ODIO A MI HERMANA

Odio a mi hermana front

MI CUARTO – MIS REGLAS

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-jueves 17 mayo-

Ainhoa está molesta. Siempre ha tenido su cuarto para ella sola, pero, ahora, las circunstancias familiares han cambiado y tendrá que compartirla con el inútil de su hermano pequeño.

 

LEO:         No es mi culpa que la yaya esté enferma.

AINHOA:  Me da igual. Esta es mi habitación y aquí mando yo.

LEO:         Pero deja algo de espacio para mis cosas. !Que no me dejas traer nada!

AINHOA:  Tú no te acomodes demasiado. Esto es temporal.

 

Leo no lo lleva nada bien. Su abuela ha tenido una recaída enfermiza y, por el momento, no puede vivir sola. La vieja le ha usurpado su cuarto y el chico, acogido hostilmente por su hermana, se siente completamente desubicado.

 

LEO:         Al menos, deberíamos haber hecho un sorteo, Ainhoa.

AINHOA:  Papá y mamá comprenden que para mí sería más difícil. Tengo más cosas.

LEO:         No. Solo es porque yo soy el pequeño.

AINHOA:  No. Es porque yo soy la preferida. A ti nadie te quiere porque eres adoptado.

 

A veces, desearía serlo. No soporta compartir lazos sanguíneos con esa ramera despiadada, y tampoco está muy satisfecho con el trato que recibe por parte de sus padres.

Leo está en una edad difícil, llena de inseguridades, cambios, expectativas… Nunca ha sido popular; ni en el colegio ni en el instituto; pero es ahora cuando sus carencias toman más relieve.

 

LEO:         ¿Por qué no dejas el móvil de una vez? No puedo dormir.

AINHOA:  Shhht. ¿Qué te he dicho? Te aguantas.

LEO:         Pues al menos deja de reírte.

AINHOA:  Que te calles de una vez, idiota.

 

Es casi media noche, y mañana toca madrugar. Leo nunca ha tenido el sueño fácil, y en esta: su primera noche en tierra enemiga, todavía le costará más. En circunstancias normales, suele hacerse unas cuantas pajas para relajarse, pero, en el escenario actual, esta es una alternativa descartada.

Se siente despreciable al desear la muerte de su propia abuela.

“¿Quién sabe cuánto tiempo podría

prolongarse este despropósito?

Yo no puedo vivir así”

Arropado por unas finas sábanas azules, el niño se regodea en su propio infortunio preadolescente. Nunca pensó que llegaría a añorar sus días en el cole, pero lo cierto es que su primer año en el instituto, donde cursa primero de la E.S.O., se ha convertido en una experiencia todavía más fastidiosa.

“Tampoco soy tan feo, ni tan tonto.

¿Cómo he llegado a ser el paria de mi clase?”

No le falta razón. No es especialmente atractivo: estatura media, complexión enclenque, pelo oscuro, una cara corriente y moliente… ni tiene una inteligencia privilegiada, pues lo único que se le da bien son los videojuegos, ver series, hacerse pajas, suspender exámenes y no hacer nunca los deberes; pero ese no es el problema. Se trata más bien de una cuestión de carácter. Leo es tremendamente tímido. Le da pánico hablar con las niñas y se ha pasado medio curso sin un solo amigo.

Afortunadamente, hace un par de meses llegó alguien todavía más marginado que él. Un gordo que tuvo que cambiarse de instituto a causa del bullying que estaba recibiendo por parte de sus crueles compañeros. En un principio, Leo intentó darle la espalda, como lo hacían todos los demás, pero pronto terminó por asumir que Raúl era su única opción para tener un amigo: alguien con quien hablar; alguien para formar equipo a la hora de hacer los trabajos, alguien para no quedarse solo cuando el profe de gimnasia pedía que se formaran parejas; alguien que no se disguste por tener que sentarse a su lado en clase…

“Solo he empezado el instituto

y ya tengo ganas de acabar.

Son solo cinco años más.

!Ánimo, Leo!”

Al otro lado de la habitación, Ainhoa por fin ha silenciado el móvil y se dispone a conciliar el sueño. Su realidad es completamente opuesta a la de su desafortunado hermano. Ella ya está cursando bachillerato y sus resultados académicos son mucho más brillantes que los de Leo. Se ha convertido en una chica preciosa y su popularidad está rompiendo techo después de haberse desarrollado como lo ha hecho.

Sus flamantes tetas han adquirido una gran notoriedad, y la delgadez de su figura hace un alto, por debajo de su cintura, para permitir un culo de lo más redondo, prolongando su carnosidad a través de unos bonitos muslos, bien nutridos, que terminan de moldear una silueta de infarto. Ese cuerpazo lleva de cabeza tanto a los alumnos como a los profesores, e infecta de envidia tanto a las alumnas como a las profesoras.

Ainhoa ya era muy guapa de pequeña, pero sus preciosos ojos azules han ido adquiriendo una desdeñosa soberbia intimidante que fomenta, ahora que es más mayor, un atractivo de tintes inalcanzables. Su carácter frío y cortante termina de refrendar esa inaccesibilidad y convierte su conquista en una quimera solo al alcance de unos pocos elegidos.

Rafa es su primer novio mínimamente consolidado. Es alto, guapo, fuerte, divertido, respetuoso, amable… Sin duda: es el chico más codiciado del instituto y no es extraño que haya terminado con la reina de ese populacho estudiantil. Sin embargo, hay algo que no termina de cuadrar en dicha relación; pues bajo aquella deslumbrante fachada de ensueño se esconden algunas carencias que, a día de hoy, todavía permanecen en el anonimato.

 

-viernes 18 mayo-

Des de las gradas, cobijado por las sombras que proyectan los vestuarios, Leo goza, a solas, de los últimos minutos del recreo. El silencio que siempre le acompaña se corrompe por la llegada de Raúl, con sus andares obesos. Se trata del único engendro más desdichado que él en la desalmada jerarquía de su clase. No en vano, aglutina muchos defectos propios de un nerd: sobrepeso, gafas, mala pronunciación, baja estatura, las pecas propias de un pelirrojo, rizos aberrantes… Y sacar buenas notas no le ayuda a obtener el más mínimo respeto de sus compañeros.

 

RAÚL:  ¿Quién gana?

LEO:     No sé. No miro el partido. Solo miro a las chicas.

RAÚL:  Lo zé, lo zé. Pero una coza no quita la otra.

LEO:     Carla está buena. Me pone.

RAÚL:  Hablando de tiaz buenaz. Tu hermana eztá que cruje.

LEO:     Pero ¿qué dices? Estás enfermo.

RAÚL:  Tienen un perfil en Faze. Ella y zuz amigaz.

LEO:     Ya lo sé. Todo el mundo tiene un perfil.

RAÚL:  Noooo. Me refiero a un perfil oculto. Un perfil de guarronaz.

LEO:     ¿De qué hablas? ¿Ella y quién más?

RAÚL:  Todaz tienen un perfil perzonal. Laz de zu pandilla ze apellidan Jagger.

LEO:     ¿Amanda Jagguer? ¿Monica Jagguer? ¿Isabel Jagguer?…  ¿Ainhoa Jagguer?

RAÚL:  Zí. Ez zu alter ego. Me enterado de cazualidad. Hay fotoz muy cachondaz de todaz, zobre todo de tu hermana. Ya te contaré. Vamoz, que llegamoz tarde.

 

****

 

Después de clase, Ainhoa siempre se queda un buen rato con sus amigas en el parque, al lado del instituto. Los chicos suelen organizar partidos improvisados de futbol al tiempo que las chicas permanecen en su ubicación habitual dándole a la sinhueso; como de costumbre.

 

AMANDA:  Mírale. Rompe con todo. No sabes qué envidia me das Noa.

MÓNICA:    Ya te digo. Quién pillara a ese jamelgo.

AINHOA:    Está claro que la nena más guapa del insti merece estar con el mejor chico.

ISABEL:       ¿No me lo cambias por mi Víctor? Me tiene harta ya.

MÓNICA:    !Otro más! ¿Cuánto van ya? ¿Seis a cero? !Somantapalos!

AINHOA:    El quinto de mi novio, ¿eh?

ISABEL:       Bueno. Eso es porque Oscar no para de darle buenos pases.

AMANDA:  ¿Y qué me dices de las paradas de mi chico? !Que no pasa ni una!

 

Ha faltado poco: mientras la charla cambia de rumbo, Ainhoa siente cómo la tentación de hablar más de la cuenta se disipa. Quisiera contarles a sus amigas lo de su novio, pero entonces: su envidia se tornaría mofa, y su trono en el club de las más guapas se vería en tela de juicio.

Rafa es gay; o eso o sufre de una grave disfunción eréctil. Él nunca lo ha admitido, pero, después de unos meses de relación, todavía es hora de que se le ponga dura. Sus excusas son variadas: el estrés por la separación de sus padres, los exámenes, los anabolizantes del gimnasio…

 

****

 

Leo se ha hecho una cuenta falsa para infiltrarse e indagar en el perfil indecente de su hermana. Quiere tener acceso a todas las fotos desvergonzadas que habiten en su muro.  La chica no ha tardado en aceptar a Tomás Valiente; un apuesto joven que juega en el filial del equipo de Fuerte Castillo. Ni siquiera ha tenido que mediar palabra con ella.

“Esa zorra es tan exhibicionista…

!Casi cinco mil seguidores!”

Por la tarde, sentado en el sofá, el niño usa la tablet para inspeccionar, una por una, todas las imágenes que ha encontrado. Su idea inicial era la de buscar material sensible con el que extorsionar a su hermana frente a la autoridad paterna, pero, a estas alturas, ya está palote como nunca.

Cada una de aquellas imágenes roza la censura. Ainhoa tiene bien aprendidas las normas de esa red social; unos límites que resultan estériles a la hora de contener su descaro, y no le impiden lucir su sensualidad en cada una de sus poses.

El odio que alberga hacia ella nunca le habían permitido mirarla con esos ojos, pero sus calenturientas hormonas adolescentes no atienden a razones, y su química cerebral está que arde.

 “No lo puedo creer. !Pero que tetas tiene! No puede ser.

Eso tiene que ser Photoshop. ¿Y ese culazo?

!Jodeer, no puedo maaaaás!”

Apenas unos pocos tocamientos superficiales son suficientes para que Leo se corra, inesperadamente, sin siquiera liberar su miembro: sorpresa, desahogo, enajenación, vergüenza, arrepentimiento… No tiene el más mínimo control sobre su propio cuerpo, pero no esperaba desbordarse así. Ese esperma no solo ha manchado su ropa, también ha manchado su orgullo.

 

-¿Estás bien, Alberto?-    pregunta la abuela desde su discreta presencia.

 

“!DIOS! !NO me acordaba de que estaba aquí!”

 

-Soy… Leo, yaya-   con condicionada pronuncia, recuperándose de su derroche.

 

Esa vieja no habla, no se mueve y la mayor parte del tiempo está dormida. Hace un rato se había quedado frita mirando un capítulo de la señora Flecher, y Leo, sumido en su propia lujuria incestuosa, había olvidado por completo que no estaba solo. Avergonzado, intenta calibrar la notoriedad de su orgasmo.

Puede que esa anciana se haya despertado con aquel tímido gemido incontenible, pero, en el peor de los casos, puede ser que llevara minutos observándole, y que haya sabido interpretar sus tendenciosas posturas y consiguientes tocamientos. Aunque sus manos no se hayan adentrado por debajo de su ropa, cualquier persona mínimamente lúcida hubiera podido interpretar lo que le ocurría a ese chico.

Un disparo suena desde el televisor llamando la atención de la abuela, quien ya no devuelve la mirada hacia su nieto. Leo se siente aliviado, aunque no tiene nada claro el hermetismo de su discreción. Cautelosamente, se levanta y abandona el comedor en busca de ropa de repuesto. Se encierra en el lavabo y procede a remediar aquel estropicio albino.

 

****

 

Los Duarte llevan casi toda la vida viviendo en ese piso de la zona sur de la capital. Son gente humilde que ha sabido abrirse paso en la vida con esfuerzo y trabajo duro.

Alberto es el cabeza de familia. Tiene tres empleos: una pizzería propia, una agencia de traslados y una serie de subcontrataciones para el ayuntamiento. Es un hombre rudo, pero tiene un lado afable que solo ve la luz cuando llega a casa. Alberga cierto sobrepeso; barba, gafas y algunos problemas de espalda de tanto cargar muebles de un sitio a otro. Suele vestir camisas de cuadros y ropa de corte bastante clásico. Como mucho se pone unos tejanos para sus tareas más tediosas.

Mari siempre ha asumido el rol de complementar a su marido en los temas laborales, pero nunca ha permitido que nadie la ningunee por ello. Lleva la contabilidad de las empresas y, lo que es más importante, se encarga de todas las tareas del hogar. También tiene algunos kilos de más, pero esas cosas no le quitan el sueño. Le preocupan más sus hijos: están en una etapa difícil.

Ainhoa y Leo nunca se llevaron demasiado bien, pero, últimamente, están que trinan, y la inoportuna llegada de la abuela no ha hecho más que empeorar las cosas. Todo les parece injusto. No paran de pedir y protestar por cualquier cosa, y no hacen más que poner malas caras y hacerse las víctimas. Se consuela pensando que es ley de vida: la edad del pavo.

En cuando su solicitud sea aprobada, podrán ingresar a Remedios en una residencia para ancianos, y las cosas en casa serán algo más llevaderas.

 

****

 

El final del curso está a la vuelta de la esquina y los chicos pronto podrán disfrutar de unas merecidas vacaciones. Leo no. Él tendrá que repasar para la reválida de setiembre. Es una calamidad estudiantil. Jamás presta atención y nunca hace los deberes. Lo único que se le da bien es la educación física, aunque su manejo del balón deja mucho que desear.

Llegada la hora de cenar, el chico deja de fingir que estudia y se dispone a saciar su apetito. Se apresura a poner la mesa él solo, pues no tiene ganas de discutir a quien le toca. Siempre pierde dichas peleas con su hermana. Por mucha razón que lleve, esa sabandija siempre termina por salirse con la suya.

 

ALBERTO:  Ainhoa, deja el móvil. Ya sabes que en la mesa no se puede.

AINHOA:    Ay, papá, déjame. No seas pesado.

ALBERTO:  No quiero tener que levantarme a quitártelo. ¿Me oyes, cariño?

MARI:        ¿Qué se cuenta Rafa? ¿Todavía estáis tan enamorados?

 

La chica mira a su madre con una expresión inerte de apatía. No piensa contestar a eso. Se termina su salchicha untada en puré de patatas y, acto seguido, coge el mando y cambia de canal.

 

-¿Y tú qué miras?-   le pregunta violentamente a su hermano.

-Nada-   contesta él un poco intimidado.

-Pues deja de mirarme de una vez, que hace rato que me haces sentir rara-

 

El chico intenta actuar con disimulo, pero sus interrogantes le inquietan demasiado.

 

LEO:         Ainhoa, ¿tú conoces a alguien que sepa mucho de Photoshop?

AINHOA:  Pues… … … no sé. Lo normal. Creo que el que más sabe es tu amigo zanahorio.

LEO:         Entonces, ¿nunca te han retocado en una foto?

 

Leo lleva puesta una máscara de frialdad, pero sus palabras traen cierta carga malvada. Su hermana le mira, incrédula. No alcanza a comprender si ese tono trae consigo alguna amenaza; alguna insinuación inapropiada, o si simplemente es una ocurrencia anecdótica.

 

-Claro que no. Soy perfecta. No necesito la más mínima mejora-   responde altiva.

-Buenobuenbueno-   dice Alberto con un tono desenfadado   -El teléfono que te regalé por tu cumpleaños tiene parte de mérito en las fotos que os sacáis-

-¿Es que habéis visto muchas fotos de Ainhoa?-   pregunta Leo maliciosamente.

-!Ay, Ainhoa!-   exclama Mari   -!Estate quieta con el mando!-

 

La chica está nerviosa por la deriva de aquella conversación, y expresaba su inquietud cambiando frenéticamente de canal. El reproche de su madre le ha hecho soltar el dispositivo como si quemara, dejando sintonizado el programa más aburrido del peor canal.

 

****

 

Ainhoa se despierta por los gemidos de Leo. Se incorpora, disgustada, cargando sus cuerdas vocales con un grito de resentimiento, pero se detiene. Esta vez no es como las otras:  no son sus irritantes ronquidos ni es el sonido de esa destartalada cama. Esta vez es algo mucho más inquietante.

El chico parece estar teniendo una pesadilla, pero sus gimoteos no están asustados. Pronuncia el nombre de su hermana de un modo demasiado sugerente. La luz de la luna llena se cuela por la ventana, iluminando sutilmente esa bochornosa estampa. Ainhoa se sobrecoge al contemplar cómo aquellas finas sábanas azules se deforman por el brote de una indecorosa protuberancia fálica.

Una mancha delatadora no tarda en teñir, de un color marino, la cúspide de ese vergonzoso volcán celeste. Consternada, la chica se tumba y simula su propia somnolencia, consciente de que una emoción tan intensa puede despertar a cualquiera.

Leo se va alarmando a medida que toma conciencia de lo que acaba de ocurrir. No solo ha tenido otro de sus accidentes nocturnos, sino que, encima, estaba soñando con su hermana.

“No. Otra vez no. ¿Pero qué…?

Noo. Nooo. Esto sí que noo”

Tras una fugaz parálisis, escucha la profunda respiración fingida de Ainhoa, quien logra convencerle de su inconsciencia. Con cuidado, se levanta para remediar su pringosa situación.

Aquella testigo fraterna se ríe en silencio, entreabriendo sus ojos mientras observa cómo el pequeño de la casa respeta,  como nunca, el silencio de la noche.

 

-sábado 19 mayo-

El día ha amanecido radiante y prometedor, pero Ainhoa tiene la cabeza enfocada en la noche de fiesta que le espera junto a sus amigas y su novio. Seguramente, hoy tampoco se consumará su relación, pero pocas cosas le gustan más que salir a divertirse, a bailar, a presumir, a beber e incluso a esnifar algún gramito.

 

AINHOA:  Mamá, acuérdate de que Mónica se queda a dormir; que vamos a esa fiesta.

MARI:      Acuérdate tú de que tienes a tu hermano en la habitación.

AINHOA:  Ya lo sé. No te preocupes. Llegaremos de madrugada y dormirá en mi cama.

MARI:      No me gusta esto. A partir de ciertas horas no se cuece nada bueno.

AINHOA:  Ay, mamá. Parece que ya no te acuerdas de cuando eras joven.

MARI:      Yo no necesitaba hacer estas cosas que hacéis hoy en día.

 

Leo no tiene tan buen plan: jugará al videojuego sangriento de turno, postergará sus tareas escolares sin sentimiento de culpa alguno, y aprovechará cualquier ratito a solas para tocarse de nuevo. Tiene algunas dudas sobre lo que le está pasando, pero su padre le contó que es algo normal. Cuando los chicos se corren por primera vez, suelen obsesionarse durante un tiempo.

Tendrá su morbo hacerlo en el cuarto de Ainhoa; incluso podía dedicarse a manchar sus peluches con su lujurioso jugo. Sería como marcar el territorio que esa alimaña intenta negarle.

Leo no está acostumbrado a verse en el espejo sin proponérselo, pero, en la habitación de su hermana, ese es un suceso inevitable. Tiene espejos para maquillarse, espejos de cuerpo entero, espejos decorativos… Espejos y más espejos.

“Es tan presumida que se pasará

el día mirando lo guapa que es”

Él solo se mira para petarse algún grano cuando se limpia la cara, por las mañanas, pero, en aquel entorno, está contagiándose del narcisismo de su hermana.

“No estoy tan mal”

Tras dudar unos instantes, y asegurarse de que nadie invadirá su intimidad, se quita la ropa. No recuerda haberse visto nunca desnudo de pies a cabeza. Pronto, toda su atención se focaliza en su pene. Temía que este nuevo prisma atentara contra su orgullo, pero lo cierto es que su autoestima está saliendo muy reforzada.

“Esto es una polla y lo demás son tonterías”

Al menos tiene una cosa buena: un premio que permanecerá consigo a lo largo de toda su vida; una herramienta que sería motivo de gran orgullo si no fuera por su humillante disfunción. Ese incontrolable vigor eréctil le ha estado a punto de costar más de un disgusto en forma de indiscreción, y lo que es peor: su precocidad a la hora de escupir su licuada semilla lechosa le hace temer que cualquier relación con una chica pueda convertirse en una frustrante decepción.

La única ventaja de ser un marginado antisocial es que, por el momento, no tiene que preocuparse de que sus inexistentes novias queden satisfechas en la cama. Es muy joven todavía y ve muy, muy lejana la extinción de su virginidad.

Un repentino cambio en la iluminación le quita brillo a su pálida desnudez. Parece que ese arrogante sol flaquea, por fin.

 

****

 

El tan esperado verano pretendía anticipar su llegada. Fuerte Castillo llevaba días sometido por la tiranía del astro rey. Últimamente, las sombras no dejaban de esconderse, cobardes, durante las horas meridianas de las jornadas; las chicas más jóvenes empezaban a vestir muy cortas; los helados proliferaban junto con el bullicio de las terrazas; las noches parecían tener más vida que en semanas anteriores…

Pero con la llegada de las ferias de San Basílico, unas inoportunas nubes negras se asoman, con viles intenciones, amenazando con aguar la festividad del patrón de la ciudad. El año pasado ya llovió por estas fechas, y el anterior, y el otro… Parece que los lugareños sean víctimas de una maldición meteorológica que los fustiga: año sí, año también.

En cuanto ha terminado de desayunar, Ainhoa ha salido con sus amigas. Han ido de tiendas, a la costa, y tienen la intención de comer en el burguer que hay frente al mar.

Leo, como de costumbre, se ha quedado en casa. Ha bajado la persiana y está absorto en un ensordecedor mundo virtual que solo es audible a través de sus voluminosos auriculares: rugidos, gritos, disparos, explosiones, graznidos, roturas huesudas…

Mari no tiene idea del trato que su hijo suele dispensar a tan infames demonios, ni las traumáticas muertes mutiladas que experimenta ese niño cada vez que se ve sobrepasado por dichas fuerzas infernales. Si lo supiera, tomaría cartas en el asunto.     De momento, se limita a atender a sus quehaceres cotidianos.

Alberto está trabajando. Ni está ni se le espera hasta la noche.

 

****

 

Una vez adquiridas sus alitas de pollo complementarias, Mónica regresa a la mesa que ha cogido junto a sus amigas. Por un momento se había desubicado, pero las llamativas risas de Isabel y de Amanda la han ayudado a focalizar su destino. Nada más llegar, la chica se hace eco de las lascivas miradas que ha recibido cuando estaba esperando junto al mostrador.

 

MÓNICA:    Babosos everywhere, tías.

AMANDA:  Te digo.

ISABEL:       La mayoría de estos mirones solo salen de casa para salivar.

AINHOA:    Tenéis que ser más comprensivas. Estos pobres caballeros no pueden concebir que se hallen en presencia se semejantes pibones.

AMANDA:  Naah. Es que Móni va enseñando su opulento culo africano por doquier.

MÓNICA:    Oyeeh… Que tus pantalones son tan cortos como los míos, ¿eh? Además, yo he nacido aquí igual que tú.

 

Amanda sonríe con malicia. Sabe, perfectamente, que a Mónica no le sientan bien esa clase de comentarios raciales. Si bien es cierto que los exóticos genes de su amiga le han otorgado una piel notablemente tostada, más allá de su pelo rizado, sus rasgos faciales son más bien occidentales y su cultura es equiparable a las demás integrantes de aquel selecto grupo.

 

ISABEL:       Pero mira ese gordo. Parece orgulloso de que le hayamos calado.

AMANDA:  Y encima se ríe, el tonto.

MÓNICA:    ¿Pero cuantos años tendrá? ¿Cuarenta? Es mayor que mi padre.

AMANDA:  ¿No tiene cuarenta tu padre? Ah, Claro. Olvidaba que en el tercer mundo no tienen condones, y las parejas tienen hijos cuando todavía son muy jóvenes.

 

Mónica abre los brazos perpleja, pero termina por no dar continuidad a ese despropósito de mal gusto. Ainhoa se ha estampado la mano en la cara para expresar su estupor. Isabel es la única que da sonoridad a su risa, aunque se trata de un sonido más grotesco y diabólico que el que esboza habitualmente.

 

-Voy a pagar-   dice en cuanto acalla su trastornada risotada.

-Paga lo mío también-   le sugiere Amanda.

-Pago lo de todas, tonta-   afirma complacida y sin bromear.

 

Cuando el cuarteto ya ha pasado a ser trío, Ainhoa deja caer una interesada propuesta susurrada sobre la mesa:

 

-Tenemos que conservarla en el grupo-

-Ya te digo-   dice Amanda   -Es como la gallina de los huevos de oro-

 

Mónica tiene la boca llena y se limita a asentir, silenciosamente, mientras sonríe con complicidad.

 

AINHOA:    ¿Al final ha cortado con Víctor por fin?

MÓNICA:    Shi nu lo ha hexo, spego que lu hagu prnto.

AMANDA:  Está claro que puede aspirar a algo mejor.

 

Juntas de nuevo, esa cuadrilla abandona el local y emprende el camino de vuelta acompañándose con frívolas charlas juveniles.

 

-!No me jodas!-   protesta Mónica mientras tiende la mano mirando al cielo.

-Mira que si llueve esta noche…-   resopla Ainhoa saliéndose de la acera.

-Míralo en tu móvil, Mandi. Mira si va a llover-   sugiere Isabel tomando la delantera.

-Es que no tengo casi batería. Míralo tú en el tuyo-   rogando.

-Déjalo-   corta Ainhoa   -Subamos a mi casa que casi ya hemos llegado-

-No, yo me voy a casa de Mandi que tengo ahí mi ropa de noche-   dice Isabel.

-No te pongas muy zorra-   bromea Ainhoa.

 

Ya en el ascensor, Mónica y Ainhoa se sorprenden, la una a lo otra, mirándose en el espejo.

 

M:  Qué buenas que estamos, Ainhoa. A veces me gustaría ser bollera.

A:   Pues espérate a ver el vestido que estrenaré hoy. Estoy para morirme… ¿Morirse?

M:  A ver. Ahora nos los enfundamos.

A:   Te aviso que hay público, ¿eh? Tengo al idiota de mi hermano de ocupa.

M:  Bueno. Que juzgue él quien de las dos rompe más con la pana.

A:   Nooooh. Quita, quita. No sabes lo salido que está.

M:  Pero ¿qué dices? ¿Cuántos años tiene ese baby?

A:   … … … Ni siquiera lo sé… … … pero agárrate: ayer vi cómo se corría.

M:  !!¿Queeeeeh?!! !!”Wathefuk”!!

A:   Estaba dormido y… … eso no es lo peor… … Es que no puedo ni decirlo.

M:  !¿Pero qué?! Anda, niña… !Que soy yo! ¿Quieres que te tire de la lengua?

A:   Estaba diciendo mi nombre. ¿Te lo puedes creer? Y todavía hay más. Ya te contaré.

M:  ¿Qué dices? ¿De qué va eso? En serio… … estoy flipando mandarinas.

A:   Creo que ha visto mi perfil de guarrona en face.

 

Las chicas entran en casa mientras susurran estas últimas frases. Mari les da la bien venida, ya en el comedor, alimentando sus peores temores meteorológicos.

 

MARI:       Mira quién ha llegado, por fin. ¿Os habéis mojado, niñas?

MÓNICA:   No. Ahora estaba empezando a chispear… … chispeos.

MARI:       Dice el hombre del tiempo que viene una tormenta del copón.

AINHOA:   La hostia. Voy a mirar en la web si se cancela la fiesta.

MARI:       Pero ¿es que acaso es al aire libre?

AINHOA:   Pues claro, mamá. Es en plan festival. Lo hacen cada año. ¿No te acuerdas?

MARI:       !A sí! Por lo de las fiestas de Fuerte Castillo. El año pasado no te dejamos.

AINHOA:   Aquí no dice nada. Esperaremos a ver si amaina. No me lo puedo creer.

MÓNICA:   Ya, tía. Que mala pata… … !¿Por ké, zeñor?! !¿Por keeé?!

MARI:       ¿Habéis comido ya?

AINHOA:   Sí. En ese burguer de la playa.

LEO:          !Callaros ya, que no oigo la tele!

AINHOA:   Tú cállate, mocoso.

LEO:          Cállate tú, zorra.

MARI:       !HE! !Basta ya los dos!

MÓNICA:   HoOolaa, LeoOo.

 

La chica articula una sinuosa musicalidad en su jocoso saludo, descolocando a aquel irritado telespectador.

 

-¿Qué haces, tía?-   se ofende Ainhoa.

 

Mónica coge del brazo a su amiga y se la lleva a su cuarto entre risas juguetonas. No tardan en estar acomodadas en su cama.

 

M:  Si al final no podemos salir, lo vamos a pasar bien igualmente. Nos quedamos y le tomamos el pelo a tú hermano.

A:   Anda ya. Yo paso de ese bicho calenturiento.

M:  ¿Cómo diabletes sabes que ha visto tu perfil?

A:   Porque sospechaba algo. Me fui a mirar en la tablet y empecé a escribir un nombre para iniciar sesión en Face. Automáticamente, se completó un nombre y un apellido porque las cookies lo habían memorizado.

M:  ¿Las cookies? ¿Las galletas?

A:   Sí, tía. O lo que sea que memoriza estas cosas.

M:  Pero ¿qué nombre era? ¿El de tu brother?

A:   NoO0. Aquí está la gracia. Ayer me agrego un supuesto tío bueno, jugador del Fuerte Castillo, en el perfil de zorrear. Pues flipa. Es un perfil falso que se ha hecho mi hermano para poder ver mis fotos.

M:  !No me pitufes! ¿Y cómo sabía él lo del perfil? Espera, espera: ¿y tú por qué sospechabas? ¿Te dijo algo?

A:   Algo de si me habían retocado en fotos. El muy memo no puede creerse que de verdad estoy tan buena.

M:  Qué megafuerteeeh, tía. Esto es un filón. ¿Él no tiene ni idea de todo esto? ¿De que sabes lo del Face? lo de la corrida? lo de sus pajas…?

A:   Mamá me contó que no deja de encontrarse clínex en su papelera.

M:  Es que debe hacer nada que… … … que ya es un hombre.

A:   Eso no es un hombre ni es nada.

M:  Ya me entiendes, zorra.

 

****

 

La cena ha sido más bien un picoteo. Una velada más animada de lo habitual por las desinhibidas gracias de Mónica. Mari y Alberto se ponen anormalmente simpáticos cuando hay algún invitado; incluso Ainhoa se permite salir de su encorsetado papel de hija fastidiada; hasta la abuela ha tomado parte en alguna que otra broma, aunque nadie tiene claro que de verdad la entendiera, a pesar de sus risas.

El único que es el de siempre es Leo. Poco participativo, cumple con su cometido alimenticio y, cuando tiene ocasión, se escapa a la habitación para seguir interactuando con su portátil; aquel instrumento que tanto le ayuda a huir de su triste realidad.

Las chicas han mirado un rato la tele, pero la cinta que está viendo Alberto, sobre la segunda guerra mundial, resulta cada vez más aburrida. Finalmente, optan por huir de esa tediosa trama y se van del salón.

 

-¿No estabais mirando una peli?-   protesta Leo nada más verlas llegar.

-La guerra mundial es un coñazo-   contesta Mónica.

-Pero os podríais quedar ahí. Los sofás son muy cómodos-   con ansias de ofender.

-Papá no nos deja hablar. No entiende los disparos si no estamos calladas-

-Podría ponerse subtítulos-   dice Mónica   -¿Te imaginas? !Pumpam, tatatata, bacum!-

-Yo creo que os ha echado por que le provocabais dolor de cabeza de tanto parloteo-

 

Mientras Ainhoa deja caer su cuerpo desgobernado sobre su cama, Mónica abre el armario y saca un par de bolsas con ropa aún precintada.

 

MÓNICA:   Vamos a probarnos los trapitos que teníamos preparados para la noche.

LEO:           ¿Es que al final no vais a salir?

AINHOA:   ¿No escuchas la que está cayendo? Ya saldremos el lunes, que hay fiesta.

MÓNICA:   ¿Te ha llamado Rafa, al final, petardis?

AINHOA:   !Qué va! Estará con Marcos y Víctor. Haciendo botellón y jugando a la play.

LEO:           Entonces, ¿te quedas a dormir aquí, Mónica?

MONICA:  Sí. A estas horas no tengo manera de volver a Augusta. Además, le he prometido una noche de amor a tu hermana y no puedo dejarla con las ganas. Si quieres te dejamos mirar.

 

Mónica abanica un guiño con sus largas pestañas mientras arranca un oclusivo y cómico gesto indignado de su amiga, quien se mofa de su hermano con una mueca insultante.

 

LEO:         ¿Qué te has creído, Ainhoa?  Ni que me pagaras me dedicaría a mirarte.

AINHOA:  ¿De verdad, Leo? ¿De verdad? ¿O debería llamarte: Tomás Valiente?

LEO:         ¿Q.qué?

 

El chico no tiene demasiada sangre fría y está sufriendo un sofoco incontrolable. Sus tartamudos intentos de explicarse no hacen más que terminar de desmantelar su dignidad:

 

LEO:         No.no sé de qué… … … no sé quién es el Tomás ese.

AINHOA:  Entonces, ¿por qué te has puesto rojo, merluzo?

LEO:         Bu… bueno sí, pero no lo hice para mirarte. Lo hice para chivarme a papá.

AINHOA:  Te podías chivar sin tener que entrar a babear.

 

Mónica, sonriente, observa con los ojos muy abiertos cómo a ese crío se le suben los colores.

Las expresiones de Ainhoa son muy distintas: negando con la cabeza, dispara desprecio y asco en la cara de su hermano.

 

LEO:          Tenía que comprobar de qué se trataba. Solo había escuchado rumores.

AINHOA:   Entonces… ¿solo miraste un par de fotos o te fundiste toda la galería?

MÓNICA:  Déjalo, Ainhoa. No lo machaques.

LEO:          Nada. Solo un par. Me daban asco, ¿vale?

MÓNICA:  ¿Yo también te doy asco, chiquitín?

LEO:          No tanto. !Digo No!

AINHOA:   Atrévete a chivarte a papá. No te imaginas las hostias que llegarán a caerte. No sabrás ni de dónde te vienen. Te haré la vida imposible.

 

Leo baja la cabeza, intimidado. Nunca ha tenido temperamento para enfrentarse a su pérfida hermana. Incluso cuando descubrió ese impúdico perfil, y a pesar de fantasear con ello, en el fondo, sabía que no llegaría a usarlo en su contra.

 

-Date la voltio, Leo-   sugiere Mónica mientras empieza a desnudarse.

-¿De verdad, Moni?-   pregunta Ainhoa   -¿Ahora tienes ganas de esto?-

-!Claro que sí! Yo no me voy a dormir con el gusanillo. Aunque solo me veas tú y la ricura de tu hermano.

 

Ainhoa no las lleva todas consigo, pero decide seguirle el juego. En esta noche tan lluviosa no hay nada mejor que hacer.

Leo se ha dado la vuelta y finge mirar la pantalla de su portátil, pero sus ojos van como locos buscando algún espejo que le dé un buen ángulo de visión. Le ha tocado encararse con la pared menos poblada de reflectantes, pero, si fuerza un poco la pose…

 

-!¿Qué haces, Leo?!-   pregunta imperativamente su hermana   -!Nono! !No te gires!-

-Pues no me hables-   le reprocha.

-Anda, Ainhoa-   le interpela Mónica   -Ayúdame con la cremallera-

Joh, Moni !Cómo rompes! Estás para comerte-   dice ella sin despegar sus dientes.

-Ahora tú, va-   responde Mónica con cierta emoción impaciente.

-¿Por qué no te vas, enano?-   propone esa hermana despechada.

-Estoy bien aquí-   contesta él sin levantar la voz.

-Déjalo, zorra. Necesitamos un jurado-

-Si mi hermano tiene que dar un veredicto, ya te puedes considerar ganadora-

 

Leo no ha conseguido ver más que el reflejo de algún hombro, un ombligo y algunos mechones del pelo rizado de Mónica; aun así, su miembro ya ha recibido algunos centilitros extra de su pernicioso riego sanguíneo. Puede que sea más por la situación que por las pocas imágenes que alimentan sus curiosas pupilas.

Finalmente, Ainhoa termina de vestirse. Al tiempo que se peina frente a uno de los espejos, Mónica solicita la supervisión del joven y único integrante del jurado.

 

-Señor Leo Duarte. Ha llegado la hora de emitir su dictamen-

 

A pesar de su intento por mantener una expresión indiferente, el chico queda boquiabierto con tan deslumbrante visión. Mónica busca la complicidad gestual de su amiga mientras esta, displicente, desvía la vista hacia la ventana. Pese a su pretendida apatía, Ainhoa está curvando la espalada para sacar pecho y convertir su descarado escote en un fenómeno difícil de concebir. Ese par de tetas son inauditas.

Leo empieza a creer que el Photoshop no incidió, en modo alguno, en aquellas infartantes fotos que consiguieron derramar sus vergonzosos flujos, ayer por la tarde.

Mónica se ha dado cuenta de que, por muy teatrales que sean sus propios gestos, ese niño solo tiene ojos para su hermana. No es hasta que Ainhoa se digna a mirar, por fin, al chaval, que este finge interesarse por su chistosa amiga.

 

-¿Y bien?-   pregunta Mónica solicitando un veredicto.

 

Hasta para Leo resulta demasiado previsible fallar en contra de su íntima enemiga; pero, por más buena que esté con ese provocador vestido gris, le resulta inconcebible premiarla con su favor. Empieza a inclinarse hacia un diplomático empate, pero:

 

LEO:          En los concursos de belleza hay algunas pruebas adicionales.

AINHOA:   ¿Qué pasa, bicho? ¿Es que vas a preguntarnos sobre historia o geografía?

MÓNICA:  No vamos a desfilar con ropa de baño, y mucho menos con ropa interior.

AINHOA:   No te columpies más. Dale la corona a Mónica, si le hace ilusión, y ya.

MÓNICA:  Espera, espera. Vamos a enseñarle esa coreografía tan sexy.

 

Mónica habla de un baile que tienen ensayado con Ainhoa. Tiene parte de improvisación, pero, en los estribillos, bailan al unísono fundiéndose sensualmente en una peculiar simbiosis lésbica. Es algo que usan en la disco cuando suena su canción. Ese numerito actúa a modo de imán para el género masculino.

Leo no lo ve muy claro. Pese a que la postura que ha adoptado le ayuda a encubrir la tremenda erección que alberga su fino pijama, el decoro que lo protege se vería en grave peligro si tuviera que moverse. Además, es consciente de que pocas cosas le calientan más que los bailes femeninos, y Mónica ya ha anticipado una gran carga erótica en su futurible actuación. Siente la amenaza de otro inoportuno derrame si la cosa se desmadra demasiado. No puede imaginar peor humillación que el que su hermana le haga correrse sin siquiera tocarle.

El chico intenta pronunciarse en contra, pero, al parecer, no tiene ni voz ni voto para detener esa deriva tan tendenciosa. Mónica ya ha encontrado el video en Spotify y sube el volumen de un modo poco razonable. Ainhoa ha apagado la luz del techo y ha encendido las dos lámparas de su cuarto enfocándolas a modo de focos. Por suerte, la habitación es espaciosa.

Tras un breve beat telefónico, entra una percusión regular con mucho cuerpo. Las chicas parecen olvidarse de Leo en cuanto sus gestos cómplices se acompasan con el ritmo de la música.

Aquel sugerente bailoteo cautiva la febril mirada del niño, quien navega por tempestuosas aguas emocionales.

La gracia de esas mozas es asombrosa. Sus curvaturas sinuosas subrayan sus generosas redondeces. Mónica lleva pinzas en sus rizos y su peinado guarda aún cierta disciplina, pero, por contra: el indómito pelo oscuro de Ainhoa se zarandea salvajemente.

Leo observa, momentáneamente, a su invitada. Ella es la única que le dedica sugerentes miradas llenas de maldad. Sin duda, es una mujer de bandera, y hoy está particularmente atractiva con esas ropas, pero la fuente de las perturbadas inquietudes del chico lleva el mismo apellido que él.

El tubo textil que pretende cubrir las nalgas de su hermana parece dimitir sometido a esos obscenos movimientos circulares. Trepa por sus carnes con insistencia, obligando a la chica a recomponer su compostura con frecuencia. Por si no fuera suficiente, en el frente superior, algún que otro accidente de contención mamaria deja asomar, parcialmente, uno de los grandes y oscuros pezones de Ainhoa. Ella se ayuda con la rotación de sus pasos para esconder dichas indiscreciones, pero no puede privar a su hermano de ciertos flashes reveladores.

Unos desacompasados golpes hacen temblar el suelo interrumpiendo aquella sensual coreografía. Mónica se apresura a detener la reproducción de ese audio sobredimensionado.

 

-¿Qué fakers es eso?-   pregunta Mónica entre risas con, los ojos muy abiertos.

-La señora Pardina. Siempre se queja cuando hago ruido-   admite Ainhoa sonriente.

-¿Te da con la escoba?-   todavía manteniendo su sorpresa.

-No sé si es escoba, fregona, o bastón, pero no tiene mucha paciencia que digamos-

-Pues suerte que nos hemos quitado los tacones-   susurra consternada.

-¿Y a ti que te pasa?-   le pregunta a su hermano viéndolo extrañamente concentrado.

 

Leo mantiene su mirada perdida con el ceño fruncido. Está al borde del derrame seminal. Se ha puesto como una moto.

 

MÓNICA:  ¿Estás bien, ricura?

LEO:          Sí. Sí. Es que me he acordado de que tenía que hacer una cosa hoy.

AINHOA:   ¿Y por qué estás rojo? Tienes la vena de tu frente a punto de estallar.

MÓNICA:  Yo creo que lo hemos impresionado demasiado, pelandusca.

AINHOA:   Te digo. Este crío va tan salido que podría correrse mirando una yegua.

MÓNICA:  Eso sería zoofilia, tía.

 

Ainhoa no va del todo desencaminada. No hace demasiados días, su hermano se sorprendió, a sí mismo, observando, con demasiada atención, los cuartos traseros del caballo de Napoleón en un retrato de un libro de historia. Tuvo que preguntarse si ese animal podría ser hembra para no sentirse tan depravado.

Pero lo que le ocurre ahora mismo va mucho más allá. Por un momento ha creído que se corría. A pesar de su disuasoria postura, que liberaba su miembro de cualquier caprichosa presión aleatoria, sus libidinosos flujos han ido acumulándose de tal manera que amenazaban con quebrar la presa que los mantiene a buen recaudo.

 

Joh, tía. Entre la tormenta y tu vecina nos están fastidiando la noche-

-Hay cosas peores-   pronuncia asqueada mientras encuentra la mirada de su hermano.

-Pero ¿qué dices? A mí me parece muy gracioso. Tendrías que sentirte halagada-

-Imagínate que el gordo de tu padre se empalmara contigo-   dice Ainhoa airada.

-!Anda, tía! No seas roñosa. Mi padre es viejo y gordo. Tu hermano es solo un niño-

-¿No decías antes que ya es un hombre?-   contraataca Ainhoa.

-Pero cállate, perra-   le reprocha Mónica supervisando el estado del chico.

 

Leo no sabe qué sentido tienen aquellas palabras, pero, por la reacción de Mónica, intuye que no son muy formales.

“¿Un hombre? ¿Ya soy un hombre?

¿Que determina eso?… … !Dios!”

De pronto teme por la discreción de sus vergonzosas gayolas:

“¿Es que alguien me ha visto?

¿Es que la abuela se chivó?”

Leo no le ha hablado a nadie de sus recientemente adquiridas facultades lecheras; ni siquiera a su amigo Raúl.

De pronto suena el teléfono de Ainhoa:

 

+ Hola, amor.

+ Sí. Ya lo imaginaba. Se lo he dicho antes a Moni.

+ No. Ya no va a parar. Y aunque parara, todo eso ya se ha anulado.

+ Venga va. No seas tonto.

+ Noooh. Tú más.

+ Anda… buenas noches. Y no te vicies demasiadoooh.

 

MÓNICA:  Qué cariñosa. Pareces otra persona cuando hablas con él.

AINHOA:   Claro. Es mi novio. ¿Qué quieres?

MÓNICA:  ¿Y todo ese asuntillo del que me hablaste? ¿Cómo va? ¿Solucionado?

AINHOA:   No voy a hablarte de eso. Y menos delante de mi hermano.

MÓNICA:  Al menos dime si tiene un buen manubrio, tía. !Que no me cuentas nada!

AINHOA:   Déjalo.

MÓNICA:  El otro día me lo hice con Carlos. No se lo digas a nadie, ¿vale? Ni tú tampoco, ¿capisci?

 

Mónica mira a Leo de un modo amenazante. Le hace un gesto con dos dedos señalando intermitentemente a sus propios ojos y a los ojos del chico. Él no emite ningún sonido, pero asiente con la cabeza certificando que lo ha entendido.

 

AINHOA:   Esa polla es universitaria. Seguro que tiene un buen tamaño.

MÓNICA:  Ya te digo. Era casi como mi palmo estirado a tope.

AINHOA:   ¿Eso qué son? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve?

MÓNICA:  Tengo la mano pequeña. Casi dieciocho.

AINHOA:   No está mal. Pero, espera… ¿te pusiste a medirle la polla en plena faena?

MÓNICA:  Solo puse la mano porque estaba impresionada.

AINHOA:   Vaya pollón. Ya me gustaría que mi novio alcanzara esa medida algún día.

MÓNICA:  Buenoooh. Si no le ha crecido ya no creo que le crezca más.

 

Ainhoa pretende mantener una expresión neutral, pero su amiga sabe leer entre líneas.

 

MÓNICA:  !Nooh! ¿En serio? ¿Todavía no? Pero vamos. ¿Qué problema tiene ese chico?

AINHOA:   Aix; cállate. No sé. Dice que está pasando malos momentos; está estresado.

MÓNICA:  ¿Tú qué opinas, Leo?

AINHOA:   No le metas en esto, guarra.

 

Leo hace rato que navega de una web a otra, sin profundizar en sus contenidos. Disimula, pero su atención está puesta en la charla de sus dos compañeras de cuarto y, sobretodo, en cómo esos atrevidos vestidos modelan sus fantasiosas formas.

 

LEO:          ¿Sobre qué?

MÓNICA:  ¿Tú has pasado alguna mala época en la que no se te pusiera farruca?

LEO:          No.

AINHOA:   Pero ¿no ves que antes de ayer todavía no se le ponía dura?

LEO:          Perdona, lista: a mí se me pone dura desde que era pequeño.

AINHOA:   Es que aún eres pequeño, tontolaba.

LEO:          Soy más grande que tu novio, y que ese tal Carlos también.

MÓNICA:  Ojojojojojooooh.

 

Mónica se emociona con semejante escalada de tensiones mientras asimila el verdadero sentido de esa afirmación. Ainhoa sonríe negando con la cabeza.

 

AINHOA:   Ya te gustaría a ti, mequetrefe.

MÓNICA:  ¿Se aceptan apuestas?

LEO:          Me apuesto lo que quieras; estoy seguro de que Ainhoa se rajará ya mismo.

AINHOA:   A ver: ¿cuál sería el reto?

LEO:          Que la mano de Mónica se queda corta para medir mi trabuco.

 

Ainhoa rompe a reír. No puede creer que esté teniendo lugar esa conversación. Por otra parte, ve la oportunidad de aplastar a su hermano usando su propia arrogancia.

“Está claro que el niño no puede tener el pollón

que pretende; solo es un farol para reivindicarse.

Fanfarronea porque piensa que de ningún modo tendrá

lugar la comprobación, pero eso no tiene porqué ser así”

 

AINHOA:   Mónica puede comprobarlo sin que yo tenga que verte el pito.

MÓNICA:  Si tu madre se entera que le mido la picha a Leo me echa de casa.

AINHOA:   Qué va, tonta. ¿Cómo quieres que se entere?

LEO:          ¿Y cuál es la apuesta?

 

A la chica le sorprende la seguridad de su hermano. Lo que él no sabe es que ella vio cómo se le empinaba ayer por la noche.

“Era un buen bulto, pero NO, de ninguna manera.

¿Un palmo? Claro que cubierto por las sábanas…

puede que no tuviera mucha verticalidad.

Estaba oscuro o sea que… NOO”

 

AINHOA:   ¿Te piensas que no sé de qué vas, niño? Si no la tienes tan grande como dices me quedaré con tus ahorros para la nueva Play Station. Yo les daré mejor uso.

LEO:          ¿Y si resulta que digo la verdad?

AINHOA:   Si te mide más que el palmo de Móni dejaré que me toques las tetas.

LEO:          ¿Sí? !Anda! y ¿qué… … quién te ha dicho a ti que… que yo quiero hacer eso?

AINHOA:   ¿A quién te crees que engañas? Casi te desmayas, hace un momento mirándome mientras bailaba; esta noche te has corrido soñando conmigo; y ayer seguro que estuviste pajeándote mirando mis fotos.

LEO:          ¿Qué? ¿Esta noche? ¿Pero cómo…?… Yo no… Miraba más a Mónica que a ti.

MÓNICA:  Eso sí que no, cariño. Cada vez que te veía estabas embobado por ella.

 

Leo está pensativo. No se considera buen negociador; además: bajo los efectos de su ardiente calentura, no le parece tan mal trato, pues se trata de una apuesta segura. Aun así: si pudiera realizar su fantasía…  Puede que sea por las constantes humillaciones e insultos a los que le somete su hermana, pero lo que realmente quiere es otra cosa:

 

LEO:         Quiero azotarte las tetas con mi polla.

AINHOA:  !Pero ¿qué… … dices?!

LEO:         Es lo que quiero. No es tan diferente a lo que me ofreces.

AINHOA:  … … … Bueno. Da igual. No me creo nada de lo que afirmas, así que…

LEO:         ¿Cuantos golpes? ¿Veinte?

AINHOA:  ¿Dónde vas? Diez y gracias.

LEO:         !¿Diez?! ¿Frente a todos mis ahorros de navidades, cumpleaños y pagas?

AINHOA:  Si tan seguro estás… Esto es lo que hay.

LEO:         Vale… … … pero primero me escupirás en la polla.

AINHOA:  Vale, vale. Te escupiría, pero no te hagas ilusiones, mendrugo.

 

Ainhoa termina la frase riendo. Aquella cháchara sigue pareciéndole surrealista, pues nunca había existido el más mínimo ápice de sexualidad entre esos dos hermanos enfrentados, permanentemente, por cualquier mínima disputa.

“¿Qué nos ha pasado? ¿Será porque compartimos cuarto?

¿Será porque Leo ha llegado a la pubertad

y se la pela como un mandril?”

Las dos amigas se dedican una divertida sonrisa justo antes de que Ainhoa salga de la habitación. Su cómplice hará los honores.

Una vez a solas con Mónica, a Leo le entran las dudas. Desde que su madre le lavaba la pichulina, de pequeño, ninguna niña, chica, mujer o vieja le ha visto el pene. Su vigor se está desvaneciendo a medida que su incomodidad gana terreno. Es un niño tímido. Puede que no haya medido bien los riesgos. La presión de perder sus ahorros y su dignidad está sometiendo el vigor de su cohibido miembro.

 

MÓNICA:  Si no te la sacas habrá ganado tu hermana y se quedará con todo.

LEO:          Dame solo un momento.

 

Leo da un paso atrás para mirar con mejor perspectiva a Mónica. Ella se da cuenta de la grosera táctica del chico:

 

MÓNICA:  !¿Oye?! ¿Qué haces? ¿Te quieres calentar conmigo? No te voy a ayudar si eso perjudica a mi mejor amiga.

 

Mónica se distancia, recoge algunas de las ropas que encuentra sobre la cama y cubre sus zonas más sugerentes. A Leo le están entrando calores. Se saca la camiseta, se desabrocha el pantalón y, tras un momento de parálisis reflexiva, agarra la tablet. Tarda tan solo unos segundos en identificarse como Tomás Valiente y acceder a la galería de su hermana.

En el pasillo, Ainhoa ya ha dejado de pegar su oreja a la puerta. Espera pacientemente mientras mira su propia mano. Calibra la distancia que hay entre la punta de su pulgar y la de su meñique.

“Nooh. Ni de coña.

Ninguno de mis rollos tenía este tamaño.

Mis tetas están a salvo. Seguro.

Esto será pan comido.

Una manera fácil de ganar

un buen fajo de billetes.

¿En qué me lo podría gastar?”

Llega a sentir cierto grado de culpabilidad al aprovecharse así del tonto de su hermano; pero alguien tiene que darle, a ese crío impertinente, una valiosa lección; una cura de humildad.

 

MÓNICA:  !Ya está, Ainhoa! !Ya puedes pasar!

 

Nada más entrar, la muchacha percibe algo raro en la cara de su amiga. Lo primero que piensa es que Mónica pretende tomarle el pelo. Es así de cruel; no tiene miramientos.

 

MÓNICA:   Lo siento, tía. Al principio parecía que no, pero… Tela.

AINHOA:   Ni de coña. No seas zorra, Mónica. No tiene gracia.

 

Un poco asustada ya, mira cómo su hermano respira hondo, lleno de satisfacción. Sigue incrédula, pero ya no lo ve tan claro.

 

MÓNICA:  Solo serán diez azotes fálicos. No es para tanto, guapi.

LEO:          No te daré muy fuerte, Ainhoa. No te preocupes. No quiero hacerte daño.

AINHOA:   Es que no me lo creo.

LEO:          No te puedo engañar. Tendrás que verla con tus propios ojos, sea como sea.

 

La chica se acerca a Mónica y, sin mediar palabra, le coge la mano para encajarla con la suya, simétricamente. Sus tamaños son prácticamente idénticos. Dubitativa, toma asiento en su propia cama manteniendo una expresión escéptica.

 

LEO:         ¿Te sacas las tetas?

AINHOA:  !¿Qué dices, bicho?! Con este escote tienes superficie de sobras. Además: primero tendré que medirla yo misma.

 

Leo se acerca a su hermana. Con su ventajosa perspectiva, observa sus apetitosas tetas adolescentes. Están sospesadas por un sujetador que las aprieta y las eleva hasta tal punto de que parece como si quisieran desbordar ese vestido ajustado. En su suave palidez, casi libre de pecas, se dibujan sutiles trazos azules que dejan intuir el riego sanguíneo que los llena de vida.

La polla de Leo ha ido basculando entre muchos tamaños. Tan rocambolesco escenario hace imprevisible la reacción biológica del chico; aun así, su hermana le da tanto morbo que no duda de su capacidad para proceder con firmeza.

 

A ver. Ufffff. Sácatela-   propone Ainhoa   -Nunca pensé que llegaría a decirte esto-

-No protestes. Si te va a gustar-   contesta él con un anómalo tono de fanfarrón.

 

Leo desenfunda su imponente atributo. No goza aún de su estadio más extremo, pero no por ello deja de paralizar el aliento de su hermana. No solo es largo si no que goza de un grosor impropio para un niño de su edad. Parece que se trate de un engendro implantado, proveniente de una estrella del porno.  Esa descontextualización cárnica se ve reforzada por un enrojecimiento que contrasta con el tono del resto del cuerpo.

Ainhoa se plantea la posibilidad de que su hermano esté intentando engañarla con una prótesis, y se la aprieta con fuerza.

 

-!AahaH!-   exclama Leo con cierta flojera   -¿Qué haces?-

-!Joh! ¿De verdad es tuya esta cosa?-

-Pues claro… … … ¿Pensabas que era Photoshop?-

 

Los efectos de tan inesperado apretón no tardan en hacerse visibles. Al compás de sus lujuriosos latidos, ese nabo fraterno se colapsa de sangre tensando sus tejidos de forma alarmante.

Ainhoa se siente presionada; como si tuviera que darse prisa en medir aquella abominación antes de que reviente. Sin esperanzas, usa su palmo, estirado como nunca, para intentar abarcar la magnitud de la tragedia. No lo consigue por poco.

 

-Joh-   exclama Mónica   -Qué machote. Eso parece el fémur de una jirafa-

-Escúpeme-   le ordena Leo a su su víctima   -Me has dicho que me escupirías-

 

Ainhoa no se hace rogar. Para no mancharse el vestido, se ocupa de acumular muchas babas en su boca antes de proyectarlas. Lo hace burdamente y con desprecio. Su certero escupitajo baña, generosamente, el glande de su hermano. Ese acercamiento facial ha sido impreciso, y la punta de tan inquieto y lascivo ariete ha llegado a rozar su jugosa boca.

Leo empieza a desmoronarse: tanto rato de alternar erecciones, el aborto de aquella corrida incipiente de antes, el húmedo aporte que acaba de recibir de su hermana… Está malito como nunca y eso, tratándose de él, es mucho decir.

Le duelen los huevos y la tiene tan dura que casi ha perdido la sensibilidad. Por un momento, se plantea indultar a Ainhoa para no exponerse a su enésimo derrame involuntario, pero sabe que esta oportunidad no se repetirá y no quiere dejar escapar la ocasión de flagelar, por fin, la soberbia de su hermana. Puede explotar en cualquier momento así que decide darse prisa:

 

-Vamos, Ainhoa: súbetelas con las manos ni que sea. Si no quieres sacártelas…-

-… … … Vale, vale, pero no te flipes-

 

La chica intenta enajenarse mirando hacia la ventana mientras levanta esas nutridas tetas. Sus oscuras areolas vuelven a asomarse, fruto de la presión, desafiando la blancura de su piel.

Mónica se acerca y da un paso al lado para lograr un mejor ángulo y no perderse detalle. Leo toma una pose heroica, con sus piernas abiertas y agarra su arma desde muy abajo, en su base, pues no quiere restarles longitud e inercia a sus azotes. Ainhoa cierra los ojos con fuerza y dibuja una mueca de asco al tiempo que se somete a tan ultrajante castigo.

Usando toda la fuerza que le permite su maniobra fálica, Leo le da su merecido a esa zorra engreída al compás del recuento de Mónica, quien no ha dejado de ejercer de árbitro en este bochornoso asunto incestuoso: “Uno, dos, tres…” El chico cambia de teta dejando un hilo de saliva colgando entre ellas. “… Cuatro, cinco, sth…” Los tremendos golpes se aceleran con toda urgencia, pero la serie no se completará.

Leo se corre, holgadamente, a la vez que contiene el aliento. Su instinto le empuja a remojar los pechos de su hermana, pero también su cuello y hasta su cara. Tanto rato de acumular lácteos ha terminado por provocar una eyaculación presurizada tan caudalosa que desafía la lógica más elemental de la física.

Mónica se sobrecoge y se lleva las manos a la cara.

Tras coger aire violentamente y articular una expresión pavorosa, Ainhoa cierra los ojos para capear el temporal, pero tan mayúscula sorpresa le hace abrir su boca:                    [graso error]

 

MENUDO PEDAL

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-domingo 20 mayo-

Leo se despierta sobresaltado. Cree haber escuchado cómo se cerraba la puerta de la entrada, aunque no está seguro de si se trataba solo de un sueño. Se siente algo descolocado fuera de su cama, en el sofá; pero no podía quedarse a dormir en la habitación de Ainhoa después de lo que le hizo.

Sin demasiada prisa, y haciendo algunos estiramientos, se incorpora y se queda mirando por la ventana. El suelo está frío y no tiene sus zapatillas, pero quiere satisfacer su curiosidad y ver quién sale del edificio.

“Seguro que es Mónica.

Puede que no quiera estar presente en

 un desayuno tenso y enrarecido.

O puede que solo quisiera coger

el primer tren hacia Augusta”

 

****

 

Ainhoa ha fingido que dormía para no despedirse de su amiga. De ningún modo está molesta con ella, pero, ahora mismo, se siente rara y no tiene ganas de volver a hablar de lo ocurrido. Quiere confiar en Mónica, pero sabe que no es buena callando secretos. De hecho, ni ella misma sería capaz de guardarse algo tan morboso si lo hubiera presenciado en las carnes de alguna de sus amigas. Respecto a Leo: no tiene amigos a quien contarles las cosas que le ocurren y, aunque cometiera la imprudencia de hacerlo, nadie le creería. Será muchas cosas, pero no un bocazas.

No logra desperezarse. Ha pasado mala noche y ahora le cuesta salir de la cama. Se siente incapaz evaluar unos acontecimientos tan inéditos e inconcebibles por más vueltas que le dé:

“¿Qué importancia tiene?

¿Cómo pudo ocurrir algo así?”

Repasa, por enésima vez, esa cadena de despropósitos que se concentran en poco más de un día: la polución nocturna que sufrió su hermano mientras pronunciaba su nombre, el hallazgo de la cuenta falsa para husmear en su galería, la inoportuna lluvia que les aguó la fiesta, la incomprensible complicidad de Mónica con Leo, su despampanante vestido, aquel sinuoso baile,  la indiscreta conversación picante que derivó en una apuesta inédita, el desconcertante tamaño de ese pollón… y por último, pero no menos importante: su torrencial eyaculación precoz.

Ainhoa no pronunció ni un solo reproche tras verse sometida a aquella vergonzosa lluvia biológica. Ni siquiera miró a nadie. Se limitó a salir escopeteada, con toda su urgencia, para encerrarse en el lavabo y limpiarse ese ignominioso derrame.

 

****

 

Unos críos intentan jugar a básquet en la pista asfaltada que hay al final de la calle, pero hay tantos charcos que trenzar una jugada resulta prácticamente una quimera. Después del chaparrón que cayó ayer por la noche, el aire parece más limpio, y todavía permanece el olor a tierra mojada.

 

RAÚL:  No ezperaba que me llmaraz. Nunca noz vemoz fuera del inzti.

LEO:     Ya, tío, pero no sé. Hoy no quiero estar en casa.

RAÚL:  Que raro. Zi tú y yo zomoz loz tíoz máz cazeroz de la ziudad.

LEO:     Sí, pero es que me han usurpado el cuarto y no soporto estar con mi hermana.

RAÚL:  Ah. Ez verdad. Ezo que me contazte de tu abuela… … ¿Y ezo durará mucho?

LEO:     Es por el papeleo. Necesitamos que lo pague… … la administración. Burocracia.

RAÚL:  Burrocrazia: el arte de convertir lo fázil en difízil mediante lo inútil.

LEO:     Eso es bueno. ¿De dónde lo has sacado?

RAÚL:  No zé. De internet, zupongo… … … Yo zí que quiziera eztar zerca de tu hermana.

 

Leo queda pensativo por unos momentos. Calibra sus palabras antes de entrar en terreno pantanoso. Se ha sentado en el respaldo del banco para eludir la humedad de la parte inferior. Raúl no has sido tan precavido:

 

-Me eztoy mojando el culo-   con un tono bajo y algo resentido.

-¿Tú te has corrido alguna vez?-   pregunta Leo con naturalidad.

-… … … ¿Por qué me preguntaz ezo ahora? ¿De qué vaz?-   un tanto avergonzado.

-Aún no, ¿verdad?-   sin ninguna mofa   -Dime una cosa: ¿cuánto te mide el pito? Seguro que te lo has medido alguna vez-

-En zerio, tío. Eztoy empezando a zentirme incómodo-   protesta.

 

Leo asume que no le sacará ninguna información útil a Raúl. Intuye que tiene un tamaño vergonzoso y no quiere hacer sangre de ello. Le gustaría poder hablar de sus inquietudes con alguien más experimentado; alguien que no le hablara con tono paternal ni empezara a preocuparse por lo que hace o deja de hacer; alguien que no crea que puede tomar partido en su vida.

 

LEO:     ¿A tu hermano que tal le va con las chicas?

RAÚL:  No ze come un rozco.

LEO:     La hostia… … … Creo que tengo un problema.

RAÚL:  ¿Con tu… … polla?

LEO:     Me corro muy rápido. Por lo que oigo, es normal aguantar mucho más.

RAÚL:  No hagaz cazo del porno. Ezoz tioz zon profezionales. Ademáz, editan loz videoz.

LEO:     Soy como un colador tío. No tengo el más mínimo control sobre mis fluidos.

RAÚL:  Puede que ezo ocurra zolo al prinzipio. Ya le iráz cogiendo el tranquillo.

LEO:     … … … … El otro día estaba jugando, inocentemente, con el agua en la bañera. Estaba salpicando la botella de jabón, que flotaba encima de mí. Entro mi padre a echar un meo. Yo a mi bola. De repente me dice “Escucha, Leo: los chicos que se la pelan mucho pueden tener problemas de concentración” y yo me quedo “¿Ein?” Cuando salió del lavabo lo entendí: se pensaba que me la estaba pelando, por el ruido de las salpicaduras; ahí, con él tras de la cortina.

RAÚL:  Joh. Qué corte.

LEO:     … … … ¿Y a ti que te gustaría hacerle a mi hermana? Bocas, que eres un bocas.

RAÚL:  !Eh! Ahora no te rayez conmigo. Yo no tengo la culpa de tuz problemaz sexualez.

LEO:     No, en serio: ¿qué te gustaría hacerle, si pudieras?

RAÚL:  … … … Me comería zuz enormez tetaz y le azotaria zu culo deznudo, muy fuerte.

 

****

 

Ainhoa tampoco tenía muchas ganas de estar en casa hoy. Sin siquiera desayunar, se ha ido caminando a ver a su novio. Mientras sus botas la protegen de la humedad de sus pasos mojados, sus ideas fluyen agresivamente.

“De hoy no pasa. Me lo voy a follar.

Lo necesito y lo voy a hacer cueste lo que cueste.

Si no se pone duro se acabó. Ha pasado demasiado

tiempo. Yo podría tener a cualquiera”

La chica no es demasiado sincera con ella misma. Ni siquiera tiene el aplomo de reconocer que lo que ocurrió ayer, por más humillante que fuera, la puso muy cachonda.

Revisa su bolso para encontrar la llave que le confió Rafa. No le ha avisado para no quietarle horas de sueño en vano. Aún es temprano y seguro que se quedó hasta muy tarde, bebiendo con sus amigos y viciándose a los videojuegos. Además, quiere meterse en su cama cuando él todavía esté durmiendo, y, así, proporcionarle un sugestivo despertar. De este modo, ya estarán en situación y no podrá escabullirse.

Sus padres están de viaje y no hay nadie más, así que tendrán toda la intimidad para perpetrar los actos más depravados. Un buen polvo puede eclipsar los traumáticos sucesos de anoche, y ayudarle a pasar página de una vez por todas.

Cierra la puerta discretamente, tras de sí, y anda de puntillas con cara de traviesa. Su expresión se desfigura cuando oye fogosos gemidos de placer, y termina de desencajarse cuando reconoce a Rafa y a Oscar como únicos oradores.

 

****

 

La noche invade, de nuevo, el cielo de Fuerte Castillo. Leo, harto de vagar por la ciudad, ha vuelto a casa, y se está pegando una buena ducha purificadora. Solo ha podido retener a Raúl un par de horas, por la mañana, pero ni siquiera lo ha podido sobornar con un McMenú para que le hiciera más compañía.

Ha dado un largo paseo por el parque Lázaro, ha ido al cine e incluso ha sido espectador de un concierto que tenía lugar al aire libre, en la plaza mayor. Ya sin batería en la tablet, ha decidido volver a casa y dejar de evitar a su hermana.

Una vez seco, y vestido con su ropa más cómoda, Leo se apalanca en el comedor para mirar la tele. Ainhoa permanece en su cuarto sin dar señales de vida. Todavía no se han dirigido la palabra desde ayer.

En el único momento en que Leo se ha asomado por la habitación de su hermana, para hacerse con ropa limpia, le ha parecido verla llorar, aunque ella ha disimulado y ha hecho uso de su propio pelo para cubrir su rostro.

 

MARI:  ¿Cómo es que hoy te ha dado por desaparecer todo el día?

LEO:     He quedado con Raúl, y nos hemos animado a hacer muchas cosas.

MARI:  ¿Tú sabes que le pasa a tu hermana? Está muy rara. No ha querido comer nada.

 

Leo encoge sus hombros dando fe de su inopia. Empieza a temer que la dimensión de su afrenta pueda haber sido mayor aún de lo que él creía, y que la férrea entereza de Ainhoa pueda haberse quebrado por ello. Eso le nutre de culpabilidad, pero también le perturba calenturientamente.

 

-lunes 21 mayo-

La borrasca que amenazaba con enturbiar las fiestas de Fuerte Castillo ha cedido a los constantes reproches de los habitantes de la ciudad, y ha terminado por disolverse. Este año, el caprichoso calendario ha querido que San Basílico caiga en martes, así que el puente ha dado más recorrido a las verbenas. Alberto está en el salón, arreglando papeleo:

 

ALBERTO:  ¿No podríamos ser una ciudad normal y celebrar las fiestas en agosto?

LEO:          ¿A ti qué más te da?

ALBERTO:  No hay manera de cuadrar los horarios de mis trabajadores. Esto es un infierno. Nadie está contento. En agosto me libro de los traslados y el ayuntamiento no me da encargos. Pero en mayo… Todo el mundo se toma las fiestas de un modo diferente, y yo me tengo que adaptar.

LEO:           No te quejes, papá. Mucha gente se queja de que hay poco trabajo y tú tienes tres. Vergüenza debería darte.

ALBERTO:  ¿Vergüenza? Pero ¿tú te has visto? ¿Te vas a pasar el puente sin hacer nada? Te advierto que como vuelvas a traer malas notas te vas a enterar.

LEO:          Tranqui, tronco. Si voy a acabar trabajando para ti, sea como sea.

 

Alberto le mira asintiendo críticamente, como queriendo decir: “Ya te vale chaval”. Al crío no le falta razón: las expectativas que su padre había depositado en su futuro académico han ido menguando con cada decepción; con cada suspenso; con cada charla de sus profesores…

 

****

 

Ainhoa está llorando en su habitación. Tiene los ojos rojos. Moquea, y tiene una colección de pañuelos de papel en su cama. Está hecha un desastre, y su desaliñada cabellera no le ayuda a parecer muy cuerda. Lleva toda la mañana en la cama, y ni siquiera se ha dignado en subir del todo la persiana.

Sabía que su relación con Rafa tenía carencias, e incluso sospechaba de su homosexualidad, pero eso no hace que se sienta menos traicionada. Le consideraba su mejor amigo, y esperaba algo más de respeto por su parte.

Ainhoa tuvo mucha paciencia, y confió en su palabra cuando él intentaba justificar su impotencia. Es lo más parecido a un novio que ha tenido, y todavía se siente enamorada de él.

Leo abre la puerta, sin llamar, y reclama la atención de su hermana. Ella le responde con una mirada de odio irritado:

 

LEO:         A comer, Ainhoa.

AINHOA:  No tengo hambre.

LEO:         Dice mamá que vengas igualmente.

AINHOA:  Dile que no me encuentro bien. !Y llama antes de entrar!

 

Leo vuelve a cerrar la puerta sin contestar a ese imperativo. Está algo afectado por lo que acaba de ver. Se cree responsable de las lágrimas de su hermana e intenta excusarse para sí mismo.

“Fue un accidente. Yo no planeé salpicarla.

¿Debería disculparme? No soy un violador”

 

****

 

A media tarde, una vez terminado el último episodio de la última temporada de su serie favorita, Leo se arma de valor y se dispone a afrontar su destino como un hombre. Tras levantarse del sofá, articula pasos temerosos que le llevan frente a la puerta blanca del cuarto de su hermana. Golpea de un modo decidido:

 

-A delante-   pronuncia ella de modo casi inaudible.

-Hola, Ainhoa. ¿Cómo te encuentras?-   con una cara de pena reconciliadora.

-¿Qué quieres? ¿Es que te envía mamá?-   desconfiando.

-No. Lo que ocurre es que… … sé que lo estás pasando mal y… … solo quería decirte…-

-¿A ti qué coño te importa lo que me pase? No es asunto tuyo-   desviando su mirada.

-No puedo evitar sentirme responsable de tus lágrimas-   mientras junta las manos.

 

Ainhoa hace un violento gesto de perplejidad. No solo es una expresión facial, sus manos, su cabeza, sus hombros…

 

AINHOA:  Pero… … ¿tú qué… ¿Qué tienes que ver?

LEO:         Bueno. Lo que ocurrió fue un accidente, pero yo podría haber…

AINHOA:  !Pero ¿serás idiota?! ¿De verdad te crees que lo que me ocurre tiene que ver con eso?

LEO:         ¿Qué? ¿Cómo? ¿Es que no…?

AINHOA:   !¿Será posible?! Tío, no podrías ser más lamentable, aunque te entrenaras.

LEO:          Entonces ¿por… ¿Por qué estás llorando?

AINHOA:  !Lloro porque he cortado con mi novio, subnormal!

LEO:         ¿Por mí?

 

Ainhoa se pone las manos en la cabeza con los ojos muy abiertos. Una risa enloquecida pinta su cara. Leo sabe que no ha elegido bien las palabras. No pretendía insinuar que su hermana dejara a su novio por él, sino por lo que pasó el sábado.

 

A:   A ver si te enteras, enano flipado. Lo que ocurrió con Mónica fue un chiste para mí. Deberías de estar llorando tú por lo humillante que resulta que los demás sepamos lo precoz que eres. Te aseguro que nos estuvimos riendo de ti un buen rato, cuando te fuiste a dormir al sofá. Pensábamos que estarías tan avergonzado que no volverías a levantar la cabeza, pero eres tan penoso que puede que hasta estés orgulloso de lo que hiciste. Te informo de que he follado con hombres de verdad y te aseguro que a ti te falta mucho para llegarles a la suela de los zapatos.

 

Leo soporta, estoicamente, ese chaparrón de improperios, pero a estas alturas ya está empapado de congoja. Derrotado, pronuncia una última pregunta, fruto de su propio desconcierto:

 

LEO:  Entonces, ¿no te importó que me corriera en tus tetas?

 

Ainhoa le lanza una mirada asesina. No tiene intención de contestar a eso. Prefiere cambiar de tema con otros argumentos:

 

AINHOA:  Los tíos sois lo peor. Os creéis el centro del universo. Voy a salir esta noche. Voy a elegir a el más buenorro de mis cinco mil fans y me lo voy a follar. ¿Te imaginas cómo sería tu vida si tú pudieras hacer algo así?

 

****

 

“Ainhoa es una zorra de cuidado. La odio con

todas mis fuerzas, pero !Dios! !Qué buena está!”

Leo ha vuelto caer en la tentación. Ya se conoce, al dedillo, la galería de su hermana, pero colecciona todas esas fotos en una carpeta oculta por si ella decidiera bloquearle.

Las fantasías sexuales que tenía con otras chicas han quedado relegadas, y ahora solo piensa en Ainhoa: sus redondas nalgas, sus grandes tetas, sus oscuros pezones, su cintura de avispa…

Ese ofensivo discurso le ha herido muy hondo, pero ello, en lugar de menguar su deseo incestuoso, lo incrementa más, si cabe. Ahora mismo, el morbo que lo posee se alimenta también del odio y la rabia nacidos de aquella compleja relación fraternal.

Es casi medianoche. Hace un rato, el objeto de su deseo se ha enfundado en ese pecaminoso vestido gris y se ha ido, con sus amigas, para dar rienda suelta a su despecho.

Leo no concibe que los celos puedan tener un lugar en sus pensamientos. Está confuso, pero si una cosa tiene clara es que preferiría que ella no saliera hoy.

Todo sería más fácil si Ainhoa fuera gorda y fea, como Teresa. La hermana de Raúl es como una ampliación femenina de él. Eso no inquietaría ni al más enfervorecido adolescente.

Tras culminar su cuarta paja de la noche, el niño decide poner fin a aquella denigrante actividad; claro que ese propósito ya había sido establecido tras la segunda y tras la tercera. Puede que sea la única manera que tiene de combatir su ansiedad.

Sigue nervioso, y ni siquiera contempla la posibilidad de intentar conciliar el sueño. Husmeando entre las cosas de su hermana, se percata de que ha dejado el ordenador suspendido:

Amanda 2

Ainhoa tiene vinculada la aplicación de mensajería en su móvil, así que lo que teclee en la calle le aparecerá a Leo en pantalla.

El chico se pasa un buen rato fisgando en el ordenador de su hermana, intentando encontrar material sensible, pero no da con nada especialmente interesante: ni videos, ni fotos inéditas, ni secretos inconfesables… Al final se rinde y se acuesta con su amante más fiel: su cama.

Se siente cansado, pero los minutos van pasando y no consigue pegar ojo; y eso que hoy ha podido bajar la persiana. Su hermana tiene la extraña costumbre de dormir siempre a la luz de la luna y de las estrellas; eso es algo que le repatea, pues necesita oscuridad absoluta para dormirse.

“En fin: “su cuarto – sus reglas””

Podría culpar al bullicio de las ferias que llega, sutilmente, desde lejos, a través de la ventana cerrada, pero sospecha que ese factor no es, realmente, el causante de su insomnio.

“No quiero seguir toqueteándome, pero…

¿Qué opciones me quedan?

Solo me hace falta evocar mis salpicaduras

sobre las tetas de Ainhoa para empalmarme de golpe”

Agobiado, se levanta de la cama y procede a tomarse una ducha bien fría al tiempo que intenta tomar distancia.

“Si aún me quedaran

capítulos de mi serie…

También podría echar

alguna que otra partida”

Desnudo, mojado y todavía sumido en un mar de dudas, vuelve a abrir el ordenador de Ainhoa. Tiene curiosidad para averiguar si ha escrito algún mensaje nuevo desde su móvil:

Monica 2

Leo tarda unos instantes en asimilar esa conversación. Se levanta con urgencia, pero no sabe qué hacer.

“El Malibú no está muy lejos.

Podría escabullirme, sin despertar a papá y a mamá,

y traerme a Ainhoa de vuelta”

Tampoco tiene nada mejor que hacer ya que su somnolencia es esquiva y ya no le quedan ganas de nada.

“Puede que si le echo una mano a Ainhoa

las cosas en casa no estén tan tensas.

Desde que compartimos cuarto la

situación se ha vuelto insoportable;

más aún con todo lo que ha ocurrido”

Con latidos de zozobra en su pecho, usa lo primero que encuentra para vestirse y, haciendo uso de su mayor sigilo, se desliza por la oscuridad del piso. A hurtadillas, escucha una sinfonía de ronquidos que aseguran el éxito de su huida.

Una vez fuera del edificio, emprende el rumbo hacia el Malibú con decidida premura. Se siente raro y clandestino andando por la calle a horas tan tardías. No deja de mirar a diestro y siniestro, intimidado, como si estuviera infringiendo un toque de queda que afectara solo a los chicos de su edad, o incluso menores.

Tarda pocos minutos en alejarse del núcleo de Fuerte Castillo y en vislumbrar las luces violetas de la disco en el monte más cercano. Sus pasos oscuros, sobre el asfalto, son cada vez más solitarios y silenciosos, hasta que empieza a escuchar los graves rítmicos de esa música lejana que focaliza su destino.

 

****

 

SANTI:   Escucha, tete. Estaremos un rato en la Venus, que están mis colegas, ¿vale?

ISABEL:  Después os llevamoos a casa. Así se le va pasaando un poco el colocón a Ainhoa.

SANTI:   Te diríamos de entrar, pero no creo que admitan a menores tan… … menores.

ISABEL:  Yo me queedo más traanquila sabiendo que tú cuidas de tu heermana. Me daría mucho reparo dejaarla sola, dormida en el cooche, en este estado.

SANTI:   Sobretodo, si ves que va a vomitar… en la bolsa. Que no me joda la tapicería.

ISABEL:  Y no se te ocurra meeterle mano a tu proopia hermana ¿eh maarranote?

 

La chica le da esa indicación mientras sonríe ya fuera del auto. Le guiña un ojo y cierra la puerta. El barullo exterior del parking de la sala Venus se ve súbitamente silenciado por aquel hermetismo propio de un auto de gama alta. Sin duda, ese vehículo debe de valer una fortuna. Se ve muy elegante por fuera, pero su acabado interior bien podría pertenecer a una limusina de un alto mandatario.

“¿Qué habrá pasado con Víctor?

Isabel siempre dice que

está harta de él, pero…

Ese chico de instituto tiene

poco que hacer contra un

hombre tan sofisticado.

De todos modos: no me gusta

que me llame “tete” todo el rato”

No es de extrañar que una muchacha tan guapa como Isabel pase de los niñatos de su clase. Se ha dado cuenta de que puede aspirar a mucho más. Su belleza y su juventud son atributos que le dan muchos puntos para calificarse en buen lugar en la jerarquía social de la vida nocturna. Santi ya no es un crío; es todo un hombre que sabe cómo tratar a una dama. Al menos, eso es lo que aparenta a primera vista.

Cuando iban en su flamante carro, de una disco a la otra, han encontrado a Leo, cargando con su hermana ebria. Isabel andaba un poco ebria y esa estampa le ha parecido muy graciosa. No ha dudado en grabar un clip de video donde se ve al niño agotado de caminar con aquel lastre por el arcén.

Lleva esos vertiginosos zapatos de tacón en la mano mientras que la chica lo monta como a un borrico. Está serio y no toma parte en las risas que se escuchan de fondo.     [Arre, arreeh]          grita Ainhoa al tiempo que le espolea con sus talones descalzos.

Leo está pensativo en ese confortable asiento trasero. Mira cómo duerme su defenestrada hermana. Hasta en este estado lamentable no pierde su indiscutible hermosura.

“¿Cómo algo tan bello por fuera

puede ser tan odioso por dentro?”

El niño ha dado con ella en el exterior del Malibú. Había tres chicos que no paraban de rondarla, a modo de aves carroñeras, mientras la muchacha a duras penas podía mantenerse en pie.

Puede que sea por su estado de embriaguez o por el miedo que tenía de no poderse defender contra aquellos personajes que la acosaban, pero Ainhoa, por primera vez, se ha alegrado de ver a su hermano y le ha dado un inesperado abrazo. Ese trio de llenas calenturientas han dado la presa por perdida y se han retirado en busca de una mujer más borracha e indefensa.

El camino de regreso a casa parecía factible de entrada, pero, con esa carga fraterna sobre sus hombros, Leo ha empezado a flaquear cuando todavía no habían cubierto la mitad del trayecto. Su cuerpo aún no es el de un hombre y, aunque ya iguala a su hermana en estatura, aquel reto le estaba sobrepasando.

Lo único que le mantenía operativo era el modo en que su hermana le mordisqueaba la oreja cuando, eventualmente, recuperaba la consciencia. Se recrea en aquellos instantes:

 

LEO:         ¿Qué haces, guarra?

AINHOA:  ¿Queé paasaa? ¿Ees quee noo tee guustaa?

LEO:         ¿Seguro que no puedes caminar? No soy tu mula.

AINHOA:  Andaa y callaah.

 

Ainhoa le mordía demasiado fuerte, y luego parecía querer lamerle las heridas de un modo obsceno. Ese aliento beodo destilaba lujuria insatisfecha con cada vocablo de lenta pronuncia. La muchacha le agarraba del pelo agresivamente, como si pretendiera domar a un animal salvaje.

A Leo le dolía la polla. Después de tantas pajas, aquel falo lujurioso se veía afectado, otra vez, por nuevas inquietudes fálicas. Le dolía y todavía le duele.

“Si mamá y papá supieran cómo

se encuentran sus hijos:

ella al borde de un coma etílico y yo,

que debería estar calentito en mi cama, aquí:

en el coche de un desconocido…”

La chica parece estar teniendo una pesadilla. Protesta en pleno sueño mientras gesticula con gestos de autoprotección.

 

Suéltmeh, ceerdoo… … q t has creeídoo-   con confusa pronunciación.

-Ainhoa, Ainhoa, despierta-   con vehemencia, a la vez que la zarandea.

 

Se despierta, extrañada. No sabe dónde está y no concibe que lo que estaba reviviendo, hace solo un momento, no estuviera pasando de verdad. Mira a su hermano sin entender lo que hace él también ahí. Mira las luces coloradas del exterior y, acto seguido, sus parpados se desploman y su mente se nubla.

Leo percibe su respiración más pausada y profunda. Le ha costado lo suyo despertarla. Por un momento, incluso ha pensado que ella le tomaba el pelo, pues ha estado a punto de desnucarla con tan bruscas sacudidas.

“Cuando Ainhoa va borracha tiene un sueño tan, tan

profundo que podría… … podría hacerle de todo.

No se enterará si le toco las tetas.

Es una recompensa razonable por

todo lo que estoy haciendo”

Venciendo su débil moralidad de chiquillo, y no sin dificultades, termina por meter su mano por el lateral abierto de ese perturbador vestido gris. Lo hace con lentitud y prudencia. Cuando alcanza aquel suave sujetador de seda, se sorprende de lo prieto que está; de lo prietas que están esas grandes tetas.

“Con razón su escote es tan llamativo”

Después de adaptar su postura, se dedica a acariciar la parte más visible de su femenina anatomía pectoral. Lo que, en un principio, solo alcanzaban a ser unas sutiles cosquillas se va convirtiendo en un magreo más censurable. Consigue meterle cuatro dedos entre sus pechos, por arriba; hasta logra aventurase debajo de los límites de esa suave tela, pero no es suficiente. Necesita más:

“Aquí… … Aquí está. Creo que lo noto.

Noto la piel más rugosa”

Recuerda ese provocativo baile que se marcaron, con Mónica, el sábado por la noche. Cómo esos intrépidos pezones traviesos luchaban por asomarse fugazmente. Se puso enfermo de deseo, pero no consiguió distinguir a ninguno de ellos; solo una parte de su colorido entorno. En aquel momento hubiera dado lo que fuera por bajarle la tela y comerse esos pálidos pechos venosos.

Están aparcados en la zona exterior del parking. Ese tipo ama tanto a su coche que no ha querido dejarlo cerca de nadie. Dios sabe que no todo el mundo sale sereno de aquel antro. No es plan de correr riesgos cuando se trata de proteger la integridad de esa impoluta carrocería. Isabel y Santi no hace mucho que han entrado en la sala. Seguro que tardan en volver.

“Haga lo que haga, tengo que

hacerlo como más pronto mejor,

pues el riesgo se irá incrementando

a medida que pasen los minutos.

No volveré a tener acceso a las tetas de Ainhoa,

puede que jamás en mi vida. Es ahora o nunca”

Aquel indecente vestido ajustado se compone de una tela tan fina y elástica que no ofrece oposición alguna para las perversas intenciones de Leo. Tras deslizar los tirantes de su sujetador, hombros abajo, los sublimes pechos de la muchacha ganan, por fin, la batalla contra esa tiranía textil, y se asoman, curiosos, fuera de los límites del decoro.

El pánico se apodera de Leo cuando su hermana vuelve en sí, pero, tras unos confusos movimientos que buscan mayor confort, Ainhoa termina por desplomarse sobre el regazo de su inmóvil acompañante, quedando boca arriba. La mandíbula de la chica vuelve a flojear instantáneamente y, después de emitir un tenue suspiro, su respiración se torna tan honda como antes.

Esa nueva postura resulta ser mucho más ventajosa para los ansiosos sentidos del niño: su hermana ha salido de la penumbra y se nutre, ahora, de la luz de una farola próxima que se cuela por la ventanilla; el perfume de Ainhoa llega con más osadía a su olfato; su proximidad física es más palpable, y tan espectaculares tetas son, en estos momentos, más accesibles que nunca.

Leo vislumbra, por vez primera y con absoluta claridad, los pezones liberados de Ainhoa. Se le hace la boca agua, pero no quiere forzar la postura y correr el riesgo de desvelar a la bella durmiente. Se convertiría en la más hostil de las brujas si despertara en esas circunstancias. Prefiere usar sus manos para rentabilizar tan provechosa pose. Hace hincapié en las jubilosas rugosidades que coronan aquellas preciadas redondeces, pero no descuida ni una pulgada de su piel. Su repertorio de tocamientos y juegos mamarios parece no tener fin. Agota su creatividad táctil e incluso se lame los dedos para favorecer su percepción.

Su polla se encuentra en un aprieto posicional que le incomoda; sobrepasando su máximo tamaño y atrapada, de mala manera, bajo sus pantalones. Aquel inaccesible dolor le hace recapacitar. Lleva ya un buen rato gozando de esas gloriosas ubres, pero si Isabel o su ligue, Santi, se dignaran en volver, se propiciaría la situación más embarazosa y comprometida de su corta existencia, y puede que la última.

Cuando todavía no ha sido capaz de apartar sus sucias garras deshonestas de las tetas de su hermana, nota cómo la muchacha vuelve a sollozar, y gira sobre sí misma, cogiéndole la mano. Inesperadamente, empieza a chuparle el pulgar. Leo permanece estático de nuevo, pues pretende afianzar el sueño de Ainhoa antes de retomar su actividad.

Cuando siente que su discreción está a salvo, otra vez, no puede evitar buscar la lengua de la chica con su intrépido anexo digital. Lo nota mojado. Quisiera meterle todo su vigor por ahí, pero esa atrocidad rebasaría los pocos escrúpulos que le quedan.

Esta nueva postura le imposibilita restablecer la indumentaria de Ainhoa, por lo que el niño empieza a sentirse amenazado por las repercusiones que pueden acarrearle sus licenciosos actos.

El tiempo se agota. Leo revisa el perímetro y ve a una pareja que se acerca. Los focos de un auto marcan su silueta a contraluz. No distingue sus rostros, pero la dirección que toman le señala amenazantemente. Los latidos del chico se llenan de adrenalina y opta por reincorporar a su hermana de un modo poco delicado.

 

-¿Quehé?… … ¿Qué paasaa?-   dice ella todavía soñolienta.

 

Leo queda mudo. Siente que todo está perdido hasta que, inesperadamente, esa pareja termina por pasar de largo.

Ainhoa no reacciona y apoya su cabeza con la de él. La chica va tan ciega que puede que no le reconozca si no habla.

Esta vez su conciencia es más sostenible, pero su raciocinio muestra aún muchas carencias. Baja la mirada para descubrir su propia desnudez superior. Sin mostrar demasiada extrañez, sube una de sus manos para tocarse los pechos. Emite un enigmático suspiro y, acto seguido, se humedece los labios con la lengua.

Leo asume que, por muy quieto que esté, esta vez no conseguirá que su hermana regrese al mundo de los sueños. Siente que su integridad física pende de un hilo, pero, embrujado por esa cautivadora proximidad, empieza a tomar partido.

Sube su mano y sostiene una de las tetas de Ainhoa. Articula sus dedos para evaluar, nuevamente, su turgente consistencia. En este nuevo contexto colgante, aquel venerado apéndice mamario le resulta todavía más atractivo y sugerente.

Leo no alcanza a comprender lo que está pasando:

“Puede que no sepa que soy yo.

Tengo la luz de la farola brillando

a mi espalda, así que…

Nunca sería tan permisiva conmigo;

jamás de los jamases;

por muy borracha que vaya”

Su nabo, retorcido por esos intransigentes calzoncillos, vuelve a estar al rojo vivo. Condicionado por una postura que no quiere abandonar, se ve obligado a desabrochar su pantalón pirata para restablecer la dirección de su inquieto miembro. Su hermana, sin mucha lucidez, interpreta dicho gesto como una invitación y se dispone a tomar parte en el asunto.

El chico no lo puede creer. Aun así, aparta sus manos de ese entresijo para ceder la iniciativa a los dedos de Ainhoa.

“No puede ser. ¿Qué está pasando?

¿Acaso no se da cuenta de que soy yo?

¿Acaso quiere sorprenderme, con la guardia

baja, para arrancarme los huevos de cuajo?

NoOo !NoOo! !Por Dios!”

Sometido por el devenir de los acontecimientos, el niño adapta su postura y se reclina mientras contempla cómo Ainhoa le agarra el trabuco. No puede dejar de mirar esas preciosas tetas que, parcialmente iluminadas, se contonean al ritmo de las maniobras manuales de su embriagada hermana.

Intenta bajarse los pantalones sin entorpecer los confusos tocamientos que está recibiendo. Tras sentir su zona fálica bien despejada, recupera la quietud.

A lo lejos, no paran de oírse voces sobre un estruendo rítmico sofocado por el aislamiento acústico del local. Jóvenes dirigiéndose para aquí y para allá.

“!No! Por favor.

Que no sean ellos.

Que no sean esos que se acercan.

No, aquellos no son.

Allá vienen más.

No, por favor.

Unos minutos más”

Su vigilancia se desvanece en cuando nota cómo su hermana empieza a comerle la polla. No se trata de una acción delicada. Ainhoa engulle ese pedazo de carne lujurioso como si de una famélica subsahariana se tratara.

Leo aprieta los puños. Nota cómo sus fluidos se confabulan para abandonar su cuerpo. No será una huida discreta. Durante demasiados minutos, un sinfín de estímulos han espoleado sus glándulas seminales. Ahora atesoran una caudalosa corrida que no tarda en ser propulsada dentro de la boca de su hermana por incontrolables espasmos fálicos.

Estallan fuegos artificiales en el sistema nervioso de Leo mientras Ainhoa traga con todo. Su desahogo es tan catártico que pierde por completo la noción de la realidad.

En circunstancias normales, cabría pensar que la chica quiere proteger la tapicería de aquel lujoso coche, pero, ahora mismo, está tan colocada que no es consciente ni de dónde se encuentra.

En cuanto se desvanece el vigor de esa potente manguera, la muchacha se reclina hacia atrás con movimientos poco fluidos. Empieza a subirse la parte inferior del vestido para reclamar su ración de sexo oral, pero, una vez acomodada, pierde su ímpetu.

Un sonido mecánico golpea con fuerza el corazón de Leo. El cierre de las puertas se activa y se desactiva iluminando los intermitentes del auto. El niño solo puede ver aquella luz naranja que parpadea en los retrovisores laterales, pero enseguida identifica esa inoportuna señal. Su cabeza vira bruscamente para enchanchar su campo visual. Un balón de oxígeno le da un ápice de esperanza para evitar su inminente infarto, pues Santi solo intenta demostrarle a Isabel que radio de acción tiene su dispositivo a distancia. Tras unos momentos llenos de presión:

 

-¿Qeh hacías con tanth mOovimiento, Leo?-   pregunta Isabel más borracha que antes.

-Es que mi hermana volvía a tener arcadas y creía que echaba la pota. Me había dormido y no encontraba la bolsa-   contesta él tremendamente sofocado.

-¿Al final no ha escupido nada?-   pregunta Santi de un modo petulante.

-No, no. Todo está bien-   responde mientras se acomoda.

-¿Nno s.she ha dspertadoh?-   insiste la chica.

-No. Bueno sí. Solo un momento, pero ha vuelto a dormirse-   con cierta indecisión.

-Vamos, tete. Os llevo a casa, pero si no se despierta tendrás que cargar tú con ella, ¿eh? Que Isabel tampoco va muy fina.

 

HÉROE O VILLANO

Odio a mi hermana 2º

-martes 22 mayo-

Nada más abrir los ojos, casi ya al medio día, Leo divisa la incisiva mirada de su hermana. Ainhoa no parpadea, y sigue manteniendo ese intimidante contacto visual que se le clava en su sobresaltado cerebro. Está sentada en su cama con aspecto resacoso, y parece estar planeando un sangriento asesinato.

 

-¿Qué pasa?-   dice Leo desperezándose y hundiendo la cara en su almohada.

-Dímelo tú-   responde con una inquietante frialdad.

 

La prudencia del chico no le permite entrar en ese juego. Tras unos segundos de silencio expectante, se levanta de su cama y se dirige a echar el primer meo del día. Mientras está en el lavabo, nota cómo su corazón late con más fuerza de lo habitual. El miedo a las consecuencias de sus depravados actos nocturnos apremia su ritmo cardíaco.

Cuando vuelve a la habitación, sigue sintiendo la incesante supervisión de su hermana, pero él la ignora. Selecciona la ropa que quiere ponerse y se apresura de huir de esa zona tan hostil. Una vez vestido, se encuentra a su madre en el salón.

 

MARI:  Buenas noticas, hijo. La abuela por fin tiene plaza en la residencia.

LEO:      Ya era hora, mamá. ¿Cuándo recupero mi cuarto?

MARI:  El viernes, lo más seguro.

LEO:      Joh. Aún me quedan tres días infernales con Ainhoa.

MARI:  Pues, si tan mal estás ahí, ¿cómo es que sales ahora? !Son más de las doce!

LEO:      Me cuesta dormir. Ayer tuve insomnio.

MARI:  Pobrecito mío… … ¿Qué pasa? ¿Te vas?

LEO:      Sí. Voy a ver que se cuenta Raúl.

MARI:  Es que no tienes otros amigos. Ese niño me da repelús.

LEO:      Nadie me quiere cerca, mamá; y mucho menos Ainhoa.

 

Mari niega con la cabeza mientras observa cómo Leo coge un par de madalenas y se dispone a salir de casa. Se siente culpable por haberle quitado la habitación durante una semana entera, pero pronto ese asunto tan molesto quedará solventado y las aguas volverán a su cauce.

La abuela está en el comedor, mirando la tele y haciendo ganchillo. En un momento dado, repasa, extrañada, lo que se trae entre manos. Había empezado bien pero su proyecto lanudo ha perdido todo su sentido ya ahora es solo un manojo de nudos.

 

****

 

Ainhoa sigue concentrada. No consigue recordar lo que ocurrió anoche. Se le mezclan los sueños con la realidad. Flashes inconexos y desordenados la confunden más a cada minuto.

“La zorra de Mandi me quitó el ligue, eso es verdad, pero…

¿De verdad monté a caballo? ¿Me enrollé con un tío en un coche?

¿Hubo un terremoto? ¿El amigo de Néstor se propasó conmigo?

¿Isabel se enrolló con Leo? ¿Fue él quien se aprovechó de mí?

¿Mi hermano me subió a casa?”

Sea como sea, está segura de que, incomprensiblemente, Leo tomó partido en alocada alocada noche, y no solo es eso; tiene su gran polla erecta muy presente en su subconsciencia. Sabe que algo muy gordo ha pasado y no consigue saber qué es. Interrumpiendo sus elucubraciones, Mari llama a la puerta.

 

MARI:       Ainhoa, hija, ¿estás bien? ¿A qué hora llegaste?

AINHOA:  No lo sé, mamá. No me acuerdo.

MARI:       No beberías mucho, ¿no?

AINHOA:  No. Solo un poco… … Escucha, una cosa: ¿Leo salió ayer de fiesta?

MARI:       ¿Tu hermano? ¿Estás de broma? Él no ha salido en su vida.

 

Mari abre la ventana para que se ventile la habitación. Acaricia, cariñosamente, la mejilla de su hija y sale de su cuarto dejando la puerta abierta para que corra el aire. Ainhoa vuelve a cubrirse sin la más mínima intención de salir de la cama. Al menos recuerda haberse despertado, ya con luz diurna, y haberse puesto, ella misma, su pijama estampado con ositos panda.

 

****

 

Leo está asustado. Está claro que su hermana tiene alguna idea de lo que pasó, y no parece demasiado contenta.

“¿Y si se lo cuenta a papá y a mamá?

¿Y si le cuenta a todo el mundo que me

aproveché de ella porque andaba borracha?”

El ascensor del edificio de Raúl está estropeado, y el trayecto hacia el cuarto piso está siendo más lento a cada escalón.

“Al menos, tuve la buena idea de llamarme

a mí mismo desde el móvil de Ainhoa,

nada más encontrarla en el Malibú.

Eso puede llegar a convertirse en

una buena coartada para

 justificar mi presencia ahí”

Leo no es especialmente espabilado, pero tuvo tiempo de pensar en el mejor modo de encubrir sus inconfesables fisgoneos en las conversaciones de su hermana. Se le ocurrió la manera de crear un rastro creíble que diera sentido a su misión de rescate.

Tantas dudas y preocupaciones han ralentizado su ascenso, pero, finalmente, llega a la puerta del piso de su amigo.

 

RAÚL:  Tío, ¿dónde eztabaz? Haze una eternidad que te he abierto el portal.

LEO:     A ver si os arreglan eso de una vez. Es un coñazo subir tantos pisos.

 

Los niños van hablando de camino a la guarida de Raúl. Es el cuarto más friki de Fuerte Castillo: repleta de posters de las historias de Tolkien, rebosante de libros de un grosor infumable, colmado de figuras, muchas de las cuales no han sido sacadas de su envoltorio original… Todo ello sometido a un orden impoluto.

 

RAÚL:  Tío, no te imaginaz: tengo novia.

LEO:     ¿En serio? ¿Tú?

RAÚL:  Bueno, ez zibernovia, pero eztá muy buena. ¿Te enzeño fotoz?… Mira:

 

El niño le enseña una serie de imágenes, propias de una sesión fotográfica, de una muchacha despampanante con aspecto de extranjera. Leo levanta las cejas, condescendientemente, y, con una risa incrédula, intenta devolver a su amigo a la realidad.

 

LEO:     Esta tía no es de verdad, tronco. Aunque tenga muchas fotos.

RAÚL:  Claro que zí. No zeaz envidiozo. Ya quizieraz tú tener un ligue azí.

LEO:     Para que lo sepas: ayer salí de fiesta, a escondidas, y una tía me la chupó.

RAÚL:  Zí, claro, y yo zoy máz poderozo que Gandalf.

LEO:     Piensa lo que quieras. No puedo darte muchos detalles, pero… se trata de alguien que conoces y que te gusta mucho. Créeme. Te lo juro.

RAÚL:  Lo que paza ez que no quierez zer menoz que yo ahora que tengo novia.

LEO:      !Que eso no es tener novia! Dile que te mande una foto haciendo el saludo de Star Trek, o intentándolo al menos. Verás cómo te da largas.

RAÚL:  ¿Por qué te molezta tanto? Ze lo pediré para que te callez de una vez.

LEO:     No te miento. Estábamos en el coche de… … de un tío, y la chica iba borracha. No quería aprovecharme, pero… ella estaba muy cachonda.

RAÚL:  !Que no me creo nadaaah! Erez un mierda.

 

Leo no insiste, es consciente de lo que cuenta es algo increíble; eso le da todavía más épica a su pretérita experiencia nocturna.

 

****

 

Mari cuelga el trapo de la cocina que usa para secarse las manos y se apresura a descolgar el teléfono.

 

+ ¿Sí?

+ Vale, cariño. ¿Te quedas a comer en casa de Raúl?

+ No sé lo que hará ella. ¿Es que no te deja estar en su habitación?

+ Pero si de todos modos te pasas la mitad del día delante de la tele.

+ Creo que ha quedado con sus amigas por la tarde.

+ Vale, vale. No se lo diré. Escúchame, esta noche son los fuegos artificiales.

+ Hay hijo. Es la clausura de las ferias. Hoy es el último día festivo.

+ No sé lo que hará ella, pero tu padre, la abuela y yo iremos a pasearnos.

+ Sí. Cenaremos fuera. Te dejo un táper con lo que he hecho para comer.

+ Carne con pimientos y una salsa muy buena. Tú te lo calientas.

+ Vale. Pórtate bien. A ver si eres educado y me dejas en buen lugar.

+ Vale, hijo. Un besito.

 

Esa atareada ama de casa sospecha que hay algo turbio entre sus hijos, pero, ahora mismo, no le apetece enfrentarse a la arisca resacosa que aguarda la hora de comer en su cuarto. Mira el reloj y echa en falta a su marido. Alberto siempre llega tarde.

 

-Ainhoa… … … !Ainhoa, a la mesaah!-

 

****

 

Leo está sentado, cómodamente, en el sofá del salón de su casa. Mira la insulsa programación televisiva, pero sus ojos no ven nada, pues su enajenado pensamiento le anula los sentidos.

“Ahora comprendo a los yonkis,

a los alcohólicos, a los golosos…

Hay ciertos anhelos que mandan

muy por encima del de la razón”

Sabía que no debía aprovecharse de su desamparada hermana borracha y, aun así, no logró anteponer sus principios éticos a tan lujuriosas ansias incestuosas. Las consecuencias de sus actos están a punto de caer, como un mazo, encima de su cabeza.

“Por cosas así la gente va a la cárcel.

Ni siquiera he podido darle detalles a Raúl.

Si llego a contárselo todo…

Me hubiera creído, pero ¿a qué precio?”

Por mucho que la culpa le esté fustigando, en estos momentos, sabe perfectamente que, si la situación se repitiera, volvería a someterse a sus instintos más bajos.

“No soy más que un esclavo degenerado;

sometido a la tiranía de mi polla”

El cerrojo suena y la puerta de la entrada se abre. Leo cruza los dedos deseando que papá o mamá hayan olvidado algo, pero, por el contrario, es Ainhoa quien aparece por el pasillo. El chico, intimidado, desvía la mirada y se precipita en un abismal silencio.

 

-¿Es que no me vas a decir nada?-   pregunta ella con un tono demasiado suave.

-¿Qué quieres que te diga?-   contesta aún con menos ímpetu.

-Podrías haberme contado lo que pasó-

 

Leo tarda un poco en levantar la vista, pero, cuando lo hace, encuentra a alguien que no parece su hermana. No recuerda la última vez que Ainhoa le dedicó una expresión tan amable.

 

-He visto el video-   dice ella   -Isabel me ha contado lo que pasó.

 

El chico baja la cabeza y guarda silencio, desconcertado:

“¿Es posible que mis condenables fechorías

carnales estén quedando en el olvido?

¿Puede ser que de verdad esté agradecida?”

 

LEO:          ¿Qué es lo que te ha dicho?

AINHOA:  Me ha contado que te encontraron, cargando conmigo, a las tres de la madrugada, por la carretera; a oscuras. Que viniste a rescatarme al Malibú porque yo te llamé. Te aseguro que no me creía capaz de llamarte a ti en busca de ayuda, pero miré las llamadas salientes, en mi móvil, y comprobé que era verdad. Les dijiste que unos tíos querían aprovecharse de mí, ¿cierto?

LEO:         Cuando llegué, tres chavales se te estaban llevando al parking. Tú no querías ir, pero a penas tenías fuerzas para mantenerte en pie.

AINHOA:  ¿Decidiste cargar conmigo hasta casa? desde allá? en lugar de llamar a papá?

 

Aunque intente disimularlo, se le han humedecido los ojos antes de concluir esa pregunta de la cual ya conoce la respuesta. Leo intenta solidificar las falsas creencias de su hermana acerca de su actitud heroica y de sus verdaderas motivaciones.

 

-Si papá te llega a ver en aquel estado, te condena durante años a arresto domiciliario-

 

A la chica se le escapa una risa quebrada por su propio llanto. Su amiga Isabel eludió, en su relato, la larga parada que hicieron en la sala Venus, así que Ainhoa no tiene indicios para vincular sus confusas imágenes mentales con la realidad; las achaca a un sueño que se desvanece en su memoria a cada hora que pasa.

Se seca las lágrimas y se sienta, junto a su hermano, en ese cómodo sofá de piel marrón. Puede que lleve algunas cervezas de más por culpa de su encuentro con Isabel, pero su estado no tiene nada que ver con el de anoche. El alcohol que corre por su sangre es solo el suficiente para convertirla en un ser más cariñoso y amigable. La bebida siempre tiene ese efecto en ella.

 

****

 

Es tarde ya cuando los fuegos artificiales pintan el cielo de coloridas filigranas. En el cuarto piso del número once de la calle Celados, dichos destellos resultan ignorados por completo, pues una discusión empaña el jubiloso ambiente de final de fiestas.

 

AINHOA:  Eres subnormal.

LEO:         Lo estaba viendo, Ainhoa. Solo me he ido al lavabo un momento.

AINHOA:  Es un coñazo y te lo puedes bajar de internet.

LEO:         No sé si puedo encontrarlo en la red. No es como si fuera una película.

AINHOA:  No tengo porque tragarme una hora de ver videojuegos sangrientos.

LEO:         !Pues vete a tu cuarto!

AINHOA:  A mí no me grites, mocoso. Si no están papá y mamá, yo estoy al mando.

LEO:         Eres una puerca.

AINHOA:  Y tú un mongolo. Coge el ordenador y ponte a jugar. Ya ves suficientes juegos cuando te vicias como para que, además, me obligues a verlos en la tele. Se te quedará cara de trol, aunque, tratándose de ti, eso sería una mejora.

LEO:         !Vamos, Ainhoa!

AINHOA:  Cállate anda, que no me dejas oír cómo empieza. Le dije a Moni que la vería.

 

Leo está colérico. Sabe que su hermana no bajará del burro por mucho que él se empeñe. No quiere forzar la situación hasta límites que hagan más amarga su propia derrota, y termina por encerrarse en la habitación expresando su furia con un portazo.

“¿Pensaba que lo de esta tarde era un punto de inflexión?

¿Que en adelante nos llevaríamos bien? !!Que chiste!!”

 

****

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