FUERTE CASTILLO

PRÓLOGOº

ASUNTOS DE BOMBERO

8hldSFs

 

sábado 5 mayo

Marisa y Salva no están pasando por el mejor de los momentos. Hace mucho que se extinguió la magia de su amor, pero el declive de ese longevo matrimonio parece no llegar nunca a su fin.

Intentan mantener a su hijo a salvo de las malas vibraciones. Nunca se pelean delante de él, pues Eugeni está en una edad difícil y es muy susceptible de desestabilizarse emocionalmente.

 

 

SALVA:     Podrías ir tú sola; de todos modos, no me escucháis.

MARISA:  Claro que te escuchamos, lo que pasa es que tú no dices nada.

SALVA:     Me cansé de que cada vez que abría la boca me cortarais.

MARISA:  Naah. Lo que pasa es que a ti no te gusta que te corrijan.

SALVA:     Lo que tú digas. Lo he intentado, pero no voy a volver más. Te lo he dicho.

 

En un fútil intento de dar por terminada la presente discusión, ese importunado padre de familia sube el volumen del televisor e ignora a su mujer acomodándose en su habitual plaza del sofá.

A fuera, el sol rojizo de ese atardecer primaveral ya agoniza. No tardará en caer derrotado tras las inamovibles montañas que, a lo lejos, perfilan un horizonte cada vez más oscuro.

 

MARISA:  Sabes que siempre he tenido complejo de flacucha y de bajita.

SALVA:     No empieces con esto. Ara viene cuando sacas el tema de la vecina.

MARISA:  No tendríamos esta pelea si yo tuviera las tetas de Clara. !Seguro!

SALVA:     ¿Te das cuenta de cuanto te repites? Al final tendré que ir yo al psicólogo.

 

Esa pareja malhumorada lleva semanas acudiendo a una asesora matrimonial para combatir la insatisfacción que atormenta la llana existencia de Marisa, quien, de pie frente a su marido, no deja de acosarle con su enfurruñada mirada fija.

 

MARISA:  !Es lo que te digo! Maite es muy buena psicóloga.

SALVA:     Entonces… … espero que pueda ayudarte, porque estás muy mal.

 

Mientras pronuncia esta última frase, Salva se levanta y se dirige a la puerta principal de su casa. Tras coger las llaves, el móvil y la chaqueta, se aferra al pomo sin abandonar el hastío que deforma la expresión de su rostro.

 

-¿Dónde vas?-   le pregunta su mujer todavía más ofendida.

-A dar un paseo-   contesta él   -Necesito tomar el aire-

 

Marisa es consciente de que no puede oponerse a esa espantada, pues su menuda constitución nada podría hacer frente a la corpulencia de un bombero acostumbrado a rebasar obstáculos mucho mayores.

Tras el portazo de su marido, queda pal plantada en medio del pasillo, apretando puños y dientes en una gélida pose que denota un considerable repunte de su ya habitual frustración.

Al otro lado de esa gruesa puerta de madera, Salva inspira hondas bocanadas de alivio y de paz. Ya pisando el césped de su jardín, se alegra de haber cogido la cazadora, pues, a pesar de que el invierno ya queda lejos, un frío viento de poniente se empeña en hacer notar que todavía falta más de un mes para la llegada del verano.

No sé qué quiere esta mujer de mí.

Hay algunas cosas que no se pueden forzar.

Me tiene… … Me tiene…

Quiere a su esposa, pero no está dispuesto a fingir que aún la desea. No después de lo acontecido con Paula, el pasado verano. La extinción de su duradera fidelidad, con la novia de Eugeni, marcó un antes y un después en esa relación destemplada.

Si Marisa lo supiera…

Si supiera que me tiré a la novia de nuestro hijo…

Si supiera que la mayoría de las pocas veces que

 consumamos nuestro matrimonio

pienso en Paula nada más apagar la luz…

Si supiera que cuando no pienso en esa niña culona,

 me imagino que estoy con Clara…

La vecina de los Alfaro enviudó hace pocos años. A raíz de tan inesperada tragedia, Marisa se ofreció para cuidarle el niño siempre que lo necesitara. Lucas es un encanto y no da mucho trabajo, y a la esposa de Salvador ya le viene bien mantenerse ocupada hasta que pueda reincorporarse al mercado laboral.

No obstante, la aguda perspicacia de tan celosa mujer nunca ha pasado por alto la devoción mal disimulada que siente su marido por esa voluptuosa escritora de literatura infantil. Preciosos ojos verdes, larga melena negra, enormes tetas, cintura de avispa, buen culo… No son pocas las veces que Marisa se ha arrepentido de haberse acercado a Clara para socorrerla en sus momentos más difíciles.

 

domingo 6 mayo

Salva empieza hoy sus vacaciones. Tiene que aprovechar estas fechas antes de que dé comienzo la temporada de incendios.

Sigue retozando en su cama, sin culpabilidad alguna, cuando se acercan ya las diez de la mañana.

Se molesta al escuchar los graves sobredimensionados del trap que suena en la habitación de su hijo.

En cuanto cambia su postura, se percata de la tremenda erección que deforma sus holgados pantalones de pijama.

Debería aprovechar mis empalmes mañaneros

para satisfacer a mi mujer sin tener que

recurrir a pensamientos adúlteros

Esa chistosa ocurrencia parece menos disparatada a cada segundo que pasa, pero pronto son otras las ideas que ocupan su mente. Empiezan a abordarle las imágenes borrosas que teñían su letargo justo antes de que la música de Eugeni lo desvelara.

No. No se trata solo de un

empinamiento circunstancial.

Estaba soñando con… … con…”

Como si el universo quisiera refrescarle la memoria, la voz de Clara llega a sus oídos impregnada de una inherente amabilidad agradecida. A diferencia de Marisa, esa mujer nunca pierde la calma ni pronuncia una palabra más alta que otra.

 

CLARA:     Te lo agradezco. Me haces un favor enorme, Marisa.

MARISA:  Tranquila, ya sabes que puedes contar conmigo cuando se trata de Lucas.

 

¿Cómo lo hace?

¿Cómo puede ser tan maja con la envidiada

artífice de todos sus celos?

Pese a la desconfianza de su mujer, lo cierto es que Salva nunca ha incurrido en ninguna conducta impropia más allá de sus libertinos pensamientos, o de alguna que otra mirada indiscreta.  Ni siquiera recuerda haber soñado con su vecina hasta hoy.

 

LUCAS:     ¿Está Eugeni?

MARISA:  Sí, sí. Está en su habitación.

CLARA:     No le molestes, cariño. Estará con sus cosas de mayores.

MARISA:  Tranquila. A mi hijo le encanta Lucas. Se lo pasan muy bien juntos.

CLARA:     Ya me ha contado que se ponen a jugar al FIFA durante horas.

 

Eugeni es hijo único. Ese quinceañero con la cara llena de acné siempre ha sido muy tímido y antisocial. Sus únicos amigos son, precisamente, Lucas y su hermano mayor, Blas. Quedó muy tocado a razón de su fugaz romance con Paula, a principios del pasado verano. Justo ahora empieza a levantar cabeza. Afortunadamente, no conoce las razones que motivaron a esa chica despiadada para acercarse a él en un primer momento.

 

CLARA:     Te lo vengo a buscar hacia las doce, ¿te va bien?

MARISA:  Sí, sí. Está bien.

CLARA:     Gracias, Marisa. No sé lo que haría sin ti… … Adiós, cariño. Hasta luego.

LUCAS:     Adiós, mamá.

 

Al constatar la extinción de esa charla, Salva fuerza su postura para asomarse por la ventana, todavía sin levantarse de la cama. Entre ondeantes cortinas blancas, y sin ningún cristal de por medio, observa cómo su despampanante vecina se encamina hacia la calle con sus siempre femeninos y elegantes andares.

Un pingüino al lado de un cisne;

así se ve Marisa cuando Clara se le acerca

Le gustaría compartir esa ocurrente metáfora con alguien, pero es consciente de que su propia vida correría peligro si dicha comparación llegara a oídos de su mujer.

Los irritantes ritmos provenientes de la habitación de Eugeni han cesado gracias a la reciente llegada del pequeño Lucas. Pronto serán substituidos por una narración deportiva mucho más comedida y llevadera.

Finalmente, Salva consigue levantarse de la cama y dirigirse al lavabo. Su ya menguada erección le permitirá hacer sus necesidades matutinas sin dificultades añadidas.

Ya frente al espejo, reflexiona sobre la delicada situación de su matrimonio; sobre su negativa a seguir acudiendo a las sesiones de Maite; sobre el mal rollo que tuvo ayer con su mujer…

 

-Vaya-   le escupe Marisa en cuanto se lo encuentra en el pasillo   -Ya te has levantado-

-Sí, sí-   contesta Salva inmune a esa hostilidad.

-Podrías cortar el césped, hoy. Tenemos un jardín que da pena-   con desdén.

-Tenemos un jardín silvestre, amazónico, salvaje…-   afirma orgulloso.

-… …Hazme el favor, ¿vale?-   le ruega con desdén mientras le da la espalda.

 

En el exterior, hay nubes blancas en el cielo y una suave brisa combate el calor que pretende reinar en estos tranquilos lares repletos de casas unifamiliares. Si bien no se trata de una de las zonas más bien estantes de Fuerte Castillo, no hay duda de que ese barrio peatonal goza de un encanto de lo más acogedor.

 

****

 

Salva a esperado a que cayera el sol para afrontar la ardua tarea que le ha encargado su mujer. Está acostumbrado al duro entrenamiento del cuerpo de bomberos, pero, cuando no está de servicio, intenta procurarse una vida más cómoda.

Ha cortado el césped y ahora se dedica a podar los setos que delimitan su jardín. En cuanto afronta la hilera colindante a la propiedad de su vecina, se permite fisgonear discretamente y, tras afinar mucho su visión a través de la zona menos poblada de la maleza, consigue vislumbrar cierta claridad tras una de las ventanas de la casa de Clara. De repente:

 

-!Hola, Salva!-   grita un niño desde el otro lado; a un metro escaso.

-!Dios! Lucas-    víctima de un mayúsculo sobresalto   -¿De dónde sales tú?-

-Estaba jugando ahí; ahí mismo-   contesta efusivamente   -¿Qué haces?-

-Arreglo el jardín. Dice Marisa que está demasiado descuidado-

-¿Y el nuestro?-   pregunta tras voltearse y examinar el perímetro.

 

Apenas pueden verse, el uno al otro, a través de la espesura de esos tupidos setos, pero eso no representa ningún obstáculo para la fluidez de la charla que mantiene tan asimétrica pareja.

Tras una pausa reflexiva, la lascivia adúltera del bombero se disfraza de honorable caballerosidad para tomar la palabra:

 

SALVA:  Dile a tu mamá que tengo vacaciones y que podría ocuparme de su jardín.

LUCAS:  Se lo diré. Voy ahora mismo a decírselo. Quiero ver cómo trabajas.

 

Atento a la carrera del niño, Salva, un poco asustado, da por terminadas sus tareas, y se apresura a entrar en su casa para darse una buena ducha.

 

lunes 7 mayo

El sonido de la puerta principal desvela a Salva, quien bosteza a merced de un despertar mucho más tempranero que el de ayer.

Eugeni suele ir a pie hasta el instituto, pero hoy va un poco tarde y su madre lo llevará en coche.

Marisa tiene la agenda un poco apretada durante toda la mañana. Tiene que asistir a un par de entrevistas de trabajo y quiere hacer algún que otro recado, si le da tiempo.

Salva siempre hace estiramientos nada más levantarse. Es una de tantas rutinas que le permiten mantenerse en forma y gozar de una salud de hierro: comida sana, ejercicio, descanso… Hace años que dejó de fumar y ya no tiene ningún vicio.

Me siento bien, en paz, equilibrado…

Lo único que me perturba son mis broncas con Marisa.

Maite tuvo una buena idea cuando la instó a volver a trabajar.

Ahora solo falta que encuentre un buen trabajo;

una ocupación en la que se pueda sentir realizada

Tras atender a sus quehaceres biológicos y tomar un ligero desayuno, arregla el dormitorio al tiempo que intenta organizarse las cortas vacaciones que tiene por delante.

Antes de que pueda concretar ningún plan, un sonido un tanto alarmante llama su atención. Se trata de un petardeo que viene de fuera. Salva se asoma a la ventana para encontrarse con una damisela en apuros: Clara no ha logrado alcanzar su habitual plaza de parking y se ha quedado parada en medio de la calle.

Como alma que lleva el diablo, ese servicial vecino sale de su casa para ayudar a tan desamparada mujer. Cuando llega, ella está intentando mover el vehículo sin demasiado éxito.

La contrariada expresión de Clara se ilumina con una diáfana sonrisa en cuanto advierte la presencia de sus viriles refuerzos.

 

CLARA:  Socorro.

SALVA:  Súbete y pon el punto muerto, ¿vale?

CLARA:  Ya está en punto muerto. No soy tan tonta, hombre.

 

Salva levanta el pulgar mientras se apresura a acceder a la parte trasera del coche. Su esforzado empuje vence la estática inercia de ese monovolumen. Clara solo tiene que girar el volante, levemente, para corregir una corta trayectoria que termina alcanzando el emplazamiento adecuado.

 

-Gracias, Salva-   dice tras bajarse del coche   -Eres mi héroe-

-Solo cumplo con mi deber ciudadano-   cual Superman sacudiéndose la gratitud.

-¿Tú deber ciudadano también implica hacerme de jardinero?-

 

El tono de esa intimidante mujer se ha vuelto sinuoso, inesperadamente, al hacer alusión a esa pretérita oferta. Apoyado en el coche, Salva esgrime un par de gestos que denotan su súbita inseguridad ruborizada.

 

SALVA:  Te lo dijo Lucas, ¿eh? En realidad… … fue idea suya.

CLARA:  Ese niño puede llegar a ser muy persuasivo ¿no?

SALVA:  Sí. Me encontró podando los setos y…

CLARA:  No te preocupes, no te voy a pedir que trabajes para mí.

 

Clara ha recuperado su habla más natural en cuanto han empezado a hablar del pequeño de la casa. Tras cerrar la puerta del coche, retrocede, camino de su casa, sin dejar de observar a su salvador mediante una hipnótica mirada de agradecimiento que Salva, boquiabierto, no puede desatender.

 

SALVA:  No… … Sí… … A ver… … Que lo dije en serio.

CLARA:  Puedo contratar a un jardinero, Salva.

SALVA:  ¿A un jardinero? ¿Y el coche? ¿Quieres que le eche un vistazo?

CLARA:  No, tranquilo. Es de Renting. Ellos se ocupan. Pero gracias de todos modos.

 

La distancia que les separa ya es considerable y ambas voces tienen que hacer un pequeño esfuerzo para que no se rompa el hilo comunicativo. Clara sacude su mano, a modo de despedida, mientras usa su culo para empujar la puerta del jardín de su casa. Salva se limita a asentir con la cabeza, un poco avergonzado:

!Genial!

¿No podría parecer un poco más necesitado?

¿Por qué no me arrodillo y le suplico

un poco de su atención?

Derrotado y cabizbajo, encamina el regreso hacia su casa. Ya dentro del recinto de su jardín, no dejar de compadecerse. De pronto, la femenina voz de su vecina le rescata del pozo:

 

CLARA:  ¿Te apetece una limonada? Tengo antojo.

SALVA:  ¿Qué? ¿Una limonada?… … !Vale!… … Un momento.

 

No están en un barrio demasiado inseguro, pero se quedará más tranquilo si cierra la puerta con llave antes de ausentarse.

Con prisas injustificadas, se apresura a personarse en el porche de la casa contigua. Sus pensamientos alborotados no dejan de dar palos de ciego a la hora de calibrar las expectativas que debería tener frente a tan inesperada invitación, hasta que:

!Claro!

Se ha fijado en que no está el coche de Marisa.

De ahí su cambio de actitud

Aún sin encontrar a Clara, Salva halla una inerte puerta abierta que le invita a entrar. Tras cerrarla tras de sí, no tarda en oir unos sonidos en la cocina que actúan a modo de reclamo.

 

-Venía conduciendo con una sed…-   le explica mientras corta un par de limones.

-Yo pensaba que los antojos solo abordaban a las embarazadas-   un poco cortado.

-!No me asustes! No tenía pensado tener un tercer hijo-

 

Más que dejar a entrever una vida sexual activa, la broma sonriente de Clara pretende romper el hielo que el nerviosismo de Salvador lleva consigo. Tras encender su silencioso exprimidor eléctrico, ella continúa llevando la batuta de la conversación.

 

CLARA:  No está Marisa, ¿no? No he visto su coche.

SALVA:  No, no… … Tiene una mañana liada en el centro.

CLARA:  ¿Tardará en llegar? No quisiera que te encontrara aquí.

SALVA:  Sí, sí… … ¿Por qué? ¿Por qué no quieres que…?

CLARA:  Tu mujer se porta muy bien conmigo. No quiero enfadarla.

SALVA:  Ya, pero… … a ver…

CLARA:  Tengo el oído muy fino, Salva; y Marisa es muy chillona.

 

Clara ha enriquecido su última frase con una insinuante musicalidad que nutre sus palabras de un significado oculto pero muy explícito. Su invitado se pone todavía más nervioso.

 

SALVA:  ¿Quéh?… … ¿Marisah?

CLARA:  Tranquilo. Suelo causar este efecto en las mujeres. Por eso no tengo amigas.

SALVA:  ¿Non.no tienes amigas?

CLARA:  Solo Rebeca, de la editorial; y tu mujer. Son las únicas que me toleran; o casi.

 

Esa generosa anfitriona le ofrece un refrescante baso de limonada a su oyente mientras se amorra al suyo propio. Tras un par de sorbos, prosigue:

 

CLARA:  Becky está casada con un hombre mayor… … No se siente amenazada.

SALVA:  ¿Qué es exactamente lo que has escuchado? ¿Fue el sábado?

CLARA:  No solo el sábado. A menudo busco silencio absoluto para escribir.

SALVA:  Vaya. Qué vergüenza… Tienes que saber que Marisa está un poco loca y…

CLARA:  ¿Esas son formas de hablar de la mujer de tu vida?

SALVA:  No, en serio: dice muchas tonterías sin pensarlas, se inventa cosas…

CLARA:  Entonces… … ¿no es verdad que estás loco por mí?

 

Salvador queda mudo. No esperaba semejante verticalidad en la desacomplejada oratoria de su vecina.

Las largas pestañas de Clara abanican una mirada verdosa, de sugerente irreverencia, mientras ella da un par de nuevos sorbos cítricos, manteniéndose a la expectativa.

 

SALVA:  Eeh… … Bueno… … la verdad es que… … en realidad…

CLARA:  !Nooh! Esa no es la respuesta correcta, Salva.

SALVA:  ¿Noh?

CLARA:  Un buen marido tiene que consagrarse a su mujer, sin vacilaciones.

SALVA:  No… … Si ya.

CLARA:  Eso vale para los dos… … ¿Acaso te crees que le caías bien a Camilo?

SALVA:  … … ¿Camilo? ¿Es que me odiaba tu difunto marido?

CLARA:  Disimulaba, pero no podía ni verte.

 

Salva levanta la vista hacia el techo para hacer memoria.

 

CLARA:  Era un hombre celoso e inseguro. Odiaba a todo aquel que se me acercara; pero yo nunca le puse los cuernos. !Nunca! Es cuestión de respeto.

 

Tras tan lapidaria afirmación, Clara se acerca a la ventana para dirigir su mirada trascendental en dirección al horizonte. Dicha desconexión visual autoriza a su invitado para darle un buen repaso, pues el esmero de Salva en corresponder a esos atentos ojos claros le había privado de admirar la gloriosa fisonomía mamaria de su vecina; no en vano, la reveladora camiseta blanca de tirantes que tiene ante si no ha dejado de ofertarle unos pechos que parecen aún más enormes de perfil.

 

-Y no creas que me faltaron ocasiones-   mientras se aparta un mechón de la cara.

-… … Está claro que no-   contesta mientras intenta conservar su entereza.

-¿Por qué?-

 

Ese súbito interrogante ha sonado como si de un imperativo se tratara: tan brusco como la repentina mirada de su hacedora.

 

SALVA:  ¿P.Por qué?

CLARA:  ¿Por qué tienes tan claro que no me faltaron ocasiones?

SALVA:  Eres… … Eres una mujer de bandera, Clara.

CLARA:  ¿Podrías explicarme este término? No será una expresión machista ¿no?

SALVA:  ¿Machista? ¿Yo? !Qué va!

CLARA:  ¿Entonces?

SALVA:  Me refiero a que… Puede que seas la mujer más guapa que he conocido.

 

Un silencio ensordecedor se apodera de la escena tras esa contundente afirmación. Salva se siente desnudo de repente.

 

-Vaya: eso son palabras mayores-   afirma ella sofocando toda su hostilidad.

 

Los pequeños sorbos de Clara parecen querer prolongar su ingesta licuada de un modo opuesto al de Salvador, a quien le han bastado un par de tragos para vaciar su vaso de cristal.

 

CLARA:  Le debo mucho a tu mujer. Estuvo ahí en mis peores momentos.

SALVA:  Lo sé, lo sé. Marisa es una gran mujer… … aunque no sea una mujer grande.

 

La hermosa risa de Clara resulta balsámica para el nerviosismo tensionado de su visitante. Salva nunca ha sido muy chistoso y le alegra mucho haber resultado gracioso con esa afilada broma sobre el esmirriado tamaño de su esposa.

 

CLARA:  Se lo diré. Voy a decírselo la próxima vez que le lleve el niño.

SALVA:  Cuidado. Si se entera que hemos hablado igual acaba contigo.

CLARA:  No. No lo creo.

SALVA:  Tienes razón. A ti te tiene en gran estima. En todo caso sería yo el fiambre.

CLARA:  ¿En gran estima? ¿En serio?

SALVA:  Ayer lo pensé. Cuando viniste a traer a Lucas os escuché hablar y me di cuenta de la amabilidad que impregna su tono cuando habla contigo. Eso me dio que pensar, y luego llegué a la conclusión que su resentimiento solo me atañe a mí.

CLARA:  No es de extrañar. Yo nunca me he portado mal con ella.

SALVA:  Yo tampoco.

CLARA:  Eso no es eso lo que opina tu mujer cuando se enfada.

SALVA:  Marisa necesita focalizar su frustración en reproches concretos; está pasando por un mal momento y me ha escogido como cabeza de turco.

CLARA:  !Ja! ¿Cabeza de turco?… … ¿Sabes de donde viene esta expresión?

SALVA:  No. Tú seguro que sí. Como buena escritora, debes de ser muy culta, ¿no?

 

Clara se siente halagada y esgrime ciertos gestos altivos con toques humorísticos. Apoyando el culo y las dos manos sobre el mármol de la encimera, empieza su didáctica explicación:

 

-En los tiempos de las Cruzadas, los cristianos se enfrentaban con los turcos. Cuando un cristiano mataba a un turco, le cortaba la cabeza y la exhibía como trofeo. En esa época se culpaba de todos los males a los turcos, pues eran más odiados que los comunistas en Estados Unidos durante la guerra fría, los judíos en la Alemania nazi o los independentistas catalanes en la España actual. Por aquellos entonces, los cristianos colgaban la cabeza de su pobre víctima turca en un sitio visible y le echaban las culpas de todo; más allá de los males de la guerra: enfermedades, infortunios…-

 

Salva escucha la dulce voz de esa mujer tan cultivada y se deleita con cada una de sus palabras. Acostumbrado a la voz nasal de Marisa, a sus quejas, a sus exigentes directrices… Clara le parece un ángel etéreo, iluminado, místicamente, por una luz matutina que se cuela por la ventana de la cocina y que le otorga un divino resplandor a su gloriosa silueta curvilínea.

 

SALVA:  Deberías dar clases para niños.

CLARA:  Es lo que estudié, pero solo ejercí unos pocos años antes de tener a Blas.

SALVA:  Tienes una… … una calidez tan amable… Me gusta mucho escuchar tu voz.

CLARA:  Será lo primero que te viene a la mente cuando piensas en mí; mi voz.

SALVA:  … … Emmh… … ¿Qué?… … ¿Cuándo…?

CLARA:  Sí… … Dime:… … ¿piensas mucho en mí?

 

Las modosas palabras de Clara vuelven a zarandear el aplomo de su invitado, y lo abandonan a su suerte; sobre unas tierras pantanosas de verdades incómodas.

En la cuerda floja, Salva apela a su prudencia e intenta no dar ningún paso en falso ante a tan capciosa pregunta.

 

SALVA:  Bueno… … Mucho, poco… … Todo es relativo.

CLARA:  ¿Intentas darme esquinazo? ¿A mí?

SALVA:  No. A ver. ¿Qué quieres que te diga?

CLARA:  Mójate. Pensaba que los bomberos erais valientes.

 

Salva no sabe qué cara poner. Siempre fue un tipo muy paradito en todo lo referente al género opuesto, y no se le da nada bien aparentar normalidad cuando está nervioso.

 

SALVA:  Puede que… … Creo que soñé contigo el domingo por la mañana.

CLARA:  ¿Crees?

SLAVA:  No sé. Tengo el recuerdo muy difuso, pero…

CLARA:  Eres un mentiroso.

SALVA:  No. Te lo digo de verdad.

CLARA:  Siéntate. Vamos.

SALVA:  ¿Qué? ¿Por qué?

CLARA:  Calla y obedece.

 

Con una sonrisa perpleja pintada en su rostro, Salva termina por acatar esa orden y toma asiento en la silla más cercana; frente a la mesa impoluta que hay en el centro de la cocina. Tras desvincularse de un frío vaso cristalino con trazas de pulpa y azúcar, advierte la inquietante disposición que se procura su anfitriona, justo detrás de sí.

 

SALVA:  ¿A qué juegas?

CLARA:  No es ningún juego. ¿Tú te has visto? Pareces un nudo.

SALVA:  ¿Un nudo? ¿Yo?

 

Salva se pone todavía más tenso cuando siente los dedos de esa mujer sobre sus hombros. Consciente de ello, Clara se afana a regañarlo como si de uno de sus hijos se tratara.

 

CLARA:  ¿Lo ves? No dejas fluir la energía. Seguro que tienes los nadis bloqueados.

SALVA:  ¿Nadis?

CLARA:  Es por donde fluye la energía de los chakras.

 

Cuando su mujer hacía yoga y le hablaba de estas cosas, a Salva le parecían una sarta de sandeces; pero ahora que escucha las mismas referencias de la boca de Clara, intenta abrir su mente para dar cabida a tan esotéricos conceptos.

 

-Cierra los ojos. Relaja tu cuerpo y tu mente-   susurra mientras le masajea la espalda.

-… … ¿Qué es lo que quieres de mí?-   pregunta con tono adormecido tras obedecerla.

-Quiero averiguar los detalles de tu sueño-   contesta de un modo casi inaudible.

 

No son pocas las veces en las que Salva ha fantaseado con protagonizar escenas eróticas junto a su voluptuosa vecina; todas empezaban con situaciones cotidianas: esa vez que le arregló la lavadora; el día que la ayudó a descargar la compra; o como la semana pasada, cuando le devolvió al pequeño Lucas.

 

CLARA:  Mi marido tenía las manos más fuertes. Hacia buenos masajes.

 

Con sus ojos cerrados, y sometido a los puntiagudos dedos de su musa, Salva se siente extraño: como si verdaderamente se estuviera materializando un guion que parecía destinado a permanecer eternamente en el cajón de lo imaginario.

 

CLARA:  Dime: ¿dónde ocurría tu sueño?

SALVA:  Ya te he dicho que no me acuerdo de…

CLARA:  No me contestes hasta que no hayas intentado recordar. Quiero que vacíes tu mente del aquí y del ahora; que te alejes de todo el ruido que tapa tu memoria y tensa tus músculos y tu sistema nervioso. Olvídate de tus problemas mundanos. Sumérgete en la evocación de ese sueño que yo misma protagonicé en la mañana del domingo.

 

Slava se sorprende a raíz del trance que le está sobreviniendo. No se considera un tipo demasiado espiritual y es muy escéptico con respecto a la existencia de las energías sutiles y los chakras, por eso le cuesta tanto concebir esos cambios en su consciencia.

¿Serán sus habilidosas manos?

¿Su hipnótica voz de terciopelo?

¿Sus certeras palabras?…

!¿Puede que me haya puesto

algo en la limonada?!

 

CLARA:  ¿Estás ya en él?

SALVA:  … … Sí, eso creo.

CLARA:  Quiero que describas el sitio en el que te encuentras.

SALVA:  Es… … oscuro, colorido… … bullicioso.

CLARA:  ¿Es jaleo lo que escuchas? ¿Ruido? ¿Música?

SALVA:  … … Música: techno, máquina.

CLARA:  ¿Dónde estoy yo?

SALVA:  Estás con unos hombres… … cuatro o cinco. No dejan de cortejarte.

CLARA:  ¿Y qué haces tú?

SALVA:  … Estoy preocupado… Tengo miedo de que esos tipos te estén molestando.

CLARA:  ¿Vas a enfrentarte a ellos?

SALVA:  Me acerco, pero… … no pareces disgustada… … Estoy demasiado cerca.

CLARA:  ¿Demasiado?

SALVA:  Quiero retroceder, pero entonces… … entonces me ves. Te alegras de verme.

 

Pregunta tras pregunta, Clara destripa el velo de olvido que escondía esos vagos recuerdos; rescatándolos de la zona más recóndita de la mente de su vecino, quien no deja de sorprenderse, pues él mismo había sido incapaz de rememorar ese sueño en el día de ayer.

 

CLARA:  ¿Hablamos?

SALVA:  Me dices algo… … Mueves los labios, pero no te escucho.

CLARA:  ¿Por el ruido? ¿La música?

SALVA:  Sí… … Te alejas de los demás para acercarte a mí… … Me miran mal.

CLARA:  … … ¿Qué más?

SALVA:  Me hablas al oído. Escucho tu voz, pero no comprendo tus palabras.

CLARA:  ¿Nada?… … ¿Nada de nada?

SALVA:  Ato algunas sílabas y me parece entender algo, pero no le doy mucho crédito.

CLARA:  ¿Por qué no?

SALVA:  Son palabras muy impropias de ti; de cualquier mujer con cierto… … decoro.

 

Durante la locución de su relato, Salva siente el roce de los pechos de Clara en su cogote; aunque siguen siendo sus incisivos dedos los que le otorgan mayor deleite a medida que desenredan todos y cada uno de los estresantes nudos de su espalda.

¿Esto son sus tetas?

!Sí! ¿Qué sino?

No es posible que no se dé cuenta,

sin embargo, no toma distancia

 

CLARA:  ¿Y qué palabras son esas?

SALVA:  … … No consigo recordarlas… … No sé.

CLARA:  ¿Me dices la verdad? Puedes contarme lo que sea.

SALVA:  No, sí. Lo sé, pero… … no me acuerdo.

 

Ya libre del anhelo que le instaba a recuperar su vista, Salva va sintiéndose más cómodo y relajado en la penumbra de esa peculiar conversación narcótica. En cuanto su vecina le acaricia el cuello, él empieza a derretirse al tiempo que evoca sensaciones muy añejas y remotas.

 

-¿Qué está ocurriendo ahora?-   le susurra ella al oído.

-Me fijo en tu vestido. Es muy fino y ceñido; como una segunda piel-

-¿De qué color es?-   recobrando el sutil grueso de su voz.

-… … No lo sé. Toda tú cambias de color según la luz que te ilumine-

 

Ahora son las orejas de ese orador invertebrado las que focalizan tan generosas carantoñas.

 

SALVA:  Rojo, azul, verde… colores muy puros y básicos.

CLARA:  ¿Me sientan bien? ¿Estoy guapa?

SALVA:  Radiante. Pero hay algo que me perturba más que tu incontestable belleza.

CLARA:  ¿Sí? ¿De qué se trata?

SALVA:  Las luces cambiantes le dan el mismo color a tu piel que a tu vestido.

CLARA:  ¿Y eso es un problema?

SALVA:  No distingo los límites de la tela de esa prenda tan ajustada. Puedo vislumbrar el relieve de tus pezones y… empiezo a pensar que tienes las tetas al aire.

CLARA:  ¿Tan espesa es la oscuridad de ese sitio?

SALVA:  … … Quiero tocártelas.

 

Como alentados por la verbalización de tan libertino impulso,  los grandes pechos de esa curiosa entrevistadora acentúan unos eventuales roces mamarios, pretendidamente accidentales, que frotan el cogote de su invitado ahora con más vehemencia.

No puede tratarse de un accidente.

Clara sabe bien lo que hace.

Me la está poniendo bien dura, pero ¿por qué?

¿Querrá que me la folle? ¿Aquí mismo? ¿Ahora?”

 

CLARA:  ¿Me las tocas?

 

La pausa que ha precedido a esa pregunta en tiempo presente, junto con el patente contacto trasero que peina el pelo corto del hombre, aporta ciertos matices que difuminan la frontera entre un interrogante acerca de su pretérito sueño y una lasciva oferta que gozaría de plena vigencia.

Inmune a su propia vergüenza, Salva se deja llevar por la inercia de tan calenturienta situación y se lanza a la piscina:

 

-Si tú quieres…-   en un tono que no escapa de esa serena normalidad.

-!¿Pero qué dices?!-   exclama mientras se aparta de él repentinamente.

 

Con los ojos como platos, y tras levantar mucho las cejas, Salva pone sus labios en forma de “u”. Todavía con su anfitriona fuera de su ángulo visual, ha abandonado el trance para aterrizar bruscamente en esa terrenal cocina, con el pie izquierdo.

¿De verdad estaba tan equivocado?

Puede que me estuviera preguntando

por mi sueño, pero…

¿Tan inapropiada ha sido mi respuesta?

 

SALVA:  ¿Estás jugando conmigo?

CLARA:  Solo te estoy ayudando a recordar tu sueño. ¿Cómo te atreves?

SALVA:  ¿Solo? ¿Solo…?

 

Ultrajado por la criminalización de la que está siendo objeto, se atranca en su intento de dar continuidad a ese interrogativo reproche. Sin mediar palabra, se levanta y se encara con su vecina, dejando patente la notable diferencia entre sus estaturas.

Para su sorpresa, no encuentra la hostilidad esperada en el bello rostro de quien, hace solo unos pocos instantes, le estaba colmando de caricias. La indignación que se impregnaba en las palabras de Clara no se refleja en sus ojos, pues una intrigante luz traviesa es lo único que brilla en esos verdes cristalinos.

 

CLARA:  No soy una rompehogares, Salva.

SALVA:  ¿Rompehogares? Ese es un término del siglo pasado.

CLARA:  !Eh! Que soy más joven que tú.

 

Un hondo suspiro oxigena los pulmones del bombero, quien intenta recuperar la calma ante la incendiaria situación que se le presenta. Relaja su postura combativa y retoma la palabra. Opta por dar un rodeo argumental que le permita abordar esa discusión desde otro flanco.

 

SALVA:  Tú lo que quieres es que sea culpa mía, ¿verdad?

CLARA:  Estás muy equivocado.

 

La mirada huidiza de Clara, junto con su media sonrisa burlona, le restan cualquier credibilidad que pudiera tener. Tras negar con su cabeza inclinada, empieza un nuevo relato:

 

-Intento ser una buena persona, Salva. Tú no lo sabes, pero he hecho cosas terribles en mi vida e intento rehabilitarme para ser digna de mi amor propio; y del ajeno-

 

Salva frunce el ceño. Le sorprende esa íntima confesión, pero todavía está muy lejos de sospechar el protagonismo que tienen Blas y Lucas en los turbios asuntos que manchan la maternidad de esa viuda viciosa disfrazada de incorruptible escritora.

 

SALVA:  ¿De qué estás hablando? ¿Qué cosas son esas?

CLARA:  No voy a decírtelas, tonto. Ni a tú ni a nadie.

SALVA:  … … Entonces, dime: ¿cuándo perpetraste tu última… … fechoría?

CLARA:  … … Emmmm… … Estas navidades… … justo antes de fin de año.

SALVA:  !Hace muy poco! ¿No podrías empezar a rehabilitarte a partir de mañana?

 

Clara niega con la cabeza, condescendientemente, mientras dispersa la tensión postural de la escena recogiendo los vasos para dejarlos en el fregadero. Tras de sí, Salva se le acerca hirviendo de deseo. Está revisando su memoria más reciente para encontrar elementos que justifiquen su lujurioso abordaje:

“No está Marisa, ¿no?

¿Te apetece una limonada?

¿Piensas mucho en mí?

¿Me las tocas?”

Esa arbitraria selección de frases descontextualizadas se suma a la evocación de un sinfín de instantes fugaces y tendenciosos: el insinuante tondo juguetón de Clara, su sugerente y femenina gestualidad, su mirada traviesa… Ese masaje plagado de caricias equívocas, esos furtivos roces mamarios, ese continuo flirteo…

Nada más terminar de lavar el segundo de los vasos, Clara siente cómo las manos de su invitado la abrazan por la cintura desde atrás. Tan temeraria maniobra no encuentra oposición alguna, y no tarda en pervertirse a medida que los dedos de Salva trepan por esa fina camiseta blanca para encontrar el generoso relieve tetudo de su idolatrada vecina.

 

-Te he dicho que no quiero-   susurra tenuemente.

-Y yo te digo que sí… … que sí que quieres-   contesta él sin cesar en sus manoseos.

-No está bien. No quiero ser la causa de la ruptura… … la ruptura de tu matrimonio-

 

El gozoso tono suspirado de Clara desmiente sus reparos, y, junto con su permisiva actitud, consiente los vehementes tocamientos del marido de su amiga, quien no deja de amasar sus gloriosas tetas aún por encima de la tela.

 

SALVA:  No te preocupes, preciosa. Mi fidelidad ya se rompió el verano pasado.

CLARA:  No… … hhh… … eso no es verdad… … hhh… … solo lo dices para…

SALVA:  Me follé a la novia de Eugeni.

 

En cuanto termina esa frase, el bombero se da cuenta de que puede haber metido la pata hasta el fondo. No obstante, no percibe ninguna repulsa por parte de su codiciada anfitriona.

 

-¿Paula?-   le pregunta ella volteando la cabeza   -¿En serio?-

-No eres la única que ha hecho cosas terribles, ¿lo ves?-

 

Clara sonríe maliciosamente mientras da media vuelta para encararse a su asaltante. Conoce bien las tribulaciones de la familia Alfaro, y es capaz de hacerse cargo de la magnitud de esa traición familiar recién confesada.

 

-¿Cómo fuiste capaz?-   alzando la cabeza para corresponder su cercana mirada.

-Yo solo quería ayudar a mi hijo a conquistar a la chica que amaba-   dice avergonzado.

-¿Y acabaste follándote a esa niña? ¿Cuántos años tiene?-   pregunta indignada.

-… … DiecimMmMnñm-

 

Salva empieza a comerle la boca a su pícara interlocutora justo antes de pronunciar el último dígito de esa censurable cifra que podría acarrearle reproches penales. Le muerde los labios, cual caníbal, sin dejar de sujetarla por la cintura.

Su apasionado abrazo pronto se afana en elevar los márgenes inferiores la camiseta de Clara, hasta obligar a esa mujer a levantar los brazos para poder consumar, finalmente, el destierro de una prenda que llevaba demasiado rato saboteando las lascivas miradas de tan enfervorecido individuo.

!Esto ya no tiene vuelta atrás!

Salva vuelve a afrontar sus labores besuconas, pero su tarea resulta más complicada, ahora, puesto que, mientras le mete la lengua a su vecina, está intentando desabrocharle el sujetador sin demasiado éxito. Clara, apoyándose en sus fornidos pectorales, se ríe al constatar las dificultades de su patoso amante y termina por echarle una mano.

 

SALVA:  Ahí están. !Por fin!

CLARA:  ¿Te gustan?

SALVA:  No te puedes imaginar las veces que he querido comérmelas.

 

Después de tanto idealizar a las tetas de esa mujer, nunca hubiera pensado que la realidad pudiera superar sus mayores expectativas. Sostenidas por las manos de Clara, tan opulentas glándulas mamarias consiguen convertirse en el más imperativo de los reclamos para quien acaba de caer de rodillas; rendido ante la sublime encarnación de su nueva diosa.

Tras levantar la cabeza, Salva empieza a babear esos gloriosos pechos; haciendo especial hincapié en sus respectivos pezones, y sin dejar de ayudarse con las manos.

 

CLARA:  ¿Te gustan más que las de tu mujer?

 

Con la boca llena, ese jubiloso comensal ni siquiera se plantea la posibilidad de responder a tan cruel interrogante. Sigue articulando lametazos propios de una vaca para satisfacer unos deseos que se remontan muchos años atrás; a la primera vez que vio a esa exuberante mujer frente a su casa.

Clara le acaricia la cabeza mientras sus pezones mojados terminan de ponerse bien duros. No puede evitar evocar los anacrónicos amamantamientos que le practicaron sus dos hijos, pero ahora se le antoja una buena polla de bombero; algo que ridiculice la perenne flacidez de su difunto marido.

 

-Vamos al salón-   pronuncia ella mientras le agarra del pelo para despegárselo.

-Va.le-   responde él con un trabado tono dolorido por la brusquedad de ese gesto.

-Quítate la ropa, ¿quieres?-   le sugiere mientras se desabrocha sus tejanos.

 

Clara toma la delantera y no tarda en llegar al cómodo sofá central que preside el comedor. Tras de sí, Salva hace gala de su poca elegancia mientras se desnuda a toda prisa.

 

CLARA:  ¿Qué haces?

SALVA:  No todos tenemos tu elegancia a la hora de quitarnos la ropa.

CLARA:  Me conformo si no te caes al suelo, ¿vale?

 

Mientras habla, y sirviéndose de una sugestiva lentitud, Clara se encarama encima de ese acolchado mueble de elegante tapizado gris. Ya sin pantalones, se ha descalzado para quedarse solo con unas discretas bragas blancas de algodón.

 

CLARA:  Menudos músculos, Salva. No me extraña que Marisa vaya caliente contigo.

SALVA:  ¿Qué? ¿A qué viene eso ahora?

CLARA:  Te he dicho que la oigo cuando se pone a gritar. Escucho sus quejas.

SALVA:  ¿Podemos dejar de hablar de mi mujer y de sus carencias afectivas?

 

Ya solo con unos oscuros boxers salvaguardando su nudismo, el bombero cae en la cuenta de que no ha traído ningún condón. Paradójicamente, un arrollador arrebato biológico ningunea sus planes vitales y le insta a preñar a esa preciosa hembra con la mayor de las urgencias. Salvador se deja arrastrar por tan lúbricas circunstancias y decide obviar esa relevante controversia.

Jugando con su largo pelo negro, Clara espera la llegada de su viril invitado como agua de mayo.

 

SALVA:  Pero qué buena estás, Clara. ¿Por qué hemos tardado tanto?

CLARA:  ¿Camilo? ¿Marisa?

 

Como si hubiera estado esperando a que la mencionaran para entrar en escena, la mujer de Salva anuncia su llegada con el particular sonido motorizado de su coche. Alarmados, ambos miran en esa dirección para toparse con la opacidad de unas paredes que prometen protegerles de cualquier indiscreción.

 

-Cierra con llave-   susurra Clara cono urgencia.

 

Salva obedece con premura e incluso se asegura de la infranqueable clausura de esa puerta intentando abrirla sin éxito. Acto seguido, mientras anda hacia atrás, evalúa la intimidad que le ofrecen las ventanas de la casa de Clara.

Ese lento retroceso llega a su fin en cuanto su culo se encuentra con la parte posterior del sofá. Sus preocupaciones se interrumpen en cuanto las frías manos de su vecina lo abrazan, desde atrás, acariciando su robusto pecho.

 

CLARA:  No tengas miedo. No sabe que estás aquí.

SALVA:  Se preguntará dónde estoy.

CLARA:  Solo has salido a dar un paseo.

SALVA:  … … Vaya… … Se me está bajando.

CLARA:  Nooh… … esto es algo que no podemos permitir.

 

Las impetuosas manos de Clara descienden y se infiltran en los gayumbos de ese adúltero padre de familia para encontrar a un amedrentado miembro en declive. Cabizbaja, la polla de Salva todavía tiene un grosor destacable. Sometida a los incisivos masajes de tan ardiente mujer, no tarda en recobrar su verticalidad para ejercer de estandarte en una anhelada contienda carnal que ya no admite más interrupciones.

 

CLARA:  Me parece a mí que ya estás listo.

SALVA:  No lo sabes tú bien.

CLARA:  Por si acaso, no deberíamos hacer demasiado ruido.

 

Consciente de su habitual contención verbal en el fervor de la batalla, a Salva no le preocupa mucho su futurible desinhibición.

En cuanto toma asiento, Clara se arrodilla ante él, haciéndose un sitio entre sus piernas. Se sorprende al constatar el tamaño de una erección cada vez más consolidada. Ni corta ni perezosa, le escupe en el nabo y se lo mete entre sus grandes pechos.

 

SALVA:  Sí… … Síh… … Qué bien… … Así… … así…

 

Clara sonríe, complacida, al vislumbrar el gozo que inunda la expresión de tan dichoso vecino. Juega con sus tetas ejecutando un amplio repertorio de movimientos que constituyen la más erótica de las coreografías mamarias habidas y por haber.

 

-Seguro que Marisa no te lo ha hecho nunca-   susurra ella   -¿Me equivoco?-

 

Esa malvada fémina ha metido el dedo en la llaga, pues ambos son conscientes de que la menuda mujer de Salvador es demasiado plana para poder realizar semejante ejercicio cubano.

Como si quisiera dar respuesta a ese ultraje, dicha cornuda cobra un intrusivo protagonismo haciendo sonar el timbre de la puerta principal. Su marido se paraliza, pero la tetuda viuda que le acompaña sigue con sus obscenos masajes ajena al pánico que se ha apoderado de él. Pasados uno intrigantes segundos:

 

-Habrá visto tu coche-   susurra él con toda su urgencia   -Sabe que estás aquí-

-Está estropeado-   contesta sonriente   -¿Tengo que quedarme en casa por ello?-

-Pero mi mujer no… … ella no lo sabe-

 

En cuanto Marisa opta por usar sus nudillos para aporrear la puerta, con impaciente vehemencia, la erección de Salvador empieza a resentirse. Percatándose de ello, Clara se amorra a tan acobardado falo para metérselo entero dentro de su boca. Dicha maniobra de reanimación consigue dar sus frutos y, latido tras latido, la polla de ese fornido bombero consigue recobrar su máxima expresión.

 

-Qué mala eres-   pronuncia con una voz afectada y temblorosa.

-Ymhmpiezaz a cnocermmh-   contesta ella con la boca llena.

 

Ese timbre indeseado vuelve a sonar, pero, esta vez, tan escueta melodía no consigue intimidar a la virilidad de Salva, quien está empezando a enajenarse de todo aquello que no esté dentro de la boca de su vecina.

 

SALVA:  Oh, sí… … los huevos… … mmmh…

CLARA:  Mmñmgwmnñmh…

 

Parece que Marisa se ha dado por vencida, finalmente. El sonido de sus tacones se aleja, con cierta premura, articulado por unos cortos pasos propios de alguien de escasa estatura.

 

-¿Quieres follarme?-   pregunta Clara con un tono vicioso demasiado sonoro.

-No sé-   contesta Salva   -Deja que lo piense-

-Ja – ja – jah-   replica con ironía, devaluando la pertinencia de esa jocosa broma.

 

Con sinuosos movimientos, Clara se encarama encima de Salva, ya sin sus inmaculadas bragas blancas, para empezar a montarlo. Su coño está tan empapado que el tremebundo tamaño de ese venoso pollón no representa un verdadero impedimento para consumar tan ansiada penetración.

 

CLARA:  oOh… … Por Dios… … QuÉ polla tan grande… y tan dura. !Comó la siento!

SALVA:  Todo te lo debe a ti… … mmmh… … tú la has convertido en lo que es.

CLARA:  No imaginaba que podría crecer tanto cuando te la he tocado, al principio.

SALVA:  Es por el efecto que me causa Marisa… … … Por eso está tan disgustada.

 

Mientras habla, las manos de Salva recorren el sublime cuerpo de tan desinhibida mujer: sus nutridos muslos de impoluta suavidad, sus redondas nalgas inquietas, su cintura de avispa… Terminan reincidiendo en esas soberbias ubres humanas a las que tantas pajas les ha dedicado.

 

SALVA:  Pero qué tetaAas… … hhh… … Clarah… … hhh… … Qué tetoorraaas.

CLARA:  oOh… … hhh… … Síiíiíh… … Te gustan… … hhh… … lo sé.

 

Clara nota como el engendro fálico de su vecino llega muy hondo, dentro de ella, a la vez que la rellena como ningún hombre lo había hecho hasta el día de hoy. Sus caderas van como locas haciendo botar su culo encima del regazo de Salva para dar continuidad a tan lubricadas repeticiones.

 

-Márcame el ritmo… … hhh… … Vamos-   le implora con un agitado tono agudo.

 

A raíz de dicha petición, Salva toma consciencia de que el disfrute que le otorgan sus efusivas manualidades mamarias le está distrayendo de su cometido de buen amante. Decide tomar las riendas para convertir ese erótico trote en una cabalgada feroz que haga enloquecer a esa exitosa escritora de literatura infantil. Tras agarrarla por la cintura, intensifica su aportación pélvica provocando que los melones de Clara dejen sus comedidos balanceos sensuales para adoptar unas obscenas convulsiones que parecen desafiar las leyes de la física.

 

CLARA:  Sí… … Síh… … hhh… … AhorAh… … Ahora… … hhh… … Asíh… … oOh…

SALVA:  Oooh… … ¿Esto es lo que querías? … … Pues tomah… … dos tazas.

 

Salva se siente tan afortunado que se esfuerza en abrir su percepción para empaparse de todo aquello que nutre esa apoteósica escena: los expresivos gemidos agitados de Clara; las curvadas líneas lumínicas que se dibujan, artísticamente, sobre la voluptuosidad de su cuerpo pálido, a causa del sol que se cuela entre las fisuras de esas persianas distendidas; el ruidoso desplazamiento de un sofá sobrepasado por las circunstancias; la severa gravedad de ese indecente vaivén extramatrimonial; los inverosímiles rebotes tetudos de tan entregada mujer…

 

CLARA:  !Síh!… … !Oh!… … !Dios mío!… … hhh… … !Qué bien!… … !!Qué bieen!

 

Ese jolgorio desatado empieza a incomodar al bombero, quien es plenamente consciente de que su mujer está a pocos metros.

Si Clara puede escuchar nuestras broncas,

es posible que Marisa pueda oír sus gemidos

Esos últimos pensamientos se difuminan sumergidos en un extasiante mar de gozo; el virulento oleaje del cual, consigue anegar por completo su razón, acercándolo a un inminente derrame lechoso.

 

CLARA:  Síiíiíh… … hhh… … Vamos… … vamos… … hhh… … WoOOh…

 

La madre de Lucas tiene su mente tan alborotada como su largo pelo negro. Enloquece, por momentos, gracias a ese descomunal miembro viril que no cesa en el empeño de profanar su mojada intimidad vaginal a un ritmo frenético.

Con las manos amasando los fuertes pectorales de su galán, empieza a notar el cálido cosquilleo preludio de un orgasmo que promete ser sonado. No puede dejar de verbalizar su explosión:

 

-OoOoOoOh… … hhh… … me corro… … hhh… … me corrooOh… … !!DioOos!!-

 

Tras ese clamoroso desahogo, Clara aminora la marcha al tiempo que unos incontrolables espasmos alteran su gestualidad. Frente a su cara, su largo pelo se ve peinado por una respiración todavía muy acelerada mientras unas pocas lágrimas, difíciles de interpretar, se derraman por su ruborizada mejilla.

En contra de lo que cabría esperar, esa femenina mímica tan explícita resulta igual de sugerente, a ojos de su amante, como el sexo desenfrenado que ambos estaban compartiendo hace tan solo unos segundos.

Salva sigue promoviendo los empujes de su hambrienta polla, recobrando un trote, ya cansado, que transita haciendo equilibrios por el borde de un precipicio ya insostenible. Sin dejar de asombrarse, en ningún momento, por la hermosa lujuria que encarna su vecina, se amorra a sus grandes pechos para terminar de vencer su propio vigor en pro de una caudalosa eyaculación que derrama las más placenteras sensaciones.

 

-OoOooOoooOooooOh-

 

Estremeciéndose, rompe su duradero silencio para dar fe de la culminación de su particular periplo orgásmico.

Esos amantes de nueva cuña se funden, el uno con la otra, en un meloso beso de connotaciones agradecidas que no  escatima en tiernas caricias propias de dos enamorados.

Nada más desenfundar su decadente miembro enrojecido, Salva escucha una alegre melodía, un poco acallada por la tela de sus pantalones. Se apresura a acceder al bolsillo de dicha prenda para rescatar a su móvil y responder a la llamada en cuestión.

 

SALVA:     ¿Sí?

MARISA:  ¿Dónde estás?

SALVA:     He salido a… … he salido a correr. ¿Por qué?

MARISA:  Ah… … Ya te noto un poco falto de oxígeno.

SALVA:     Sí, no quiero perder la forma física por estar de vacaciones.

MARISA:  ¿Por dónde andas?

SALVA:     Emm… … Por aquí. Tú tranquila, no tardaré en volver.

MARISA:  No te lo pierdas: me han cancelado las dos entrevistas de trabajo.

SALVA:     Bueno… … Tendrás más suerte la próxima vez.

MARISA:  ¿Sabes algo de Clara? Su coche está aquí pero no me abre la puerta.

SALVA:     Lo tiene estropeado. Se habrá buscado otro transporte.

MARISA:  ¿Estás hablando en voz baja?

SALVA:     No. ¿En voz baja? Qué va.

MARISA:  No sé. Te noto raro.

SALVA:     No te montes películas ahora. Voy a colgar. Te veo en un rato.

MARISA:  Hasta luego.

 

Termina la llamada y se vuelve para mirar a Clara, quien ya lleva su camiseta puesta y está terminando de enfundarse los pantalones, todavía sin restituir su peinado.

 

CLARA:  Menudo polvazo, ¿no?

SALVA:  No veas.

CLARA:  Será mejor que salgas por la ventana del cuarto de Lucas.

SALVA:  Buena idea. Si Marisa me ve salir por tu puerta soy hombre muerto.

CLARA:  Pero vístete antes, ¿vale?… … Por cierto: ¿cómo terminaba tu sueño?

SALVA:  … … No me acuerdo, pero seguro que no acabábamos tan bien como ahora, de lo contrario, hubiera manchado mi pijama.

 

****

 

PERRA EN CELO

12

 

-viernes 18 mayo-

MARÍA:  ¿Y por qué yo no lo había visto?

NEREA:   No lo sé, mamá. Fue algo…

MARÍA:  Niña, es una maravilla de cuadro.

NEREA:   Se lo pinté el pasado verano.

MARÍA:  ¿Cuándo te acogió por vacaciones?

NEREA:   Sí. Después de esos diez días

MARÍA:  Qué raro que os llevarais tan bien.

NEREA:   El yayo tenía un lado muy tierno.

 

“Y otro lado muy duro”

La niña se muerde el labio al tiempo que se escandaliza por su propia ocurrencia pervertida. Sin dejar de mirar el lienzo que aún cuelga de la pared del salón de su abuelo, suspira apenada.

Tras ellas, José aparece resoplando e interrumpe el estado contemplativo de las féminas de su familia:

 

JOSÉ:      Chicas, ¿es que tengo que hacerlo todo yo solo?

MARÍA:  Déjalo ya, cariño. No quiero que me llenes la casa de trastos.

JOSÉ:      ¿Trastos? !Son las cosas de mi padre!

NEREA:   Tu padre ya no está, papá. No sirve de nada que te quedes con todo.

MARÍA:  Haz como tu hija: quédate solo con una cosa; con la que más te guste.

JOSÉ:      No sé. Ha pasado todo tan rápido. Todavía está su cuerpo caliente y…

 

José se sujeta los lagrimales, con el índice y el pulgar, para intentar retener su llanto. Lleva días muy afectado.

Solo ha pasado una semana desde que enterraran a Rosendo en el cementerio de Villaloda. Casi de inmediato, les llegó una buena oferta para vender esa casa campestre. Se trata de una operación inaplazable que ya tiene todo el papeleo resuelto.

 

-En cuanto antes acabemos con esto mejor, amor-   dice María abrazándole.

-!Mira!-   le ordena Nerea a su padre mostrándole su trofeo.

-¿Un caballo?-   pregunta él frunciendo el ceño.

-Es un caballo de ajedrez, tonto. Ya sabes que al yayo le gustaba mucho este juego-

-Pero si yo le ganaba-   apunta José extrañado.

-He dicho que le gustaba, no que fuera bueno. No tenía paciencia para pensar tanto-

 

La chica se centra en su suvenir de madera mientras habla. Como si quisiera ignorar a su familia presente para dedicarle la atención merecida a ese pequeño equino, se da la vuelta al tiempo que se lo acerca a su pecosa cara de niña pelirroja.

 

“El yayo era un buen

artesano de la madera,

pero nunca fue un gran artista”

 

A pesar de su crítica objetiva, Nerea le da mucho valor al intento creativo de su abuelo, y no cambiaría esa pieza ajedrecista por ninguna otra del mundo.

 

JOSÉ:     ¿Y si encuentras una reina o una torre? ¿No las preferirías?

NEREA:  No, papá. El caballo es la pieza más bonita del tablero.

 

Las palabras de la muchacha parecen haberse nutrido de cierto enfado a la hora de reivindicar el valor estético de su ejemplar ecuestre. Con unas prisas repentinas, la muchacha se ausenta del salón en busca de una soledad que esconda sus lágrimas.

 

“¿Que me pasa?

Tampoco le quería tanto, ¿no?

Puede que lo que ocurrió

el pasado verano…”

 

Han pasado muchos meses desde que perdiera la virginidad, con su abuelo, en esa misma casa de la que ahora se despide. Pese a ello: Nerea todavía no ha conseguido procesar emocionalmente esa extraña carnalidad intergeneracional.

 

“Dicen que la primera vez deja

una marca muy profunda;

pero nunca he escuchado nada acerca de

las nietas que se follan a sus abuelos”

 

Su propio reflejo la sorprende desde el espejo del recibidor. Esos preciosos ojos verdes parecen más propios de su alter ego: una casta damisela que representa a la chica que no hubiera tenido que dejar de ser tras su estancia estival en Villaloda.

 

“Callate, Nerea.

No me juzgues

No hice nada malo”

 

Su efímera culpabilidad la visita esporádicamente, pero nunca se mantiene el tiempo suficiente para que la niña se arrepienta de los pretéritos acontecimientos que perpetro junto a Rosendo.

 

“Ahora que el yayo ya no está,

solo Bea conoce mi secreto”

 

-¿En qué piensas, hija?-   le pregunta su madre apareciendo de repente.

-En nada, en nada-   contesta visiblemente sorprendida.

 

 

-sábado 19 mayo-

 

Frente al escaparate de una tienda de ropa, en las ramblas de Fuerte Castillo, Nerea mira, pero no ve nada.

 

-¿En qué piensas, tía?-   le pregunta Bea, observándola muy de cerca.

-¿Qué? Nada… … en nada… … Lo siento. Sé que estoy muy ausente, pero es que…-

-No te preocupes. ¿Estás pensando en tu abuelo?-

 

Nerea deja de mirar a su amiga para asentir silenciosamente.

 

NEREA:  Es raro. No sé cómo sentirme. Ni siquiera sé qué papel darle en mi vida.

BEA:       Puede que lo que ocurrió… Puede que no lo puedas encajar. A mí me pasa.

NEREA:  Ya, pero… … tú solo se la tocaste. Además: no era tu yayo.

BEA:       Lo sé. Aun así, nunca podré olvidar lo que ocurrió.

NEREA:  ¿Lo has hablado con Mario?

BEA:      !Pero ¿qué dices?! !¿Prometimos que nunca lo contaríamos?… … ¿Tú?

NEREA:  Nunca jamás de los jamases. Tranquila. Solo quería asegurarme.

 

La chica observa a su amiga a través del reflejo del escaparate. Puede ver como Beatriz la mira directamente. Sus sentimientos hacia esa punki de pelo verde están mucho más claros.

 

NEREA:  Te quiero, Bea… … Gracias por aguantarme.

BEA:       Para eso estamos ¿no? Sé que son momentos difíciles.

NEREA:  Nunca he besado a otra mujer. Lo sabes, ¿no?

BEA:       Y yo nunca le he tocado la polla del abuelo de ninguna otra.

NEREA:  Shhhhh…

BEA:       Shhhhh… … Ja, ja, jah.

 

Por un momento, ese par de adolescentes habían olvidado que hay más transeúntes circulando por la misma acera en la que se encuentran. Miran a diestro y a siniestro para cerciorarse de que nadie ha escuchado la obscena frase de Beatriz.

 

NEREA:  ¿Así es cómo guardas tú los secretos?

BEA:       Ha sido un descuido, tía. Un despiste.

NEREA:  Creo que el tío de la gorra te ha escuchado.

BEA:       Naaah… No me tomes el pelo.

 

Beatriz empuja a su amiga sin llegar a derribarla. Se trata de una chica tatuada y con piercings. Suele maquillarse mucho y siempre lleva los labios pintados de rojo.

A su lado, Nerea parece un ángel virginal, pues goza de una belleza juvenil propia de quien no ha roto nunca un plato. Sus notables pechos adquieren mayor relevancia a raíz de la estrechez de su espalda, y sus nutridas nalgas le dan una armoniosa continuidad a unos muslos pálidos de lo más golosos que, por estas fechas, empiezan a lucir con desinhibición estival.

 

BEA:       Y hablando de tu abuelo: ¿qué pasa con Bronco?

NEREA:  Esta es otra. El tío Alberto al final no se lo queda. Su mujer no quiere hacerse cargo de un perro tan grande.

BEA:       No es por hacer del abogado del diablo, pero la comprendo.

NEREA:  Habían dicho que se lo quedarían.

BEA:       Ya, pero Bronco es un chucho enorme, tía.

NEREA:  Acabará en una perrera si no encontramos a alguien.

BEA:       Pobre bicho. Los perros quieren mucho a sus amos.

NEREA:  Parece un alma en pena; todo el día tirado en el jardín sin hacer nada.

 

Nerea rompe su quietud para empezar a caminar de nuevo. Beatriz la alcanza, rápidamente, y sigue hablando a su lado.

 

BEA:       ¿Te acuerdas ese día que intentó montarme? !Ja, ja, Jah! Casi me viola.

NEREA:  Siempre le has gustado. Le entiendo. Estás para comerte.

BEA:       ¿Qué dices, loca? Será que estaba en celo.

NEREA:  Los perros no están en celo, tonta. Son las perras.

BEA:       … … Entonces debía ser yo la que estaba en celo. Ja, ja, jah.

 

Ahora es Nerea la que empuja a su amiga entre risas. No tarda en recuperar su semblante nostálgico para volver a referirse a la tragedia perruna que atañe a Bronco.

 

BEA:       Estaría bien que los compradores de la casa se lo quedaran.

NEREA:  !Qué va! Es una agencia. La echaran abajo para construir no sé qué cosa.

BEA:       Waah. Qué marrón.

NEREA:  No es un perro para tener en un piso, sino me lo quedaba yo.

BEA:       Conozco a gente de una masía ocupa. Preguntaré a la peña a ver que dicen.

NEREA:  Esto estaría de lujo. ¿Dónde es? ¿Fuera de la ciudad?

BEA:       Sí. Son como una comuna campestre. A veces montan movidas punks. Luego les llamo y te digo algo.

NEREA:  Sí, porfa. Me salvas la vida. Adoro a ese chucho.

BEA:       Pues yo diría que él me prefiere a mí. ¿Eso no te pones celosa?

NEREA:  No te prefiere a ti. Pero yo no me pongo a cuatro patas para provocarle.

BEA:      !No me puse a cuatro patas! Solo me agaché a por mi goma del pelo.

NEREA:  Sí: “ui, se me ha caído la goma justo delante del perro; qué contratiempo”

BEA:       Confiésalo: estás celosa de mí… Oye: ¿estar celosa viene de estar en celo?

NEREA:  Mmmm… … Creo que las dos vienen del latín. Del ardor o del hervir, no sé.

 

 

-domingo 20 mayo-

 

En casa de los Tenorio, la sobremesa de la comida se vuelve convulsa a raíz del enfado del hombre de la casa:

 

JOSÉ:     Nerea, ¿quieres dejar el móvil de una vez?

NEREA:  Solo un momento, papá. Es importante.

JOSÉ:     Sabes perfectamente que en la mesa no se puede.

 

La chica ignora a su padre para terminar de atender la llamada. Acto seguido, sonríe y se dirige a la familia al completo para darles la buena nueva:

 

NEREA:   Una comunidad de ocupas se quedarán con bronco.

MARÍA:  ¿Una comunidad? ¿Son buena gente?

NEREA:   Sí. Bueno. Son amigos de Bea.

JOSÉ:      Mmmmm… … Mejor eso que la perrera, ¿no?

 

El pequeño Jesús sigue masticando sin mediar palabra. Siempre le dio miedo el perro de su abuelo. Ese enorme dogo danés ha protagonizado alguna de sus peores pesadillas.

María levanta la vista recordando a su difunto progenitor:

 

-¿Sabéis? Mi padre siempre decía que, cuando se muriera, se reencarnaría en un pajarito para venir a vernos. El caso es que, al poco de morir, apareció un pequeño gorrión solitario que siempre venía a mi ventana; cuando vivíamos en Augusta-

-A lo mejor-   dice Jesús   -A lo mejor el abuelo se ha reencarnado en Bronco-

-Somos una familia religiosa. No creo que eso… … no creo que… … Eso n0…-

-No llores, papá-   le pide Nerea   -Sea como sea, seguro que está en un lugar mejor-

 

 

-lunes 21 mayo-

 

Nerea es muy buena estudiante. Siempre saca excelentes y nunca falta a clase. No obstante, el primer día de la presente semana se está convirtiendo en la única excepción que romperá su impoluto historial de asistencia. Ha cogido el autobús y se ha ido a Villaloda, de nuevo, para cerrar un capítulo de su vida.

 

“Esta tarde se llevan a Bronco.

Mañana echan la casa abajo”

 

Pese a haber estado ahí, el pasado viernes, no sentía que su despedida hubiera sido efectiva, pues el asunto del perro no estaba cerrado y sus padres la estuvieron distrayendo demasiado.

Nada más entrar en la vivienda advierte la repentina llegada de Bronco, quien, al verla, se queda parado mirándola fijamente.

 

-Bronco… … ¿Pensabas que era el yayo?-   dice con lágrimas en los ojos

-He venido a despedirme de ti-   mientras le acaricia la cabeza

-Que sepas que nos llevamos tu cuadro y que lo tengo colgado en mi habitación-

 

Nerea respira hondo e intenta ser más receptiva. Sus pasos pausados la llevan de paseo por un peculiar tour doméstico que le permite ojear los rincones de cada una de las estancias de su difunto abuelo. Todavía puede sentir su presencia.

Bronco la sigue a una distancia prudencial. Parece intrigado por la asistencia de la muchacha, aunque no es menos cierto que el mejor amigo de Rosendo ha estado recibiendo visitas a diario.

 

-Hoy te vas a vivir lejos de aquí. Conocerás a gente nueva y vivirás muchas aventuras-

 

Los sonidos que emite el perro se nutren de una pena hiriente.

 

-No me hagas esto, Bronco. ¿Qué quieres de mí?-   de nuevo al borde del llanto                   -No puedo devolverte al yayo. Ojalá pudiera-

 

La niña cruza los brazos y vuelve a esgrimir un nuevo suspiro mientras mira esos ojos tristes llenos de interrogantes. Recuerda la ocurrencia que tuvo su hermano a raíz de la historia que contó María acerca de las reencarnaciones animales. Le parece una idea absurda, aun así, cree reconocer la expresión taciturna de su abuelo en el rostro canino de Bronco.

 

-¿Estás ahí, yayo?-   pregunta sintiéndose estúpida   -No. qué va-

 

Nerea se arrodilla y vuelve a achuchar al perro, recibiendo unos lametazos faciales inesperados y ciertamente asquerosos.

 

-AIXX… … ¿Qué haces?-   protesta al tiempo que se levanta un poco desequilibrada               -No me babees-

 

Tras dejar el pasillo para entrar en el dormitorio, encuentra una sábana con la que secarse la humedad con la que le ha premiado su amigo perruno. Pronto se reconoce en el único espejo de cuerpo entero que hay en la casa.

Calza unas converse negras de tobillo alto. Viste una minifalda roja de cuadros escoceses que emula un uniforme escolar. Los tirantes de dicha prenda trepan por encima de una impoluta camisa blanca, de manga larga, que realza el rojo de su pelo liso.

Bronco aparece a su lado como si quisiera salir en la foto. Su pelaje es claro, pero está lleno de manchas oscuras de muy distintos tamaños, formas y disposición. La corta estatura de su acompañante lo hace parecer todavía más grande.

 

-No te muevas. Voy a sacar una foto para enviársela a Bea. ¿Te acuerdas de ella? Seguro que sí. Intentaste montarla una vez-

 

Nerea se ha sacado el móvil y está probando diferentes poses y técnicas para sacar la mejor instantánea posible. Mientras tanto sigue hablando con el chucho como si este pudiera entenderla.

 

-No me extraña que te gustara. Es una perra-

 

En cuanto escoge la mejor imagen y la edita con los filtros adecuados, se la envía a su amiga. Acto seguido, vuelve a mirar a Bronco para encontrarse con su más absoluta atención perruna.

 

-¿Qué pasa? ¿Acaso me equivoco?-   pregunta con cierta vehemencia.

 

El perro vuelve a esgrimir un discreto aullido apenado, de lo más tierno, que parece querer revelar su incomprensión.

 

-Dice Bea que estoy celosa porque la prefieres a ella. ¿Te lo puedes creer? Sí pudieras hablar me dirías que te gusto más yo. Estoy segura. ¿A que sí? Solo que una servidora no se dedica a provocar a los perros. No soy tan rastrera-

 

Cada vez que baja la mirada para dirigirse a Bronco, sus mechones más frontales caen sobre su rostro. Inconscientemente, Nerea se hace con la goma de su muñeca para hacerse una cola. Dicho gesto le hace recordar algo:

 

“!No me puse a cuatro patas!

Solo me agaché a por

mi goma del pelo”

 

Sonríe y observa ese elástico negro mientras juega con él articulando sus deditos puntiagudos.

 

“-Los perros no están en celo, tonta. Son las perras-

-Entonces debía ser yo la que estaba en celo. Ja, ja, jah-”

 

-¿Sabes, Bronco? Yo también soy un poco perra, y puede que esté en celo-

 

Sin intencionalidad alguna, y fruto de una mala maniobra digital, la goma sale despedida hasta caer al lado opuesto en el que se encuentra ese enorme Dogo melancólico.

 

“¿Qué estoy haciendo?

No. de ninguna manera.

No voy a… Eso sí que no”

 

Nerea guarda su quietud. Se da miedo a sí misma. Sabe lo poderoso que puede llegar a ser su lado más depravado.

 

“No es para tanto.

Bea no quedó traumatizada.

Es, simplemente, una anécdota divertida.

No me voy a follar a un perro,

solo quiero comprobar su reacción”

 

Con lentos movimientos, la niña le da la espalda a Bronco para recoger su elástico perdido. Ante la quietud de ese imponente ejemplar canino, Nerea termina a cuatro patas, contoneándose levemente con la vista al frente.

 

“!Diooos!

Creo que esto es lo más

degradante que he hecho en mi vida.

Estoy intentando seducir a un perro que,

para colmo, pasa de mí”

 

Pronto cae en la cuenta de que jamás ha visto que una perra se mueva de ese modo para seducir a un macho.

Cuando ya se dispone a levantarse, avergonzada, percibe una agitada respiración perruna a su espalda. Intrigada, voltea la cabeza para comprobar el estado del animal. La ancha lengua de Bronco vuelve a colgar, empapada de babas, al tiempo que el cuadrúpedo empieza a mostrarse inquieto.

 

-¿Qué pasa, perrete? ¿Te ocurre algo?-   le pregunta con tono juguetón.

 

Pese a sus interrogantes jocosos, el pulso de la chica ha cobrado notoriedad, y sus inspiraciones son ahora más profundas.

 

-Vamos, Bronco-   le dice con tono aniñado   -¿A qué esperas?-

 

El dogo se levanta, sobre sus patas traseras, para encaramarse encima de la espalda de Nerea, quien se apresura a huir de él para incorporarse a toda prisa.

 

-Vale-valevalevale-   dice mientras pone tierra de por medio    -Menudas garras tienes-

 

La muchacha se palpa la espalda para comprobar que las garras del perro no le han estropeado la camisa.

Todavía un poco asustada, sortea al animal para dirigirse al salón. Por el camino divisa el grueso miembro que empieza a menguar entre las patas de su compañero de juegos.

 

“Verás cuando se

lo cuente a Bea”

 

Algo contrariada, valora lo oportuno de esa indiscreción.

 

“Una cosa es lo que le paso a ella,

y otra la que he provocado yo”

 

Bronco la ha seguido hasta el comedor e insiste en observarla atentamente. Todavía no ha cerrado la boca y parece nervioso.

 

-¿Qué quieres? Solo te estaba tomando el pelo ¿Te enteras?-   dice regañándole.

 

El chucho vuelve a sollozar incapaz de comprender a la niña.

 

“Qué mala soy.

Acaba de perder a su dueño,

están a punto de desahuciarle,

y voy yo y le hago esto…”

 

Nerea se sorprende al comprobar que su propio sofoco permanece en las cotas más altas. Más allá de ese espanto inicial, no puede negar que está cachonda; aunque se trata de una calentura muy distinta a la que ha experimentado jamás.

 

“!Joder!

¿Qué me pasa?

¿Es que no puedo ser una

chica un poco normal?”

 

Mientras discute con ella misma, ha levantado los brazos para alcanzar su cogote con ambas manos, en un gesto pensativo que entrelaza sus dedos por debajo de su melena pelirroja.

 

“Podría tocársela un poco.

Bea le tocó los huevos una vez.

No sería algo… … inconcebible.

Es solo para hacer la gracia”

 

El poder de persuasión de la Nerea pervertida suele vencer, frente a su lado decoroso, cuando se siente respaldado por el morbo más obsceno. Escudándose bajo el amparo de una curiosidad inocente, se acerca a Bronco para echarle mano a sus partes más íntimas.

 

“!Qué huevotes tiene el socio!”

 

La niña, de rodillas, juega con ese par de bolas caninas hasta que advierte un nuevo y erecto descapullamiento enrojecido. Erguido sobre sus cuatro patas, el can se deja tocar sin el más mínimo atisbo de rechazo.

 

“¿Qué problema tienes, tron?

¿No ves que soy humana?”

 

No tarda en captar su contradicción, pues ese reproche sale de alguien que, en estos momentos, está mojando el tanga.

El gordo trabuco de Bronco empieza a adoptar un tamaño alarmante entre los dedos de esa muchacha candente justo cuando una chispa en su cerebro la hace recapacitar; apartándola de ese perro como si se tratara de un animal en llamas.

 

“¿Pero que es lo que estoy haciendo?

Si alguien me viera…

Qué vergüenza,

!por Dios!”

 

Vuelve a incorporarse apresuradamente. Escandalizada de sí misma, se apresura a certificar su intimidad. Las dos únicas ventanas que la iluminan dan al jardín.           Nerea corre esas cortinas translúcidas y se asegura de que nadie pueda fisgonear en el interior del salón.

Su pensamiento alborotado no para de tropezarse consigo mismo a la vez que intenta justificar esas precauciones.

 

“Solo es por si acaso.

A nadie le importa lo que pasa aquí”

 

Todavía con la respiración acelerada, la chica vuelve a fijar su mirada en el perro de su difunto abuelo. Acto seguido, mira hacia a la puerta principal y decide cerrarla con llave dejándola puesta.

 

“Si quiero seguir

jugando con Bronco

debería protegerme un poco”

 

Tras descartar la cinta adhesiva de embalar las cajas, Nerea regresa al dormitorio de Rosendo para acceder a la ropa interior del viejo. Pronto localiza unos cuantos calcetines invernales que podrán ejercer de manoplas perrunas.

 

-!No, aquí no!-   le grita al animal en cuanto lo ve entrar por la puerta   -Vuelve al salón-

 

Bronco no la obedece hasta que ella misma emprende el camino indicado; anticipándose a él.

Una vez que ya están frente al sofá, la muchacha se arrodilla en el suelo, y se esmera en enfundarle un par de gruesos calcetines de algodón oscuro a cada una de las patas delanteras.

 

-¿Lo ves?-   pregunta con un tono ahora más cariñoso   -Así no me estropearas la ropa ni me arañarás la espalda hagamos lo que hagamos-

 

Al perro no parece molestarle demasiado su nuevo atuendo. Está más pendiente de los movimientos de su invitada.

Nerea, ya de pie, reflexiona por unos momentos. Antes de que su cerebro encallado consiga señalar una pauta de actuación, se baja el tanga y lo deja sobre la mesa.

Todavía hay algo que la frena. Puede que aún le quede un poco de pudor.

Mientras intenta reanimar a su raciocinio catatónico, se va desabrochando, uno a uno, los botones de su camisa blanca. No pretende impresionar a Bronco. Lo que ocurre es que esas grandes tetas encarnan a dos de sus partes más erógenas.

Cada vez más rendida a lo inevitable, Nerea termina desterrando su sostén para culminar su nudismo dorsal.

 

-¿Me vas a follar, Bronco? ¿Me vas a meter tu polla perruna?-

 

Una parte de la niña no logra procesar sus propias palabras. No deja de pensar en sus padres, en su abuelo, en sus amigos…

 

“Sí Javi supiera que prefiero tirarme

a un perro antes que a él…”

 

El paso del tiempo no ha conseguido mermar el apasionado amor que ese apuesto muchacho siente por su compañera de clase. Pese a las humillantes negativas de su amiga, sigue perdidamente enamorado de ella.

 

“Yayo, estés donde estés,

espero que no veas esto”

 

Tras unos interminables momentos dubitativos, Nerea se sube la falda, se arrodilla e hinca los codos en el mismo sofá en el que perdió la virginidad, prematuramente, a manos de su abuelo.

Bronco no tarda en posarle esas patas acolchadas sobre la espalda, pero su torpeza le impide encauzar su grueso miembro por el empapado chocho de su cada vez más íntima amiga.

 

-Vamos, vaah… … Por aquí n0… … más  al  mediooh… … noO0-

 

El perro sacude su pelvis, instintivamente, a un ritmo tan frenético como poco elegante, pero su pollón canino no deja de estamparse contra las redondas nalgas de Nerea, quien arde en deseos de ser penetrada, al fin, por esa bestia lujuriosa que insiste en derramar babas sobre su espalda y sobre sus hombros.

Azotada por los empujes de tan impaciente fiera, la muchacha siente la humedad de esa lengua analfabeta en su nuca y en el perfil de su cara. Aunque lo que más la impresiona son los vehementes jadeos de ese animal amorrados a su oreja.

 

-Vamos, Broncooh… … Métemela… … métemela de una vez-

 

La chica intenta ayudarle manualmente, pero las acometidas del perro son tan enérgicas que convierten esa tarea en algo más difícil que maquillarse montada en un toro mecánico.

 

“Joder, joder, joder…

!Cómo pesa este bicho!”

 

Más allá de que ese dogo tenga un peso superior al de ella, es la violencia de tan desconsideradas embestidas la que la hace sentir más sobrepasada. Asustada, se limita a aguantar el vendaval cada vez más empotrada en el sofá.

Las patas delanteras de Bronco han descendido por los laterales de su cintura hasta apoyarse en sus muslos. El inquieto hocico mojado de la bestia sortea la cabeza de la niña para posarse sobre su hombro, fugazmente.

De repente, un certero empuje perruno consigue culminar con tan ansiada penetración. La polla colapsada de Bronco penetra hasta lo más hondo de Nerea llenándola por completo.

 

-O0h… … hhh… … Síiíh… … hhh… … Ahora… … hhh… … Ahorah… … hhh… …  Mmh-

 

Aunque parezca imposible, ese dogo exaltado imprime todavía más entusiasmo a sus furiosos abordajes pélvicos. Dichas repeticiones promocionan un tráfico vaginal tan intenso que consigue enajenar a Nerea hasta llevarla a visitar nuevos y salvajes horizontes de placer.

 

-Ooh… … hhh… … Mmmh… … hhh… … MmMmh… … hhh… … oOo0oOh…-

 

Los jadeos de Bronco intercalan algún que otro ladrido inesperado que todavía aturde más a la niña, quien, enajenada, se somete a semejante vaivén mientras nota cómo las babas del chucho se vierten por su cuerpo hasta mojar sus volubles tetas.

Lejos de sentir el más mínimo asco, la muchacha agudiza sus sentidos para empaparse de toda le bestialidad que desprende el perro de su abuelo: los pisotones y los rasguños de esas convulsas patas traseras, la fuerza de sus apasionados embates, el peso, el pelaje, el aliento canino, la salivación, los jadeos, los ladridos…

 

-Síiíih… … Broncoo0h… … hhh… … Fóllameeh… … hhh… … Fóllame bieeeen…-

 

No obstante, su brutal disfrute sigue focalizándose en su epicentro genital; cuna de un lubrificado frenesí que pronto se convertirá en el portal del más bárbaro de los orgasmos.

 

-OoOhhh… … Me corroooh… … hhh… … Síiíiíh… … MmMmh… … hhh… Yaah-

 

Inmune a ese anuncio orgásmico, Bronco sigue follándose a Nerea haciendo temblar sus gloriosas carnes adolescentes con cada uno de sus apasionados choques; sacudiendo el rojo de sus cabellos; desordenando, incluso, la disposición de sus pecas.

Tan intenso traqueteo prolonga el orgasmo de la chica, quien sigue gozando, con los ojos en blanco, del enfervorecido cometido carnal de esa fiera enloquecida.

 

-MmmMmh… … hhh… … MmMmmmmMhhh… … MmMh… … hhh… … Mmh…-

 

Con su cara apretada contra el respaldo del sofá, Nerea sigue sintiendo el aplastante peso zarandeado de Bronco sobre ella. Hace un buen rato que se ha desvinculado de su propia humanidad para gozar de sus bajas y más primarias pasiones. Ha llegado, incluso, a perder la noción del tiempo talmente como si estuviera soñando.

 

-OoOh… … DioOos… … Qué  gustoO0h… … hhh… … MmmMmh-

 

El dolor que le provocan ese abuso animal no hace más que estimularla todavía más. Aún sin haberse descabalgado de la estela de su primer orgasmo, ya empieza a vislumbrar un nuevo advenimiento de placer.

Nada queda ya de ese musito dogo nostálgico que se arrastraba por la casa y el jardín de su difunto mejor amigo. Las provocaciones de Nerea han revitalizado a ese chucho hasta convertirlo en el más fogoso de los perros de Fuerte Castillo.

 

-AaAhhh… … AaAaaahhh… … Síiíiíh… … 0tra veeez… … hhh… … Yaaahhh-

 

El agotamiento empieza a hacer mella en el tono de la niña. Su bochornoso disfrute zoofílico se derrite, finalmente, fundiendo su sistema nervioso en la más placentera de las implosiones.

A los pocos segundos Bronco sigue sus pasos y, haciendo gala de su inherente inexpresividad facial, se corre dentro de Nerea entre confusos espasmos reflejos. Deleitándose como nunca lo ha hecho en sus ocho años de vida, mantiene su último empuje durante unos instantes justo antes de desenfundar para lamerse su propio cipote.

Nerea se desvanece sobre el suelo al borde de la inconsciencia. Necesitará unos minutos y una buena ducha para empezar a sentirse persona de nuevo. No quiere ni pensar en las despectivas opiniones que le esperan al otro lado del espejo.

 

“Me da igual.

No puedo arrepentirme.

Esto ha sido…”

 

Afortunadamente Bronco no puede hablar, y ese vergonzoso secreto permanecerá cerrado a cal y canto para siempre.

 

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