PAPÁ ME QUIERE MÁS A MÍ

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ENSÉÑAME A BESAR

1 enseñame a besar

-viernes 23 junio-

Katia y Selena andan por el puente cogidas de la mano. A unos metros por detrás les siguen sus padres, de bracito. Mariela comenta el final de la película de esta tarde cinéfila en familia. Daniel va asintiendo y soltando algún monosílabo, pero su cabeza está en otro sitio. Mientras mira a sus hijas piensa si no debería ponerse más firme con el asunto de la vestimenta.

Es cierto que los tiempos han cambiado, es cierto que ahora todas las chicas visten así en verano, es cierto que ya tuvo suficientes broncas con el asunto el año pasado… A pesar de ser el único hombre de la familia, parece que no es él quien lleva los pantalones en casa. Su enojo habla en silencio:

“Para pantalones: los que llevan las niñas.

!Esto no son pantalones ni son nada!

¿No podrían hacer los bolsillos más largos?

Si se trata de que sobresalgan más allá del

alcance de la tela, ese sería el modo.

De lo contrario, estas prendas transgreden

los límites más elementales de la decencia.

El año pasado ya vestían corto, pero algo ha cambiado.

¿Puede que con quince años llenen mejor sus ropas?

!Demasiado bien!”

El calor de mediados de junio todavía no tan firme como para sobrevivir a esas últimas horas del día. Más allá del resplandor de las farolas reina una oscuridad, casi absoluta, por la que se adentra el río Aguado. Se escucha, a lo lejos, la voz de unos enormes árboles de hojas perennes peinadas por la suave brisa de un recién estrenado verano. El sonido acompasado de los zapatos de Mariela contrasta con el sigilo con el que caminan los pasos de goma del resto de la familia.

Daniel está intrigado por los cuchicheos de sus hijas. Últimamente le ponen muy tenso. No se lo explica:

“Puede que sea por el estado alterado que me

produce la medicación que me recetó Maite,

o por la imperiosa necesidad que tengo de

impedir que ningún chico se acerque a mis niñas.

¿Es posible que mi inquietud tenga algo

 que ver con esta especie de rivalidad que

tienen por ser mi preferida?”

Ese juego siempre ha existido, pero antes no implicaba ningún equívoco: no ocurre nada si tu hija de seis años te da un beso en la boca, no es raro si a los ocho se empeña en ponerte crema solar en el pecho, no es censurable que a los diez se siente en tu regazo y solo una mente viciosa vería vergonzoso jugar a las cosquillas con ella a los doce o pegarle un cachete en el culo con catorce. El caso es que muchas de esas pequeñas cosas han seguido ocurriendo ahora que están a punto de cumplir dieciséis.

Hay algo todavía más preocupante que esta clase de comportamientos. Se trata de algo más intangible: algo que hay en sus ojos, en su tono de voz; algo que entrañan esos inocentes roces recurrentes; la manera que tienen esas manos traviesas de salpicar lo cotidiano de indecencia…

Día a día, las chicas premian a su padre con una ternura que se nutre de una serie de caricias desprovistas, aparentemente, de connotaciones sexuales: en la calva, en las orejas, en el cuello, en la cara y, de un modo pretendidamente accidental, en la boca: cómo si esos dedos juguetones pidieran ser besados. Sus carantoñas suelen terminar con un último gesto de propina antes de perder el contacto, tan innecesario como significativo, que parece decir: “Quisiera más” refrendado por una mirada seductora y fugaz que añade: “¿Te das cuenta?”.

Ese perfume solo se huele de cerca, pues, a menudo, Mariela presencia dichos juegos sin que nunca se haya dibujado el más mínimo atisbo de desaprobación en su rostro.

Mientras estas ideas transitan alborotadamente por su cabeza, Daniel se sorprende a si mismo mirando el enlace de los dedos de las niñas, así como el hipnótico balanceo de unas jovencísimas nalgas adolescentes, a duras penas enfundadas en unos pantalones estudiadamente estropeados.

 

-¿Por qué hacen eso?-   dice contrariado.

-¿El qué?-   contesta Mariela cómo despertando de repente.

-Cogerse de la mano. Ya son mayores-   refunfuñando.

-Déjalas, Dani. ¿Cuántos padres quisieran que sus hijas se llevaran tan bien?-

-Bueno. Cuando se enfadan tienen tela marinera-   con un suspiro de resignación.

-Chillan mucho, pero solo son rabietas de nenas pequeñas-   condescendiente.

-Sí. Ya, pero… !¿Pero qué…?! !¿Has visto ese negro?! !!¿Pero tú qué miras, negro?!!-

 

****

 

Daniel no puede dormir. No es por los leves ronquidos de su mujer, ni por el viento que azota las ventanas. Se le ha quedado clavada la mirada de sus hijas después de que él arremetiera contra ese mirón baboso.

“Solo las ha ojeado al cruzarse con ellas.

¿Por qué me hierve la sangre así?

He perdido los nervios.

Me merecía un buen puñetazo”

El hombre le ha mirado como a un loco; eso le importa poco, pero ellas… No lo entendían. Ni siquiera recuerda lo que le ha gritado a ese tipo. Solo recuerda haber avergonzado a su familia.

Sabe que, si él fuera también un negro joven, con un buen pollón de negro hambriento de chochetes jóvenes, tampoco habría podido evitar un buen repaso a tales bellezas; no con esas ropas tan cortas y ajustadas.

Con los ojos como platos fijados en el techo, pasa las horas farragosamente. Siente cómo el desasosiego que tiene con las niñas empieza a convertirse en una obsesión. Aun así, no tiene la más mínima intención de comentarle nada a su psicóloga. Ella siempre lo vincula todo a el sexo y a ciertos vínculos primarios de fondo erótico con las personas más inadecuadas, y eso le incomoda sobremanera.

“No, no es nada.

Solo se trata de una fase

por la que estoy pasando.

Me estoy emparanoiando a base de bien.

Suerte que mañana es sábado

y no tengo que madrugar”

 

-sábado 24 junio-

El sol se esconde tras el horizonte un día más. Por la mañana, Daniel ya se ha percatado de que la obcecación de la pasada noche quedaba atrás y de que, después de haber dormido un puñado de horas, todo se relativizaba. En el almuerzo nadie ha hecho mención del desagradable incidente que perpetró junto a ese individuo de piel oscura, y todo ha vuelto a la normalidad.

En el salón, las niñas están mirando un reality cutre y se ríen de sus protagonistas. Daniel, frente a la mesa, pone un poco de orden en su portátil. Trabaja concentrado hasta que levanta la vista y se encuentra con que Katia y Selena se están comiendo la boca, la una a la otra, sobre el sofá. Se queda pasmado sin saber reaccionar. Los instantes permanecen suspendidos al tiempo que intenta asimilar lo que ocurre con la respiración detenida.

De pronto, Selena repara en la mirada estupefacta de su padre e, instantáneamente, contagia la dirección de sus ojos a Katia. Las dos estallan en una carcajada mientras intentan explicarse:

 

-No papaáh, no..no es lo que pa..parece-   consigue pronunciar Katia.

-Solo me está… … me está enseñando a besar-   completa Selena.

-¿Para qué necesitáis aprender eso si ni siquiera tenéis novio?-   casi sin vocalizar.

-Katia sí que tiene-   mirándola con picardía.

-!Ssssssh! !Tiaaaaah!-   replica su hermana escupiendo indignación vehementemente.

-No pasa nada, Katia. Es normal-   dice Selena abriendo mucho los ojos y los brazos.

-No es novio-novio-   intentando tranquilizar a su padre   -Es solo un… un novio-

-!Es un skater!-   dice Selena para complicar aún más la situación.

-!!!Tiaaaaaaaah!!!-   aún con más desespero.

 

Daniel no sabe qué cara poner y opta por callar. Es bien sabido, en el seno familiar, que odia irracionalmente a los skaters: ese aire modernillo y molón, ese pavonearse sin camiseta haciendo acrobacias sobre un juguete infantil, esa improductividad rodando arriba y abajo de las rampas durante tardes enteras, esos tortazos consecuencia del escaso ángulo visual que provocan unos flequillos tan poco razonables, esa absurda admiración que provocan en las chicas…

“La pesadilla se ha hecho realidad.

Temía que este día llegaría.

No hay nada que yo pueda hacer”

Baja la mirada y finge que sigue con lo suyo. Ensimismado, escucha unos leves sonidos salivales. Katia vuelve a instruir a su hermana mordiéndole el labio inferior. Aún en estado de shock, Daniel observa de reojo a sus hijas. Las ganas de pegar un grito y mandarlas cada una a su cuarto se desvanecen en cuanto nota cómo crece la virilidad de su falo.

La calma por la que navegaba este apacible sábado se ha visto fustigada, de pronto, por violentas olas emocionales que golpean sus valores haciendo que se tambaleen: vergüenza, lujuria, indignación, sofoco, preocupación, parálisis, desazón, miedo…

 

-!!La cena está lista!!-   chilla Mariela desde la cocina.

 

Las niñas interrumpen su actividad besucona y, de un bote, se dirigen animosas hacia la cocina estorbándose revoltosamente.

 

-domingo 25 junio-

El día transcurre con la tranquilidad propia de un festivo. El sol corteja a la montaña dando un color mágico al atardecer.

Daniel reposa en la hamaca que tiene atada entre los pinos del jardín. Se ha pasado todo el día sin hacer nada y se siente flojo y desanimado. Ha cometido la imprudencia de doblarse él mismo la medicación para combatir su desánimo, y ahora todo le da vueltas. Necesita conectar con algo firme, así que alarga el brazo para tocar el tronco que le hace de cabecera. Va recuperando el equilibrio hasta que, de pronto, oye un portazo en la entrada principal. Se extraña, dado que no esperaba visitas.

“Todavía es muy pronto”

Mariela se ha llevado a las niñas de visita a casa de su hermana. Tenían previsto quedarse a cenar con ella. La curiosidad rivaliza con la pereza y, finalmente, logra levantarlo y encaminarle hacia el interior de su hogar. Después de tropezar con los zapatos de Selena, la encuentra llorando desconsolada en el sofá.

 

-¿Qué te pasa, cariño?-   dice enternecido.

-Odio a Katia-   entre sollozos.

-No digas esto, tonta. Si no podríais quereros más-   mientras se sienta a su lado.

-!No, papá! es una zorra-   terminando con un susurro lleno de resentimiento.

-¿Cómo dices eso, amor?-   con una curiosidad temerosa.

-¿Te acuerdas de Javi? Es el jardinero de las tías Antonia y Dolores. Pues ese chico siempre me gustó. Teníamos algo especial. Coqueteo con él cuando lo veo y hoy hemos pasado un buen rato flirteando hasta que ha aparecido Katia. De repente solo tenía ojos para ella y yo he dejado de existir. No se han cortado ni un pelo. !Y ella tiene novio! Luego se han ido a dar un paseo y yo me he quedado ahí sola, con las tías, muerta de asco. Y después, cuando nos hemos juntado todos para comer en la mesa…-

 

Dani pierde el hilo de la explicación y no puede evitar sumergirse en algunos de sus razonamientos:

“Ciertamente, Katia tiene un cuerpo más exuberante.

Puede que su belleza impresione más de inicio,

pero, aun así, Selena es una verdadera

preciosidad sin peros que valgan.

Es mucho más lista que su hermana.

Mas buena, más sensible, más dulce…

Me cuesta entender que

Katia haya podido eclipsarla.

Mírala, con esos ojazos de

color de miel tan llorones”

La expresividad de la niña no tiene nada de actuación. Más allá de sus palabras entrecortadas, Daniel ve en esos gestos el sufrimiento de un corazón herido. Lo ve en la dirección inquieta de su mirada, en su modo de zarandear los brazos con despecho, en el tono de una voz que se debate entre la ira y el victimismo.

Le apetece decirle que no es nada, que eso que le parece tan importante ahora será algo de lo que se reirá en unos años, que los amores vienen y van, y que tienden a parecer reales aunque no lo sean… pero se calla. Sabe que sus argumentos no le servirán por muy certeros que sean.

El ritmo de la chica va menguando y la aceleración de su habla se disipa junto con el movimiento corporal. Ella se encuentra de rodillas, en el otro lado del sofá, con una postura recogidamente femenina. Dani siente que debería decir algo para consolarla y tras planteárselo en un breve momento silencioso dice:

 

-¿Sabes que eres mi preferida?-   en una voz baja llena de secretismo.

 

Selena vuelve a focalizarse en los ojos de su padre después de tanto mirar sin sentido. Esgrime algunas lágrimas más, pero, esta vez, parecen de emoción. En su rostro se ha dibujado una sonrisa balsámica. Él nunca se había pronunciado sobre este asunto. No lo encontraba ético y tampoco habría sabido a que hija otorgarle semejante honor; pero los últimos sucesos le han ablandado el corazón y ha terminado por pronunciar esa controvertida frase.

Daniel está formalmente sentado, mirando al frente. Selena gatea hacia él, hasta que logra colocarle una de sus rodillas a cada lado, para darle un sentido abrazo. Él duda, pero termina por devolverle el gesto consciente de que está logrando animar a su pequeña. Se siente el mejor padre del mundo.

 

-Ya no me volveré a hablar con Katia. Que le den-   haciendo morritos.

-No digas eso, tonta ¿Quién te va a enseñar a besar sino?-   sin mucha reflexión.

 

Se produce un silencio que redirecciona ambos pensamientos hacia una respuesta común, tan inadecuada como evidente; más aún dada su proximidad física. Mientras Daniel intenta, sin éxito, pronunciar alguna palabra que corte esa deriva, Selena le acaricia una oreja permaneciendo encima de él y, sin divagar, verbaliza un presentimiento de lo más tendencioso:

 

-Seguro que tú besas bien-   susurrando entre risas juguetonas.

-Mm. Pregúntaselo a tu madre, p.por eso se casó conmigo-   a penas sin tartamudear.

-¿Mamá era guapa de joven?-   elevando la mirada hacia su hemisferio imaginativo.

-No tanto como tú-   ya completamente embobado, mirándola tan de cerca.

 

Selena trae de vuelta a sus ojos. Tras unos instantes de intriga, con la boca medio abierta, se humedece el labio y, bajando la mirada con timidez, le pregunta:

 

-¿Me enseñas a besar?-   bajando lentamente el índice por la camiseta de su padre.

 

Él guarda un silencio colapsado. Se siente incapaz de apartar la mirada de esa hermosa carita mojada. Aún tiene las manos algo suspendidas, sin saber muy bien dónde ponerlas.

La chica acerca, lentamente, su rostro inclinado al de él hasta que ambos comparten el mismo aliento. Se aproximan hasta que sus labios entran en contacto de la manera más suave.

Articulan sus bocas y todo empieza a fluir. Daniel, arrastrado por los acontecimientos, se permite acariciar los muslos de su hija. Esos pantalones han dejado de parecerle demasiado cortos y ahora es él quien goza de su brevedad. Ella suspira levemente y susurra:

 

-¿Así?… … ¿Así?-   buscando la aprobación paterna.

-Sií, sií. Muy bien cariño-

 

Mientras Daniel saborea la lengua de Selena, nota cómo su extensión varonil adquiere ya un vigor notable. Sus manos se infiltran, furtivamente, por debajo de la camiseta de la niña. Ascienden guiadas por la osadía de unos dedos lujuriosos que no dejan de trepar por esa espalda tan estrecha. Al encontrarse con el sujetador empiezan los problemas:

 

-¿Qué haces?-   susurra ella sonriendo.

-Nada cariño… … no… … no hago na. nada-

 

En contra de lo que dice, Daniel se acaba de enzarzar en una aparatosa trifulca para liberar esos apetitosos pechos cautivos. Torpemente, consigue levantar la prenda por encima y empieza a disfrutar del magreo de dichas redondeces mamarias.

Ella contesta emitiendo tímidos gemidos sin separar su lengua de la de él. El sugerente sonido de esa voz infantil se convierte en la banda sonora de un místico trance cautivador.

Una atmósfera embriagadora inunda el salón con los perfumes morbosos de un incesto platónico que empieza a materializarse. Como regresando de golpe a la realidad, Selena se detiene en seco, se aparta y dice:

 

-Papá, ¿me estas tocando las tetas?-   con fingida sorpresa.

 

La aguja que hacía sonar un tocadiscos virtual, con música divina, ha hecho un quiebro y ha puesto punto y final a esa melodía celestial con una ruidosa rascada. Un áspero silencio expectante convierte el edén bucólico en el que se encontraban en el terrenal comedor que tantas escenas familiares ha sustentado desde que las niñas eran apenas unos bebes.

 

-No, cariño. Claro que no-   negando lo obvio.

-Ah, vale… Espera, que me molesta el sujetador-

 

Con la naturalidad de quien se quita una pulsera, la chica solventa el estropicio indumentario que le ha hecho su padre. Un par de gestos cotidianos son suficientes para hacer salir el sostén por la parte inferior de la camiseta.

Daniel la observa con atención. De alguna manera, esperaba que algo detuviera aquella locura; pero el modo en que Selena retoma su besuqueo, tras una breve pausa, parece indicar que no tiene la más mínima intención de ponerle freno.

Ese respetable padre de familia entra en el cielo a través de los jugosos labios de su hija, mientras que un sinfín de femeninas caricias, originadas por unos deditos fríos y puntiagudos, se recrean en su cabeza despejada, en sus orejas y en su cuello.

Las manos de Daniel realizan un breve recorrido circular por encima de esos indecentes shorts que tanto odiaba, pero no tardan en regresar bajo aquella holgada camiseta verde en busca de las maravillosas redondeces que esconde. Una vez que las ha encuentra, las aprieta instintivamente, con fuerza, desatando las sugerentes quejas doloridas de la niña.

 

-!oOh!… CuidadoOh… … Te gustan mis tetas, papá-   melosa como nunca antes.

 

Escuchar esa obscenidad dictada por la tierna voz de su propia hija le revela, todavía más claramente, la bochornosa carnalidad de la escena tan sórdida que están representando; aun así, es tarde ya para oponerse. No sabe muy bien cómo ha llegado hasta aquí, pero, ahora mismo, su moral tiene el estatus de una sola mano intentando detener el caudal de un río desbordado por su propia concupiscencia.

Daniel nota cómo Selena empieza a balancearse, imprimiéndole empuje con sus caderas. Se mueve desde atrás hacia adelante, repetidamente, cada vez con movimientos más marcados e inequívocos. La chica respira profundamente, con el pelo despeinado cubriendo gran parte de su rostro. Sus contoneos se aceleran, perniciosamente, alimentándose de su propia impaciencia.

 

SELENA:  Mmmh… … mMmmMh… … mMmMmMh… … oO0h…

 

Los jadeos de la niña cada vez son más profundos y se acompañan de gemidos crecientes. Hacía décadas que Daniel no estaba tan cachondo; desde luego: nunca había experimentado un deseo que confundiera tanto a sus sentimientos, a su moral, a su concepto de familia…

Sin siquiera haberlo planeado, Selena empieza a llegar al éxtasis montada en algo más que una simple simulación. Galopa enérgicamente obligando a su padre a sujetarla fuerte por la cintura para que no salga despedida.

Él se da cuenta, perfectamente, de lo que ocurre, pero hay tanta energía entre los dos que no logra asimilarla y vuelve a sentirse mareado y sobrepasado por las circunstancias.

La sensual voz de Selena abraza su mente, empapándola por completo de erotismo con cada gemido, y transportándola a otra dimensión más elevada y caótica.

 

SELENA:  !oO0h!… … !!Oo0ooOh!!… … !!!Siiiíiíi!!!… … !MmMgh!

 

La chica grita, con su tono más agudo, en cuanto una implosión de placer desata una serie de clamorosos orgasmos obligándola a abrazar con fuerza a su padre.

Él, pese a su perenne silencio, mantiene los ojos muy abiertos. Se siente sometido a la voluntad de su niña como un vil juguete.

Ese frenesí tan censurable ha terminado por desvanecerse, pero Daniel, todavía con la respiración acelerada, aún ve estrellitas eclipsando la imagen de su acogedor hogar.

Selena no se atreve ni a mirarle a la cara. Se coloca el pelo con un gesto inseguro y empieza a disculparse con un hilo de voz casi imperceptible.

 

SELENA:  Papá… … hhh… … lo sientoo… … hhh… … no sé qué me ha pasado.

DANIEL:   No pasa nada cariñoh, es cosa de la edad, tienes las hormonas disparadas.

 

Daniel intenta mostrarse comprensivo, aunque tiene la polla tan dura que apenas le llega riego sanguíneo al celebro. Se le ha aclarado la vista, pero todo gira aún a su alrededor. Desearía arrancarle la ropa a su hija y follarla violentamente, pero aún le queda un poco de cordura.

“La situación se ha desmadrado porque ella  

estaba muy vulnerable y caliente, pero… … ya pasó”

Sin proponérselo, sigue acariciándole los muslos con ternura. Aún con un bajísimo tono de voz, ella sigue excusándose:

 

-Qué vergüenza, estoy toda mojada-   admite palpándose los pantalones.

 

En ese preciso instante, el sonido de la cerradura de la puerta principal sacude, con gran urgencia, el pulso de sus corazones. Sin apenas tiempo para reaccionar, se abre la puerta para dar paso a la vehemente entrada de Katia. Totalmente ajena al truculento acto que acaba de perpetrarse en el seno de su propia casa, alcanza a ver cómo Selena, aún despeinada, salta de encima de su padre. Atónita, parece percatarse de que es ropa interior lo que su hermana se apresura a recoger del sofá antes de desaparecer, con paso ligero, en la profundidad del pasillo.

 

-¿Qué hacíais, papá?-   con un tono muy firme y estricto.

-¿Cómo que qué hacíamos? ¿No te da vergüenza robarle el novio a tu hermana?-

 

Daniel intenta cambiar de tema burdamente. Todavía está un poco sudado y le falta el aire. Se le nota nervioso y eso ofende soberanamente a su hija. Katia busca la manera de verificar sus peores sospechas, más fundamentadas a cada segundo que pasa.

 

-¿Te puedes levantar?-   desafiante, pero con más suavidad.

-No tengo porque levantarme, Katia. Me duele la espalda-   fingiendo su dolor.

 

La negativa de Daniel, con una excusa tan pobre, alimenta los temores de la chica. Sabe que su padre no podría disimular la vergonzosa erección que esconde bajo sus pantalones si se encontrara erguido.

A su espalda aparece Mariela cargada con bolsas:

 

-¿Cómo dejas que tu madre cargue con todo?-   dice ella con resentimiento resignado.

-Eso, papá. ¿Por qué no te levantas y ayudas a mamá?-

 

Sigue con ese tono excesivamente musicado que insinúa más de lo que dice. Katia encierra su furia en una mirada que se asoma entre los parpados de unos ojos medio cerrados. Su padre la ignora y coge el mando de la tele para despachar el asunto. La chica se va a su cuarto con prisas y, una vez en él, da un fuerte portazo que expresa su ira mejor que cualquier palabra.

 

-¿Qué le pasa a la niña?-   dice Mariela asomándose intrigada desde la cocina.

 

Dani se encoge de hombros como si no supiera a que viene ese colérico desaire. En cuanto su mujer vuelve a la cocina, suspira y reflexiona desatendiendo las frívolas imágenes de la pantalla. Se siente aliviado porque ya ha pasado el momento más crítico, pero es consciente de que será difícil restaurar la normalidad familiar después del depravado altercado sexual que acaba de protagonizar junto a su hija preferida.

Aún está malo. No consigue rebajar la firmeza de su miembro.

“Quizás debería…

No, no tengo la costumbre.

De hecho, no recuerdo mi última eyaculación.

Esto no puede ser bueno”

Intenta visualizar la desnudez de su viejuna suegra Angustias.

La imagen de esa septuagenaria en cueros acabaría con la mejor erección del semental más potente.

Lentamente, su fogosidad se va disipando entre pensamientos cada vez más insulsos:

“¿Cómo alguien puede escoger

‘Angustias’ cómo nombre para su bebe?

¿Las feas son feas porque tienen nombres feos o

tienen nombres feos porque es su destino de fea?

Es como el experimento ese en el que escribes ‘odio’

en un pote, y el agua que contiene cristaliza de

peor forma que el que lleva escrito “amor””

 

EXAMEN MAMARIO

2

-Sí que estáis calladas, niñas-   dice Mariela extrañada por una cena tan silenciosa.

-Déjalas, mujer. Por una vez ya va bien un poco de tranquilidad-   suaviza Daniel.

-Eso es lo que teníais antes de que llegáramos, ¿no? Tranquilidad-   dice Katia enfadada.

 

Su madre se intriga un poco por esa insinuación, pero está muy lejos de enfocar acertadamente cualquier sospecha. Termina por atribuir la hostilidad del tono de su hija a otra más de las rabietas que tan a menudo se suscitan entre ella y su hermana.

Daniel tiene un buen sueldo que le permite financiar esa vivienda en una de las urbanizaciones más bien estantes de Fuerte Castillo. A pesar de disponer de una cocina espaciosa, la familia Valverde siempre suele reunirse en el salón para comer y para cenar. Solo el desayuno y la merienda quedan relegados de dicho privilegio.

 

MARIELA:  Carmen y Conchi vuelven a estar peleadas de nuevo.

DANIEL:     !Vaya! Las otras. Parece que hoy es el día de las hermanas enfadadas.

 

Katia le dedica una mirada asesina que nadie querría ni para su peor enemigo. Daniel baja la mirada y fija la vista en su plato mientras levanta las cejas. Reza para que no se desate ninguna discusión indiscreta delante de su mujer. Sus ojos andan de puntillas, ahuyentados por cada gesto hostil de la chica.

 

MARIELA:  Al menos ellas no viven bajo el mismo techo. No tienen que verse.

DANIEL:     Carmen también suele pelearse con Manolo. Con ese no tiene escapatoria.

SELENA:     Menudos vecinos. ¿No papá?

KATIA:       Psssssst.

 

El oclusivo chasquido vocal de Katia pretende ridiculizar el comentario de su hermana. Selena no responde a dicha provocación y sigue ignorando a quien intenta ofenderla.

Durante largos segundos, los cubiertos parecen ser los únicos que se atreven a mancillar el silencio de tan incómoda velada.

 

-!Ay, nenas! !Cómo sois! ¿Eh?-   protesta Mariela resoplando y sin recibir respuesta.

-Hoy hacen esa peli tan buena que dijimos-   dice Daniel, intentando cambiar de tema.

-Uy, no-   dice su mujer   -Estoy muy cansada. Me iré a dormir ya mismo-

-Yo también. No estoy de humor-   se desmarca Katia.

-A mí sí que me apetece, papá. Yo la veré contigo-

 

Selena intenta mantener un tono anormalmente neutral que a oídos de su hermana resulta todavía más desafiante.

La cena finaliza sin abandonar esa calma tensa. Mariela acaba de recoger la mesa cuando los demás aún están con los postres.

Al encender la tele se percatan de que la película justo empieza. Selena se acurruca al lado de su padre. Por su lado: Katia se sienta en el sillón sin abandonar su rictus enfurruñado. Las dos visten con unos pijamas infantiles que, este año, ya han quedado pequeños.

 

-¿No te ibas a dormir, Katia?-   dice Selena con naturalidad.

-¿Qué te importa?-   calmada, sin siquiera mirarla   -Me iré a dormir cuando yo quiera-

-Vamos, niñas, ya está bien de riñas, disfrutemos de la película-   conciliadoramente.

-Buenas noches a todos-   grita Mariela a modo de despedida.

 

La cinta pretende ser intrigante, pero, por lo menos a ojos de Daniel, no logra cumplir con dicha aspiración. Puede que la culpa sea de Selena. Esa niña tan traviesa está cautivando la atención de su padre hasta tal punto que tan distraído espectador ya no sabe quiénes son los policías y quienes son los prófugos. Lo que en un inicio parecían roces accidentales por dejadez ha propiciado que ella le esté cogiendo la mano. La chica juega con sus dedos mientras finge seguir la trama que se produce tras la pantalla.

Katia les observa de reojo hirviendo de celos. Las caricias de su hermana van más allá de los límites que está dispuesta a tolerar.

Aun sin ninguna evidencia, de algún modo, siempre se había sentido ganadora en su contienda para ser la preferida de papá; no solo la de él, se considera la favorita de todos.

Nunca desperdicia ninguna ocasión para constatar su dominio. Lo de hoy no ha sido más que una prueba. Una muestra más de su incontestable hegemonía. Ni siquiera le gusta Javi, solo necesitaba reivindicarse de nuevo; pero la competición por el amor de su padre es algo mucho más importante. Un asunto sagrado que se remonta más allá de sus primeros recuerdos.

“Siempre nos picamos entre nosotras de

una manera más o menos evidente,

pero sin perder el buen rollo

ni cruzar ninguna línea roja.

Con lo de Javi solo quería poner a Selena en su sitio,

pero eso que estaba ocurriendo

cuando he abierto la puerta

es un golpe demasiado bajo”

Daniel se da cuenta de que Katia les observa con disimulo y percibe su zozobra enfurecida. Aun así, no se siente capaz de rechazar las carantoñas de Selena. Sus caricias, cada vez más ambiciosas, ya trepan brazo arriba.

Ese respetable cabeza de familia tiene que acomodar la postura para disimular una más que llamativa tienda de campaña. Una vez asegurada su discreción, empieza a devolverle los mimos a su hija, resiguiendo con cautela los carnosos límites de la moralidad.

 

-Papá, ¿el asesino sabe quién es ella en realidad?-   pregunta Selena.

-¿Qué? ¿Qué asesino?-   contesta Daniel completamente despistado.

-Fffffh. Qué rollo de película. Me voy a dormir. Buenas noches tortolitos-   remuga Katia.

 

Se marcha asqueada para no terminar perdiendo los estribos. Una vez en la cama, decide poner fin, de la manera que sea, a esa insultante parcialidad paterna. Siente la imperiosa necesidad de restaurar su reinado y humillar a la usurpadora de su hermana.

Entre tanto, en el comedor, Daniel y Selena llegan hasta los títulos de crédito sin dejar de acariciarse mutuamente de un modo éticamente cuestionable. La chica se despereza sensualmente para terminar con un  “Buenas noches papá”  acompañado de un beso en la boca, fugaz pero muy meloso. Él no deja de contemplar los sugestivos andares de esa fascinante figura adolescente mientras ella desaparece, dedicándole una última mirada, al tiempo que se adentra en la oscuridad del pasillo. Su padre está compungido:

“¿Esto va ser así siempre?

No. No pude ser.

Lo de antes ha sido un accidente;

una cadena de despropósitos:

los efectos de mi medicación,

las hormonas adolescentes de Selena,

su vulnerabilidad por

esas heridas amorosas,

el contexto de nuestra

aproximación circunstancial…”

No quiere contemplar ningún otro camino que no sea el de la vuelta a la normalidad familiar, pero la corriente de los últimos acontecimientos parece empujarle lejos de la corrección de su decente y monótono estilo de vida. Sumergido en un mar de dudas, Dani se encamina hacia su dormitorio con la intención de seguir consultando sus quebraderos de cabeza con la almohada.

Ya en la cama, observa cómo su gorda mujer duerme a pierna suelta y, escuchando sus rudos ronquidos, se plantea si ese es todo el erotismo al que puede aspirar el resto de su vida.

“Mariela seguirá en declive hasta que muera:

más fofa, arrugada y estropeada

 a cada día que pase”

Tan cruda realidad le asfixia amargamente hasta que, como si de una bocanada de aire fresco se tratara, respira el recuerdo de ese último beso de Selena, tan breve como significativo. De pronto vislumbra el camino a su manantial de juventud virginal; al frescor de su turgente belleza; a su embriagadora feminidad adolescente… Es consciente de que podría escabullirse, sigilosamente, al cuarto de su hija para azotarla con su incuestionable virilidad.

Desde lo más profundo de su ser, emerge un ilustre sentimiento que cierra esa puerta de un portazo. Un nada desdeñable amor paterno fustiga a dichas ideas obscenas con su pureza y retiene a su hacedor, atándolo a la cama con cuerdas de resignación. Su estado de ánimo está montado en una montaña rusa que transita por raíles de razonamientos contrapuestos.

 

    -lunes 26 junio-

Daniel todavía está soñoliento mientras se lava los dientes a la luz de un nuevo amanecer. Ha dormido pocas horas, pero, a pesar de ello, se siente bastante bien. Su nobleza le da palmaditas en la espalda congratulándose por haber superado la dura prueba de anoche. Después de darle muchas vueltas, tomó la determinación de hablar con Selena para apaciguar la fogosidad que hay entre los dos. Durante su cepillado, intenta escoger las palabras sin presión:

“Cariño, es importante que

entiendas que volver a caer en ese error

podría conducirnosa un oscuro

escenario de ruptura familiar.

 Comprendo la curiosidad propia de tu edad,

pero no puedes permitir que tu

inmadurez te lleve a confundir un

sano amor hacia tu padre con

inquietudes del todo inapropiadas.

Además, es digno de mención que…”

Una urgencia repentina interrumpe sus elucubraciones sorprendiéndole aún con el cepillo en la boca. Katia se ha levantado más temprano de lo habitual para ducharse antes de ir al instituto y, procedente del otro lavabo, entra como una exhalación reclamando la atención de Daniel:

 

-!Papá, papá! !Tengo cáncer!-   con su rostro desencajado y empapado en lágrimas.

-Pero ¿qué dices, cariño?-   sin dar ningún crédito a sus temores.

 

La niña solo lleva unas braguitas grises y sostiene una pequeña toalla que no alcanzaría para secar ni una porción de su cuerpo mojado. Dani repara en esa semidesnudez nada más superada la sorpresa inicial; en comparación, sus pectorales desvestidos quedan en una mera anécdota. Sintiéndose asaltado, no tarda en poner en tela de juicio la veracidad de las lágrimas de su hija.

 

-Me noto un… … un bulto, !aquí!-   dejando caer la toalla.

 

Katia coge la mano de su padre y la rellena con una de sus firmes peras. Daniel la aparta con urgencia, cómo si quemara. Siente que ha salido del fuego para caer en las brasas.

 

-Pero, papaaaah-   llorando y ondulando su tono teatralmente.

-Perdona, Katia, pero no.no puedo tocarte las tetas-   excusándose contra la pared.

-¿Puedes tocarle las tetas a Sele porque estás cachondo y no a mí para diagnosticarme . una enfermedad mortal?-   con cara de asco.

-¿Pe.pe.pero q.qué di.dices? … yo n.no-   con un severo tartamudeo.

-Me lo ha dicho, ¿vale? !Lo sé todo!-   destripando su autoridad moral con semejante mentira   -Papaahaa-   agudiza su llanto impaciente.

 

Acorralado y aturdido por tan falsa revelación, Daniel se somete a las súplicas de Katia y empieza a examinar, cuidadosamente, el primer integrante de ese prodigioso binomio mamario. Después de apartar unos mechones de pelo negro, todavía empapados, la palidez mojada de los preciosos pechos de su hija le cautiva con un poderoso embrujo que derrite su férrea moral paterna.

Solo un fino pantalón corto de pijama defiende su decencia frente a la grave amenaza que representa su inminente erección. Se siente tan desamparado que ni siquiera intenta guardar las apariencias mientras esa tela gastada se tensa y dibuja una bochornosa protuberancia en su perfil. Coincidiendo con los últimos sollozos de la chica se apresura a decir:

 

-No soy médico, pero yo diría que estás bien-   alucinando con lo buena que está.

-¿Y en el otro?-   suavemente, pero conservando un tono de seria preocupación.

 

Daniel suspira viendo cómo Katia le rehúye la mirada y, con cierta indecisión, usa su otra mano para atender también al otro pecho sin abandonar el primero. Arrastrado por un ansioso deseo pecaminoso los aprieta con fuerza y avidez provocando un  “ah”  lleno de fragilidad y erotismo.

La luz del alba, proveniente de una ventana que deja ver el mar desde lo alto de la colina, ilumina grácilmente esa pavorosa escena incestuosa de difícil justificación.

 

-¿Así no estoy mala, papá?-   con voz infantil.

-No, no estás mala, cariño-   rendido y sin parar de mover sus manos.

-Si no estoy mala, ¿quiere decir que estoy buena no?-   con una sonrisa pícara.

-Estás buenísima, niña. Estás tan buena… que casi no lo puedo soportar-   babeando.

-¿Así no has notado un bulto o algo duro?-   haciendo morritos.

-¿Algo duro?… … … … Tus tetas están duras-   susurrando con desesperación.

-Ja, ja, jah. Creo que no soy la única que tiene algo duro-   insinuando con la mirada.

 

Daniel casi se había olvidado ya del revelador relieve de su bajo vientre. Katia se acerca un poco más para afianzarse ese bulto. Su agarrón provoca un repentino gesto de rechazo por parte de su padre, quien la aparta de su lado bruscamente.

 

-Vamos, papá. Quiero tocar una polla-   con gestos de niña mimada.

-!Pero!… … ¿Qué te pasa, Katia? Tú no eres así-   en tono de súplica.

-Tú no quieres que sea así, pero ya no soy una cría. ¿No me has visto?-   posando.

 

La chica se aproxima de nuevo y, con sus frías y húmedas manitas, empieza a acariciarle el pecho mientras busca su mirada huidiza y desconcertada. El aplomo de ese hombre se desmorona:

“No. Eso no… No puedo… No es posible.

¿Acaso no han servido de nada

todas mis reflexiones nocturnas?

¿Es que no soy capaz

de salvaguardar mi honor

frente a una simple niña?”

Daniel siente cómo la cautivadora feminidad de su jovencísima hija ningunea su integridad hasta convertirla en una salpicadura más sobre el suelo del lavabo. En la desesperación de la derrota, nota el malintencionado recorrido descendente de unos deditos juguetones que llegan, sin oposición alguna, a la goma de su pijama. Esa prenda está tan vieja y dada de sí que un suave tirón le basta, a la chica, para poder darle los buenos días al poderoso trabuco de su padre; un pedazo de carne enrojecido que sale rebotado hacía arriba e impacta cómicamente con la barriga de su dueño.

 

-Hoolaaah-   dice Katia con una sonrisa de fascinación mientras lo agarra.

 

Nunca hubiera imaginado que su padre tuviera semejante pollón escondido ahí abajo.

De repente, siente un renovado respeto por esa virilidad paterna tan subestimada a lo largo de tantos años.

Daniel siente una mezcla de orgullo y vergüenza elevadas al máximo nivel. Hacía demasiado tiempo que su libidinoso amigo no revelaba su verdadero potencial, pero nunca pensó que sería su propia hijita quien se sobrecogería admirándolo. Ella lo acaricia repleta de curiosidad hasta que, inesperadamente, dedica un firme apretón a esos peludos huevos colganderos.

 

-!!Aah!!-   con dolorosa sorpresa.

-¿Lo ves? Te debía una. Tú antes me has apretado las tetas-   aleccionándolo.

 

Daniel apoya las manos en el mármol sometiéndose al cercano dominio de su nena. Su pelo, todavía húmedo, le roza la piel mojándola sutilmente mientras un afrutado olor a champú infantil empapa su olfato. En un momento dado, ella transforma el caótico movimiento de sus caricias fálicas en un masaje bien reconocible. Su padre despierta repentinamente de su trance y la para en seco.

 

-No, Katya. Esto NO-   enfatizando su intransigencia.

-Vamos, papá. No me hagas reír. Lo has intentado…-   con una sonrisa triunfal.

 

Ciertamente, el vigor de su verga es extremadamente sincero y deslegitima cualquiera de sus inútiles intentos de oponerse a tan perverso hechizo. Por otro lado; y aunque el caminar de la coyuntura hacía previsible ese devenir; el notar su prepucio tensándose a manos de su hija hace que un último resquicio de decencia se pronuncie con una contracción de rechazo. La chica se lo reprocha con una indignación teñida de amenaza:

 

KATIA:  Alguien va a salpicarme hoy; puedes ser tú o puede ser mi novio skater.

 

El flash mental de un niñato estúpido corriéndose sobre su niña termina abruptamente con cualquier oposición residual. Sin dejar de mirarla a los ojos, se sienta sobre los azulejos consecutivos al relieve de la bañera. Ella interpreta esa mirada acertadamente y desciende arrodillándose sobre la tupida alfombra. Acto seguido, agarra de nuevo la gruesa polla de su padre con las dos manos.

El abrazo grupal de todos sus dedos sube y baja con un ritmo lento pero creciente. Katia mira el portentoso manubrio venoso que están sosteniendo sus manos, con expresión hipnotizada y boquiabierta. Observa como la piel del prepucio intenta cubrir ese capullo una y otra vez sin terminar de lograrlo.

 

-¿Por qué?-   dice Daniel con un tono victimista   -¿Por qué me haces esto?-

-Anda, cállate… … … Me vas a decir tú ahora que no te gusta lo que hago-

 

Recobrando cierta verticalidad sobre sus rodillas, Katia fija la mirada en los delirantes ojos se su padre. Sin dejar de mirarle derrama, como por accidente, un esporádico torrente salival que cae calculadamente en la cima de ese glande pletórico, dotándolo de un licuado esplendor. El vertido ha sido lo suficientemente generoso como para contagiar de humedad a todos sus dedos.

La calentura de Daniel está desatada y empieza a ponerse malo; infectando de ansiedad hasta el último milímetro cubico de su ser:

 

DANIEL:  Chúpamela, cariño… … hhh… … Métetela en la boca.

KATIA:    Siíi, hombreeh.

 

La chica le estrangula la polla con tanta fuerza que parece inminente su explosión; incluso percibe, con sus manos, el flujo sanguíneo que palpita con cada latido acelerado.

Temiendo por la integridad fálica de su padre, Katia cambia de técnica y empieza a golpearse las tetas con ese manubrio colapsado que ya ha adquirido un color alarmante. Se azota con toda la fuerza que le permite tan desmesurada longitud cárnica y gime de placer con los ojos cerrados y la cabeza hacia arriba.

 

KATIA:    Wah… … Menuda  polla tienes, papá. ¿Quién lo iba a decir?

DANIEL:  Síií… Es verdad… Tengo el pollón más grande que cualquiera de tus amigos.

KATIA:    EsOh… Eso tendré que decirlo yoOh… ¿no? En mi clase hay tres negrOs.

DANIEL:  Nooo… … noOh… … cállate… … deja de… … deja de picarme de una vez.

KATIA:    Soy malah… ah. Soy tu hija malvada, pero te gusto. Te gusto más que Selenah.

DANIEL:  No… … noOh… … cállate de una vez.

 

Daniel no puede dejar de mirar las ondas expansivas resultantes de esos libertinos porrazos fálicos en las pálidas tetas de su hija mientras se sorprende de un grosor que parece crecer más y más.

Tras recuperar la visión, Katia acoge la virilidad erecta de su padre entre sus espléndidas tetas. Vuelve a escupir. Esta vez le queda un hilo de babas colgando que une su boca con el engendro que está abrazando con sus duros pechos adolescentes.

La chica está muy cachonda, pero hay algo que todavía le excita más que su propio orgasmo: ese juego que controla por completo desde que ha entrado fingiendo su llanto, esa capacidad de doblegar la moralidad de su padre, esa desmesurada erección que ha provocado y, sobre todo, la recuperación del trono que la define como a la hija preferida. Se le ocurre algo mejor que dejar que su papi se le corra encima: dejarlo con las ganas.

 

-Paapaá-   dice lentamente entre suspiros.

-Cariño-   disfrutando del masaje mamario.

-Llegoo tardee al colee-   aún con un tono erótico.

-¿Qué?-   sin acabar de asimilar esa frase.

-Que me voy; que llego tarde-   abandonando por completo su entregada actitud.

 

Daniel abre sus ojos para ver como Katia recoge la toalla y se dispone a abandonar la estancia sin cumplir con su cometido.

La frustración del orgasmo fallido de ayer, con Selena, se suma a este nuevo agravio y crece hasta apoderarse de la motricidad de ese desdichado santurrón. Se levanta con urgencia para impedir la espantada de su hija y la sujeta violentamente. La empotra sobre la pica, delante del espejo, e intenta bajarle las bragas. La niña intenta resistirse asustada por tan violentos mangoneos llenos de urgencia y, sintiendo la irrefrenable calentura de su padre a su espalda, opta por suplicar:

 

-No, papaáah, no me violes… … no me violes que soy virgen-

 

Esclavizado por su lujuria, la escucha e intenta luchar para proteger a su hijita, pero algo inevitable está a punto de suceder:

 

-Aprieta  las piernas, cariño-   sintiendo la tranca ya entre sus muslos   -!Apriétalas!-

-Vale-   dice ella flojito con una mezcla de temor y premura.

 

Daniel empieza a imprimir presión con las caderas. Se aprieta contra las nalgas de su hija mientras su húmeda polla se desliza asomando el capullo por delante. Katia se muerde los labios, sin emitir sonido alguno, y se somete a ese intenso ajetreo paterno. Él tampoco gime, pues ni el uno ni la otra olvidan que Mariela duerme muy cerca de ellos, bajo el mismo techo. A pesar de su prudencia, sus fuertes respiraciones se suman a los golpes cárnicos articulando la particular acústica de la cerámica.

La chica se observa en el espejo vislumbrando el sacudido reflejo de ese acto inmoral. Nota cómo el candente trabuco de su padre, duro y repleto de pasión, se abre paso entre sus muslos fregando la parte inferior de sus bragas mojadas en cada incursión. Se encuentra sexy y ardiente cuando nota cómo se menean sus tetas víctimas de tan indecente agitación matutina.

Tras apartarse el pelo de la cara, logra contemplar el reflejo de Daniel, con el rostro enrojecido, empujando con toda la rapidez que le permite su cuerpo maduro. Todavía azotada por esas groseras embestidas, Katia alcanza a ver cómo se le ponen los ojos en blanco y cómo abre mucho la boca conteniendo su grito de placer. Simultáneamente, a ella se le escapa un tenue gemido:

 

KATIA:   0Oh                                                                                     DANIEL:  Ah

 

Daniel se corre experimentando un infinito desahogo que se canaliza a través de su polla, eclipsando por completo todos sus sentidos. Ni un solo pensamiento logra progresar, arrinconado por el ímpetu de esa desmedida sensación.

Katia rebosa satisfacción por todos los poros de su tersa piel. Las torrenciales salpicaduras albinas de su padre, propulsadas mediante violentas contracciones fálicas, están mojando sus nalgas y sus muslos dando fe de tan catártico orgasmo.

Esa situación, tan nueva y prohibida, hace gozar a la chica en un plano psicológico que flota sobre sus fluidos vaginales, otorgándole una merecida victoria en la eterna contienda que mantiene con su hermana.

Después de dar unos pasos titubeantes, Dani consigue sentarse, de nuevo, intentando recuperar el aliento. Su noción del tiempo está nublada; las estrellitas de su visión alterada dejan paso, gradualmente, a los rayos de sol. Le sorprende el sonido de la ducha. Se trata de Katia, que está limpiándose el pringue.

 

-Qué vergüenza, papá. Nunca pensé que fueras tan depravado-   en tono burlón.

 

La niña sale alegremente del lavabo como si nada hubiera pasado. Mientras, su padre reflexiona con la mirada perdida. Intenta asimilar los inesperados acontecimientos con los que ha empezado el día. Le va a costar subirse al tren de su rutina diaria después de esto.

 

CANTOS DE SIRENAS

3

Sensaciones confusas de confort se desvanecen cuando regresa la conciencia a través de las fisuras de la persiana, desafiando la oscuridad con definidos rayos de lucidez. Selena abre lentamente los ojos acomodada entre sus ositos y sus grandes almohadas. Busca, con la mirada, un reloj despertador al que solo le restan unos segundos para sonar. Se apresura a silenciarlo antes de que tal cosa ocurra.

Hoy es el último día de cole. La chica se incorpora superando su pereza con esfuerzo. Guarda un instante de quietud cargando la energía que necesita para realizar su próximo movimiento.

Un sonido foráneo despierta su curiosidad. Mientras pisa la alfombra acolchada, al pie de la cama, crece su inquietud ahuyentando su nublada desidia. Asomada por el pasillo, escucha respiraciones aceleradas y unos golpes cárnicos que se escapan a través de la puerta entreabierta del lavabo de sus padres.

Intenta procesar esos sonidos completando su percepción estereofónica con los ronquidos de su madre al lado derecho del pasillo. Parece distinguir un gemido de Katia al tiempo que un “Ah” , masculino y cargado de urgencia, se corta señalando un punto de inflexión que interrumpe los jadeos. La quietud matinal regresa salpicada por el tenue sonido del agua de la ducha.

Selena agarra con fuerza el marco de la puerta de su cuarto y sigue a la expectativa con el corazón en un puño. Sus peores temores se consolidan dando forma a una tremenda traición en cuanto escucha:

 

-Qué vergüenza, papá. Nunca pensé que fueras tan depravado-   en tono burlón.

 

Al ver cómo se abre la puerta del lavabo, la chica se refugia, con premura, en la oscuridad de su habitación. Una estrecha ranura vertical de luz dibuja una línea en su rostro tembloroso y le permite vislumbrar el fugaz paso del cuerpo desnudo de Katia.

Ella permanece inmóvil, de pie, boquiabierta, desolada, bañada por unas sombras que aún no se ha desperezado con la luz del nuevo día. No puede imaginar un despertar más amargo. Su egocéntrico prisma adolescente le empuja a hacerse una serie de retóricas preguntas encogida dentro de su burbuja de realidad:

“¿Por qué me ocurre esto a mí?

¿Puede haber algo peor en el mundo?

¿Por qué la zorra de mi hermana es tan zorra?

¿Por qué papá ha caído en sus asquerosas garras?”

 

****

 

El colegio de las niñas se encuentra a unos diez minutos a pie. Solían recorrer ese camino juntas, pero en estas últimas horas se ha dilapidado cualquier vínculo afectivo que pudiera unirlas.

Los pasos de Selena enfocan todo su odio hacia Katia, quien va unos cien metros por delante. Odia su modo de andar, odia su ropa, odia a quien la saluda y hasta odia a quien la mira.

“Lo de Javi ya fue una bajeza, pero lo de papá no tiene nombre.

Sé que se trata de una respuesta a mi calentón de ayer,

pero eso fue diferente. No lo planeé, simplemente ocurrió.

Él solo intentaba consolarme. Una cosa llevó a la otra y…

¿Cómo imaginar que Katia llegaría justo cuando…?

Ni siquiera me quité la ropa; ni él.

Y por supuesto, papá no se corrió.

Ese es el límite. Hubiera sido… … enfermizo.

Aunque yo… … yo sí lo hice, pero…

fue un accidente. Todo se descontroló y…

Lo de ella… Lo de ella es premeditado y perverso.

Katia hervía en celos cuando nos vio

haciendo manitas durante la película.

Ahí. Ahí lo planeo todo.

Ha aprovechado que yo dormía

para usar sus más bajas artimañas.

!¿Cómo ha sido capaz de follarse a papá?!”  

Durante toda la mañana, miles de pensamientos dañinos abordan a Selena mientras se ve obligada a contemplar la pletórica pose de Katia, quien asiste a su misma clase. En la hora del recreo, rompe a llorar escondida en un rincón y termina por toma una sórdida decisión:

“Puedo ser más zorra que Katia si es necesario,

pero voy a derrotarla”

 

****

 

Takeshi es un oriental, con pinta de Otaku, cuya habilidad para resolver todo tipo de problemas informáticos le ha llevado a firmar un contrato fijo con SigmaSoplo, la empresa de Daniel. Empezó en la oficina de becario, con la aspiración de convertirse en un buen comercial; no en vano, sus estudios lo habían encaminado hacia esa dirección; pero unas escasas dotes sociales y una timidez desmedida no le auguraban demasiada brillantez en dicho campo. Sin embargo, pronto destacó su faceta más resolutiva en asuntos de software, y, poco a poco, se ha ido consolidando como alguien indispensable.

 

TAKESHI:  ¿Mira porno desde este ordenador? ¿Webs de reputación cuestionable?

DANIEL:    No. Por Dios. Claro que no. Te aseguro que solo lo uso para fines laborales.

TAKESHI:  No se ofenda. No estoy incriminándole. Solo intento prevenir.

DANIEL:    No soy el único que accede a este ordenador. Así que…

TAKESHI:  Los virus pueden entrar de mil maneras distintas, pero es que había muchos.

DANIEL:   ¿Has conseguido limpiarlos todos?

TAKESHI:  Parece que sí. Le he puesto una mejor protección. De todas maneras, coméntele a cualquiera que use este ordenador que, a poder ser, no visite webs peligrosas. La empresa me pide que pase partes cuando los problemas afectan reincidentemente a empleados concretos.

DANIEL:   De acuerdo. Se lo comentaré. Mil gracias por tu ayuda. Me salvas la vida.

 

En cuanto ese eficiente japonés cierra la puerta tras de sí, Daniel efectúa un hondo suspiro de alivio. Ha perdido casi dos horas de trabajo con tan incómodo asunto informático.

 

****

 

Katia llega sola a casa a la hora de comer. Su alegre expresión se interrumpe cuando encuentra a Mariela, desolada, llorando sola en el comedor. Una angustia glacial le hiela la mente creyendo descubierta su travesura mañanera. Dani aparece con actitud incómoda y con una bolsa llena de ropa colgando de su mano. Su mujer consigue argumentar esa tristeza entre lágrimas:

 

MARIELA:  La tía… La tía Dolores está muy enferma. Le que.queda poco de vida.

DANIEL:     Tú quédate aquí y cuéntaselo a tu hermana. Yo voy a acompañar a tu madre. Estará unos días fuera, con Antonia, para ayudar en todo lo que pueda.

 

La chica apenas puede disimular su alivio. Finge empatía mientras abraza su madre, pero, en el fondo, se siente una persona horrible por preferir la muerte de su tía.

“Hubiera sido tan catastrófico que mamá se enterara…”

La chica observa como sus padres salen por la puerta al tiempo que mantiene ambas manos en su pecho. Después de un par de minutos, y antes de que pueda asumir la trágica noticia, aparece su hermana con peor cara de la que tendría si ya la conociera. Katia pronuncia un escueto “Hola” a modo de sondeo. Selena prefiere no contestar y la ignora dirigiéndose a su cuarto.

 

-!Tía Dolores se muere!-   usando esa fuerza mayor para inquietar a su hermana.

-!Qué pena que no seas tú quien se muere!-   replica después de su sorpresa inicial.

-Zorra-   susurra Katia ya sin esperanzas de que su huidiza hermana la escuche.

 

****

 

Todo excelentes para Selena. Solo se le ha escapado algún notable en gimnasia y química. En el fondo no le importa mucho. Se interesa por las reacciones de Katia mirándola con disimulo:

 

-!Solo cuatro cates!-   exclama triunfalmente, mofándose de sus nefastas notas.

 

Revoloteando a su alrededor, varios chicos peloteros buscan su complicidad mientras le ríen las gracias. Por contra, su hermana no siente más que desprecio por esa actitud pasota.

El resto de la clase, ya en ausencia de su profesor, no para de comentar sus más y sus menos por tan dispares calificaciones.

Selena mira el horizonte vislumbrando un futuro académico prometedor solventada ya la E.S.O..  Pronto regresa al presente de su aula para burlarse interiormente de Katia:

“Ríete cuanto quieras, perra.

Estás a punto de perder un año repitiendo curso.

Ya verás cuando se entere papá”

No tarda en caer en la cuenta de que su escenario familiar ha cambiado fruto de esa bochornosa escena matutina en el lavabo.

“¿Cómo serán los próximos días sin mamá?

A saber cuánto tiempo tardará Dolores a morirse”

Se siente despreciable al pensar en su tía como un simple condicionante en lugar de centrarse en su dolor y su desgracia.

Selena abandona la muchedumbre estudiantil, donde no cuenta con demasiados amigos, y se dirige hacia su hogar.

 

****

 

Daniel no ha pasado un buen día hoy. Más allá del lamentable asunto de Dolores se siente acosado por su propia culpabilidad. Después de darle muchas vueltas, por fin se ha plantado. Está reunido con sus hijas en el salón, verbalizando su alegato de un tirón, con calma y con una elocuencia ejemplar:

 

-Ahora que os tengo a las dos juntas, creo que es un buen momento para dejar algunas cosas claras. Veréis: en estos últimos días han pasado un par de cosas… … difícilmente justificables, por así decirlo. Podríamos pasar horas divagando sobre quién hizo qué, sobre quién tiene la culpa o sobre qué es peor que qué, pero eso no nos llevaría a ningún sitio más que a más riñas y malas caras. He estado todo el día de hoy intentando perdonarme y creo que puedo afirmar que estaré en paz, conmigo mismo, en cuando hayamos zanjado este asunto y todo quede como una desafortunada anécdota. De ahora en adelante, necesito que esta vuelva a ser una familia normal que convive en armonía y en la que cada miembro tiene un rol adecuado a su condición-

-¿Y qué es un rol?-   pregunta Katia sin mucho entendimiento.

 

Selena se ríe para ridiculizar la ignorancia de su hermana.

 

-¿De qué te ríes, lista?-   ya con gritos.

-De lo tonta que eres-   sentencia aguantándole la mirada desafiantemente.

-Tú sí que eres tonta que no sirves ni para tener un solo amigo-   pasando al ataque.

-Puede que prefiera tener pocos amigos que un puñado de pelotas lamiéndome el culo y babeando porque llevo ropa de zorra-

-Hhhhhhhap!-   aspira indignada   -envidia que me tienes, cabrona-

-¿Envidia de qué? ¿De ser tan puta?-

 

Ese último comentario empuja a Daniel tomar cartas en el asunto con un potente grito:

 

-!BASTA, NIÑAS! Ninguna es puta ni zorra… ni tonta-

-Eso no es lo que dicen sus notas, papá-   replica Selena llena de placer.

-¿Por qué no cierras esa bocaza, cerda?-   sorprendida por tanta bajeza.

-¿Cómo? ¿Ya tenéis las notas de fin de curso?-   con una repentina curiosidad.

 

Daniel está tan aturdido por los recientes acontecimientos que había olvidado que hoy era el último día de clase.

 

-A ver esas notas. ¿Dónde están?-   mientras se pone las gafas.

-Toma, papá. Mira primero las mías-   dice Selena con repentina alegría.

-Yo no las tengo. Me las he dejado en el aula-   intentando escurrir el bulto.

-No me vengas con esas, Katia. Dámelas ya mismo-   le ordena con tono autoritario.

-Fíjate, papá-   dice la hija estudiosa   -Ocho excelentes y dos notables. Piensa en esto para consolarte cuando mires las de ella-

 

Daniel compara ambas calificaciones. Levanta la vista y las mira; primero a una y luego a la otra. Tras un hondo suspiro:

 

-¿Y ahora qué tengo que hacer?-   tocándose los lagrimales con los índices.

-Pues yo diría que está claro, ¿no?-   dice Selena   -Premiar a una y castigar a la otra-

-Para mí ya es suficiente castigo repetir curso-   Katia, con su tono más rebajado.

-Eso que lo decida papá-   intentando meter el dedo en la llaga.

 

Ofendida, Katia se levanta y se va a toda prisa hacia su cuarto. Selena se queda junto a su padre con semblante victorioso.

 

SELENA:  ¿Qué castigo le vas a poner? Tiene que ser gordo.

DANIEL:  No deberías alegrarte de sus fracasos, hija.

SELENA:  Ella me quita todo lo mío por pura crueldad; así que sí, me alegro.

DANIEL:  Ella no te quita nada, ¿De qué hablas?

SELENA:  Me robó a Javi, ¿te acuerdas?… Tú me consolaste ayer dándome eso tan especial, pero lo has estropeado todo follándotela esta mañana.

 

La chica le clava una mirada de odio humeante que provoca el estupor de su padre:

 

DANIEL:  Pe. Pero ¿Q. qué dices. es.? yo n. no he fo.follado a…

SELENA:  ¿Cómo qué no? Os he escuchado perfectamente.

DANIEL:  No. no ha sido eso. Ha ocurrido algo, pero no. no. eso no.

SELENA:  Pero te has corrido, ¿verdad?

 

Daniel hace el gesto de negación sin mucho convencimiento mientras baja la cabeza, avergonzado. Su hija contraataca:

 

-Piénsate un buen castigo para Katia y un buen premio para mí, porque créeme si te digo que estoy herida y necesito un poco de justicia. Me merezco algo más. Si no quieres premiarme delante de ella, dámelo por la noche, en mi habitación. Piénsalo bien, no vayas a equivocarte-   terminando con un tono ya más amable.

 

Selena se marcha acariciando levemente la calva de su padre, quien, perplejo, ha quedado sin palabras ante los exigentes requerimientos de su hija.

 

  ****

 

-viernes 30 junio-

En la consulta de Maite abundan las texturas de madera: suelo de parqué, muebles de roble, techo laminado… Se trata de una estancia extremadamente elegante que refleja el estilismo de tan reputada terapeuta.

Sentado en el diván, Daniel lleva algunos minutos divagando. Le cuesta ser explícito a la hora de relatar su tumultuosa realidad paternofilial. Su oyente empieza a impacientarse:

 

M:  Deberías traerlas a las dos aquí.

D:   Ni de broma, Maite. Esa no es una posibilidad.

M:  Tengo que hacer mi trabajo y necesito todas las cartas sobre la mesa.

D:   Ya te cuento yo todo lo que hay.

M:  No. Tú me cuentas tu versión, pero no sé yo hasta qué punto…

D:   ¿Te crees que me lo invento? Estoy aquí para que me trates a mí, no a ellas.

M:  Te seré sincera: creo que en tu historia hay mucha fantasía, no dudo de ti, pero…

D:   Sé que parece una locura, pero debes creerme.

M:  Un cierto flirteo es normal, común de algún modo.

D:   Noooo, noo, no…no . Hay cosas que ni siquiera me atrevo a contarte.

M:  Lo de Selena ya lo hemos hablado, fue un momento de confusión.

D:   No. Hubo más. La cosa se calentó… No te daré detalles sórdidos, pero…

M:  Tienes que contármelo todo. Las pequeñas cosas pueden ser importantes.

D:   No nos quitamos la ropa, pero… hubo una simulación y ella llegó a correrse.

M:  … ¿Estás seguro que ocurrió tal cosa?

D:   Siií. No fue algo sutil. Fue salvaje. Lo que pasó no se presta a equívocos.

M:  ¿Y lo de Katia? ¿Hubo algo más aparte del examen mamario?

D:   … mmmmmmm…  ¿Estoy protegido por el secreto profesional?

M:  Llevo más de veinte años en esta profesión y nunca he revelado nada.

D:   ¿Nunca?

M:  Ni siquiera las veces en que lo ha requerido el juez. Es vital para mí.

D:   … Como te dije, eso del cáncer era una ocurrencia suya; una trampa.

M:  Te pidió que le tocaras los pechos por si había algún bulto y…

D:   Después quiso tocarme el pene. Yo lo tenía muy duro. Es algo incontrolable.

M:  ¿Y tú la dejaste?

D:   !No!… … Al principio no, pero empezó a chantajearme.

M:  Cuéntame de qué modo puede chantajearte una chiquilla de quince años.

D:   Me dijo que, si me negaba, se acostaría con su novio ese mismo día.

M:  ¿Y tú pensaste que era mejor que tuviera su primer acto sexual contigo?

D:   Noooh. No hicimos… … no, no la penetré.

M:  ¿Qué ocurrió entonces?

D:   Me la toco… … Me hizo una paja y me corrí.

M:  ¿Eso fue todo? ¿No hubo forcejeo ni penetración entonces?

D:   !Claro que no! ¿Me crees capaz de violar a mi propia hija?

M:  Esto que me cuentas… … no es una violación, pero está a medio camino.

D:   ¿En qué universo eso se podría considerar violación?

M:  No hace falta viajar a otro universo. Con quince años, legalmente…

D:   No me hables de legalidades ahora. No se trata de eso.

M:  No hablemos de leyes. Hablemos de moral entonces.

D:   ¿Por qué te hablo de esto, Maite? ¿Crees que lo haría si no tuviera un conflicto?

M:  Estamos a viernes, Daniel, y eso que me cuentas ocurrió…

D:   El… … el pasado domingo, y el lunes por la mañana con Katia.

M:  Y ¿por qué has tardado tanto en contármelo? Vienes los miércoles.

D:   Es un tema que me incomoda profundamente, y tú…

M:  ¿Yo qué? ¿Hago algo que me haga desmerecedora de tu confianza?

D:   Siempre lo vinculas todo al sexo.

M:  !Oh!  Perdona. Supongo que esto que te ocurre no tiene nada de sexual.

D:   No, ya sabes. Me refiero a antes. Con pequeñas cosas. Con todo el mundo.

M:  Créeme si te digo que el ser humano es mucho más primario de lo que parece.

D:   No me vengas ahora con esas.

M:  Hay muy pocas emociones básicas que lo mueven todo y el sexo es la más fuerte.

D:   No empieces ahora con tus teorías freudianas.

M:  De acuerdo. A ver: me contaste que eso ocurre desde siempre, en cierto modo.

D:   Sí, pero era algo discreto y razonable. Ahora se ha desmadrado.

M:  Pero me has dicho antes que hablaste con ellas para aclarar las cosas.

D:   Sí. Medí muy bien mis palabras y fui muy claro al respecto.

M:  ¿Lo entendieron pues?

D:   Sí. Pero… … ahora que no está su madre…

M:  Ah, sí. Me dijiste que está cuidando de su hermana, ¿no? que está enferma.

D:   Las niñas siguen peleadas y se han propuesto… … cómo decirlo.

M:  ¿Siguen… … acosándote?

D:   De algún modo. Verás: con la excusa del verano y el calor… van casi desnudas y…

M:  ¿No puedes impartir un poco de disciplina sobre el tema?

D:   Lo he intentado, pero… … técnicamente llevan ropa. Quiero decir, en la playa…

M:  No es acertado tomar como referencia la indumentaria playera comparativamente.

D:   !Claro! Es diferente fuera de contexto. Además, no es la cantidad de tela sino…

M:  ¿Quieres decir que no es la carne visible lo que te provoca? ¿Si no la ropa en sí?

D:   También. Pero es que… … no sé. Es Katia, sobre todo. Lleva unos pantalones que…

M:  ¿Son cortos?… … ¿Muy cortos?

D:   Son tejanos, pero son poco más que un tanga. Sus nalgas se asoman y…

M:  ¿Y cómo le permites vestir así?

D:   Tuvimos una discusión y acordamos que no se pusiera eso fuera de casa.

M:  ¿Y a cambio se lo podía poner en casa? !Pero hombre, Daniel!…

D:   Sí, lo sé: me llevan por donde quieren, pero ahora no puedo cambiar el acuerdo.

M:  ¿Y Selena? ¿Qué ocurre con ella?

D:   Aparenta no ser tan descarada, pero ocurren algunos accidentes… accidentales.

M:  ¿Qué clase de accidentes?

D:   … Minifaldas y camisetas anchas, se prestan mucho a según qué indiscreciones.

M:  ¿Te refieres a que, según la postura, te enseña más de lo que debería.

D:   Sí. No lleva sujetador cuando está por casa y… creo que tampoco bragas.

M:  Mmmmmmh, entiendo.

D:   Además, hay como una teatralidad erótica pululando en mi hogar.

M:  ¿Te refieres a representaciones fruto de esa rivalidad entre las dos?

D:   Sí. Palabras, miradas, roces, besos… hasta en el modo de bailar.

M:  Ah, ¿es que bailáis?

D:   No. Yo no bailo, pero el otro día tuvimos una cena con las vecinas y…

M:  ¿Después de la cena hubo baile?

D:   Sí. En el jardín. Las vecinas son buenas amigas de Mariela. Son cuarentonas.

M:  No sabía que tuvierais una relación tan estrecha con ellas.

D:   Ahora que mi mujer no está, me echan una mano. Son muy atentas.

M:  ¿No será que ellas también necesitan de tu atención?

D:   !No te burles! Son gordas y feas, pero con un par de copas de vino se desmelenan.

M:  Entonces: ¿terminó la cena y os pusisteis a bailar?

D:   No. Primero hubo un poco de karaoke. Me parecía un poco inapropiado, pero…

M:  ¿Por lo de Dolores? ¿Por la situación familiar?

D:   Sí. Mariela acompañando a la Dolores mientras se muere y…

M:  Entiendo: y vosotros cantando y bailando.

D:   Aun así, me pareció una buena manera de disipar la tensión sexual por una noche.

M:  Pero la cosa se torció, ¿no?

D:   Durante el karaoke aparecieron unas miradas… …  y luego empezaron a bailar.

M:  ¿Cómo eran esos bailes?

D:   … … Indescriptiblemente inapropiados. Yo estaba sentado de público.

M:  ¿Y seguían mirándote del mismo modo?

D:   Eso era lo peor.  Si no, me hubiese limitado a sentirme incómodo.

M:  ¿Y las vecinas? ¿Cómo se llaman?

D:   Carmen y Conchita. Creo que ellas todavía agravaban más la situación.

M:  ¿Cómo puede ser posible? Me has dicho que son gordas y feas.

D:   Por eso mismo. Dan tanto contraste con mis preciosas hijas.

M:  ¿Insinúas que son tan horribles que, a su lado, tus hijas te parecen más atractivas?

D:   No solo porque sean más feas cuando se ríen, sino por lo patosas que son.

M:  ¿Por su gordura son patosas al bailar?

D:   Sí, pero no es solo por eso. Son cómicas. Mis niñas son tan sexys a su lado.

M:  Entiendo.

D:   Se movían de un modo… y me clavaban esas miradas… Saben lo que me ocurre.

M:  ¿Seguro que no hay nada más que no me hayas contado?

D:   Hay pequeñas cosas, todos los días, a todas horas. Te explicado lo más revelador.

M:  Si se tratara de una tensión sexual no resuelta que se pudiera resolver…

D:   ¿A qué te refieres?

M:  Suelo aconsejar a mis pacientes que resuelvan esas cosas para pasar página.

D:   Crees que se resolvería si…

M:  !No! Por supuesto que no. Estoy hablando de casos éticos y legítimos.

D:   Ya, pero mi caso es diferente. Ya lo sé.

M:  La adolescencia es una edad difícil y confusa. Tu papel de padre consiste en otorgar, a tus hijas, unos valores que ahora parece que se les escapan. No te culpo, ni a ti ni a Mariela, ni siquiera al sistema educativo. Son tiempos difíciles y la crisis más grave, a mi entender, no es la económica. La crisis de valores es la que ha llevado a esta sociedad a la decadencia global que vivimos.

Katia y Selena reciben, desde todos los medios, inputs inmorales de conducta; juicios erróneos sobre la popularidad, el sexo, la decencia, el esfuerzo, el mérito… Ahora lo que está de moda es la holgazanería y la superficialidad. Los jóvenes de hoy viven a través de pequeñas y grandes pantallas y a menudo confunden lo que en ellas se representa con la vida real. Es llamativo lo más inadecuado y en muchas ocasiones optan por destacar a cualquier precio para no verse arrinconados.

Tus hijas están dejando de ser niñas y necesitan encontrar su identidad; cosas que las definan. Buscan la aprobación de los demás, compiten para encontrar su sitio, para reafirmar sus calidades y su potencial. Se ponen a prueba constantemente.

Debes ocuparte de enseñarles que una chica con personalidad rara vez se siente intimidada por el éxito de los demás, rara vez necesita competir con alguien que no sea ella misma. Sé que puede parecer imposible que te hagan caso, que te escuchen y te comprendan, pero de ti depende encontrar el mejor modo de inculcarles buenos valores que contrarresten toda esa porquería que viene de fuera.

Te seré sincera: si las cosas son como me las has contado, opino que has sido un muy mal padre: débil, permisivo, calenturiento… indecente. La situación se te ha complicado mucho al dejar que tus niñas se descarríen de ese modo. La convivencia en tu hogar se ha vuelto enfermiza y temo que esa tensión sexual siga acumulándose hasta que regrese Mariela. Te puedo prometer una cosa: si bien es difícil para una mujer sentir que su marido preferiría a otras, le es completamente imposible aceptar que esas otras mujeres sean sus propias hijas.

Me da miedo Daniel. Me da miedo que esta situación se te haya escapado de las manos y te explote en la cara. Hace bastantes años que te trato y te puedo certificar que tus depresiones y tus ansiedades pasadas se pueden quedar muy pequeñas al lado de lo que te espera si no sabes solventar esta situación adecuadamente. Tu familia y tu hogar son los pilares fundamentales que sostienen tu vida. Podrían desmoronarse si este trastorno sigue corroyendo sus cimientos.

Lo que te ocurre es muy grave. He visto disolverse familias por mucho menos. Tengo pacientes hombres que han tocado fondo, muy abajo, después del divorcio. Las mujeres suelen sobrellevarlo mejor, pero tú… No te veo a ti muy capaz de empezar de nuevo, solo y con esas cargas familiares pesando en tu bolsillo.

Piénsalo. Es impredecible lo que ocurrirá cuando regrese tu mujer. No sabes hasta dónde puede llegar la inconsciencia y el egoísmo de tus hijas a tan tierna edad; enzarzadas en esta escalada de rivalidad inmoral. La discreción es muy complicada cuando se trata de acontecimientos que ocurren en el seno familiar. Katia os sorprendió a ti y a Selena primero, y luego Selena os escuchó a ti y a Katia después: esto prueba lo poco hermética que es la intimidad entre personas que comparten un mismo techo. No es una aventura con la secretaria, esto va mucho más allá en todos los sentidos.

Céntrate, Daniel. Voy a modificarte un poco la medicación y te voy a recomendar un par de libros. Te diría que hicieras leer esto mismo a tus hijas, pero dudo que sea una lectura apropiada para ellas, especialmente para Katia. Esa niña no parece tener muchas luces. Te lo apunto todo aquí. También te recomiendo hacer ejercicio, como más mejor. No es la primera vez que te lo digo, pero en momentos de ansiedad, es el mejor remedio.

Nos vemos el próximo miércoles y… … hazme caso: toma alguna determinación antes de que sea demasiado tarde. No confíes en el raciocinio de tus hijas porque ahora mismo lo tienen muy disperso. Puede que para ellas deje de ser prioritario ese secretismo que tanto necesitas si la situación sigue tensándose entre las dos. No se lo permitas. No permitas que se equivoquen. Déjales las cosas muy claras.

 

****

 

KATIA:    No papá, no puedes hacerme esto.

DANIEL:  Claro que sí. Ya te advertimos que si no te esforzabas habría consecuencias.

KATIA:    Con lo de no salir en un mes es suficiente ya.

DANIEL:  No salir es poco si te pasas el día enganchada al móvil.

KATIA:    Pero eso es demasiado, no puedo vivir sin el móvil y sin internet.

DANIEL:  Solo será un mes, no te morirás.

 

La chica, alentada por una irrefrenable ansiedad, se levanta del sofá y junta las manos a modo de súplica.

 

-Pero es que tú no sabes lo que me estás haciendo-   asomando sus primeras lágrimas.

-Te vendrá bien para superar esa adicción-   abrumado por la reacción de su hija.

-No, de verdad. Me va a dar algo. Pídeme lo que sea. Haré lo que sea, de verdad-

 

Katia está al borde de un ataque de nervios y Daniel se ve sobrepasado de nuevo. Podría haber consultado el castigo con su mujer, pero está tan disgustada con el asunto de su hermana que no logró plantearle el tema en su última conversación telefónica.

“Ahora no puedo echarme atrás con el castigo.

Sería otra batalla perdida frente a sus mangoneos.

Ya me ha manipulado suficiente durante esta semana”

El llanto y los sollozos de Katia no parecen una actuación esta vez. Quizás su ciberadicción sea más grave de lo que pensaba. Sin Mariela, no para de meterse en jardines. Fustigado por las desesperadas lágrimas de su hija, Daniel encuentra la manera de matar dos pájaros de un tiro:

 

-De acuerdo, Katia. Tendrás WIFI si haces una cosa por mí-   esperanzado.

-Dime. Lo que sea-   volviendo a levantar su mirada con la cara mojada.

-Tienes que disculparte con Selena y reconciliarte con ella de la manera que sea-

-Pero si es ella quien está enfadada. Yo no le he hecho nada-

-Le quitaste a Javi, eso le dolió mucho. Fue el principio de todo-

-Eso solo fue… nada… no sabía que le importara tanto-

-Sé qué piensas que no es justo, pero es eso o tu castigo-

 

Daniel se muestra inflexible con sus condiciones.

Katia lo piensa detenidamente, pero finalmente acepta el trato:

 

-Vale, pero mañana todavía no. Déjame un par de días para que calme la cosa-

-Cómo quieras, pero tiene que ser antes de que vuelva tu madre, que no tardará ya-

 

Se siente ingenioso al haber jugado bien sus cartas. Mira hacia un futuro no muy lejano donde reinará la paz y la armonía:

·Selena: contenta con su moto nueva y con las disculpas de su hermana.

·Katia: contenta por poder seguir enganchada a su móvil y a internet.

·Mariela: contenta de reencontrarse con la familia tras su pérdida.

·Daniel: contento por haber solucionado todos sus problemas.

 

“La reconciliación de las niñas

es indispensable para esa

oportuna vuelta a la normalidad.

A partir de ahí, la familia podrá

superar su pequeña crisis

lujuriosa sin daños colaterales.

En unas semanas todo quedará olvidado,

o en todo caso,

enterrado bajo un

mutismo eterno”

 

-sábado 1 julio-

Daniel permanece pensativo en la sala de espera del hospital Mortencio Mórtimer. Nunca le han gustado esta clase de sitios. Enmascarados tras una pulcritud impecable, se esconden miles de enfermedades y microbios provenientes de sus perecederos lugareños. La muerte acecha a los pacientes y los tullidos caminan, como zombis, por los pasillos con pasos titubeantes y delicados.

Katia y Selena están concentradas en las pantallas de sus móviles ajenas al mundo que les rodea. Guardan una proximidad y una simetría posicional sorprendente dadas sus últimas riñas.

Les han pedido que aguarden un poco. Dolores está en su lecho de muerte ya y han venido todos a despedirse de ella: Mariela, Antonia, su madre Angustias, Daniel, Katia y Selena.

 

-Niñas, cuando entremos quiero que apaguéis eso de inmediato-   severamente.

-Vale, papá-   responden las dos al unísono.

-Señor, Valverde:  ya pueden pasar-   dice el enfermero.

-Vamos… … !VAMOS!-   susurra Daniel con toda su impaciencia.

-!Vale, ya va!-   protesta Katia.

 

Ya en la habitación empieza el calvario. Daniel nunca se ha sentido muy unido a su cuñada, pero, cuando alguien se muere es necesario que la familia permanezca unida para dar el último aliento de cariño a quien abandona este mundo.

Dolores está muy desmejorada: ha perdido mucho peso y no le queda nada de pelo. No parece muy consciente. Parpadea, pero ya no se percata de nada; ni siquiera reconoce a los seres queridos que ahora mismo están rodeando su cama. Vacía de inquietudes, su mirada perdida permanece impasible mientras el monitor del electrocardiógrafo dibuja, uno a uno, sus pasos hacia la muerte.

Selena se emociona, al fin, con tan deprimente estampa. Sus ojos adquieren un brillo que se alimenta de tristeza y sus gestos han perdido ya la indolencia juvenil que tenían justo antes de hacer acto de presencia en la sala. Por su lado, Katia sigue masticando ese llamativo chicle azul, sin cerrar sus labios, en una clara, aunque inconsciente, muestra de falta de respeto.

No hay nada más triste en el mundo que ver como se te muere la hija ante tus propios ojos impotentes. Angustias lo intenta, entre lágrimas, pero no logra articular su tedioso discurso de despedida. Luego vendrá el turno de Antonia, Mariela, y puede que las niñas improvisen algo.

Un gran globo del chicle explota delante de la cara de Katia. Ella misma se da cuenta de lo inadecuado de su filigrana. Dani la mira ofendido con urgencia. Katia le devuelve una expresión sorprendida y avergonzada justo antes de bajar la mirada.

“Es eso. A eso me refería cuando hablaba con Maite:

ese contraste entre lo feo, estropeado, rancio,

caduco, moribundo, arrugado, farragoso, deprimente,

desteñido, grisáceo, aburrido, enfermizo, pesado…

frente al resplandor de mis niñas,

con sus destellos de su refrescante juventud,

su enérgica vitalidad, su tierna virginidad, sus cautivadores

encantos, su incontestable y sublime belleza…”

Incluso algunos de los incorregibles defectos de sus hijas, que deberían provocarle rechazo, le resultan extrañamente atractivos. Es lo que le ocurre, por ejemplo, con la frivolidad y la mala educación de Katia. Esa incorrección infantil le parece tan sugerente que llega a provocarle un bochornoso riego sanguíneo en su libertino miembro. Dani se ve obligado a sentarse en la única silla de la sala para disimular su más que inadecuada erección.

“¿Cómo es posible?

¿Cómo se me puede poner dura, pensando en mis hijas,

en el lecho de muerte de mi cuñada, mientras el resto

de la familia llora por tan lamentable pérdida?”

Daniel considera, por primera vez, que su caso es el de un enfermo mental. Ese nauseabundo ambiente hospitalario empieza a hacer mella en su hipocondríaca consciencia. Parece que su nueva medicación está agravando sus punzantes mareos.

Con su pensamiento alterado, se permite retroceder en sus convicciones cuestionándoselo todo.

“Puede que Maite acertara en dudar

de mi versión de los hechos.

Puede que esté padeciendo

cierto grado de esquizofrenia.

¿Es posible que Selena no se corriera

jadeando sobre mi regazo?

¿Es posible que Katia no me

masajeara la polla viciosamente?”

Siempre ha tenido miedo de convertirse en uno de esos locos que no saben que lo son. Su abuelo padeció de demencia, a una edad prematura, y sabe Dios que los genes no son misericordiosos.

Si tuviera problemas mentales, preferiría ser consciente de ello. Cuando ya empieza a temer por la contención de sus propios vómitos, decide acercarse al oído de su mujer y labrarse una salida digna para huir de tan preocupante escenario. Susurra:

 

-Cariño, no me encuentro muy bien, me estoy mareando, tengo que salir de aquí-

 

Ella no le hace caso, sumergida en un manto de lágrimas. Daniel coge la mano a su cuñada Dolores a modo de despedida y, acto seguido, sale de la habitación apoyándose en las paredes del pasillo mientras busca el ascensor.

Ya en el exterior, se tumba bocarriba, sobre el césped, y respira hondo oliendo la verde humedad que le acaricia la piel. Observa cómo las nubes algodonadas realizan movimientos cuestionables.

“¿Se mueven ellas o se mueve mi percepción?”

 

****

 

Después de una discreta cena, Daniel se dispone afrontar otra noche solitaria sin su mujer. Está sentado en una esquina del colchón, oculto en la oscuridad de su dormitorio.

Al otro lado del pasillo, tras el umbral de la puerta abierta de su cuarto, Selena se desprende de su escasa ropa diaria para vestirse con un pijama de Snoopy todavía más breve. Lo hace de un modo tan grácil que resulta difícil de creer que no se sepa observada: mirándose en el espejo, tocándose el pelo, posando…

El calenturiento abrazo de la inmoralidad incestuosa envuelve, de nuevo, el pensamiento de ese atormentado padre de familia.  Su mirada, estática y trastornada, se acompaña de un rostro boquiabierto que permanece aturdido e inerte frente a esta nueva provocación. Hace días que Daniel ha dejado de preguntarse si esas situaciones tendenciosas son accidentales o intencionadas.

El corazón le late con fuerza y su tranca está dura como una mala cosa. Se ve a sí mismo entrando en la habitación de su hija y follándola salvajemente, pero, una vez de pie, su maltrecha decencia le da fuerzas para cerrar su propia puerta discretamente.

Se toma un somnífero adicional, se tumba e intenta dispersar su mente. Durante la última semana ha estado pajeándose como un mandril pensando en sus hijas; pero se ha propuesto firmemente dejar de hacerlo, pues eso no puede ser bueno para su cordura.

Cada vez que empieza a tocarse se obliga a sí mismo a imaginase con otra mujer, pero, irremediablemente, su disciplina pensante acaba por torcerse y siempre termina salpicando a una de sus hijas en el último momento. Está convencido de que esas ineludibles fantasías, ligadas a cada uno de sus orgasmos, están tergiversando sus sentimientos de sano amor paterno.

“Si no puedo controlar mis propios pensamientos,

será mejor que no empiece”

                                                           

****

 

Unos jadeos místicos zarandean la mente de Daniel eróticamente. Suenan como música celestial enriquecida con incontables caricias. Un sinfín de besos jugosos le premian con un afecto que esconde, tras su pura ternura filial, una aberrante lujuria intergeneracional.

Violentas contracciones fálicas son las que le despiertan mientras nota como la tela de su pijama se empapa mediante templados chorros de esperma. Desentendiéndose de su propia vergüenza, cierra los ojos y se somete a tan impetuoso gozo.

“!Joder! ¿Qué coño me pasa? Hacía… ¿Cuánto?

Casi treinta años que no sufría esta

clase de accidentes nocturnos.

¿Puede que la medicación de

Maite me ponga más cachondo?

Tengo que planteárselo en la próxima sesión.

!Maldita sea!

Quizás hubiera sido una buena idea sacudírmela

antes de acostarme, después de todo”

Siente cómo el flujo se derrama por su cintura y eso le empuja a incorporarse para ir al lavabo a limpiarse. Primero echa un vistazo al pasillo. Teme despertar a sus hijas dado que ninguna de las puertas está cerrada. Mediante pasos de nula elegancia, consigue llegar a su destino sin hacer demasiado ruido. Una vez encerrado mete el pantalón en el cubo de la ropa sucia. Ya completamente desnudo entra en la ducha y se enjabona bien bajo el chorro de agua. Lo siente caliente y purificador.

Todavía un poco adormecido, vuelve a pisar la alfombra:

“¿Dónde están las toallas?”

Cae en la cuenta de que las puso a lavar y no las reemplazó. Mojando el suelo, se apresura a caminar desnudo y descalzo, intentando no resbalar, deseando reencontrarse con el tacto seco de la tupida alfombra de su habitación bajo los pies. La oscuridad es más severa cuando uno proviene de la luz. Sin ver prácticamente nada, intenta regresar a su cama cuando detecta que ya hay alguien en ella.

 

-Papá, he tenido una pesadilla. Tengo miedo. No puedo dormir-   dice una voz llorosa.

-Katia… … ¿Qué haces aquí?-   susurrando a la vez que regañándola.

-Estoy temblando, he soñado una cosa… … horrible, déjame quedar contigo-   suplica.

-No puede ser, cariño. Tendrás que irte a tu habitación, o con Selena-

-No. Todavía está enfadada conmigo. No puedo ir con ella-

 

Las pupilas de Daniel empiezan a dilatarse y desafían lo opaco de esa oscuridad nocturna. A media que vuelve a vislumbrar su entorno, se siente más desnudo e indefenso frente a la situación que le acecha. Los ojos de Katia le llevan ventaja:

 

-¿Cómo es que andas sin ropa?-   pregunta ella rebajando el tono.

-No… … Eso no viene a cuento, solo… … solo tenía calor-   buscando alguna prenda.

-No te preocupes. Ya sé cómo la tienes, ¿no te acuerdas?-   llena de picardía.

 

No encuentra nada con lo que pueda vestirse, pero no desiste. Otra voz interrumpe su búsqueda inesperadamente.

 

-¿Qué pasa? ¿Por qué hacéis tanto ruido?-   pregunta Selena encendiendo la luz.

-Nada, cariño. Tututu hermana ha tenido una pesadilla y nono puede dormir-

 

Katia cierra sus párpados, molesta, mientras Selena intenta vislumbrar la escena con los ojos entreabiertos. Daniel se apresura a apagar la luz de nuevo.

 

-¿Por qué estás desnudo, papá?-   pregunta extrañada ella también.

-He tenido que ducharme y no había toallas-   con tono exasperado.

 

Katia prende la lámpara de la mesita, cuya luz es más suave.

 

SELENA: ¿Y qué hace Katia en tu cama?

DANIEL:  Ya te lo he dicho: yo volvía ahora de la ducha y la he encontrado aquí.

 

Daniel se siente ridículo excusándose, desnudo, frente a su hija. Necesita coger las riendas de esa situación y toma la iniciativa:

 

-Katia necesita decirte una cosa, hija. Escúchala bien-   mirándolas a las dos.

 

Se hace un silencio sostenido donde transcurren razonamientos dispares a cada cual, pero, finalmente, Katia recapacita y percibe que la ejecución del acuerdo con su padre es ya inaplazable.

Mira a su hermana, quién navega en una mezcla de ira, sorpresa y curiosidad, y empieza su argumentación:

 

-Selena… (traga saliva)eres mi mejor amiga y siento haberte herido con lo de Javi. No sabía que te importaba tanto. Fui egoísta e insegura y quise demostrar que yo era más atractiva y que podía hacer lo que quisiera. Si fueras fea y gorda no necesitaría hacer estas cosas, pero eres… … eres preciosa y a menudo me intimidas, porque si, además de ser mucho más lista, también eres más guapa… … ¿Dónde me deja a mí eso? Lo último que quiero en esta vida es hacerte daño y sé que estos últimos días me he equivocado mucho. Solo necesitaba recuperar un poco de confianza en mí misma, pero lo que he perdido es algo mucho más importante para mí…-

 

A lo largo de ese brillante alegato, Daniel contempla cómo ambas chicas inundan sus ojos. Se pregunta hasta qué punto es sincera la convincente disculpa de su hija. La trascendencia de la situación le hace olvidar su propia desnudez.

Selena se sienta en la cama, cerca de su hermana, y con una mirada intensa pero enigmática dice:

 

-Has sido una zorra-   intentando mantener la seriedad segundos antes de sonreír.

 

Katia, conservando una expresión afable, derrama un par de lágrimas justo antes de derriba a Selena con un sentido abrazo. Daniel se siente aliviado. Parece que todo se está arreglando. Tras emitir un profundo suspiro, se da cuenta de que algo no va bien.

La emotiva reconciliación de sus hijas empieza a nutrirse de besos inapropiados. Los libertinos límites de sus joviales pijamas veraniegos se ven propasados por confusas caricias que descubren, todavía más, ciertas redondeces que deberían de permanecer en el anonimato. El rosa de Hello Kitty se enzarza en un lascivo duelo con el azul de Snoopy dando un largo recorrido a una deriva decadente que parece no tener fin.

Daniel levanta el dedo para decir algo, pero se queda mudo al tiempo que toma consciencia de la situación:

“Mis hijas están enrollándose

en mi cama mientras

yo las observo

completamente desnudo”

Su polla hace gala de su impetuosa independencia cobrando perpendicularidad con el resto de su cuerpo. A sabiendas de la dificultad que conlleva invertir este vergonzoso proceso, Daniel se encamina fuera de la habitación hasta que:

 

-Papá, ¿dónde vas?-   pregunta Selena entre suspiros.

-… … Creo que es mejor que os deje solas-   sugiere él en un mar de dudas.

-No te vayas-   contesta Katia con el pelo en la cara   -Esta es tu habitación-

-Si quieres nos vamos nosotras-   dice Selena colocándose bien el pijama.

-Pues ahora que lo dices… … puede que sea lo mejor-   en tono de súplica.

-Vale. Apaga la luz y acuéstate, nosotras pronto nos vamos-   contesta pícara Katia.

 

Ese padre nudista no las lleva todas con sigo, pero se acerca a la cama y apaga la luz, con premura, para esconder su delatadora erección; aunque ya considera imposible que haya pasado desapercibida. Daniel permanece de pie, frente a su lado del colchón. Tras unos instantes de inmovilidad y silencio dice:

 

-¿Os vais?-   con un tono dotado de cierto victimismo.

-Aquí tienes sitio, papá-   dice Katia juguetonamente.

-Esta cama es de matrimonio. Es para dos personas-   notando débil su argumento.

-Mamá ocupa el doble que nosotras dos, somos pequeñas-   rebate Selena.

 

Daniel piensa en buscar un nuevo pijama, pero cae en la cuenta de que se dejó la última lavadora sin tender.

“Sin toallas, sin ropa limpia… cómo se nota que no está Mariela.

Es mala idea volver a encender la luz para buscar otra prenda”

Todas sus convicciones se están viendo ninguneadas por esos cantos de sirena que lo atraen hacia su propia cama. La oscuridad parece permitir lo que la luz no permitía. Al fin y al cabo:

“Solo estoy regresando a mi lecho

nocturno sin ninguna mala intención.

¿Quién podría reprocharle a un hombre

que se meta en su propia cama en plena noche?”

Una inquieta emoción, vestida de incertidumbre, le acompaña en cada uno de sus lentos movimientos cuando vuelve a ocupar su lado del colchón. Se acomoda usando, estrictamente, su mitad de la cama para no sentirse culpable de ningún contacto accidental.

Su pene está tieso y, aún a oscuras, siente que dicha tensión fálica rompe la armonía de su postura; así que intenta mantener una absurda compostura tapándose con las sabanas.

Sus pupilas empiezan dilatarse de nuevo y ya percibe formas y movimientos con la escasa luz lunar que entra por la ventana.

El besuqueo entre las niñas sigue a su lado, más notorio a cada momento que pasa: las caricias se tornan magreos, las respiraciones se convierten en jadeos y los besos en lametones.

Selena se incorpora para deshacerse de la parte de arriba de su pijama y, levantando los brazos, saca a relucir sus espléndidos pechos adolescentes. Acto seguido, desabrocha los botones de Hello Kitty para igualar la situación. Katia le echa una mano.

En un momento dado, Selena se gira hacia su padre y dice:

 

-Papá, ¿me estás mirando?-   con fingida sorpresa.

-No, cariño. Solo… solo intento dormir, pero armáis mucho jaleo-   siguiéndole el juego.

-Ah, perdona. Es que Katia es muy escandalosa-   modulando cómicamente la voz.

-¿Qué dices, guarra? Si eres tú-   protesta Katia dándole una sonora bofetada.

-Aaahhhhhp-   aspira Selena indignada   -!Toma!-   y le propina otra en plena cara.

 

Se desata un forcejeo entre gritos y risas hasta que Katia empuja a su hermana encima de su padre, quien permanece rígido.

 

SELENA:  !Ala, papá! ¿Qué es esto tan duro que tienes aquí?

DANIEL:   No es nada, cariño. Es solo una erección mañanera. Nos pasa a veces.

SELENA:  Ah. Perdona entonces. Ja, ja, jah. No quería tocártela. Ha sido un accidente.

DANIEL:   No. Nono te preocupes Sele, no… no pa.pasa nada.

SELENA:  ¿No te he molestado? Es qué la cama es espaciosa, pero tú eres grandote.

DANIEL:   Si quieres me… … me arrincono un poco más.

SELENA:  No, espera. No te muevas, yo me adapto.

 

Selena está a cuatro patas, curvando la espalda, estéticamente, para hacer un puente dorsal por encima de su padre.

 

-Así es más fácil-   susurra al tiempo que su hermana le baja los pantaloncillos.

 

Una vez desterrada dicha prenda, Katia empieza a efectuar ciertos tocamientos que rompen el ya muy forzado temple de Selena, quien nunca hubiera pensado que su improvisación traviesa acabaría llegando tan lejos. Abochornada, se siente incapaz de rechazar esas inmorales atenciones fraternas:

 

-Oo0h… … sí… … así está bien… … oOoh-   balanceándose.

-Así te gusta, ¿eh zorra?-   le dice cariñosamente Katia metiéndole sus dedos.

 

La sugerente postura de Selena realza sus curvas, eróticamente, mientras se mueve y jadea. Sus preciosas tetas se columpian, a la luz de la luna, suplicando que alguien las sujete. Su padre ya no puede más y termina por responder a esa subjetiva súplica acariciándolas con avidez. Dicho tacto, turgente y de suavidad celestial, provoca una cálida corriente en su sistema nervioso, inundándole todo el cuerpo con una portentosa sensación calenturienta. Fruto de tan fastuosos estímulos, unos centilitros de sangre, recién llegados, se propulsan hacia su pene ya colapsado. Su hija sigue actuando como si no se diera cuenta hasta que:

 

SELENA:  ¿Me estás tocando las tetas?

DANIEL:  No cariño, solo te sujetaba porque me pareció que te caías.

SELENA:  !Qué mentiroso! Ja, jah. No me lo creo.

KATIA:    Papá, ¿te gustan más los pechos de Sele o los míos?

DANIEL:  No lo sé. Los dos… … los cuatro son preciosos.

KATIA:    Los míos son más grandes.

SELENA:  Nooo… … puede que un poco, pero también tienes más culo.

KATIA:    Está bien tener un buen culo.

 

Daniel se siente ajeno a la discusión. No entiende el sentido de esas palabras hasta que Katia le interpela efusivamente.

 

-¿Tú qué opinas? Tócamelas-   empujando a su hermana para ganar la posición.

-!Aaah! ¿Qué haces, guarra?-   protesta ella viéndose desplazada.

 

Su padre se encuentra ligeramente incorporado, apoyado en unas grandes almohadas. Selena le rodea el torso con sus muslos, sentada en su cintura, a escasos milímetros de un pene arropado por unas finas sábanas blancas. Ese firme trabuco, repleto de inquietud, empieza a reclamar su protagonismo con impaciencia.

Daniel usa sus dos manos para sospesar las jovencísimas tetas de Katia mientras ella suspira placenteramente. Pasados unos instantes pasa a tocar las de Selena, recabando con los pulgares en esos discretos pezones. Desearía tener cuatro manos, pero, a falta de dos, intenta apañarse con lo que tiene.

En un determinado momento, parece prestarle más atención a Katia. Su hermana, sintiéndose desatendida, aparta las sábanas y desliza sus nalgas hacia abajo, disimuladamente, para que se encuentren con ese gran pedazo de carne palpitante. Dicha erección termina por acurrucarse, verticalmente, presionando el canalillo de tan precioso culo desnudo.

Sintiendo como las fuertes manos de su padre aprietan sus pechos, Katia pronuncia una trascendental pregunta:

 

KATIA:     Papá, ¿cuál es tu preferida?

DANIEL:   No sé. Me parecen igual las dos.

KATIA:     !NoOh! Ja, ja, jah. Ya sabes a que me refiero.

SELENA:  Papá me quiere más a mí. Me lo dijo.

DANIEL:   No, no, yo no quise decir… … en ese momento… … lo que pasa es que…

 

Apenas le llega riego sanguíneo a la cabeza. Nota cómo el culo de su hija presiona, con discretos movimientos, la trayectoria de su miembro ya sin ninguna tela de por medio.

 

-Te lo diría porque lo habías puesto cachondo-   dice Katia escéptica.

-NoOo… … Eso fue antes… … Cuando me estaba consolando-

-Pues eso: te lo dijo porque eres una llorona-   responde con voz burlona.

-Pues a ti no te lo dijo ni cuando se te corría encima, así que…-

-!¿Y tú cómo sabes eso?!-   exclama Katia indignada.

-No estaba segura hasta ahora-   restregándole su astucia investigadora   -Pero os oí-

-Chicas, chicas… … No discutáis. Os quiero igual a las dos-   afirma diplomáticamente.

 

Se produce una intrigante pausa hasta que Selena susurra:

 

SELENA:  Papá… … Sería muy feo que nos follaras aprovechando que no está mamá.

KATIA:     Sí. Las dos somos vírgenes y no estaría bien que nuestra primera vez…

DANIEL:   Claro, niñas. Ni se me había pasado por la cabeza.

KATIA:     De todos modos: lo estamos pasando bien, ¿no?

SELENA:  Si quieres puedo hacerte un masaje en el pecho.

 

Daniel ya no sabe que pensar mientras su preciosa hija le frota los pectorales, balanceándose desnuda encima él. Su polla sigue vapuleada, insistentemente, por las redondas nalgas de su jovencísima masajista. Selena disfruta notando esa cosa tan dura doblegándose bajo su culo.

A modo de reivindicación, Katia se inclina sobre el empanado rostro de su padre y, tras un  “Te quiero papá”  susurrado, le besa suavemente en la boca.

 

-¿T guzt así?-   murmura ella entre besos.

-Clado, pdezioza-   intenta responder en cuanto su hija le mete la lengua.

 

Ese cálido aliento quinceañero le seduce espantando el recuerdo del aire tóxico que suele exhalar Mariela con sus pulmones castigados duramente décadas de tabaquismo.

Los labios de Katia lo elevan sobre un cielo repleto de acolchadas nubes de azúcar.

Selena empieza a sentirse celosa:

 

-Eh, yo también quiero un poco de eso-   dice al ver cómo su hermana le come la boca.

-Te esperas, zorra-   reivindicando su turno.

 

Daniel, intenta abarcar todo el cariño que se le está brindando y se dedica a acariciar los muslos de Selena; quién no ha dejado de masajearle el pecho.

Ese hombre está tan cachondo que, todavía sin penetración alguna, ya se hubiera corrido de no ser por la inédita polución nocturna de antes. Si bien parecía un accidente de lo más engorroso, ahora agradece sobremanera dicho suceso.

De repente, Selena le agarra firmemente los huevos provocándole una inesperada contracción:

 

DANIEL:   !Aah! !¿Qué haces?!

SELENA:  !Ya está bien! Ahora me toca a mí.

DANIEL:   A ti ya te besé el otro día, amor. A Katia no la había besado todavía.

SELENA:  Da igual… … pero con ella te corriste y conmigo no.

DANIEL:   Pero, cariño: tú sí te corriste y ella no, no creo, ¿no?

KATIA:     !Ya está! Para no discutir tenemos que igualarnos en todo.

 

Daniel se entusiasma rápidamente con dicha idea. Siente que toma partido en una charla descontextualizada y escucha extrañas esas palabras pronunciadas, con tanta ligereza y naturalidad, por sus propias hijas.

 

-Me toca a mí correrme esta vez-   dice Katia mientras empuja a su hermana.

-!Aaaaay valee!-   protesta ella vencida.

 

Katia se sienta dónde estaba Selena, pero dándole la espalda a su padre, quién se incorpora un poco más para tener mejor acceso a ella. Al sentir como Dani vuelve a sopesarle los pechos protesta:

 

KATIA:    !Ai, papá! !No me toques las tetas!… … Tienes que hacer que me corra.

DANIEL:  Vale, preciosa. Dime que es lo que quieres.

KATIA:    Para empezar: no me llames preciosa, ni cariño. Llámame cerda, guarra…

DANIEL:  ¿Cómo quieres que te diga eso, cielo?

KATIA:    Tu cielito es ella. Yo soy una niña mala y me merezco un buen castigo.

DANIEL:  Tú eres una buena chica en el fondo, amor.

 

Katia menea su redondo culo desnudo envuelto en las grandes manos de su padre mientas, entre suspiros, da comienzo a su particular tormenta de confesiones:

 

-No, papaaa… … aAahh… … He suspendido el curso por faltar a clase… … o0Oh… … Y Derek no es el primer skater con quien me enrollo… … síiíiíií… … Además, alguna vez te he  robado… … de la cartera y, ¿sabes?… … fui yo quien te ralló el coche… … fue un accidente… … ohhh… … Cuando llego al colegio me cambio de ropa… … me cambio para que todo el mundo se fije en lo buena que estoy… … Hasta los profes se ponen cachondos conmigo… … Si te fijas, solo me suspenden… … las profesoras-

 

Daniel se siente sobrepasado por toda esa información, pero:

“¿Qué tengo que decir?

No puedo darle ninguna lección

moral en estos momentos:

!Me estoy acostando con mis dos hijitas menores

aprovechando la ausencia de mi querida mujer!”

 

-Es verdad que eres una zorra-   “plax”   azotándole el culo duramente.

-!Ah! !Sií! He sido una niña mala-   “plax-plax”

-Eres una guarra y una cerda-   “plax-plax-plax”  cada vez con golpes más seguidos.

-!oOh sií! Pégame, me lo merezco-   “plax-plax”

-Dale, papá-   le anima Selena   -Dale fuerte. Es una puerca-   “plax”

-!Cállate. Después te va a dar a ti!-   girando la cabeza de golpe para apartar su pelo.

-Noo0h, yo soy una niña buenah. Soy su preferida-

 

Selena lo aborda para comerle la boca, entre caricias, causando que Daniel se recline y se desentienda del castigo físico que le estaba propiciando su hermana. Katia no protesta demasiado dado que ya empezaba a tener sus nalgas demasiado doloridas; en lugar de eso, aprovecha el receso para cambiar de postura.

Mientras tanto, Selena sigue bañando su lengua en el charco de babas propias que se ha formado dentro de la boca de su padre, el cual no para de masajearle las tetas. Ella se incorpora un poco más para restregarle sus juveniles virtudes por la cara, sujetándose con el cabecero de la cama.

Katia se siente marginada y celosa. Agarrándole firmemente el trabuco, dice:

 

-Papá, si la apartas de ti te la chupo-

 

Daniel contempla este nuevo escenario y decide desprenderse de su amada hija buena para disfrutar de las travesuras de su hija mala. Selena se ve arrollada, entre risas, a un lado del colchón; escandalizada por lo que está a punto de ocurrir.

Katia escupe en la polla de su padre. Se hace de rogar un poco jugando con el hilo salival resultante, hasta que, finalmente, se la mente en la boca relamiéndola con avidez. Sin siquiera usar las manos, intenta tragársela toda entera, pero aún no tiene esa habilidad, pues nunca antes había comido una polla.

Fruto del esfuerzo de esos estériles intentos, alguna que otra lágrima se derrama por sus pálidos mofletes ruborizados. Ya resignada, decide emplearse a fondo mediante otras técnicas orales que no amenacen con inoportunos vómitos.

Dani disfruta ya a otro nivel. A pesar de todo lo ocurrido, nunca antes había metido la polla dentro de una de sus hijas. Tanto rato de preámbulos y juegos le ha dejado la glándula rebosante de esperma, otra vez, y no se ve capaz de aguantar mucho más.

Katia disfruta de ese prohibitivo manjar cárnico al tiempo que explora nuevos horizontes de su intimidad paternofilal. Siente su boca rellenada por el mayor exponente físico del deseo mayúsculo que despierta en su formal progenitor; alguien que pretende ser un faro para sus valores y los de su hermana.

Apoderándose manualmente de esa venosa verga hinchada de depravación sanguínea, la chica empieza a comerse los huevos de su padre sin contemplaciones. Primero el uno, después el otro, luego los dos a la vez. Los babea y los mastica suavemente mientras no paran de rodar dentro de su boca.

La tenue luz de la luna permite que Selena observe, asombrada, las elocuentes muecas que desencajan el rostro de Dani a medida que Katia progresa en el desempeño de esa épica mamada.

 

-0oOh… … oOoh… … mhgh… … OoOo0h-   gime con fragilidad alienado de sí mismo.

 

Daniel se corre dentro de la boca de su hija atacado por cálidos escalofríos de lo más placenteros. Ella se esfuerza por tragar con todo cuando nota cómo ese pedazo de carne, todavía chorreando, va perdiendo todo su vigor sobre su lengua. Con un gesto jovial, Katia se incorpora, apretando los labios, y corre hacia el lavabo para limpiarse.

 

-Eso no es lo que habíamos dicho-   proclama Selena disgustada.

-¿A qué… … uffffh… … ¿A qué te refieres?-   pregunta él volviendo en sí.

-Hemos dicho que nos igualaríamos, pero te has corrido dos veces en ella y en mí…-

-No te enfades, amor. Todavía me queda para ti-   buscando su mirada.

-¿Qué dices? Mira cómo se te ha quedado. Ya no tienes edad para eso, papá-

-Ya lo sé, cariño, pero tú eres tan hermosa que podrías hacer que el abuelo se empalmara, y eso que lleva décadas impotente, el pobre-   sin pensar mucho lo que dice.

-!Ala, papá! !Qué asco!… … ¿Te imaginas?-    esgrimiendo una mueca de repugnancia.

 

La conversación fluye distendidamente. Dani rodea a su hija con el brazo izquierdo y ella le acaricia la calva con cariño. La chica levanta la mirada y pregunta:

 

-¿Te imaginas haciéndolo con la abuela Remedios?-   frunciendo el ceño.

-!¿Qué dices, niña?! Eso sería enfermizo-   ofendido.

-!¿Por qué?! Tú te acabas de correr en la boca de tu hija-

-Pero… … las madres son sagradas. Además, mi madre está muy vieja y estropeada-

-Ya, pero…-   viéndose interrumpida.

-Así no me ayudas, cariño. Así no podré compensarte por lo de Katia-

 

En ese mismo instante llega la susodicha, ya desnuda, acurrucándose a su lado y desestabilizándoles con su ímpetu.

 

KATIA:     Ya estoy bien limpia… … Uy, veo que sin mí esto se ha quedado muy flojo.

DANIEL:   Es culpa de tu hermana, que me hace pensar en la abuela Remedios.

KATIA:     Qué enferma, Sele. Tú sí que sabes cómo empalmar a papá.

SELENA:  Es que yo no soy tan zorra como tú.

KATIA:    !Claro! Por eso contigo no se corre ni Dios.

 

Daniel vuelve a experimentar esa sórdida sensación al encontrarse inmiscuido entre sus dos hijas cuando estas no paran de dispararse improperios sexuales impúdicamente.

 

-Yo me ocupo-   dice Katia montándose encima de su padre-

-NoooOh-  protesta Selena   -Ya se ha corrido dos veces en ti, ahora me toca a mí-

-Noo, porque tú ya te corriste y yo aún no, y me lo estoy currado mucho más que tú-

 

Mientras habla, ya está restregando su conejo empapado con el flácido miembro de su padre ondulando su cuerpo eróticamente.

 

SELENA:  !Qué m0rrrrro!

KATIA:    Aaah… Aaaah… Aah… … Has tenido tiempo… hhh… tiempo de sobras.

SELENA:  Estaba esperando que se recuperara un poco de ti.

KATIA:    Oooh… ooh… ¿Hablándole… oh… de follar con su propia madre decrépita?

 

Para variar, Daniel vuelve a sentirse excluido de la conversación; pero eso no le preocupa demasiado. Empieza a notar cómo su polla se despereza, bañada en los cálidos flujos vaginales de Katia. Ella se frota contra él apasionadamente. Los infartantes encantos recién llegados de ese pequeño cuerpazo podrían resucitar la calentura de un muerto. Selena vuelve a protestar:

 

-¿Y qué? ¿Te lo vas a follar?-

-Oh … … ohh … … oOoh … … HMnoah-   a modo de respuesta.

 

Los expresivos suspiros de Katia son el mejor hilo musical para esa concupiscente escena. Su voz alberga tanta sensualidad como el movimiento de su precioso cuerpo, como el sublime tacto de sus redondeces, como el morbo de su condición familiar…

El trabuco de Daniel ya vuelve a estar completamente tieso. Se encuentra aplastado entre la barriga de su dueño y el coño de la chica, quien no deja de jadear alentada por sus rápidos meneos.

Hipnotizado por el intenso balanceo de esas jóvenes tetas, el hombre de la casa se apresura a contenerlas con sus manos y las masajea intensamente. Se siente potente y lleno de confianza. Sabe que después de correrse dos veces en la misma noche, el tercer orgasmo se hará de rogar. Lo más difícil era que, a sus años, se le volviera a poner tan dura en tan poco tiempo; pero… ¿Cómo no empalmarse con el entregado ejercicio de esa niña?

Katia está como loca mientras lo cabalga enérgicamente. Daniel no hubiera pensado nunca que una simulación pudiera ser tan placentera. Puede que el contexto nocturno de un acto tan duradero, la completa desnudez de su hija, la lasciva lubricidad que desprende… Todos esos factores marcan la diferencia con lo que experimentó con Selena el pasado domingo.

 

KATIA:  oOo0h… … Me corroOh… … Síiíi… … Ya… … Ya… … Ahora…

 

Sus gemidos se rompen; su respiración se condiciona; su éxtasis explota, arrollándola por dentro, invadiendo todo su cuerpo y provocándole incontrolables convulsiones pélvicas.

 

KATIA:  !oO0h!… … !Siíiíiíií!… … !Por DioOos!

 

Se corre eyaculando sobre su padre, inesperadamente, para sorpresa de los tres. Su hermana ni siquiera conoce esa clase de vertidos femeninos y no logra interpretarlos con acierto.

Selena ya estaba muy enfadada y celosa por verse arrinconada, pero la visión de una humedad brillante entre ellos la confunde y le hace pensar que Daniel ha vuelto a premiar a Katia con su esperma. La escasa luz lunar no le ofrece mucha claridad cómo para distinguir lo que ocurre. Presa de su error, se levanta bajo el influjo de un arrebato airado para recoger su pijama con la firme intención de regresar disgustada a su cuarto.

Su hermana se ha desvanecido sobre la cama, complacida, subida a bordo de su propia nube emocional.

Daniel, en cambio, no ha perdido aún la lucidez, y su vigor permanece en las cotas más elevadas. No está dispuesto a dejar marchar a su hija de ese modo; no antes de darle todo lo que tiene para ella. Su poderosa erección todavía dista de la flojera orgásmica y dicho regalo que no puede quedar huérfano.

Cuando Selena ya se dispone a abandonar la habitación, se nota sujetada por detrás bruscamente. Su padre la zarandea hasta reclinarla sobre la gran cómoda de madera que reposa junto a la pared. Ella se siente agredida y forzada. No sufre dolor físico, pero Dani la maneja de un modo tan descortés y con tanta urgencia que llega a temer por su propia integridad física.

Ya con los antebrazos apoyados plenamente sobre el mueble, Selena tira algunas de las figuras y fotos familiares que lo decoran.

 

-!¿Qué haces, papá?!-   dice temerosa mientras gira la cabeza para verle.

-Te voy a follarr-   contesta con plenas convicciones.

-Nooo0h. Dijimos que no podíamos hacer eso. Es pronto para mí-   suplica.

 

Los acontecimientos despiertan la curiosidad de Katia, quien yace exhausta sobre la cama. Combatiendo su fatiga, enciende la lámpara de la mesita para vislumbrar mejor esa sórdida escena.

Sus viscosos flujos vaginales aún empapan la tranca de su padre, la cual sigue goteando atrapada entre los carnosos muslos de Selena. Daniel empuja instintivamente, aunque sin metérsela aún.

 

-!No me violes, papá!  Soy virgen y…   !No  llevas condón!-   suplica asustada.

-No te preocupes, pequeña. No voy a robarte tu virginidad y tampoco… no te preñaré-

 

Sus respiraciones aceleradas dotan de trascendencia y emoción a lo que está a punto de ocurrir. Cuando ya la tiene bien sujeta, Daniel encula a su niña, penetrándola firmemente.

Selena nota cómo la tremenda polla de su padre se abre paso por su culo hasta lo más hondo, sirviéndose de la inestimable lubricación de su hermana. Esa sensación es tan nueva para ella que no consigue procesarla más allá de su escatológica índole.

Daniel está galopando sobre una realidad muy lejana a sus antiguos conflictos y temores. Poco le importa ya lo censurable de sus actos. Toda su controversia ha sido barrida por esa huracanada lujuria incestuosa.

Gobernado por tan imperativo mandato, acelera exponencialmente sus obscenos movimientos pélvicos hasta que logra llevar a su propio cuerpo más allá de sus limitaciones físicas. Ni siquiera logra sincronizar su rápida respiración con tan desmedido ajetreo. Ya desquiciado, empieza a gruñir como un animal enrabietado.

Selena abre mucho sus ojos, sorprendida y abrumada por las embestidas desbocadas a las que la somete su padre. Nota cómo arde su culo al tiempo que esa gran polla transita frenéticamente dentro de él.

 

-!Ay, aaaaay… … aaaahaaay!-   exclama con dolorida sorpresa.

 

Katia les observa boquiabierta, desde la cama, sin dar crédito a lo que ven sus ojos. La energía con la que su padre está follándose a Selena sobrepasa la capacidad que se le podía presuponer. Ciertamente, Daniel parece fuera de sí, como si de una posesión diabólica se tratara.

Supeditada a esas incontables acometidas anales, la chica empieza a notar cómo millones de pequeños destellos de energía se confabulan, llegados de todos los rincones de su ser, uniéndose entre sí a gran velocidad; constituyendo una incandescente y efímera masa orgásmica que termina por eclosionar, nublando su mente y haciéndole perder la noción de la realidad.

 

-!Ooooh… …  oOoOoOh… … oOoOo0h!-   evidenciando su estallido.

 

Mientras aún colea esa sensación embriagadora, Selena intenta recobrar su desvanecida consciencia. Aún sacudida salvajemente por su padre, desde atrás, recupera el sentido de su agitada visión. Se centra en el retrato familiar que cuelga de la pared, a escasos centímetros de su cara.

Algo alienada todavía, le cuesta creer que el afable padre de familia, algo rejuvenecido, que en la foto abraza a sus niñas de ocho años, ahora esté penetrando su culo, ferozmente, con su tranca vigorosa al tiempo que brama de un modo tan primario.

Daniel está haciendo ya el esfuerzo final que le permitirá alcanzar su ambicioso objetivo. Sus venas parecen a punto de estallar y su piel brilla humedecida por el sudor. Al borde del derrame cerebral, y notoriamente enrojecido, deja de gruñir y detiene su respiración para enfocarse, totalmente, en el colofón final que está a punto de coronar su gran gesta:

 

-AAAAAAAAAAAHh-

 

Toda la energía de su cuerpo se canaliza hacia el interior del culo de Selena. Dani se queda tan seco y exhausto que termina por desvanecerse sobre el suelo, casi desmayado. Viendo mil estrellitas, nota cómo todo da vueltas a su alrededor. Sus pulsaciones están bajando en picado desde lo más alto, a través de un tobogán de desahogo y relajación.

Cuando su mirada recupera la lucidez, vuelve a buscar a Selena. Ella todavía está reclinada sobre la cómoda, con la respiración acelerada, y le observa a través de su melena despeinada.

 

-¿Estás bien, papáh?-   pregunta preocupada por su lamentable estado.

-Sí, cariño solo es que… hhh… me he esforzado demasiado-   recuperando el aliento.

-Estás viejo para estos trotes-   bromea Katia desde la cama.

-Cállate, tía. Imagínate que se nos muere aquí, follándome… ¿Cómo lo explicamos?-

-Mamá te mata-   dice Katia lavándose las manos.

 

Daniel, desnudo y tirado en el suelo, intenta incorporarse al tiempo que escucha la frívola conversación de sus hijas, quienes afrontan lo que acaba de ocurrir de un modo muy ligero.

Selena se distancia de ese mueble oscuro. Deja, sobre su superficie, la húmeda marca de sus pechos, sus brazos y su vientre, dibujando una artística silueta erótica que se desvanece a cada segundo que pasa.

Sin una justificación anunciada, Katia apaga la luz de la mesilla, dejando la estancia a oscuras de nuevo. Parece que les dé más vergüenza vestirse que desnudarse.

Todavía de rodillas, Daniel echa en falta a Selena, quien ya se ha ausentado sin despedirse.

 

-A mí no me has follado, papá-   susurra traviesamente Katia.

-Cariño…  ¿Te parece si lo dejamos para mañana? Es que… me muero-   extenuado.

-¿Qué hablas, tonto? ¿Crees que yo voy a dejar que mi propio padre me folle?-

 

Daniel, a oscuras, siente cómo los pasos de su hija le rodean para abandonar la habitación al tiempo que una leve caricia peina su calva. Gatea sin fuerzas, como un residuo humano, para encaramarse de vuelta sobre su cama.

Teme que oleadas de remordimientos le aborden una vez desvanecidas sus calenturientas motivaciones, pero, justo cuando Mariela, Maite y su madre Remedios llegaban enfurruñadas a su pensamiento, para cantarle las cuarenta, la realidad se desvanece mezclándose con un montón de ideas absurdas e incoherentes.

El cansancio ha hecho mella en él y se sumerge en un sueño profundo justo cuando los primeros rayos de sol se asoman por la ventana.

 

CÓMPLICE OSCURIDAD

4 cómplice oscuridad

-domingo 2 julio-

Mariela observa cómo su marido duerme sobre la cama, desnudo y sin el más mínimo decoro. Ronca relajadamente, ajeno a la luz solar que iluminan la habitación.

 

-!Dani! !Eh, Dani!-    con una impaciencia creciente.

-¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué?-   intentando ubicarse.

-!Dani, por favor! !Son casi las dos!-   con desespero y resignación.

-Oh… … Mariela… … ¿Ya estás aquí?-   bostezando.

-No, todavía no he llegado. ¿Te parece?-

-Ah, pensaba que…-

-La mesa por recoger, los platos sin fregar, la lavadora llena de ropa mojada, no hay toallas en el lavabo… ¿Es que no podéis comportaros como personas adultas cuando no estoy? ¿Cómo estáis durmiendo pasado el mediodía? ¿A qué hora os acostasteis? ¿Cómo se te ocurre dormir desnudo? ¿No ves que podrían entrar las niñas? Ni siquiera tenías la puerta cerrada. ¿Es que quieres traumatizarlas de por vida?-

-No tenía ropa limpia, cariño-

-Me avergüenzo de ti, Dani. No eres bueno ni para contestar al teléfono. Ya puedes levantarte ahora mismo, que dentro de una hora es el entierro de mi hermana. Sí. Ya murió esta noche, cuando vosotros estabais de fiesta-

 

Resoplando, esa malhumorada mujer abandona la habitación con el firme propósito de seguir esparciendo su enojo, a diestro y siniestro; mediante hostiles reproches plenamente justificados.

Daniel tiene los ojos entreabiertos y todavía no ha recuperado del todo la lucidez. Poco a poco su memoria reciente le ilustra acerca de lo que ocurrió anoche.

“No. No se trata de un sueño.

Todo eso fue real:

la calenturienta reconciliación entre mis hijas,

esa teatralizada rivalidad comparativa,

el increscendo de depravación:

Manual, oral… anal…”

Empieza a tomar conciencia de todo lo acontecido: cada beso, cada caricia, cada jadeo, cada orgasmo…

“¿Cómo pude?

¿Cómo he sido capaz?

¿Cómo serán las cosas a partir de ahora?

¿Cómo debo actuar?”

Mientras escucha, a lo lejos, la bronca que están recibiendo las niñas, de boca de su mujer, decide ponerse las pilas para no enfurecerla todavía más. Ya habrá tiempo para lamentaciones más tarde. Durante el tedioso funeral que le aguarda.

 

****

 

El día había amanecido soleado, pero, por la tarde, el cielo ha querido acompañar al duelo y llora lágrimas de lluvia sobre la tumba de Dolores. Alrededor, más gente de la que cabía esperar guarda semblante de tristeza durante las protocolarias palabras del reverendo.

Llega el turno de los argumentos más personales: cuándo los familiares más cercanos recitan emotivos textos escritos especialmente para la ocasión. Los oradores deberán soportar una lluvia suave pero constante.

Dani no está por la labor. No es un hombre dado a ceremonias ni a celebraciones; mucho menos hoy. Pal plantado junto a Katia, no deja de reflexionar sobre el futuro que le espera a su familia después de la tórrida y desenfrenada noche que ha pasado junto a sus hijas. Una hilera de preocupaciones camina, en procesión, por su pensamiento mientras, paralelamente, el eco de un sinfín de femeninas risas juguetonas revolotea, sin ningún respeto, desafiando la seriedad de tan trascendentes cávalas.

“Con la llegada de Mariela

todo han sido gritos y prisas.

 No he tenido tiempo de sentirme incómodo;

de percibir, en las niñas,

la más mínima secuela de lo acontecido”

Es el turno de Antonia, quien lee, con aplomo, un texto un tanto poético y no demasiado fiel a la realidad:

 

-Dolores siempre lo dio todo sin esperar nada a cambio. Sufrió en silencio y soledad sus penas y compartió con alegría sus mejores momentos. Aún sin llegar a formar su propia familia, repartió más amor que muchas madres y esposas, ayudó a más necesitados que muchas monjas y misioneros, enseñó más que muchas profesoras y maestros… Nunca pidió nada cuando bien merecía gran cantidad de medallas…-

 

Daniel observa, con cierta incredulidad, cómo su cuñada recita su “adecuada” y pretenciosa composición. Lo cierto es que Antonia y Dolores se aborrecían mutuamente. Recuerda bien las arduas peleas en las que se sustentaba esa malsana dependencia existencial, retroalimentada por reproches e injurias constantes.

“Está claro que la muerte

enaltece a los muertos y

les despoja de sus defectos”

Una voz angelical derriba sus divagaciones repentinamente. Selena tiene la palabra y lee, con emoción, un papel salpicado por la lluvia. Una a una, las gotas convierten en borrosa la tinta que da forma unas frases escritas a puño y letra. Mariela se acerca sujetando un gran paraguas negro encima de su hija.

 

-Puede que no fuera una triunfadora; tampoco era una persona de trato fácil, aunque no quede muy bien decirlo hoy aquí; pero era mi tía y debo decir que tenía buen fondo (como ha dicho Antonia). No guardaba un gramo de egoísmo ni de maldad en su ser. Es cierto que tenía palabras malsonantes en la boca constantemente, pero siempre miró por el bienestar de sus seres queridos. Puedo decir que: conmigo y con mi hermana Katia siempre fue amable y atenta. Es posible que no la conociéramos en profundidad dada nuestra condición de sobrinas, pero se ganó un sitio en nuestro corazón y la echaremos de menos-

 

A Daniel se le humedecen los ojos. Percibe mucha más emoción y sinceridad en el texto de su niña que en las previsibles y normativas frases de Antonia. Mientras observa la frágil expresión de Selena, mojada por la lluvia y por sus propias lágrimas, empieza a asustarse. Le invade el pánico cuándo comprende que está locamente enamorado de su hija. Todo se clarifica en un solo instante. Todos sus dilemas y conflictos se reducen a un único sentimiento, tan puro como incomprendido.

 

-Papá, ¿tú querías a Dolores?-   susurra Katia a su lado.

-No-   tajantemente   -Ella nunca me aceptó para tu madre-

 

Daniel habla con la discreción justa para que nadie más le oiga. Tras un largo silencio contemplativo, Katia se acerca de nuevo:

 

-Yo la quería, pero me da la sensación de que debería haberla querido más-

-No. No pierdas el tiempo sintiéndote culpable. No elegimos a nuestros sentimientos. Los sentimientos nos eligen a nosotros-   con rictus trascendental.

-Y ¿a mamá la quieres?-   buscando sus ojos tras una breve pausa.

 

Inexpresivo, le devuelve la mirada y, todavía sin contestar, observa sus preciosos ojos negros. Quisiera que no hubiera nadie más para poder comérsela a besos.

Se nubla, de nuevo, ese momento de claridad en que se revelaba su incontestable amor hacia Selena. Todo se vuelve complicado otra vez, pues no concibe que alguien pueda enamorarse de más de una persona simultáneamente; menos aún dentro del seno familiar.

Finalmente, la tumba de Dolores desciende, lentamente, hasta lo más profundo del foso gracias un arcaico mecanismo. Katia coge el brazo de su padre, quien sostiene un paraguas rosa con corazones rojos que contrasta llamativamente con la seriedad del negro que tanto predomina en este lúgubre entierro. Había mucha gente y pocos paraguas, por eso le ha tocado ese. De todas formas, en el estado en que se encuentra, se la trae floja el protocolo.

 

-miércoles 5 julio-

La amistad de Carmen con Mariela va mucho más allá de una simple vecindad. No en vano, se instalaron en la urbanización de Buen Monte por las mismas fechas, hará ya más de diez años, y comparten la pequeña glorieta que hay al final de la calle. Ahora mismo están de cháchara en la entrada de la casa de los Valverde, fruto de una de tantas visitas vecinales.

 

CARMEN:   ¿Y las niñas qué tal están?

MARIELA:  Bien, como siempre; en la edad del pavo.

CARMEN:   Ah, pues espérate. A mi hermana le duró hasta pasados los veinte.

MARIELA:  Ja, jah. Menuda debía ser Conchi… No, a mí el que me preocupa es Dani.

CARMEN:   ¿Daniel? ¿Es que estaban muy unidos?

MARIELA:  !Qué va! Si no se soportaban…

CARMEN:   A lo mejor le impresionó ver la muerte tan de cerca.

MARIELA:  No sé. No le ocurrió lo mismo cuando cayeron seres más cercanos.

CARMEN:   ¿Qué es lo que le notas?

MARIELA:  No sabría decirte exactamente, pero está muy raro desde el funeral.

CARMEN:   ¿Has hablado con esa… … Maite? ¿Ella le trata no?

MARIELA:  !Noooh! Si hablo con ella Dani me mata.

CARMEN:   Aaah, he oído que es muy buena psicóloga.

MARIELA:  Espero que sí y que mi marido esté en buenas manos. Lo único que me cuenta es que le ha mandado hacer mucho deporte y cada día se pasa horas corriendo y en el gimnasio. Si sigue así se va a convertir en un Van Damme.

CARMEN:   Ojalá, mujer. Quien pudiera tener un cachas buenorro en casa. Yo lo cambiaba por mi Manolo ya mismo. No por tu marido ¿eh? Por Van Damme… … y por Daniel también, que carajo.

 

-jueves 6 julio-

Encerradas en el garaje, las pequeñas de la casa se maravillan con la nueva adquisición motorizada de la familia. Sin embargo, ese premio pertenecerá solo a la más estudiosa de las dos.

 

-Cómo mola, tía-   dice Katia muerta de envidia.

-No es para tanto. Solo escogí la más útil-   responde orgullosa Selena.

-!¿Qué dices?! Así roja y negra… Ya me la dejarás, ¿no?-   haciendo morritos.

-Ni de coña. Ni siquiera te has sacado el carnet todavía-   con gestos altivos.

-Que no voy a llevarla por Fuerte Castillo. Solo quiero pasearme por aquí-

-Lo siento, pero papá me ha prohibido que te la deje. Forma parte de tu castigo-

-¿Papá? Seguro que se lo ha dicho mamá-   negando con odio en sus ojos.

-Sí, ya ves. Papá es un blando-   ríe Selena.

-Sí, es un blando… … pero a veces se pone duro-   murmura malévola.

-Tíaah…-   susurra más flojo aun, en señal de protesta, mientras baja la mirada.

-¿Qué te pasa? No hay nadie en casa. ¿De qué tienes miedo?-   pregunta incisiva.

-De nada. Solo es que… … dijimos que no volveríamos a hablar de ello-

-Ya lo sé, pero es que… … eres la única persona con quien puedo comentarlo-

-Déjalo, Katia, en serio. Solo fue un sueño húmedo, solo eso-

-Pues menudo sueño. Nunca había tenido uno tan real-   admite levantando sus cejas.

-Olvídalo; y olvídate también de mi moto. No vas a ponerle un dedo encima-

-Pues me tocará andar. Cómo no me lleve Derek con el monopatín…-   suspira.

-Píllate la bici, ¿no?-

-Noooh. La bici es de mataos. Yo soy demasiado mona-   dice guiñándole el ojo.

 

-viernes 7 julio-

El miércoles pasado, Daniel canceló la cita con su terapeuta. Se inventó un par de escusas para aplazar la exposición a tan perspicaz examinadora. No tiene la menor intención de explicarle lo que ocurrió en la noche del pasado sábado, pero, aun así, es buen conocedor de sus nulas artes mentirosas. Aunque no diga una palabra, se siente como un libro abierto bajo la atenta mirada de Maite.

Acomodado en el diván, sigue dando rodeos:

 

MAITE:     Entonces bien, ¿no?

DANIEL:   No me escuchas, Maite.

MAITE:     Creo que sí. Yo creo que sí, Daniel. Créeme.

DANIEL:   No sabes lo que estoy sufriendo.

MAITE:     Sufres solo tú. Era toda tu familia la que estaba en peligro. ¿Te das cuenta?

DANIEL:   Pero es que…

MAITE:     Mírame. Mírame a los ojos. Los pilares de tu vida se estaban tambaleando. Corrías el riesgo de destrozar a Mariela y traumatizar a tus niñas. La situación se había vuelto insostenible y has conseguido redirigirla hacia la normalidad más absoluta. Tu sufrimiento es temporal, tratable, controlado. No eres el primer caso obsesivo dependiente que trato.

DANIEL:   No me catalogues por favor, Maite.

MAITE:     No es peyorativo. Es ventajoso. Sabes que es algo que tiene cura.

DANIEL:   Tengo que irme.

MAITE:     !No, espera!… … !Daniel!

 

****

 

Son ya las seis de la tarde cuándo Daniel conduce alterado cerca de la zona costera. Hace un día precioso, pero, bajo la luz de su propia angustia, lo ve todo feo. El cristalino parabrisas de su Audi goza de una limpieza impoluta, pero su transparencia parece roñosa a los ojos de tan deprimido conductor.

No soporta que su psicóloga ningunee sus sentimientos rebajándolos a una simple patología. Es inútil asistir a sus sesiones dado que ella no conoce la mayor parte de los altercados carnales que ha protagonizado junto a sus hijas.

“¿Y yo?

¿Acaso conservo la más mínima

noción de la realidad?”

Ha pasado casi una semana desde que recibiera esa calenturienta visita filial en la oscuridad de su dormitorio. Desde entonces no ha habido ni un destello, ni un gesto, ni un flirteo… Lo que tan imperativamente deseaba, en el último día del curso, se ha convertido en su peor condena. Cada una de las protestas en forma de  “!¿Qué haces?!”  o  “!Hay, déjame papá!”  han cortado de raíz la legitimidad de sus tímidos acercamientos.

“¿A caso me culpan

de lo que ocurrió?”

Puede que fuera demasiado agresivo con Selena.

Un frenazo paraliza en seco su mente. Al pasar junto al parque Lázaro ha visto a Katia. Tiene una actitud demasiado cariñosa con un chico entre monopatines, rampas, música de mierda y malos modales. Daniel aprieta fuerte el volante y, con cara de desprecio, pronuncia  “Derek”  sin despegar sus dientes.

 

****

 

El final del primer viernes de julio se anuncia tan efímero como el de las últimas jornadas, pues el riguroso insomnio de Daniel emborrona la frontera que separa un día del siguiente desde hace casi dos semanas. Ni siquiera sus pastillas para el sueño logran abatir la pesadumbre de su propia consciencia.

Postrado en su cama, hace un rato, ha presenciado como Mariela se despertaba con uno de sus propios ronquidos. Una vez consciente, su mujer ha empezado a interpelarle y a expresar su inquietud por la aparente desconexión de Daniel con las personas que le rodean. No le falta razón:

“Un matrimonio con la llama apagada,

el enfriamiento del afecto con mis hijas,

la falta de contacto con mis padres,

una ausencia total de amigos…

Nunca he sido muy sociable, pero desde el día del entierro

me encerrado todavía más en mí mismo”

 

MARIELA:  ¿Y Tomás? ¿Y Octavio? Antes solías salir con ellos.

DANIEL:     Ya, cariño, pero no me caen tan bien. Me cansan.

MARIELA:  Pues no se, Dani, pero parece que últimamente te cansa todo.

DANIEL:     No digas eso.

MARIELA:  Será que te matas tanto con el ejercicio que no te quedan energías.

DANIEL:     No hay para tanto. Te dije que me lo prescribió Maite. Me va bien.

MARIELA:  Si fuera malpensada pensaría que tienes una amante. Ja, ja, jah.

DANIEL:     No te preocupes, será una fase: el calor del verano, la medicación…

MARIELA:  ¿Te ha cambiado la medicación?

DANIEL:     Bueno, a veces hace pruebas a ver si mejoro. Soy su cobaya.

MARIELA:  No sé. Te veo muy raro. Me extraña que las niñas no reparen en eso.

DANIEL:     No te preocupes más, cariño. Ya me pasará. Cierra los ojos y duérmete.

 

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índice:

  • 003   – Enséñame a besar
  • 020   – Examen mamario
  • 034   – Cantos de sirenas
  • 076   – Cómplice oscuridad
  • 123   – Entre dos aguas
  • 163   – La espada de Damocles
  • 217   – Laguna carnal
  • 252   – Secretos y mentiras
  • 298   – La Bruja Lujuriosa
  • 325   – Efecto Mariposa
  • 345   – Epílogo