LA VUELTA AL COLE

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CALDERÓN Y VERDERA

CLASIC

-lunes 25 septiembre-

Los ojos oscuros de Martín se inundan al contemplar, por última vez, el edificio que ha capitalizado su profesión de docente a lo largo de casi dos décadas. Una cálida lágrima se derrama por su mejilla, y cae al suelo escribiendo un triste punto y final para tan nostálgica despedida. Contrariado, ese personaje solitario recoge su maleta y emprende un largo viaje que le llevará muy lejos; al otro extremo de la península ibérica.

“No recuerdo la última vez que

se me cayó una lágrima.

Debía ser, aún, un imberbe mozalbete”

Se trata de un hombre maduro que todavía no ha alcanzado los cincuenta años. Peina algunas canas, pero nunca se ha sentido amenazado por la calvicie.

Ha consagrado su vida a aprender y a enseñar; a encontrar un pacífico equilibrio entre el entorno bucólico que rodea a esta institución centenaria y su propio cuerpo: ejercicio al aire libre, buenos alimentos, hábitos provechosos, meditación… Pero los tiempos cambian y, finalmente, los estragos del mundo moderno han logrado desmantelar su recogida existencia.

 

 

PROFESORES EN LA RED

PAULA

-martes 26 septiembre-

KATIA:   No lo hagas, tía. No la subas.

PAULA:  ¿Por qué no? Ha quedado muy bien. Mira la iluminación.

KATIA:   Luego te quejas cuando te pasan cosas.

PAULA:  Las cosas que me pasan no son por las fotos que cuelgo en Instagram.

KATIA:   Díselo a Eugeni y a los demás fans babosos que tienes en clase.

PAULA:  ¿Qué quieres que le haga? Es el precio de estar tan buena.

 

Katia no debería sentir envidia de su provocativa amiga. Vestida con una incontestable belleza, siempre ha tenido éxito con los chicos y, durante el curso pasado, nunca llegó a perder la corona que la encumbraba en la cima de la popularidad.

El hecho de repetir cuarto, junto con los inconfesables altercados que sacudieron a su familia durante el pasado verano, han limado su altivo carácter, hasta el punto de sentirse un poco intimidada por su nueva compañera de clase.

 

KATIA:   Estoy segura de que te siguen la mitad de profesores del insti.

PAULA:  ¿La mitad? Me siguen todos, te lo digo yo.

KATIA:   Imagínate las pajas que se harán pensando en ti; mirando tus fotones.

PAULA:  Calla, calla… Me pongo cachonda solo de pensarlo.

KATIA:   !¿Pero qué dices?! Si son… … son muy mayores. Son viejos verdes.

PAULA:  Yaah. Pero me da morbo. Nunca me he tirado a un profesor.

KATIA:   Dime tú uno que sea… … follable.

 

Tendidas en la cama de Paula, entre grandes almohadas, ambas quedan pensativas mientras descartan, uno tras otro, a todos los integrantes del profesorado del Gregorio Marañón.

 

KATIA:   Menuda fauna. Antes prefiero liarme contigo.

PAULA:  Te entiendo. A veces, cuando me miro en el espejo, me gustaría ser otra persona, un tío buenorro, para poder follar conmigo.

KATIA:   No tienes abuela, ¿eh?

PAULA:  Tú estás para mojar pan también; y lo sabes.

KATIA:   Sí, pero tu culo es algo inaudito, tus tetas, tu boca…

 

A Paula no le apetece llevarle la contraria a su amiga. Siempre recibe con sumo agrado cualquier alusión que constate la notoriedad de sus voluptuosos atributos femeninos. Sin embargo, no ha faltado a la verdad con el uso de esa chistosa metáfora culinaria, pues nadie puede negar que Katia está para comérsela: esbelta figura, largo pelo oscuro, notables atributos mamarios, armonioso rostro juvenil, encantadora sonrisa, bonitos ojos negros…

 

PAULA:  !Flipa! Mira como sube. En nada tengo mil likes.

KATIA:   No veas. ¿Sabes quién triunfaba mucho? Me lo dijeron ayer.

PAULA:  Ainara. Tía, que yo ya iba a su clase el año pasado.

KATIA:   Ya. Ja, ja, jah. Algo había escuchado, pero no sabía que tanto.

PAULA:  Tenía como un millón de seguidores.

KATIA:   ¿Y por qué lo dejó?

PAULA:  No sé. Fue después de romper con Joel. Se montó una gorda.

KATIA:   Puede que a su nuevo novio le disgustara tanto furor por su chica.

PAULA:  No sé. Nunca habla de él, pero cuando sacamos el tema se le dibuja una sonrisa de lo más edulcorada en la cara.

 

Unos sutiles golpes en la puerta preceden la aparición de la madre de Paula.

 

-Chicas, voy a coger el coche para ir al centro. ¿Quieres que te lleve, KATIA?-

 

Sin mediar palabra, la joven invitada asiente con la cabeza. Acto seguido, se levanta y se despide de su acaudalada amiga. La urbanización de Buen Monte, donde se encuentra el hogar de Katia, queda un poco apartada y no es cuestión de desaprovechar la generosa oferta de su amable anfitriona.

Ya en soledad, Paula piensa en Miguel, su antiguo profesor de literatura. Aunque nunca llegaron a consumar su aventura, se vieron unas cuantas veces fuera del instituto. A finales del curso pasado, los padres de la chica se enteraron y pusieron el grito en el cielo. Pese a no tener pruebas, ella se reconoce como el motivo de que ese hombre ya no ejerza en su mismo instituto.

 

 

GREGORIO MARAÑÓN

INSTI

-miércoles 27 septiembre-

El director del instituto le está mostrado las instalaciones al nuevo profesor antes de que este empiece a dar clases.

A pesar de hallarse muy cerca de la jubilación, don Andrés está muy versado en el trato con el alumnado; no en vano, nunca ha dejado de ejercer la docencia en el seno de muy distintas instituciones, tanto públicas como privadas.

 

ANDRÉS:  La adolescencia es una enfermedad que se cura con el tiempo.

MARTÍN:  Sí, sí. Ya lo había oído, aunque creo que yo nunca pasé por esta etapa.

ANDRÉS:  Eso deberían decirlo tus padres.

MARTÍN:  Ellos ya no están con nosotros, pero hágame caso. Sé de lo que hablo.

ANDRÉS:  Lo siento. De todos modos: no quiero que me llames de usted, por favor.

MARTÍN:  Ah, sí. Ya me lo ha… … me lo has pedido, pero me resulta difícil.

ANDRÉS:  Se nota que no eres de por aquí. Esos modales…

 

Ya en el despacho de dirección, don Andrés ve oportuno tratar un asunto capital que podría derivar en una problemática de gran calibre. Siempre ha sido un hombre precavido, capaz de anticiparse a los inconvenientes antes de que se produzcan.

 

ANDRÉS:  Tengo que admitir que me opuse a tu llegada. Estoy al tanto de tu origen y… … dudo mucho que puedas encajar aquí.

MARTÍN:  Sé que se trata de entornos muy distintos, pero estoy dispuesto a…

ANDRÉS:  El Gregorio Marañón no es solo distinto; es opuesto al Calderón y Verdera.

MARTÍN:  Son centros de enseñanza; con maestros y estudiantes. No creo que…

ANDRÉS:  Créeme. No tiene nada que ver.

 

La cordial distensión sobre la que transcurría esa charla va adquiriendo matices más trascendentales con cada frase. El director se acerca a la ventana y, mientras mira al horizonte.

 

ANDRÉS:  Vienes de un internado solo para chicos; una academia de gran exigencia para familias adineradas y muy conservadoras. Llevas toda una vida confinado en esos parajes anacrónicos. Tradición, disciplina, esfuerzo… No encontrarás nada de eso en los institutos de Fuerte Castillo.

MARTÍN:  Puede que no lo encuentre; puede que lo traiga conmigo.

ANDRÉS:  No, no, no. De eso te hablo. La autoridad encaja con la obediencia, pero…

MARTÍN:  La autoridad puede doblegar a la desobediencia si es preciso.

ANDRÉS:  !No aquí! La sociedad decadente en la que nos encontramos ampara la holgazanería, la indecencia, la mediocridad, los valores equivocados…

MARTÍN:  No he venido hasta aquí para rendirme antes de empezar.

ANDRÉS:  No serás el primero en estrellarte si intentas darle la vuelta al sistema educativo. Otros ya han fracasado estrepitosamente en dicho empeño. Tienes que entender que el problema no atañe solo al ámbito de la educación; se trata de una mentalidad global que siempre se posiciona al lado del alumno frente a cualquier disputa con el profesorado.

 

El director se oxigena con una honda inspiración antes de conectar sus ojos con los de su oyente y arrancar su explicación:

 

ANDRÉS:  Conozco los métodos que se usaban en el Calderón y Verdera. Aquí no puedes pegar a los chicos, ni insultarles, ni tan siquiera gritarles. Tienes que tener cuidado con preservar su honor cuando les castigues. No debes hacer alusiones a su raza, a su sexo o a su religión y, por Dios: no se te ocurra censurar el vestuario de las chicas.

MARTÍN:  ¿Qué? ¿Qué es lo que pasa con las chicas?

ANDRÉS:  Llegas a la urbe en pleno auge de un feminismo mal entendido que no deja de desafiar, o, mejor dicho, transgredir las normas más elementales del decoro.

MARTÍN:  Pero… … se trata de niñas muy jóvenes.

ANDRÉS:  No tenías de eso en tu academia, ¿verdad?

MARTÍN:  No. Era un sitio dedicado exclusivamente al género másculino. En el Calderón y Verdera todos los alumnos llevaban uniforme largo. Era suficiente con la amenaza de los castigos físicos y de la humillación para que todos tuvieran un comportamiento ejemplar. No recuerdo la última vez que tuve que azotar a un chaval. Todos se esforzaban y sacaban buenas notas.

 

Mientras escucha, Andrés se ha sentado frente a su escritorio y ojea una de sus muchas carpetas amarillas. En cuanto su nuevo profesor termina con su locución, le ofrece un par de folios con el detalle de los horarios que deberá afrontar a partir del viernes.

 

-Otros tiempos-   dice el viejo con cierta nostalgia   -La última página de una época-

-Sí. Entre el escaso alumnado y el fin de las subvenciones de la administración…-

-Ya escuché que el estado dejó de concertar a las escuelas que segregan por sexos-

-Tantos años, tanto prestigio, tantas mentes brillantes…-   resopla resignado.

 

Martín todavía no ha logrado superar el cierre de una institución que llenó de sentido su existencia durante largos años. Nunca imaginó que terminaría dando clase de E.S.O. en un instituto público y corriente de la costa mediterránea.

 

 

SALA DE PROFESORES

profesoras

-jueves 28 septiembre-

El aroma del café se apodera de la sala de profesores durante un recreo matutino salpicado por la lluvia.

Celia y Aurora suelen juntarse en sus ratos libres, entre clase y clase. Siempre están de acuerdo cuando despotrican sobre sus alumnos, sobre algún que otro maestro, sobre la dirección del centro, sobre el sistema educativo, sobre la sociedad en general…

 

CELIA:       Me da igual lo que diga Jacinto, por muy jefe de estudios que sea. El Gregorio Marañón se está convirtiendo en Sodoma y Gomorra.

AURORA:  Lo peor de todo es que se trata de niñas; de menores.

CELIA:       Al final resultara que tenían razón quienes antaño nos imponían el uniforme.

AURORA:  No, a ver: es que vamos de un extremo al otro. Ni tanto ni tan poco.

 

Desde que se instauro la moda, entre las adolescentes, de vestir unos shorts tan cortos, las decanas del instituto no han dejado de escandalizarse ante la deriva de unas prendas que parecen menguar, todavía más, verano tras verano.

 

-¿Qué murmuráis vosotras?-   dice Manuel nada más entrar.

-Hablamos sobre el vestuario de las niñas en clase-   contesta Celia con cierto desdén.

 

Manuel inspira profundamente mientras mide sus palabras. Se trata de un hombre calvo, feo, gordo y de gran envergadura que suele mantenerse al margen de los problemas ajenos.

 

MANUEL:  Lo que hiciste en el último curso…

CELIA:        Es agua pasada. Olvídate de eso.

MANUEL:  No puedes mandar a una alumna a casa para que se cambie.

CELIA:        Nos estamos volviendo todos locos, Manu. A ti ya te va bien, ¿no?

MANUEL:  ¿Qué insinúas? Yo soy un padre de familia decente y felizmente casado.

 

Esa mujer sexagenaria resopla, despectivamente, ninguneando las reivindicaciones de su compañero hasta ridiculizarle.

 

AURORA:   Nadie quiere dañarse por tratar un asunto tan espinoso.

CELIA:        Pero habría que hacerlo.

MANUEL:  Estos asuntos los trata Jacinto con el A.M.P.A..

CELIA:        Menudo pieza. A ese sí que lo he pillado babeando, más de una vez.

AURORA:   No es culpa suya; no es un mal hombre, pero es que estas niñas…

 

La maestra de Inglés zarandea su cabeza y calla para no mancillar el discutible honor de sus jóvenes alumnas mediante hirientes calificativos demasiado crudos, tratándose de menores.

Amparado por la discreción de su propio silencio, Manuel nota el morbo que siempre le ataca ante la verbalización de tan controvertida temática. Su lascivo interés cae cautivo en una telaraña de suspicacias intergeneracionales que hacen equilibrios entre la liberación del feminismo, el decoro de lo indecente, los límites de la pedofilia, la permisividad de los padres…

 

AURORA:  Nunca pensé que añoraría esa estupidez de los pantalones caídos.

CELIA:       Al menos, en esos días, la ropa interior cobraba importancia, ahora, ni eso.

AURORA:  Ahora, las niñas tienen que llevar tanga para que no se les vean las bragas.

CELIA:       Y los profesores detrás, subiendo las escaleras con la polla tiesa.

 

A medida que sus viejunas contertulias pierden las formas, Manuel empieza a sofocarse y a ponerse malo:

“No me lo explico. Solo son dos viejas hablando.

¿Qué me pasa? ! ¿Qué me está pasando?!

Creo que se me han puesto las orejas rojas”

Puede que sea debido al contraste de dos realidades opuestas; a el choque entre los atrevidos hábitos de unas muchachas que quieren dejar de ser niñas y unas viejas que, a su lado, parecen brujas malvadas, madrastras tiranas, reinas decadentes que mueren de envidia ante una juventud que les queda ya muy lejos.

 

CELIA:       El que va a entrar en shock es el nuevo profesor de filosofía.

AURORA:  Es verdad. Eh oído que empieza mañana. Viene de una academia integrista.

CELIA:       Un internado solo para chicos. Ni siquiera tenían maestras ahí.

AURORA:  Le dará un jamacuco en cuanto se vea rodeado por nuestra fauna femenina.

 

TOMA DE CONTACTO

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-viernes 29 septiembre-

Lista

Martín estaba un poco nervioso antes de adentrarse en el aula donde le esperaban sus nuevos alumnos. Nunca le ha faltado seguridad a la hora de tratar con la muchedumbre estudiantil, pero es consciente de que su vasta experiencia en el Calderón y Verdera podría flaquear en una realidad tan distinta. Por de pronto: nunca había tenido pupilas femeninas.

 

MARTÍN:  Señor Domínguez, ¿dónde está Hugo Gómez?

SEBAS:     Em… … No lo sé.

MARTÍN:  Ha respondido usted cuando le he nombrado a él.

SEBAS:     … … Me habré confundido.

 

Una gélida mirada docente consigue asustar al más gamberro de la clase al son de tímidos murmurios sonrientes.

 

-Bien. Mi nombre es Martín Lozano y ocuparé la plaza de su profesora de filosofía hasta que ella esté mejor. He hablado con la señorita Serra acerca de las causas que la . han llevado a caer en su presente depresión, pero quiero escuchar su versión de los hechos antes de formarme una opinión al respecto… … ¿Dominguez?-

 

Sebastián no esperaba volver a verse interpelado tan pronto. Incómodo, guarda silencio mientras revisa el perímetro en busca de las miradas de sus compañeros. Se trata de un skater con estética de rapero que goza de una persistente actitud pasota.

 

KATIA:       Es verdad que le pegamos caña, pero esa mujer es muy blanda y…

MARTÍN:   Katia, la repetidora ¿no?

SAMUEL:  Te ha calado, tronca.

MARTÍN:   E aquí el gracioso racial.

SAMUEL:  ¿Perdona?

MARTÍN:   Muy aguda su broma del “Sí, Bwana” ¿Es la primera vez que la usa?

PAULA:      Nooh… … La usa cada vez que viene un profe nuevo.

 

No son pocas las burlas que desata dicho comentario. Están proliferando las conversaciones secundarias a lo largo y ancho de esas cuatro paredes de cálidos tonos ocres. El bullicio adolescente empieza a sobredimensionarse a raíz del silencio del único adulto que hay en la sala.

Martín no deja de escanear a su alumnado en busca de indicios que le ayuden a conocer el talante de cada uno de esos chicos.

 

MARTÍN:  Mía Blanco, ¿es usted?

MÍA:         Sí.

MARTÍN:  Me han dicho que es la más leída de la clase.

MÍA:         Puede ser.

MARTÍN:  Sin embargo, no ha dicho nada desde que he entrado por la puerta.

KATIA:      Joder, pero que observador ¿no?

MARIO:    Este tío es un lince.

MARTÍN:  Dígame: ¿quiere ser mi mano derecha?

MÍA:         No tengo el temperamento ni la motivación para implicarme en ese cometido.

PAULA:     Yo, yo. Yo seré tu mano derecha. Elígeme a mí.

MARTÍN:  … … Bien. Provisionalmente será la delegada en mis clases, señorita Lucena.

 

La niña se alegra mucho, aunque todavía no tiene la menor idea de las implicaciones que conlleva ese efímero cargo. Su coreografía triunfal capta la atención de muchos de los ahí presentes. Tras tan eufórica estudiante se sienta un mozuelo que parece estar a punto de romper a llorar. Martín ya había reparado en ese sombrío semblante torturado.

 

MARTÍN:  Señor Alfaro, ¿se encuentra bien?

 

Casi todo el mundo se ha girado para observar al más discreto integrante del cuarto curso. Eugeni nunca se ha sentido cómodo cuando focaliza la atención de los demás, pero, dadas las circunstancias, se decide a verbalizar una urgente petición:

 

EUGENI:   Me gustaría cambiar de sitio, si fuera posible.

MARTÍN:  ¿A qué se debe esta demanda?

EUGENI:   Me distraigo mucho aquí detrás, y no veo bien la pizarra.

 

El profesor intuye que esos motivos distan de ser verdaderos, pero opta por no hacer mella en la íntima herida del muchacho.

 

-¿Algún voluntario?-   pregunta observando el mutismo de los estudiantes de la primera fila   -Estudiaré el caso, a ver si encontramos una solución tempranera-

 

Con la vista al frente, Paula es la única que no se ha dignado a mirar a su exnovio mientras este pronunciaba su solicitud. El fugaz romance que compartió con él tuvo lugar durante el inicio de las vacaciones estivales. Tras su ruptura, la chica le pidió a Eugeni que mantuviera el secreto de tan escueto noviazgo. Solo Blas está al tanto del asunto, pues vive en la casa adyacente a la del desahuciado y eso implica cierta complicidad mutua.

Tras pasar lista y tantear a su alumnado, Martín quiere empezar a sentar las bases de su asignatura:

 

-Dado que solo llevaban poco más de una semana del presente curso, y dado que los intentos educativos de la señorita Serra resultaron ser estériles, vamos a empezar el temario desde el principio. A diferencia de su anterior profesora, no estoy dispuesto a permitir que nadie se quede al margen en pro de una enseñanza más llevadera para quienes quieran atender; y sobra decir que a mí nadie me va a faltar al respeto. Tomaré nota de las faltas de asistencia, así como de todas y cada una de sus impertinencias. ¿Está claro, señor Kanu?-

 

El joven, de rasgos africanos, ya estaba malversando su atención en lo que ocurre en el exterior de ese centro educativo. Empieza a tener claro que su nuevo maestro le marcará de cerca.

 

SAMUEL:  !Señor, sí, señor!

 

Unas risas generalizadas refrendan la actitud del chaval, quien parece no temerle a nada ni a nadie. Martín inclina la cabeza y esgrime una mueca condescendiente.

 

MARTÍN:  En la academia de la que provengo no hubiera durado ni cinco minutos.

SAMUEL:  Seguro que no había negros en ese sitio, señor.

MARTÍN:  Ni uno, pero ese no es el motivo. Tampoco había chicas.

AINARA:   ¿Ni una sola chica? ¿En serio? ¿Cómo es posible? ¿Era un internado religioso?

MARTÍN:  Era un centro de alto rendimiento, de tradición católica, donde se privaba a los alumnos de cualquier distracción moderna. No había internet, ni tele, ni tiendas, ni bares, ni ningún otro reclamo que no fuera encaminado a un correcto aprendizaje y a una buena educación. Todo era seriedad y disciplina.

SEBAS:      ¿Cuánto tardó en suicidarse el último interno?

MARTÍN:  No se suicidó. Fue ejecutado por hacer un chiste inapropiado.

 

Todavía sin emitir su primera sonrisa del día, el severo rostro de Martín retarda la resolución de esa broma macabra. Finalmente, una distensión risueña se contagia, de unos a otras, entre comentarios y murmurios jocosos.

Antes de perder la atención de su alumnado, el profesor usa un tono más elevado para descorchar una introducción que le permita entrar en materia, por fin:

 

-!La filosofía! ¿Qué es la filosofía? No se trata solo de una serie de preguntas retóricas que se formularon algunos pensadores que llevan siglos bajo tierra; no son solo una sucesión de teorías arcaicas sobre los grandes asuntos que incumben a la humanidad. Cada vez que nos cuestionamos la verdad establecida, cada vez que reflexionamos acerca de la escala de valores que regenta nuestra sociedad, cada vez que desobedecemos convencidos de que tenemos razón… En todos estos casos nos estamos moviendo bajo el dictado de la filosofía; no la de otros, sino la nuestra propia. La filosofía no es la verdad, sino la búsqueda de la misma por vía del discernimiento. No pretendo obligarles a memorizar nombres propios y versículos concretos que, sin duda, olvidarían en cuanto hayan hecho entrega de su examen. Quiero despertar su interés por los vastos horizontes del pensamiento hasta el punto de que, todos y cada uno de ustedes, acaben siendo filósofos, en mayor o menor medida-

 

Martín se siente reconfortado al constatar la atención que ha suscitado entre sus alumnos. Tanto el director como la maestra, que cayó en depresión ante el trato de dichos chavales, le habían presentado un panorama devastador digno de un apocalipsis. Pero, visto lo visto, puede que no fuera para tanto. Sebastián no tarda en echarle agua al vino:

 

-Ser filósofo o no ser filósofo; he aquí la cuestión-

 

 

JEFE DE ESTUDIOS

jacinto

-sábado 30 septiembre-

Como jefe de estudios, Jacinto tiene que lidiar con numerosos asuntos, tales como la organización de los horarios, supervisión de las evaluaciones, mediar entre alumnos, profesores y padres…

Fue él quien convenció a don Andrés para dar el visto bueno a la incorporación de Martín a pesar de los recelos del director.

 

-¿Y Gloria?-   le pregunta Carla desde el otro lado de la cama   -¿Sabes algo de ella?-

-Sigue de baja. Tiene para una buena temporada-   contesta él mientras se despereza.

-Dice la niña que el nuevo maestro es muy bueno; mucho mejor que esa llorica-

-No te pases, cariño. La depresión es un asunto muy serio. Ya me gustaría a mí verte al frente de una clase como la de tu hija-

 

Carla es la madre de Sonia: una de las alumnas del Gregorio Marañón. Conoció a Jacinto gracias a su activismo en el A.M.P.A., pues ella suele ejercer de portavoz de dicho organismo. Lleva casi seis meses de relación con ese docente tras el agrio divorcio que castigó a su propia familia el pasado invierno.

 

CARLA:     Pero, ¿está enferma o es que de verdad la maltrataron?

JACINTO:  Imagino que se juntaron el hambre y las ganas de comer.

CARLA:     No sé. Dice mi hija que un día se puso a llorar en clase.

JACINTO:  Se ve que no era capaz de imponer la más mínima autoridad.

CARLA:     Se metían con ella, con su peso, con su altura, con su manera de vestir…

JACINTO:  Sí, sí. Por eso aposté por un profesor de un perfil tan distinto.

CARLA:     Ese tal Martín viene de un internado religioso, ¿no?

JACINTO:  No exactamente. Era una academia tradicional de gran exigencia. Pero él ni siquiera es creyente.

 

Jacinto ha tenido que elevar el tono de su voz para que Carla pueda escucharle desde el lavabo. Ya son más de las diez de la mañana, pero ese perezoso invitado no parece muy dispuesto a levantarse de la cama.

 

-¿Es ateo?-   pregunta ella asomada por el umbral de la puerta con el cepillo en la boca.

-Agnóstico-   contesta él   -No niega la existencia de Dios, solo la desconoce-

-¿Es que hablasteis de eso?-   ya de nuevo frente al espejo del lavabo.

-De eso y de muchas cosas. Me inspiró mucha confianza-

 

Carla se viste con cierta prisa, pues tiene hora con su esteticién y no quiere llegar tarde.

 

JACINTO:  Lo último que necesitaban esos chicos es otra maestra blandengue.

CARLA:     Puede que tengas razón. Parece ser que ese tipo es bastante duro.

JACINTO:  Nadie se meterá con su peso, con su altura ni con su manera de vestir.

 

Sonriente, la mujer se le acerca y le da un beso a modo de despedida. Tras mirarse en el espejo de cuerpo entero y acomodarse un poco el pelo, emprende la marcha.

 

CARLA:     ¿Estarás aquí para comer?

JACINTO:  Sí te parece bien…

 

Carla eleva su pulgar, con el puño cerrado, justo antes de desaparecer por las profundidades del pasillo.

Todavía tendido sobre la cama, a Jacinto le abordan ideas crueles y censurables que, de llegar a oídos de su pareja, desgarrarían su presente relación hasta hacerla jirones:

“Por mucho que te arreglen en la estética,

jamás estarás tan buena como Sonia.

!Dios! Sacrificaría todos mis futuros polvos contigo

por poder empotrarme a tu hija una sola vez”

La culpabilidad es indulgente con ese despreocupado profesor, pues es plenamente consciente de que nadie tiene las riendas de su propio deseo lujurioso. No obstante, a diferencia de Sonia, él no es propenso al sincericidio, y está convencido de la legitimidad de sus mentiras piadosas.

“!Cuan despiadado es el paso del tiempo

cuando hace mella en la piel de las mujeres!

!Cuanta incomprensión inspiran los hombres

que no callan su prohibitivo apetito

por la carne demasiado joven!”

La poesía es una de las materias que suele impartir. De todos modos, sus propias composiciones no son dignas de estudio.

 

 

ANTICICLÓN

mapa

-domingo 1 octubre-

Tras un lluvioso inicio de otoño, el verano pretende regresar para recitar sus últimas palabras; el epílogo para una calurosa estación que se había visto interrumpida demasiado pronto.

Parece que el clima se está mimetizando con el estado de ánimo de Martín, o viceversa, pues, después de pasar unos días desconsolado, sumergido en la melancolía del desarraigo y el desamparo de lo desconocido, el nuevo profesor del Gregorio Marañón empieza a ver el sol tras unas nubes menguantes cada vez más dispersas. Se está haciendo a la idea de que su nueva etapa no tiene porqué ser peor que la anterior:

“Añoraré el aire puro de las montañas,

la tranquilidad campestre,

el respeto y los buenos modales que

reinaban en el Calderón y Verdera;

pero me gusta mi nuevo piso,

me gusta mi nuevo barrio;

y mis alumnos…

cuanto menos: serán todo un reto”

Paseando por el parque Lázaro, se siente agradecido por haber encontrado un sitio tan idílico cerca de su casa. No obstante, tras cinco días en Fuerte Castillo, ya ha asumido que, aquí, los desconocidos no se saludan, ni siquiera cuando se cruzan por los caminos de un escenario de verde frondosidad que bien podría calificarse de oasis frente al ajetreo de la gran ciudad.

“Creo que este será el nuevo escenario

de mis carreras matutinas”

Tras el traslado, las consecuentes gestiones administrativas, la decoración, la exploración de ese nuevo entorno, su asimilación… Martín siente que ha llegado la hora de recuperar sus hábitos:

“Puedo hacer meditación en la azotea.

Ahí nunca sube nadie.

Lo llenaré de plantas y será mi nuevo santuario”

A pesar de que tan soleada positividad no deja de animarle, un recelo perenne se hace escuchar desde el rincón más recóndito de su consciencia. Dicha inquietud hace referencia a la zozobra que le provoca el trato femenino que no deja de brotar en su nueva etapa docente; sobre todo, en el seno de su alumnado:

“Katia, Paula, Mía, Ainara, Nerea, Sonia…

Todas son hermosuras celestiales; excepto Berta.

Imagino que en cada clase hay

una oveja negra… … y gorda”

Martín siempre ha tenido una relación complicada con el género opuesto. Desde que, en sus años mozos, sufriera los desgarradores estragos de un primer amor frustrado, aliñado con la humillación de una virilidad disfuncional, siempre se ha mantenido al margen de las mujeres, y se ha negado a darles un papel protagonista en su tesitura emocional.

“He pasado tantos años confinado en las montañas

que había olvidado lo que era la atracción sexual.

¿Cuánto llevaba sin estar cerca de chicas jóvenes?

El mayor estímulo femenino que visitó el Calderón

y Verdera rondaba los límites de la tercera edad”

Su pretérita vida monacal lo había preservado, durante casi tres décadas, de los peligros que suelen acompañar a las más bellas mujeres; quizás sea por ello que se siente tan vulnerable, ahora, removiendo un caldo de cultivo repleto de hormonas adolescentes, empoderamiento feminista y desinhibición.

“Ya me acostumbraré.

Aprenderé a sobrellevarlo con el tiempo.

Lo más importante es que no se me note.

No puedo tratar distinto a las chicas que a los chicos.

Creo que lo hice bien el viernes.

Solo tengo que mantener esa dinámica”

No se equivoca, pues, a lo largo de toda la jornada, su mezcla de perspicacia y elocuencia; de seriedad y humor; de autoridad y calma… su buen hacer sobre la tarima causo el efecto deseado sobre sus alumnos. Apenas tuvo que levantar la voz un par de veces. Consiguió que ese imberbe rebaño estudiantil, con severos déficits de atención, le escuchara y entendiera sus lecciones; incluso suscito interrogantes de cierto interés.

“Mía me puso entre la espada y la pared.

Vaya ratita de biblioteca tan sabionda.

Tendré que tener cuidado con ella o terminará

por vencerme con alguno de sus razonamientos”

Martín no lo sabe todavía, pero la avispada mente de su menuda alumna será el último de sus problemas. Debería preocuparse más por el buen tiempo que se avecina.

 

 

TERAPIA

terapeuta

-lunes 2 octubre-

A pesar de la festividad local que atañe a el día de hoy, Maite mantiene la consulta abierta para seguir atendiendo a sus pacientes, y aligerar, así, una agenda repleta de depresiones, complejos, ansiedades, obsesiones y desequilibrios de todo tipo.

 

MAITE:    Puede que cambiar de colegio fuera una buena opción.

EUGENI:  No. Lo he pensado, pero… no podría.

MAITE:    Tú mismo me has contado que no tienes amigos.

EUGENI:  Es por ella; todo es por ella. Me siento tan frío y vacío cuando no la veo…

MAITE:    ¿Y no es mejor eso que padecer un dolor intenso y punzante cada día?

EUGENI:  De algún modo… … siento que ese sufrimiento me define; es lo que soy.

MAITE:    Sé que crees que nunca volverás a sentir algo así por ninguna chica, pero a todos nos pasa algo parecido con nuestro primer amor.

EUGENI:  No. Mi amor por Paula no se parece a nada que nadie haya sentido nunca.

MAITE:    Hazme caso, Eugeni: en el momento que dejes de creerte tan especial estarás más cerca de poder superar esta situación. Son muchos quienes han perdido la cabeza e incluso la vida por no saber gestionar esta clase de sentimientos, pero son muchos más quien han conseguido pasar página y sobreponerse a sus anhelos amorosos con el paso del tiempo. Ellos son los más fuertes.

 

Eugeni empieza a llorar por enésima vez en la sesión de hoy. Su pronuncia adquiere una musicalidad que resulta lamentable a oídos de su terapeuta.

 

EUGENI:  Pero  es  que yo  no  quiero  pasar  página.

MAITE:    Lo sé, lo sé. Es duro, pero Paula te ha dejado muy claro que no volveréis.

EUGENI:  Ni  siquiera  estoy  seguro  de  haber  hecho  el  amor  con  ella.

 

La doctora se sujeta sus propios lagrimales con el índice y el pulgar. Siente vergüenza ajena ante la humillación mocosa a la que se está entregando su joven paciente. Es buena conocedora de la historia de la incierta extinción de la virginidad de Eugeni en plena cogorza.

 

MAITE:    A ver: ¿por qué te mentiría ella? ¿No te contó lo que pasó?

EUGENI:  Sí, pero también  me  dijo  me  quería  y…

MAITE:    Puedes creer que ocurrió si eso te hace sentir mejor, pero, a efectos prácticos, si no te acuerdas es como si no hubiera pasado. Te aseguro que la primera vez que lo hagas, con la persona adecuada y con la adecuada sobriedad, será un acontecimiento inolvidable. Piensa que lo mejor está por venir.

EUGENI:  !Noh!  Lo  mejor  ya  ha  pasado y ni siquiera  me acuerdo.

 

Hastiada, Maite se le acerca y le ofrece un pañuelo de papel. Mira el reloj, completamente ajena al sufrimiento del chaval, y busca el momento y las palabras para dar por terminada esa degradante sesión.

“Debería cobrar un plus de penosidad por tratar

el corazón roto de adolescentes insensatos”

 

 

SÚCUBO

paula pasillo

-martes 3 octubre-

Los tiempos en los que los peores peligros se ocultaban en las sombras de la noche han pasado a la historia. La maldad más cruel de nuestros días ya no se encarna en asesinos despiadados que aguardan en un callejón solitario, en un lúgubre sótano abandonado, entre la maleza nocturna que rodea a una casa con grandes ventanales…

Ahora son súcubos quinceañeros quienes, a plena luz del día, se pasean impunemente por los pasillos de un instituto de secundaria bajo el amparo de una sociedad demasiado permisiva; subiendo y bajando los escalones, a nalga descubierta, como si no importara el aplomo de los varones que, tras de sí, tienen que morderse la lengua hasta notar el gusto de la sangre en su boca.

“!Dios! Esto no puede ser bueno.

Si sigo mirándole el culo a esta niña

terminará dándome un infarto”

Martín se detiene en uno de los rellanos que lo encaminan hacia la segunda planta. Sacudido por una contradicción salvaje, se debate entre la urgente necesidad de seguir atento al hechizo de las sublimes nalgas de Paula y el imperativo moral que le obliga a distanciarse de ella.

 

PAULA:     ¿Estás bien, profe?

MARTÍN:  … … Sí, sí. Solo que… … he olvidado una cosa en la sala de profesores.

PAULA:     Aah… … Todavía no conozco mis funciones de delegada. ¿Cuáles serán?

MARTÍN:  Ya lo irá viendo. Siga su camino hasta el aula. Yo vendré en seguida.

 

La luminosa sonrisa de la niña, abanicada por unas pestañas de vértigo, hace añicos de cualquier armadura que pudiera proteger a ese desubicado maestro chapado a la antigua.

Mientras regresa sobre sus pasos para escenificar su coartada, Martín niega con la cabeza inconscientemente. No logra asimilar lo que acaba de suceder.

“No es posible. Esto no puede estar pasando.

Pensé que don Andrés exageraba cuando me

advirtió de la realidad que me esperaba en clase,

pero ahora veo que incluso se quedaba corto”

Tras acceder a la planta baja, se encamina hacia unas escaleras colindantes que le conducirán a su destino primario, donde le esperan una veintena de jovenzuelos sedientos de su sabiduría.

“¿Y Paula? Tiene que ser consciente de lo que hace;

de lo que puede provocar en hombres mayores como yo;

en sus compañeros de clase.

Ahora sé porque el pobre Eugeni quería cambiar de sitio”

Se detiene unos instantes frente a la puerta abierta del aula. Todavía no ha conseguido interpretar los andares sinuosos de su alumna, su femenina gestualidad al dirigirse a él, la embriagadora sonrisa que le ha desarmado por completo…

“!Noo!… … Se me nota el empalme.

No puedo entrar a clase en estas condiciones”

 

-Martín-   dice Berta al percatarse de su presencia   -¿Qué haces aquí parado?-

 

A trancas y a barrancas, y sin decir nada, ese maestro de filosofía consigue llegar a su mesa, sobre la tarima, sin despertar ninguna suspicacia relacionada con la verticalidad de su pene.

“Suerte que llevaba mi carpeta para escudar mi decoro.

Todo está en orden; todo está bien.

Tengo que tranquilizarme y empezar con la clase”

 

MARTÍN:  !Señor Gomez! Es un honor contar con su presencia al fin.

HUGO:      Gracias… … No eres el primero que se alegra de verme.

MARTÍN:  … … Espero que esa observación… … no tenga una continuidad insultante.

SEBAS:      Una sola frase, tronco. Solo ha necesitado una frase para calarte.

HUGO:      Yo nunca insultaría a tu madre, tron, le tengo casi tan aprecio como ella a mí.

SEBAS:      ¿Lo ves? Martín, tienes que darle duro. Siempre se está metiendo conmigo.

 

Hugo no es consciente de cómo se las gasta su nuevo profesor, de ser así, quizás hubiera intentado empezar con mejor pie. Se trata de un chico bajito, delgado y con un largo flequillo que no deja de sabotear su esquiva mirada.

Martín mira de reojo a Paula, encontrándose con su atenta y diáfana sonrisa. En el pupitre posterior, Eugeni se está tirando de los cabellos notablemente enrojecido.

 

-Voy a realizar cambios en la disposición de la clase para conseguir algunas mejoras. Paula Lucena, como mi ayudante, se sentará en la primera fila, frente a mi mesa. La señorita Valverde vendrá a su lado para apoyarla como auxiliar. Dominguez, Gómez: a ustedes también quiero verles adelante. Voy a atarles corto. En respuesta a la petición que me formuló el señor Alfaro, el último día, le situaré como última pieza de la primera fila, con la señorita Ferreras, que seguirá a su lado-

 

Eugeni, Berta, Sebas, Hugo, Katia y Paula se movilizan con actitudes muy dispares que basculan desde el entusiasmo de la nueva delegada hasta el enojo de los más alborotadores de clase. Una vez que los seis ya encabezan las tres hileras de mesas, se verbalizan algunos interrogantes por parte de la pareja central:

 

HUGO:      ¿Y esta será una colocación permanente? ¿O solo para tu asignatura?

MARTÍN:  Como tutor tengo potestad para establecer una disposición permanente.

SEBAS:     Ya, pero…

MARTÍN:  Si se comportan como es debido, podrán solicitar el cambio en breve.

 

Una vez que sus alumnos ya se han acomodado en sus nuevas plazas, Martín enhebra la aguja para hacer las primeras puntadas del temario que quiere exponer en la presente jornada.

 

-Hoy vamos a hablar sobre la responsabilidad de nuestros actos, sobre la emancipación, sobre la autoridad a la que obedecemos en los distintos momentos de nuestra vida: padres, maestros, jefes… y de un modo más global: al estado, las leyes…-

 

Hugo esgrime un desinhibido bostezo que no pasa inadvertido a la mirada cercana de su profesor, quien enfoca toda su muda seriedad hacia él. Sin mediar palabra, Martín ha conseguido subsanar la incorrección postural del muchacho e incluso le ha inoculado una respetuosa atención atemorizada impropia de ese macarra.

 

-En el siglo cuarto, antes de Cristo, Aristóteles fundo la idea de la ética a Nicómaco, que consiste en señalar la virtud de pensar en el otro. En una de sus obras más conocidas, el autor señala las distintas ramificaciones de la responsabilidad moral. A la hora de actuar, podemos hacerlo de manera voluntaria o de manera involuntaria. En esta última, la involuntaria, podemos ejercer por obligación o por ignorancia. Por contra, cuando obramos voluntariamente, lo hacemos bajo el mandato de la razón. En la ética aristotélica, solo es virtuoso aquel que, mediante el hábito y el uso de la razón, obra prudentemente desde el “yo” pensando el “nosotros”. En contraposición, la perversión emana de la ignorancia, cuando vivimos en sociedad-

 

Mientras habla, Martín ha ido dibujando el esquema de su ideario en la pizarra. En cuanto se voltea, se encuentra con un puñado de móviles apuntando hacia él.

 

KATIA:      Muévete un poco, Martín.

MARTÍN:  ¿Qué me mueva?

KATIA:      Me tapas los apuntes.

 

El pasado viernes no se produjo ninguna situación parecida, pues se trató de una presentación mucho más general sin datos demasiado concretos. No ha sido hasta este momento que los avanzados métodos de sus alumnos han desencajado a tan tradicional maestro.

 

MARTÍN:  ¿Así es como toman apuntes en la ciudad?

SEBAS:      Así es como tomamos apuntes en el siglo veintiuno.

 

Contrariado, Martín reprime sus deseos de poner fin a esa práctica desconcertante. Recuerda las palabras del director cuando este le expresaba su preocupación acerca del dudoso encaje de un profesor tan tradicional en los nuevos tiempos que rigen la realidad estudiantil de Fuerte Castillo.

 

PAULA:     Pero profe, nos dijiste que no nos harías memorizar nombres propios ni versículos concretos.

MARTÍN:  Aristóteles y Platón son considerados los padres de la filosofía occidental. No se puede impartir mi asignatura sin nombrarles a ellos y a su obra.

 

Desde la segunda fila, la primera de la clase se permite hacerle una petición a Martín para que este pueda desarrollar la tesis de Aristóteles de un modo más ameno y llevadero.

 

MÍA:         Podríamos mencionar dilemas éticos que nos afecten directamente y analizarlos en función de lo que has escrito en la pizarra.

MARTÍN:  Esta es una buena idea. ¿Quiere empezar usted?

MÍA:         Mmmm… … Está bien. Cuando un grafitero mancha las paredes del instituto, no está siendo virtuoso, porque olvida que, en el mejor de los casos, otro tendrá que gastar su tiempo y su esfuerzo en limpiar esas pinturas roñosas.

MARTÍN:  ¿Y en el peor de los casos?

MÍA:         Nos obligará a todos a ver su obscena filigrana durante semanas.

SEBAS:      Puede que el artista solo quiera compartir su arte con los demás.

 

Con una mueca airada, la chica le niega la mirada a su impetuoso interlocutor y vuelve la vista hacia la ventana.

Martín intuye que no se trata de una situación hipotética. Está bastante seguro que se encuentra ante los protagonistas de una enemista que enfrenta a personalidades antagónicas. Sebastián y Mía no podrían ser más distintos, pues la impoluta vestimenta blanca de esa menuda sabionda contrasta con las desgarradas prendas tejanas de un muchacho cuyo pelo negro y barba incipiente se encuentran a las antípodas de la pálida suavidad cutánea de una muchacha prácticamente alvina.

 

MARTÍN:  Hablando de cosas que no queremos ver, señor Alfaro, ¿se le ocurre alguna?

 

En el mismo momento en que termina la frase, el profesor se da cuenta de que puede haberse equivocado. Pese a sospechar que el fastuoso culo de la nueva delegada es el motivo que empujó al mozalbete a pedir el cambio de sitio, todavía ignora los disparatados sentimientos que se albergan en su corazón.

“Sería un suicidio social admitir lo mal que lo

pasa cuando le mira las nalgas a su amada”

De pronto, la rolliza compañera de pupitre de Eugeni levanta la mano en un gesto inédito que no se había producido aún.

 

MARTÍN:  ¿Sí, señorita Ferreras?

BERTA:     A mí no me gustan los garabatos de Sebas, pero todavía me gusta menos tener que ver el culo de algunas chicas, y creo que no soy la única.

 

Al son de unos jocosos murmullos generalizados, y dándose por aludida, Paula sonríe malévolamente sin dejar de observar el anillo que rota en su índice, víctima de sus juegos digitales.

No es la única niña que viste más corta de lo debido, pero puede que sí sea la más descarada; sobre todo, teniendo en cuenta las opulentas formas traseras que rebasan los límites tensados de sus escuetos tejanos negros.

Martín no esperaba que su espontaneo interrogante tendencioso pudiera causar daños colaterales, pero no es de los que tiran la piedra y esconden la mano.

 

-¿Algo que añadir a eso, señorita Lucena?-

-¿Yoh?-   pregunta la aludida rompiendo su risa.

-Cualquiera. Esto es un debate abierto-   dice Martín dirigiéndose al resto de la clase.

-… … Pues sí-   proclama Paula tras unos instantes de suspense.

 

Paula se pone en pie y revisa el perímetro para vislumbrar a cada uno de sus compañeros y compañeras. Todos ellos están a la expectativa, pues son conscientes de que Paula es, probablemente, la chica más peleona de cuarto.

 

-Tarde o temprano trataremos el tema de la democracia, ¿no, Martín?-

-Así es. Más temprano que tarde. La democracia está íntimamente ligada a la filosofía-

-Como mujer a quien se la señala por su forma de vestir, como alumna participativa apasionada por la filosofía y por la democracia, y con la autoridad que me da mi cargo de delegada, sugiero realizar una votación. ¿Puedo salir a la pizarra, profe?-

 

Martín ha caído en un fugaz fuera de juego. Suele ser bastante rápido, mentalmente, pero, ahora mismo, su ausencia de negación, junto con un leve asentimiento poco meditado, legitima a su alumna para subirse a la tarima.

Ya con la tiza en la mano, se afana en dibujar una gran cruz en un lateral de la pizarra.

 

-Vamos a votar a mano alzada-   dice mientras se encara a su audiencia   -Quienes prefieran ver mi culo antes que la cara de Berta, que levanten la mano-

 

Sin dilación alguna, casi todos los chicos levantan la mano junto a una considerable porción de las votantes femeninas.

En cuanto Martín consigue poner fin a ese despropósito, imponiéndose físicamente a Paula para discriminar su traicionera desobediencia, la niña ya ha tenido tiempo de anotarse un buen puñado de votos a su favor.

pizarra+

 

AINARAENTUCARA

ainaraentucara

-miércoles 4 octubre-

EDURNE:  Cuéntale a tu padre lo de la votación, Ainara.

JUSTO:     ¿Qué votación? ¿De qué va eso?

 

Sentados alrededor de la mesa, la familia Clemente goza de una apetitosa cena aliñada con anécdotas muy dispares:

 

EDURNE:  En clase votaron si preferían ver el culo de Paula o la cara de Berta.

JUSTO:       Si algún profesor se entera de eso vais a tener problemas.

EDURNE:  !Estaba el profe nuevo! Fue durante la clase de filosofía.

JUSTO:     !¿Qué?!

AINARA:   Noh, Papá. Martín no lo permitió. Estábamos hablando de otras cosas y…

JUSTO:     Pero ¿cómo es posible?

AINARA:   Hablábamos de democracia y Paula le pilló desprevenido.

EDURNE:  El profe tuvo que quitarle la tiza a la niña para que dejara de apuntarse votos.

AINARA:   Martín no se fijó en lo que escribía ella en la pizarra; cuando hizo la pregunta, pidió manos alzadas, así que todo fue muy rápido y él no pudo evitarlo.

JULEN:      ¿Y quién ganó?

 

A pesar de tener la boca llena, la pregunta del pequeño de la casa ha sido del todo entendible.

 

EDURNE:  Imagínate. Todos los chicos levantaron la mano.

AINARA:   Menos Eugeni. Se sienta delante de mí. Está empanado.

EDURNE:  ¿No me dijiste que está enamorado de ella?

AINARA:   Algo raro le pasa, sí.

JUSTO:      ¿Y las chicas?

AINARA:   Muchas son amigas de Paula y levantaron la mano también, más de la mitad.

EDURNE:  Berta se había quejado de que Paula fuera enseñando el culo.

JUSTO:      Sé bien de lo que hablas. Espero que nuestra hija nunca haga estas cosas.

 

Edurne mira de reojo a Ainara. Ambas coinciden en una complicidad temerosa que pasa inadvertida para hombre de la casa. A diferencia de su mujer, Justo nunca supo de la existencia del exitoso perfil donde su hija bailaba y se pavoneaba provocando millares de erecciones diarias por todo el mundo.

 

-¿Qué pasa?-   pregunta Julen al percatarse de tan extraña actitud.

-Termínate eso-   le contesta su madre mientras se levanta para recoger.

 

Ainara acumuló más de un millón de fans bajo el pseudónimo de AinaraEnTuCara antes de que ella misma desarticulara su canal, a finales de la pasada primavera. Sin exigencia alguna, su tío Bruno consiguió cambiar su escala de valores para liberarla de la adicción de los LIKES y de la aprobación ajena.

 

 

FALSO POSITIVO

MARTIN

-jueves 5 octubre-

Cuando ya hace casi una semana que Martín imparte clases en el Gregorio Marañón, su balance es muy positivo. Se está desenvolviendo muy bien tanto en los cursos de la E.S.O. como en los de Bachillerato.

“Viento en popa; a toda vela”

Religión, Valores éticos, Historia, Cultura clásica, Latín, Griego, Filosofía… Sin duda, su amplia titulación fue un gran aval ante el proceso de selección que encabezó don Andrés. El director terminó cediendo a las súplicas del jefe de estudios, pues Jacinto codiciaba una pieza docente que pudiera ejercer de comodín para cuadrar los horarios a su antojo.

Gracias a una ley aprobada en el 2014, la gerencia del centro adquirió voz y voto a la hora de escoger al profesorado ante las tradicionales imposiciones de la administración. Eso no gustó mucho a los sindicatos de maestros, pero, sin duda, se trata de una medida que suele ayudar a la conciliación del personal educativo frente a la dirección.

“Todavía no me he acostumbrado a la

presencia femenina entre mi alumnado,

pero es solo cuestión de tiempo.

Se acerca el invierno y pronto las niñas irán

más tapadas; será todo más fácil entonces.

Para cuando llegue el próximo verano

ya estaré habituado a este nuevo contexto”

Tres golpes simétricos despegan su mirada de los apuntes que está revisando sobre la mesa.

 

-Adelante-   con el volumen justo para ser escuchado desde el otro lado de la puerta.

-Hola-   dice Paula, tímidamente, tras abrirse paso   -Este no es tu despacho, ¿no?-

-Don Andrés me ha cedido el suyo mientras está ausente. ¿Le buscaba a él?-

-Noo-   contesta como si se encontrara ante un interrogante absurdo   -Te busco a ti-

 

Esta última frase, salpicada de picardía jocosa, hace temblar los cimientos de la seriedad de tan solemne profesor.

 

PAULA:     Me ha dicho Aurora que estabas aquí.

MARTÍN:  Bien. Y… … ¿qué quiere?

PAULA:     ¿Todavía estás enfadado conmigo?

MARTÍN:  Decepcionado. No debería haber apostado por usted.

PAULA:     JoOh… … Ya te dije que lo siento. Yo no quería…

MARTÍN:  ¿Recuerda la lección del martes, señorita? Hablamos de la responsabilidad moral de obrar por ignorancia, ¿sí? El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. ¿Le suena?

 

Los ilegítimos comicios improvisados que humillaron a Berta, hace un par de días, no solo le costaron, a Paula, el cargo de delegada, sino que propiciaron un trato mucho más agrio por parte de quien ya se ha convertido en su profesor preferido.

De pronto, los ojos de la chica se humedecen inesperadamente, y no tardan en derramar una primera lágrima que sobrecoge a Martín, derritiendo su ficticia frialdad enfurruñada.

 

MARTÍN:  Pero… … ¿Qué te pasa? ¿De verdad lloras por lo que te acabo de decir?

PAULA:     Noh, no. Es que… … Me están pasando muchas cosas y…

MARTÍN:  ¿Qué cosas? ¿Qué te ocurre?

 

Sin siquiera proponérselo, la niña ha suprimido, con su llanto, una distancia que se erigía en el permanente trato de usted con el que Martín suele dirigirse a todos sus alumnos.

 

-Tengo  un  problemón  y  no  sé… … no  sé  qué  hacer-

-¿Es un problema académico? ¿Familiar?… … ¿Amoroso?… … ¿Social?-

 

Inexperto en lo que a artimañas femeninas se refiere, el tutor de Paula no alcanza a valorar la credibilidad que merecen esos lloriqueos infantiles. Sus sospechas se incrementan en cuanto observa cómo la chica cierra la puerta del despacho para generar una mayor intimidad.

 

-No. N.No… es  algo… … biológico,  más bien-

 

Martín inclina la cabeza. Se conoce como alguien muy poco apropiado para tratar asuntos de esa índole. Tras aserenarse, recupera su habitual ustedeo:

 

MARTÍN:  ¿Necesita un médico?

PAULA:     No, no sé… … Puede que sí… … Es que no sé.

MARTÍN:  Este centro dispone de una psicóloga especializada en estos casos.

PAULA:     No puedo ir con ella. Es muy amiga de mi madre y…

MARTÍN:  ¿Su madre es amiga de la psicóloga?

 

Paula se muerde el labio y asiente con la cabeza. Todavía de pie, con la cara mojada, adopta una pose recogida abrazándose a sí misma, como si quisiera darse el apoyo que le falta.

No viste tan provocativa como el martes pasado, pero sus nutridos muslos no han dejado de pedir la audiencia de los ojos de su maestro desde que ha entrado en ese despacho.

Martín siente la tentación de escurrir el bulto, pero, finalmente, opta por tomar cartas en el asunto:

 

-A ver… Siéntese y cuénteme lo que ocurre-   señalándole el sillón de enfrente.

-Creo que…-   mientras toma asiento   -Puede que esté embarazada-

 

El profesor ya había pensado que podía tratarse de algo así, no obstante, la noticia no deja de sorprenderle. Le parece inaudito que una niña tan joven pueda estar ya en cinta. Tras una honda inspiración procede a analizar el asunto:

 

MARTÍN:  ¿Se trata de un retraso? Si solo es eso…

PAULA:     Me hice la prueba y… … dio positivo.

 

La expresión de Martín se ha petrificado. Nunca había tenido que enfrentarse a una situación parecida.

“Estas cosas no pasaban en el Calderón y Verdera;

aunque hubiera habido chicas

tampoco hubieran pasado”

 

MARTÍN:  ¿Cuantas pruebas se ha hecho?

PAULA:     Una sola… … ¿Por qué?

MARTÍN:  ¿Ha oído hablar del falso positivo? A veces pasa.

PAULA:     Emmm… … No sé. Yo pensaba que estos test eran fiables.

MARTÍN:  Antes de preocuparse, hágase otra prueba para estar segura.

PAULA:     Vale… … Sí… … Pero no quiero hacerlo sola.

MARTÍN:  Podría hacerlo junto a… … junto a su novio.

PAULA:     Es que no tengo novio.

MARTÍN:  Pues… … su amigo.

PAULA:     No… … Es que… … !Va! … … Es igual.

 

Notablemente disgustada, la chica se levanta con súbitas prisas y se dispone a marcharse sin siquiera despedirse. Alarmado, Martín se pone en pie e intenta detenerla:

 

-¿Es que quiere que la acompañe yo? ¿De verdad?-   susurra con urgencia.

-Pues claro… … Necesito el apoyo de mi tutor; de mi profe preferido; de un adulto-

 

 

ENTRE DOS AGUAS

Nerea

-viernes 6 octubre-

Nerea nada entre dos aguas. Si bien se conoce como la mejor amiga de Berta, también es cierto que admira la seguridad altiva y la determinación orgullosa de Paula.

Se trata de un pelirroja que fue gorda de pequeña. Sufrió la crueldad propia de los niños en sus carnes, y por eso empatiza tanto con Berta y su desdichada situación impopular.

No obstante, a día de hoy es una muchacha preciosa de grandes pechos que, pese a ser bastante tímida, tiene el favor de todos y cada uno de los chicos de cuarto curso.

Al igual que le ocurre a Paula con Eugeni, ella también tiene a su propio fanático sobrehormonado. En su caso, se trata de quien fura su mejor amigo varón hasta el pasado verano.

Javi quedó muy tocado a raíz de la desgarradora escena que protagonizó en la casa campestre del abuelo de su amada. Antes de que pudiera, tan siquiera, cruzar el umbral de la puerta, la insistencia del chico se volvió contra él de la manera más cruel, propiciando el peor de los escarnios verbales de boca de abuelo y nieta. La herida fue tan honda que llegó a pensar en el suicidio.

 

NEREA:  Pobre chico.

BERTA:   Pero fue tu abuelo quien le dijo todas esas cosas terribles.

NEREA:  Sí, pero yo le di la razón al yayo, delante de él. Me pasé tres pueblos.

 

Sentadas en el margen de la pista de básquet, a la sombra de un algarrobo, Berta y Nerea usan un gran pedrusco a modo de respaldo ergonómico para acomodarse de la mejor manera posible durante el recreo del último día lectivo de la semana.

 

NEREA:  Desde entonces, no me habla, no me saluda… … ni siquiera me mira.

BERTA:   ¿Y no te has planteado hablar con él?

NEREA:  Sí. Claro. Pero me temo que, si lo hiciera, volveríamos al punto de partida.

BERTA:   ¿Crees que se te declararía de nuevo?

NEREA:  Sí. Además: querría volver a ser mi amigo y… … no creo que fuéramos capaces.

BERTA:   Por suerte o por desgracia: dudo que yo llegue a tener nunca estos problemas.

NEREA:  La vida da muchas vueltas. ¿No conoces el dicho?: “La suerte de la fea la guapa la desea”

 

Berta sonríe sin dar demasiado crédito a esa frase hecha. Se siente realmente agradecida por el trato que suele recibir de parte de esa hermosura pecosa de ojos verdes.

 

BERTA:   ¿Y qué le pasa a Eugeni con Paula? Nunca me ha contado nada.

NEREA:  Corrió el rumor de que estuvieron saliendo, pero ella dice que no.

BERTA:   Él la estaba ayudando con los exámenes. Al igual se montó la película.

NEREA:  No sé. No pegan ni en pintura. Además, a Paula le gustan más mayores.

 

Nerea se siente extraña al pronunciar su última afirmación.

“A mí sí que me gustan más mayores”

Los bochornosos altercados carnales que tuvieron lugar durante el pasado mes de julio, en casa de su abuelo, se recrean en su recuerdo como si de una fantasía pervertida se tratara; como si no pudieran pertenecer a la realidad de su vida.

 

BERTA:   ¿En qué piensas?

NEREA:  … … Emmm… … En mi yayo. Está viejete.

BERTA:   ¿Qué le pasa?

NEREA:  Le han diagnosticado una enfermedad y… … no pinta bien.

BERTA:   Oh. Lo siento. Qué mal. ¿Estáis muy unidos?

NEREA:  Sí. Tenemos un vínculo muy, muy especial.

 

Rosendo siempre ha sido un tipo muy saludable, pero los años no pasan en vano, y el cáncer, a menudo, tiene el mismo criterio aleatorio que una ruleta rusa.

La pausa en la conversación de las muchachas otorga todo el protagonismo al bullicio juvenil de aquellos quienes participan de los distintos partidos que acostumbran a jugarse, periódicamente, durante los descansos matinales.

 

BERTA:   ¿Tú prefieres ver mi cara o el culo de Paula?

NEREA:  !No seas tonta, tía! Olvídate de eso.

BERTA:   Menuda zorra.

NEREA:  Lo que tú digas, pero yo de ti no volvería a buscarle las cosquillas.

 

 

CUERPO Y MENTE

martín m

-sábado 7 octubre-

Martín se ha propuesto destinar los sábados a reencontrarse con su añorada naturaleza. Puede que sus excursiones sean menos frecuentes, ahora que vive en la ciudad, pero también podrán ser más prolongadas.

Tras encumbrar el monte de San Gerónimo, a ese incansable excursionista solitario se le ha hecho tarde. Hace rato que intenta meditar, pero no logra encontrar la paz por mucho que procura abstraerse del ruido mundano de su día a día.

El incidente de ayer, con Paula y con el test de embarazo, empieza a obsesionarle, y sus intentos de dejar de pensar en ella son del todo estériles:

“Ya pasó. Dio negativo. El tema está zanjado.

El lunes todo habrá vuelto a la normalidad”

Sin embargo, existen cabos sueltos que no dejan de revolotear en su mente para recordarle los peligros que lo acechan.

“Son todo imaginaciones mías.

Una cadena de casualidades.

¿Por qué querría, esa niña,

buscarle problemas a su profesor preferido”

El empeño de Paula en que fuera él mismo quien la acompañara a la hora de efectuar la segunda prueba, pese a ser un tanto extraño, no parecía tener ninguna mala intención.

“No quería hacerlo sola.

Deseaba guardar el secreto ante su familia.

Quiso escondérselo al futurible padre.

Dudaba de la discreción de sus amigas…”

Las emociones a flor de piel terminaron por eclosionar en cuanto apareció una sola línea roja en el marcador del test. Fue en ese instante lacrimoso cuando se quebrantó la distancia que siempre debe de haber entre alumna y maestro. El sentido abrazo que le propinó la chica, en el lavabo de minusválidos que hay cerca de la sala de profesores, traumatizó a un hombre que no había tocado a una mujer en treinta años.

“¿Pero  qué  haces?  Abrázame”

Martín tuvo que obedecer empujado por la tesitura de tan inusitadas circunstancias. Todavía siente la femenina estrechez de esa cintura, el aroma afrutado de ese largo pelo liso, la presión mamaria de Paula en su torso, la efímera duración de un gesto que le premió con una intimidad inaudita en su célibe existencia.

Esperó un par de minutos en salir de la estancia, después de que la muchacha se ausentara, pero cabe la posibilidad de que esa medida no fuera del todo efectiva, pues Aurora lo miró de forma extraña en cuanto Martín se topó con ella, en el pasillo.

 

-¿Has visto a Paula?-   le preguntó ella con el ceño fruncido.

-Mmmmh. No-   respondió él sin demasiada sangre fría.

-Dice que el lavabo de los alumnos estaba ocupado y que ha ido al de minusválidos-

 

“No recuerdo la última vez que dije una mentira.

Debería haberle contado la verdad a Aurora,

pero entonces hubiera traicionado

la confianza de Paula”

Contextualizando su vivencia, a Martín le resulta fácil adivinar que su criterio variaría si en lugar de haber tratado con Paula lo hubiera hecho con Berta, pues nunca hubiera tomado riesgos ni se hubiera prestado a mentir por la más fea de la clase.

“!Estoy mitificando la complicidad con

la más buscona de mis alumnas!”

El asunto adquirió matices más perversos todavía en cuanto la maestra de Inglés le contó los antecedentes de la chica:

 

-Creo que no hay nada de malo en que te advierta sobre esa niña, Martín. Se trata de un mal bicho, créeme. Siempre está causando problemas. Supimos que se veía con su profesor de literatura, durante el curso pasado. Solo te diré que Miguel ya no trabaja aquí. Maltrató a tu predecesora hasta hacerla caer en una depresión de caballo. Su compañero Eugeni ha pedido el traslado de instituto por su culpa. Le hace bullying a su compañera Berta. El primer día del presente curso, un par de chicos se pelearon por ella, !a puñetazos! Saca malas notas, miente más que habla… por no hablar de su manera de vestir…-

 

Fue entonces, después de escuchar las duras palabras de Aurora, que a Martín empezaron a preocuparle los lazos que acababa de estrechar con su joven alumna. Empezó a pensar que la cuestión del embarazo bien podías ser una farsa.

“¿Qué probabilidades hay de que

se produzca un falso positivo?

Las lágrimas, el abrazo, mi inoportuna erección…

Puede que todo fuera parte de un juego infame”

 

 

PEQUEÑA MENTIROSA

Paula tren

-domingo 8 octubre-

SONIA:   Así, así. No te muevas.

KATIA:   Ya ves. Esta ha quedado de muerte.

PAULA:  Estamos demasiado lejos. Como nos venga un rebaño de vagabundos salidos…

KATIA:   Nos follan vivas. Ja, ja, jah. Estamos demasiado buenas. Así no se puede.

 

Las tres amigas han ido a un sitio apartado para hacerse una buena sesión de fotos con sus dispositivos de última generación. La mayoría de esas instantáneas pasadas de rosca terminarán en las redes sociales, a la vista de millares de ojos lujuriosos de la más variopinta de las audiencias.

Se trata del trío femenino más malote del Gregorio Marañón. Paula es la mentirosa de la pandilla, pero, en contra de lo que cabría esperar, las crueles verdades de Sonia suelen ser mucho más hirientes y despiadadas que cualquier embuste.

 

KATIA:   Me parece que por estas vías ya no pasan trenes, ¿no?

SONIA:  Diría que no. Tienen pinta de estar abandonadas.

KATIA:   Siempre me han molado esta clase de escenarios urbanos.

 

Katia fue la última en unirse al grupo, tras repetir curso. Sigue juntándose con sus antiguos compañeros, ahora en primero de bachillerato, pero es una chica muy sociable y no tardó en conquistar a las más fardonas chicas de cuarto.

 

KATIA:   Todavía no me creo lo que estás haciendo con Martín, tía.

SONIA:   Es que… … de verdad: no sé qué pretendes.

PAULA:  ¿Qué queréis que os diga? Me pone a cien.

SONIA:   ¿No te parece muy… … muy mayor? ¿Muy formal? ¿Muy estirado?

PAULA:  Me pongo cachonda cuando me trata de usted, pero todavía me pone más cuando consigo que me trate de tú.

KATIA:   ¿Y cuándo ha pasado eso?

PAULA:  Cada vez que me pongo a llorar se le rompe la armadura de profesor distante.

KATIA:   ¿Es que lloras mucho para él?

PAULA:  Cuándo le dije que creía estar embarazada y cuándo vimos que no.

KATIA:   ¿Fue entonces cuando os abrazasteis por la emoción?

SONIA:   ¿Fue entonces cuando se le puso dura como una piedra?

PAULA:  Ya ves. Las erecciones no mienten. Son más sinceras que tú.

SONIA:   Ni en broma.

PAULA:  Ja, jah. Siempre tienes más problemas tú por decir la verdad que yo por mentir.

KATIA:   Tenéis que aprender a ser más como yo; saber cuándo mentir y cuándo no.

SONIA:   Y cuándo callar, ¿no? A ti lo que te pasa es que eres una misteriosa.

 

Sonia no se fía mucho de su nueva compañera, pero eso no es ninguna novedad, puesto que no se fía de nadie.

A diferencia de Nerea, el rojo de sus cabellos lisos es teñido. Carece de las pecas tan propias de las pelirrojas y suele pintarse los labios a juego con su pelo. No tiene el culazo de Paula, pero eso no va en detrimento de su belleza, pues su armoniosa figura, sin extravagancias sobredimensionadas, es de lo más femenina.

Ya camino del centro, a Paula le vienen ganas de ilustrar a Katia sobre la peculiar sinceridad de su mejor amiga:

 

PAULA:  ¿Cuál es tu última movida, Sonia?

SONIA:   Le dije a mi madre que cuando intenta controlar mi manera de vestir, mi maquillaje, mis posados en Instagram, mis amistades masculinas… Que lo único que hace es dar respuesta a sus propios celos; que no soporta que yo sea tan guapa y tan joven, y que todos los hombres me prefieran a mí antes que a ella; incluido su novio.

KATIA:   !No te creo!

PAULA:  Tú no la conoces. Es capaz de eso y de mucho más.

SONIA:   Nunca levanto la voz, pero te juro que se puso roja de rabia.

KATIA:   No me extraña.

SONIA:   Le dolió tanto porque sabe que es verdad; por mucho que ella se lo niegue.

KATIA:   Pero ¿Jacinto te ha dicho algo alguna vez?

SONIA:   No hace falta. Ese tío no sabe disimular. Se le caen las babas en cuanto me ve.

PAULA:  Seguro que, cuando follan, el tío piensa en ti.

SONIA:   Seguro. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que, mientras follan, mi madre sabe que su novio estará pensando en mí; en su propia hijita.

KATIA:   Buah… … Eso tiene que ser muy duro para ella.

PAULA:  Las que tienen que ser muy duras son las erecciones de tu padrastro.

 

Una malévola carcajada a tres bandas amenaza el equilibrio de esas guapas adolescentes afiliadas al humor negro. Se apoyan las unas en las otras para no terminar desparramadas por el suelo. Presumidas y presuntuosas, se sienten realmente aventajadas en una sociedad sometida al mandato del sexo, la juventud, la inmediatez, la superficialidad… No en vano, tienen las mejores cartas en sus respectivas manos.

 

SONIA:   No haberse divorciado de mi padre. Estas cosas no pasan en las familias unidas.

PAULA:  No te creas. Hay mucho depravado suelto. Hay padres que desean a sus propias hijas; incluso, a veces, han aparecido casos de sexo consumado entre ellos.

SONIA:   !Buaaaag!… … ¿Te imaginas?… … !Qué asco!… … Follarte a tu propio padre.

 

Katia se muerde la lengua. Le gustaría poder defenderse frente a esa ignominia, pero se siente más cómoda escudándose tras sus turbios secretos incestuosos. Ha conocido al padre de Paula y entiende que la sola idea de frotarse con tan repulsiva y caduca bola de sebo pueda suscitar escalofríos de lo más nauseabundos. Así mismo, ha escuchado referencias que describen al progenitor de Sonia en un sentido bastante parecido al que define a Nicolás.

“No saben de lo que hablan.

Si mi padre fuera el suyo

quizás no les daría tanta

grima la idea de follárselo”

Ya muy cerca del bullicio urbano, cada una de las chicas opta por discriminar la indecencia de su vestuario, y abrigarse con un mayor decoro que salvaguarde la cordura de los transeúntes que empezaran a cruzarse con ellas de un momento a otro.

 

 

MIRADA DE MIEL

clase

-lunes 9 octubre-

Martín vuelve a gozar de la atención de sus alumnos mientras les ofrece, un día más, una mirada distinta con la que vislumbrar el mundo que los rodea. Hoy, la lección versa sobre el empeño del sistema por degradar la autoestima y la felicidad de sus propios miembros; sobre la instrumentalización de la ciudadanía en contra de sí misma al servicio de la economía global.

 

-Sin la filosofía, el dictado que regirá sus vidas puede venir de su peor enemigo. Aquel que no opte por la desobediencia se convertirá en una oveja más de un triste rebaño que pasta, eternamente, por el valle grisáceo de la desdicha-

-Qué poético, profe-   señala Ainara desde un extremo de la segunda fila.

-¿En el examen entrará la ganadería ovejera?-   pregunta Samuel con malicia.

-No estoy hablando de temas pastoriles, señor Kanu-   responde Martín serenamente   -A ver si es capaz de mirar un poco más allá de la gramática más primaria-

-Lo dudo-   dice su compañero de pupitre   -Samu es demasiado primario-

-!Haaaap!-    inspira Samuel ofendido   -¿Serás racista?-   con dramática gesticulación.

-¿Cómo va a ser racista el señor Pogbá si pertenece a su misma raza, Kanu?-

-Pues porque…-   viéndose interrumpido.

-Cállese de una vez-   imperativo como pocas veces   -Era una pregunta retórica-

 

Sorteada esa molesta interrupción, el maestro sigue con sus enseñanzas mientras pasea por la tarima de madera que ensalza su ya destacable estatura trajeada.

 

MARTÍN:  Los poderes políticos, religiosos, comerciales… La publicidad, los medios, las redes sociales… Incluso el sistema educativo está, demasiadas veces, al servicio de la perpetuación de valores equivocados, generación tras generación.

SEBAS:     !Lo sabía! Sabía que los profes erais los malos de la película.

MARTÍN:  Algunos lo son, aunque sin saberlo; igual que algunos de ustedes están al servicio de su propio enemigo.

HUGO:     !¿Quién?! Quiero nombres. Deja que me ocupe yo de ellos.

 

Hugo se golpea la palma de la mano con el puño cerrado. Su broma no tardará en virar en su contra.

 

MARTÍN:  Señor Gómez, deténgame en cuanto me equivoque: usted tiene perfiles en la red, y a menudo los usa para aparentar ser más feliz de lo que realmente es. Se ha metido con alguien por ser gordo, feo, viejo, bajito, pobre, patoso… Despreciaría a un cincuentón sin carnet de coche, sin propiedades, que no tiene amigos y que jamás ha tenido novia….

JUDITH:    Alto, alto, alto, alto… No te estarás describiendo a ti mismo ¿no?

 

Sentada al lado de Ainara, la chica más siniestra de la clase ha tenido una revelación al escuchar esa última frase.

 

AINARA:  !¿Pero qué dices?! Él no es un cincuentón.

MARTÍN:  Todavía no, pero no estoy tan lejos.

 

El aula enmudece, pues la plebe estudiantil no está habituada a que nadie haga gala de sus carencias, sean relevantes o no.

 

-Seguro que les suena: “No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”. Este concepto es antagónico a los anhelos del sistema capitalista en que vivimos. No dejarán de oír voces que les dirán: “los demás son más felices que usted, son mejores, más guapos, bien vestidos, tienen dinero, familia, amor, salud…”. Pero la verdad es que nadie es tan feliz como aparenta en Instagram, ¿verdad, Gómez? A todos nos han señalado para burlarse de nosotros alguna vez; por no ser como se supone que deberíamos ser, por no tener cosas, por no conducir, por estar solo…-

 

De pronto, el tono rebajado de ese monólogo, junto con una mirada ausente que se pierde tras el montañoso horizonte, adquiere los matices reflexivos del que piensa en voz alta.

 

-Hay quien dice que madurar es llevar vida de adulto, con todo lo que ello implica. Yo defiendo que madurar es aprender a decidir, por sí mismo, lo que uno quiere hacer con su vida; lo que de verdad importa; sin escuchar el ruido de afuera-

 

Cuando regresa de su abstracción para atender a sus alumnos, Martín encuentra docenas de ojos mirándole fijamente. Entre todos ellos, la mirada de miel de Paula le embriaga de un modo muy especial. No es la primera vez que la chica le hace notar su cercana fascinación embobada desde la primera fila; quizás sea dicha insistencia la que le otorga un significado más rotundo a esos pestañeos tan sinuosos.

 

-Una persona feliz no necesita nada. El sistema nos quiere tristes y acomplejados. Quiere que creamos que tenemos que demostrar que no somos menos que los demás; que cumplamos sus expectativas y gastemos el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos, y todo para tenernos endeudados y esclavizados-

 

KATIA:      ¿Cosas cómo qué?

MARTÍN:  Un móvil casi idéntico al que ya tenemos, pero más nuevo. Unas bambas de marca como las que lleva usted, señorita Valverde. Un coche que, además de llevarnos de un lado al otro, muestre a los demás lo adinerados que somos…

MARIO:    Pero es que mola tener un buen coche, profe.

 

Mario se sienta en la zona central, al lado del chico que sigue irremediablemente enamorado de Nerea. A diferencia de Javi, él es algo más corpulento y bastante más crápula.

 

MARTÍN:  ¿Tener un buen coche o que los demás vean que tenemos un buen coche? Fíjense en los anuncios de automóviles. Todos y cada uno de ellos se centran en mostrar rostros que se emocionan al contemplar el coche en cuestión.

SONIA:     Y siempre son tías buenas que se ponen húmedas pensando en el conductor.

 

Martín escribe una palabra en la pizarra y la subraya con vehemencia por debajo de otros conceptos anteriores: sociedad capitalista, infelicidad, necesidades ficticias…

 

MARTÍNEstatus. Todo el sistema gira entorno de la ansiedad por el estatus. En la edad media, si nacías pobre morías pobre. Nadie se preocupaba por ello. Pero en una meritocracia que criminaliza el fracaso, nadie quiere rezagarse.

BLAS:       Y tú eres inmune a todo esto, ¿no?

MARTÍN:  Así es. Me considero más libre sin el yugo de las imposiciones sociales.

NEREA:     ¿Qué hay del amor? ¿También es una imposición social?

MARTÍN:  El amor pasional es una trampa de la naturaleza. No nos enamoramos de las personas sino de lo que pueden ofrecernos.

PAULA:     Eso es muy feo, profe.

 

Martín se olvida del resto de la clase para dirigirse a su espontanea interlocutora:

 

MARTÍN:  Es la cruda verdad. No nos enamoramos de quien es una bellísima persona. Los hombres aman a las chicas fértiles, jóvenes y guapas porque, inconscientemente, saben que pueden darles muchos hijos sanos. Las mujeres aman a los hombres fuertes y poderosos para que puedan protegerlas y proveerlas de todo aquello que puedan necesitar. No es machismo, es un instinto primario que ha quedado obsoleto a medida que la humanidad ha ido evolucionando y cambiando sus prioridades. Por eso el amor pasional tiene un encaje tan doloroso en nuestros tiempos, ¿verdad, señor Alfaro?

 

El chico abre mucho los ojos. No esperaba que esa divagación filosófica terminara desembocando en una pregunta hacia él.

 

EUGENI:    Sí, sí… … Es verdad… … Es muy doloroso.

 

Quien más quien menos, está al tanto de la devoción que atormenta a ese chaval tan introvertido. Antes de que las miradas de sus compañeros le incomoden demasiado, su profesor opta por dispersar la atención entre su alumnado.

 

MARTÍN:  ¿Alguien más ha sido apresado por las fauces de un amor inapropiado?

 

No son pocos los que miran a Javier, pero el chico no quiere ser partícipe de ese debate ni convertir su sufrimiento en un tema de conversación para los demás.

 

 

TIC TAC

la hora

-martes 10 octubre-  

Al terminar las clases, don Andrés, Celia, Manuel y Jacinto coinciden en la sala de profesores. Su distendida conversación apunta hacia el nuevo integrante de la plantilla docente:

 

CELIA:        No es muy sociable, que digamos. Apenas he hablado con él.

MANUEL:  ¿Qué hace? ¿Una semana?… … No, semana y media.

JACINTO:   La hija de Carla dice que los chicos están encantados.

ANDRÉS:    Parece que fue una buena incorporación, a fin de cuentas.

JACINTO:   Ya te dije yo que a un tipo como él no se le subirían a la chepa. No tengo nada en contra de Gloria, pero está claro que esa mujer no tiene madera para ejercer en una escuela pública de Fuerte Castillo. Tendría que buscarse un destino más amable.

CELIA:        Veremos si Martín ha conseguido meter en cintura a los niños de cuarto, o si solo es el efecto temporal de la novedad.

ANDRÉS:    Creo que no es solo por su presencia severa o por su traje. Se trata de un tipo peculiar. Tengo la impresión de que supo entenderme cuando le advertí de las diferencias abismales que separan el Gregorio Marañón del sitio donde ejerció durante largos años.

MANUEL:  ¿Habéis visto alguna vez sus desayunos? No me fío de los vegetarianos.

 

 

PRECOZ

eyaculacion

-miércoles 11 octubre- 

La sinceridad de Martín para con sus alumnos es notable. No se ha limitado a compartir su modo de pensar, sino que también les ha desvelado detalles muy personales de su vida. No obstante, hay un secreto que permanece encerrado, a cal y canto, en lo más profundo de su muda discreción; algo que nunca ha sospechado nadie de su entorno más cercano.

Desde que gozó de su primer orgasmo, a la tierna edad de doce años, Martín ha sucumbido a la flojera prematura de la eyaculación precoz en cada una de sus corridas.

Tardó unos años en calibrar la magnitud de esa disfunción, pero no fue hasta su mayoría de edad cuando sufrió los estragos de su incapacidad; nada menos que con su primer amor.

La consiguiente humillación alcanzó cotas estratosféricas a raíz de las burlas y el desprecio que recibió por parte de una chica de lo más cruel que nunca había correspondido a su amor.

Tras encajar ese duro golpe moral, dejó de enfocar su mirada hacia el género femenino y las apetencias de la carne, y empezó a poner en valor la cultivación de su mente y de su cuerpo.

No se trata de un caso demasiado estrambótico ni especialmente grave, pues Martín nunca se ha derramado en lugares públicos, y, dejando aparte su único episodio compartido, nunca se ha venido lejos de la oscura intimidad de sus aposentos. De hecho, perdió el hábito de masturbarse hace muchos años; tras ingresar en el Calderón y Verdera.

Cuando llegó a la capital, llevaba varios meses sin procurarse un solo orgasmo; no en vano, su monástico estilo de vida le había aplanado mucho el terreno a sus eunucos anhelos espirituales.

Fuerte Castillo ha puesto su longeva serenidad patas arriba, pues, tras tantos años viviendo en un páramo carnal carente del más mínimo erotismo, ahora se ve sobrepasado por la indecencia de un entorno colmado de adolescentes sobresexualizadas que no dejan de empuñar la bandera del feminismo para reivindicar su derecho a seguir endureciendo falos y provocando taquicardias a cualquier varón hetero que se cruce en su camino.

“Podría pasearme por las interioridades 

de un burdel y vería más carne,

pero es precisamente el escándalo

de un escenario tan inapropiado…

el censurable protagonismo de  

unas niñas demasiado jóvenes…

la chocante permisividad de unos padres

que parecen ajenos al erotismo que

destilan sus propias hijitas…”

Martín se rinde al insomnio al son de una controversia que empieza a ponerle la polla dura. Se siente depravado en cuanto se identifica como un baboso mirón efebofílico, y se aferra al código deontológico de la docencia como a un clavo ardiendo.

“Soy cautivo de la realidad, pero libre en mis sueños”

Con los pantalones de su pijama ya a media asta, y amparado por la intrascendencia de su imaginación, Martín se permite pensar en sus jóvenes alumnas mientras se toca tímidamente. Se incomodaría si se viera frente a un espejo, pero el tupido negro nocturno de su dormitorio le legitima a la hora de perder las formas y entregarse a sus más licenciosas fantasías.

Pronto se centra en su alumna preferida: en el contoneo de sus gloriosas nalgas subiendo por las escaleras, en sus notables tetas contra su pecho en ese abrazo emocionado, en las miradas seductoras que le dedica desde la primera fila, en su travesura irreverente, en la fragilidad de su llanto…

Apenas necesita unas pocas sacudidas fálicas para terminar empapando las numerosas capas de celulosa que había dispuesto en su mano izquierda. Martín resopla desahogado al tiempo que intenta minimizar su incipiente culpabilidad.

“Ya está. Ya pasó.

Solo es una fase.

Se me pasará con la

llegada del invierno,

seguro”

Todo parece más liviano tras un buen orgasmo. Después de asearse en el lavabo, Martín regresa a su cama y no tarda en encontrar la somnolencia que tan esquiva se mostraba hace tan solo unos minutos.

Luna-1-1

 

LA LLORONA

gloria

-jueves 12 octubre-

GLORIA:    Gracias por venirme a verme. Eres la única que se ha interesado por mí.

AURORA:  Todos te tenemos presente, Gloria. Solemos hablar de ti en la sala.

GLORIA:    Ya me imagino lo que estará diciendo Jacinto… … Me detesta.

AURORA:  Nadie te detesta, cariño. Todos somos compañeros.

 

Sentadas en el sofá del salón de tan deprimente maestra, Aurora intenta animar a su amiga eludiendo opiniones y verdades demasiado escabrosas.

Gloria ha ganado algunos kilos, pues, para combatir la ansiedad que arrastra desde hace semanas, siente la necesidad de comer más de la cuenta: helados, bollería industrial, chocolatinas…

 

GLORIA:    ¿Cómo le va al nuevo? ¿Lo lleva bien?

AURORA:  Sí. Es un hombre elegante y con buena planta. Eso siempre es de gran ayuda cuando se trata de inspirar respeto.

GLORIA:    ¿Lo dices porque estoy gorda?

 

Esa mujer siempre ha tenido la lagrima muy fácil, pero, en su actual estado, dicha incontención lacrimosa sobrepasa los límites de lo ridículo. Al lado de semejante precocidad llorona, los prematuros derrames alvinos de su substituto parecen una mera anécdota; sobre todo por la discreción en la que se esconden.

 

AURORA:  No llores, va, bonita. No he dicho nada de eso. Solo digo que los alumnos respetan más la autoridad de hombres recios y de notable estatura.

GLORIA:    ¿Sabes cuál es mi mayor problema? No es mi peso ni mi altura; ni siquiera el frágil hilo de voz que tengo. Todo cambió en el momento en que rompí a llorar en clase, delante de todos mis alumnos de cuarto. Se percataron de mi fragilidad; olieron la sangre y se lanzaron a mi yugular como bestias hambrientas de humillación.

AURORA:  No exageres. No estamos en medio de la jungla. No son animales salvajes.

GLORIA:    Paula sí; y Samuel; y Hugo… Pero sobretodo Paula. Ya la conoces.

AURORA:  Sí, es una mala pieza; lo sé. Ya le advertí a Martín para que la atara bien corto.

GLORIA:    Puede que no fuera un buen consejo ese. La niña es como Medusa cuando quien la mira es un hombre. Cuanto más lejos se mantengan sus profesores de ella mejor. Acuérdate de Miguel, el pobre.

AURORA:  Seguramente tengas razón. Los hombres son lo peor. Parece mentira que sean tan primarios; vengan de donde vengan; sean de la edad que sean; tengan la formación que tengan…

GLORIA:    Tiran más dos tetas que dos carretas.

AURORA:  Tira más un buen culo que… … que un mulo.

GLORIA:    Ja, ja, jah. ¿Esa te la acabas de inventar?

 

Aurora le guiña el ojo. Intuye que esa risa es la primera que sale de la boca de su amiga en varias semanas.

 

 

REDACCIÓN

papeleo

-viernes 13 octubre-

A pesar de que ninguno de los escritos que está revisando lleva firma alguna, a Martín le resulta relativamente fácil identificar al autor de cada uno de ellos: las necias memeces raciales de Samu, el victimismo amoroso de Eugeni, las incisivas reflexiones de Mía, la poca seriedad de Sebastián, el despecho herido de Javier…

Se trataba de reflexionar sobre los dilemas éticos que afrontan los alumnos en su día a día, pero el ejercicio parece haberse convertido en una hoja de reclamaciones.

De pronto, la redacción manuscrita que está siendo objeto de estudio cobra un preocupante interés sobrecogedor:

 

… Sé que estuvo mal lo que hicimos, pero, al final, la sangre no llegó al río y todo quedó en un susto. Ahora me planteo si no debería informar al director de que el nuevo maestro de filosofía casi preña a una de sus alumnas. Es posible que, de este modo, pudiera prevenir futuros casos de embarazos adolescentes en el Gregorio Marañón; eso si es que se toman las medidas adecuadas para que este depredador sexual no pueda desvirgar a ninguna otra de las chicas que asisten a sus clases, especialmente a las más jóvenes, puesto que el señor Lozano parece sentir una especial debilidad por las niñas de menor edad…

 

Duros latidos nutren el pánico que acecha al profesor. Su sensata cordura se siente seriamente amenazada por una sarta de mentiras que nunca deberían haber tomado forma en la palabra escrita de esa redacción.

“Es una broma de mal gusto.

!Tiene que serlo! ¿Qué sino?

Una travesura de lo más censurable, sí,

pero una broma, al fin y al cabo”

Las advertencias de Aurora están cobrando relevancia y vigencia a medida que las dudas envenenan la mente de Martín. Así mismo, las pretéritas acusaciones que la antigua maestra de filosofía vertió sobre Paula, en una charla anterior a aquella primera clase de ese viernes lluvioso, resultan ahora más creíbles.

“Miguel, Eugeni, Berta, Gloria…

Esta niña va dejando cadáveres

allá por donde pasa.

Puede que ellos tan solo sean

la punta del iceberg”

Ofuscado, Martín no logra pensar con claridad. Siente cierta claustrofobia, encerrado en su piso, y decide salir a correr por el parque Lázaro. Puede que el aire fresco le aclare las ideas y su ansiedad empiece a menguar a raíz de ese dispendio físico.

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MIGUEL

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-sábado 14 octubre-

A no muchos kilómetros de Fuerte Castillo, todavía en el litoral mediterráneo, la ciudad de Augusta ejerce de segunda capital a la sombra de una de las ciudades más conocidas de Europa.

En uno de sus muchos institutos de educación secundaria, Miguel sigue ejerciendo la profesión de docente tras pasar página de su etapa en el Gregorio Marañón.

Son casi las cinco de la tarde cuando ese profesor de literatura recibe la llamada de un remitente desconocido:

 

+ ¿Hola?

+ Sí, soy yo. ¿Y usted es…?

+ No, no. No quiero hablar del tema. Esa niña es agua pasada para mí.

+ ¿Mentiras? Sí, sí. No he escuchado mentiras tan afiladas en mi vida.

+ Da igual que usted sea una persona decente; yo también lo soy, ¿sabe?

+ No. Escux. N.no. Cállese. No quiero saberlo. Ahora es problema suyo.

+ Ya se lo he dicho. Guárdese de ella. Usará su cautivador flirteo y su voluptuoso embrujo adolescente para hacerle prisionero, y, luego, cuando lo tenga a su merced, lo decapitará sin la menor empatía. Solo es un juego para ella. !No vuelva a llamarme!

 

 

MANUEL

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-domingo 15 octubre-

El profesor de ciencias del Gregorio Marañón es un tipo bastante corriente. Suele caer bien a quienes le rodean, aunque nadie lo tiene en demasiada estima. Le apasiona el conocimiento científico e intenta contagiar dicho interés a sus alumnos, pero rara vez consigue que la curiosidad de esos muchachos vaya más allá de lo estrictamente necesario para aprobar la asignatura.

Victoria es su esposa desde hace más de treinta años. Se trata de una ama de casa discreta en todos los sentidos: callada, formal, aburrida, fiel a sus rutinas, previsible… mediana estatura, mediana complexión, mediana edad… Su menguante y caduco atractivo la hacen invisible ante los ojos de cualquier hombre que se cruza en su camino, y ni siquiera se ha planteado, jamás, tener una aventura extramatrimonial.

Quizás ninguno de los dos goce del más mínimo atractivo a primera vista, pero, en la edad en la que se encuentran, hay otros factores que priman a la hora de mantener unido a tan longevo matrimonio: un pasado compartido, respeto, un proyecto común, buena compañía, los hijos…

Como cada domingo, ambos han madrugado para asistir al partido semanal de su hijo menor.

Juan vino al mundo por sorpresa, pues fue concebido, inesperadamente, cuando la fertilidad de Victoria ya agonizaba. Siempre ha sido un fanático del futbol y, pese a ser muy menudo para su edad, es el capitán de su equipo, el máximo goleador y el delantero con mayor proyección de la liga de los alevines.

 

MANUEL:   !Muy bien, hijo! !Buen pase!

VICTORIA:  !Ánimo!

 

El niño mira hacia las gradas y levanta el pulgar, mientras regresa a su campo, en un gesto propio de un futbolista adulto. Austero en monerías infantiles, no son pocas las actitudes que imita de sus referentes profesionales: el modo de protestar las decisiones arbitrares, las celebraciones de sus goles, los piques con sus adversarios… incluso los escupitajos sobre el césped.

 

VICTORIA:  José debería estar aquí también.

MANUEL:   Déjalo, el chico tiene su vida. Ya es mayor.

VICTORIA:  Pero es su hermano. Juan se pondría tan contento…

 

José se ha emancipado recientemente. Tiene un carácter bastante difícil y está atravesando una fase de cierto distanciamiento familiar.

 

 

APETITO CANIBAL

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-lunes 16 octubre-

Después de dos semanas, el presente anticiclón sigue desfigurando el octubre más cálido de las últimas décadas. Unas temperaturas más propias del verano se empeñan en legitimar la desinhibición de las estudiantes más presumidas del Gregorio Marañón. Esas niñas desvergonzadas se muestran inmunes a las urgentes ocurrencias obscenas que van suscitando, por doquier, a raíz de su cortísima indumentaria estival.

Haciendo equilibrios sobre un fino cable de cordura, tensado hasta el punto de ruptura, Martín intenta tomar consciencia de que la peculiaridad de sus propias circunstancias vitales es la responsable de una percepción tan descabellada de la realidad.

“No puede estar pasando.

Es cosa mía. Tiene que serlo.

El mundo no puede haberse ido

al garete durante mi estancia

en el Calderón y Verdera”

Por si fuera poco, ese torturado profesor de filosofía hizo grandes hallazgos, en el día de ayer, mientras indagaba en la red. Buscaba toda documentación gráfica que pudiera dar respuesta a la tremebunda curiosidad carnal que le suscita Paula. Le costó bastante encontrar los perfiles indicados, pero, una vez que tuvo acceso a ellos, se hizo con incontables imágenes de quien ya se ha convertido en la musa de todas sus breves pajas.

Se la estuvo pelando durante todo el domingo, como un mandil, mirando las fotos de la chica e imaginando que se la follaba por el culo; no obstante, esos persistentes homenajes no lograron mitigar la preocupación suscitada por las palabras que escribió su alumna en la última tarea del pasado viernes.

Una vez que ya ha terminado de borrar la pizarra, todavía encima de la tarima, Martín afronta los últimos minutos de la clase de hoy dirigiéndose a una de sus pupilas más cercanas:

 

MARTÍN:  Señorita Valverde, como delegada en funciones, quiero que se ocupe usted.

PAULA:     Joh, Martín. Ese debería ser mi cometido.

MARTÍN:  Está suspendida, Paula. Ya hablamos de ello.

PAULA:     Pero ¿cuánto durará el castigo? Ya hace dos semanas de ese… … incidente.

MARTÍN:  Su nueva fechoría puede costarle otras dos semanas.

 

La expresión contrariada de la chica se transforma en una mueca sonriente en el momento en el que recuerda el contenido de su deshonesta redacción. Se muerde el labio inferior para hacer visible su alegre orgullo travieso, pero su profesor no tarda en evitarla con la mirada para escenificar un serio disgusto carente de la más mínima complicidad.

En el centro del aula, Katia sigue dando tumbos, pues el sistema numérico ideado para conservar el supuesto anonimato de las redacciones de todos y cada uno de los alumnos le está conllevando bastantes problemas. Víctima del saboteo de una de las chicas más bromistas, empieza a perder los nervios.

 

KATIA:      Me has dicho que eras la doce, Mimi.

MÍRIAM:  Nooh. Te he dicho catorce.

KATIA:      Mentirosa. Devuélveme la redacción, pues.

MARTÍN:  Señorita, Durán. Está a punto de sonar el timbre. Nadie saldrá hasta que las redacciones no estén repartidas.

MÍRIAM:  Vale, vale. Soy la ocho. Todo el rato he sido la ocho.

KATIA:      Eres una perra.

 

El proceso empieza a agilizarse gracias a la colaboración de la benjamina de cuarto. Puede que su condición solo se defina por unas pocas semanas, sobre el papel, pero, lejos del calendario, cualquier desconocido la identificaría como a la más joven de la clase debido a una aniñada apariencia que trasciende a su edad.

Como Martín había vaticinado, el timbre que pone punto y final al horario lectivo empieza a sonar antes de que la última redacción haya regresado a su autor. En circunstancias normales, ese estricto profesor se encargaría de que nadie se levantara de la mesa antes de tiempo, pero, en estos precisos momentos, es otra cosa la que ocupa su atención.

 

MARTÍN:  Señorita Lucena, no se vaya todavía. Tengo que hablar con usted.

 

Paula era una de las últimas alumnas en encaminarse hacia la salida; pese a ello, la directriz de su profesor no parece disgustarla del todo. Ambos permanecen en silencio hasta que Katia logra finiquitar su tarea de reparto. Con cierta premura incómoda, la chica recoge sus bártulos y se dispone a ausentarse.

 

-Que tenga unas buenas tardes, señorita Valverde-   dice Martín, educadamente.

-Gracias-   contesta ella consciente de lo que puede estar cociéndose con su amiga.

-No olvides hacer los deberes, usurpadora-   le dice Paula con fingido resentimiento.

 

Nadie se lo ha pedido, pero Katia cierra la puerta tras de sí.

Después de tanto rato inundada por el gentío juvenil, la repentina intimidad de esa aula despoblada resulta extraña.

 

-¿Hay algún problema, agente?-   con voz de niña ingenua.

-Lo sabe perfectamente, señorita-   contesta muy seriamente.

-¿Qué ocurre?-  pregunta con picardía  -¿Es que llevo unos shorts demasiado cortos?-

-Sí… Sí. Pero no es eso. Tengo la orden de no meterme con su ropa-   admite torturado.

-¿Entonces?-   insiste con un tono sinuoso.

 

Martín inspira profundamente. Se le hace muy cuesta arriba tratar este asunto, pero no puede dejarlo pasar.

Sigue de pie, junto a su escritorio, con los brazos cruzados y una actitud rígida y distante que no admite contemplaciones. A un par de metros escasos, la muchacha ha adoptado una pose mucho más distendida, apoyada en un pupitre aleatorio.

 

MARTÍN:  Es por su redacción. Me pareció muy, muy desafortunada.

PAULA:     Teníamos que plantear dilemas éticos, ¿no?

MARTÍN:  Dejé bien claro que tenían que ser controversias reales, no ficticias.

PAULA:     Está basada en hechos reales.

MARTÍN:  ¿Basada? ¿Basada?… … No es suficiente. No. N. No tiene nada que ver.

PAULA:     No te pongas nervioso, profe. No tiene por qué leerla nadie más.

MARTÍN:  No se trata de eso. No quiero que me utilice para sus fábulas.

PAULA:     !No es una fábula! Casi me quedo preñada.

MARTÍN:  Pero yo no tuve nada que ver.

PAULA:     Eso no es lo que parece.

MARTÍN:  ¿Qué?… … ¿Cómo?… … Pero qué?

PAULA:     Aurora me vio salir del lavabo a mí, y después a ti.

MARTÍN:  No… … eso no es así. ¿Y aunque lo fuera?

PAULA:     Me acompañaste cuando me hice el segundo test.

MARTÍN:  ¿Qué tendrá que ver eso?

PAULA:     Solo digo que, si alguien hubiera grabado esa escena con el móvil, las imágenes podrían llegar a ser muy… … muy… … equívocas.

 

Una sorpresa asustada deforma la expresión del profesor, quien evoca el recuerdo de la emotiva situación que vivió, junto a su alumna, en el lavabo de minusválidos.

“La confianza, las lágrimas,

el abrazo… mi erección…”

 

MARTÍN:  ¿Había un móvil escondido? ¿Nos grabó?

PAULA:     Nooh. ¿Por quién me tomas? Pero tengo amigas que se preocupan mucho por mí, y…

 

Martín hace un gesto con las manos abiertas al vacío como si quisiera poner freno, físicamente, a ese disparate.

“!Vamos! Esta niña me toma el pelo.

¿Cómo puedo ser tan inocente?

Está jugando conmigo, pero: ¿y si no?”

De pronto le sobrevienen todas las advertencias que le propinó su compañera Aurora acerca de ese mal bicho.

 

MARTÍN:  Bueno. Ya basta. Voy a asumir que está bromeando y vamos a terminar aquí.

PAULA:     No creo que esa sea una buena idea.

MARTÍN:  ¿Por qué no? ¿De qué estamos hablando?

PAULA:     De mi redacción ¿no? Creo que hablaré con don Andrés para contárselo todo.

MARTÍN:  ¿Para contarle las mismas mentiras que me entregó por escrito?

PAULA:     … … Mis lágrimas son muy convincentes, ya lo sabes, y el video…

MARTÍN:  !Pero ¿qué video?!

PAULA:     Mis amigas sabían que nos habíamos citado en el lavabo de minusválidos y…

MARTÍN:  ¿Qué amigas? ¿Katia? ¿Sonia?

PAULA:     Prefiero no señalar a nadie.

MARTÍN:  Quiero ver ese video. ¿Dónde está?

PAULA:     Ya te pasaré el link cuando esté colgado en YouTube.

MARTÍN:  No, no, no. Nono. NO.

 

Consternado, Martín recuerda la conversación que tuvo con Miguel, quien fuera profesor de lengua en el curso pasado.

“No he escuchado mentiras tan afiladas en mi vida.

Ahora es problema suyo. Guárdese de ella”

 

MARTÍN:  ¿Qué es lo que quiere de mí, señorita? ¿Por qué me amenaza?

PAULA:     Quiero que hagas lo que yo te diga: quiero ser delegada y tener buenas notas.

MARTÍN:  No puedo dejar que una alumna me chantajee.

PAULA:     … … Me recuerdas a mi antiguo profe de lengua.

MARTÍN:  ¿Miguel?

PAULA:     ¿Lo conoces?

 

Martín cierra los puños y aprieta sus dientes. Sabe que tiene las de perder frente a ese turbio asunto.

“Don Andrés me lo advirtió nada más conocerme:

“Siempre se posicionan al lado del alumno

frente a cualquier disputa con el profesorado”

Hoy en día, está muy mal visto

cuestionar a las víctimas de abusos”

 

MARTÍN:  Si le pongo buena nota y vuelve a ser delegada…

PAULA:     Durante todo el curso.

MARTÍN:  ¿Y olvidaremos este asunto? para siempre?

PAULA:     Solo una cosa más.

MARTÍN:  ¿Qué?

PAULA:     Quiero que me toques el culo… … hoy… … ahora.

 

La cabeza del profesor está a punto de estallar. Lleva todo el fin de semana soñando con ponerle las manos encima a esa niña, pero nunca se había planteado, realmente, la posibilidad de infringir el código deontológico o la legislación vigente en materia de la edad mínima de consentimiento.

 

MARTÍN:  No.no puedo… … no puedo hacer eso, Paula. Usted es… … es demasiado joven y yo soy… … soy su profesor.

PAULA:     Sí no obedeces, puede que dejes de serlo en breve.

 

La chica se aparta el pelo, grácilmente, e inclina la cabeza sin dejar de sonreír. Se muestra muy relajada y segura. Con pasos muy lentos, se aproxima a su presa sinuosamente.

 

-¿De qué tienes miedo?-   susurra ella   -Sé que te gusto-

-Esta no es la cuestión, señorita Lucena-   señala completamente inmóvil.

-Pero es la verdad-   hablándole al oído   -Te gusto más de lo que puedes admitir-

 

Paula no se equivoca, pues el inconfesable fervor de ese docente por su joven alumna ya rebasa los límites de la obsesión.

Aunque parezca mentira, la muchacha ha venido, hoy, incluso más provocativa que en días anteriores. Sus cortísimos pantalones rosas, de tela fina, a duras penas pueden ejercer su función sobrepasados por unas opulentas nalgas redondas que harían perder el juicio al célibe más beato; el escueto suéter blanco que intenta vestir su torso no alcanza a cubrir su estrecha cintura, y, debido a tan holgado cuello, ni siquiera es capaz de mantener esos femeninos hombros a buen recaudo.

 

PAULA:     No te estoy pidiendo que me folles, profe. Nunca lo haría contigo. Solo es que… … me da morbo que me toques; que me toque mi maestro.

MARTÍN:  … … Entonces… … ¿Esto será todo?

PAULA:     Sí, pero tienes que hacerlo bien. Quiero un buen magreo bien largo.

 

Mientras se estira los pantaloncillos hacia arriba, la chica se voltea y se apoya en la mesa presidencial que tiene en frente. Vuelve a sacudir su cabeza para que su larga melena negra bascule a un solo lado. Con el culo en pompa, dobla una de sus preciosas piernas sin separar sus impolutas bambas blancas.

Boquiabierto, Martín desvía su mirada, fugazmente, para cerciorarse de la clausura de la única puerta del aula. Valorada ya la relativa intimidad que los ampara, ese profesor de ética se dispone a quebrantar toda la moralidad que cabría suponerle.

 

-Dímelo-   le ordena Paula entre suspiros   -Dime que te gusta mi culo-

-Llevo días pensando en él; pensando en usted-   confiesa sin meditarlo demasiado.

-Lo sé. Yo también he pensado en ti-   sintiendo ya esas manos calientes en su culo.

 

A raíz de la presente charla y de la tentadora cercanía de tan joven muchacha, durante los últimos minutos, la polla de Martín ha ido inquietándose de un modo poco constante y notorio; pero es ahora, durante esos considerados tocamientos, que dicho falo empieza a nutrirse de un vigor más notable gracias al acelerado flujo sanguíneo que corre por las venas del docente.

 

-Acaso te he pedido que me hagas cosquillas-   protesta Paula con un tono exigente.

-… … Esto no son…-    descartando, finalmente, su enclenque impugnación.

 

Tras caer de rodillas sobre la tarima, Martín se decide a actuar sin la más mínima moderación y empieza a comerle el culo a esa nalgona, sin miramientos, esclavo de un lujurioso apetito caníbal.

 

PAULA:  Así… … así… … hhh… … ahora… … Esto es lo que querías… … Confiesa.

 

Martín tiene la boca demasiado ocupada para pronunciar una confirmación a esas afirmaciones suspiradas. Después de remangar las nalgas de la niña tanto como ha podido, sigue ayudándose con las manos para realizar el magreo de su vida.

“!Pero que culazoOo! !Dios mío!

Cuanto deseaba hacerme con estas cachas.

Cuantas veces me he corrido

pensando en ellas”

Paula siente el cosquilleo de la lengua empapada de su maestro barnizando sus redondeces traseras, con entusiasmo, a la vez que sigue prestándose a un vehemente manoseo que llega a importunar el equilibrio de su propia postura vertical.

 

PAULA:     Ah… … Cuidado… … no me muerdas… … No soy un perrito caliente.

MARTÍN:  Nooh… … mmMmh… … ews na perrita clienteeehw.

PAULA:     Síiíiíh… … hhh… … muy caliente… … hhh… … no lo sabes tú bien.

 

La conciencia del profesor se ha convertido en un eco lejano que se pierde ante ese vendaval de viciosos anhelos carnales. Obedeciendo a su instinto, Martín se incorpora y extiende sus lascivos tocamientos al resto de la anatomía de la muchacha. No tarda en sentirse amenazado por sus propias disfunciones:

“Nonononononoh.

Ahora nooOoh.

!Maldita sea!

¿Tan pronto? ¿De verdad?”

No debería sorprenderse, pues es plenamente consciente de su siempre inoportuna precocidad. No obstante, su gozo está siendo tan extremo que parece demasiado injusto sufrir semejante percance lechoso de manera inminente.

 

PAULA:  OoOh… … ¿Qué haces?… … hhh… … No te he dado permiso para…

 

En el preciso momento en que los dedos de Martín consiguen trepar hasta los tiernos pechos adolescentes de Paula, todavía por encima de la ropa, un incontrolable arrebato biológico insta al profesor a empujar a su alumna con su pelvis, y apretarla contra su propio escritorio hasta desplazar dicho mueble hasta el borde de la tarima de madera.

 

PAULA:  AAahh… … CuidadoOh… … hhh… … Profeeh.

 

Incapaz de mediar palabra, Martín resopla mientras se corre sin siquiera haber sacado a su tremenda erección del anonimato. Sintiendo una flojera mayúscula en sus piernas, se desploma sobre su silla acolchada al tiempo que su visión se inunda de un millar de estrellitas.

 

PAULA:     ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

MARTÍN:  Sí, sí… … Solo me he mareado un poquito al levantarme.

PAULA:     Menudo viejales. Deberías llevar un tacataca para cuando te pasen estas cosas.

MARTÍN:  Sí… … Sí… … hhh… … ¿Ha sido suficiente magreo? ¿Le ha parecido bien?

PAULA:     Te has propasado un poco, pero… sí. Supongo que te lo puedo dar por bueno.

 

La muchacha, un poco extrañada, observa a su profesor sin acabar de comprender las causas de tan repentino desplome. Al tiempo que restituye el decoro de su propia indumentaria, Paula se dedica a recordar los puntos de su deshonesto acuerdo:

 

-Vuelvo a ser la delegada y, dese ahora, solo sacaré excelentes en filosofía-

 

Con el posado de quien ha sido derrotado, Martín asiente. No puede quitarle el ojo a esa niña traviesa mientras ella recoge su mochila rosa y se dispone a abandonar la estancia. Incluso recién derramado, no consigue dejar de sobrecogerse al contemplar el contoneo de esas nalgas juguetonas y medio desvestidas articulando tan sinuosos andares.

“Es una suerte que yo lleve pantalones oscuros.

De llevarlos claros, la humedad

que mancha mi entrepierna no

hubiera pasado tan inadvertida”

Justo antes de desaparecer por el umbral de la puerta, Paula se gira y se despide con un mudo gesto manual al tiempo que le lanza un guiño sonriente.

Martín no consigue dispersar la niebla embriagadora que aún nubla su raciocinio y permanece desparramado sobre su asiento.

“Me acabo de correr frotándome

contra una de mis alumnas menores.

¿Cómo he podido? ¿Cómo he sido capaz?

Me he convertido en aquello que más desprecio.

Tendré que ir al lavabo de minusválidos

para limpiarme este pringue.

Suerte que el horario lectivo ya ha llegado a su fin”

 

 

CELOS

eugeni

-martes 17 octubre-

MAITE:    Creo que es la mejor decisión, ya te lo dije.

EUGENI:  No estoy seguro, pero está claro que no puedo seguir así.

MAITE:    Ya verás cómo terminarás por darme la razón.

EUGENI:  Es cosa de celos, sobretodo. Ella no me dirige la palabra, y ni siquiera me mira. Es como si yo no existiera para Paula, pero con los otros… … es muy simpática e incluso… coquetea… Hasta con algún que otro profesor. Me pongo enfermo. Solo de pensar que alguien pueda llegar a ponerle las manos encima…

MAITE:    No deberías tomártelo como algo personal. Es una cuestión de antecedentes.

EUGENI:  Es porque yo insistí demasiado para que volviéramos. Me lo merezco.

MAITE:    Has estado hurgando en tu herida, a diario, durante demasiado tiempo. Cuando empieces en un nuevo instituto, cada día que pase será un día más de cicatrización. Junto con la disciplina pensante de la que hemos hablado, estoy segura de que, en unas semanas o en pocos meses serás una persona nueva.

EUGENI:  No sé. Me siento como si tuviera que elegir entre que me saquen los ojos con una cuchara o que me corten los brazos con un serrucho oxidado.

 

Maite sonríe por vez primera en toda la sesión. Parece que hoy, por fin, su paciente se irá a casa sin haber derramado una sola lágrima.

 

 

CRISIS EXISTENCIAL

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-miércoles 18 octubre-

De camino al Gregorio Marañón, Martín se detiene para contemplar el paisaje urbano desde su elevada ubicación. Peinada con la mágica luz matutina de las primeras horas del día, Fuerte Castillo toma la apariencia de una metrópoli mística, digna de la más hermosa de las postales.

No tiene prisa, pues su sueño alterado le ha sacado de la cama antes de que sonara el despertador, y ahora le sobra tiempo.

Aún no ha logrado encajar lo que ocurrió el lunes, con Paula, en la misma aula en la que suele impartir lecciones morales.

 “La rectitud ha sido mi brújula

durante toda mi vida adulta.

Siempre me he creído virtuoso por

hacer lo que me parecía más correcto,

pero a esta ciudad le han bastado dos

semanas para enseñarme que no soy

mejor que el grueso de sus habitantes.

Al igual que es fácil ser valiente en tiempos de paz,

también era sencillo tener integridad

en el Calderón y Verdera”

Más allá de cualquier excusa o pretexto, es consciente de que su comportamiento impropio es merecedor de reproche penal, y de que cualquier jurado le condenaría debido a la corta edad de una niña que no solo es menor, sino que ni siquiera ha alcanzado la edad legal de consentimiento sexual.

“Cómo ha cambiado la juventud.

En mis tiempos de estudiante

ningún profesor tenía

que enfrentarse a semejantes

quebraderos de cabeza”

Desde que tuvo lugar ese vergonzoso episodio carnal, Martín no ha dejado de sentirse como si fuera una persona diferente; como si hubiera perdido la esencia que le definía antes de descolgarse hacia la educación pública de la capital.

Una suave brisa acaricia su rostro; parece querer recordarle que el tiempo no pasa en vano y que la hora de personarse frente a sus alumnos se acerca inexorablemente.

No le preocupa especialmente su reencuentro con Paula, en la segunda hora, dado que, ayer martes, pudo impartir su asignatura sin mayores inconvenientes de los habituales.

“Me daba pavor que Paula hubiera sido indiscreta,

y que lo acontecido entre nosotros se propagara,

como una mancha de aceite en forma de rumor,

hasta llegar a la sala de profesores o, peor aún,

hasta los oídos de los padres de los alumnos”

No obstante, lejos de los habituales guiños de la flamante delegada de clase, no notó nada que pudiera alimentar a sus peores temores, y tiene la esperanza de que todo haya quedado en una mera anécdota indecente.

 

 

TRES TUMBAS

3

-jueves 19 octubre-

Tres días después de los acontecimientos que tuvieron lugar muy cerca de su mesa, en clase, Paula todavía no ha compartido con nadie los relevantes detalles de su atrevida travesura.

Puede que sea descarada, cruel, malvada y mentirosa, pero la impaciencia no es uno de sus defectos. Ni siquiera está dispuesta a sacar el tema antes de terminarse su helado de chocolate.

Sentadas a su lado, Sonia y Katia hacen el tonto frente a unas ventanas que dan a la playa, todavía en el interior de la heladería.

 

SONIA:   ¿Cómo se llamaban?

KATIA:   El primero Derek, el segundo Edu… … Horribles los dos.

SONIA:   Horribles te lo parecerán ahora, pero entonces…

KATIA:   Uno era un crío cobarde y simplón. Ni siquiera llegué a follármelo; y el otro: mayor, cachas, rico… pero machista y más presumido que nosotras tres juntas.

PAULA:  Bwenooh… Esos son los peores… … ¿Cómo de mayor?

KATIA:   Naah. No mucho. Cinco años más… … Mi padre le odiaba a muerte; y a Derek.

SONIA:   Normal: eres la niñita de papá. Estaría celoso.

 

Katia sonríe. No tiene intención de desmentir a su amiga, pero tampoco quiere dar continuidad a la deriva que está tomando esa comprometedora conversación.

 

KATIA:   Hablando de papis, Paula, ¿cómo llevas lo tuyo con Martín? ¿Algún progreso?

PAULA:  Ah, sí. Eso… El lunes me pidió que me quedara después de clase.

KATIA:   Es verdad. Pero me dijiste que no pasó nada, ¿no? Yo pensé que te daría la brasa por la ropa que llevabas.

SONIA:   Es que, tía, ibas medio despelotada. No veas como se pusieron Jacinto, Manuel y el mismo Martín. Casi se ahogan en sus propias babas, por no hablar de todos los tíos de la clase. Eugeni se daba cabezazos contra la pared, el pobre.

PAULA:  Bueno. Sí. Puede que me pasara un poco. Pero solo estaba usando mis armas.

KATIA:   Me contaste, por el chat, que solo te comentó algo sobre la redacción, ¿no?

PAULA:  Sí. Lo puse muy nervioso con el texto que escribí. Era muy… … creativo.

SONIA:   ¿De qué va eso? ¿Es que ya no nos contamos las cosas?

PAULA:  Es que es un secreto, y yo soy muy reservada en el fondo.

KATIA:   Tía, en serio… ¿Ahora te me vas a hacer la interesante?

PAULA:  No, no. Pero… … tenéis que prometerme que no se lo vais a contar a NADIE.

SONIA:   !Que NO!… … Somos una tumba.

PAULA:  El lunes, después de clase, Martín estuvo comiéndome el culo… literalmente.

KATIA:   !No!

SONIA:   ¿Estás de coña? ¿Míster más recto que un palo de escoba?

 

Paula asiente sin dejar de sonreír. Complacida, la chica eleva la dirección de sus ojos mientras evoca el recuerdo de tan delirante escena. Todavía sentada, estira sus brazos y sus piernas cruzadas, e inclina la cabeza dando forma a una risueña postura.

 

PAULA:  Me dejó las nalgas empapadas con sus babas, me mordió y me manoseo de mala manera. No veas: me metió mano con ganas… … con muchas ganas.

KATIA:   Nos estás tomando el pelo, perra. No creo nada de lo que dices.

PAULA:  ¿Qué no? Luego te enseño las marcas de sus dientes.

SONIA:   Si estás diciendo la verdad, ¿cómo has tardado tanto a contárnoslo?

PAULA:  Es que… … soy consciente de que será difícil callarse una cosa así, y de que esta clase de noticias corren como la pólvora. Acuérdate de lo que pasó con Miguel.

SONIA:   Pero no fui yo quien hizo saltar la liebre, ya lo sabes.

PAULA:  Que síiíiíiíií. Pero, aun así, quiero que me prometáis que no se lo diréis a nadie; y eso va por ti, Katia. Sé que no tienes secretos con tu hermana, pero…

KATIA:   Te lo juro. No se lo diré ni a Selena. Palabra.

 

Paula extiende ambos meñiques, uno a la derecha y el otro a la izquierda, para que sus amigas los enganchen con sus respectivos en un gesto que pretende sellar el hermetismo infranqueable de ese secreto a tres bandas.

 

SONIA:   ¿Y no quiso metértela? Se pondría como una moto.

PAULA:  Sí. Estaba muy cachondo; tanto que casi le da un yuyu. Se mediodesmayó.

KATIA:   ¿En serio? ¿De verdad?

PAULA:  No sé. Igual solo tuvo un momento de lucidez y se dio cuenta del disparate que estaba cometiendo. El caso es que se desplomó sobre la silla del profesor.

SONIA:   Igual se corrió de tan caliente como lo pusiste.

PAULA:  No. No sé. Igual sí. Se me pasó por la cabeza, pero es que ni siquiera se la sacó. Le pregunté si estaba bien y dijo que se había mareado al levantarse deprisa.

KATIA:   O igual es impotente y se sentía frustrado y… … derrotado.

PAULA:  No. Eso sí que no. Te aseguro que se la noté bien dura cuando se arrimó a mí. Tenía tantas ganas de follarme que me empujó por instinto, como un perrete.

 

 

ESCUDO VERDADERO

Rear view of high school students on a class in the classroom.

-viernes 20 octubre-

En su longeva experiencia docente en el Calderón y Verdera, Martín vivía enclaustrado tras un muro transparente de respeto y disciplina que le separaba de sus alumnos. Esos chicos medían mucho sus palabras y no hablaban a menos que fuera necesario.

En sus primeros días en el Gregorio Marañón, al profesor le sorprendió la extroversión, el humor y la frivolidad que reinan en la joven generación que ocupa esas aulas, día tras día. Lo que en un principio le ofendió, ahora se ha convertido en un aliciente añadido, casi adictivo, a sus tareas didácticas. No en vano, esos mozalbetes han llegado a convertirse en lo más parecido a un amigo que ha logrado encontrar en su nueva vida urbana.

 

BLAS:       Pero, Martín, a todo el mundo le duelen estas cosas.

MARTÍN:  No pienso que esté en lo cierto, señor Lázaro, y creo poder demostrárselo.

BLAS:       Miedo me da.

MARTÍN:  Le reto a que intente herirme. Adelante… … sin miedo. ¿Cómo lo haría?

BLAS:       No sé. Es que… … no sé qué esperas que te diga.

 

El chaval es demasiado considerado para atreverse a atacar a alguien a quien verdaderamente respeta. Delante de ese pedazo de pan, se sienta alguien con más agallas y más desfachatez:

 

SAMUEL:  ¿Puedo probar yo, profe?

MARTÍN:  Adelante, señor Kanu. Ya decía yo que estaba muy callado hoy.

SAMUEL:  Sin represalias, ¿eh?

MARTÍN:  Palabra de honor.

 

El chico guarda silencio mientras medita su inminente lanzada. Se siente cómodo acaparando la atención, pero no quiere quedarse corto ante las expectativas que siempre le acompañan. Finalmente se decide a verbalizar su mejor ocurrencia:

 

SAMUEL:  Estás solo y nadie te quiere. Nadie te ha querido jamás.

MARTÍN:  … … Buen intento. Veo que prestaba atención el día que les hablé de mi eterna soltería y del hecho de que no tuviera ningún amigo.

SAMUEL:  Siempre estoy atento a las miserias de los demás.

MARTÍN:  No obstante, no ha conseguido herirme, y no lo ha conseguido porque llevo puesta la que yo llamo Armadura Verdadera.

MÍRIAM:  No sabía que en el temario aparecías tú mismo y tus invenciones.

MARTÍN:  En mi temario aparece todo lo que sea filosofía, señorita Durán. No tienen que ser ideas centenarias escritas en las hojas de libros clásicos. Pueden encontrar sabiduría en el ingenio de un niño pequeño, en una película mala o incluso en los conceptos inventados de su profesor.

SEBAS:      O en las palabras de un alumno.

MARTÍN:  En las de algunos más que en las de los otros.

 

Un murmuro generalizado se mofa de las dotes intelectuales de ese bromista incapaz de hablar nunca en serio.

 

MARTÍN:  Al igual que la belleza, la filosofía brota por doquier.

SONIA:     En esta clase hay mucha belleza, ¿no te parece? No te quejarás.

MARTÍN:  Efectivamente, aunque no me refería a la belleza personal, precisamente. No hace mucho, alguien dejó tirada una mochila en el suelo, junto a la pared de una galería artística. Muchos de los que se paseaban por ahí para observar las esculturas y los cuadros quedaron fascinados por la originalidad de una supuesta obra que, en realidad, no era más que un descuido. Sin embargo, algunas de esas mismas personas son incapaces de emocionarse ante una puesta de sol, y hacen oídos sordos al canto de los pájaros, pues no perciben la belleza si no está enmarcada o expuesta en un museo; si no tiene un lazo y un precio astronómico a su lado. Lo mismo ocurre con la filosofía. No esperen hallarla siempre bien encuadernada.

MÍRIAM:  Vale, vale, pero no te andes por las ramas. ¿Qué es la Armadura Verdadera?

MARTÍN:  Como su nombre pretende indicar, se trata de una armadura hecha de verdad. Cuando soy plenamente consciente de la realidad que me define, nunca me sentiré herido cuando alguien la señale. Muchas personas llevan la Armadura Verdadera sin siquiera saberlo. Por ejemplo; emmm… … Señorita Blanco.

MÍA:         ¿Sí?

MARTÍN:  ¿A usted le gustaría gozar de mayor estatura?

MÍA:         Un palmo más no me vendría mal. No tendría que llevar ropa infantil.

MARTÍN:  Sí yo le digo: “Es usted bajita” ¿Se sentirá herida?

MÍA:         Claro que no. No es ninguna novedad. Soy la más bajita de la clase.

MARTÍN:  Por esa misma razón, cuando el señor Kanu me ha dicho que estoy solo y que nadie me quiere no me he sentido herido; porque tengo muy presente cual es mi realidad, y la tengo plenamente asumida.

PAULA:     Yo si te quiero, profe.

 

La chica se muerde el labio, sonriente, tras su sinuosa chanza.

Un tímido jolgorio plural reacciona a semejante atrevimiento, aunque no a todo el mundo le hace la misma gracia: al lado opuesto de la primera fila, Eugeni palidece sobrecogido:

“Sé que se trata de una broma, pero es que…

Paula no fue capaz de decirme estas mismas palabras

ni una sola vez cuando estuvimos saliendo en verano”

 

MARTÍN:  Gracias, señorita Lucena. Se lo agradezco. Lo que pretendo explicar es que nada nos debilita más, emocionalmente, que mentirnos a nosotros mismos. Cuando lo hacemos, nos quitamos la Armadura Verdadera y somos presa fácil para cualquier desaprensivo. A los dieciocho años, yo mismo me mentía. No podía aceptar que la chica de quien estaba enamorado no me amara; aunque, muy en el fondo, creo que siempre lo supe. Si el señor Kanu viajara con una máquina del tiempo hasta esos días, y me dijera lo que me ha dicho hoy, probablemente me destrozaría.

SAMUEL:  Eso sería divertido.

MARTÍN:  Les he visto jugar al futbol a la hora del patio. ¿Quién es el peor jugador?

 

Algunos de los asistentes se voltean para observar a Mario, quien, desafiante, hace gestos despectivos con la cabeza.

 

MARTÍN:  ¿Le duele la reacción de sus compañeros, señor Vaquero?

MARIO:    Me la trae floja. Está claro que no tienen ni idea. Soy buen defensa.

BLAS:        Dar muchas patadas no es defender bien, tío.

MARIO:    !Que te calles, pamplinas!

MARTÍN:  Parece que hay un notable consenso, a su alrededor, que evidencia sus carencias futbolísticas, Mario. Si usted fuera consciente de ello, no le importaría que sus compañeros expresaran su opinión al respecto.

SEBAS:     Se cree bueno, el muy iluso.

MARIO:    A que te parto la boca, subnormal.

 

Sebastián se ríe inmune a la cómica hostilidad que le dedica su compañero desde un par de filas más atrás.

 

MARTÍN:  Como dijo mi amigo Tyrion Lanister: “No olvides nunca lo que eres, los demás no lo harán. Úsalo como una armadura”. Es a eso a lo que me refiero.

KATIA:      !Ala! ¿Te gusta Juego de Tronos?

MARTÍN:  Me gusta Tyrion. Sería un buen maestro de filosofía.

 

Mientras se dirige a unos alumnos repartidos por los distintos emplazamientos del aula, Martín no deja de andar sobre la tarima moviendo los brazos explicativamente.

 

HUGO:     Yo tengo otra, profe: a un gordo le dices que esta gordo y ni se inmuta, pero si le dices a una chica que está gorda se pone hecha una fiera o se deprime.

MARTÍN:  Puede que nuestra sociedad sea más exigente respecto al físico de las mujeres, y que, en consecuencia, a ellas les cueste más asumir que no son como su entorno les dice que tienen que ser. No obstante, una muchacha que tenga plena consciencia de cómo es jamás debería ofenderse porque alguien le revele su realidad.

SONIA:     Díselo a Gloria, la antigua profesora; eso si es que puedes hablar con ella sin que se te ponga a llorar.

PAULA:     O a Berta. Ella está aquí. Berta, ¿te molesta que te digamos gorda?

MARTÍN:  No. Nono. Alto. Paula, no voy a permitir que vuelva a faltarle al respeto a…

PAULA:     Tú le has llamado tapón a Mía.

MARTÍN:  Yo no le he llamado tapón a nadie.

PAULA:     Implicitamente… … Te has referido a su estatura porque era la más bajita.

MARTÍN:  Sabía que no la iba a ofender, pero tú aspiras a dañar el amor propio de Berta, igual que te cebaste con Gloria, en su momento. Quiero que mis clases sean constructivas y no destructivas.

 

Cabizbaja, Berta mira los papeles que tiene en su pupitre sin la más mínima intención de verbalizar protesta alguna.

Martín se ha puesto bastante tenso, pues no quiere que, de ninguna manera, se repita ningún episodio parecido al de la votación de hace un par de semanas. Le parece oportuno alejarse de esos lares tan personales y ceñirse a una oratoria más propia de un profesor de filosofía. Tras escribir un nombre propio en la pizarra, con grandes mayúsculas, lo subraya y lo pronuncia vehementemente.

 

-Kant… … fue un gran pensador que trató el tema de la mentira, aunque él no se centraba tanto en las mentiras que nos decimos a nosotros mismos, sino en las que contamos a los demás. Dicho filósofo perseguía una auténtica quimera, pues pensaba que una sociedad ideal no debería permitir las mentiras; ni una sola. Opinaba que no podía haber un orden moral en una comunidad que tolerara los engaños; ni siquiera los más justificados y bien intencionados. Según él, el acto moral tiene valor en sí mismo y no en sus consecuencias; por lo tanto, no tendríamos que pensar en cómo se sentirá la persona con la que hablamos a la hora de medir nuestra sinceridad. No deberíamos decirles a los niños que existe Papá Noel o el ratoncito Pérez; no está bien que le digamos a una amiga nuestra que le queda bien el vestido que se está probando si no es cierto; ni siquiera sería correcto mentirle a los nacis si, en plena guerra mundial, nos preguntaran sobre la condición judía de nuestro mejor amigo; aun a sabiendas de que le estamos condenando a un campo de concentración-

-!Menudo joputa!-   exclama Keita indignado   -¿Y tenemos que estudiar a este tío?-

-Conocerle-   puntualiza Martín   -No compartir su manera de pensar-

-Este te caería bien a ti-   dice Paula volteándose en busca de su amiga   -¿No Sonia?-

 

La más sincera alumna del Gregorio Marañón niega con la cabeza sin dejar de sonreír. Incluso ella sería capaz de pronunciar una mentira para desmantelar una injusticia de tal calibre.

 

 

YO NUNCA

SONIA

-sábado 21 octubre-

Todavía medio dormido, Jacinto conduce hacia la zona costera. Se ha ofrecido, gentilmente, para ir a buscar a la hija de Carla después de que esta los despertara en plena madrugada.

“Mis padres nunca me hubieran dejado salir

hasta tan tarde cuando yo tenía su edad.

¿Dónde vamos a llegar?

Móviles para niños pequeños,

pagas estratosféricas en plena pubertad,

horarios ilimitados para las salidas

nocturnas de las adolescentes…”

En un principio, Carla quería ir ella misma a buscar a Sonia, pero se trata de una mujer muy dormilona a quien suelen pegársele las sábanas. De no ser por la presencia de Jacinto, es probable que nadie hubiera acudido a buscar a su hija, pues un sueño muy profundo se ha apoderado de ella poco después de finiquitar la llamada de su pequeña.

Siguiendo la ubicación que le ha mandado Sonia, el jefe de estudios aparca su coche todavía sin vislumbrar a su hijastra.

“¿Dónde se ha metido esta niña?

Después de sacarme de la cama

lo mínimo que podría hacer es…”

Antes de que pueda terminar de formular ese pensamiento, las voces de una charla cercana llaman su atención. En los límites de la terraza de un bar cerrado, localiza, por fin, a su futurible pasajera. Está sentada en el suelo junto a dos tipos de oscura vestimenta que le prestan demasiada atención.

 

-!Papá! estoy aquí-   pronuncia Sonia para sorpresa de su chofer.

 

Repentinamente, esos hombres se ponen en pie y toman una distancia prudencial respecto a ella. Algo incómodos, esgrimen gestos de disimulo al tiempo que inspiran profundamente.

 

SONIA:  Te presento a David y a… … emm…

ABEL:     Abel.

DAVID:  Bueno, Sonia. Nos ha encantado conocerte. Ya nos veremos, ¿vale?

 

Los dos amigos, violentados, se apresuran alejarse de ese supuesto reencuentro familiar. Jacinto no deja de observarles, como si les vigilara, hasta que los pierde tras una esquina cercana. Su serio semblante no parece demasiado complacido por la preocupante escena que acaba de presenciar.

 

SONIA:      Relájate, tronco. No me han mordido.

JACINTO:  Pensaba que nunca mentías. ¿Por qué me has llamado papá?

SONIA:      Nunca miento. Nunca. No les he dicho que eres mi padre. Solo te he llamado papá porque eres el novio de mi madre desde hace mazo. Es algo habitual en las familias… … refundadas.

JACINTO:  Medio año no es… … mazo.

SONIA:      No si eres un viejo, pero para nosotros, los jóvenes, es como una era glacial.

JACINTO:  !Qué demonios! Yo aún soy joven.

SONIA:      Naaaah.

JACINTO:  Vamos, levanta. Nos vamos.

SONIA:      ¿Qué prisa tienes? ¿Te da miedo la noche? ¿Cuánto hace que no sales?

JACINTO:  Salí este mismo verano, y no me da miedo nada.

SONIA:      Abel se ha dejado una lata de birra sin abrir. Acompáñame mientras me termino la mía, y luego me invitas a unas copas.

JACINTO:  No he dejado a tu madre en la cama para irme de fiesta contigo. Ni siquiera tienes edad para beber… … ¿O sí?

SONIA:      No creo que esto te preocupe demasiado, ¿no? Vamos, siéntate a mi lado. ¿O es que el jefe de estudios es demasiado estirado para sentarse en el suelo?

 

Con las manos en la cintura, Jacinto inspira profundamente por la nariz al tiempo ojea el perímetro. Su disertación parece haber llegado a un punto muerto hasta que:

 

SONIA:      No se lo diré a mi madre, tonto.

JACINTO:  ¿Qué tendrá que ver ella en todo esto?

SONIA:      Puedes volver a decirme que no te da miedo nada, pero no es verdad. Te irías de fiesta conmigo, encantado, si no temieras que ella se enterara. Te da miedo su reacción; su ira. Sabes que tiene mal carácter.

 

-Se trata de ser prácticos-   afirma Jacinto tomando asiento al lado de la niña.

-¿Eso te dices cuando le mientes a la cara?-   pregunta ella con una sonrisa malévola.

-!¿Cuándo le he mentido a tu madre?!-   exclama con semblante ofendido.

-Todo el mundo miente; constantemente; siempre-   con aires de superioridad.

-La maravillosa Sonia es tan, tan, tan especial. Nadie más que ella sabe decir la verdad-

 

La chica no se ofende por esa frase sarcástica de musicada entonación burlona. Parece muy segura de sí misma:

 

SONIA:      Así es. Puedo demostrártelo si quieres.

JACINTO:  ¿Es que quieres jugar al yo nunca?

SONIA:      No es en lo que pensaba, pero… … no es mala idea. Aunque es un poco cutre jugar a eso con cerveza, ¿no?

JACINTO:  Es lo que hay. No voy a emborracharte.

SONIA:      Sabes bien que no soy yo quien acabaría borracha. De todos modos, no creo que seas un buen jugador.

JACINTO:  ¿Y eso?

SONIA:      No confío en ti; ni en nadie. Sois todos una panda de mentirosos cobardes.

 

Jacinto mira a esa fanfarrona con ganas de quitarle la razón, pero no las lleva todas consigo; puede que no se equivoque.

Queda poca gente de fiesta por la plaza en la que están. Pese al buen tiempo que les acompaña, empieza a hacer fresco, pues el otoño está empeñado en reivindicarse por las noches, ya que el verano le está robando los días.

Él lleva pantalones tejanos y manga larga, pero ella…

 

JACINTO:  Te voy a traer una chaqueta del coche. ¿Te parece?

SONIA:      No hace falta. Estoy bien.

JACINTO:  No te arreglas mucho para ir de fiesta. Bambas, mayas, camiseta…

SONIA:      Voy muy cómoda así, y me sienta bien. Nunca llevaría tacones, ni vestidos…

JACINTO:  ¿Es que forman parte de la gran mentira que tanto odias?

SONIA:      Tengo la estatura que tengo. ¿Por qué voy a caminar incómoda? Es como llevar relleno en el sujetador. ¿A que estamos jugando?

JACINTO:  ¿Y el tinte de tu pelo? ¿Y el rojo de tus labios?

SONIA:      Nadie va a creer que ese color es real. Solo me gusta cómo me queda.

 

Ambos coinciden en una mirada callada y repleta de secretos. Nunca se habían encontrado en un contexto parecido: solos, de madrugada, lejos de casa… Suelen verse por el instituto e incluso en casa, junto a Carla, pero jamás habían gozado de la más mínima intimidad. El presente silencio se eterniza, pero, a pesar de volverse extraño, no resulta especialmente incómodo.

 

SONIA:      ¿Qué?

JACINTO:  ¿Qué de qué?

SONIA:      ¿Me vas a invitar a unas copas?

JACINTO:  Ni lo sueñes.

SONIA:      Entonces abre tu lata. Lo haremos a lo cutre.

JACINTO:  David y Abel te habrán invitado a unas cuantas ¿no?

SONIA:      No son tan rácanos como tú.

JACINTO:  No es por el dinero. Ya lo sabes. Si fueras mi hija ni siquiera te dejaría salir por la noche. Eres demasiado joven.

SONIA:      Entonces me alegro que no seas mi padre. ¿Tú te alegras?

 

Jacinto guarda unos instantes de silencio mientras abre una fría lata de cerveza mojada por el efecto de la condensación.

 

JACINTO:  ¿Esto forma parte del juego ya?

SONIA:     No se juega así. ¿Es que no lo has hecho nunca? Escucha y aprende: Yo nunca me he alegrado de no ser el padre de la hija de mi novia.

JACINTO:  ¿Cómo ibas a alegrarte? No puedes ser padre ni tener novia.

SONIA:      Así es el juego, además… … sí que he tenido novia.

 

Doblemente contrariado, Jacinto echa su primer trago de la noche, al que le sigue un pequeño eructo casi simultaneo.

 

JACINTO:  Estoy muy tranquilo sin las responsabilidades paternas que implica criar a una adolescente tan desafiante como tú.

SONIA:      Te toca.

JACINTO:  Yo nunca le he provocado un orgasmo a una persona de mi mismo sexo.

 

La chica guarda largos instantes de suspense, pero, tras una sonrisa salpicada de picardía, empina el codo como es debido. A Jacinto le cuesta encajar esa confesión; nunca lo hubiera dicho.

 

SONIA:  Yo nunca he suspendido a uno de mis alumnos por despecho.

 

La incisiva mirada de la chica termina por desterrar la mentira inicial tras la que pretendía esconderse ese indigno prevaricador. El sorbo consiguiente se ejecuta de manera brusca y resentida.

 

JACINTO:  Yo nunca le he sacado punta a la verdad para herir a buenas personas, cruelmente, solo porque me apetecía hacerles daño.

 

Sin desviar su mirada de psicópata impasible, la muchacha bebe sin rechistar. Como suele pasar en esta clase de juegos, la situación se va tensando, poco a poco, y nadie sabe por dónde puede romperse ni quien puede salir perdiendo.

 

SONIA:  Yo nunca le he sido infiel a mi… … a Carla Belmonte.

 

Jacinto niega con la cabeza y desvía la trayectoria de sus ojos sin borrar la media sonrisa condescendiente que pinta su cara. Cuando vuelve a mirar a la niña, siente el acoso de unas pupilas dilatadas que parecen ver a través de él. De pronto, el docente recobra su seriedad más enfurruñada y violenta, y, tras unos eternos momentos de muda presión, termina por beber.

 

SONIA:      Eres mejor jugador de lo que parecías. Estoy sorprendida.

JACINTO:  No sé ni por qué he hecho lo que acabo de hacer.

SONIA:      Lo sabrás. Lo sabrás en cuanto aclares tus ideas.

JACINTO:  Conociéndote, mi último trago equivale a un suicidio.

SONIA:      ¿Te crees que voy a ir corriendo a contárselo a mi madre?

JACINTO:  … … Puede que no. Pero si un día sale el tema…

SONIA:      Decir siempre la verdad no implica no saber guardar un secreto. Lo que se dice en el “Yo nunca” se queda en el “Yo nunca”.

 

La intachable credibilidad de la chica resulta tranquilizadora.

 

JACINTO:  Nunca he pensado que el actual profesor de literatura es guapo.

 

Una inesperada sonrisa luminosa se dibuja en el bello rostro de Sonia mientras mueve los ojos como si quisiera seguir la trayectoria de un arcoíris sobre su cabeza. No tarda en volver a sorber de su lata mojándose su camiseta negra sin querer.

 

JACINTO:  Cuidado, va, no te pongas nerviosa.

SONIA:      No me pongo nerviosa, es que soy muy torpe.

JACINTO:  Y yo que pensaba que te caía mal.

SONIA:      Una cosa no quita la otra.

JACINTO:  ¿Te caigo mal?

SONIA:      Así no se juega.

JACINTO:  ¿Es que no podemos hacer una pequeña pausa?

 

Con actitud de reina autoritaria, la niña medita si su contrincante es merecedor de un pequeño descanso.

 

SONIA:      Alto, pelo claro, ojos azules, culto, listo, influyente, respetado… Mi madre dice que tienes una polla muy gorda y que follas muy bien.

JACINTO:  !Dios! por un momento me había olvidado de tu crudeza sin adornos. Aunque dudo mucho que Carla haya usado estas mismas palabras.

SONIA:      Las usó, pero no conmigo; obviamente. Escuché una de sus indiscretas conversaciones telefónicas con su mejor amiga.

JACINTO:  Vaya, vaya. No puedo decir que me incomode esta inesperada revelación.

SONIA:      Pues claro que no. Estoy segura de que te acomoda sobremanera.

JACINTO:  Entonces… … ¿Te caigo mal?

 

La chica asiente con la cabeza mientras aprieta sus labios. Su adversario frunce el ceño incapaz de encajar unas piezas que no dejan de divagar en su mente.

“Si te caigo tan mal

¿qué estamos haciendo aquí?

No paro de percibir

señales contradictorias.

¿A qué juegas?”

 

JACINTO:  ¿Por qué? ¿Por qué te caigo mal? ¿Qué te hecho?

SONIA:      Para empezar, le has puesto los cuernos a mi madre.

JACINTO:  Pero esto no lo sabías hasta ahora.

SONIA:      Pero ahora lo sé. Estamos hablando en presente. Tú entiendes de tiempos verbales ¿no? Por eso das clases.

JACINTO:  ¿Y antes de que te lo dijera? ¿Te caía bien?

SONIA:      No… … No me gusta que ocupes el puesto de mi padre en mi familia.

JACINTO:  Yo no… … pero qué… … nunca eh…

SONIA:      No me gusta que suspendas a quien te da la gana. Eso sí lo sabía.

JACINTO:  Lo dices como si eso…

SONIA:      No me gusta que te comas mis yogures de melocotón.

JACINTO:  ¿Tus yogures?

SONIA:      No me gusta cuando te pones en plan pedante y das lecciones.

JACINTO:  ¿En clase o en casa?

SONIA:      No me gusta que hagas creer a mi madre que la quieres.

 

Una trepidante escalada de hostilidad ha ido acompañando a esos reproches a medida que se aceleraban exponencialmente.

 

-Te crees que lo sabes todo ¿no?-   pregunta él desde un ultraje ficticio.

-Sé más de lo que crees-   responde ella sin abandonar su suficiencia.

-¿Quieres que te diga lo que pienso yo de ti?-   con tono airado.

-NO-

 

Sonia no deja pasar la oportunidad que tan torpemente le ha brindado su interlocutor para posicionarse con ventaja en esa cruenta reyerta dialéctica. Su escueto monosílabo negativo a callado el hirviente discurso que Jacinto pretendía escupirle en la cara antes de que este terminara de alinear sus recriminaciones.

Apretando sus dientes, el jefe de estudios suelta una gran cantidad de aire por la nariz mientras mira a su alrededor.  Parece que ya no queda nadie. La música ha cesado y solo el sonido lejano de un coche solitario inquieta un silencio nocturno prácticamente absoluto. Sobre sus cabezas, la intensa luz blanca de una farola alumbra la pálida belleza de la muchacha.

 

-Me toca-   dice Sonia tras templar sus ánimos.

-!Ah!-   exclama Jacinto sorprendido   -Es que todavía estamos jugando-

-Estábamos en una pausa-   contesta ella   -¿Recuerdas?-

 

Sin decir nada, Jacinto queda a la espera de una nueva jugada.

 

SONIA:  Nunca he pensado en la hija de mi novia cuando me masturbo.

 

Derrotado, Jacinto se termina la lata de un solo trago.

 

 

MEDIAS VERDADES

paula insta

-domingo 22 octubre-

Martín realizo una de sus solitarias excursiones maratonianas en el día de ayer, pero hoy ni siquiera ha salido de casa. No en vano, una tormentosa borrasca ha desterrado, por fin, a ese longevo verano para verter un verdadero diluvio otoñal en un domingo que ya está llegando a su fin.

Después de ver una buena película de miedo, desde el sofá del salón, el profesor ha vuelto a centrar sus pensamientos en su alumna fetiche. Es tal el poder que esa niña ejerce sobre él que, en estos momentos, Martín ya no puede pensar en nada más.

“No. No voy a coger el móvil.

No quiero que me ocurra lo de la última vez.

Si miro sus fotos me volveré a poner enfermo,

y empezaré a pelármela como un animal”

Después de pajearse suele sentirse humillado, en cierta medida, pues es después de cada una de sus corridas precoces cuando sus complejos adquieren una mayor dimensión.

Le resultaba más fácil minimizar ese drama disfuncional cuando no deseaba a ninguna mujer; pero ahora, su célibe filosofía de monje budista se está yendo al traste.

“No quiero seguir obsesionado por ella.

Es un mal bicho que solo me traerá problemas,

pero es que está tan, tan, tan buena…”

Cada vez que recuerda el lujurioso episodio que compartió con esa desvergonzada muchacha, frente a la mesa del profesor, siente que sus latidos se violentan y que su sangre se impregna de una viciosa ansiedad concupiscente. De pronto, nota cómo el empuje de una nueva erección deforma el relieve de sus cómodos pantalones de felpa de estar por casa.

“Cuanto más me masturbe pensando en ella

más vulnerable seré ante sus encantos.

Debería desterrarla de mi mente,

pero ¿cómo?”

Los títulos de crédito llegan a su fin y, con ellos, también se termina la suave música instrumental que los acompañaba.

Todavía había luz diurna cuando ha empezado a ver la cinta, pero, ahora mismo, la pasividad gestual de Martín le ha sumido en la sosegada oscuridad de la noche, al son del tenue sonido de una lluvia que todavía perdura en el exterior de su edificio.

“Ni siquiera tengo hambre para cenar.

Debería irme a dormir e intentar recuperar

las horas de sueño que he perdido,

últimamente, por culpa del insomnio”

Desde la quietud que le mantiene sentado en el sofá, el rostro de Martín se ilumina debido al destello de su móvil.

“Seamos prácticos:

no lograré conciliar el sueño hasta que

no me haya ordeñado un par de veces.

Ya he intentado pensar en otras cosas, en ocasiones,

pero sé que terminaré pensando en ella, así que…”

Unas pocas pulsaciones le sirven para acceder al perfil de esa chica que le quita el sueño. Pese a estar advertido de lo que se iba a encontrar, no puede evitar sobrecogerse en cuanto empieza a vislumbrar las desinhibidas fotos que colman la galería de Paula.

“Menudo culazo tiene esta niña.

¿Cómo es posible que con

tan solo quince años…?

!Esto es inaudito!”

Puede que Martín se haya hecho mayor y haya perdido la perspectiva del tiempo, pero no recuerda que, en sus años mozos, las chicas se desarrollaran de un modo tan tempranero.

Es novato en el uso de los móviles de última generación, y lego en el dominio de las aplicaciones y las redes sociales. Lleva días fascinado por los avances tecnológicos que tanto han evolucionado durante sus austeros años de vida campestre, y que tan asumidos tienen sus alumnos. Como ellos, está empezando en caer en la adicción de la pequeña pantalla, aunque sus obsesivas motivaciones carnales siguen teniendo su origen en los instintos más primarios.

Cuando ya empieza a derramar sus babas, imagen tras imagen, advierte una pequeña peculiaridad en el triángulo que hay en la parte superior derecha de la pantalla. Un círculo rojo con un numero uno blanco en su interior.

“¿Qué es esto?

No estaba aquí antes.

¿Sera una notificación?

Ni siquiera sé que significa

este pequeño triángulo.

Parece como…

… un avión de papel”

instagram 444

Nada más enviar ese mensaje, Martín repara en los peligros probatorios de las nuevas tecnologías, y toma consciencia de que su inexperiencia en las redes podría llegar a costarle muy cara.

“!Pero ¿qué es lo que estoy haciendo?!

Estoy dejando un rastro digital muy comprometedor.

No solo podría probarse que sigo a mi alumna

quinceañera en un perfil claramente sexualizado,

sino que le he pedido que me envíe

su material más sensible de forma privada”

Martín entra en pánico y sale de la aplicación sin tan siquiera despedirse de su joven interlocutora. Cierra los ojos y se frota la frente, con la palma de su mano, en un gesto que destila desazón.

“Don Andrés, Gloria, Aurora, Miguel…

Todos ellos me advirtieron sobre Paula y,

aun así, le comí el culo a esa niña en clase;

la magreé hasta que mi precocidad derramó

mi esperma a raudales, bajo mi ropa;

le he pedido fotos íntimas por el chat y…”

El tono de su móvil interrumpe sus farragosas elucubraciones. Sorprendido por una llamada tan tardía, vuelve a pulsar la pantalla de un dispositivo que todavía descansa en sus manos.

 

M:  ¿Sí? ¿Diga?

P:    … … … … Martín, ¿qué pasa? Te has desconectado.

M:  !Paula!… … ¿Cómo ha conseguido mi número?

P:    Seguro que me resultó más fácil que a ti dar con mi perfil. Tengo mis recursos.

M:  Pero ¿cómo? No lo entiendo.

P:    En la sala de profesores hay un tablón con todos vuestros teléfonos. Soy la niña más traviesa de la clase; suelen enviarme a hablar con el director.

 

Martín no sale de su asombro. Empieza a entender que, haga lo que haga, esa chica siempre va un paso por delante de él.

 

P:    Martín… … ¿Estás aquí?

M:  Perdone; es que me he dado cuenta de lo inapropiada que era nuestra charla y…

P:    ¿Más inapropiada que lo que me hiciste en clase, el lunes?

M:  No. Nada podría ser más inapropiado que eso.

P:    No seas dramático. Solo me metiste mano y me lamiste el culo. No es para tanto.

M:  Sí, pero usted es mi alumna. Es demasiado joven y ni siquiera tiene la edad de…

P:    Ya he follado. Lo sabes ¿no? Y no con chicos de mi edad, precisamente.

M:  ¿Miguel?

P:    No, no. No. Con él no llegué a tanto, muy a su pesar. Estaba loco por mí.

M:  ¿Cómo no estarlo?

P:    Ahí lo tienes… … ¿Sabes? Todavía tengo la marca de tus mordiscos en mis nalgas.

M:  Discúlpeme, señorita. No sé qué me ocurrió, perdí la cabeza y…

P:    ¿Sabes que estoy grabando esta conversación?

 

Paula hace esfuerzos para no reírse, pero su pronuncia se ha visto afectada en su última frase. Al otro lado, Martín enmudece.

 

P:    Profe, ¿sigues aquí?

M:  … … … … ¿Cómo va a estar grabándome? ¿Acaso tiene el móvil pinchado?

P:    Pero como se nota que vienes del campo, tío. Hoy en día hay mil aplicaciones que te sirven para hacer todo tipo de cosas, entre ellas, grabar charlas de móvil.

 

Martín ha vuelto a caer en fuera de juego por enésima vez.

 

P:    Tengo que confesarte algo más.

M:  … … … … ¿Qué?

P:    No tenía miedo de estar embarazada cuando vine a verte al despacho del director. Ni siquiera me había hecho el test. Mi última vez fue a principios de julio, así que…

M:  ¿Todo era mentira? ¿Una farsa para grabar nuestra escena en el lavabo?

P:    A – Ah… Ni si quiera eso. Nadie nos grabó ese día. Te lo dije para ponerte nervioso.

M:  … … ¿Esta parte de nuestra conversación también la está grabando?

P:    Sí, pero nadie la escuchará jamás.

 

El meloso tono de Paula choca, frontalmente, con su talante abiertamente malvado y manipulador.

 

M:  ¿Por qué? ¿Por qué hace estas cosas, señorita? ¿Qué saca de ello?

P:    A ti. Quiero tenerte en mis manos. Quiero que seas mi nuevo juguete.

M:  Pero, todas esas mentiras… ¿Por qué me está contando la verdad ahora?

P:    Es tu culpa. Fue muy reveladora para mí tu clase del viernes sobre Kant.

M:  No, no. Esto no es verdad. Vuelve a mentirme como una bellaca.

P:    “El acto moral tiene valor en sí mismo, no en sus consecuencias”.

 

Para su sorpresa, Martín comprueba que sus enseñanzas no caen en saco roto para su alumna. Nunca lo hubiera sospechado.

 

M:  ¿Entonces? ¿Es que va a decir la verdad siempre a partir de ahora?

P:    A ver: soy una mentirosa compulsiva, pero quiero mejorar. Empezaré diciendo medias verdades, de momento. No se puede cambiar de la noche a la mañana.

M:  !¿Medias verdades?! ¿Medias verdades? ¿Medias…?

 

Desbordado, Martín cree vislumbrar otra amenaza velada en la última afirmación de esa vil muchacha.

“Puede que no exista ningún

video comprometedor,

pero, con el chat y la grabación, todavía

me tiene más cogido que antes”

 

M:  Sí. Verdaderamente es usted una mentirosa. No me creo que nos esté grabando.

P:    ¿Quieres que te mande el clip de audio?

M:  ¿El clip?… … No, mejor que no.

 

En el campo tecnológico, Martín sabe que se enfrenta a una lucha desigual, pues esa niña le saca una ventaja insalvable.

 

P:    Dime, Martín: ¿piensas mucho en mí?

M:  ¿Es que quiere grabar mi confesión?

P:    Tienes razón de desconfiar. Soy lo peor, ja, ja, jah. Deberíamos quedar en persona para que compruebes que no intento grabarte.

M:  No, nono, no. ¿Quiere que me trasladen? ¿Cómo a su último juguete?

P:    Miguel no fue mi último juguete; fue el penúltimo.

M:  … … Me da miedo preguntárselo, pero … … ¿Quién fue el último? ¿Eugeni?

P:    A – Ah… … … … Su padre.

M:  !¿Su padre?! !¿El padre de Eugeni?! ¿En serio?

P:    Eugeni solo era una simple herramienta para mí. Nunca me ha gustado.

 

Una mezcla asombro, celos, resentimiento e incredulidad tiñen el manto emocional de un hombre cada vez más vulnerable.

 

M:  Creo que sería mejor que yo no supiera estas cosas.

P:    ¿Mejor para ti o mejor para mí?

M:  Diría que… … se me está acabando la batería.

P:    Sí te has hartado de hablar conmigo puedes decírmelo, ¿eh?

M:  No, no. De verdad. Puede que se corte en cualquier momento.

P:    Entonces quiero que apures hasta el final.

M:  De acuerdo, me parece bien. ¿Sabe? soy un buen fondista, pero hablar con usted me agota mucho más que correr por la montaña. Tengo el corazón…

P:    Pero si no llevamos ni cinco minutos. Espero que tengas más aguante en la cama.

 

Paula no le da tregua. Ha sacudido la entereza de su profesor con cada una de sus incisivas frases hasta que, finalmente, ha tocado hueso con su última chanza. Esa supuesta broma hace hincapié en la mayor debilidad de Martín, pues la precocidad del docente siempre ha sido su mayor vergüenza.

 

P:    ¿Hola? ¿Se ha cortado o es que ya has vuelto a quedarte sin palabras?

M:  No, no. Estoy aquí, no se ha cortado todavía.

P:    Cuéntame cómo tienes e coraz…

 

Esta vez sí son razones técnicas las que silencian esa tendenciosa conversación, pues la batería del móvil de Martín ha terminado por consumirse del todo, apagando el dispositivo.

“¿Que cómo tengo el corazón?

Lo tengo hecho un manojo de nudos.

Así es cómo lo tengo”

 

 

AMOR Y ODIO

mimiii

-lunes 23 octubre-

Míriam es hija única, y huérfana por parte de padre. Posee un carácter especial que no suele caer bien a la gente; aunque la verdad es que no parece importarle demasiado. Tiene cara de niña buena, no obstante, su angelical rostro infantil no se corresponde con la crueldad esporádica que se impregna en algunos de sus repentinos cambios de humor.

Todos quienes la conocen la tratan con el mismo cuidado con el que manejarían una rosa con muchas espinas, pues su hermosura no está reñida con una personalidad punzante que puede resultar de lo más hiriente cuando uno menos se lo espera.

Quienes más la sufren son los compañeros varones de su clase. Ninguno de ellos resulta inmune a su encanto y todos quisieran gozar de su favor; pero, aun así, nadie se salva de los desdeñosos desprecios ocasionales de quien, sin duda, es una de las alumnas más inteligentes del cuarto curso. Soberbia o delicada; fría o cálida… El paradigma de la bipolaridad.

Esa niña es el ojito derecho de su profesor de Ciencias. Manuel no está curtido en lo que a caprichos platónicos se refiere. Desde que se casó con Victoria, hace más de treinta años, nunca se ha asomado más allá de su matrimonio a la hora de fantasear con la carnalidad de personas conocidas de su entorno.

Su mayor cota de infidelidad la ha alcanzado al correrse pensando en famosas, mirando porno o incluso tirando de su inventiva para idear mujeres exóticas de grandes tetas.

Al finalizar la clase, todos los alumnos de cuarto salen del aula, jovialmente, dispuestos a disfrutar de su descanso matutino. Todos menos Míriam. La chica no está conforme con la nota de su último examen, y le discute a Manuel la valoración que el docente le ha concedido a una de sus respuestas.

 

-¿Estás seguro, Totó?-   dice Míriam, de pie junto a su maestro   -Creo que lo argumenté muy bien. ¿Acaso puse algo que no fuera verdad?-

 

La primera vez que esa niña le llamó así, hace años, Manuel se sorprendió, pero no le dio mayor importancia.

Posteriormente, y a raíz de la reiteración de Míriam, empezó a sentirse incómodo, especialmente cuando dicho apodo era audible por el resto de la clase. El profesor le pidió que dejara de llamarle de ese modo, pero ella hizo caso omiso a esa censura y siguió dándole recorrido a su impertinente actitud.

Dos cursos después, ese par de sílabas simétricas se ha convertido en uno de los mejores alicientes que tiene Manuel en su día a día. Tanto es así que, si alguna vez vuelve a casa sin que su alumna preferida se haya dirigido a él por ese nombre, tiene la sensación de que su jornada no ha sido completa.

 

MANUEL:  Si hay alguien que no se pueda quejar de mis puntuaciones, esa eres tú.

MÍRIAM:   ¿Me estás diciendo que tengo más de lo que me merezco?

MANUEL:  No. Te estoy diciendo que nunca tendrás menos nota de la que mereces.

MÍRIAM:   Wenuu… Tenía que intentarlo. No me gusta que Mía me supere en ciencias.

MANUEL:  No te preocupes. Sigues estando en el podio, y tu media es muy, muy buena.

MÍRIAM:   Tú sí que eres muy, muy bueno.

 

La chica le pellizca la mejilla, cariñosamente, en un gesto impropio de una estudiante hacia cualquiera de sus profesores.

Aún sentado en su silla, Manuel queda embobado mientras observa cómo Míriam abandona el aula con pasos saltones.

“Esto se me está yendo de las manos.

Si Victoria supiera lo blandito que me

pongo cuando Mimi se me acerca,

cuando me mira, cuando me sonríe,

cuando me acaricia la calva…

… cuando me pellizca la mejilla…”

Tras recoger su material didáctico, Manuel suspira hondamente y emprende el camino hacia la sala de profesores.

pouu

 

LA PRIMERA DE LA CLASE

clase 3

-martes 24 octubre-

Martín imparte distintas asignaturas de humanidades en las diferentes clases de E.S.O. y bachillerato del Gregorio Marañón. Historia, cultura clásica, latín… Son vastos sus conocimientos, pero siempre ha sido la filosofía su materia predilecta.

Después de casi un mes desde su incorporación, no solo conoce los nombres de más de un centenar de alumnos y alumnas, sino que ya ha calado la personalidad de la mayoría de ellos, así como el mejor modo de tratar y motivar a cada uno.

No obstante, es en este preciso momento, durante una de sus horas lectivas en primero de bachillerato, cuando el profesor hace un curioso descubrimiento acerca de una de sus alumnas:

 

MARTÍN:  ¿Katia? ¿En serio? Pensé que la coincidencia de sus apellidos era casual.

SELENA:    !Noo!. Es mi hermana. De verdad. Ya sé que no nos parecemos, pero es así.

MARTÍN:  No se trata solo de una cuestión física. Sus resultados académicos son tan…

SELENA:    Ni que lo digas. Por eso ella repitió y yo soy la primera de la clase.

 

 

SOLA EN CASA

SONIA s e c

-miércoles 25 octubre-

Mientras aparca cerca de la casa de Carla, Jacinto agradece el no haberse topado con ningún control de alcoholemia, pues hubiera marcado positivo con toda probabilidad.

“Es pronto.

La gente todavía no ha cenando.

Se tiene que ser muy borracho

para andar beodo a estas horas”

Pese a ostentar un cargo relevante en la dirección del Gregorio Marañón, ese tipo está muy lejos de ser un hombre ejemplar. Alcohol, adulterio, juego, drogas… No obstante, Jacinto tiene una envidiable habilidad para lograr que sus vicios secretos no lleguen a interferir con la respetable normalidad de su vida cotidiana.

Una vez que ya está pisando el césped del jardín de la casa de su pareja, se detiene y evalúa la situación. Todavía sin encontrar la lucidez que busca, se mete un chicle de menta en la boca.

“Le prometí a Carla que no volvería

a ir al bar antes de cenar.

Cuando vea que llego tarde,

me preguntará de dónde vengo.

Le diré que estaba con Nacho;

consolándole tras su ruptura.

Voy sereno, voy sereno, voy…”

Su imprecisión a la hora de meter su llave en la cerradura contradice esa reiterada premisa. No es que vaya muy ebrio, pero no hay duda de que podría llegar a delatarse si no tiene cuidado ante la perspicacia de su quejica pareja.

 

-¿Hola?-   dice adentrándose en la vivienda.

-Hola-   escucha desde el lado opuesto al que se dirigía.

 

No esperaba recibir la respuesta de Sonia, aunque no es por eso que la voz de la muchacha le resulta tan inquietante.

“Ella nunca me contesta cuando llego.

Si me ha devuelto el saludo es

porque su madre no está”

Esos dos no suelen coincidir sin que Carla capitanee la escena. En las contadas ocasiones en las que se han encontrado a solas, Sonia nunca ha disimulado su disgusto frente a ese indeseado intruso doméstico. No en vano, no hay peor pesadilla, para una estudiante, que el profesor más odioso del instituto se meta en su casa para suplantar a un padre que, según ella, nunca hubiera tenido que abandonar su hogar.

 

-¿No está tu madre?-   pregunta mientras se asoma por el cuarto de la chica.

 

Sin mediar palabra, Sonia niega con la cabeza. Ni siquiera ha levantado la vista, pues su atención permanece monopolizada por el móvil que sostiene entre sus manos.

Está acomodada sobre su cama, y unos grandes cojines ejercen de soporte lumbar entre ella y la pared. Va descalza y lleva una camiseta de cuello muy holgado que le deja libre un hombro.

 

-¿Qué miras?-   pregunta ofendida ante la persistente presencia de su padrastro.

-Nono. Estaba pensando…-   apartando la vista de las tetas de Sonia   -¿Dónde está?-

-Tenía reunión con el A.M.P.A.. Te lo dijo. ¿No te acuerdas?-   volviendo a ignorarle.

-!Dios! Es verdad-   mientras se palmea la frente   -Se me ha olvidado por completo-

-No tendrías que haber venido. Hay veces que terminan muy tarde-

 

Jacinto hace un esfuerzo titánico para dejar de observar esos preciosos pechos adolescente, y se encamina por el pasillo hasta llegar al salón. No tiene claro su futuro más inmediato.

“¿Me quedo? ¿Me voy?

No me apetece cocinar,

pero puede que Carla ya venga cenada.

Quedamos que hoy no

nos veríamos, pero…”

Antes de que pueda llegar a una conclusión, percibe la presencia de su hijastra tras de sí.

 

SONIA:      ¿Todavía estás aquí?

JACINTO:  ¿Es que quieres echarme?

SONIA:      Esta no es tu casa, no lo olvides.

 

La chica no se detiene. Ha accedido a la nevera y, tras abrir la puerta de la misma, observa su contenido con una curiosidad poco entusiasmada. Mientras suspira, voltea la cabeza para percatarse, de nuevo, de la presencia de su profesor de lengua.

 

SONIA:      ¿Me estás mirando otra vez? Córtate un poco ¿no?

JACINTO:  A ver: estás aquí y yo también.

SONIA:      Sí, por desgracia.

JACINTO:  ¿Quieres que me ponga de cara a la pared para no verte?

SONIA:      Sería una mejora, pero si te vas mejor.

 

Jacinto esgrime una media sonrisa ufana evidenciando que la hostilidad de la niña se torna contraproducente cuando llega a sus oídos. No es que le traiga sin cuidado, al contrario. En su larga lista de vicios, el sadomasoquismo ocupa un buen lugar, y los menosprecios de esa chiquilla impertinente no hacen más que alimentar sus deseos de darle unos buenos azotes en el culo.

 

-¿De qué te ríes?-   pregunta Sonia tras desistir de sus pretensiones alimenticias.

-De ti-   contesta sin reparos   -No puede ser que te caiga tan mal-

 

La chica le mira fijamente al tiempo que rodea su posición para sortearlo y seguir su camino de regreso a la habitación. Esa proximidad repentina evidencia la diferencia de sus respectivas estaturas, y obliga a Sonia a levantar la cabeza de un modo que minimiza su pretendida displicencia.

 

-Al menos no me mires el culo-   susurra con desdén.

-Te lo tienes muy creído, ¿no, niña?-   contesta tras hinchar sus pulmones.

 

Sonia empieza a andar hacia atrás, con sus pasos descalzos, para no darle la espalda a ese depravado de aliento mentolado.

 

SONIA:      Solo me creo lo que tú me dijiste. ¿Te acuerdas?

JACINTO:  Lo que se dice en el “Yo nunca” se queda en el “Yo nunca”. Son tus propias palabras.

SONIA:      Lo que tú digas.

 

La chicha ha elevado el tono de su voz para que, tras voltearse, su interlocutor pueda escucharla desde la otra punta del pasillo. Un sonoro portazo pone fin a tan truculenta conversación.

“Esta niña me va a matar.

Sabe cómo provocarme,

y está tan, tan buena…”

No solo se trata de eso, pues el contexto que rodea a tan tensa relación no está exento de un morbo relevante y multifactorial: el hecho de que Sonia sea menor de edad, de que sea su alumna, de que sea la hija de su pareja, de que conozca la inapropiada atracción sexual que suscita en ese indecente jefe de estudios…

“Muy sincera eres tú cuando hablas,

pero ¿qué hay de tus gestos?”

La chica suele estar callada, delante de él, cuando Carla está presente. Lo hace por respeto hacia su madre, pues su afilada sinceridad podría detonar esa supuesta familia apedazada; pero en sus silenciosas miradas cómplices hierven los secretos.

Jacinto enciende la tele y toma asiento en el sofá sin dejar de pensar en la ruda tensión sexual que percibe entre esa niña y él mismo. Se esmera en recordar las comprometedoras frases que le propinó esa joven, de madrugada, para sonsacarle la verdad en esa peculiar partida de “Yo nunca”:

“Yo nunca le he sido infiel a mi… … a Carla Belmonte.

Nunca he pensado en la hija de mi novia cuando me masturbo”

Así mismo, no puede olvidar las palabras más descaradas que jamás le ha soltado tan atrevida muchacha.

“Mi madre dice que tienes una polla

muy gorda y que follas muy bien”

Jacinto se sofoca. Si esas intimidades fueran desveladas por cualquier otra mujer, de forma tan desinhibida, dicha actitud sería susceptibles de tendenciosas interpretaciones, pero, tratándose de Sonia, es mucho más difícil sacar el agua clara.

“Nunca he pensado que el actual

profesor de literatura es guapo”

“Bebió, vaya si bebió”

El lejano sonido del grifo de la ducha lo devuelve al presente.

“Sonia suele ducharse por la mañana.

Es posible que se le hayan

pegado las sábanas, hoy”

Jacinto se masajea el miembro mientras imagina como sería enjabonarle las tetas a esa niña tan respondona.

“!Dios! Tengo que parar o

terminaré por violar a esa zorrita”

La idea de salpicarle la cara con sus flujos más íntimos empieza a sacarle de quicio. No en vano, lleva muchos meses soñando que se folla a la hijita de su pareja.

La casa es de nueva construcción; amplia, limpia, sobria… El pretérito divorcio de esa mujer le reporto otros beneficios, pero, sin duda, dicho inmueble es el mejor de todos. No está lejos del Gregorio Marañón y el barrio es magnífico. Jacinto se ha planteado el sentar la cabeza e instalarse en esa vivienda definitivamente; convertirla en su hogar.

“Tengo que comportarme como es debido.

Mientras no meta la pata tendré

un domicilio ideal,

una buena cocinera,

una infiltrada en el A.M.P.A.,

una amante madura, aunque entregada…”

Ignorando por completo la estéril programación televisiva, intenta domar unas ideas que transitan por el resbaladizo sendero de un pensamiento mojado por el alcohol. Un pequeño eructo inquieta, sutilmente, su pose meditativa.

A diferencia de Martín, de Manuel o de Andrés, Jacinto no es una persona honorable. Suele moverse por puro egoísmo, acostumbra a mentir y lleva mucho tiempo sin amar a nadie. No obstante, no tiene maldad y no goza de malos sentimientos.

“Me parece que no ha cerrado la puerta.

¿Y si se trata de una provocación?

Bien podría ducharse mañana”

No es la primera vez que esas ideas revolotean por su mente, pues no son pocas las ocasiones en que esa niña se ha paseado delante de él muy ligera de ropa; haciendo gala de una mirada indescifrable que esconde su sentido tras una fría expresión.

“Lo del sábado pasado…

Puede que el alcohol la convirtiera

en un ser más amable, pero…”

Sonia parecía una persona distinta cuando Jacinto fue a recogerla de madrugada. La chica le propuso que se fueran de fiesta juntos, y que él la invitara a copas. Ante la negativa a su petición, terminó consiguiendo que su padrastro se quedara con ella un buen rato y se prestara a jugar al juego de las verdades.

“Me colmó de reproches y subrayó

lo mal que le caigo, pero, aun así,

parecía disfrutar de mi compañía”

Sin trazar ningún plan, ese tipo tan pensativo ha abandonado su cómoda plaza para avanzar, con sigilo, hacia el pasillo.

“Míralo. Ahí lo tienes.

Se está duchando y ni

siquiera ha cerrado la puerta,

solo la ha ajustado”

Empieza a segregarse adrenalina en su cerebro y, consecuentemente, se incrementa su frecuencia cardíaca y se dilatan sus vías respiratorias.

“No, nono. No. Nonononó.

¿Es que no han servido de

nada mis reflexiones?

Carla puede llegar de un momento a otro”

La idea de que esa mujer pueda sorprenderle follándose a su hija consigue pararle los pies, aunque se conoce demasiado bien para ignorar que dicho peligro le resulta muy afrodisíaco.

“Si de verdad me está buscando,

me encontrará, pero no ahora”

Sabe que el alcohol no suele ser un buen consejero, y no olvida que mancillar a una muchacha tan joven podría acarrearle una infinidad de problemas legales, profesionales, conyugales…

Con las manos en la cabeza, hace uso del poco aplomo que le queda para regresar a su asiento. Después de recuperar el mando, sube el volumen de la tele e intenta discriminar sus peligrosas ocurrencias. Cambia de canal, durante unos minutos, en busca de algo que llame su atención, pero acaba rindiéndose.

“Está claro que cuantos más canales

hay peor es la programación”

Su zozobra se engrosa tras la aparición de Sonia en el salón. La niña lleva, tan solo, una diminuta toalla blanca que a duras penas puede cubrir sus gloriosas vergüenzas. Con su pelo rojo empapado tapando parte de su rostro, cruza la estancia para acceder a la terraza, donde hay la ropa tendida, pero sus intentos de abrir la puerta resultan del todo infructíferos.

 

-Joh. Menuda mierda-   protesta disgustada   -Le dijiste a mamá que la arreglarías-

 

Jacinto no ha dejado de seguir la trayectoria de la chica, por el rabillo del ojo, de un extremo al otro del salón. Sus cejas levantadas y su diminuta boquita apretada no le conceden demasiada seriedad.

 

JACINTO:  Se puede abrir si haces mucha fuerza.

SONIA:      Pues yo no puedo. Ábremela, va.

JACINTO:  ¿A caso tengo cara de ser tu esclavo?

SONIA:      Tienes cara de muchas otras cosas, pero…

JACINTO:  Entonces no me hables como si fuera un sirviente.

SONIA:      … … … … Por favooor.

 

Con expresión de perdonavidas, se levanta y se acerca a ella. Sonia se aparta un poco para cederle el paso, pero no demasiado. Impresionada, se percata del enorme bulto que deforma el perfil de los pantalones grises de su padrastro, quien no ha intentado disimular su clamorosa erección en ningún momento.

 

-Pero… … !Tío!… … !¿Qué es lo que te pasa?!-   se exclama ofendida.

-¿Y tú me lo preguntas?-   sacudiéndose la responsabilidad.

-No, si encima será culpa mía-   abrazándose a sí misma con cara de asco.

-No… … claro que no-   responde él mirando a su alrededor   -Es culpa de ellos-

 

Jacinto señala hacia los obesos luchadores de sumo que combaten al otro lado de la pantalla televisiva. Esa ingeniosa chanza no parece hacerle demasiada gracia a la muchacha. Los dos se han olvidado ya de la puerta atrancada que da acceso a la tarraza, y permanecen cautivos de una nueva temática.

 

JACINTO:  No sé de qué te sorprendes. Ya sabías que la tenía muy gorda.

SONIA:      !Eh! Menos lobos, caperucita; que no es para tanto.

JACINTO:  ¿Qué no? ¿Tú me has visto bien? ¿Acaso tu madre no estaba en lo cierto?

 

Ese crápula vanidoso se pone de perfil y, tras tensar la fina tela de sus pantalones con las manos, adelanta su pelvis y articula su poderos miembro viril otorgándole un movimiento sorprendente.

 

-!Vaya! Parece que tiene vida propia-   dice consternada   -Pero las he visto mayores-

 

La chica habla sin demasiada convicción, pues esa prominente protuberancia fálica, realmente, escapa de lo común.

Ultrajado, Jacinto se apresura a desabrocharse la bragueta mientras hace gestos de negación con la cabeza.

 

SONIA:      !Eh, eh, eeeh! ¿Qué haces, tío?

JACINTO:  Tengo que demostrarte que…

SONIA:      No tienes que demostrarme nada, no te lo he pedido.

 

La chica va dando pasitos hacia atrás para salvaguardarse del indecoroso ímpetu de ese hombre abyecto. Es consciente de que su propia actitud carece de inocencia, pero no olvida que la llegada de su madre está al caer y no quiere dar un paso en falso.

El sonido de las llaves en la cerradura de la puerta principal se apresura a darle la razón. Sonia apenas tiene tiempo de escapar de la escena antes de que su madre entre en casa. Sorprendida, Carla se dirige a su amado:

 

CARLA:  Cariño, ¿qué haces aquí? ¿Solo? ¿De pie?

 

Jacinto se apresura a tomar asiento para disimular su erección.

 

JACINTO:  No me acordaba de que hoy tenías lo del A.M.P.A..

CARLA:      ¿Y estas huellas mojadas?

JACINTO:  Tu hija se ha duchado, y ha salido a la terraza, a por la ropa tendida.

 

 

NIÑA TRAVIESA

paula sala

-jueves 26 octubre-

Durante la tercera hora lectiva de la presente jornada, Martín tiene un hueco en su apretada agenda de docente polivalente. Se ha quedado en la sala de profesores corrigiendo exámenes.

Este año ha tenido que bajar mucho su vara de medir respecto al nivel que le ofrecían sus antiguos alumnos del Calderón y Verdera, pero, pese a sentir cierto grado de culpabilidad por ello, no encuentra otra manera de evitar un suspenso masivo.

El acceso al despacho del director cruza por la estancia en la que está trabajando ese aplicado profesor de filosofía. En un momento dado, don Andrés sale de él con cierta premura y se dirige a Martín con semblante angustiado:

 

ANDRÉS:   Tengo que salir, Martín. Han hospitalizado a mi madre.

MARTÍN:  Vaya. Espero que no sea nada. Si necesita… Si necesitas algo, ya sabes.

ANDRÉS:   Te dejo al timón de la nave. Intenta que haya alguien de guardia, ¿vale?

MARTÍN:  Ok. Descuida. Se lo diré a Jacinto durante el recreo.

ANDRÉS:   Va bien. Nos vemos más tarde, o mañana.

MARTÍN:  Adiós. Que haya suerte.

 

Una vez que ya se encuentra a solas, Martín queda pensativo:

“La madre de don Andrés

tiene que ser muy mayor ya”

Para alguien que quedó huérfano, prematuramente, puede resultar extraño que personas de la tercera edad todavía tengan ascendencia en el mundo de los vivos.

No tarda en retomar su tarea de examinador, así como su preocupación por el bajo rendimiento de Hugo. Ese alumno raquítico no da pie con bola en su asignatura.

“En mi primer día de clase prometí

que no dejaría a nadie al margen.

No quiero que este chaval pierda el hilo,

ni de mi asignatura ni de ninguna otra”

“Toc – toc – toc”

Alguien llama a la puerta. Para sorpresa de Martín, se trata de Paula. La chica sonríe y saluda con la mano, acto seguido se encamina hacia el despacho de don Andrés.

 

CONTRAPORTADA 4

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