MI SUEGRO FAVORITO

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DON QUIJOTE DE LA TRANCA

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-miércoles 6 junio-

Al final de una calle de Villaloda, de cuyo nombre no quiero acordarme, se yergue la casa de Julián, un humilde lugareño que está intentando leer a Don Quijote, acomodado en su jardín. Tenía previsto empezar a culturizarse a partir del primer día de su jubilación, pero, una vez que ha entrado en materia, siente que esa obra le viene grande:

¿Será que soy corto? ¿O puede que este clásico esté sobrevalorado?

El sonido percusivo de las páginas de ese tocho, al cerrarse de golpe, ponen el punto y final a tan frustrante intento literario. Tras un hondo suspiro, Julián deja caer dicho tomo sobre el césped que crece a escasos palmos; por debajo del sutil balanceo con el cual le mece su nueva hamaca de tela gris oscuro.

“Tendré que empezar por “Los Tres Cerditos” e ir subiendo el listón a medida que se eduque mi intelecto”

Un sol radiante contraviene su pesimismo mientras le da sentido a la sombra de los algarrobos que le sustentan.

 

-!!Julián!!-   grita su mujer, a lo lejos, mientras abandona su hogar.

-!!Queeee!!-   responde él con la voz perjudicada y sin modular su interrogante.

-!!Me voy al mercado!!-   sacudiendo su mano a modo de despedida en cuanto lo ve.

-!Valeeee!-   ya con menos volumen.

 

Se trata de un tipo de pocas palabras, mecánico de profesión, rudo y sin demasiado sentido del humor. Aun así, es un hombre de familia y su escueta oratoria no esconde un trato generoso y cordial con sus hijos. Marcela siempre quiso una niña, pero sus numerosos intentos no dieron el fruto esperado y, tras el cuarto barón, esa rolliza y servil ama de casa terminó por tirar la toalla.

El sonido del único coche de ese longevo matrimonio se pierde en la lejanía, dando paso al regreso de una calma de lo más placentera, amenizada por el jubiloso canto de los pájaros. A su espalda, la brisa peina, suavemente, las hojas de unos enormes árboles majestuosos, completando, así, un amable manto sonoro que termina de dar relieve a esa paz rural tan reposada.

Desde el infinito azul del cielo, el liviano movimiento de una pluma blanca entra en escena, describiendo una trayectoria caprichosa que termina por posarla en el centro de una pequeña piscina, justo en el corazón de ese particular edén doméstico. Julián arruga su frente, pues hace solo una hora que se ha dedicado a limpiar, meticulosamente, esas aguas cloradas.

Turbo levanta las orejas. Algo ha inquietado su descanso canino. Todavía con el hocico sobre el césped, a pocos metros de su amo, ese viejo labrador empieza a emocionarse y no tarda en levantar la cabeza.

Julián lleva unos segundos intentando adivinar la causa de esa suspicacia perruna. Finalmente, percibe el sonido creciente de una moto todavía invisible. Su experiencia en el mundo del motor le otorga una capacidad asombrosa para identificar todos y cada uno de los modelos que circulan cerca de él.

No puede ser. ¿Esa no es…?”

Unos impetuosos toques de bocina, algo chistosos, terminan de confirmar sus sospechas. Turbo ladra entusiasmado y arranca una carrera condicionado por la poca agilidad que le ofrecen sus castigadas patas traseras. El motor se ha apagado y el agudo chirrido metálico de la puertecilla exterior anuncia la incursión de esa inesperada visita. Unas exclamaciones femeninas, llenas de cariño y de alegría, acompañan a ese fervor animal y verbalizan tan feliz reencuentro.

Cuando Julián ya se halla a mitad de camino, consigue ver, al fin, a su antigua nuera. La perplejidad sigue pintando la cara del viejo a medida que se acerca.

Las efusivas caricias de la chica no hacen más que alimentar la agitación de Turbo hasta que, finalmente, el perro se tumba, bocarriba, con la lengua fuera y la respiración acelerada, para facilitarle el acceso barrigón a su añorada amiga.

 

-Hola… … Julián-   dice sonriente tras levantar la cabeza.

-Hola, Marina… … hola…-   sin mucha idea de cómo dar continuidad a ese saludo.

 

Ella sigue hablando, animosamente, con el chucho durante unos instantes, pero no tarda en atender al hombre de la casa.

 

JULIÁN:     Fidel no está… … ni Marcela.

MARINA:  ¿No está Marecla? Pensaba que la encontraría aquí.

JULIÁN:     No. Se ha ido al mercado. ¿Para qué quieres a mi mujer?

MARINA:  No… … para nada… … no es que la buscara a ella.

JULIÁN:     Pues Fidel…

MARINA:  No, no, no. A él mucho menos. Solo es que…

 

La chica guarda unos segundos de silencio mientras concibe las palabras que está a punto de pronunciar. Con los mofletes hinchados de aire, mira hacia un lado como si esperara encontrar un croquis para construir su próxima frase:

 

-Es que… ¿Sabes? Echaba mucho de menos a Turbo, a Marcela, a ti, a esto…-

 

Marina abre los brazos para abarcar todo ese idílico paraje que les rodea. Julián empieza a comprender el motivo de tan agradable aparición mientras escucha a la chica:

 

-Parece que cuando terminas con tu novio solo terminas con tu novio. Pero NO. Terminas con su familia, con sus amigos… con su perro. He empezado a superar lo de Fidel, pero hoy he soñado que estaba aquí, con vosotros, en una de vuestras típicas barbacoas de domingo, y todo era tan… tan…  Es como… Me he levantado hecha polvo y he pensado: ¿por qué? ¿Por qué tengo que dejar de verles a ellos? ¿Por qué resignarme a no ver nunca más a Turbo?… ¿no?-   negando con los ojos muy abiertos.

-Claro, eso no tiene nada que ver. Eso…-   viéndose interrumpido.

-Ni siquiera estaba él… … O sea… … En el sueño… … En mi sueño no estaba Fidel. Quiero decir: sí; tenía que venir, pero no llegaba. Pasaban las horas y no aparecía. Es… Era como una metáfora de mi vida: nunca estaba cuando lo necesitaba-

 

Julián la observa atentamente mientras asiente, pero su atención no radica tanto en sus palabras como en su graciosa coreografía gestual, su tono de voz; su precioso pelo rubio, sus maquilladas pestañas de vértigo; su imponente busto encorsetado bajo esa fina camiseta blanca, la sobrecogedora brevedad de esos shorts gastados y demasiado rotos…

No entiendo cómo mi hijo se ha dejado perder una chica como esta. Es un diez sobre diez; por fuera y por dentro

Marina no solo goza de una belleza incontestable y de unos notorios atributos de lo más codiciables. Se está sacando una carrera de humanidades y, pese a su irreflexiva retórica acelerada de ahora, es una chica lista, culta y muy capaz.

Debería de escuchar lo que me está contando, no sea que me pregunte algo

 

MARINA:  … y luego me suelta: “Nunca dijimos que sería para siempre”. ¿Tú te crees?

JULIÁN:     Emm… … Sí, la verdad es que…

MARINA:  En fin… … ¿Qué me vas a decir?… … Se trata de tú hijo ¿no?

JULIÁN:     No, no, no. Pero tienes razón. No puedo defenderle. Solo me queda…

MARINA:  Una cosa es que no sea para siempre, y otra muy distinta: que mientras estamos juntos me engañe con otras. Es que no puedo con eso.

 

Después de que esa chica haya interrumpido sus cuatro últimas frases, Julián permanece en silencio instintivamente; sin aspiraciones de completar ninguna otra argumentación. Ella se da cuenta de las consecuencias de sus arrolladores reproches conyugales y sonríe mordiéndose un lateral de su labio inferior.

 

MARINA:  Lo siento. No paro de cortarte. Es que me pongo histérica cuando hablo de tu hijo. Yo no soy así. Tú me conoces.

JULIÁN:    No tanto como quisiera. Quiero decir: me hubiera gustado que fueras la definitiva. Mi hijo nunca encontrará una chica como tú. No te merece.

 

Aliviada, parece que la emoción les da un brillo, todavía más intenso, a sus hermosos ojos azules. Al ver que ese hombre toma partido a su favor, despeja algunas dudas sobre las mentiras maliciosas que Fidel pudiera haberles contado, a sus padres, acerca del motivo de su ruptura. Su exsuegro se altera:

 

-Soy un verdadero desastre. Para una vez que tengo una invitada decente…-

 

Julián extiende su mano y, en un gesto poco meditado, la invita a pasar como si estuviera en el portal de su casa. La chica levanta sus cejas, con una expresión divertida, y sigue adentrándose por ese cuidado jardín rodeado de abetos.

Turbo ha estado mirándoles todo el tiempo, atento, como si comprendiera la conversación. Se limita a esgrimir un discreto llanto mientras ve cómo se alejan.

 

JULIÁN:     Marcela me ha preparado un jarrón de limonada, hace un rato.

MARINA:  Mmmmh… … ¿Estará fresca todavía?

JULIÁN:     Sí, sí… Tiene algunos cubitos menguados aún.

MARÍNA:  Con este calor… No veas. Apetece mucho.

JULIÁN:     Seguro que no has vuelto a tomar ninguna desde la última vez que viniste.

MARÍNA:  Nop.

 

Tras esa escueta respuesta, toma la delantera andando por delante de tan amable anfitrión. Julián aprovecha que ha salido del prisma de su invitada para repasar su espléndida figura libremente. Muy de cerca, sufre de cierta ansiedad al comprobar cómo esas jovencísimas nalgas intentan asomarse, a cada paso, desafiando a la tela tejana que intenta defender su decoro.

Marina no ha planificado esa maniobra, ni siquiera recordaba que hoy vestía más provocativa que de costumbre; pero, a medida que se aproxima a la mesita que sustenta el jarrón, puede sentir la mirada del viejo en su culo. La siente tan intensa que empieza a olvidar cómo se camina con normalidad.

 

-!Anda! ¿Estás leyendo El Quijote?-   con alegre interés, mientras toma asiento.

-He terminado el capítulo uno, pero en el segundo ya me he rendido-   avergonzado.

-No tiene por qué gustarle a todo el mundo-   mientras lo alcanza y hojea sus páginas.

-He pasado casi toda mi vida trabajando en distintos empleos a la vez, y ahora que estoy jubilado me había propuesto recuperar el tiempo perdido en el campo de la cultura. Dejar de ser tan paleto… … Pero me temo que he apuntado demasiado alto. O puede que sea un zoquete-

-Te entiendo… … Podrías empezar leyendo mi libro. Significaría mucho para mí-

-Tú… … ¿Tú has escrito un libro a tu edad?-

-¿Te parece extraño?… … Lope de Vega se estrenó a los doce años, y Anna Frank…-

-¿Pero está publicado? ¿En las tiendas?-

-Mmmmm… … No. Todavía no-

 

Marina se avergüenza por haber tirado las campanas al vuelo y haberse comparado con esas figuras sin matizar que ella no goza, por el momento, del más mínimo reconocimiento literario.

 

JULIÁN:    Seguro que es una gran historia.

MARINA:  En realidad es un ensayo.

JULIÁN:    Ah. Bueno. Pues cuando sea el definitivo será genial.

MARINA:  No, no, no… … A ver:

 

La chica se calla un momento, un poco abochornada, e intenta medir sus palabras para no degradar a su interlocutor después de que este le haya hablado del varapalo que se ha llevado con la obra de Cervantes. Sin poderlo suavizar demasiado, prosigue:

 

-Un ensayo literario no es algo cómo… … ensayar una obra de teatro. No es una preparación ni un entrenamiento. Es un género, distinto a la narrativa, que analiza e interpreta un tema. No explica una historia con personajes… … inventados o no-

-… … … Qué vergüenza. Esas son la clase de cosas que alguien culto debería saber-

-No te avergüences, Julián. Eres un gran hombre, aunque no seas culto. Eres una de las personas más generosas que conozco. Lo has dado todo por tu familia durante toda tu vida. Tu mujer sigue amándote como el primer día y tus cuatro hijos te quieren con locura. No solo te quieren, sino que te respetan; y créeme si te digo que hay muy pocas cosas que Fidel sea capaz de respetar-

-Menudo elemento para poner el colofón a esta familia. Ese chaval es un crápula-

-Sí alguna cosa puedes reprocharte, es haberles dado demasiado a tus hijos-

-Me han salido triunfadores; no se puede negar, pero preferiría que fueran mejores personas; aunque tuvieran menos ingresos, menos intelecto, menos cultura…-

-¿Lo ves?… … Creo que entre los cuatro no suman tu calidad humana-

-Bueno… … Marina… … eso puede que sea demasiado…-

-Fidel es un cabronazo y lo sabes; y me ha contado cosas de sus hermanos que…-

-No quisiera quitarte la razón… … pero… … estás hablando de mi familia-

-Losientolosientolosiento… … pero es que me indigna que te avergüences, ante una niñata como yo, solo porque no eres un tipo leído. Eres tan… tan… tan…-

 

Marina no encuentra las palabras adecuadas, pues su sincera admiración podría desembocar en algún equívoco indeseado, pues su manifiesto atractivo la condena a sufrir continuas salidas de tono por parte del género masculino que la rodea en su día a día. Finalmente, encuentra la frase perfecta:

 

MARINA:  Ya quisiera yo tener un padre como tú.

JULIÁN:     Ui. Espero que tu verdadero padre no escuche nunca esto.

MARINA:  No tengo un padre verdadero. Solo otro… … ¿cómo le has llamado a Fidel?

JULIÁN:     … … … emmmm… … ¿Crápula?

MARINA:  !Eso!… … No: si al final encuentras mejores palabras que yo, don Zoquete.

JULIÁN:     ¿Tu padre es un crápula? Nunca nos has hablado de él.

MARINA:  No hablo de él porque para mí no existe. Solo aparece de cuando en cuando para intentar sacarle algo a mi madre… … Yo no quiero ni verle.

 

Julián se acerca y toma asiento muy cerca de ella. Quisiera cogerle de la mano, pero su arisca inseguridad se lo impide.

Turbo también se ha acercado y descansa su cabeza encima de uno de los muslos de la muchacha.

 

-Creo que se ha dado cuenta de tu tristeza-   susurra Julián.

-No es tristeza. Es indiferencia-   con un tono que desmiente su frase.

-Entonces, piensa que a mí no me has perdido, aunque hayas cortado con mi hijo-

 

El bello rostro de Marina se ilumina de nuevo mediante una sugestiva sonrisa repleta de esperanza.

 

MARINA:  ¿Así, puedo seguir viniendo algunas veces?

JULIÁN:     Claro que sí. Siempre que quieras.

MARINA:  Que pena que no esté Marcela, también tenía ganas de verla a ella.

JULIÁN:     Podrías… … No sé ¿eh? … … Podrías quedarte un rato hasta que venga.

MARINA:  Ah… … no quisiera importunarte.

JULIÁN:     Hablas como si tuviera muchas cosas por hacer.

MARINA:  Ya, pero… … Si lo llego a saber me traigo el bañador.

JULIÁN:     ¿Si llegas a saber qué? ¿Qué vendrías?

MARINA:  Sí. Bueno. Es que ha sido un arrebato. No lo he planificado y tampoco pensaba en venir aquí como si esta fuera mi casa. No esperaba sentirme tan cómoda, ni en la posibilidad de quedarme mucho rato a esperar a Marcela. Con lo bien que me sentaría un bañito con este calor…

JULIÁN:    Creo que Kiara se dejó un bikini rosa y naranja ayer. Me suena de haberlo visto tendido, junto con mi ropa interior. Mira tú misma por ahí detrás.

 

La chica se levanta y se dirige, con premura, hacia la ubicación señalada. Una vez allá, intenta distinguir la prenda en cuestión.

Julián echa otro trago de limonada y reclina su silla, en equilibrio, sobre sus patas traseras. Evalúa la situación:

Ha sido idea suya. Es ella quien ha dicho que quiere pegarse un baño. No es mi culpa. Yo solo le he ofrecido una solución

Intenta sacudirse la culpabilidad, pero lo cierto es que ha deseado que Marina se quitara la camiseta desde el mismo momento en que ha pisado su jardín.

 

-Kiara es la mujer de Félix ¿no?-   grita ella desde lejos.

-Sí. Es el mayor. Han tenido otro bebé-   sin tenerla todavía en su campo visual.

 

Marina aparece desde atrás, vistiendo ya ese colorido bikini de texturas anaranjadas. Se la ve un poco cortada mientras todavía sostiene su ropa y sus deportivas blancas. Julián intenta domar su propia mirada para no intimidar a la chica en la transición a este nuevo contexto indumentario.

 

MARINA:  ¿No tendrá, Marcela, algo que sea más de mi talla?

JULIÁN:     ¿Tú has visto a mi mujer? Hace dos como tú y solo usa trajes de baño enteros.

MARINA:  Ya, pero es que Kiara está plana y yo…

JULIÁN:     No lo sé, chica… … ¿Qué quieres que te diga?… … No haberte operado.

MARINA:  ~Aaaaahp~ … … !No estoy operadaaah!

JULIÁN:     ¿No? … … Mi hijo me dijo que… … puede que lo entendiera mal… … o que me tomara el pelo… … pero, viéndote, yo pensé que…

MARINA:  Me operé de la rodilla, cuando era niña, por una lesión de patinaje; y ya está.

JULIÁN:     ¿Y yo que sé? Puede que pillara la conversación a medias y supusiera que…

MARINA:  !Claro! Cómo tengo las tetas gordas pensaste que me había metido silicona.

 

El tono de la chica, superada la sorpresa inicial, está mutando hacia su forma más hostil.

 

MARINA:  ¿Te acuerdas que te he dicho antes que me sentía tan cómoda? !Pues ya no!

 

A modo de defensa, Julián queda mudo para no estropearlo todavía más. Su mirada ha huido lejos de ahí, hacia los árboles que hay al otro lado de la calle. Algo extrañada, la chica le hace una pregunta a modo de reproche:

 

-¿Es que no vas a decir nada?-   dejando por fin la ropa en el suelo.

-… … Lo siento… … No era mi intención ofenderte-   con un tono retraído.

 

Todavía sentado, el viejo se sorprende al sentir cómo unas manos reconciliadoras se posan sobre sus hombros, desde atrás. Ese sutil gesto derrota su pretendida ausencia presencial augurando unas inminentes palabras mucho más amables:

 

MARINA:  No. Perdóname tú… … Sé que no tienes ninguna mala intención.

JULIÁN:     Todavía no sé porque te enfadas. No he dicho nada negativo; al contrario.

MARINA:  ¿Tengo que tomarme como un alago el que creas que estoy operada?

JULIÁN:     Pues sí… En fin… … ¿Cómo imaginar que algo tan perfecto pueda ser natural?

 

Sin dejar de hablar, la chica se encamina hacia la piscina, muy cerca de la ubicación de su oyente. Sus pasos vuelven a ser más seguros y desinhibidos fruto de la deriva de esa conversación. Julián se permite mirarla furtivamente, de reojo.

 

-¿Perfecto? Ni te imaginas los inconvenientes que me tren mis tetas “perfectas”-

-Puede que, si no fuera por ellas, no hubieras llamado la atención de mi hijo-

-Eso que dices es muy superficial-   algo indignada de nuevo, entrando en el agua.

-Mi hijo es superficial. Le he visto con mil chicas y todas eran guapísimas-

-¿Y listas?-   ya completamente sumergida e impulsándose suavemente.

-No. La mayoría eran unas petardas presumidas e ignorantes-

-¿No quieres bañarte?-   cambiando de tema abruptamente.

-No. Estoy bien aquí, en la sombra-

 

Julián lleva unos pantalones cortos y oscuros junto con una veraniega camisa celeste, parcialmente desabrochada. Va descalzo y, una vez convertido en pensionista, ha decidido no llevar reloj nunca más. Su cuerpo no tiene rasgos llamativos: una estatura media, una complexión normal con algunos kilos de más, una vertical algo mermada por el paso de los años… Unas pocas canas, cobijando sus orejas, son el único resquicio velludo que escapa de su calvicie generalizada. Es una de esas personas corrientes en las que nadie se fija cuando va por la calle.

Marina es todo lo opuesto a él: tan joven y atractiva, siempre focaliza el interés a varios metros a la redonda. Sin embargo, su carácter le exige hacerse valorar a un nivel más intelectual.

Mientras nada livianamente, la conversación sigue fluyendo; enfrentando modos muy distintos de ver el mundo. Se nota que pertenecen a generaciones muy distintas:

 

MARINA:  No lo hago para que me miren. Solo busco gustarme a mí misma.

JULIÁN:     ¿Acaso te ves a ti misma cuando vas por el mundo?

MARINA:  Existen los espejos. Además, yo tengo consciencia de cómo me veo.

JULIÁN:     Pero luego te quejas si los hombres te miran.

MARINA:  Estoy en mi derecho.

JULIÁN:     Y los hombres están en su derecho de mirarte.

MARINA:  Siempre y cuando lo hagan con respeto.

JULIÁN:     Seguro que tu… ¿cómo es? Tu ensayo habla de lo malos que son los hombres.

MARINA:  No. Habla del bien y del mal. De cómo cambian los valores dependiendo del sitio o del momento. Claro que trato la igualdad de género, de refilón, pero no se parece en nada a lo que estamos hablando.

JULIÁN:     ¿Podrías ponerme algún ejemplo?

 

La chica recibe, gratamente, el interés de ese hombre por su trabajo. Julián le ha prestado más atención a su obra, en un par de frases, que la que recibió por parte de Fidel en los últimos seis meses. Contenta de encontrar, por fin, a alguien que la escuche, empieza su argumentación con cuidado de resultar aburrida:

 

-La homosexualidad está aceptada, hoy en día, como una opción legítima; pero años atrás era vergonzoso e ilegal, y, si viajamos a siglos pasados, era tachada incluso de malvada y demoníaca; hasta se designó a un demonio como patrón de los gays-

-Bueno, eso… … Mucha gente no los tolera a día de hoy-

-Siempre hay alguna anomalía retrógrada. Lo que intento explicar es que la realidad es un delirio colectivo, una construcción social-

-No. Eso es… La realidad es real. No se la inventan las personas-

-¿Es real la injusticia de la esclavitud? Es tan injusta ahora como lo era hace un par de siglos; pero, por aquel entonces, ningún blanco la admitía como tal. El movimiento antiesclavista empezó a finales del siglo XVIII-

-Bueno… ¿Y que quieres decir con eso?-

-Lo que hoy pensamos que es justo, en un par de siglos podría parecernos aberrante-

-No lo creo. Bueno… … ha pasado desde siempre, así que… … podría ser-

 

La elocuencia de la chica empieza a sembrar dudas en la conservadora opinión de Julián, quien, con el ceño fruncido, reflexiona sobre el asunto.

Marina sale del agua mientras sigue, relajadamente, con su alegato. En un momento dado, levanta los brazos para exprimir su melena empapada a un lado de la cabeza. Sus gestos cotidianos han olvidado la fragilidad de su recato mamario y, finalmente, el pequeño bikini de Kiara se ve sobrepasado por el mayúsculo tamaño de las tetas de su actual usuaria.

Con los ojos como platos, Julián alterna su agitado enfoque entre ese pezón fugitivo, que se escapa por el lateral, y la mirada distraída de la chica, quien no se ha percatado de su indiscreción y sigue hablando sin observar a su sofocado espectador:

 

MARINA:  En el mil doscientos dieciocho puede que los cerdos sean el mejor amigo del hombre y que nos comamos a los perros. ¿Te imaginas Turbo?

 

El perro, tirado sobre el césped, solo se ha sentido aludido al escuchar su nombre, pero su cómica reacción parece responder a una total comprensión de ese hipotético escenario futurista.

Marina, muy cerca de ellos, usa uno de sus pies para peinar la roca lisa que rodea la piscina. Tras evaluar su tacto, opina que es un buen sitio para tumbarse a tomar el sol y secarse. Sonriendo por la agudeza que acaba de tener, se apodera del cojín de una de las sillas para usarla de almohada.

Los urgentes pensamientos de su exsuegro siguen tropezando entre sí, bloqueando las palabras que debería decir:

Es demasiado tarde. !Oh, Dios! Si se lo digo ahora sabrá que le he estado mirando las tetas impunemente y en silencio. Cuando haga un movimiento brusco se lo digo. Parecerá que acaba de ocurrir

El caso es que los gestos que han llevado a Marina a su actual postura horizontal han propiciado que su segundo pezón, celoso del primero, empiece a asomarse reclamando su cuota de protagonismo. Bocarriba y ajena a esa lucha, la chica sigue recitando, pausadamente, sus locuaces ocurrencias:

 

-Puede que, para aquel entonces, la gente que asesine un animal para comérselo vaya a prisión. Los habitantes del futuro dirán: “Que bárbaros los milenials; eran capaces de exterminar a millones de animales para saciar su primitivo apetito carnívoro… … Eso estaría bien-

 

Marina pronuncia su última frase con un ligero suspiro. Tiene los ojos cerrados y está cada vez más relajada. Muy cerca de ella, en cambio, Julián está como una moto e incluso su apático miembro viril empieza a desperezarse.

Ni siquiera recuerdo la última vez que se me puso dura

La pose de su invitada, tan estilosa y femenina, parece esperar un flas que la inmortalice. Nada tiene que ver con el modo en que se espatarra su mujer, cuando toma el sol.

Los latidos del viejo, si bien no son demasiado acelerados, golpean con fuerza, bombeando inquietud por todo su cuerpo.

Una tras otra, las pausas de Marina se han vuelto más largas hasta terminar desembocando en un pacífico silencio soñoliento. Sin que sus párpados se inquieten, repasa los límites de la parte de arriba de su bikini a modo de precaución. No tarda en palpar a su pezón más liberado. Avergonzada, consigue aparentar serenidad y, sin siquiera mover su cabeza ni abrir sus ojos, restaura su indumentaria con movimientos tranquilos.

De pronto se siente muy desnuda. Estaba tan cómoda hablando de la ideología de su trabajo, con Julián, que ha llegado a olvidar que él también es un hombre. Se trata de alguien muy mayor y con un rol muy definido dentro de su vida, pero, a fin de cuentas, sigue siendo un hombre; alguien que le ha dicho que tiene unas tetas perfectas y que se ha dedicado a mirarla, viciosamente, sin decir nada, tras su desafortunado descuido.

 

-¿Por qué no me lo has dicho?-   pregunta ella con absoluta quietud y sosiego.

-… … ¿Qué? … … ¿El qué?-   con repentino nerviosismo.

-Tenía la teta fuera y, en lugar de avisarme, te has callado como un puta-

-N.No no me he dado cuenta. ¿De verdad?-   sin encontrar la credibilidad que busca.

-Ya me parecía que llevabas mucho rato sin abrir la boca… … Que mal-   decepcionada.

-No. Es que no te estaba mirando. Estaba… … estaba distraído-   respirando hondo.

-… … … Qué mentiroso-   susurra de forma enigmática.

 

Como suele hacer, Marina intenta huir de su incomodidad hablando, como si el silencio fuera el único escenario en el que puede actuar su vergüenza.

 

MARINA:  Esta es otra: la realidad del pezón. Para mí es una de las mayores paradojas.

JULIÁN:     ¿A qué te refieres?

MARINA:  Una mujer puede llevar un escote hasta el ombligo y no pasa nada, eso sí: si se le ve un pezón saltan todas las alarmas. Por no hablar de la censura…

JULIÁN:     Eso es porque… … los pezones son lo mejor. La guindilla del pastel.

MARINA:  Otra construcción social. ¿Ves? Las tribus no se alteran con los pezones. De hecho, vosotros también podéis verlos en la playa, con normalidad, pero si lo veis lejos de la arena os revolucionáis como una mala cosa.

 

Julián debería contestar a eso, para ayudar a aligerar la situación, pero no se le ocurre ninguna réplica. No se estresa demasiado porque está convencido de que su visitante no tardará en romper el silencio, de nuevo, con una de sus ocurrentes opiniones. En contra de lo que cabía esperar, tan previsibles palabras se hacen de rogar más de la cuenta.

Marina empieza a sentirse a gusto en ese escenario. Todavía con los ojos cerrados, sigue sintiendo la mirada de su anfitrión acariciando su piel con suavidad, pero eso ya no le incomoda. Acostumbrada a la agresividad testosterónica que la rodea en su vida universitaria de Fuerte Castillo, especialmente en sus salidas nocturnas, las atenciones de Julián le parecen amables y consideradas. No en vano, tiene buenos sentimientos hacia ese hombre y se sabe correspondida. No ha dejado de notar su admiración y su respeto desde que se ha presentado en su casa.

 

-¿Te gusto, Julián?-   pregunta, inesperadamente, sin mover un solo pelo de su cuerpo.

-… … ¿A qué viene…? ¿A qué viene eso?-   un tanto descolocado.

-Puedes decirlo. No pasa nada. Sé que nunca intentarías ponerme un dedo encima-

-Ya, pero… … de todos modos…-   sin saber que más decir.

-Me parece bien… … Por eso estoy dejando que me mires-   cono tono amable.

-¿Cómo lo sabes? Cómo sabes que te estoy mirando?-

-Puedo sentirlo. Lo he notado desde que me has saludado-   con confianza.

-Eres una chica preciosa, Marina, pero yo nunca, jamás de los jamases…-

-Ya lo sé, tonto. No te pregunto eso. Está claro que no pasará nada entre nosotros-

-¿Entonces?-   con cierto desespero.

-Eres mi espejito mágico. ¿Te crees que la reina quería acostarse con su espejo?-

 

Julián vuelve a abstraerse con esa analogía. Las ideas de la chica no dejan de sorprenderle. Pronto recibe un nuevo interrogante:

 

-Espejito, espejito… … ¿Soy más guapa que la nueva novia de Fidel?-

 

Marina ha dado una cómica musicalidad a su frase para quitarle hierro al asunto, pero, aun así, espera una respuesta.

 

JULIÁN:     Eres más guapa que ella y que cualquier novia que haya tenido ese insensato.

MARINA:  ¿Y qué me dices de Kiara? ¿Y de tus otras nueras?

JULIÁN:     ¿Que puedo decirte que ya no sepas? Tú siempre serás mi nuera preferida.

MARINA:  OooOh… … Gracias. Tú también eres mi suegro preferido.

 

La chica abre los ojos y se incorpora, al fin, para dar más sentido a ese extraño peloteo intergeneracional. En una pose de lo más cuca, inclina la cabeza sobre su hombro ascendido y esgrime una luminosa risita emocionada.

Julián está confuso. Su áspera personalidad nunca le ha permitido ser demasiado cariñoso ni con su propia familia, pero esa perspicaz muchacha ha encontrado el modo de sonsacarle los apelativos más afectuosos.

 

-Sí que tarda Marcela ¿no?-   volteando la cabeza hacia la calle.

-Cuando has llegado tú se acababa de marchar-   encogiéndose de hombros.

-Buenoooh… Entonces puede que todavía tarde un rato-

-Puede. Sobre todo, si se encuentra alguna amiga. Ya sabes que es muy sociable-

-No como tú-

 

Marina le guiña un ojo, pícaramente, en un gesto sonriente que destartala la poca frialdad que le quedaba a ese mecánico recién jubilado.

 

MARINA:  Si me encuentra aquí, contigo, con un bikini tan pequeño, igual se mosquea.

JULIÁN:     Marcela te quiere mucho. Sabe que eres una buena chica.

MARINA:  ¿También soy su nuera preferida?

JULIÁN:     Apuesto a que sí.

MARÍNA:  Quizás dejaría de serlo si supiera que me has estado mirando las tetas.

JULIÁN:     No. Eso no… No creo que…

MARINA:  Tranquilo. No te sulfures. No se lo voy a contar.

JULIÁN:     … … Vale. Grácias.

 

Esa juguetona universitaria de segundo año no se cansa de hacer girar a su particular peonza viejuna. Lo maneja, a su antojo, caprichosamente, ablandando su duro carácter hasta sentir que se deshace en sus manos. A cada frase, a cada gesto… lo siente más y más suyo.

Ha pasado dos meses horribles por la traumática ruptura con Fidel; la semana pasada, se peleó con su mejor amiga y desde entonces que no se hablan; ayer conoció el suspenso de uno de los exámenes más importantes del curso, para el que había estudiado como una loca; y para colmo: hoy se le ha caído el móvil, mientras iba en moto, y ni siquiera se ha dado cuenta.

Cuando se ha despertado, esta mañana, tras el sueño de la barbacoa familiar en Villaloda, la nostalgia ha terminado de quebrar su agrietada entereza y ha acabado por romper su llanto, desconsoladamente. Quizás sea por eso que, sin previa planificación, ha optado por escapar de la cruel capital y por refugiarse en el que, hasta hace unas pocas semanas, era su segundo hogar.

 

MARINA:  En realidad, me siento un poco frustrada.

JULIÁN:     ¿Y eso por qué?

MARINA:  Es qué… … no sé. Me da vergüenza decirlo ahora.

JULIÁN:     Venga. ¿Vas a venirme con esas? ¿Después de que te haya visto las…?

MARINA:  De eso se trata. Estaba tumbada, bocarriba… … no es una buena postura.

JULIÁN:     ¿Una buena postura para qué?

MARINA:  … … … Para lucir las tetas. Si de verdad fueran de silicona…

JULIÁN:     ¿Qué pasaría? ¿Qué tiene que ver eso?

MARINA:  Si estuviera operada se hubieran mantenido firmes y en su sitio; más bonitas.

JULIÁN:     Qué tonta. Tienes que pensar qué… … las únicas ubres que veo son las de…

MARINA:  !Alaaaah! ¿Cómo puedes hablar así de tu mujer? Marcela no es una vaca.

JULIÁN:     Claro que no. Ya sabes a lo que me refiero. Nadie la respeta más que yo.

MARINA:  Si tanto la respetas, deberías decirle la verdad sobre lo de antes.

JULIÁN:     ¿Qué verdad? ¿A qué te refieres?

MARINA:  Sobre… … ya sabes. Tus miradas indiscretas.

JULIÁN:     Creo que eso no va a ser necesario.

MARINA:  Seguro que ella también mira a los chicos. ¿A que sí?

 

Sentado aún sobre esa vetusta silla de madera, el viejo cambia su postura. Niega con la cabeza y destierra a su mirada lejos de ahí. Tras una breve pausa contemplativa, Marina contrataca:

 

-Si no se lo vas a contar…-   susurra misteriosamente   -quiero que me las veas otra vez-

-… … … Eso no… … ¿Por qué querrías enseñarme tus…? ¿Es otro de tus jueguecitos?-

-¿De que juegos hablas? ¿Te parece que estoy jugando contigo?-   ultrajada.

-La verdad es que… … no sé. No tengo idea de lo que estás haciendo-   perplejo.

 

Julián cobija cierto resentimiento contra la inopia que le secuestra. Si esa chica fuera un motor, sabría entenderla e interpretar sus síntomas como el espléndido técnico que es; pero tratándose del género femenino… Nunca se le han dado bien las mujeres: sus indirectas, su lenguaje corporal, sus insinuaciones…

Por su lado, Marina disfruta observando el desconcierto enfadado de ese hombre maduro que sigue intentando eludirla con la mirada. La chica continúa escudando su decencia tras la certeza de que su recreo no alberga peligro alguno; de que Julián es un ser inofensivo que no osará tomar la más mínima iniciativa carnal con ella; de que su arcaica fidelidad, para con su mujer, sigue insobornable después de tantos años.

 

MARINA:  Solo te las quería enseñar, en esta pose, para que me veas más favorecida, pero si no quieres, no voy a insistir… … Tú te lo pierdes.

JULIÁN:     ¿Qué yo me lo pierdo? ¿Qué yo me lo pierdo?… … Y ¿por qué quieres tú que yo te vea favorecida? ¿Es que acaso pretendes seducirme?

MARINA:  ¿Qué tontería es esta? ¿Para que querría yo seducir a un viejo? Solo quiero despertar tu admiración. Creo que no me equivoco si digo que vas a pensar en mis pechos; que te vas a acordar de ellos, mucho o poco. Me sabe mal que los recuerdes desparramados por una postura poco estética y descolocados por un bikini demasiado pequeño. Solo es eso… Cuando Fidel te venga con una nueva novia, más buenorra que las anteriores, no quiero que tengas dudas acerca de quién es la más guapa.

 

Julián puede asimilar la coherencia del relato de su joven invitada y, aunque no le da plena credibilidad, decide adoptar su certeza para poder discriminar su propia culpa a la hora de vislumbrar el deseado panorama que tan amablemente se le está ofreciendo:

 

JULIÁN:     Entonces… … ¿Me las quieres enseñar?

MARINA:  No… … Ya no… … No quiero… … Por ponerte farruco.

 

Una bocanada de ansiedad llena los pulmones del abuelo, incapaz de resignarse, ahora, frente a tan inoportuno castigo:

 

JULIÁN:     Perdóname, Marina. No te había entendido. Si no me lo cuentas… Es como si yo te digo que quiero enseñarte mi pene. ¿Cómo te lo tomarías tú?

MARINA:  No, no, no, no. No es lo mismo. No se trata de mis genitales.

JULIÁN:     Genitales o no, ¿qué más da? ¿Son más censurable por su función biológica? ¿No es esta una de tus famosas construcciones sociales? ¿Cómo la del pezón?

 

Marina abre los ojos sorprendida. No esperaba un revés argumentativo tan lúcido. Julián acaba de usar la doctrina de su propio libro para desmontar ese discutible argumento de pudor.

 

JULIÁN:     Si te parece ridículo censurar un pezón… ¿Una paradoja ridícula has dicho?

MARINA:  No sé si he dicho… … ridícula… … ¿Lo he dicho?

 

A esa titiritera no le gusta la pose triunfal que acaba de adoptar su juguete articulado. Pese a su certero razonamiento, no está dispuesta a concederle ninguna legitimidad para gobernar esa curiosa escena primaveral. Tras atrincherarse en un enfado fingido, adopta un discurso más infantil:

 

MARINA:  Pues no te las enseño porque no me da la gana.

 

La chica cruza los brazos y gira la cabeza con sus labios sellados. Está de rodillas sobre el césped más cercano a la piscina; con las piernas juntas y sentada sobre sus propios pies estirados. Un escaso metro y medio les separa cuando una sutil brisa peina ese silencio airado.

Julián ha vuelto a quedar patidifuso:

¿Este enfado va en serio? ¿Se trata de otra frivolidad bromista? ¿Un movimiento más en un juego que no estamos jugando?

Tras haber considerado la posibilidad de contemplar, legítimamente, las tetas de Marina, la efervescente lascivia de ese jubilado tensa su conformismo hasta el punto de ruptura; y es que: escondida bajo una corrección verbal infranqueable, se esconde una devoción que ansía tomar la palabra:

 

JULIÁN:     ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer para que me perdones?

MARINA:  ¿Y para qué quieres que te perdone?

JULIÁN:     Tú tenías razón. Aunque no quiera, voy a pensar mucho en tus pechos.

 

Incapaz de mantener su rictus enfurruñado, la chica vuelve a mirarle con una expresión mucho más amable y sonriente:

 

-Le voy a contar a Marcela lo que me acabas de decir, ahora, cuando llegue-

-¿Qué es lo que quieres de mí?-   desesperándose por momentos.

-Quiero que me lo pidas de rodillas-   con un tono repentinamente altivo.

 

A Julián no le hace falta ser un experto en guerras psicológicas para comprender que: si cede ahora; si hace esta concesión en detrimento de su dignidad; si emprende el infame camino de la humillación… no solo dañará su orgullo, sino que desnudará su febril deseo por una niña que bien podría ser su nieta.

Mientras el viejo se lo piensa, Marina abanica miradas sugerentes con sus vertiginosas pestañas oscuras y juega con los cordones de la parte de arriba de su bikini. A estas alturas, el nudo que se ataba a su espalda ya se ha desvanecido, y la jerarquía vestuaria de esa pequeña prenda naranja se ve ninguneada por el exultante tamaño de tan inabarcables redondeces mamarias.

Fruto de femeninos gestos, cada vez más negligentes, unas discretas areolas empiezan a distinguirse; anunciándose como teloneras de unos pezones cada vez más intrépidos.

No voy a hacer esto. No me pondré de rodillas. No lo voy a hacer. Nunca. Esto no…

La voluntad de Julián resulta estéril frente a la agresiva tiranía de sus bajas pasiones. No tarda en caer de rodillas frente a la demanda de Marina. Algo desquiciado, apoya las manos en el césped y sigue observándola sin bajar la mirada.

 

-¿Qué?-   pregunta ella como si no supiera de que va el asunto.

-Te lo pido… … de rodillas… … por favor-   con aires de derrota.

-¿Qué es lo que me pides? Ya no me acuerdo de lo que estábamos hablando-

-Enséñamelas… … Enséñame las tetas… … te lo ruego-   fuera de su serio personaje.

 

Marina sonríe complacida. Disfruta doblegando la rectitud de un hombre tan honrado y familiar. Se sabe atrevida, pero no engendra remordimientos porque no tiene la más mínima intención de llegar más lejos; de romper la armonía sagrada de un matrimonio tan perenne; de traicionar el cariño de Marcela… Llega a plantearse la posibilidad de dar la espalda a las súplicas de Julián, pero no encuentra el coraje para ser tan despiadada.

Tras inclinar la cabeza, con los ojos cerrados, le basta con un tenue tirón para desatar el lazo que permanecía en su nuca, oculto bajo unos preciosos cabellos rubios, oscurecidos todavía por la humedad. Fruto de tan liviano gesto, ese pequeño atuendo, ya desautorizado, se desmaya sobre los muslos de la chica, quedando en el olvido.

Por contra, los desinhibidos cántaros de Marina se hacen con todo el protagonismo mientras lucen bajo la luz radiante de un sol entusiasmado, desnudo de nubes.

Los ojos de Julián olvidan que existe un mundo más allá de tan sobrecogedoras glándulas mamarias. El tiempo se ha detenido en su mente y su deslumbrado pensamiento es incapaz de dar sentido a un rostro completamente desgobernado. Por poco no derrama sus babas mientras observa cómo Marina sacude, levemente, esas tetazas juveniles. Alagada, se dirige a él:

 

-Creo que no hace falta que te pregunte si te gustan-   con tono picarón.

 

Sin poder articular su mandíbula, el abuelo se limita a contemplar, fugazmente, los ojos de la chica para volver a bajar la mirada de inmediato y efectuar un hondo suspiro.

 

MARINA:  ¿Que te parecen las guindillas de mis pasteles? ¿De verdad es para tanto?

 

Esta vez, Julián intenta pronunciar algunos vocablos, pero a pesar de sus esfuerzos, no consigue emitir más que incomprensibles balbuceos.

 

MARINA:  ¿Te dan ganas de comértelas? ¿Te apetecen?

 

Todavía de rodillas y con cierta inseguridad, Julián intenta rebasar la escasa distancia que les separa. La chica reacciona con un gesto de rechazo y, apartándose, exclama:

 

-Altoaltoalto… … Solo era una pregunta… … no una oferta-

 

Se inclina de perfil y se tapa los pechos con uno de sus brazos, en un intento de guardar las distancias.

El viejo, avergonzado, se siente realmente enfermo. No sufriría un vapuleo emocional tan feroz si se tratara de una desconocida, de una prostituta o incluso de otra de las novias de sus hijos con las que no tiene tanto apego; pero tratándose de Marina… Ella es la hija que nunca tuvo, la niña de sus ojos, la nuera perfecta…

 

JULIÁN:     ¿No?… … ¿No sería posible?… … Solo un poco…

MARINA:  !Qué va! … … Julián, ha estado bien. Me las has visto como me las hubieras podido ver en la playa… … Eso es todo… … No ha pasado nada de lo que debas arrepentirte, pero… … Piensa en tu mujer… … ¿Qué dirá Marcela sí llega y te encuentra comiéndome las tetas?

 

Esa dialéctica tan particular, pese a pretender ser correctiva, no deja de resultar especialmente sugerente, tanto para quien la pronuncia como para quien la escucha.

Marina no es ajena al morbo que entraña la secuencia que está protagonizando. De hecho, nunca pensó que su faceta exhibicionista pudiera llegar a ponerla tan cachonda. Aunque sus pensamientos no apunten en esa dirección ahora mismo, la idea de alcanzar una mayor intimidad corporal con ese anciano ya no le suscita la misma aversión que le provocaba tan solo unos minutos atrás: cuando medía sus palabras para evitar posibles equívocos.

 

-Marinaah…-   con la urgencia de un náufrago que no sabe nadar, en un mar abierto.

 

Dicen que el hambre agudiza el ingenio. Julián está famélico, pero no es un hombre demasiado ingenioso. Su pragmatismo le empuja a recordar el inesperado acierto que ha tenido antes, cuando ha hecho alusión a la ideología del libro de Marina para justificar su posición. Pensando en ese discurso, lanza un burdo intento que no se puede coger ni en pinzas:

 

JULIÁN:     Puede que, dentro de un par de siglos, los hombres besen las tetas de las mujeres como hoy nos besamos en las mejillas; que sea lo más normal.

MARINA:  Menuda chorrada, Julián… … Para que eso pudiera pasar, todas las mujeres deberían de ir desnudas. ¿No te parece eso un inconveniente?

JULIÁN:    ¿Es que no has oído hablar del calentamiento global? La humanidad va a pasar mucho calor en tiempos venideros. Además, no es ningún secreto que, a las jóvenes, os gusta vestir cada vez con menos ropa.

 

Marina sonríe, condescendientemente, mientras mira el suelo y niega con la cabeza. No le otorga ninguna credibilidad a esa boba hipótesis desesperada, pero su propulsor no se rinde:

 

JULIÁN:     Antes has dicho que significaría mucho para ti que leyera tu libro.

MARINA:  ¿Y?

JULIÁN:     Deja que te de unos besos y lo leeré con toda mi atención.

 

La chica se hace la estrecha por todas las condicionantes morales que implica la situación. Es una buena persona, pero, muy en el fondo, desea que la boca bien afeitada de ese hombre tan maduro se recree sobre la suave piel de sus mamas.

 

MARINA:  Creo que te gustará más que el Quijote de la Mancha.

JULIÁN:   ¿Entonces?

MARINA:  Emmmm… … Vale… … pero solo un poco.

 

Con cierto alivio, el viejo comienza su acercamiento gateando sobre un nuevo terreno de miedo escénico; no en vano, hace más de cuarenta y cinco años que no emprende la más mínima carnalidad fuera de su perpetuo matrimonio.

A Marina le cuesta un poco, pero, tras una sucesión de gestos algo nerviosos e incómodos, consigue distender su postura. Con un gesto seductor, aparta un mechón de pelo disidente que pretendía importunar el indigno besuqueo que está a punto de tener lugar entre tan asimétrico dúo.

Armándose de confianza, arquea su espalda para propulsar sus apetitosas tetas hacia delante, a modo de ofrenda culinaria.

 

MARINA:  Solo unos pocos besos ¿eh? No vayas a emocionarte demasiado. Y nada de usar las manos. No quiero que esto sea todavía más raro de lo que ya es.

 

Julián no tarda en llegar; dispuesto a ser obediente. Sus besos son sutiles, respetuosos y extrañamente tiernos. Marina siente cómo uno de sus pezones endurecidos recibe las educadas atenciones labiales de alguien que le parece, ahora, muy extraño a la vez que muy familiar.

La boca del abuelo no tarda en pervertirse, obscenamente, bajo la tiranía de una lengua empapada de obscenidad babosa.

Esa joven universitaria empieza a notar cómo la tersa piel sedosa de sus grandes senos empieza a inundarse, fruto de la incontención salival de tan entregado anfitrión. Siente cómo las papilas gustativas de Julián saborean, con avidez, su pezón erecto con un ímpetu creciente hasta que:

 

-!¿Pero qué haces, bruto?! ¿Es qué quieres comerme de verdad?-   apartándole.

-¿Qué? ¿Qué? ¿Por qué…? No, yo no…-   sorprendido por su propio fervor.

-Me acabas de morder. ¿Es que quieres hacerme daño? No, si al final…-

 

Los gestos de la chica, rescatando la parte desterrada de su bikini, indican que quiere poner fin a esa perniciosa deriva. Julián no parece dispuesto a resignarse y, todavía de rodillas, escenifica una sumisa súplica victimista que aspira a romper su llanto:

 

-No, Marinaah… … me falta la otra… … Tú has dicho que podía besarte las dos-

-Eso fue antes de que me mordieras-   con una ira esencialmente fingida.

-No lo vuelvo a hacer, pero… … no me dejes a medias… … Por favor-

 

Enternecida por la trascendencia de tan sincero arrepentimiento, Marina desenreda su ceño y, tras un largo suspiro, adopta una expresión mucho más amable.

 

MARINA:  Bueno… … llegados a este punto, no viene de unos pocos lametones más.

JULIÁN:     Claro. Tienes razón. Que importa ahora qwmnh…

 

Antes de poder terminar su frase, el abuelo ya vuelve a estar amorrado al busto de su exnuera. Como queriendo aprovechar los pocos segundos de los que dispone, relame, con muchas ganas, el segundo pecho de la chica, llegando incluso a aplastar la cabeza contra ella, en un movimiento que coacciona su esbelto equilibrio.

Una brisa inesperada abanica esa libertina escena, enfriando el desatendido pezón mojado de Marina, a la vez que Julián se ocupa de bañar su homónimo izquierdo con gran entusiasmo. La libido de esa aplicada estudiante empieza a estar demasiado agitada y su juicio va perdiendo sensatez a cada chupetón.

El viejo está excesivamente tenso y, fruto de su libidinosa fogosidad y de los movimientos que conlleva, sufre un agudo dolor lumbar que lo somete agresivamente.

 

-Ayayayay… … Ayay… … Aaaaaah… … Ooh… … Por Dios-   estrujando su expresión facial.

 

Cae, aparatosamente, sobre el césped, con gran disgusto, ante la repentina preocupación de su invitada, quién termina por encontrarle la gracia a tan inusitada tesitura:

 

-Ja, ja, jah… … Julián… … ya no tienes edad para estos trotes-   sonriente.

-Maldito lumbago… … que inoportuno… … !Maldición!-   tumbado bocarriba.

-No te muevas… … Espera-   le ordena mientras se inclina hacia la piscina.

 

Marina se hace con el cojín que estaba usando, hace un rato, como almohada para tomar el sol. Cuidadosamente, levanta la cabeza del lisiado y lo acomoda mientras intenta calmarlo:

 

-Relájate. Solo necesitas un poco de reposo-   acariciándole las mejillas.

-Pero es que… … todavía no… … no había terminado-   protesta disgustado.

 

Con la piadosa intención de cuidar del abuelo, Marina descarta el conveniente final de tan decadente besuqueo. Tras adaptar su postura, con las rodillas por encima de la cabeza de Julián, apoya sus manos en el césped y hace bascular esas extraordinarias tetas muy cerca de su cara, terminando por propiciar un sublime restriego facial que no requiere del más mínimo esfuerzo por parte del afortunado caído.

Los lengüetazos del viejo son sorprendentemente notorios. Conociendo su escasa oratoria, nadie hubiera dicho que un apéndice bocal tan silencioso pudiera adquirir tanto protagonismo en las circunstancias adecuadas.

 

-Te gustan ¿eh, sinvergüenza?-   entre suspiros.

 

Marina usa una de sus manos para apretar, uno tras otro, sus pechos gloriosos contra el jubiloso rostro de Julián. Ojea su alrededor cautelosamente: no hay ninguna casa cercana, ni vecinos entrometidos, ni transeúntes ocasionales… Solo Turbo les observa, con una mirada vacía de entendimiento, mientras reposa, sosegadamente, sobre el césped, a un par de metros.

La postura de Julián está condicionada: no se permite tender las piernas y ha colocado las manos, estratégicamente, empleando una táctica que no logra engañar a nadie; pues la chica ya se ha percatado de que algo gordo se está cociendo por debajo de la tela de esos pantalones cortos.

Desobedeciendo las firmes directrices de la joven, el viejo empieza a usar sus manos para amasar esas generosas gemelas esféricas sin dejar de babearlas. Marina no parece muy ofendida por tal afrenta y no toma ninguna medida al respecto. Se limita a regocijarse mediante sugerentes gemidos infantilizados.

El gozo extremo de Julián se ve interrumpido, repentinamente, por la súbita desaparición de su codiciada benefactora mamaria. Deslumbrado por el sol, intenta comprender la razón de tan trágico distanciamiento. Pronto recaba en el inoportuno sonido de un coche que, en estos momentos, está pasando por delante de su casa.

 

-Esa no… … Esa no es Marcela-   exclama agraviado.

-¿En serio?-   responde ella ya con su camiseta puesta   -Bueno, de todos modos, nos estábamos saliendo de madre. Mejor dejarlo así-

 

Marina se alegra de haber revertido un porvenir tan pernicioso. Esa sacudida miedosa a abofeteado su lascivia y le ha hecho tomar consciencia del disparate que estaba cometiendo.

Julián pretende verbalizar algún que otro reproche, pero no encuentra las palabras. Es evidente que la chica le ha dado mucho más de lo que habían acordado, pero eso no calma su vigorosa ansiedad; todo lo contrario.

Sea como sea, Marina no puede dejar de jugar ahora. Sabe que, mientras permanezca en ese jardín, la normalidad le será esquiva. A estas alturas, no puede retomar conversaciones sobre literatura, familia, sociedad… Cualquier palabra que diga sobre esos temas carecería de interés alguno viniendo de donde vienen; pues todavía colean embriagadoras sensaciones que denigran el valor de todo lo que no tenga que ver con la erótica del momento. Arrodillada de nuevo, cerca de él, Marina le dice:

 

-La verdad es que… … si no fueras impotente, no te había permitido babearme-

-Pero… ¿qué?… … ¿De dónde sacas que yo…? … ¿Quién te ha dicho que…?-   atónito.

-Fidel me contó que no se te levanta. Por eso no te veo como a un hombre-

 

La chica no calcula la repercusión de sus palabras, solo quiere chinchar al abuelo con su afilada crueldad femenina. Está mintiendo, pues: si bien es cierto que Fidel se lo contó, ya hace rato que los acontecimientos le han desmentido.

Julián no está dispuesto a tolerar esa afrenta. No soporta que Marina ningunee su virilidad sexagenaria y, sin siquiera incorporarse, intenta construir, sin éxito, imperativas frases de disgusto:

 

-Yo soy… … yo puedo… … eso que dices… … No soy impotente, ¿me oyes, niña?-

-Claro que sí… … No te preocupes. A tu edad es normal-

 

Ofendido por el descrédito que está recibiendo, decide ser más gráfico. Clavando su mirada enojada en los ojos azules de Marina, se desabrocha los pantalones y desenfunda su irrefutable erección, sobrecogiendo la mirada de la chica.

 

JULIÁN:  ¿Qué no me ves como a un hombre? ¿Qué no me ves como a un hombre?

 

Por primera vez, esa vacilona parlanchina se ha quedado sin palabras. Había percibido un buen bulto bajo la ropa, pero nada la había preparado para tan grotesco trabuco. Se conoce como la única causa de ese lujurioso colapso sanguíneo, y eso reaviva su mermado calentón hasta cotas inauditas. A pesar de ello, no quiere hacer nada de lo que luego se pueda arrepentir.

Contradiciendo a esos razonamientos, Julián se desabrocha la camisa, dando visibilidad a la piel barrigona que le une a ese enorme falo desafiante. Marina intenta rebatirle:

 

MARINA:   Sigo sin verte como a un hombre; por muy grande y duro que lo tengas.

JULIÁN:     ¿No te parece que esta es la polla de un hombre?… … ¿Entonces?

MARINA:  Eras mi suegro. Eres como un padre para mí. ¿Cómo puedes pensar que…?

JULIÁN:     Una cosa no quita la otra. Puedo ser suegro, padre, abuelo… y aun así…

MARINA:  … … Tápate, Julián… … En serio. ¿Qué es lo que pretendes?

JULIÁN:     Solo… … tócamela… … … Échame una mano, Marina… … sé que tienes ganas.

 

Fingiendo desidia y cierto disgusto, la chica se aproxima impulsada por una curiosidad perturbadora. Unos eternos instantes indecisos dan recorrido a esa espera desquiciante, hasta que, finalmente, los puntiagudos dedos de Marina agarran la polla venosa de Julián tenuemente, doblegando su verticalidad con delicadeza. Para su sorpresa, la chica nota unas contracciones fálicas cargadas de impaciencia.

 

MARINA:  No te voy a hacer una paja, Julián. Eso sería enfermizo.

JULIÁN:     Tócame los huevos, Marina… … Al menos dame eso.

 

En vista del panorama que se augura, a la chica no le parece disparatada esa petición. Con un inesperado ímpetu, le agarra por los cojones, suscitando un gemido quebradizo que denota una gran fragilidad. Atendiendo a esa queja, Marina suaviza sus juegos digitales durante placenteros momentos hasta que:

 

-Ufff-   suspira ella    -Qué bochorno. Me estoy tostando con este sol-

 

Lo abandona, despiadadamente, mientras se dirige a la piscina, con la intención de refrescarse de nuevo. Marina baja los escalones sumergidos con pasos sugerentes mientras mira al viejo desamparado que ha dejado tirado sobre el césped.

Julián no está dispuesto a rendirse tan fácilmente. Con su honor completamente arrinconado por un deseo arrollador, se incorpora sorteando los dolores de su lomo. El primer pinchazo ha sido muy fuerte, pero puede que no sea para tanto.

Mientras Marina nada estilosamente, dándole la espalda, Julián termina de desnudarse y se adentra en sus mismas aguas, castigando a su epidermis con un impactante choque térmico. Al darse la vuelta, la chica se percata de esa traviesa actitud:

 

MARINA:  Debería de haber hecho como tú. Ahora no tendría la camiseta empapada.

 

La fina tela blanca de esa prenda se pega a ella como si de una segunda piel se tratara, transparentando por completo su infartante anatomía mamaria. Lejos ha quedado ya la incapaz parte de arriba del bikini de Kiara, que, olvidada y humillada, permanece sobre el césped hecho un manojo.

Salpicado por una envidia canina, Turbo también se ha lanzado, torpemente, a las acuáticas olas domésticas de la familia Tenorio. Pronto se cansa de nadar y se apresura a regresar a su ubicación original, al tiempo que sacude su pelaje para expulsar gran parte de la humedad que trae consigo.

Ajeno a la ejecución de ese hábito perruno, Julián persigue, infructíferamente, a Marina, quien no para de darle esquinazo mediante gráciles maniobras de sirena. Esa ágil juventud humilla, sin miramientos, a la lesionada vejez que intenta darle caza.

Las risas de la muchacha resultan más hirientes de lo que ella misma pretende. Derrotado, Julián termina por encaramarse por los escalones, forrados de azulejos turquesa, y sale cuidadosamente, dejando ver su fofo culo blanco. Se sienta en el penúltimo peldaño, apoyando su espalda en el borde de piedra grisácea, y reposa, desnudo, a la luz de ese sol radiante que parece darle ánimos con su candente y luminoso calor.

¿Qué estoy haciendo? Me comporto como si fuera un jovenzuelo. ¿Qué es lo que pretendo realmente?

Julián se sincera consigo mismo. Se identifica, en esta estampa lamentable, como un ñu demacrado intentando dar caza a una esbelta gacela. Un poco mareado a raíz de sus recientes esfuerzos, intenta situarse en el mapa y tomar consciencia de lo que está pasando. Piensa en su duradero matrimonio, en los cuarenta y cinco años que le separan de esa chica, en los principios morales que definen su persona…

Ella misma lo ha dicho:

…¿Para que querría yo seducir a un viejo?…

…No te veo como a un hombre…

…Eres como un padre para mí. ¿Cómo puedes pensar que…? …

…Tápate, Julián… … En serio. ¿Qué es lo que pretendes? …

…No te voy a hacer una paja. Eso sería enfermizo…

 

-¿Ya te rindes?-   pregunta Marina interrumpiendo su pesimismo   -¿Tan pronto?-

-Todavía me duele la espalda-   con un tono demasiado bajo dada la distancia.

-Qué viejo eres. Creo que deberías de ir a un asilo, para que te cuiden-   burlona.

-Y tú deberías de ir al cole, para que te enseñen a respetar a las personas mayores-

-Sí. Tienes razón. Salta a la vista que eres un venerable anciano muy respetable-

 

Una sonrisa divertida termina por romper la malhumorada expresión de Julián después de contemplarse a sí mismo: desnudo, mojado, y con una erección que haría palidecer de envidia a cualquier mozalbete de veinte años.

Estamos al aire libre. Podría pasar cualquiera

La verdad es que se encuentran en un paraje inhóspito, a las afueras de un pueblo de pocos habitantes. Se trata de un lugar muy poco transitado, y la cobertura de los abetos que rodean esa propiedad les otorgan cierta intimidad, pero, aun así, no es una práctica habitual esa de andar en cueros por el jardín.

 

-No puedes enfadarte conmigo. Confiésalo-   dice Marina mientras se acerca.

-Tienes razón. Solo… … solo puedo enfadarme con la… … con la realidad-   resignado.

-¿Qué realidad? ¿A qué te refieres? ¿Es que no te gusta tu vida?-

 

Marina se ha acercado considerablemente, pero todavía permanece con la mayor parte de su cuerpo sumergido, a un escaso metro de su interlocutor. Esa amable curiosidad sonriente logra motivar la respuesta a todos y cada uno de esos trascendentales interrogantes:

 

-Me gusta la vida que he tenido, pero, ahora mismo, daría lo que fuera por ser joven, soltero, apuesto, y por gustarte lo suficiente como para que quisieras… … para que quisieras consumar el tremendo… … tremendísimo deseo que me provocas-

 

Puede que no sea alguien demasiado leído, y que su vocabulario no sea muy exquisito, pero es innegable que ese hombre sabe expresar lo que siente.

Marina se ha conmovido con tan transparente revelación. Consigue dejar a un lado la ofuscación de su propia calentura incandescente y la diversión de sus provocativos juegos eróticos, para contemplar el drama de la vejez, la desagradecida recompensa tras una vida llena de sacrificios y privaciones.

 

MARINA:  Perdóname… … Soy una zorra.

JULIÁN:     Pero… … ¿qué dices? ¿Por qué…?

MARINA:  Hace rato que te estoy calentando; sin pensar en tus sentimientos.

JULIÁN:     Eso no… … Eso no…

MARINA:  Sí. Primero con mis palabras, después con mi desnudez y luego…

JULIÁN:     Tú… … eres soltera. Puedes hacer lo que te apetezca ¿no?

MARINA:  No todo vale. Mírate. No tengo derecho a provocarte tanta frustración.

JULIÁN:     No tienes la culpa de que sea un vejestorio. Eso no es…

MARÍNA:  Hasta tu pito se está deprimiendo, ¿lo ves?… … Todo es por mi culpa.

 

La polla del viejo está perdiendo su vigor tras tanta palabrería arrepentida. Sería razonable que Julián se aferrara a ese sosiego para terminar de apagar el motor de ese bólido de incorrección, pero el instinto suele tener más fuerza que el raciocinio, y ahora es él quien mueve los hilos de ese veterano pensamiento.

 

JULIÁN:     No, no, no, no… Marina. No digas eso.

MARINA:  Pero si es verdad. Míralo. Estás morcillón.

JULIÁN:     Tú nunca podrías… … No podrías ser el motivo de mi flacidez.

 

Marina baja la mirada, complacida, y, doblando sus piernas, se coloca el pelo y adopta un gesto algo más sugerente: de perfil, sobre los pequeños azulejos que pueblan los escalones. No existe, en el mundo, mejor relleno para esa camiseta empapada. Una vez fura del agua, la gravedad parece querer certificar esa certeza inapelable, otorgando mayor sentido a tan sugerentes y opulentas formas mamarias.

 

MARINA:  Buenoooh… … Pero ¿qué es esto?

JULIÁN:     Te lo he dicho. Este es el efecto que me causas.

 

Una fugaz supervisión a tan despampanante muchacha ha sido suficiente para que ese pedazo de carne volviera a hincharse con una velocidad pasmosa. Marina suspira, sin dejar de mirar a dicho falo. Puede que no sea un halago muy elegante, pero no puede imaginar un piropo más sincero que ese. Finalmente, sube la mirada para enlazarla con la de él y se justifica:

 

MARINA:  La verdad: he sido demasiado traviesa contigo, pero no puedo… eso sería…

JULIÁN:     Si tengo que serte sincero, dudo que pudieras… … aunque lo intentaras.

MARINA:  ¿Por qué? ¿Acaso intentas aplicarme psicología inversa?

JULIÁN:     Claro que no. Esos trucos son para las mujeres; como matar con veneno, bailar, ir de compras continuamente o… … el chantaje emocional.

 

La chica toma una urgente bocanada de indignación con el firme propósito de rebatir esa vil ofensa machista, pero se detiene. No quiere desviarse del tema que les ocupa. Tras ofrecerle su perfil facial y mirarle con una expresión de desconfianza que entrecierra sus párpados, sigue donde lo habían dejado antes de que esa polémica salida de tono intentara desviarla del asunto:

 

MARINA:  ¿Por qué no podría? ¿No podría qué?

JULIÁN:     Verás: hace… … más de diez años que no… …

 

Julián junta las puntas de sus dedos e intenta escenificar una explosión separándolas muy rápidamente, hasta abrir sus palmas todo lo que puede. Es su peculiar manera de hacer frente al tabú verbal inherente a su generación.

 

-¿Que no… … eyaculas?-   con cierta impaciencia.

 

Un asentimiento resignado es toda la respuesta que está dispuesto a dar.

 

MARINA:  ¿Y Marcela nunca se quejó?

JULIÁN:     Ella nunca fue una mujer demasiado fogosa. Es algo que hemos… … aparcado.

MARINA:  Diez años… … Dos lustros de sequía.

 

La chica levanta la mirada intentando adivinar cómo sería un periodo tan largo de inactividad sexual. Ella solo lleva dos meses y ya se siente como una gata en celo.

Cada vez que Marina desata sus miradas, Julián aprovecha para poner en práctica sus libidinosas ojeadas de viejo verde; consiguiendo, así, toda la gasolina sanguínea que su tranca necesita para mantener su viril potencia enrojecida.

 

MARINA: ¿Y tú solo?

JULIÁN:    Hace muchos años que no lo intento, pero no; tampoco. Tiré la toalla después del fracaso de muchos intentos… … solitarios. Ni siquiera recuerdo haberme puesto duro, durante la última década… hasta que se te ha salido el pezón.

 

Termina esa frase mirando al infinito, con una trascendencia propia del que habla del sentido de la existencia. Inesperadamente, nota la mano mojada de Marina en su miembro, apoderándose de él con vehemencia. Julián inquieta su reposada postura por la sorpresa, pero termina por relajarse sin oponer la más mínima oposición. Calla y escucha:

 

-No puedo creerme lo que dices. Con este trabuco que me gastas…-   fascinada.

-¿Qué puedo decir?… … Marcela siempre me dijo que era demasiado grande-

-Qué pánfila. Nunca son demasiado… A ver, entiéndeme-   algo avergonzada.

-Es como los pechos… … Nunca son demasiado grandes-

 

La chica sonríe y, bajando la mirada, ladea la cabeza con indulgencia. Sus confusos toqueteos fálicos están adquiriendo más sentido a cada segundo que pasa. No consigue volver a ponerle la capucha cutánea a ese impetuoso glande desencapuchado; por contra, a cada movimiento opuesto, esa flamante verga parece hincharse un poco más.

Unos discretos susurros pretenden describir, a modo de justificación, la importancia relativa de lo que está ocurriendo en los últimos escalones mojados de ese oasis de inmoralidad:

 

MARINA:  Esto no es… … follar. No es tan grave, solo te la estoy tocando… … un poco.

JULIÁN:     Claro… … ni siquiera puedo correrme, así que…

MARINA:  Menudo pollón, Julián. ¿Cómo es posible?

JULIÁN:     Si te digo la verdad… … yo tampoco lo recordaba tan grande.

MARINA:  Espero que no te corte el rollo, pero la tienes mucho más grande que tu hijo.

 

Esa inoportuna apreciación sacude, todavía más, la zarandeada sensibilidad de ese formal padre de familia. Mientras la chica intensifica su masaje, el viejo le contesta:

 

JULIÁN:     Eso… … oOh… … Eso te lo podrías haber ahorrado.

MARINA:  En el fondo te pone. Estoy seguraah… … síií.

JULIÁN:     No, nooh… … ¿Por qué? … … ¿Cómo puedes…?

MARINA:  Es como lo que me ocurre a mí… … hhh… … Me está gustando hacerte esto… … es como si… … como si me vengara de Fidel… … haciéndote una paja.

 

Esa niña traviesa está empezando mojarse desde dentro. No solo por tener un enorme nabo de la tercera edad en su mano; se trata de algo mucho más psicológico y circunstancial: su reciente sequía sexual, el morbo de lo prohibido e indecente, la manera en que está rompiendo los moldes de su familia política…

 

JULIÁN:     Véngate, pequeña… … Síiíií… … Vengate del crápula de mi hijoOh… … oOh.

MARINA:  ¿Quieres que me vengue? … … ¿Eh? … … ¿Quiere que me vengue mejor?

 

No está muy seguro de a qué se está refiriendo, pero, sea como sea, no tienen ninguna duda a la hora de elegir una respuesta y no tarda en asientir con los ojos muy abiertos.

A Marina se le está haciendo la boca agua desde hace ya un rato. Tras unos agitados momentos de duda, bajo la atenta mirada del abuelo, se inclina y empieza a comerle la polla.

Ni Marcela ni ninguna otra mujer le había dispensado nunca esas atenciones vocales. Nunca nadie había saboreado su glande.

 

-Marinaah… … oOh… … Por Dios… … ¿Qué me estás haciendo?-

-Mnghmn… … mghmwmñn… … mmnnnh…

 

A pesar de lo incomprensible de su respuesta, a la chica se le dan especialmente bien esta clase de menesteres orales. Parece mentira que una boquita tan discreta pueda engullir semejante manubrio con ese entusiasmo. Ni siquiera le vienen arcadas cuando ese venoso pedazo de carne profana su garganta y se adentra en su cuello. Su depurada técnica se dilata a lo largo de extasiantes minutos salivados:

 

JULIÁN:     Qué bien… … Que bieeen… … oOh… … Síiíiíií

MARÍNA:  Mmmmh… … Mmmmmh… … Mmmmmmh…

JULIÁN:     ¿Cómo he podidoOh?… ¿Cómo he vivido sin estoOh? … … toda una vida…

 

Falta de oxígeno, Marina regurgita a ese poderoso falo, segregando una gran cantidad de babas. Tiene el rostro ruborizado y unas felices lágrimas se derraman por sus mejillas, denotando un esfuerzo mayúsculo.

 

MARINA:  No te equivoques… … hhh… … hhh… … Nadie la chupa como yo.

JULIÁN:    ¿No? … … ¿Es que… … tienes un don?

MARINA:  Claro que sí… … hhh… … hhh… … ¿No te has dado cuenta?

JULIÁN:     Síiíií… … Tienes razón… … Lo haces tan bien…

MARINA:  La mayoría de chicas solo se meten un trozo y… … hhh… … y lo saborean.

 

Mientras habla, todavía con su respiración condicionada, se acomoda más cerca de él y empieza a pajearle a dos manos, con todo su entusiasmo:

 

-Hoy te vas a correr… … hhh… … como me llamo Marina-

-No lo sé, niña… … oOh… … Ya te he dicho antes que yo noOh… … mmmh…-

-Cállate, tontoOh… … No me has tenido nunca hasta ahora… … Yo marco la diferencia…

 

Marina se desenvuelve con mucha confianza. No le asusta el reto que está afrontando. Se siente como si fuera una persona distinta: más depravada y perversa a cada momento que pasa. No en vano, hace tan solo unos minutos, tenía claros los límites que no quería transgredir de ninguna de las maneras. En estos precisos momentos, está tan cachonda que esas líneas rojas empiezan a fundirse, abrasadas por un calenturiento bochorno desenfrenado que destierra cualquier miramiento o cualquier ápice de culpabilidad residual.

Tras una frenética ráfaga masturbada, Marina resopla agotada:

 

-Eres… … uffffff… …  Eres duro de pelar, ¿eh, Julián?-   sonriente.

 

Intentando salir del shock en que se encuentra, el viejo asiente con la cabeza sin mediar palabra.

 

MARINA:  Creo que tendré que sacar la artillería pesada.

 

Por muy sugerente que resulte su camiseta mojada, ningún atuendo puede mejorar la desnudez de ese par de melones turgentes. Marina sabe bien lo que se hace: acaba de desprenderse de dicha prenda para lucir en todo su esplendor.

 

JULIÁN:     Menudas tetas tienes, niña. Es lo mejor que he visto en la vida.

MARINA:  Lo mejor que has visto y que verás.

 

El abuelo todavía tiene el culo, parcialmente sumergido, sobre el penúltimo escalón. La chica está ocupando el anterior, un palmo y medio más abajo. De rodillas, se ha encarado a Julián, quien ahora abre las piernas para facilitar su más completa aproximación. Marina le ofrece sus pechos, justo por encima de ese vigoroso regazo viejuno.

 

JULIÁN:     ¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Qué haces?

MARINA:  Seguro que esto tampoco te lo han hecho nunca… … Tócamelas Julián, tócamelas bien porque, en cuanto me vaya, no me las vas a volver a tocar.

 

Julián toma consciencia de la relevancia que tienen los fugaces momentos que está viviendo, tan estimulantes como irrepetibles.

Tras empezar a manosear esas soberbias redondeces cárnicas, mira los cercanos ojos azules de Marina; Por un momento, vuelve a ver a su nuera; esa chica a quien fue adoptando, paulatinamente y con creciente amor paterno, en el seno de su familia, a lo largo del medio año largo de noviazgo que tuvo con su hijo Fidel.

 

MARINA:  Méteme la polla entre las tetas… … espera… … así.

 

La ahijada de Julián se ha convertido, hoy, en una rubia de infarto que aglutina todo el deseo que ese sobrepasado anciano puede engendrar; una poderosa hada dispuesta a concederle todos los deseos que su focalizada mente contempla en estos precisos momentos; una joven avispada capaz de derribar todos sus valores y preceptos con sus incontestables encantos enbriagadores…

 

MARINA:  Vamos… … eso es… … Tienes que hacerte una paja con mis pechos.

JULIÁN:     oOh… … Síiíií… … Me gusta estoOh… … Es lo mejoOor…

MARINA:  Sabía que te gustaríah… … Síiíi… … ¿De verdad que no lo habías hecho nunca?

JULIÁN:     No… … No… … Ya te he dicho que mi mujer es una santaah… … mmmmmh.

MARINA:  Espero que no llegue todavía… … Sería muy inoportuno.

JULIÁN:     Estoy muy duro, Marina… me duele el pito… me has puesto como una moto… … si no me corro hoy no me voy a correr nunca; hasta el día de mi muerte.

 

El viejo está disfrutando como un enano mientras hace fluctuar, con sus dedos jubilosos, el generoso relleno de esas tetas estudiantiles. Las aprieta entre ellas, las sube, las baja… Alterna sus movimientos bilaterales con demasiado entusiasmo, hasta provocar agudos gemidos de dolor de lo más sugerentes.

Nunca pensó que su primer día de jubilado sería tan épico. Su duro miembro viril jamás tuvo mejores almohadas y nunca antes había recibido un trato tan sublime. Ese agradecido falo transita, con sumo entusiasmo, entre los pechos mojados de Marina como si no hubiera un mañana.

El dolor lumbar que antes les había importunado, parece amedrentarse frente a tan gozosos momentos y ni siquiera es capaz de pronunciar su punzante discurso.

 

JULIÁN:     Qué tetetorras, Marina… …hhh … … !Qué buena estás!

MARINA:  Lo sé… …ughhh… … Lo sé… …

JULIÁN:     Creo que… … hhh … … voy a… … ufffh… … Puedo conseguirlo…

MARINA:  Síiíií… … Vamos… … Tú puedes… … Ahora o nunca.

 

El abuelo empieza a notar lo insostenible de su situación. Ni siquiera recuerda cómo se siente un orgasmo, pero algo muy gordo de empieza a sobrevenirle mientras sigue follándose, ávidamente, las fastuosas tetas de su nuera preferida.

Pero el destino es muy cruel, a veces, y parece tener debilidad por las tragedias griegas a la hora de disponer sus cruentos designios despiadados. Desde la lejanía, el sonido del coche de Marcela ha ido ganando protagonismo hasta que, finalmente, consigue romper el tupido velo de obcecación que daba vigencia a la sordera de los habitantes de ese jardín.

 

-¿Esa sí es?-   pregunta Marina, alarmada, tras voltear la cabeza.

-NoOh-   exclama Julián   -noOh… … no es posible… hhh… NoOoh… … Eso no…-

 

Su negación no contesta a la pregunta que se le ha formulado. Es su manera de dar voz a la tremenda frustración que le está sobreviniendo a raíz de una realidad tan difícil de encajar.

 

-Vístete, Julián-   susurra ella con toda su urgencia mientras se sumerge de nuevo.

-No… … No me lo creo-   insiste él, incapaz de asumir esa atroz interrupción.

 

Marcela aparca el coche y no tarda en apagar el motor. Aturdido y todavía noqueado ante la afrenta de tan indeseable comparecencia, Julián intenta encontrar un poco de sensatez. Siente el acecho de las nefastas consecuencias que podría tener ese inconveniente advenimiento conyugal en caso de no poder subsanar la indiscreción de sus deshonestas fechorías carnales.

Aún no puede verme. Dispongo de unos segundos para alcanzar mis pantalones y mi camisa. Esa es mi única esperanza

Con su movilidad coartada por su reaparecido dolor lumbar, el viejo se da toda la prisa que puede a la hora de recuperar su indumentaria veraniega, alentado por los ladridos de Turbo.

 

-Pásame el bikini de Kiara-   susurra Marina imperativamente.

 

Julián obedece con una destreza impropia de un hombre tan mayor. Recupera esa pequeña prenda y la lanza, certeramente, hacia la ubicación de su joven invitada flotante. Acto seguido, se pone la camiseta y se enfunda unos pantalones cortos que, gracias a una bragueta abotonada, no conllevan el peligro que representaría una cremallera en tan acelerado contexto; sin las defensas que podrían ofrecer unos buenos calzoncillos.

Tras vislumbrar la tardía aparición de su mujer en su ángulo visual, Julián opta por ocupar su hamaca a modo de disimulo.

Marcela articula la oxidada puerta del jardín cargada con un par de bolsas. No viene sola. A su lado, una raquítica mujer madura le ayuda con parte de la pesada carga procedente del mercado. Llevan mucho rato parloteando. Precisamente, ha sido ese marujeo el que las ha entretenido a la hora de aparecer en escena. Mientras andan por las piedras cortadas que trazan un irregular camino sobre el césped, ven a Julián y le saludan:

 

MARCELA:     Hola, Julián… … Mira a quien he encontrado.

ALEJANDRA:  Hombre, don Julián. !Cuánto tiempo!

JULIÁN:          Hola, Alejandra… … Hola a las dos.

 

El viejo intenta simular sosiego, pero el excesivo balanceo que le mece, entre esos dos grandes algarrobos, contradice su convincente actuación. Su mujer, sorprendida por ese inaudito movimiento, está a punto de pronunciarse al respecto, pero una voz femenina la distrae con una novedad todavía más sorpresiva.

 

-Hola, Marcela-   dice Marina delatando su presencia en una esquina de la piscina.

-!!Hola cariño!!-   se exclama ella    -!Qué alegría! ¿Qué haces tú por aquí?-

-He venido a veros, y Julián me ha convencido para que me quedara a esperarte, para que coma con vosotros y para que me diera un baño mientras no llegabas-

-Es buena idea, pero aún voy a tardar en servir la mesa; primero tengo que llevar a Alejandra a Fuerte Castillo, que tiene médico. ¿Te puedes creer que quería ir en bus?-

 

Marcela mira a su amiga y hace el gesto de negación con un afectuoso desprecio que busca su complicidad.

Julián ha logrado detener su injustificable balanceo, discretamente, con uno de sus pies descolgados. Tiene a don Quijote, abierto sobre su regazo, cobijando a su duradera erección. Sus latidos todavía tienen un ritmo considerable, pero su sistema cardiorrespiratorio tiende a normalizarse.

 

ALEJANDRA:  Qué buena vida la del Jubilado, ¿eh, Julián?

JULIÁN:          No lo sabes bien.

MARCELA:     Ya le he avisado de que ahora tendrá que ayudarme más en casa.

JULIÁN:          Dame un respiro vacacional Marcela, que ayer todavía estaba en el taller.

MARCELA:     Claro, claro… … … ¿Y tú que me cuentas, cariño? ¿Cómo te va?

MARINA:       Bueno, he tenido un par de meses duros, pero ahora creo que…

MARCELA:     Espera, espera. Guárdate las explicaciones. Voy a acabar de entrar las bolsas, llevo a Alejandra a Fuerte Castillo, y estoy aquí, con la comida preparada, en menos de una hora, ¿vale? Voy a darme prisa, ¿de acuerdo?

 

Con gestos apresurados, la señora de la casa emprende sus quehaceres cotidianos para no perder más el tiempo. Alejandra sacude su mano libre a modo de despedida y le ayuda a entrar el resto de la compra. Marina y Julián se miran fijamente. Guardan silencio durante unos instantes hasta que, finalmente, la chica, ya con su bikini totalmente reestablecido, quebranta ese silencio aliviado con unos susurros que consiguen cruzar el par de metros que les separa.

 

MARINA:  Ha ido de muy poco… … ¿no?

JULIÁN:     Ni que lo digas… … he tardado una eternidad en reaccionar.

MARINA:  Bueno… … … … … Puede que sea mejor así… … ¿No crees?

 

La expresión insegura de la chica se debate entre el ruego y la duda. No es ningún secreto que se está refiriendo a la suspensión de su procaz actividad extramatrimonial; cosa que disgusta a Julián a un nivel muy profundo que se esfuerza en ocultar.

 

-Qué locura-   dice Marina justo antes de zambullirse de nuevo.

 

La lanza de don Julián de Villaloda empieza a perder su punzante vigor y se convierte en un arma indigna de tan noble caballero andante.

Nobleza… … De eso se trata. ¿Dónde está mi honor? ¿A caso la interrupción que hemos sufrido salvaguarda parte de mi integridad?

Se frota la frente, disgustado, pero, a pesar de sus contradicciones, no consigue canalizar sus pensamientos por el cauce de la moralidad. No mientras esa sugerente sirena siga surcando las aguas de su piscina.

 

-¿En serio estabas trabajando ayer?-   pregunta ella ya completamente distendida.

-… … Tenía que terminar el pasado viernes, pero estaba trabajando en la moto de un buen cliente y amigo. Era un encargo muy creativo y no lo quería dejar a medias-

 

El tono del viejo es muy bajo y Marina tiene que afinar mucho el oído para poder escucharle más allá del sutil romper de las olas que ella misma provoca. No deja de moverse para intentar mantener su temperatura corporal. Tiene algo de frío, pero no quiere abandonar ese manto acuático mientras Marcela siga ahí.

 

MARINA:  Dudo que tu mujer sirva la mesa en una hora. Si acompaña a Alejandra…

JULIÁN:     Solo la acompaña hasta Fuerte Castillo y se vuelve. No creo que se quede.

MARINA:  Y entonces ¿Cómo vuelve su amiga?

JULIÁN:     El hijo de Alejandra vive en la ciudad, pero hace turnos y a veces no la puede acompañar. Te lo cuento porque, más de una vez, Marcela la ha llevado para que vea a su familia, y luego la ha dejado ahí y ha vuelto sola.

 

Notando cierto disgusto en la voz de su anfitrión, la chica intenta prestar atención a una pequeña chispa de lucidez que brilla en su pensamiento y que le pide que se vista ya y que se vaya de una vez. Sigue muy cachonda, pero esos instantes de quietud mojados por las bajas temperaturas del agua pueden llegar a ser terapéuticos para su degenerada lascivia.

 

-Adiós, pareja-   grita Marcela mientras traspasa los límites de su jardín.

-Adiós-   se añade Alejandra en un tono más comedido.

 

Ni Marina ni Julián verbalizan su respuesta, solo escenifican sutiles gestos que refrendan la correspondiente réplica. Mantienen el silencio mientras observan y escuchan: primero, el sonido oclusivo de las puertas del auto; después, la marcha del motor estacionado; más tarde, el crujir de la gravilla bajo esos neumáticos giratorios; y, finalmente, el menguante rumor de una combustión mecánica que aleja a ese par de viejas amigas.

Tras volverse este inaudible, ni el uno ni la otra se atreven a mancillar ese pacífico silencio rural que les abraza de nuevo. Solo algunas miradas amables les electrocutan fugazmente, con una cálida y tenue corriente, mientras Marina sigue nadando.

Julián, resignado, destierra sus urgentes elucubraciones cruzadas como aquel borracho que se sabe incapaz de pensar razonablemente. Quiere a su mujer y le tiene un gran respeto. Sabe que terminar de cometer el error que ha empezado con Marina podría marcar la opinión que él mismo tiene a cerca de su pulcro matrimonio y respecto a sí mismo.

No obstante, los embriagadores sentimientos que siente por esa niña distorsionan su voluntad. No se trata solo de algo físico. La engañosa magia del enamoramiento está consiguiendo embaucarle por primera vez en su vida. No es un individuo curtido en esta clase de asuntos y no consigue cerrar la puerta a ese cautivador embrujo juvenil.

¿Qué demonios me pasa? Siempre pensé que las letras de las canciones de amor y las películas románticas exageraban sus arrebatos; pero esta ansiedad… !Menudo colocón emocional!

Julián ya quería a esta muchacha desde hace meses, pero puede que el sexo haya sido un catalizador explosivo que permita, a ese afecto paterno, coger un fulgurante atajo hasta lo más hondo de sus ventrículos más apasionados.

 

-Creo que debería irme-   dice ella, todavía sin salir de la piscina.

-Pensaba que te ibas a quedar a comer-   contesta contrariado.

-Sí… … pero… … ya sabes-

 

Marina no quiere convertirse en la clase de perturbada que se acuesta con viejos que triplican su edad. Fidel ya era mucho mayor que ella, y eso que es el cuarto hijo de los Tenorio.

 

MARINA:  Llevo unas horas muy locas: ayer por la noche estaba tan deprimida… Tomé somníferos para conciliar el sueño después de varias noches en vela. He dormido demasiado; luego está lo del sueño de la barbacoa familiar, la rallada del móvil perdido, los coletazos depresivos por lo de tu hijo, mi sequía sexual y luego… … Luego llegas tú y me haces esto.

 

Julián abre mucho los ojos, ultrajado por tan viles acusaciones, pero pronto comprende que esos reproches no van en serio.

 

JULIÁN:     No voy a hacerte nada si te quedas.

MARINA:  Sabes que no es una buena idea. Yo estoy en momentos muy bajos, pero… … ¿Qué excusa tienes tú? Deberías de ser la voz de la razón; meterme en cintura, aportar un poco de cordura frente a tanta insensatez.

 

Julián empieza a estar de acuerdo con ella, pero, en ese preciso momento, la chica sube los escalones y su mojado anonimato corporal vuelve a tener nombre y apellidos:    “MARINA CRESPO MIRANDA” se escribe en mayúscula.

!Madre de Dios! Pero ¿de dónde sale esta niña?¿Cómo puede estar tan buena?

Los razonamientos de Julián vuelven a dar un vuelco a raíz de tan pasmosa estampa. Esa rubia gloriosa es, sin lugar a duda, el mejor logro estético de la genética humana. Al contrario de lo que ocurre con la mayoría de las mujeres, Marina mejora con cada prenda que se saca; mejora cuanto más cerca está, cuanto menos maquillaje lleva…

La chica se percata de la fascinación que está suscitando ante su entregado público y no tarda en pronunciarse al respecto:

 

-¿Qué pasa? ¿Qué miras?-   algo intimidada.

-… … Parece mentira que este sea el mismo bikini que llevaba Kiara ayer-   encandilado.

-¿Es que se ha desteñido?-   pregunta con ocurrente picardía.

-Kiara parece que esté buena cuando va vestida, tiene mucho estilo con su ropa, pero cuando lleva esto se ve huesuda, pálida, manchada con pecas feas…-

-Alaaah… … Cómo te pasas, si es un encanto.

-No te digo que no, pero tú…-   tapándose los ojos con la mano.

-¿Qué pasa conmigo?-   pregunta agasajada.

-Tú conseguirías que este atuendo ganara el premio a mejor bañador de la historia-

-Pero ¿qué dices? Si ni siquiera es de mi talla. Me siento como una stripper-

-Ya quisiera la mejor stripper tener…-   Marina le interrumpe:

-Déjalo Julián. Es mejor que no sigas por ahí. En cuanto se seque mi camiseta me voy-

 

Mientras hablaba, la chica ha sacudido esa prenda, y ha habilitado una de las sillas de madera a modo de tendedero.

La diferenciada dualidad de tan asimétrica pareja queda reflejada en la imagen que encuadra ese momento transitorio: sol y sombra, vertical y horizontal, mojada y seco, joven y viejo…

 

MARINA:  Siempre me han dado yuyu las hamacas.

JULIÁN:     ¿Qué? Yo siempre quise tener una. La monté ayer para estrenar mi jubilación.

MARINA:  ¿Tuviste una epifanía? ¿Jubilación igual a hamaca?

JULIÁN:     ¿Epifanía? Sí. Supongo. No entiendo que a alguien no le puedan gustar.

MARINA:  No es que no me gusten. Simplemente… … tengo la sensación de que se van a romper en cualquier momento. Como si desafiara a la ley de la gravedad.

JULIÁN:     Tú sí que desafías la ley de la gravedad; por partida doble.

 

Antes de decir su última frase, el viejo ha emitido un profundo suspiro para surtirla de dramatismo. Marina no quiere entrar al trapo y no pronuncia ninguna de sus ingeniosas réplicas.

 

MARINA:  Un día te caerás y te acordarás de mí.

JULIÁN:     Eso no va a ocurrir. Está bien atada y aguanta más de doscientos kilos.

MARINA:  Naah. Eso te lo dicen para que la compres.

JULIÁN:     Qué noooh. Es una buena marca. No es de los chinos. Esto está testado.

MARINA:  Apuesto a que si me subo contigo petan las cuerdas.

JULIÁN:     Apuéstate lo que quieras… … pero si no se rompe te quedas a comer.

MARINA:  No, gracias. Era una situación hipotética… … Me gustaría seguir con vida.

JULIÁN:     Pero ¿de qué hablas? ¿Cuánto me separa del suelo? ¿Dos? ¿Tres palmos?

MARINA:  Bueno… … ¿Y qué me darías tú si se rompiera?

JULIÁN:     … … … … Sería tu mecánico de por vida, gratis.

MARINA:  Eso es muy poco… … Quiero decir: para lo que te queda…

JULIÁN:     ¿Dónde vas? Si me quedan más años de los que tienes tú. No soy tan viejo.

MARINA:  ¿Qué dices?… … Bueno… podría ser.

 

Mientras suma y resta, la chica se ha aproximado y sujeta la cuerda inferior de la hamaca a modo de inspección. Esta tensada, pero es gruesa y parece de un material muy fiable.

 

-Es que no quiero hacerte más daño en la espalda-   dice ella con voz infantil.

-No voy a moverme, además… … mi espalda está bien. Solo han sido unos pinchazos-

-¿No me vas a hacer sitio? ¿Es que quieres que me ponga encima de ti?-   sorprendida.

-Es el modo más seguro. Sino podríamos volcar-

 

Marina suspira hondo. Siente cómo un morbo avasallador ningunea la validez de sus sensatos razonamientos de hace solo unos minutos.

 

MARINA:  En realidad, mi moto va mal. Hace un ruido extraño y a veces me sacude.

JULIÁN:     ¿Te sacude? ¿Cómo es eso?

MARINA:  Cuando voy muy deprisa la marcha se vuelve inconstante y…

JULIÁN:     Eso pinta mal… … Creo que te vendría bien un buen mecánico gratuito.

 

No es que Julián sea un jamelgo de cuidado, precisamente, pero la extraña filia que tiene, esa chica, con los hombres mayores, es justamente lo que está desatando sus apetitos más carnales. Aun así, no se trata solo de eso, pues todos esos preliminares juguetones que les preceden tampoco han caído en saco roto. Son muchos los factores que se están acumulando y que terminan por doblegar la recatada intransigencia de Marina.

 

-Vale-   contesta ella   -Pero tienes que prometerme que te estarás quieto-

 

Un tono más agudo y sutil de lo normal señala lo ficticio de esa petición. Ni siquiera ella misma se cree lo que está diciendo mientras empieza a afrontar su maniobra de ascensión. Julián, con una pasividad muy esperanzada, permanece inmóvil.

 

-A ver-   dice ella   -Espera… … Un momento… … cierra los ojos-   sintiéndose patosa.

-¿Por qué? ¿Por qué tengo que cerrar los ojos?-   mientras sus parpados la obedecen.

 

MARINA:  No quiero que me veas si me como el suelo.

JULIÁN:     ¿Acaso eres una vaca que se come la hierba?

MARINA:  Eso díselo a tu mujer.

JULIAN:     !!Oye!!

MARINA:  !!Que cierres los ojos Juliáaáaán!!

 

Esos gritos coinciden con un peligroso tambaleo que termina por permitir el encumbramiento de la mandona muchacha. Marina mantiene su postura rígida ante el amenazador balanceo que les sustenta. Apenas se atreve a pestañear.

 

-¿Puedo abrir los ojos ya? A ver si me voy a marear al final-   dice ya entreabriéndolos.

-¿Es que alguna vez te has mareado aquí?-   ya con un tono más amable y tenue.

-No, pero es que nunca había tenido a una niña tan inquieta encima de mí-

-¿Nunca te has subido con Marcela?-   mordiéndose la lengua y guiñándole el ojo.

-Puede que con ella sí que hubiera peligro de ruptura-   en voz baja.

 

Una mirada cómplice, entre el azul y el marrón de sus ojos, permanece fija e infranqueable mientras, a su alrededor, el mundo sigue columpiándose jovialmente.

Desde el cómodo prisma de Julián, el sol parpadea, entre las hojas de los algarrobos, emitiendo destellos detrás de Marina, como si de una bola discotequera de la naturaleza se tratara.

El aire de la brisa se funde con la fricción de su propio movimiento y peina sus pieles deleitosamente, amenizando los divinos roces que proliferan entre los dos.

La chica continúa mojada. No deja de contagiarle esa refrescante humedad acuática a su compañero de apuestas a medida que la oscilación que les mece se vuelve cada vez más razonable. Su pelo rubio gotea sobre el pecho y la barriga descubierta del abuelo, quien no ha llegado a abrocharse la camisa tras la llegada de Marcela, hace tan solo unos minutos.

 

MARINA:  Parece que no se rompe, de momento.

JULIÁN:     Ya te lo he dicho.

MARINA:  Pero eso es porque todavía no he empezado a moverme.

JULIÁN:     ¿Es que vas a moverte mucho?

MARINA:  Con tal de salirme con la mía…

 

La sonrisa pícara de la chica tiene un sobredimensionado efecto sobre la ya ebria sensibilidad de ese viejo tan afortunado. Sus sensaciones son tan irreales que Julián empieza a sospechar, con gran temor, que se encuentra en el mejor de sus sueños.

No quiero despertar, por favor, no soportaría otra interrupción como la de antes

Marina notar un bulto significativo debajo de su culo. Entra en incandescencia al sentir cómo esas curtidas manos de mecánico empiezan a trepar por sus nutridos muslos hasta rodear sus nalgas y, un poco más arriba, desatar los nudos laterales que atan la parte de debajo de su bikini.

 

-¿Qué haces?-   pregunta ella con una diversión que no opone resistencia alguna.

-Yo no hago nada-   negando lo obvio   -¿Y tú?-

 

Contradiciendo su última afirmación, Julián tira de esos cordones, sutilmente, hasta desterrar tan entrometida prenda lejos de la escena. Tras bajar la mirada, no consigue distinguir vellosidad alguna; de todos modos, la postura de la chica, con el culo en pompa, no le ofrece mucha visibilidad de la zona precisa.

Sus gruesos y callosos dedos siguen abrazando las nalgas de la chica con gran vehemencia mientras ella se dedica a posar para él: sacando pecho, levantando los brazos, jugando con su pelo… El pequeño bikini de Kiara vuelve a verse sobrepasado por las circunstancias y empiezan a ceder, de nuevo, ante la soberbia magnitud mamaria de Marina. Con discretos gestos malintencionados, la chica consigue que sus repletos melones se asomen por debajo, esta vez.

A Julián casi le da una embolia ante tan tremendo panorama y no tarda en subir sus manos, con toda su premura.

Mientras ese viejo le aprieta las tetas dolorosamente, Marina se desprende de su último atuendo para quedarse completamente desnuda. Ya no alberga dudas acerca de lo que está a punto de ocurrir y ni siquiera escucha los reproches de su conciencia, rendida ante tan lujuriosos impulsos.

 

MARINA:  ¿Me vas a follar Julián?… … ¿Serás capaz de hacerlo?

 

La chica apoya las manos sobre ese pecho canoso y levanta su cadera para descomprimir la zona más crítica del jubilado. Él interpreta, acertadamente, dicha maniobra y se apresura a desabrocharse y a bajarse los pantalones a marchas forzadas.

Como el ave fénix, el pollón de Julián ha reaparecido, con todo su vigor, desde las cenizas de su propia flacidez. Ha venido con la firme intención de escupir su caduca semilla licuada en esa muchacha enfervorecida.

 

-¿Estás listo para hacerlo ya?-   le pregunta ella con impaciencia.

-Síiíiíií, Marina… … Métetela… … Métetela de una vez-

 

Ella misma es quien se entretiene para saborear los instantes previos, restregando su chocho mojado por el largo recorrido de ese falo viejuno. Finalmente, se entrega a lo inevitable y se lo clava a modo de harakiri vaginal:

 

MARINA:  oOoOh… … DioOos… … menuda polla tienes, Julián.

JULIÁN:     Es todaah… …toda tuyaah… … Marinaah.

MARINA:  Estoy… … Estoy taaan cachonda queeeh… … no puedo más.

 

La chica no tarda en acelerar sus lúbricos movimientos serpenteantes mientras goza como una loca. Fruto de ese frenesí, el balanceo de la hamaca vuelve a ser considerable.

Turbo, muy discreto hasta el momento, se emociona ante tan frenética actividad y ladra con cierto desconcierto, dando insulsos saltitos cerca de los algarrobos. Pronto se calla y emite un sollozo de preocupación mientras guarda las distancias.

 

JULIÁN:  TranquilooOh… …hhh… … TurboOh… … hhh… … Todo estaáh bien.

 

Las tetas de Marina se contonean desenfrenadamente, con asimétricas trayectorias, mientras sus redondas nalgas ruedan, jubilosamente, sobre el regazo de su suertudo anfitrión.

 

MARINA:  !Síiíiíihh!… … hhh… … !!Síiíiíiíi!!… … hhh… … !!oOh!!…

JULIÁN:      Hhh… … hhh… … hhh … … hhh…

 

Emocionado, Julián siente que su dura tranca está, por fin, en casa, acogida por la cálida humedad del más acogedor de los hogares biológicos. Le cuesta asimilar tanto placer, pero, aun así, intenta sobreponerse y aportar todo lo que puede de su parte.

Marina está ya muy cerca de su propia cumbre orgásmica. Mientras sigue con su particular cabalgada, siente las manos de Julián recorriendo todo su cuerpo con avidez; apretando sus opulentos pechos, rodeando sus nalgas inquietas, recorriendo sus suaves muslos…

Unos elocuentes escalofríos expresan, mejor que cualquier gemido, su desbordamiento emocional. Mientras se corre, múltiples e incontrolables espasmos pélvicos terminan esa concupiscente explicación.

 

MARINA:  OoOh… … oOoOh… … hhh… … Síiíiíií… … Yaaah…

JULIÁN:     Hhh… … hhh… … hhh… … hhh…

 

El itinerario de Julián es más laborioso, pues lleva más de una década sin alcanzar un orgasmo y puede que le cueste volver a subirse al tren de la virilidad.

Marina ha cerrado los ojos y se muerde el labio inferior. Todavía surfeando esa libertina ola de placer, no se detiene y sigue azotando a Julián con sus apasionadas acometidas. Rezuma disfrute por todos los poros de su piel, pero quiere más. Llegados a este punto, ansia cada onza de gozo que pueda robarle a esta descabellada situación.

El abuelo, sin ninguna mala sensación de mareo, siente que la gravedad se desvanece y que lo único que los mantiene prietos contra la tela de esa hamaca es la fuerza centrífuga de unos ficticios giros completos que se suceden, uno tras otro, orbitando alrededor del tardío apogeo sexual de su vida.

Su cogorza sensorial tiene el epicentro en el vigoroso nabo que se está adentrando, agitadamente, muy adentro de Marina, pero eso solo es la punta de lanza, dado que su mística experiencia se nutre de infinidad de eróticos matices:

El peso de la chica apretándola contra él, las caricias de sus inquietas manitas sobre su fofo pecho, esos dedos puntiagudos jugando con sus pezones… Sus femeninos gemidos aniñados; el bucólico movimiento de su pelo mojado, adhiriéndose a su tersa piel; la derretida expresión de un rostro exultante de placer; la complicidad que ata sus miradas… Ese pretérito afecto paternal reconvertido a golpe de imperativos pasionales…

 

MARINA:  Oh… … Síiíiíií… … Fóllame Julián… … Fóllame bien… … Así… … así…

JULIÁN:     Hhh… … hhh… … hhh… … hhh…

 

El viejo no pronuncia palabra a lo largo de ese efímero lapso temporal imposible de medir; solo jadea con perpetuo deleite.

La amble sombra de los algarrobos se suma a la brisa y a la humedad que les moja para refrigerar tan ardiente altercado carnal. Se trata del único foco convulso en una vasta extensión campestre, de muchos kilómetros a la redonda, donde lo más interesante que está pasando, fuera de esa oscilante hamaca, es la polinización de las abejas o el pastar de las cabras.

En un proceso inédito, la química cerebral de Marina sigue montada en la estela de su ya lejano orgasmo mientras sigue follando con Julián. Son ya numerosos los minutos de un viaje de euforia psicotrópica que la está llevando, sin escalas, derecha a una nueva explosión de placer:

 

MARINA:  Aah… … Aaah… … Aaaah… …  Creo que… … Me corro… … Me corro otra vez.

JULIÁN:     Hhh… … hhh… … hhh… … hhh… … ooooOh!!

 

La austeridad verbal del abuelo empieza a desmoronarse, por fin, después de muchos soplidos mudos. Su quebrado grito varonil se mimetiza con la gustosa detonación de Marina. Como si el entusiasmo extasiado de la chica le hubiera contagiado, Julián recibe el último empujoncito que necesitaba para inundarse con una añorada sensación que anega todo su ser con un explosivo desahogo ensordecedor.

Marina, todavía estremeciéndose, consigue desenfundar a tiempo para contemplar el presurizado brotar alvino de esa portentosa fuente carnosa, cuya peculiar verticalidad, escupe los primeros borbotones de esa caudalosa corrida más allá de su pelo rubio. Las siguientes contracciones fálicas consiguen salpicarle las tetas mientras Julián parece fundirse de placer.

 

LAZARILLA DE TOPLESS

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-sábado 30 junio-

“Riiiiiiing – Riiiiiiing – Riiiiiiing”

Esos clásicos tonos simétricos rompen el reposo bilateral que reinaba en la oscuridad del dormitorio principal de los Tenorio.  Un dispositivo luminoso brilla y vibra encima de la mesita de noche de Marcela mientras Julián protesta, de muy mal humor:

 

-Pero ¿qué hora es?-   mientras enciende la lámpara de su lado de la cama.

-No sé-   contesta su mujer   -Las cuatro y media-   puntualiza tras mirar su móvil.

-¿Quién?… … ¿Por qué?… … ¿Es que…?-   más indignado a cada momento que pasa.

 

+ ¿Sí?

+ Ah, hola. ¿Qué te pasa, niña? ¿Estás bien?

+ No te preocupes cariño. Dime qué ocurre.

+ … … Aha… … Entiendo.

+ Sí, espera. Le tengo aquí a mi lado.

 

Marcela le ofrece el teléfono a su enfurruñado marido:

 

-Es Marina. Tiene problemas y no sabe a quién acudir-

 

El rostro de Julián se transforma, súbitamente, mientras enfoca toda su atención al vetusto móvil de su mujer.

 

-Hola-   escueto y frío.

-Julián, perdona que te moleste, lo siento, de verdad, pero es que… … Verás: estoy en Augusta, en la calle, sola. Me estaban siguiendo unos tíos con muy mala pinta y he echado a correr para perderlos. Ahora estoy en un portal, escondida. Creo que no me han visto entrar, pero me parece que siguen merodeando por aquí, buscándome. No puedo llamar a la poli por un asunto que ya te contaré, pero… … Necesito que me vengas a buscar. Te lo ruego. Estoy muerta de miedo. Te lo contaré todo… … te lo prometo… … pero… … por favor… ¿Podrías venir a buscarme? Puedo mandarte la ubicación-

-No, a este número no. El móvil de Marcela es prehistórico. Espera, voy a llamarte desde el mío. Ahí sí que tengo internet. Tú no salgas de donde estás, ¿me oyes? Escóndete bien hasta que llegue. Intentaré ir deprisa. Cuelgo y te llamo-

 

Después de tocar el botón rojo, se apresura a encontrar su propio teléfono. Atosigado, se dirige a su mujer:

 

-La voy a buscar. Está escondida en un portal. Unos tíos la están acosando y no puede llamar a la policía. Dice que ya me lo contará todo luego. Tú no te preocupes, ¿vale?-

 

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