirse a medida que los dedos de Salva trepan por esa fina camiseta blanca para encontrar el generoso relieve tetudo de su idolatrada vecina.

 

-Te he dicho que no quiero-   susurra tenuemente.

-Y yo te digo que sí… … que sí que quieres-   contesta él sin cesar en sus manoseos.

-No está bien. No quiero ser la causa de la ruptura… … la ruptura de tu matrimonio-

 

El gozoso tono suspirado de Clara desmiente sus reparos, y, junto con su permisiva actitud, consiente los vehementes tocamientos del marido de su amiga, quien no deja de amasar sus gloriosas tetas aún por encima de la tela.

 

SALVA:  No te preocupes, preciosa. Mi fidelidad ya se rompió el verano pasado.

CLARA:  No… … hhh… … eso no es verdad… … hhh… … solo lo dices para…

SALVA:  Me follé a la novia de Eugeni.

 

En cuanto termina esa frase, el bombero se da cuenta de que puede haber metido la pata hasta el fondo. No obstante, no percibe ninguna repulsa por parte de su codiciada anfitriona.

 

-¿Paula?-   le pregunta ella volteando la cabeza   -¿En serio?-

-No eres la única que ha hecho cosas terribles, ¿lo ves?-

 

Clara sonríe maliciosamente mientras da media vuelta para encararse a su asaltante. Conoce bien las tribulaciones de la familia Alfaro, y es capaz de hacerse cargo de la magnitud de esa traición familiar recién confesada.

 

-¿Cómo fuiste capaz?-   alzando la cabeza para corresponder su cercana mirada.

-Yo solo quería ayudar a mi hijo a conquistar a la chica que amaba-   dice avergonzado.

-¿Y acabaste follándote a esa niña? ¿Cuántos años tiene?-   pregunta indignada.

-… … DiecimMmMnñm-

 

Salva empieza a comerle la boca a su pícara interlocutora justo antes de pronunciar el último dígito de esa censurable cifra que podría acarrearle reproches penales. Le muerde los labios, cual caníbal, sin dejar de sujetarla por la cintura.

Su apasionado abrazo pronto se afana en elevar los márgenes inferiores la camiseta de Clara, hasta obligar a esa mujer a levantar los brazos para poder consumar, finalmente, el destierro de una prenda que llevaba demasiado rato saboteando las lascivas miradas de tan enfervorecido individuo.

!Esto ya no tiene vuelta atrás!

Salva vuelve a afrontar sus labores besuconas, pero su tarea resulta más complicada, ahora, puesto que, mientras le mete la lengua a su vecina, está intentando desabrocharle el sujetador sin demasiado éxito. Clara, apoyándose en sus fornidos pectorales, se ríe al constatar las dificultades de su patoso amante y termina por echarle una mano.

 

SALVA:  Ahí están. !Por fin!

CLARA:  ¿Te gustan?

SALVA:  No te puedes imaginar las veces que he querido comérmelas.

 

Después de tanto idealizar a las tetas de esa mujer, nunca hubiera pensado que la realidad pudiera superar sus mayores expectativas. Sostenidas por las manos de Clara, tan opulentas glándulas mamarias consiguen convertirse en el más imperativo de los reclamos para quien acaba de caer de rodillas; rendido ante la sublime encarnación de su nueva diosa.

Tras levantar la cabeza, Salva empieza a babear esos gloriosos pechos; haciendo especial hincapié en sus respectivos pezones, y sin dejar de ayudarse con las manos.

 

CLARA:  ¿Te gustan más que las de tu mujer?

 

Con la boca llena, ese jubiloso comensal ni siquiera se plantea la posibilidad de responder a tan cruel interrogante. Sigue articulando lametazos propios de una vaca para satisfacer unos deseos que se remontan muchos años atrás; a la primera vez que vio a esa exuberante mujer frente a su casa.

Clara le acaricia la cabeza mientras sus pezones mojados terminan de ponerse bien duros. No puede evitar evocar los anacrónicos amamantamientos que le practicaron sus dos hijos, pero ahora se le antoja una buena polla de bombero; algo que ridiculice la perenne flacidez de su difunto marido.

 

-Vamos al salón-   pronuncia ella mientras le agarra del pelo para despegárselo.

-Va.le-   responde él con un trabado tono dolorido por la brusquedad de ese gesto.

-Quítate la ropa, ¿quieres?-   le sugiere mientras se desabrocha sus tejanos.

 

Clara toma la delantera y no tarda en llegar al cómodo sofá central que preside el comedor. Tras de sí, Salva hace gala de su poca elegancia mientras se desnuda a toda prisa.

 

CLARA:  ¿Qué haces?

SALVA:  No todos tenemos tu elegancia a la hora de quitarnos la ropa.

CLARA:  Me conformo si no te caes al suelo, ¿vale?

 

Mientras habla, y sirviéndose de una sugestiva lentitud, Clara se encarama encima de ese acolchado mueble de elegante tapizado gris. Ya sin pantalones, se ha descalzado para quedarse solo con unas discretas bragas blancas de algodón.

 

CLARA:  Menudos músculos, Salva. No me extraña que Marisa vaya caliente contigo.

SALVA:  ¿Qué? ¿A qué viene eso ahora?

CLARA:  Te he dicho que la oigo cuando se pone a gritar. Escucho sus quejas.

SALVA:  ¿Podemos dejar de hablar de mi mujer y de sus carencias afectivas?

 

Ya solo con unos oscuros boxers salvaguardando su nudismo, el bombero cae en la cuenta de que no ha traído ningún condón. Paradójicamente, un arrollador arrebato biológico ningunea sus planes vitales y le insta a preñar a esa preciosa hembra con la mayor de las urgencias. Salvador se deja arrastrar por tan lúbricas circunstancias y decide obviar esa relevante controversia.

Jugando con su largo pelo negro, Clara espera la llegada de su viril invitado como agua de mayo.

 

SALVA:  Pero qué buena estás, Clara. ¿Por qué hemos tardado tanto?

CLARA:  ¿Camilo? ¿Marisa?

 

Como si hubiera estado esperando a que la mencionaran para entrar en escena, la mujer de Salva anuncia su llegada con el particular sonido motorizado de su coche. Alarmados, ambos miran en esa dirección para toparse con la opacidad de unas paredes que prometen protegerles de cualquier indiscreción.

 

-Cierra con llave-   susurra Clara cono urgencia.

 

Salva obedece con premura e incluso se asegura de la infranqueable clausura de esa puerta intentando abrirla sin éxito. Acto seguido, mientras anda hacia atrás, evalúa la intimidad que le ofrecen las ventanas de la casa de Clara.

Ese lento retroceso llega a su fin en cuanto su culo se encuentra con la parte posterior del sofá. Sus preocupaciones se interrumpen en cuanto las frías manos de su vecina lo abrazan, desde atrás, acariciando su robusto pecho.

 

CLARA:  No tengas miedo. No sabe que estás aquí.

SALVA:  Se preguntará dónde estoy.

CLARA:  Solo has salido a dar un paseo.

SALVA:  … … Vaya… … Se me está bajando.

CLARA:  Nooh… … esto es algo que no podemos permitir.

 

Las impetuosas manos de Clara descienden y se infiltran en los gayumbos de ese adúltero padre de familia para encontrar a un amedrentado miembro en declive. Cabizbaja, la polla de Salva todavía tiene un grosor destacable. Sometida a los incisivos masajes de tan ardiente mujer, no tarda en recobrar su verticalidad para ejercer de estandarte en una anhelada contienda carnal que ya no admite más interrupciones.

 

CLARA:  Me parece a mí que ya estás listo.

SALVA:  No lo sabes tú bien.

CLARA:  Por si acaso, no deberíamos hacer demasiado ruido.

 

Consciente de su habitual contención verbal en el fervor de la batalla, a Salva no le preocupa mucho su futurible desinhibición.

En cuanto toma asiento, Clara se arrodilla ante él, haciéndose un sitio entre sus piernas. Se sorprende al constatar el tamaño de una erección cada vez más consolidada. Ni corta ni perezosa, le escupe en el nabo y se lo mete entre sus grandes pechos.

 

SALVA:  Sí… … Síh… … Qué bien… … Así… … así…

 

Clara sonríe, complacida, al vislumbrar el gozo que inunda la expresión de tan dichoso vecino. Juega con sus tetas ejecutando un amplio repertorio de movimientos que constituyen la más erótica de las coreografías mamarias habidas y por haber.

 

-Seguro que Marisa no te lo ha hecho nunca-   susurra ella   -¿Me equivoco?-

 

Esa malvada fémina ha metido el dedo en la llaga, pues ambos son conscientes de que la menuda mujer de Salvador es demasiado plana para poder realizar semejante ejercicio cubano.

Como si quisiera dar respuesta a ese ultraje, dicha cornuda cobra un intrusivo protagonismo haciendo sonar el timbre de la puerta principal. Su marido se paraliza, pero la tetuda viuda que le acompaña sigue con sus obscenos masajes ajena al pánico que se ha apoderado de él. Pasados uno intrigantes segundos:

 

-Habrá visto tu coche-   susurra él con toda su urgencia   -Sabe que estás aquí-

-Está estropeado-   contesta sonriente   -¿Tengo que quedarme en casa por ello?-

-Pero mi mujer no… … ella no lo sabe-

 

En cuanto Marisa opta por usar sus nudillos para aporrear la puerta, con impaciente vehemencia, la erección de Salvador empieza a resentirse. Percatándose de ello, Clara se amorra a tan acobardado falo para metérselo entero dentro de su boca. Dicha maniobra de reanimación consigue dar sus frutos y, latido tras latido, la polla de ese fornido bombero consigue recobrar su máxima expresión.

 

-Qué mala eres-   pronuncia con una voz afectada y temblorosa.

-Ymhmpiezaz a cnocermmh-   contesta ella con la boca llena.

 

Ese timbre indeseado vuelve a sonar, pero, esta vez, tan escueta melodía no consigue intimidar a la virilidad de Salva, quien está empezando a enajenarse de todo aquello que no esté dentro de la boca de su vecina.

 

SALVA:  Oh, sí… … los huevos… … mmmh…

CLARA:  Mmñmgwmnñmh…

 

Parece que Marisa se ha dado por vencida, finalmente. El sonido de sus tacones se aleja, con cierta premura, articulado por unos cortos pasos propios de alguien de escasa estatura.

 

-¿Quieres follarme?-   pregunta Clara con un tono vicioso demasiado sonoro.

-No sé-   contesta Salva   -Deja que lo piense-

-Ja – ja – jah-   replica con ironía, devaluando la pertinencia de esa jocosa broma.

 

Con sinuosos movimientos, Clara se encarama encima de Salva, ya sin sus inmaculadas bragas blancas, para empezar a montarlo. Su coño está tan empapado que el tremebundo tamaño de ese venoso pollón no representa un verdadero impedimento para consumar tan ansiada penetración.

 

CLARA:  oOh… … Por Dios… … QuÉ polla tan grande… y tan dura. !Comó la siento!

SALVA:  Todo te lo debe a ti… … mmmh… … tú la has convertido en lo que es.

CLARA:  No imaginaba que podría crecer tanto cuando te la he tocado, al principio.

SALVA:  Es por el efecto que me causa Marisa… … … Por eso está tan disgustada.

 

Mientras habla, las manos de Salva recorren el sublime cuerpo de tan desinhibida mujer: sus nutridos muslos de impoluta suavidad, sus redondas nalgas inquietas, su cintura de avispa… Terminan reincidiendo en esas soberbias ubres humanas a las que tantas pajas les ha dedicado.

 

SALVA:  Pero qué tetaAas… … hhh… … Clarah… … hhh… … Qué tetoorraaas.

CLARA:  oOh… … hhh… … Síiíiíh… … Te gustan… … hhh… … lo sé.

 

Clara nota como el engendro fálico de su vecino llega muy hondo, dentro de ella, a la vez que la rellena como ningún hombre lo había hecho hasta el día de hoy. Sus caderas van como locas haciendo botar su culo encima del regazo de Salva para dar continuidad a tan lubricadas repeticiones.

 

-Márcame el ritmo… … hhh… … Vamos-   le implora con un agitado tono agudo.

 

A raíz de dicha petición, Salva toma consciencia de que el disfrute que le otorgan sus efusivas manualidades mamarias le está distrayendo de su cometido de buen amante. Decide tomar las riendas para convertir ese erótico trote en una cabalgada feroz que haga enloquecer a esa exitosa escritora de literatura infantil. Tras agarrarla por la cintura, intensifica su aportación pélvica provocando que los melones de Clara dejen sus comedidos balanceos sensuales para adoptar unas obscenas convulsiones que parecen desafiar las leyes de la física.

 

CLARA:  Sí… … Síh… … hhh… … AhorAh… … Ahora… … hhh… … Asíh… … oOh…

SALVA:  Oooh… … ¿Esto es lo que querías? … … Pues tomah… … dos tazas.

 

Salva se siente tan afortunado que se esfuerza en abrir su percepción para empaparse de todo aquello que nutre esa apoteósica escena: los expresivos gemidos agitados de Clara; las curvadas líneas lumínicas que se dibujan, artísticamente, sobre la voluptuosidad de su cuerpo pálido, a causa del sol que se cuela entre las fisuras de esas persianas distendidas; el ruidoso desplazamiento de un sofá sobrepasado por las circunstancias; la severa gravedad de ese indecente vaivén extramatrimonial; los inverosímiles rebotes tetudos de tan entregada mujer…

 

CLARA:  !Síh!… … !Oh!… … !Dios mío!… … hhh… … !Qué bien!… … !!Qué bieen!

 

Ese jolgorio desatado empieza a incomodar al bombero, quien es plenamente consciente de que su mujer está a pocos metros.

Si Clara puede escuchar nuestras broncas,

es posible que Marisa pueda oír sus gemidos

Esos últimos pensamientos se difuminan sumergidos en un extasiante mar de gozo; el virulento oleaje del cual, consigue anegar por completo su razón, acercándolo a un inminente derrame lechoso.

 

CLARA:  Síiíiíh… … hhh… … Vamos… … vamos… … hhh… … WoOOh…

 

La madre de Lucas tiene su mente tan alborotada como su largo pelo negro. Enloquece, por momentos, gracias a ese descomunal miembro viril que no cesa en el empeño de profanar su mojada intimidad vaginal a un ritmo frenético.

Con las manos amasando los fuertes pectorales de su galán, empieza a notar el cálido cosquilleo preludio de un orgasmo que promete ser sonado. No puede dejar de verbalizar su explosión:

 

-OoOoOoOh… … hhh… … me corro… … hhh… … me corrooOh… … !!DioOos!!-

 

Tras ese clamoroso desahogo, Clara aminora la marcha al tiempo que unos incontrolables espasmos alteran su gestualidad. Frente a su cara, su largo pelo se ve peinado por una respiración todavía muy acelerada mientras unas pocas lágrimas, difíciles de interpretar, se derraman por su ruborizada mejilla.

En contra de lo que cabría esperar, esa femenina mímica tan explícita resulta igual de sugerente, a ojos de su amante, como el sexo desenfrenado que ambos estaban compartiendo hace tan solo unos segundos.

Salva sigue promoviendo los empujes de su hambrienta polla, recobrando un trote, ya cansado, que transita haciendo equilibrios por el borde de un precipicio ya insostenible. Sin dejar de asombrarse, en ningún momento, por la hermosa lujuria que encarna su vecina, se amorra a sus grandes pechos para terminar de vencer su propio vigor en pro de una caudalosa eyaculación que derrama las más placenteras sensaciones.

 

-OoOooOoooOooooOh-

 

Estremeciéndose, rompe su duradero silencio para dar fe de la culminación de su particular periplo orgásmico.

Esos amantes de nueva cuña se funden, el uno con la otra, en un meloso beso de connotaciones agradecidas que no  escatima en tiernas caricias propias de dos enamorados.

Nada más desenfundar su decadente miembro enrojecido, Salva escucha una alegre melodía, un poco acallada por la tela de sus pantalones. Se apresura a acceder al bolsillo de dicha prenda para rescatar a su móvil y responder a la llamada en cuestión.

 

SALVA:     ¿Sí?

MARISA:  ¿Dónde estás?

SALVA:     He salido a… … he salido a correr. ¿Por qué?

MARISA:  Ah… … Ya te noto un poco falto de oxígeno.

SALVA:     Sí, no quiero perder la forma física por estar de vacaciones.

MARISA:  ¿Por dónde andas?

SALVA:     Emm… … Por aquí. Tú tranquila, no tardaré en volver.

MARISA:  No te lo pierdas: me han cancelado las dos entrevistas de trabajo.

SALVA:     Bueno… … Tendrás más suerte la próxima vez.

MARISA:  ¿Sabes algo de Clara? Su coche está aquí pero no me abre la puerta.

SALVA:     Lo tiene estropeado. Se habrá buscado otro transporte.

MARISA:  ¿Estás hablando en voz baja?

SALVA:     No. ¿En voz baja? Qué va.

MARISA:  No sé. Te noto raro.

SALVA:     No te montes películas ahora. Voy a colgar. Te veo en un rato.

MARISA:  Hasta luego.

 

Termina la llamada y se vuelve para mirar a Clara, quien ya lleva su camiseta puesta y está terminando de enfundarse los pantalones, todavía sin restituir su peinado.

 

CLARA:  Menudo polvazo, ¿no?

SALVA:  No veas.

CLARA:  Será mejor que salgas por la ventana del cuarto de Lucas.

SALVA:  Buena idea. Si Marisa me ve salir por tu puerta soy hombre muerto.

CLARA:  Pero vístete antes, ¿vale?… … Por cierto: ¿cómo terminaba tu sueño?

SALVA:  … … No me acuerdo, pero seguro que no acabábamos tan bien como ahora, de lo contrario, hubiera manchado mi pijama.

 

****

Has leído 35 páginas de esta nueva historia.

Si te interesa leer el libro completo, tendrás que esperar un poco.

Puedes contactarme en: EREQTUS@HOTMAIL.COM

(También te puedo anotar en mi lista de lectores para que recibas, por mail, todo el material gratuito que vaya sacando en PDF sin tener que consultar ninguna web)